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Una mirada llena de secretos - Capítulo 1

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Capítulo 1: CAPÍTULO I

Creer ciegamente, tener fe, es lo propio de quienes se dejan llevar sin cuestionar en este mundo vil, donde los demonios usan máscaras de sonrisas pulidas y miradas apacibles.

El mundo mismo es prejuicio: cuanto más destacas o te apartas de lo común, más se posan sobre ti las miradas curiosas, inquisitivas, implacables.

¿Acaso existen reglas más firmes que aquellas que realmente gobiernan el mundo, más allá de lo que se proclama justo o correcto?

—¡Ari, hermana! —El repentino grito de la voz de Cassian la hizo sobresaltar.

Parpadeó mientras su semblante retomaba su serenidad; una expresión que seguramente era más fingida que certera.

Una vez más, se había ensimismado hasta el punto de olvidar dónde estaba.

—Lo siento —le dijo al cliente, mientras su hermanito estaba con ella detrás del mostrador—. ¿Desea que la ayude en algo específico?

La mujer era una anciana con pelos blancos y arrugas en sus facciones. Tenía una mirada que rara vez veía cuando las personas la miraban, porque no había nada más notorio para ella en las personas ajenas que cuando la acechaban como una criatura sacada de libros antiguos.

—Me encantaría su recomendación para su producto —respondió con dulzor en sus ojos avellanos—. Quiero regalarle a mi nieta un perfume para su cumpleaños.

—¿Puedo saber cuántos años tiene? —preguntó.

—Diecisiete años —contestó enseguida.

Dejó un momento a Cassian en el mostrador. Ella se fue rumbo a los frascos que la anciana observaba con interés y decidió tomar un frasco que, aparentemente, la mujer había pensado en agarrar minutos antes de hablarle.

—Creo que esto le gustará a su nieta —opinó, volviendo al mostrador cuando la anciana asintió, como si se hubiera quitado las dudas de encima.

Cassian, con todo el entusiasmo nublando su rostro, empacó el perfume con una resplandeciente sonrisa. La anciana parecía encantada con su gesto. Pagó al tener su perfume y, con un agradecimiento hecho palabras, añadió:

—Son ustedes muy encantadores, ojalá todos los hermanos se llevaran así de bien. —La anciana desapareció entre la luz del mediodía.

Se sentó en la silla que tenía detrás, sintiéndose extrañamente cómoda por primera vez desde que atendía clientes en su tienda de perfumes. Jamás había interactuado con ninguno más allá de lo necesario: dar y recibir. Aquella anciana no había hecho ninguna pregunta sobre su apariencia, sobre esas características que la distinguían de las personas comunes.

De pronto, volvió a la realidad cuando sintió los brazos de Cassian rodeándola, aferrándose con suavidad a su cuello delgado

—Hermana —musitó con cariño—. Voy a despertar a Lya, ¿quieres que te traiga algo para comer?

Tomó las manos de Cassian y lo colocó frente a ella, admirando sus ojos azules, parecidos al mar.

—No, cariño. Despierta a Lya y coman algo antes de bajar aquí, ¿de acuerdo?

Cassian obedeció. Salió de la tienda y se dirigió directamente hacia la puerta de entrada de la casa. Sí, vivían justo donde había abierto la perfumería. Aquel espacio formaba parte del hogar y, gracias a ese negocio, podía mantener a sus dos hermanos gemelos.

Más allá de plantearse mudarse por todo lo que provocaba su simple existencia, permanecía allí porque no podía huir indefinidamente de las lenguas sueltas y de las miradas curiosas que se recreaban viendo caer a una adolescente de diecisiete años.

No había punto de retorno para ella ni para sus decisiones. La realidad era que se había convertido en una madre para sus hermanos de once años, y por ellos debía mantenerse firme, incluso si llegaba a tambalearse o a sucumbir.

Vivían en una casa junto al mercado popular de la ciudad de Miravalle. El mercado era conocido como el “Bazar de Diamante”. Para muchos, aquel lugar era como una dimensión vasta donde luces de todo tipo y colores de todas partes del mundo convergían para iluminar ese espacio tan pintoresco. Para ella, en cambio, no era más que un mercado como cualquier otro: un sitio donde las personas acudían a comprar o a saciar su insaciable deseo de adquirir y descubrir cosas nuevas.

Su cabeza comenzaba a dolerle. Fue entonces cuando la puerta se abrió, dejando entrar una figura que parecía apoderarse de toda la tienda con su presencia. Cuando el hombre se detuvo frente al mostrador, ella alzó la mirada para verlo. ¿Sorpresa? No encontraba otra palabra que lo definiera mejor.

—¿Tú…? —fue un leve murmullo que dejó escapar sin querer de sus labios. Sin embargo, él alcanzó a oír tan finas palabras.

—¿Disculpe? —Lo miró el extraño.

No había lugar a dudas por lo que era, de que había cometido un incidente siendo ella. Pero la verdad era innegable ante sus ojos: era el mismo hombre que constantemente aparecía cada vez que sus ojos se cerraban. Podía decirlo sin incertidumbres debido a esos ojos esmeraldas intensos que la miraban en ese preciso momento. Su cabello castaño claro, peinado de forma ligeramente despeinada e intencional, con el flequillo ligeramente caído sobre su frente sin cubrir completamente sus ojos, tampoco la dejaba indiferente. Sus rasgos marcados y simétricos, con la mandíbula definida. Todo era idéntico a sus visiones, hasta esa camisa azul oscuro satinada que llevaba. Su cuerpo alto y esbelto, con hombros anchos y cintura definida; todo llevaba a creer que aquella presencia no podía ser más real después de haber persistido tantas veces en su memoria tras cada aparición. Su imagen siempre había sido caprichosa, jugando constantemente contra ella, como si anhelara ser atrapada en sus manos.

