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Una mirada llena de secretos - Capítulo 25

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Capítulo 25: CAPÍTULO XXV

Elenne ya había sido preparada por las criadas para acostarse. Llevaba un rato dándole vueltas al “conjuro”, aunque recordó que podía ignorarlo. No le importaba el castigo; asumiría las consecuencias de haber confiado en aquella flor mágica para entretener a sus amigas y matar el tiempo.

Solo quería su cama, suave y cálida, y un sueño tranquilo.

Cuando se acomodó bajo las sábanas y ajustó la almohada, su cuerpo centelleó de repente, llenando la habitación —iluminada apenas por una lámpara tenue— con un destello fugaz.

Sin entender cómo, dejó de estar allí.

Apareció en un lugar desconocido, sumido en una oscuridad espesa. Dio un paso inseguro y tropezó con algo, haciéndolo caer al suelo. El golpe resonó con fuerza en el silencio, y la puerta se abrió de inmediato, dejando entrar una silueta.

Poco a poco, la escena se aclaró.

Cuando Bastian encendió la luz, Elenne reconoció la lujosa habitación… la suya.

—¿Elenne? —la sorpresa en la voz de Bastian creció mientras la observaba.

Su vestimenta no era en absoluto la adecuada para presentarse ante él. La prenda era demasiado ligera, casi transparente.

Bastian cruzó el umbral e impidió que los guardias entraran. Cerró la puerta tras de sí, quedando ambos encerrados en la amplitud silenciosa de su dormitorio.

Elenne seguía paralizada bajo su mirada. Entonces lo comprendió: la flor… el último pétalo… aquello era el castigo.

Pero no pensaba obedecer. No si su voluntad no lo permitía.

—No es lo que parece, Su Majestad —dijo, sorprendiéndose a sí misma por la firmeza de su voz.

Era la primera vez que lograba hablarle sin titubear.

Bastian mantuvo una distancia prudente.

Era necesaria.

El atuendo de Elenne lo exigía. Aun así, le resultaba difícil asimilar que la misma mujer que se sonrojaba por cualquier cosa ahora estuviera de pie frente a él, sosteniéndole la mirada con palabras claras.

—Elenne… ¿podría bajar la mirada un momento? —pidió con educación.

—”Bajar la mirada” —repitió, consciente de lo que le pedía.

Elenne asintió.

Cuando sus ojos descendieron, comprendió de inmediato la situación. Era su ropa de dormir: un vestido ligero que apenas llegaba a las rodillas. La tela era tan fina que dejaba entrever lo que llevaba debajo.

El grito que soltó hizo que Bastian tuviera que contenerse para no apartar la mirada con brusquedad, mientras los guardias golpeaban la puerta al instante.

—Su Majestad, ¿está todo bien? —preguntó una voz desde el exterior.

Elenne se quedó completamente paralizada sobre el mármol.

Bastian reaccionó primero. Tomó una sábana cercana y la cubrió con rapidez. Luego apartó una silla y la hizo sentar, pues seguía sin moverse, y se dirigió a la puerta.

Al abrirla, los dos guardias permanecían en posición de vigilancia.

—Podéis iros a descansar. No necesito guardia esta noche —ordenó.

—Pero, Su Majestad… —intentó uno de ellos.

La frase murió cuando la mirada de Bastian dejó claro que no admitiría réplica.

—Entendido. Buenas noches, Su Majestad.

Ambos se retiraron por el pasillo, dejando el silencio del castillo intacto.

Bastian cerró la puerta.

Luego volvió la vista hacia Elenne. Necesitaba entender cómo había terminado en su habitación, porque estaba seguro de que no habría venido voluntariamente en medio de la noche… y mucho menos en ese estado.

Cuando Bastian volvió a mirarla, se quedó inmóvil.

Sus ojos tardaron un instante en procesar la escena. Elenne estaba llorando.

