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Una mirada llena de secretos - Capítulo 26

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Capítulo 26: CAPÍTULO XXVI

—¡¡Guau!!

Un júbilo inmenso llenaba a Lya. Su cabellera rubia se mecía al compás de la brisa, impregnada del aroma del bosque.

Era la segunda vez que venía, pero las circunstancias eran muy distintas. La primera le había dejado recuerdos amargos: su hermana había actuado de una forma que no lograba comprender.

Esta vez, en cambio, todo era diferente.

Estar rodeada de su gemelo y de sus dos hermanas, sumado al encantador bosque —que parecía formar parte de Ophelia—, la hacía sentir más feliz que en cualquier otro lugar en el que hubiera estado.

Y, como siempre, ella y Cassian contrastaban en cualquier situación.

Su vestido, regalo de Reina, era hermoso y brillante, como ella. Estaba adornado con flores y teñido de un rosado vivo que contrastaba con el verde de la naturaleza que la rodeaba. Entre su cabello suelto destacaba una trenza que Reina le había hecho antes de partir hacia el bosque.

La tela giraba cada vez que daba vueltas, con los brazos extendidos, ligera y libre. Le llegaba hasta las rodillas y danzaba con el viento, como si formara parte de él.

Ensimismada, corría de un lado a otro, maravillada por el mundo, como si caminara dentro de su libro favorito… aunque, en realidad, no le gustara leer.

Cassian, en cambio, avanzaba con su calma habitual, sin dejarse contagiar por la euforia de su gemela.

Mientras caminaba, llegó hasta el lago. Allí, detrás del tronco de un árbol, algo llamó su atención: una cola que se agitaba suavemente.

Se acercó un poco más.

Un gato gris y blanco, que se rascaba contra la corteza, maulló y se dejó ver. Sus ojos eran de un gris intenso, similar a algunas manchas de su pelaje.

Al arrodillarse, el gatito se acercó a él, frotándose contra su palma extendida. Su pelaje le hizo cosquillas y arrancó una leve sonrisa en Cassian. Con la punta de los dedos, comenzó a acariciarlo, entendiendo que eso era justo lo que el animal quería.

Era pequeño. Muy lindo.

Cassian se irguió al tomarlo en brazos.

Se sobresaltó cuando la persona que creía haber dejado atrás apareció de pronto frente a él en cuanto se giró. Su corazón latía con fuerza por el susto, como si por un instante hubiera dejado de hacerlo.

—Qué lindo… —comentó Lyanna con ternura, mientras el gato se dejaba acariciar entre suaves ronroneos—. ¿Lo puedo cargar?

—No —respondió su hermano, caminando con el gatito hacia la orilla del lago.

Al llegar, se sentó cómodamente sobre el césped, con las piernas cruzadas y el animal aún entre sus brazos. Lya lo imitó, acomodándose a su lado, a unos centímetros, observándolos a ambos con infinita ternura.

—Os parecéis bastante, ¿no crees? —señaló, con una leve línea dibujándose en sus labios.

—Tú y tus impresiones… —exhaló Cassian.

Lya dejó de hablar al notar que Cassian no la estaba tomando en serio. Aun así, desvió la mirada hacia el agua cristalina del lago, observando su reflejo.

Aquel lugar se sentía vivo. Demasiado vivo.

Había algo más que simple belleza en él. No eran solo los árboles ni las flores, sino una esencia que viajaba con el viento y parecía alcanzarlos directamente.

—Por cierto… ¿sabías que Ian y Aria están saliendo? —preguntó, jugando distraídamente con el césped entre sus dedos.

—¿Quién no lo sabe? —respondió Cassian, encogiéndose levemente.

—De verdad, podrías haber dicho sí o no… —murmuró, empezando a encontrarlo ridículamente molesto.

—Tengo curiosidad —añadió ella, desviando la mirada hacia el árbol que se alzaba detrás de ellos.

Lya volvió a mirarlo.

—¿Cómo eran los hermanos mayores de Ari? Quiero decir… desde que recuperó sus recuerdos, ha cambiado por completo.

Una sonrisa suave se dibujó en sus labios.

—Sé que con nosotros siempre ha sido cálida y dulce, pero se guardaba todo; era… impasible. Ahora, cuando la veo, siento que de niña recibió mucho amor de sus hermanos. Y por eso, desde que sabe quién es, es más enérgica, más feliz… como si todas las partes que la completan hubieran regresado a ella.