—¿Te encuentras bien? —Su profunda voz la distrajo.

Al alzar su mirada, se cruzó con sus ojos, que parecían poco comunes. Se dio cuenta de que, más allá de mirar, parecía estar sopesando cada detalle en ella. Sus ojos sostuvieron los de ella sin pestañear. Estaba tan acostumbrada a esa forma de ser examinada, debido a su pelo níveo, que acabó lanzándole involuntariamente una mirada fría.

—¿Qué viene a buscar? Puedo ayudarle, si quiere —interrogó, ofreciendo su ayuda para poder deshacerse de él. Aunque, para su mayor sorpresa, fue un terrible malentendido creado por la costumbre que le habían impuesto ciertas personas que la rodeaban.

—Sería bienvenida su ayuda —la tomó desprevenida al sonreír repentinamente; fue tenue, pero para ella fue como si los faros se hubieran encendido en plena oscuridad—. Necesito cualquier tipo de perfume, tres frascos, si puede ser.

Más raro no podía ser. Aunque, tras todo lo que había atravesado, no podía decir tales palabras que juzgaban. Lo que quería era sencillo, y ella simplemente agarró tres frascos de perfume sin marca; cuando estuvo a punto de empacarlos, él le dijo que era innecesario. Ella no cuestionó, le dio su pedido y, al pagar, el hombre desapareció de la tienda con una sonrisa que la dejó desconcertada.

Apenas unos minutos después de que se esfumó entre la multitud de las calles, sus ojos ardieron como brasas intocables y tóxicas. El ardor fue comparable al de las lenguas de llamas infernales cuya intención de devorar no se saciaba jamás. Su dolor le cegó momentáneamente los sentidos, y en un intento de alejarse del mostrador, su mano arrasó con el material encima, y todo lo que era vidrio se convirtió en pedazos.

Ambos ojos le dolían terriblemente, como si alguien le encendiera por dentro y se los arrancara de la cara. Cerró con fuerza sus ojos, conteniendo las lágrimas, hasta que dos voces desesperadas la llamaron.

—¡Aria! —Lyanna y Cassian… sintió sus pasos retumbar en sus oídos, tapados por el ardiente dolor.

No podía verlos, pero sentía que temblaban en ese instante. Ambos la tomaron, cada uno por un lado del hombro, y la llamaron sin cesar.

—Ari, ¿qué te está pasando? —La voz de Lya apenas era un susurro.

Al sentir que estaban llorando por su culpa, se arriesgó y abrió sus ojos. El dolor fue más soportable, o quizás fue porque se desvaneció como había llegado, por arte de magia.

—¿Her… her-ma-na? —Sintió sus voces confusas, como si no creyeran en algo que estaban viendo.

—Tus o… ojos —señaló Lya.

Se incorporó súbitamente, y fue para agarrar un espejito. A duras penas alcanzó a mirar su rostro, y ella misma se sorprendió ante un color celeste intenso, con un brillo muy marcado y con unos iris muy definidos. Sus ojos, antes normales, habían tomado otro color distinto. Ahora, además de poseer un cabello como la nieve, con cejas y pestañas del mismo color —que el mundo consideraba anormal—, sus ojos se materializaron tan distintos a los de sus hermanos. ¿A qué quería jugar el destino con ella?

Antes de que su dolor fuera más descomunal, Ian recurrió a su magia de desplazamiento para teletransportarse rápidamente. Su vista borrosa y el ardor en sus ojos se intensificaron durante largos minutos, hasta que llegó a un salón lejos del mercado donde había estado segundos antes.

La puerta del salón se abrió con total normalidad, dejando entrar a un hombre calmado, a pesar de ver a Ian tan repentinamente en su casa.

—Sabía que eras arrogante, pero que seas maleducado, además —dijo el hombre de ojos oscuros y cabello negro azabache. Tenía, asimismo, una cicatriz en forma de cruz, un poco arriba de sus cejas negras, que algunos mechones cubrían. Su porte era refinado, con una camisa negra.

Ian frunció el entrecejo, abriendo los ojos lentamente para ver si el dolor, de verdad, se había borrado. Afortunadamente, sí; el ardor había cesado por completo. Atenuó entonces su expresión y se sentó en el sofá.

—Debemos hablar, Darian —le dijo a su amigo.

Darian se alejó del umbral de la puerta, sentándose en el sillón frente a él.

—Eres insoportablemente arrogante, ¿olvidas que me debes respeto, pequeño?

Ian lo miró sin reacción. Su diferencia de edad era de dos años si se contaba según las cifras humanas, algo sin importancia para ellos. Darian estaba esperando a que el tema de la conversación de ese hombre girará en torno a algo que iba a desaprobar.

—He encontrado a la persona que buscaba —anunció con una expresión impasible.

—No me digas —con los ojos entornados, Darian añadió—: ¿la has estado buscando todo este tiempo?