No de forma contenida ni silenciosa, sino con una desesperación evidente, como si hubiera sido reprendida por algo que ni siquiera había comprendido. Las lágrimas le caían por las mejillas mientras temblaba, aferrándose con ambas manos a la sábana, como si aquello pudiera ocultarla del mundo.

La vergüenza, el miedo a ser malinterpretada y la impotencia la estaban desbordando.

Bastian no había visto nunca a alguien llorar así.

El desconcierto lo golpeó de lleno. Por un instante no supo qué hacer.

Luego avanzó.

Se arrodilló frente a ella.

Sus manos dudaron en el aire antes de bajar, como si incluso el gesto más simple pudiera romper algo.

Parecía una estatua mal colocada: alguien fuerte por fuera, completamente perdido por dentro.

—Elenne… —pronunció con dificultad—. ¿He sido yo la causa de sus lágrimas?

Esa era una parte de él que ignoraba que existiera.

Había sido criado con una perfección casi absoluta, moldeado sin fisuras aparentes en su carácter, su conducta o incluso en la forma de dirigirse a los demás.

Era la obra maestra de Shepherd Ericsson… y ahora esa obra parecía desmoronarse frente a una mujer cuyas lágrimas afectaban más de lo que su rostro podía admitir.

—Deje de llorar, por favor —pidió, y por primera vez su voz no sonó completamente firme.

Cuando Elenne levantó la mirada, las lágrimas ya no brotaban, pero seguían resbalando por sus mejillas. La expresión descompuesta de Bastian la dejó con una extraña presión en el pecho.

Entonces lo vio con claridad: pequeñas fisuras en la máscara neutra del monarca.

Y eso, de algún modo, la desarmó más que su autoridad.

Era la primera vez que veía en él una expresión que justificara esa mezcla de vergüenza y dolor que la atravesaba.

—Lo siento —dijo, rompiendo el silencio con esfuerzo—. Le prometo que no vine aquí con ninguna intención ob… Yo…

Se interrumpió cuando sintió la mano de Bastian acariciar su mejilla.

El gesto la hizo estremecer.

El soplo de alivio que él soltó bastó para alterar el ritmo de su corazón.

—Lo sé. Usted no es ese tipo de persona —confirmó Bastian, mirándola con una claridad serena—. Cálmese, entonces.

Los largos dedos de Bastian acariciaron su mejilla con una delicadeza que la desarmó por completo.

Elenne sintió cómo algo en su interior se aflojaba. Sus ojos brillaron, como si dudaran entre soñar y volver a la realidad. Sin darse cuenta, soltó la sábana que aún apretaba con fuerza y colocó su mano sobre la de él, sosteniéndola contra su rostro, prolongando aquel contacto.

Quería que aquella calidez, disfrazada de frialdad, permaneciera un poco más sobre su piel.

Era extraño… y a la vez reconfortante descubrir que ella era la primera en ver ese lado de Bastian.

La sorpresa en él no desapareció, sino que se transformó en algo más profundo, una sensación nueva, difícil de nombrar. Algo parecido a una calma intensa, casi peligrosa.

Elenne parecía tener la capacidad de romper su neutralidad sin siquiera intentarlo. Su sola presencia deshacía las barreras que había aprendido a mantener intactas.

—Explíqueme cómo llegó aquí —preguntó finalmente, cuando el silencio se estabilizó.

Su mano seguía aún en su mejilla, mientras ella sostenía el dorso con suavidad.

Elenne dudó. No sabía por dónde empezar. Cualquier explicación sonaría absurda… o peor, como una mentira.

No quería empeorar la situación ni arriesgarse a decepcionarlo.

—Si no desea decírmelo, está bien —respondió Bastian, retirándose con calma—. Pero quédese a dormir. Tengo trabajo pendiente en el despacho.

Cuando Bastian retiró la mano de su mejilla y dio un paso atrás, Elenne sintió cómo algo se le desordenaba por dentro.

