Una mirada llena de secretos - Capítulo 2
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Capítulo 2: CAPÍTULO II
Como un mar de secretos, profundo y abismal, cuyas olas apenas permitían el resurgir del aliento, su destino estaba sellado junto al de un hombre salido de los cuentos de hadas.
Aria estaba atrapada por su cuenta en una mansión centelleante, sentada sobre el alféizar de la ventana del cuarto piso de la habitación, dentro del dormitorio que se le había asignado por el señor de la residencia.
En la noche de primavera, siempre había una brisa que susurraba en la quietud, como un llamado que buscaba persuadir que el bullicio regresará. La noche procuraba un momento de paz a Aria. Visto que, en ese lapso de tiempo, toda su existencia caótica como la conocía, dejaba penetrar un momento de armonía. Asimismo, escuchaba unos bisbiseos que calaron profundamente en su alma, como si su vida pendiera de algo siniestro e inconcluso. La noche larga y fresca, con la brisa que acariciaba con seguridad su cabellera y rozaba su cuerpo, hizo que rodeará sus rodillas con sus brazos, su cabeza apoyada en ellas.
En el jardín de la residencia, pese a la insondable oscuridad que regía, percibió una silueta que reconoció con sus ojos que brillaban como estrellas dispersas en el firmamento.
Aria se incorporó de golpe, temiendo perder esta oportunidad de hacerle todas las preguntas que le quedaban atascadas como hilos finos y discretos que no podía desenredar. Un incidente desafortunado, producido por un golpe del destino, puede que, por aquella inexplicable unión que los conectaba, arrastró a Aria desde la cima del alféizar de la ventana hasta el vacío cubierto por el césped indispensable para el jardín.
Estrellarse contra el suelo era ineluctable, pese a ello, no se vio afectada por el desplome cómo habría imaginado. Extrañamente, su cuerpo parecía estar flotando.
—¿Eh? —comenzó a abrir los párpados.
Su sosiego se evidenció más que su estupor cuando sus ojos se clavaron en los de Ian, quien, cuya magia la mantenía en el aire. Ser levitada como una pluma intocable la hizo reflexionar sobre el mundo al que se había adentrado.
—Debí haberte avisado que esta mansión está rodeada de magia. El viento que sopla las noches puede ser muy perjudicial para un cuerpo tan ligero como el tuyo.
Aria no pudo dejar de mirarlo, se esperaba a todo menos a recibir detalles como estos en un momento como aquel.
—El viento no tiene nada que ver con mi tropiezo —añadió con una voz densa —. Y mi peso menos.
Aria tocó el suelo cuando la magia de levitación se deshizo.
—¿Entonces saltaste por tu cuenta? —Cuando los ojos gélidos de Aria lo miraron, resopló —. Dudo que sea eso. Entonces?
Aria se dejó mimar por la brisa que venía e iba como una cortina que uno corría y descorría. Abrió sus ojos y no pudo evitar mirar larga e intensamente a Ian, quien se estremeció al notar una expresión tan impasible escudriñarlo con esa agudeza.
—Me estás escondiendo algo.
—No.
—No era una pregunta —repuso inmediatamente Aria —. Me ofreces algo demasiado fácil: quedarme aquí sin más que entrenarme para que pueda sobrevivir. No me gusta que me traten como si fuera ingenua. Así que dime la verdad. La verdad completa.
Sus emociones salieron a flote, dejando entrever como todo aquello que Ian le escondía, comenzaba a ser un peso sobre sus hombros.
Ian se resignó ante la terquedad de la joven, con una voz sutil, dijo:
—Ya puedes salir de tu escondite, Elenne.
Una silueta que apenas se podía percibir antes debido a las sombras que la cubrían, es decir, a la oscuridad de la noche. Salió de entre los arbustos y vino caminando con una elegancia refinada. Su vestimenta era linda y encantadora: un largo vestido azul oscuro con flores estampadas. Su cabellera era rubia y ondulada, cayendo con gracia hasta su cintura. Sus ojos eran de un color azul ligero.
Lo que sí llamó la atención de la joven Aria, fueron esas puntiagudas orejas de elfos que solo había visto en los libros de cuentos de hadas para niños. La mujer llevaba una pequeña corona de flores en su cabello, volviendo cada adorno como característica de su personalidad elegante y refinada.
A duras penas alcanzó a estar en el mismo camino que Aria, Elenne sonrió suavemente.
—Creo que podemos pasar de presentaciones a la revelación que quieres oír —sugirió Elenne.
—Me parece bien —nada le hacía más feliz a Aria que poder entender como todo aquello se había convertido en un tema tan fundamental para sus vidas, a ella e Ian.