—Debía hallarla a como diera lugar —interpeló antes de que él siguiera—. Ya no puedo soportar más ese misterio que nos conecta tan irremediablemente.

Ian recordó entonces las visiones que, al principio, comenzaron como algo efímero antes de convertirse en algo que se tatuó en su cuerpo y mente cada vez que la veía. Y lo más insoportable fue que, cuando sus caminos finalmente se vieron obligados a encontrarse, el dolor fue más imposible de soportar que de atenuar.

Todas sus búsquedas habían fallado porque siempre buscó en lugares equivocados; curiosamente, ahora debía retenerla para poder borrar ese misterioso lazo que tenía con ella si quería mantenerse firme y recobrar la normalidad de su cuerpo.

—Ian… —Darian atrapó su atención—. No puedo ayudarte; ya han pasado siglos desde que nosotros, los seres feéricos, vivimos entre los humanos sin desvelar nuestras verdades.

—Lo sé, lo más irónico es que mi magia está en manos de una humana.

—¿¡Qué!? —El grito de Darian sacudió los muros del salón. Su fugaz sobresalto trajo a una figura esbelta a la sala, que se materializó en un destello fulgurante de luz.

—¿A qué viene ese grito? —preguntó la mujer, cuyos ojos marrones claros reflejaban suspicacia, mientras Darian desviaba la mirada en un intento pesimista de no hacerle cara.

Aunque se levantó y se acercó a ella con un gesto que evidenciaba su intención de mantener la conversación como un secreto para ella. Lejos de las novedades de Ian.

—Cariño, deberías volver a lo que estabas haciendo; yo me ocupo de sacar a Ian antes de que cause más problemas —trató de persuadirla de salir, en vano.

Mireya fulminó fugazmente a su marido antes de acercarse a Ian, con un interés colosal en su mirar. A pesar de la mirada suplicante de su amigo, Ian desveló la cortina frente a ella.

—La he encontrado —informó. La reacción tranquila de Mireya se descompuso cuando Ian culminó—: es una humana ordinaria que, de forma aún inexplicable, comparte un lazo que es imposible de entender conmigo.

Mireya parpadeó varias veces por la conmoción.

—Eso no es posible.

—Deja de buscar sentido a lo que le ocurre, cariño —le aconsejó Darian, rodeando su hombro con el brazo—. Te recuerdo que no le creíste la primera vez que dijo que le ocurrían cosas extrañas. Ahora es tiempo de que aprendas que Ian no bromea con este asunto.

—Hablando de eso —dijo de improviso Mireya—. Nuestra batalla, la que nos confrontó a…

—¿Hablas de la batalla que puso fin a nuestra misión de proteger el mundo de la bruja?

—Sí, fue después de ese día que Ian comenzó a experimentar todo tipo de cambios y dolores… —Mireya atrapó los ojos de Ian con atención—. ¿Realmente desconoces lo que pasó? Fuiste tú quien acabó con la bruja. ¿No te ha maldecido?

Ian se levantó del sofá, poniéndose de pie como ellos. Contrariamente a sus amigos, que recordaban la batalla y lo ocurrido con algo de nitidez, él no tenía ningún recuerdo de aquel entonces. Ni siquiera recordaba la figura de esa bruja, su rostro o la manera en que se deshizo de ella. Ninguna historia le ayudaba a rememorar a esa persona, y eso era aún más enigmático que el hecho de compartir magia con una humana. Asimismo, los recuerdos de esa bruja eran borrosos para los seres feéricos, un suceso que ninguno lograba esclarecer.

—Dejémoslo aquí —resopló—. No quiero perder la única pista que puede llevarme a desvelar todos los secretos.

—¿Cómo te las ingeniarás para hacerle creer a una humana que tienes magia y que eres un hombre que ha vivido muchos años, a pesar de aparentar veinte? —preguntó Darian.

—No necesitas saberlo por el momento —replicó, utilizando su magia para desvanecerse, cerrando la puerta a más debate con esa escandalosa pareja.

Darian se peinó el cabello hacia atrás con la mano, mientras reposaba la cabeza sobre el hombro de Mireya.

—Tengo un mal presentimiento —comentó Mireya en voz baja.

—No te preocupes, creo que finalmente podrá romper esa unión que considera una maldición.

Mireya meneó la cabeza.

—No estoy hablando de eso, Rian.

Darian levantó la cabeza, girándola hasta tenerla cara a cara.

—¿Entonces?

—Ese es el problema, simplemente no puedo explicarlo.

La expresión de Mireya despertó el lado más afectuoso de Darian. Para reconfortarla, besó delicadamente el lunar que estaba debajo de sus labios inferiores. No obstante, cuando se avecinó a tomar sus labios, Mireya lo bloqueó con la palma de la mano.

—¿No crees que deberíamos ayudar a Ian? —le preguntó seriamente.

—Yo creo que se las apaña solito —repuso él, aunque en el fondo algo también le inquietaba, igual que a Mireya. Todo eso que le ocurría a Ian era demasiado raro y preocupante. Compartir conexión con alguien, más con una simple desconocida que, además, era humana. Ciertamente, debían comprender lo que eso escondía. Sería posible solo a través del curioso de Ian que seguía aferrado a esa investigación desde años.

Ian estaba en el único bosque donde esperaba encontrar algunas respuestas antes de terminar cometiendo un error por desconocer las reglas de esa tan mezquina magia, que no solo se limitaba a estar en el cuerpo de alguien más, sino que le hería también.