Le vinieron a la mente todas las veces en que había querido decirlo y no había podido. Todas las ocasiones en que el miedo al rechazo había pesado más que el impulso de su propio corazón. Y, aun así, también recordaba las pequeñas grietas que Bastian había dejado ver sin querer: gestos, silencios, miradas… señales que habían alimentado una esperanza que nunca se había atrevido a nombrar.

Pero ahora él se estaba yendo.

Cuando Bastian apoyó la mano en el pomo de la puerta, Elenne se puso de pie de golpe.

La sábana cayó detrás de ella al moverse, pero no se detuvo. Cruzó la distancia casi corriendo y sujetó la tela de su camisa, obligándolo a frenar.

—Bastian…

Su voz lo dijo por primera vez así, sin títulos, sin barreras: solo su nombre.

Los ojos dorados de él se volvieron hacia ella, atentos, silenciosos.

Y Elenne, con el corazón golpeándole el pecho, dejó que por fin se rompiera el muro de todo lo que había callado.

—Usted me dio permiso para llamarlo por su nombre si llegaba a sentirme rom… románticamente a…

A pesar del temblor en su voz y de la mirada que evitaba sostener la suya, Elenne continuó:

—En realidad, Bastian… yo…

No pudo terminar.

Bastian ya no fue capaz de esperar más.

No había esperado nunca en su vida como había esperado por ella. Siglos de control, de disciplina, de silencio. Y, aun así, lo único que había aprendido con el tiempo era lo importante que se había vuelto Elenne para él.

La distancia entre ambos se quebró en un instante.

Las manos de Bastian subieron a su rostro, sosteniéndola con una delicadeza contenida, como si temiera que cualquier duda la hiciera desaparecer. Y entonces la besó.

Elenne se quedó rígida, completamente desarmada por la sorpresa. Sus pensamientos se apagaron de golpe, como si el mundo entero hubiera dejado de existir.

No sabía qué hacer, no sabía responder. Solo sentía. Solo existía en ese instante.

Y por primera vez, no hizo falta ninguna palabra.

—Para la sociedad, este compromiso no es más que un acuerdo entre dos personas de rangos superiores a toda la nobleza —dijo Bastian, apenas separándose de ella—. Pero ambos sabemos que no es así.

Su mirada se suavizó.

—Quiero decírtelo, Elenne —añadió, tuteándola sin dudar, como si aquel gesto sellara lo que acababa de cambiar entre ellos—. Estoy agradecido de que seas tú quien forme parte de mi vida.

—Bastian… —susurró ella, conmovida.

Él volvió a acariciarle las mejillas con una ternura contenida, y luego inclinó la cabeza para depositar un beso suave en su frente.

Elenne se sonrojó de inmediato.

Lo miró en silencio un instante, con esa expresión desarmante que parecía no encajar del todo con la intensidad del momento, y finalmente sonrió.

Una sonrisa pequeña, sincera, que pareció cambiar la atmósfera entera del cuarto.

Y entonces, con una honestidad casi infantil, confesó:

—Debí haberlo dicho mucho antes —su sonrisa iluminó el rostro de Bastian—. He guardado estos sentimientos durante tanto tiempo que ya era hora de dejarlos salir.

Bajó ligeramente la mirada, pero no dejó de sostener la suya.

—Temía que amarte rompiera nuestro compromiso… temía que me rechazaras. Pero ahora no me arrepiento de haberlos guardado.

Su voz se suavizó, casi temblando en su honestidad.

—Porque, incluso en silencio, no he dejado de amarte ni un solo día, Bastian. Mi amor por ti ha sido más sincero que yo misma.

Esa confesión fue suficiente.

Más que suficiente para que Bastian la abrazara sin temor a las consecuencias, y para que ella se atreviera a rodearle la cintura, aun con la timidez que la caracterizaba, mezclada ahora con una profunda sensación de liberación y aceptación.