Cassian también lo sabía.

Pero la pregunta de Lya no tenía respuesta, ni siquiera para él.

Era cierto que sentían curiosidad por el pasado de ella, pero no se atrevían a preguntar. Cassian, en particular, quería saber cómo había obtenido aquellas cicatrices en la espalda… o qué las había provocado.

Ya no era el miedo lo que los detenía. Era otra cosa: el tiempo.

Cuando estaban con esa nueva versión de ella, todo lo demás se desdibujaba. Solo querían disfrutar de cada segundo a su lado, sin romper ese presente frágil.

—¿Qué estáis haciendo aquí? Os habéis alejado demasiado, empezábamos a preocuparnos.

La voz de Reina irrumpió entre ambos.

Sus ojos azules se posaron de inmediato en el gato que Cassian sostenía, como si no tuviera intención de soltarlo. Ya lo estaba observando con una intención clara: quedárselo.

—Yo seguí a Cassian, y ahora estamos discutiendo… o al menos yo estoy hablando —respondió Lya, mientras palmeaba el césped para invitar a Reina a sentarse a su lado.

Apenas ella se acomodó, Lya apoyó la cabeza sobre sus piernas, utilizándola como almohada. Reina sonrió al notar cómo esos gestos se habían vuelto naturales; ya no quedaba rastro de incomodidad cuando estaban juntas. Ya fuera con Ophelia o con los gemelos, todo fluía con más calma.

—No la acostumbres a eso —dijo Cassian, mirando a Reina mientras esta acariciaba el cabello de Lya—. Si lo haces, terminarás cargando con todo su peso.

Lya, tumbada boca arriba, tenía la vista fija en el cielo despejado.

—¿Estás celoso porque, de los dos, soy la que más amor recibe? —preguntó, alzando una ceja con una sonrisa.

—No lo molestes, Lya —intervino Reina al notar cómo Cassian ignoraba el comentario—. De todas formas, no es cierto.

—Te has encariñado con el gato, ¿quieres llevarlo? —añadió Reina, observando cómo parecía más afectuoso con el animal que con su entorno.

Cassian dirigió la mirada hacia ella.

—¿Y si tiene familia? No puedo quedármelo entonces.

—Supongo… —Reina extendió la mano, y por un instante olvidó que era Cassian y no Lya; acarició su cabello con suavidad. Cuando él la miró con intensidad, retiró la mano de inmediato—. Lo siento.

—No me molesta —respondió, apartando la mirada como si ocultara algo—. No tienes que disculparte por cada cosa.

Reina intentó captar, a través de su expresión, el significado de aquellas frases que no terminaban de quedar claras para ella… pero no le resultó fácil descifrar lo que había detrás.

Entonces escuchó la risa de Lya.

Era ligera, pero le recordaba a esas notas suaves que solía tocar en el piano… un piano que, por cierto, no había vuelto a tocar ni una sola vez desde que entró en el mundo de ellos.

—Lo que Cassian intenta decirte —tradujo Lyanna con una sonrisa tranquila— es que te da permiso. En otras palabras, puedes tratarlo como me tratas a mí.

—¿Eh?

La mirada de Reina volvió hacia Cassian, que se incorporaba a duras penas.

Lya había convertido sus palabras en algo mucho más directo. Aún no estaba acostumbrado a esa forma de expresarse, pero… sí. Reina ya tenía un lugar en el corazón de Cassian. Quizá por la sangre que compartían, o porque ella no los había abandonado ni obligado a nada.

Su aceptación venía de algo más profundo: de ser consciente de todo lo que ella podría haber dejado atrás para ganarse, aunque fuera, un pequeño rincón en su mundo.

—No escuches sus tonterías —advirtió Cassian.

Sin embargo, Reina no pudo evitar reírse al notar el leve enrojecimiento en su oreja y el rubor en sus mejillas, que intentaba ocultar al girarse.

Lya y Reina se miraron y rieron también.

Porque cuanto más serio intentaba parecer… más adorable resultaba.

Ophelia apareció en el momento justo para presenciar la escena.

Una sonrisa nostálgica y afectuosa se dibujó en sus labios al escuchar sus risas. Cassian fue el primero en notarla; en cuanto la vio, el cuadro pareció completarse.

Ella se acercó con paso tranquilo, su sonrisa más luminosa que la propia luz del día, y apoyó la mano sobre el cabello de Cassian.