Con su llegada al bosque de la luz, mejor conocido como el bosque de las hadas, dos luces descendieron de la nada desde el cielo, y dos personas se manifestaron en cada una de ellas.

—¿Vienes a preguntar cómo romper la unión de magia? —interrogó la mujer de cabellera dorada como el sol, con unos ojos verdes profundos como los árboles que los circundaban.

—Ninguna información se les escapa; es un alivio no tener que explicarme. Necesito entender cómo se rompe esa maldición.

—Qué gracioso que consideres maldición algo que otros ven como una forma de salvación, Ian —constató Elías, un hombre cuya cabellera nívea descendía con gracia hasta su cintura.

Ian, que rara vez sonreía ante ellos, dejó escapar una risa irónica ante semejante idealismo de algo tan atroz como sentir que su cuerpo estaba entrelazado con el de esa chica que había visto horas antes.

—O hay o no hay una forma de romper esta carga; solo necesito una de esas respuestas para largarme tranquilamente —repuso, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.

Elías y Lyselle compartieron una fugaz mirada.

—Solo existe un método para romper el hechizo —dijo Lyselle, resignada.

—Dime cuál es.

Elías se aproximó a él, mirando esos ojos dispuestos a lo impensable con tal de librarse de su carga impuesta.

—¿Estás seguro de que deseas hacer eso? —preguntó con una genuina precaución.

—¿Acaso hay alguna consecuencia? —Cuando su pregunta se quedó flotando en el aire, entonces consideró la respuesta él mismo. De todas formas, lo había pensado: imposible que no hubiera una causa y una consecuencia respecto a lo que lo unía a esa chica.

Sospechaba que, una vez más, ambos no le iban a dar ninguna información relevante que pudiera guiar sus dudas hacia el camino más esclarecedor. Sucesivamente, había tratado de romper la cortina de secretos que todos le escondían para comprender cómo llegar a su meta, pero el camino era difícil y no podía cometer el error de cruzar un puente que prometía llevarlo al abismo.

—¿Qué le ocurriría a esa chica si termina esta unión? —Fue bastante considerada su pregunta ante los dos espíritus.

—No puedo darte esa respuesta. Si tu intención es romper vuestra unión, entonces te diremos cómo proceder —interpeló Lyselle.

—Deberás tener en mente que, rompiendo el hechizo, estarás desatando algo mayor que vuestra conexión —previno Elías—. Aunque te sugiero que hagas lo que es mejor para ti y pasar por alto las consecuencias.

Ian los miró con esos afilados ojos que tenía, su postura sin vacilar y su voluntad sin resquebrajarse. Sin inmutarse, aceptó escuchar la manera de poner fin a esa punzante agonía.

✦✦✦

Hacía tiempo que no tenía la oportunidad de compartir un momento de paz y armonía con Lya y Cassian sin preocuparse por las miradas persecutorias que parecían devorarle el alma. Era gracias a las risas de sus hermanos que el mundo carecía de importancia y, a la vez, le importaba.

No podía explicarlo, pero era indiferente a todo lo que le rodeaba desde que tenía recuerdos. Quizás eran las miradas detestables que le seguían constantemente o, tal vez, eran las pesadillas que le atormentaban incluso al estar despierta.

Su mundo giraba en torno a esas dos únicas personas que deseaba ver crecer con normalidad, sin prejuicios que tacharan su nombre ni sombras que marcaran su destino eternamente.

La ligera brisa de la primavera agitaba las hojas de los árboles, ondeando su cabellera larga y lisa, con peinados sueltos y algunos mechones cayendo sobre su rostro.

Contrariamente a Lya y Cassian, que corrían por aquel maravilloso prado de flores y árboles, ella permanecía sentada en el borde del río que fluía con tranquilidad. Sentía las miradas; no obstante, la dejaban inmune.

—Olalá —una voz odiosa que no merecía su atención comenzó a merodear detrás de ella—. Aria Lancaster, la bruja disfrazada de santa, debes ser muy valiente para mostrarte afuera con un cabello tan asquerosamente feo.

Sí, era justo lo que estaba diciendo esa molesta voz que le pertenecía a Daeron Virell. La falta de miedo de Aria frente a los acosadores debía ser una de sus más grandes ventajas en ese mundo injusto.

—¿Te atreves a ignorarme, maldita loca? —gruñó, cabreado.

Ella no pensaba girarse. No merecía la pena. Su impulsividad no podía considerarse de otra forma que una idiotez de su parte. Este hombre, que compartía su edad y que la había molestado sin cansancio, era un verdadero estúpido que no aprendía.

—Maldita seas —notó la furia en su tono.

Cuando pensó que la dejaría estar, se atrevió a coger su pelo y tirar de él. El dolor fue menos que la rabia que la inundó, una cólera silenciosa que hizo que finalmente protestara contra ese depravado.

—Cómo te atreves —el asombro que dejó vislumbrar Daeron fue nítido como el agua del río. Su repentina paralización se debía a los ojos que veía por vez primera, un color que no existía, seguramente, en la mirada de nadie—. Suelta mi pelo, ahora —fue una orden impetuosa.

Daeron se mordió los labios, tirando con más fuerza de su cabello, como si su intención fuera arrancar cada mechón de su cabeza.