Elenne lo amaba.

Y aunque él lo hubiera callado durante tanto tiempo, de algún modo siempre lo había demostrado: en silencios, en gestos, en miradas. Como si aquel amor, aunque contenido, hubiera existido con la misma intensidad desde el principio.

✦✦✦

A diferencia de su rechazo inicial a quedarse en el bosque de las hadas esa noche, le habían preparado un dormitorio cuando finalmente cambió de opinión. Estaba encerrada en la habitación; las palabras de Ian eran el único eco que la había hecho permanecer en ese abominable lugar, donde todo se alzaba como una manta pintada con recuerdos que dolían. Más que las memorias, era Ian quien le impedía quedarse quieta.

Había dado vueltas por toda la estancia. Se había sentado en el centro de la cama y luego se había levantado para mirar hacia el balcón.

Ahora caminaba sin parar de un lado a otro. Si la alfombra tuviera alma, estaría gruñendo para que dejara de pisotearla. Sin embargo, nada habría conseguido que Ophelia se sentara con calma y olvidará que llevaba todo un día sin estar al lado de Ian, dejando de lado, por supuesto, aquellos otros momentos de discusión.

—No puedo más —se dijo a sí misma, con exasperación.

Estaba cansada.

La opresión empezaba a asfixiarla; solo quería salir y verle la cara. Y si tenía que gritar para que Ian la escuchara y dejara de lado aquellas discusiones, entonces no se iba a contener más.

Ophelia, con los pies descalzos, se acercó a la puerta del dormitorio de invitados que le habían asignado. Alargó la mano para tomar el pomo, pero justo cuando iba a girarlo, advirtió que alguien más, desde el exterior, hacía lo mismo.

Entonces, la puerta se abrió, dejándole ver el rostro sorprendido de Ian, igual al suyo. No pasaron ni dos segundos antes de que ambos quedaran atrapados por la mirada del otro.

Cuando los pasos de Ian se acercaron a ella, Ophelia se quedó quieta, como si no esperara otra cosa que él diera el primer paso. En cuanto la alcanzó, su mano rodeó su cintura y sus labios, hambrientos, atraparon los de Ophelia.

Ophelia rodeó la nuca de Ian con los brazos, como si ya supiera que él iba a levantarla del suelo para estrecharla contra su cuerpo.

Un cosquilleo le recorrió la piel y la hizo estremecerse.

Las manos de Ian, que antes solo descansaban en su cintura, ahora la sostenían con firmeza mientras ella se abandonaba en aquel momento.

Con los ojos cerrados, Ophelia dejaba que cada sensación de aquel beso ardiente se deslizara por su cuerpo entero, como si el mundo se redujera al calor que compartían.

Ophelia abrió sus ojos celestes con una intención que brilló en ellos. Sus labios se separaron apenas, lo justo para dejar escapar la picardía que había guardado desde el amanecer.

Fue ella quien atrapó el labio inferior de Ian, tirando de él con una suavidad provocadora. Sus manos, antes entrelazadas, ascendieron hasta la nuca de Ian, y con la delicadeza de sus dedos recorrió su piel como si cada caricia fuera una confesión silenciosa.

—¿Por qué me has hecho languidecer tanto? —suspiró Ian mientras ella aún mordisqueaba su labio.

—No sabía que hubieras soportado nada —repuso Ophelia, apartando de golpe sus dientes, aunque todavía tentados de volver a ese labio que la hacía suspirar—. Del mismo modo que desconocía que pudieras enfadarte conmigo, aun sabiendo que todo aquello no fue más que un incidente.

Ophelia oscilaba entre dos sentimientos: enojo y deseo. Había extrañado todo el día el calor de Ian, y no quería alejarlo más; suficiente tiempo había pasado él lejos de su lado.

Además, no le importaba si iban a discutir: seguiría en esa posición, porque no había nada que la molestara más que la sensación de que no iban a arreglar las cosas, pese a lo inútil que pudiera parecer.