—¿Qué me he perdido? —preguntó al verlo tan ruborizado.

—No mucho —respondió Lya mientras ambas se ponían en pie—. Solo está avergonzado porque por fin ha admitido que aceptó a Reina.

—¿Ah, sí? ¿No lo habías hecho ya? —añadió Ophelia, uniéndose también a la burla.

Entre sonrojos, rodeado por las bromas de sus tres hermanas, Cassian terminó esbozando una leve sonrisa. No podía evitarlo: incluso en su silencio, aquella felicidad lo alcanzaba.

Ophelia se inclinó un poco hacia él, rodeándole el hombro.

—Te prometo que algún día te explicaré todo sobre mis cicatrices, ¿vale? Así que mantenlo en secreto de Lya… sabes que es muy sensible.

Cassian la miró con sorpresa, los ojos abiertos.

—Pe… pero ¿cómo sabes que lo sabía?

La sonrisa de Ophelia no hizo más que dejar la pregunta sin respuesta.

—¿Qué le estás diciendo, Ari? —exclamó Lya, molesta por sentirse excluida.

Ophelia alzó la cabeza con una sonrisa múltiple.

—Le estaba diciendo que podríamos pedirle a Reina que nos componga una canción. Después de todo, es una artista.

—¿Una canción? —repitió Reina.

—Es cierto —sonrió Lya, tomándola del brazo—. ¿Lo harás? Por nosotros.

Reina no lo dudó.

Aquella mirada, aquellas palabras… la conmovieron más de lo que esperaba. Su música no tendría sentido si no la compartía con quienes eran importantes para ella.

Asintió.

Y Lya volvió a iluminarse, tirando de ella mientras el grupo, una vez más, se unía un poco más.

❧ ✦ ❧

El matrimonio tan esperado finalmente había llegado. No había día más grandioso que aquel del enlace entre el monarca y la futura reina.

El salón había sido decorado bajo las órdenes del propio Bastian. Las hadas no lo habían anticipado: no era la decoración ostentosa que muchos esperaban de un rey. Al contrario, era sorprendentemente sencilla.

Las sillas, alineadas en dos filas a ambos lados del pasillo, eran blancas, como casi todo en la sala. La alfombra que marcaba el camino nupcial también era de un blanco níveo, adornada con flores del mismo tono.

Rosas blancas.

No parecían un simple elemento decorativo. Elegidas por alguien como Bastian, cargaban un significado más profundo, casi simbólico.

Eran las únicas flores presentes. No había más ornamentos, solo su pureza extendiéndose por toda la sala.

Poco a poco, el lugar se fue llenando con la llegada de los invitados.

El obispo aguardaba sobre la plataforma principal. Cuando las puertas dobles se abrieron bajo la custodia de los guardias, todas las miradas se dirigieron hacia la entrada.

La presencia de los prometidos sumió la sala en un silencio casi ominoso.

Embelesados por su belleza y por la armonía de sus vestimentas —del mismo tono claro y solemne— muchos no pudieron evitar pensar lo mismo: parecían una pareja destinada a existir.

El vestido de la novia le llegaba hasta los tobillos. Era de un blanco puro, radiante, que armonizaba con el traje del novio. Ambos vestían del mismo color, como si la elección no fuera casual sino un reflejo de su unión.

Su atuendo era tan sencillo como las rosas que decoraban la sala. No había ostentación, ni joyas innecesarias. Solo unos pendientes y un collar, obsequio de Bastian, que parecían encajar con ella de forma natural.

Antes de cruzar el umbral de la puerta, Bastian notó que Elenne estaba nerviosa, aunque intentara disimularlo.

Estaban lo bastante cerca como para no necesitar palabras. Él simplemente tomó su mano y entrelazó sus dedos. Cuando ella lo miró, él le devolvió una sonrisa tranquila.

—No temas caerte —su voz fue un bálsamo que disipó parte de su inquietud—. Sostendré tu mano para que no te estrelles contra nada. ¿Confías en mí?

El corazón de Elenne se calmó poco a poco.

Él era quien lograba contener aquel miedo absurdo de equivocarse en un día tan importante, donde cada mirada parecía un cristal grabando cada movimiento.

Apretó la mano de Bastian con ternura.

Ahora él era su apoyo.