—¿Cómo te atreves a hablarme con esa mirada? —replicó con una mirada fulminante. Indignado por su trato y hasta desestabilizado.

El dolor fue aumentando y, antes de que pudiera hacer algo, soltó su cabello y la empujó hacia el río, en presencia de numerosas miradas que no trataron de detenerlo en sus repugnantes acciones.

Había pasado por alto que era indefensa en el agua, como un pez muerto. El río tenía una cascada que comenzó a arrastrarla al no hallar forma de resurgir de entre las repentinas movidas de corrientes que anteriormente estaban serenas.

Trató de nadar, de llamar la atención, pero olvidaba que su muerte solo sería la liberación para los ojos solemnes que querían su desaparición. Por suerte, Lya y Cassian estaban muy lejos; era un alivio para ella que no la vieran en su momento más vulnerable.

La corriente se hizo más fuerte y la arrastró en un santiamén hacia el precipicio. Vio cómo el agua caía en abundancia y cómo las rocas, con puntas tan finas como hojas de cuchillos, apuntaban en lo alto. Sobrevivir a eso sería el primer milagro que tendría, si eso ocurriera, en su vida desgraciadamente maldita desde sus recuerdos.

—Eres insoportablemente difícil de digerir, Aria Lancaster —la voz, inconfundible, surgió de la nada, y su cuerpo respondió con un sobresalto ridículo: ojos y boca abiertos de par en par. Tragó agua durante unos instantes, tambaleándose al borde de la caída, hasta que unas manos —o quizá la misma presencia de esa voz grave— la rescataron inevitablemente.

En un periquete se encontraba entre los brazos de un completo extraño que había entrado en su tienda y que ahora conocía su nombre, a menos que hubiera escuchado mal cada palabra. Lo más estupefacto era que… ese hombre estaba flotando en el aire como un ave.

—Dudo que sea una buena idea presentarnos así ante los humanos —murmuró, más para sí mismo que para nadie, con una calma despreocupada—. Aunque…

En ese instante, el sujeto pareció caer en la cuenta de que todavía la sostenía entre sus brazos.

Estaban suspendidos en el aire en ese instante: él, meditando qué hacer; ella, sin nada más que añadir. Nada en aquella situación la sorprendía como habría sido lo normal, quizá porque ella no lo era… y lo sabía.

La mirada del hombre descendió hasta encontrar la suya y, con unos ojos de un brillo magnético, la atrapó.

—Debemos regresar, incluso si asustamos a esos humanos —mencionó—, dado que no quieres abandonar a tus hermanos.

—¿Acaso eres un acosador? —soltó sin ninguna expresión en el rostro.

Esa fue la razón que lo dejó helado durante unos segundos antes de recuperar el sentido de la realidad.

—Eres una persona que no le teme a nada, parece —remarcó—. Qué raro que te lleves tan poca sorpresa, pero con todo lo que te ocurre, es comprensible.

¿Con todo lo que le pasaba? ¿Cómo un desconocido que aparecía por segunda vez en su vida podía conocer un secreto que nadie más conocía?

—¿Quién eres? —inquirió, recelosa.

Su reacción fue mirarla con unos ojos penetrantes, que no le provocaban más que curiosidad y escepticismo.

—Esa es una buena pregunta —expresó con una voz insípida—, porque yo también quiero saber quién eres.

Con esas palabras sin vida que se grabaron en ella, Ian los hizo aparecer en unos segundos adonde había estado ella.

Ver la cara de Daeron aún allí fue suficiente para quebrar su calma.

Inesperadamente, nadie fue consciente de que aquel hombre había usado magia para aparecer de nuevo allí. Parecía como si hubieran visto otra cosa en la realidad, como si sus percepciones hubieran sido disfrazadas de mentiras.

Cuando la dejó en el suelo, acercó sus labios a su oreja y le susurró:

—Los he engañado con un poco de magia, no entienden lo que ha pasado —le informó—. Date prisa en terminar y resolvamos todas nuestras preguntas.

O era irresponsablemente seguro de sí mismo, o era arrogante. A menos que ambos rasgos formarán parte de su personalidad tan singular.

Confiar en alguien así de fácil era algo ilógico… Debía estar loca; nada de aquello le parecía una desfachatez, al contrario, sentía que era momento de salir de su mundo pequeño para entender lo que la rodeaba.

Dado que él había venido hacia ella, entonces debía entrar en el suyo para salir de su zona de confort.

—Sabía que eras una bruja, incluso lograste que alguien te salvara —masculló Daeron entre dientes.

Fue la caída que antes parecía su fin. No… simplemente siempre tuvo un carácter intrépido y frío si no se trataba de sus hermanos. Una sonrisa se dibujó en sus labios cuando enfrentó la patética mirada de Daeron.

—Eres una desgraciada, ¿de qué te ríes? —Su enojo e impulsividad llegaron en el peor momento, porque fue ese carácter arrogante lo que justificó las acciones de Aria.

La palma de ella resonó en su cara con una bofetada que dejó enrojecida la mejilla de Daeron cuando retiró la mano de su rostro.

—No eres una persona que pueda considerarse normal —escuchó la voz de aquel hombre de ojos esmeralda, baja, casi serena pese a la situación.

La cara de Daeron se convirtió en brasas carmesí por la humillación que recibió de su parte. Brusco como un animal descontrolado, se atrevió a alzar la mano, resuelto a devolverle el golpe.