Una conversación de ese tamaño merecía un lugar sereno. Así que, los tres decidieron ir al interior de la mansión. Cuando se cruzaron a Riven al camino, Ian le mandó a preparar té caliente para ellos. Mientras tanto, llegados al salón, cada quien tomó asiento. Aria se acomodó en el sillón al tiempo que Elenne e Ian tomaban el sofá. Igual a los sillones, los sofás también eran de terciopelo azul oscuro. Las cortinas de los ventanales eran de un color platino y la alfombra oscura, con decoraciones de plumas de colores fríos.
Aria, en ese momento simplemente esperaba el inicio de la discusión que tomaba más tiempo para empezar que el té de Riven por llegar. La espera comenzaba a ser demasiado larga para ella.
—Creo que ya pueden decirme lo que antes no podían —rompió el silencio, con una voz apacible y serena.
Elenne parecía algo nerviosa, a diferencia de Ian. La inquietud por revelar cada detalle se reflejaba con claridad en su rostro. Tomó aire, lo sostuvo un instante y lo soltó lentamente; al abrir los ojos, todo pareció volverse un poco menos pesado.
—Hay dos hadas —comenzó, con una voz suave y armoniosa—: Lyselle y Elías. Ian fue al bosque encantado en busca de información. Al principio resultaba sospechoso que ambos dudaran tanto ante algo aparentemente sencillo como ayudarle a romper vuestra conexión. Sin embargo, no era preocupación por ti lo que los hacía vacilar, sino el caos que eso podría desencadenar.
Aria alzó una ceja, completamente descolocada. Antes de que pudiera interrumpir la explicación de Elenne, esta levantó una mano con un gesto sutil, pidiéndole que no dijera nada.
—Resulta que es un hechizo.
—¿Qué? —preguntó Ian, ladeando ligeramente la cabeza, desconcertado.
Hasta ese momento no había considerado que aquello pudiera tratarse de magia… o siquiera de algo posible en esos términos.
—Lo sé —continuó Elenne—. He investigado más a fondo cómo es posible que una humana esté involucrada en algo así contigo. Y la respuesta es que no debería serlo… a menos que tú —señaló hacia él con cierta ironía— hubieras aceptado participar en ello.
—Lo que estás diciendo es… —Ian no terminó la frase.
Sus miradas se cruzaron con evidente escepticismo.
—Sí —afirmó Elenne con seriedad—. Aria y tú no estáis unidos por destino ni por casualidad. Estáis conectados porque uno de los dos consintió ese vínculo.
Hizo una pausa breve antes de continuar, más solemne.
—Y eso no es todo. También significa que hubo una tercera persona que completó el hechizo. Alguien más ejecutó lo que uno de vosotros inició.
Ian no se lo esperaba. Cuando dirigió a Elenne aquella mirada expectante, ella tragó saliva, nerviosa. Entendía perfectamente el peso de lo que significaba esa intensidad en él.
Había detalles importantes que no le había contado, y ahora los estaba soltando de golpe, como una ráfaga, frente a Aria. Ni siquiera había consultado con Ian antes de revelar algo que, en el fondo, él mismo no terminaba de comprender.
—¿Y cómo se puede romper este hechizo?
La pregunta de Aria tensó de inmediato el ambiente. Elenne vaciló; no era capaz de responder. No porque no lo supiera del todo, sino porque era demasiado cuidadosa, demasiado considerada como para lanzar una verdad así sin filtro.
—Pu… pues…
Ian intervino antes de que continuara, clavando la mirada en Aria y apartando a Elenne de la conversación.
—Si rompemos el hechizo, morirás.
El rostro de Aria no cambió. Sus ojos permanecieron serenos, impasibles, como si la frase no hubiera tenido peso alguno.
Ian soltó un leve suspiro, más por frustración que por alivio, incapaz de comprender cómo alguien podía aferrarse tan poco a la vida.
—Según tú —reanudó Aria como si nada hubiera ocurrido—, ¿quién podría haber completado ese hechizo?
Ian también se hacía la misma pregunta, una cuya respuesta no parecía fácil de encontrar en ningún lugar.
—Lamento decirte que… lo desconozco.
Elenne se levantó del sofá, dispuesta a marcharse.
—Cuando haya reunido más información, volveré a veros.
Entonces, una luz cegadora envolvió la estancia, nublando la visión de Aria por completo. Cuando desapareció, también lo hizo Elenne.
El silencio volvió a instalarse en la sala.
Estaban solos.
Esta vez, más allá de romper la incomodidad del momento, Ian se quedó observándola fijamente, como si intentara descifrar algo imposible de leer: sus motivos, su forma de pensar… o esa extraña indiferencia hacia la muerte.
—Tus hermanos… ¿no crees que estarían tristes si supieran lo poco que te importa vivir? —su voz sonó inusualmente afectada, como si el tema le pesara más a él que a ella.