—Aún recuerdo que ni siquiera, habiéndote clavado una espada en el cuello, habías actuado así —le recordó—. Seguías sonriendo con el acero sobre tu piel.

—Era una espada —repuso Ian—. Pero lo que vi esta mañana me hizo hervir la sangre.

Entonces, sus manos apretaron las nalgas de Ophelia; sus ojos volvieron a brillar con el mismo fulgor que tenían desde el inicio del día.

Le había estado dando vueltas; incluso había permanecido en su dormitorio meditando, aunque odiaba estar atrapado demasiado tiempo en la misma estancia.

No podía más, así que dejó de lado aquella imagen y fue hasta su dormitorio, convencido de que la encontraría durmiendo. Sin embargo, para su sorpresa —y para su calma— la halló despierta.

—Has estado celoso todo el día —añadió ella.

Ian la miró en silencio durante un buen rato, como si aún no lograra definir aquel sentimiento que lo había perseguido hasta ese momento. Quizá aquello tenía un nombre: celos. Él mismo ignoraba que una emoción pudiera igualarse a la furia.

Y aun así, ahí estaba, descubriendo que una palabra de cinco letras había sido la causante de todo su malhumor.

—Las ganas de matar no me faltaban —admitió, rozando de nuevo sus labios con los de ella—. Debí arrancarle las alas a ese hada, más sabiendo que intentó provocarte para que te humillaras delante de todos.

Ophelia sonrió al recordarlo.

Eso no importaba; ella misma se había encargado de que no volviera a aparecer delante de ella.

Estaba segura de que, si ese hada la veía de nuevo, incluso de lejos, escaparía volando para desaparecer en un lugar donde no pudiera encontrarla, porque le había dejado muy claro lo que ocurriría si volvían a cruzarse.

Pero en ese instante, mientras el aliento de Ian volvía a calentar su piel, recordó unas palabras que la habían estado atormentando toda la tarde.

Sin pensarlo demasiado, acercó la cabeza a la de Ian y, de pronto, chocó la suya contra la de él.

El impacto no fue leve: retumbó como un zumbido seco en ambos.

Alejando la cabeza tras el golpe, Ophelia lo miró a los ojos; la mirada de Ian aún reflejaba el ardor del impacto. Con aquello, ya le había golpeado dos veces.

—¿Encontraste a la mujer?

No quedaban rastros visibles del golpe, aunque sí los internos.

—Sí —respondió de inmediato, justo cuando la mirada de Ophelia se oscurecía.

Antes de que ella volviera a chocar su cabeza contra la suya, Ian avanzó hacia la cama con ella aún en brazos. Entonces añadió, con una sonrisa luminosa pero contenida:

—Tú. Fiera de mi corazón

Ella cayó suavemente sobre la cama, con el cuerpo de Ian siguiendo la corriente. Ophelia lo miró con una sonrisa cálida manifestándose en sus comisuras.

Su corazón no palpitaba nerviosamente, pero había un latido ocasionado por esas cuatro palabras salidas de Ian.

Mientras lo acechaba con sus ojos, extendió sus manos en dirección a su camisa.

Ian atrapó esas traviesas manos que querían desvestirlo.

—Otra vez —arqueó una ceja —. ¿Acaso me vas a desvestir primero?

Ian se llevó ambas manos a sus labios y dejó un beso en cada dorso mientras entrelazaba sus dedos con los de ella.

—No, puedes guardar tu ropa —respondió.

Ophelia estaba confundida hasta el momento en que Ian soltó sus manos y se deslizó hacia abajo.

Cuando él levantó su vestido desde abajo, aún veía claramente, pero luego… cuando Ian se metió por debajo de su vestimenta, y algo con un calor que quemaba entró en sus partes genitales.

Apretó los ojos.

Ophelia volvió a abrirlos, pero no podía ver qué era aquello que Ian había metido en su vagina.