Mantuvo los ojos abiertos sin temor; no obstante, fue Ian quien agarró la muñeca de Daeron, y no con la misma sonrisa con la que la había tratado antes.

Sintió cómo él torcía su brazo con firmeza.

—Eres muy molesto —sus ojos brillaron peligrosamente. Daeron comenzó a temblar al ver aquella presión contenida sin que ella alzara la voz—. Lárgate. No quiero volver a cruzarme contigo, ni por accidente.

Cuando lo soltó, Daeron se marchó apresuradamente.

Aria se giró hacia él…

—¿Al menos puedes decirme tu nombre? —indagó, intentando ver más allá de sus ojos, pero sin conseguirlo.

—Parece que ahora me consideras digno de tu atención.

Aria había olvidado las formalidades debido a todo lo ocurrido. Ya era tarde para corregirse, de todas formas.

—Ian —respondió él—. Ahora movámonos para discutir esto seriamente —recomendó.

—¡Ari! —vio a Lya y Cassian acercándose a ella a toda velocidad, con una alegría que la hizo sentir bien… un bien demasiado breve, que duró apenas una fracción de segundo antes de que su visión se tornara brumosa y el dolor que había sentido el día anterior regresará multiplicado por dos.

—Mierda —cuchicheó Ian. Su voz sonó débil, como si él también estuviera sufriendo parte del mismo dolor que ella.

Aria se volvió para mirarlo, y en ese instante sus miradas quedaron suspendidas, como imanes atraídos por la misma fuerza, mientras una luz breve brillaba en el fondo de sus iris.

—Ari, ¿otra vez te sientes mal? —preguntó Cassian.

—¿Y quién es este hombre? —secundó Lya, clavándole una mirada que perdió su inocencia en cuanto Aria dejó escapar un gemido dolorosamente contenido.

—Es… es alguien que conozco —respondió con esfuerzo.

Ian no esperó más. El dolor persistía en ambos, y por eso quizá tomó su mano de forma repentina.

—Si quieres estar con tus hermanos, que ambos te tomen de la mano —su sugerencia fue breve y firme, sin darle espacio para pensar, ni al dolor para empeorar.

—¿Ya lo escucharon?

Los dos la tomaron de las manos con rapidez. Y, envueltos en luz, desaparecieron sin dejar rastro de su presencia.

Llegaron a un jardín florecido en todas sus etapas; frente a ellos se alzaba una mansión. Bajo los árboles, una sombra fresca ofrecía alivio, mientras sus hermanos contemplaban el lugar con asombro. Ella ya se sentía mucho mejor, al igual que Ian.

El viento suave que se filtraba entre las hojas aligeró la tensión del ambiente justo cuando sus miradas se encontraron.

—Mi dolor ha desaparecido —comentó, tocándose los ojos.

—Y no volverá durante unas horas, así que debemos hablar antes de que regrese —añadió, aunque su tono contradecía por completo la serenidad de su expresión.

Aria miró hacia sus hermanos, que aún parecían atrapados en el encanto de aquella magnífica mansión, semejante a una pintura salida de los cuentos o de las obras de los artistas más reconocidos del mundo.

—¿Lya y Cassian, verdad? —preguntó él. Ambos hermanos se giraron al unísono al oír su voz—. Pueden admirar todo lo que deseen dentro de este lugar. Vuelvo con su hermana enseguida.

Aria no dejaba de equivocarse con aquel hombre, cuyas intenciones resultaban tan ambiguas como todo lo que sabía de él y de su origen. Parecía capaz de desentrañar el más mínimo secreto con una sola mirada.

—Está bien, pero no le hagas nada a mi hermana —pidió Cassian con cortesía.

—Por supuesto, está a mi cuidado—respondió él con una sonrisa medida, distinta a su habitual expresión risueña.

Como si las bromas fueran su territorio natural, hizo una leve reverencia propia de los caballeros de los libros y guió a Aria hacia la entrada de la mansión. Ella lo siguió, y ambos cruzaron el umbral en perfecta sincronía.

La mansión desprendía una calidez profundamente reconfortante, con los ventanales de cristal abiertos de par en par, dejando que la luz dorada del exterior lo inundara todo.

Un anciano, vestido con un elegante traje de mayordomo, les dio la bienvenida al entrar. Llevaba un moño impecablemente anudado en la camisa. Su atuendo era oscuro, al igual que sus ojos cálidos, enmarcados por cejas densas y bien definidas.

—Mi señor, ¿desea que les prepare algo? —preguntó, manteniéndose erguido, a la espera de una orden.

La mirada de Ian se detuvo apenas un instante en Aria antes de responder a Riven:

—Creo que puedes servirle un poco de jugo a nuestra invitada, Riven —dijo, con un leve destello de picardía en los ojos.

En apenas unos minutos, Aria había presenciado demasiadas facetas de aquel hombre como para ignorarlas… y menos aún esperarlas frente a ella.

—Estaremos en la biblioteca —avisó.

Aria volvió a seguirlo escaleras arriba. Cada tramo parecía conducir a otro aún más alto que el anterior, y ella, poco acostumbrada a tanto movimiento, sentía las piernas cada vez más pesadas, como si hubiera corrido un maratón.

Al llegar a la cima, cruzaron un pasillo largo adornado con cuadros que mostraban únicamente pinturas exóticas. Eran simples, desprovistos del lujo ostentoso que muchos adinerados habrían exhibido sin reparo.