Aria ladeó ligeramente la cabeza, y su respuesta llegó con una calma inquietante:
—¿Es porque te preocupas por mi vida que decidiste perdonarla? —preguntó, con un tono contradictorio a sus palabras—. Gracias por dejarme vivir un poco más, entonces. De verdad.
Aria se incorporó. Sus labios permanecían cerrados, pero en sus ojos apareció un atisbo de melancolía tan profunda y oscura que no pasó desapercibido para alguien tan observador como Ian.
—Que pases una buena noche. Iré a dormir —dijo finalmente, encaminándose hacia el pasillo que conducía a los dormitorios.
Ian se quedó inmóvil, con la mente repleta de preguntas sin resolver. Necesitaba respuestas. Y si había algo que le resultara insoportable, era precisamente no encontrar explicación a sus dudas ni solución a sus incógnitas. Su curiosidad, siempre voraz, exigía ser saciada.
También debía entender quién era la tercera persona implicada en el hechizo y de qué manera Aria había acabado enredada en algo así… especialmente cuando estaba seguro de que era la primera vez que sus caminos se cruzaban de ese modo.
Mientras intentaba ordenar todo lo que ocurría a su alrededor, Aria abrió la puerta con cautela y se adentró en la habitación de Lya.
Lyanna estaba en la cama, con la ventana cerrada y la cabeza apoyada sobre una almohada de plumas; una manta la cubría por completo.
Aria se sentó en el borde del colchón, y su expresión se suavizó en cuanto posó la mano sobre el cabello rubio de su hermana. La caricia fue firme, pero cargada de ternura.
Lya abrió los ojos lentamente. Su sueño era tan ligero que aquel contacto bastó para despertarla por completo.
—¿Aún no duermes? —sonrió con inocencia.
Luego se incorporó un poco y dio unas palmaditas al colchón, invitándola a subir.
Aria obedeció sin decir nada y se recostó a su lado, apoyándose contra el cabecero mientras la abrazaba suavemente, dejando que su hermana descansara sobre su pecho.
—Solo iba a pasar por vuestros dormitorios antes de irme a dormir —confesó Aria, acariciando su cabello dorado.
—¿No estarás mintiendo? —Lya la miró con sospecha antes de volver a acomodar la cabeza sobre su pecho—. Siempre haces lo mismo… vienes a comprobar si estamos dormidos, como si te preocupa algo. Es raro.
—¿Tú crees? —Aria soltó una pequeña risa ante su franqueza—. Debe ser eso…
—Un acto de amor —completó Lya—. Sí… nos quieres tanto, a tu manera, que para ti es más fácil venir a vernos cuando no nos damos cuenta.
Lyanna la había descifrado con sorprendente rapidez. Pero no era extraño; conociendo a aquellos dos hermanos ingeniosos y protectores, ¿quién no haría lo posible por darles todo su cariño y su tiempo? Aria guardaba recuerdos invaluables de ellos. Los amaba más de lo que la sociedad parecía despreciarla a ella. Todo ese desprecio que el mundo le dirigía… se transformaba en un océano de amor que reservaba únicamente para sus hermanos.
El sonido de la puerta abriéndose desvió sus miradas.
—¿Puedo unirme? —preguntó Cassian, asomándose con cautela.
—No sé si cabrás —sonrió Lya.
—No seas mezquina —la reprendió Aria con suavidad, abriendo los brazos para invitarlo.
Cassian no tardó en entrar. Cerró la puerta con cuidado y se deslizó bajo la manta, apoyando la cabeza en el otro lado del regazo de su hermana. Aria los rodeó a ambos con los brazos y dejó escapar una sonrisa tranquila.
—¿Queréis que os cuente un cuento?
Le parecía irónico hablar de cuentos cuando los protagonistas de esos relatos no estaban tan lejos de ellos. Pero la vida era un camino interminable que, pese a los secretos y las verdades ocultas, siempre conducía a un destino que no se elegía del todo, aunque uno acabara aceptándolo.
—Mejor… —Cassian meditó un instante—. ¿Qué tal si nos cuentas lo que hablaste con ese hombre? No me digas que nos trajo aquí sin motivo.
—Yo también quiero saber. Todo esto es raro —añadió Lya.
—Sois demasiado pequeños para entenderlo… o eso creo.
Lya negó con la cabeza, en desacuerdo.
—Pues no lo creas. Estamos creciendo.
—Si no quieres contárnoslo, no te presionaremos —añadió Cassian con calma.
—Qu… —empezó Lya, pero Cassian apoyó la palma sobre los labios de su hermana para detenerla de una vez.
Entre los gemelos había una afinidad evidente: compartían el mismo rostro, aunque no la misma personalidad. Cassian solía ser más conciliador, mientras que Lyanna mostraba mayor firmeza. Sin embargo, ambos coincidían en algo: una profunda sobreprotección hacia Aria. Ninguno dudaba en rechazar a quienes la menospreciaban o en enfrentarse a quienes la hacían sufrir.