Solo por el ardor podía suponer que no eran sus dedos los que estaban acariciando su interior con esa intensidad que la dejaba sin defensa.

En ese momento deseaba el vestido para tener claro lo que estaba dentro de ella, revolviendo su sexo.

La punta de su lengua había entrado con facilidad en ella; su cuerpo, húmedo, permitía que el calor de aquella lengua se mezclara con la calidez que la habitaba por dentro.

Su cabeza estaba hundida entre sus piernas, y cada vez que avanzaba su lengua con más firmeza, sentía cómo Ophelia se estremecía y se desbordaba con cada gesto suyo. Cada lamida hacía brotar ese

líquido que chorreaba de su sexo.

—… Ian —divagó Ophelia mientras acercaba las manos hacia la cabeza escondida entre su prenda y las apoyaba allí. Se estremeció de nuevo cuando lo atrajo hacia sus profundidades, y entonces sintió cómo él avanzaba hasta lo más hondo, arrancándole un temblor que la recorrió entera.

Al mismo tiempo que gemía, sintió cómo el clímax la atravesaba por completo. Ophelia abrió los ojos con horror y comenzó a apartar la cabeza de Ian, intentando que se retirara.

Cuando él se incorporó, tenía una sonrisa dibujada en los labios, mientras ella se enderezaba con la mirada fija en su boca, aún marcada por el rastro de lo ocurrido.

—Ian —murmuró, estupefacta, mientras se inclinaba hacia él para limpiar aquel rastro.

Ian se lo impidió en cuanto hizo aparecer un pañuelo para retirar lo que quedaba. Luego, con una calma desconcertante, pasó la lengua por sus labios antes de tragar.

Ophelia apretó el pañuelo en la palma de la mano, con la mirada perdida y el pulso acelerado.

—Dime que estás bromeando.

Él esbozó otra encantadora sonrisa y ladeó la cabeza en su dirección, mientras sus fuertes brazos rodeaban su fina cintura y la atraían contra su torso.

Cuando los labios de Ian se acercaron a los de ella, Ophelia colocó el mismo pañuelo entre ambos.

—¿Es en serio? —dijo, quitando el pañuelo—. No piensas besarme solo porque me lo he probado.

—Debiste pensarlo —replicó ella, sonriendo con lucidez—. Eres un verdadero lascivo.

Ophelia agarró su mejilla y comenzó a tirar de ella con un aire juguetón.

—Me preocupa mucho que sigas usando un lenguaje tan inapropiado —confesó con una sonrisa teatral, mientras sus manos aprovechaban para bajar la cremallera del vestido, desnudando lentamente su espalda. Sus yemas recorrieron la piel expuesta, donde las cicatrices permanecían como la primera vez que las tocó y supo que habían sido el resultado de un ataque sorpresivo en plena guerra.

—¿Y tus actos no son ya demasiado vulgares? —protestó con esa calidez que jamás desaparecía cuando estaban tan centrados en el otro, e Ian dejó de pensar en las cicatrices gracias a su voz—. No te preocupes por mi lenguaje; además de ti, hay cero posibilidad de que diga cosas tan inapropiadas delante de otras personas.

—Es bueno escucharlo —murmuró, mientras sus manos soltaban su cintura y deslizaban el vestido hasta dejarla completamente expuesta. Hundió el rostro entre su pecho, besando la piel con una devoción lenta, y sus dientes rozaron sus pezones endurecidos con una delicadeza casi juguetona, como si quisiera prolongar ese juego durante toda la velada—, fiera de mi corazón.

Su cuerpo se puso rígido cuando la palabra reverberó con una resonancia delicadamente cuidada.

Bajó los ojos e Ian le guiñó un ojo antes de volver a chupar sus senos que no esperaban otra cosa. Ophelia llevó sus dedos en sus cabellos castaños claros y mientras la sonrisa se apoderaba de ella, frotó su pelo hasta despeinarlo completamente.