Ian abrió la puerta y ambos entraron en una biblioteca repleta de estanterías y libros. Algo en su interior captó de inmediato la atención de Aria: sus ojos se elevaron hacia unas luces que brillaban y cambiaban de color, impregnando el lugar de una atmósfera cambiante, casi hipnótica, muy distinta a lo que muchos considerarían un espacio tedioso.

Ian se detuvo al verla tan absorta por algo que, para él, no tenía especial relevancia.

—Lo repito —murmuró—, eres una persona poco común.

—Sé que no soy normal, pero no esperaba que alguien lo notara en esta vida —respondió Aria con descaro.

Ian encontraba fascinante el contraste entre su frialdad, su audacia y su valentía. No había en ella rastro de miedo, vergüenza ni nerviosismo… solo una intrépida seguridad que la hacía aún más interesante.

—Puesto que he descubierto ese detalle, y no sin motivo, dejemos los secretos a un lado y hablemos con claridad —propuso él, mientras un libro se elevaba lentamente hasta su mano.

Aria lo observó, desconcertada, al leer el título: Cuentos de hadas. Ian se acercó con pasos firmes y le entregó el grimorio.

—Debes de haber leído u oído hablar de estas historias.

—Asumo que la magia tiene algo que ver con los relatos infantiles —respondió ella.

Ian sonrió para sí mismo.

—Es bueno que seas perspicaz —dijo, aún con una leve sonrisa—. Sí, la magia existe en el mundo humano. Los seres feéricos, a quienes vosotros llamáis hadas o elfos y hechiceros, somos los portadores de esa magia.

El libro se soltó de la mano de Aria de pronto, suspendiéndose en el aire. Se abrió con movimientos ágiles, guiado por los dedos de Ian, y las ilustraciones cobraron vida.

Cada página mostraba representaciones de criaturas mágicas descritas en antiguos relatos. Era como contemplar una pintura creada por el más grande de los artistas, donde las imágenes, vibrantes y luminosas, flotaban y se desplazaban con un aire de fantasía imposible.

—En este mundo, las criaturas feéricas viven ocultas en el olvido, para no debilitar la barrera ni quebrar las reglas que la sostienen —explicó con una calma inquebrantable—. Algunos, sin embargo, han roto esa norma al adentrarse en el mundo humano.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—No hablo de consecuencias, porque no existe ley que nos impida convivir con los humanos, siempre que sepamos ocultar nuestra naturaleza feérica.

—Eso no responde a todas mis dudas —intervino Aria.

Ian dejó que el libro continuará mostrando sus escenas, y pronto aparecieron representaciones en las que hadas y brujas se enfrentaban en combate.

—También hubo brujas que llegaron al mundo humano, igual que las hadas —explicó—, pero algunas comenzaron a sembrar el caos, alterando el orden establecido.

La reacción de Aria no tardó en aparecer, teñida de una extrañeza muy parecida a los prejuicios de quienes siempre la habían apartado.

En los cuentos de hadas, las brujas eran criaturas malévolas por naturaleza: la tormenta que arruinaba el final feliz de príncipes y princesas, la fuerza que sembraba el desorden y quebraba los sueños de los protagonistas.

—Nada sorprendente viniendo de un libro de cuentos, entonces —murmuró—. Simplemente les pusisteis fin… y la paz regresó, ¿no?

Lo dijo con ironía, como si esos finales previsibles le causaron desabrimiento.

—Eres curiosa, Aria Lancaster —Ian curvó apenas los labios en una sonrisa que ella ignoró por completo. Era precisamente ese lado imprevisible suyo lo que alimentaba su interés por desentrañar cada uno de sus secretos.

—Sin embargo, subestimas un poco a las brujas. Si esa es tu opinión, no voy a intentar cambiarla. Al igual que ellas, también hubo hadas que causaron graves consecuencias a otras razas al usar su magia sin control. Por eso, tanto brujas como hadas… quedamos muy pocos en este mundo.

Ian cerró el libro de golpe y lo dejó flotar hasta su lugar en la estantería antes de continuar:

—Hasta hace poco, yo tampoco sabía que tú y yo estábamos entrelazados.

—¿Entrelazados? —repitió Aria, alzando una ceja.

—Tal como lo oyes —respondió él con calma, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a escasos centímetros—. Tus ojos me han estado viendo, ¿no es así?

Aria contuvo la respiración al comprender que aquel hombre no había mentido en una sola palabra desde el inicio. Ese detalle de su singularidad… nadie más lo conocía.

—Me has estado viendo de forma constante, más allá de simples visiones pasajeras de otros eventos o personas. Corrígeme si me equivoco.

Ambos permanecieron en silencio, sosteniendo la mirada. No había incomodidad en la cercanía ni en la forma en que se observaban, como si cada parpadeo confirmara algo que ninguno necesitaba nombrar.

Ian, en lugar de continuar recurriendo a palabras, decidió usar una prueba más directa para despejar el misterio que los envolvía, como si ambos vivieran aislados en una burbuja encantada.

Un cuchillo apareció en su mano. Aria se preguntó qué pretendía hacer.

No parpadeó.

El miedo no tenía cabida en su mirada.

—Podría matarte… ¿por qué no estás asustada? —preguntó él, observándola fijamente.