—Quedémonos así esta noche, Ari… juntos —murmuró Cassian, vencido por el sueño. Sus párpados cayeron mientras se acurrucaba contra su hermana mayor.
—Que sueñes bonito —respondió Aria en voz baja, sin moverse, limitándose a estrecharlos un poco más contra ella.
Lya también comenzó a hundirse en el sueño, con una sonrisa suave en los labios. Mientras sus hermanos eran arrastrados hacia un mundo de calma y ensoñación, Aria fue la única que no encontró descanso.
Algo la arrastró de nuevo a aquella oscuridad abismal, donde los susurros y los gritos distantes comenzaban a recomponerse en una visión turbia, inquietante… como un recuerdo que se negaba a desaparecer.
✦✦✦
Temprano en la mañana, incluso antes de la salida del sol, dos presencias llegaron a la mansión Blackwell. Afortunadamente, Riven llevaba ya varias horas despierto. Aunque la edad pesaba, seguía manteniéndose firme, ágil y capaz de moverse con la misma precisión de siempre.
Abrió las puertas principales y dejó pasar a los invitados. Una vez dentro, al llegar a la entrada que conducía al interior de la mansión, Riven los saludó con una reverencia medida. A diferencia de Darian, Mireya se mostraba de excelente humor a esas horas tan tempranas. Para ella, aquella visita parecía más emocionante que su propia vida marital.
—Riven, no me digas que Ian sigue en la cama —remarcó con voz clara.
Darian negó con la cabeza, mientras Riven se disponía a responder con una afirmación. Antes de que pudiera hacerlo, dio un paso hacia el umbral de la puerta, deteniéndose para mirar a su esposa con evidente resignación. Su impulsividad seguía siendo tan impredecible como siempre.
—¿Qué esperabas? —replicó—. Has venido a una hora indecente, ni siquiera ha salido el sol, y además me has arrastrado contigo. ¿De verdad crees que estará despierto? Te recuerdo que Ian ha estado tan ocupado últimamente que no me sorprendería que duerma hasta tarde.
Darian se apresuró a entrar antes de que sus palabras pudieran detenerlo. Mireya desvió la mirada hacia Riven, que siguió a Darian con paso sereno, aunque aquella mirada aún lograba incomodarlo pese a su edad.
—Ah, ahora resulta que es un problema ser curiosa —murmuró ella, siguiéndolos con la vista.
Riven les sirvió té caliente en cuanto se acomodaron en el sofá. Mireya fue la primera en probarlo; dio un sorbo breve y dejó la taza sobre el platillo de porcelana con una satisfacción evidente. Estaba delicioso.
Darian, en cambio, seguía bebiendo en silencio, como si el té fuera la única forma de sobrevivir a las horas que le quedaban por delante.
—¿Vas a seguir con esa cara mucho más tiempo? —preguntó Mireya, observándolo de reojo.
Darian le devolvió una mirada cansada, marcada por la falta de sueño.
—Para nada; sería tonto de mi parte enfadarme por algo tan fútil —respondió, fingiendo una sonrisa mientras bostezaba, plenamente consciente de que podría haber seguido durmiendo si no fuera porque Mireya lo había sacado de la cama impulsivamente, incapaz de contener las ganas de venir a la mansión de Ian—. Además —añadió con calma—, creo que deberíamos enterarnos de lo que está ocurriendo… así evitarás volver a interrumpir los únicos días en los que puedo dormir en paz, cariño.
Las orejas de Mireya se tiñeron de rojo al instante, como si fueran dos fresas. Evitó la mirada de Darian, claramente cargada de intención. De pronto, el aire en la sala se le hizo más cálido.
Darian la observó en silencio, con una sonrisa apenas contenida. Verla así le resultaba casi reconfortante; era suficiente para devolverle algo de energía. No había nada como verla perder la compostura para, acto seguido, quedarse sin fuerzas él mismo.
El silencio comenzó a instalarse en la sala, hasta que la puerta se abrió.
Aria entró y se detuvo en seco al ver a dos desconocidos. Sin embargo, supuso de inmediato que debían de ser conocidos de Ian.
Ellos también se quedaron mirándola. De hecho, la observaban con tal intensidad que parecía que ni siquiera parpadeaban.
—Lo siento, no sabía que… —empezó Aria.
—Tú debes ser Aria —la interrumpió Mireya con entusiasmo. Una sonrisa luminosa se dibujó en sus labios y, al instante siguiente, ya estaba tomando sus manos—. Tenía tantas ganas de conocerte. ¡Guau! —exclamó, observándola con evidente fascinación.