Y, en el fondo, ¿qué más podía temer o ocultarle? Ya le había mostrado sus momentos más torpes: caer delante de él, decir disparates, aparecer medio desnuda, llorar sin control…

Sí. Bastian lo había visto todo.

Y aun así, estaban allí, a punto de sellar una unión política que, de algún modo, había terminado convirtiéndose en algo más puro que la propia magia.

—Plenamente —respondió ella, con una sonrisa tan cálida como los rayos del sol—. No me dejes caer.

—Lo prometo —aseguró él.

Sus pasos avanzaron sincronizados por la pasarela, mientras los invitados volvían a acomodarse para observarlos.

Al llegar al final, Bastian subió primero las escaleras que conducían a la plataforma. Luego se giró hacia Elenne y le ofreció la mano.

Ella la tomó con confianza y lo siguió hasta situarse junto al obispo.

El silencio se extendió, roto únicamente por la voz del obispo, que recitaba los ritos del matrimonio.

Pasaron los minutos en calma solemne hasta que, finalmente, su mirada se posó sobre los prometidos. Comenzó entonces la ceremonia según dictaba la tradición feérica.

Una pluma brillante, del mismo tono que la pureza de las rosas blancas —siempre presente en los matrimonios feéricos— simbolizaba la protección divina sobre la pareja y la fortuna dentro de su unión.

Los novios entrelazaron sus manos y las elevaron ligeramente.

La pluma fue depositada en el aire y flotó hasta rozar sus dedos entrelazados.

Una sensación de ligereza los envolvió por un instante.

Y, tras cumplir su propósito, la pluma se desvaneció.

Entonces continuaron con el ritual.

La novia pronunció primero sus votos, mirando al novio. Luego lo hizo él. Finalmente, el obispo los declaró marido y mujer.

Para sellar la unión, debían besarse.

Sin embargo, el beso no llegó como todos esperaban.

Cuando Bastian se acercó a Elenne, ella, sonrojada bajo la mirada de todos, sintió cómo la vergüenza la paralizaba. No se sentía capaz de hacerlo frente a tanta gente.

En lugar de besarla en los labios, él tomó suavemente su rostro y depositó un beso en su mejilla. Ardía, no por el calor, sino por la timidez.

Elenne parpadeó, sorprendida.

Antes de separarse del todo, Bastian le dedicó una sutil sonrisa.

—Deberías devolverme el beso para que el rito esté completo, ¿no?

Elenne comenzó a balbucear, hasta que él señaló su propia mejilla.

Sin alargar más el momento, ella se inclinó y besó su mejilla derecha. Su piel estaba ligeramente fría.

Los aplausos y vítores estallaron en la sala como una ola.

El corazón de Elenne latía con fuerza.

Cuando el ruido comenzó a extenderse y todos se levantaron, ella, aún muy cerca de él, lo miró con desconcierto.

—¿Por… por qué no me besaste en los labios? —preguntó, titubeando.

Bastian tomó de nuevo su mano, entrelazando sus dedos mientras miraba hacia la multitud.

—Quiero conservar nuestros momentos íntimos solo para nosotros —respondió con calma—. Y sé que no te gusta hacer cosas embarazosas en público.

Elenne sonrió para sí misma.

Sus manos se separaron apenas Mireya saltó sobre ellos con su energía desbordante.

Se abalanzó sobre Elenne en un abrazo que parecía contener siglos de alegría. Ella simplemente sonrió y correspondió, disfrutando de aquel gesto que merecía durar tanto como fuera posible.

—Qué contenta estoy… Feliz matrimonio a los dos.

—Gracias, Mireya —respondió Elenne con suavidad.

Mireya se apartó para felicitar a Bastian, aunque con una actitud algo más contenida. Su energía habitual se moderó al recordar las miradas de la nobleza sobre él. No podía tratar al rey como a su mejor amiga, aunque le costara.

Ahora que ella misma era reina, también debía aprender a medirse… aunque, en el fondo, sabía que no cambiaría tan fácilmente solo por un título.

Una voz pícara rompió la solemnidad.

¿Quién, si no él, tendría la audacia de bromear con Bastian delante de toda la nobleza?

—Jamás habría pensado que te vería sonreír así… tan “lindo” —soltó Ian, con una sonrisa imposible de ignorar.

Elenne y Ophelia se abrazaron poco después, sumándose a las felicitaciones.

Para Elenne, la presencia de Ophelia allí significaba mucho más de lo que podía expresar… y aún más que hubiera traído consigo a personas importantes para ella.