—Dudo que me hayas traído hasta aquí para acabar con mi vida —respondió con calma—, menos aún cuando parece que podríamos compartir el mismo destino… sea cual sea.

Ian soltó una carcajada breve, casi silenciosa.

—Podría dolerte… me disculpo de antemano —advirtió.

Sin más, clavó la fina hoja del cuchillo en la palma de su mano, abriéndola con un corte deliberado. La sangre brotó de ambas manos y el dolor se manifestó con la misma intensidad en los dos.

Ian se apresuró a disipar el arma, y una cálida energía comenzó a emanar de su palma. Sin embargo, antepuso la herida de Aria a la suya propia, guiando la curación hacia ella primero. El proceso fue rápido y preciso: no quedó ni rastro de cicatriz.

Mientras él terminaba de sanar la suya, Aria retomó la conversación con la misma serenidad de antes:

—Esto significa que cualquier cosa que me ocurra se reflejará en ti al instante, con la misma intensidad.

No fue una pregunta, sino una conclusión.

—¿Cómo podemos romper esta magia?

Ian alzó la mirada hacia ella al terminar.

—Debo enseñarte a dominar por completo la magia que posees —respondió con calma—. Por lo tanto, permanecerás ligada a mí hasta que seas capaz de hacerlo.

Aria dejó escapar toda la tensión acumulada en sus pulmones en un bufido. Ian soltó una risa baja al sentir su respiración rozarle debido a la cercanía.

—¡Hermana! —la voz interrumpió el momento.

Por instinto, Aria reaccionó sin calcular la fuerza con la que empujó a Ian a un lado.

Los gemelos aparecieron en la puerta junto a Riven, observando en silencio la postura en la que había quedado Ian y la evidente incomodidad reflejada en el rostro de su hermana.

—¿Ha ocurrido algo interesante para que estéis así? —preguntó Lya, tan perceptiva como siempre.

—En absoluto… ¿qué podría haber pasado? —respondió Aria, sorprendida incluso por su propia reacción, cuando en realidad la respuesta era precisamente esa.

—Su jugo, señorita —Riven le tendió el vaso con cortesía. Aria no era alguien que soliera tomar ese tipo de bebidas; en realidad, no tenía preferencia por ninguna en particular.

—Riven, sírveles la comida en la mesa y muéstrales dónde se quedarán —ordenó Ian, aún recostado en el sofá con una actitud despreocupada.

—¡Guau! ¿Entonces viviremos aquí a partir de ahora? —preguntó Lya, emocionada.

—Así es… al menos hasta que vuestra hermana y yo resolvamos ciertos asuntos —respondió Ian.

Aria ni siquiera había tenido tiempo de ofrecer una respuesta. Aunque, pensándolo bien, quizá no era peor quedarse allí que aceptar un destino incierto, como una niebla que se aproximaba sin forma definida.

Siguieron a Riven por el pasillo, dejando atrás a Ian en la biblioteca, cuyas puertas se cerraron tras ellos al instante.

Dos luces surgieron en la estancia: una dorada, de la que emergió Lyselle, y otra rosada, de la que apareció Elías. Ambos espíritus observaron a Ian con sorpresa ante su decisión… aunque quizá no tanta como habrían esperado.

—¿Por qué le mentiste? —preguntó Elías, incapaz de acceder a sus pensamientos incluso con todos sus dones.

Ian se incorporó, consciente de que ya no había margen para deshacer lo que había decidido.

—No digas tonterías, Elías. ¿Acaso quieres que la mate usando un hechizo de ruptura temporal para poner fin a este destino? —su mirada se tornó más afilada, casi hostil.

—Sería más liberador acabar con un destino insignificante… que con uno que lo significa todo.

Elías no mostraba emoción alguna. En realidad, no podía hacerlo; al igual que Lyselle, era un ser desprovisto de sentimientos.

—Al principio pensé que intentabais ocultarme la forma de romper el vínculo para proteger su vida —continuó Ian—. Pero hay algo más. Por eso queríais evitarlo.

—¿Y por qué decidiste mantenerla a tu lado? —intervino Lyselle.

Ian la miró con calma, aunque su voz fue firme.

—La mantendré a mi lado… sobre todo ahora que sé que hay secretos que aún no han sido revelados.

—Eres un inconsciente, Ian… mata

Lyselle no terminó la frase.

Ian cortó las palabras de Lyselle con una mirada afilada, cargada de una rabia contenida que bastó para silenciar la estancia.

—Yo decido lo que hago o dejo de hacer, y sabes que no me retracto de mis decisiones una vez tomadas —su voz arrastró un eco de antiguos recuerdos al pronunciar aquello.

Lyselle se tensó visiblemente, mientras que el rostro de Elías permaneció inmutable; su naturaleza desprovista de emociones no le permitía reflejar nada que no estaba allí.

—Volverás a cometer el mismo error con ella —fueron sus últimas palabras antes de desaparecer junto a Elías.

El silencio que quedó tras su marcha no alivió la tensión. Aquellas palabras se quedaron suspendidas en la mente de Ian como un eco persistente.

¿A qué error se refería? ¿Y por qué hablaba como si ya hubiera ocurrido antes?

Ian no recordaba haber cruzado su camino con Aria en el pasado… y, sin embargo, Lyselle parecía demasiado segura, demasiado alterada como para que se tratara de una simple advertencia.

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