Los jadeos que ella emitía se convirtieron en minutos. Harta de ser la única que experimentaba tantas emociones, dirigió su mano hacia un volcán muy duro que, aunque estaba activo, mantenía sus erupciones en el interior.

Cuando su mano acarició la verga escondida entre la tela, una corriente eléctrica recorrió a Ian y le hizo soltar unos gemidos que le llevaron a morder bruscamente el pezón que había estado en su boca.

Ophelia se asombró al verlo tan alterado por un simple toque… entonces, pese al peligro que eso anunciaba, sacó su miembro y comenzó a tocarlo con las yemas.

Cada caricia era un gemido más ferviente que escapaba de Ian.

La mirada inquisitiva de Ophelia, que lo observaba crecer aún más con solo tocarlo y frotarlo suavemente, se convirtió en un fulgor de fascinación del cual no podía apartar la vista. Sus yemas se deslizaban por el miembro, que se ponía cada vez más duro. Entonces, su virilidad llegó a la cima y goteaba por un pequeño orificio; Ophelia llevó allí la punta de su dedo. Ella se estremeció otra vez cuando lo tocó, e Ian vibró.

No quería llegar al clímax de esa manera. No pensaba hacerlo fuera, y estaba tan al límite que alejó su cabeza de los pechos de ella y rasgó la otra tela que aún cubría sus partes íntimas. Cuando ya no hubo más obstáculos, entonces tomó aquella mano intrigante, que ponía a prueba su autocontrol sin cesar.

—Para que no haya confusiones —anunció mientras alzaba ligeramente su cintura—, lo has pedido tú, Ophelia.

Antes de que ella dijera alguna palabra, Ian la volvió a sentar, y esta vez sobre la cabeza de su verga. Cuando Ophelia introdujo su miembro en ella de manera brusca, golpeó el interior húmedo con el calor preseminal de su virilidad y se aferró a su cabeza. Ian rodeó su cintura con las manos. Con esa posición, en la que ella estaba sentada sobre él, le penetraba más hondo. Ophelia lo sentía aún más adentro, ya que su miembro penetraba con cada embestida.

El calor del semen se escurrió por el interior de Ophelia. Cada derrame interrumpía la respiración que ella trataba de mantener. Tan pronto como los movimientos frenéticos de Ian se apaciguaron, Ophelia recuperó el aliento. Sin embargo, poco después volvió a ser golpeada por el miembro que aún permanecía en su sexo, alterando su estómago. Ian la volvió a llenar entre abrazos y gemidos.

Su cuerpo se contrajo al ritmo de los gemidos cálidos de Ian, que rozaban su cuello. Ophelia no pudo contener los jadeos, que se elevaron como notas dispersas en la habitación. Los movimientos de Ian la sacudían cuando menos lo esperaba, y durante varios minutos no encontró un solo instante para recuperar el aliento. Creyó que todo terminaría pronto, pero volvió a sentirlo avanzar hacia lugares donde jamás había llegado, llenándola de una intensidad que parecía querer dejar huellas eternas, por dentro y por fuera. Ninguno de los dos llevó la cuenta de cuántas veces alcanzaron el clímax. Ella no pudo controlar nada: a cada embestida emocional, a cada oleada que anunciaba un final, él la envolvía de nuevo, como si buscara dejar en ella algo que aún no sabía nombrar.

Pasaron casi toda la noche envueltos en una intimidad que los dejó exhaustos. No fue hasta muy tarde que Ian permitió por fin que Ophelia descansara. En su caso, la situación era distinta: podía imaginar lo incómodo que sería dormir con el cuerpo aún húmedo, así que se dedicó a limpiarla con paciencia, recorriendo cada zona para que su sueño no se viera perturbado. Solo cuando terminó, se acostó junto a ella, arrullándola contra su pecho mientras las sábanas cubrían sus cuerpos desnudos.

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