Aria se sintió incómoda ante aquella reacción tan efusiva. Nunca se había detenido a pensar por qué Ian no había mostrado curiosidad por su apariencia: aquel cabello níveo, las cejas y pestañas del mismo tono… Había asumido que se debía a su naturaleza feérica.
De pronto, Aria se estremeció al escuchar las siguientes palabras de la mujer:
—Tu cabello es precioso —dijo Mireya sin el menor pudor, mientras acariciaba algunos mechones.
Aria alzó la mirada, desconcertada. La expresión de Mireya era genuina, casi desarmante. No había falsedad en su sonrisa ni en la forma en que tocaba su cabello; todo en ella era sorprendentemente honesto.
—Sabes, este tipo de cabello es… —comenzó Mireya, aún fascinada.
—Estamos encantados de conocerte por fin; Ian te ha mencionado desde que supo de tu presencia —intervino Darian, cortando a Mireya a propósito. Aun así, no podía ocultar su sorpresa al verla, especialmente por aquel cabello que llamaba tanto la atención—. Mi nombre es Darian, y ella es Mireya; somos amigos cercanos de Ian.
—Sí, un placer. Yo soy Aria —respondió ella con calma.
Mireya dio un pequeño paso atrás al darse cuenta de que se había dejado llevar por su entusiasmo como una niña. Miró a Darian con una mezcla de gratitud y alivio por haber intervenido.
—Perdona si te he incomodado… no era mi intención —se disculpó, algo avergonzada por su falta de contención.
Aria no negó sus palabras, aunque tampoco quería generar incomodidad en los amigos del hombre que la alojaba a ella y a sus hermanos.
—No se preocupe —respondió simplemente.
—Puedes tutearnos —añadió Darian con una sonrisa más tranquila—. Si no os importa, iré a ver a Ian un momento.
Darian salió de la sala y se dirigió a las escaleras, dejando a Mireya sola con Aria. Confiaba en que, esta vez, no se dejara arrastrar por su habitual euforia.
—Estábamos tomando el té… parece que hemos interrumpido tu descanso —comentó Mireya.
—Estoy acostumbrada a madrugar —repuso ella, yendo con Mireya para acomodarse a su lado.
Mireya siempre llevaba una conversación de manera amena, haciendo olvidar hasta la incomodidad a cualquiera que se sentara a su lado. Ese era su talento natural: interactuar con las personas de forma sincera y abrirse a ellos sin problema, al punto de hacerles olvidar que se acababan de conocer.
En ese interín, Darian se hallaba en un dormitorio oscuro como la penumbra. La oscuridad se debía a las cortinas corridas. Miró al hombre que dormía en la amplia cama, sin camisa y solo con un pantalón. Verlo dormir tan serenamente, de alguna manera, le enojaba.
Con los dedos en el aire, trazó unos movimientos vertiginosos y las cortinas, todas ellas, se descorrieron, dando paso a la iluminación. La luz de la mañana comenzó a filtrarse por los ventanales, dejando al descubierto una habitación en blanco, plateado y dorado.
Había dos enormes ventanales; en la ventana a la izquierda había dos sillones de lino color blanco con adornos dorados. Al corazón de los sillones se ubicaba la mesita, del mismo color, con un florero con margaritas. La cama también era del mismo color, con destellos dorados a los alrededores. Las baldosas eran de color café; entretanto, las paredes eran de un color plateado brillante. Había un diseño de árbol en color blanco donde se ubicaba la cabecera de la cama.
La habitación transmitía paz y frescura. Todos los colores combinaban y bañaban la habitación en una luz cegadora.
—¿De verdad sigues durmiendo? —dijo Darian, incrédulo. Tanta luz que se filtraba y aún él seguía como si estuviera en coma.
Darian buscó a su alrededor alguna cosa para despertarlo más eficientemente. Sin embargo, no había nada útil. Suspiró resignado antes de recurrir al único truco provechoso. Con un chasquido de dedos hizo aparecer un cubo de agua lleno. Consideró si derramar o no esa agua sobre él.
—No puedo entender de dónde sacas el tiempo para estar desbordado y luego poder dormir a tu antojo, como si el mundo se desvaneciera —pensó en voz alta, listo para tirar el agua hacia la cama.
Cuando el cubo se inclinó y el agua salió, cada gota se quedó suspendida, congelada en la atmósfera. Ian se incorporó en la cama; la luz de la mañana bañándolo en su calidez. Su cabello castaño brillaba como destellos a causa de la desbordante claridad, y su torso desnudo estaba bañado en luz dorada. Una sonrisa también centelleaba en sus labios apenas separados, y sus ojos parecían irradiar más vehemencia.
—Creía que habías pedido respeto de mi parte; si tanto deseas ser respetado, aprende a comportarte —comentó, saliendo de la cama con un pantalón oscuro sin más. Se peinó el cabello con la mano, bostezando—. Comienzo a pensar que tu matrimonio con Mireya te ha afectado mucho.
—No te atrevas —un seco chasquido de dedos resonó en la habitación; el agua, antes congelada, desapareció igual que el cubo. Se sentó en el borde de la cama, mirando al descarado hombre parado como un modelo frente a los ventanales que lo embellecían más con cada filtro de luz—. Estás bostezando cuando dormiste como si estuvieras en un letargo. Pero eso no es lo que me trajo a tu dormitorio, Ian.
La mirada de Darian adoptó un tono de lo más sobrio.
—¿Quién es esa mujer que está contigo?
Una carcajada silenciosa escapó de los labios de Ian en ese preciso instante.
—Pensé que no querías entrometerte en mis asuntos más —cruzó sus brazos sobre su pecho, desafiándolo a hacer más preguntas.
—No esquives mi pregunta —aconsejó con idéntica expresión retadora—. Tú mismo dijiste que era una humana, por eso pensé que podrías arreglártelas solo, pero…
—Ahora que descubriste que es más que un ser mortal, ¿quieres ayudarme? Déjame desconfiar de tus palabras.
La tensión entre ambos hombres se hizo más palpable. Cada mirada intercambiada era como mil palabras secretas que solo ellos podían descifrar.
—No —Darian refutó, poniéndose de pie y enfrentándose a él—. Quiero recordarte solo unas cosas que tal vez olvidaste. Siempre has sido muy blando con todos a tu alrededor, Ian Blackwell. Perdonas fácilmente a las personas sin importar lo que hagan y confías fácilmente en lo que tus ojos ven.
Su mirada dejó entrever dos claras emociones: firmeza y suavidad. Luego añadió:
—Soy un claro ejemplo de ello.
Una sonrisa ladeada apareció en la cara de Ian. Descruzó los brazos, atenuando su mirada.
—¿Acaso me he equivocado al darte una segunda oportunidad?
Darian no podía con él; siempre hallaba el método de deformar cualquier realidad con esa sonrisa que descolocaba a todos a su alrededor.
De pronto, Ian tocó la cicatriz que estaba profundamente marcada en su frente.
—Además, te recuerdo que te di esa oportunidad solo después de dejar una marca —señaló con la punta de su dedo—. Y ya han pasado siglos desde que todo eso ocurrió. Se me había olvidado, pero no parece que sea tu caso.
Darian alejó su dedo y dio media vuelta…
—Eres muy bueno fingiendo ser frío cuando lo único que sabes demostrar es pura calidez, incluso a los que te traicionan descaradamente. Puede que hayas logrado cambiarme a mí o a muchos otros, pero no cometas el error de pensar que tu forma de ser mejorará al mundo o transformará mágicamente a las personas, Ian Blackwell.
Antes de dar un paso más, Darian agregó con más frialdad:
—El cabello níveo es símbolo de poder absoluto y esa mujer, es evidente que no es una humana —apretó los labios—. Desconozco por qué siempre has sido tan testarudo en querer proteger a todo aquello que podría dañarte, pero… si resulta que es una amenaza —entonces se volvió hacia Ian, sus ojos llenos de certeza y solemnidad— nos desharemos de ella. Dudo ser el único que podría querer su muerte, ¿verdad?
Fue una advertencia. Una amenaza clara y vigente antes de dejar solo a Ian. Ian se volvió hacia la ventana, su mirada hundiéndose en una sombra oscura que parecía revivir un pasado lejano. Todas esas frases de Darian volvían a evocar días lejanos que, con los años, debería haber olvidado, pero que persistían. La sombra se disipó en cuanto salió al balcón, apoyando sus manos sobre la barandilla. Sus ojos esmeralda brillaron con un dejo de placer.
—¿Qué quieres que te diga, Darian? Esa es mi naturaleza, me criaron así —sonrió mientras observaba el paisaje—. Amado u odiado, sé que habría dado la mano a todo aquello que me fascina. Todavía desconozco todo de esa chica, pero espero que no llegue el día en que ejecutes tu amenaza.
Ian volvió a entrar al dormitorio y se dirigió al baño para tomar una ducha fresca antes de reunirse con los que estaban abajo, esperándolo seguramente.
✦✦✦
Bajó las escaleras al tiempo que Cassian y Lyanna descendían. Los tres se cruzaron. Los gemelos le dirigieron una sutil sonrisa.
—Buenos días —saludó Lyanna, sus ojos demostrando su buen humor.
—Veo que sois de despertar temprano; eso es bueno —acotó Ian, con una tierna sonrisa.
Lyanna, de pronto, dejó caer toda tensión acumulada y todo lo que sospechaba de ese hombre se disipó como si no hubiera estado presente nunca. Su prevención con él se diluyó al momento en que su gesto se amplió para ser más tangible.
—¿Sabes dónde está nuestra hermana? —cuestionó Cassian, más consternado por Aria que por aquel hombre cuya cercanía siempre le hacía sentir una rareza inexplicable.
Llegaron a la última escalera y bajaron para pisar el mármol; Ian les dijo que le siguieran. Los dos gemelos entraron con él al salón. Al penetrar la sala de estar, su mirada fue a dar, sin remedio, con la de Darian. Darian se negó a sostener el fulgor risueño de esos ojos.
Por mucho que pudieran fingir no haberse dado cuenta de la densidad entre Darian e Ian, era imposible e insoportable. A Mireya le tenían saturado. En vez de perderse en sus gestos sutiles por esquivarse, dirigió toda su atención rumbo a los gemelos.
—Ellos deben ser tus hermanos, ¿me equivoco? —mencionó, absorbiendo poco a poco cada desagrado que residía entre ellos gracias a sus palabras.
Cassian y Lyanna vinieron hacia ella y se sentaron donde aún quedaba sitio para instalarse. Cassian parecía algo más nervioso en presencia de ellos que Lyanna, quien sonrió tiernamente ante la belleza fulgurante y la naturalidad de la mujer.
—Sí, somos los hermanos de Ari… Cassian y Lyanna —intervino justo antes de que su hermana diera respuesta—. ¿Tú eres amiga de Aria?
—No —sacudió, mirándola—. Pero espero que lo seamos pronto.
Mireya se irguió y se plantó delante de Ian, una sonrisa apenas visible marcando sus facciones. A continuación, sacó algo de sus bolsillos del vestido y se lo exhibió.
—Ya que nada ha empezado todavía, ¿podría llevarme a Aria y sus hermanos a una obra?
Su pregunta fue directa, natural, igual que siempre. No le importaba la discusión que hubieran tenido entre ellos en su dormitorio; sabía una cosa con seguridad: ni Darian ni Ian le impedirían poder hacer de las suyas. Su carácter era algo que, obviamente, ambos hombres no podían alterar. Su intención era conocer a Aria; para eso tendría que sacarla de esa mansión repleta de gente tediosa y fastidiosa.
—Una obra musical —expresó Ian en voz alta—. Pídeselo a ellos; si quieren ir, no tengo ningún problema.
—Qué generoso… bueno…
Mireya se volvió hacia los tres con una sonrisa que bastó para convencer a Lyanna, quien, eufórica, se apuntó para ir a ver esa obra. Cassian estaba igual de sosegado que su hermana, porque lo único que haría dependería de si ella quería o no. Sus decisiones las respetaba ciegamente.
Aria se permitió tomar una decisión sin pensar; necesitaban aire, o al menos salir un momento de la mansión para saber cómo todo se desarrollaba más allá de estas paredes. Acarició el pelo de Cassian, sonriéndole.
—Nos vendrá bien salir un poco, ¿no crees?
—A mí no me importa —manifestó, devolviéndole la sonrisa.
Lyanna vino con una expresión de insistencia a ponerse entre los dos: se instaló en el medio. Fulminó un cuarto de segundo a su gemelo, como diciéndole: “no te atrevas a hacerle cambiar de parecer”. Cassian ignoró su mirada.
—Nunca hemos ido a ninguna obra, hermana querida —Lyanna apoyó la cabeza sobre su hombro, con una voz matizada de suavidad—. Apenas pasamos tiempo juntos; es una ocasión que no puedes rechazar, por fa… —para completar, la miró con ojos chispeantes, propios de un cachorro.
—No pensaba negarme —matizó su hermana, divertida con sus actuaciones.
—A ti misma eres una obra —murmuró Cassian, un cuchicheo que llegó a oídos de su gemela, pero le dio lo mismo—. Podríamos escucharte todo el día y acabarías siendo una música insoportable.
Sin palabras, solo le acribilló con su mirada azulada.
—Ahora que está decidido —interpeló Mireya—. Podemos ir ahora. Os podéis ir a preparar y os estaré esperando en el jardín.
Lyanna agarró la muñeca de Cassian para arrastrarlo, toda contenta, hacia las escaleras. Aria decidió salir de la sala sin tanto entusiasmo; Ian siguió sus pasos, cerrando la puerta del salón.
—Si te parece, ¿podría empezar a enseñarte lo básico desde mañana?
Aunque no eran cercanos, se sentía una distancia fenomenal entre ambos desde anoche. Aria estaba trazando una clara línea que Ian no quería cruzar, pero que, pese a todo, intentaba borrar para no invadir aquel espacio que nadie podía traspasar sin permiso.
—Me parece apropiado —confirmó, saliendo escaleras arriba.
Ian volvió a la sala; Mireya le estaba aguardando con una mirada interrogante, no solo a él, sino al propio Darian.
—¿Ahora qué es esta guerra fría que os habéis declarado?
—Tu queridísimo esposo es quien la inició; yo estoy en contra de ella —respondió con destreza instantánea.
Mireya se dejó caer en el sofá, persistente en sus pensamientos referente a Aria.
—Estoy convencida de que sabes poco de Aria todavía, ¿verdad? —era una pregunta trampa, e Ian la había visto venir desde sus ojos calmados.
Ian se rindió ante los dos. Mentirles no era la mejor forma de llevar a cabo todo. Necesitaba de ellos para poder resolver sus problemas, era un hecho. Asimismo, ese asunto ya traspasaba cualquier lógica; nada podía pensarse de forma coherente o desde una sola perspectiva. Aria en sí misma era un enigma. Pero el mayor rompecabezas no era ella, sino cómo ambos podían haberse cruzado. Se torturaba la cabeza en vano, porque no había respuestas, solo más confusión. Detalle por detalle, contó lo que Elenne había descubierto, algo que podría considerarse una simple hipótesis, pero que no podía ser más real que el color de cabello de Aria. El asombro de ambos fue menor, algo que agradeció de corazón, porque así la conversación podría ampliarse en otros conceptos más vitales.
—Primero —suspiró Mireya—, debemos descubrir quién es esa persona que podría haberte ayudado. Ella es la pieza para que podáis saber de dónde os conocisteis. Solo ella podría responder a cada duda.
—Pero —observó Darian—, al ser el eje central de todo lo que ocurre, será más difícil localizarla, porque ninguno de ustedes dos parece tener recuerdo de nada.
—¿Crees que nos hayan borrado la memoria a propósito para no recordar lo que sucedió? —Ian soltó una carcajada ante tal posibilidad… las miradas adustas de ambos cortaron su risa—. ¿Estáis hablando en serio?
—No podría ser más lógico. Sino, ¿cómo explicas tu conexión y amnesia? —Mireya enarcó una ceja.
Mireya se levantó y complementó:
—Trataré de hablar con Aria —ambos levantaron los ojos con los rostros tensos; a ella le resultaba increíble—. ¿Tan poco confiáis en mí? —dijo muy cabreada.
—Sabes que no puedes guardarte nada —reconoció Darian… arrepintiéndose de haber abierto la boca al ver su mirada lúgubre contra él.
—¿Ah sí? ¿Lo dices de verdad?
Darian redirigió su mirada en dirección a Ian.
—Pues allá vosotros —con pasos pesados, Mireya salió enfurecida del salón.
—Mire… —antes de que Ian pudiera retenerla, dio un portazo, largándose.
—La perdimos por tu culpa, bravo —Ian se dirigió al balcón del salón. Mireya ya estaba afuera; respiró el aire y se tomó el tiempo de reflexionar ante el asunto. Darian llegó junto a Ian y, justo en ese momento, Mireya, que estaba abajo, lo fulminó antes de darle la espalda.
—Jamás entenderé vuestra relación —asumió Ian—. Me es imposible comprender de dónde proviene la valía que tuviste al pedirle su mano.
—Lo sabrías si hubieras dedicado aunque fueran dos segundos a observar a una mujer. Pero claro, estás hecho todo un hombre que desconoce todo de las mujeres. Todo un inexperto.
—No te burles de mí, te lo suplico.
Darian se dejó de bromas para volver al tema central, resultado de la anterior tensión entre ellos, causada no solo por desconfianza hacia la mujer, sino también por conocer demasiado bien a ese hombre a su lado. Cada vez que miraba hacia el pasado, sabía que tenía razón en preocuparse de sus acciones. No era quien para hacerle cambiar de parecer, pero era lo suficientemente cercano a él como para cuestionar sus decisiones.
—¿De verdad no sabes nada de Aria Lancaster? —sostuvo su mirada.
Ian giró la cara y enfrentó la suya. Sus labios se cerraron y, en cada gesto, asomaba únicamente la verdad de su corazón. Una sinceridad que no necesitaba esconder a alguien como Darian. Su silencio se hizo respuesta para su amigo.
—Ayúdame a hallar a esa persona —pidió con un tono irrevocable.
—Te habría dicho que no necesitas mi ayuda; sin embargo…
—Lo harás, porque temes que Aria sea peligrosa y que tome una mala decisión que acabará siendo buena para ella —se rió mientras completaba la frase exacta que Darian iba a decir.
Él no se extrañó; rió ante ello, divertido.
—Eres un peligro ambulante, Ian.
—Dejaré eso a tu imaginación y seguiré fiel a mi estilo.
Ambos amigos se reconciliaban entre palabras dichas y silencios compartidos; esa era, al fin y al cabo, su manera de hacer las paces.