—Estás hermosa, Elenne —dijo Lya.

Sostenía una flor de loto recién recogida del bosque de las brujas, que le ofreció con una sonrisa cálida.

—Feliz matrimonio.

—Qué bonito… muchas gracias, Lya —respondió Elenne, tomando la flor entre sus manos.

Elenne adoraba las flores, de casi todos los tipos. Le parecía especialmente significativo que una niña se las entregara, igual que el hecho de que el hombre al que amaba fuese consciente de ello; como para decorar una sala que debía rebosar de lujo, solo con flores sencillas, insignificantes para los ojos de la sociedad.

—Debes tener una vista muy nítida para ver desde tan lejos, Ian —reanudó Darian.

Darian no entendía cómo alguien sentado en la última fila había podido notar algo tan pequeño como la sonrisa de Bastian. Para él había sido distinto: habían sido los primeros en llegar a la sala y se habían situado en primera fila, lo que les permitió percibir cada gesto, incluso aquellos que jamás habría imaginado ver con sus propios ojos.

—Dejando eso de lado —prosiguió—, le deseo un feliz matrimonio, Su Majestad.

—Lo mismo digo —sonrió de nuevo Ian—. No te atrevas a hacer llorar a Elenne.

Bastian no pudo responder. Para empezar, ya la había hecho llorar una vez, aunque aquellas lágrimas no fuesen las que Ian imaginaba. Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios, una de esas que Darian e Ian, poco acostumbrados a verla, prefirieron no comentar.

Bastian también deseaba un matrimonio feliz junto a ella, y que aquel comienzo no cerrará puertas a su felicidad, sino que las abriera aún más. Era su primer deseo en aquel inicio incierto que todavía no sabía qué le deparaba.

—Ian —la voz de Elenne apareció tras él. Se giró entonces para mirarla, mientras ella le tiraba del brazo con la mano derecha y alzaba la otra hacia él.

—¿No lo has olvidado aún? —Ian sonrió al verla tan decidida a reclamar lo que creía suyo. Después desvió la mirada hacia los presentes sobre la plataforma. Se detuvo un instante en Bastian y Ophelia; ambos parecían más inquietos de lo habitual.

Pero Elenne no prestaba atención a nada más. Era una promesa que no podía dejar pasar. Siempre había ido detrás de Ian, incluso ocultando a su tía sus travesuras cuando él se lo pedía.

Ian volvió a ella y, con gesto suave, le revolvió el cabello rubio, deshaciendo el peinado que a las doncellas les había costado dejar impecable para aquel día. Elenne no protestó; para ella, era un gesto de cariño de alguien que había sido como un hermano mayor toda su vida.

—¿Me lo vas a dar? No podrías haberte olvidado —dijo con una sonrisa—. Estoy esperando.

—Claro, cómo no —Ian bajó la mano y la cerró. El rostro de Elenne se iluminó por un instante… hasta que la decepción la invadió cuando él la abrió de nuevo y no había nada en su palma.

Elenne alzó la mirada, sin comprender.

—Ian… —murmuró apenas.

También entre los demás se extendió el desconcierto. Habían esperado algo, viendo su gesto, pero la mano solo mostraba vacío.

—No se ilusiona así a alguien, Ian —lo reprendió Mireya.

—Pensar que te he apoyado toda la vida… —Elenne no lograba enfadarse, aunque lo intentara.

Lo cierto era que le bastaba con que, pese a los cambios, su relación con Ian no hubiera variado. Seguía tratándola como si no hubiesen crecido en absoluto. En ese momento, lo único que quería era abrazarlo, pero era imposible mientras todos siguieran observándolos.

—Te deseo toda la felicidad del mundo a partir de ahora, Elenne —susurró Ian, lo bastante bajo como para que solo ella lo escuchara.

No pudieron continuar hablando. Otros comenzaron a acercarse para felicitar a la pareja. Mientras algunos alzaban sus copas de vino, otros bailaban o aprovechaban el banquete, llenando a los recién casados de felicitaciones y regalos.

Más tarde, cuando Elenne no logró encontrar a Ian entre la multitud, salió a buscarlo. Necesitaba verlo. Al final lo descubrió en el balcón, junto a Ophelia. Allí no había nadie más.

Avisó a Bastian antes de dirigirse hacia ellos, avanzando sin miedo a las miradas ajenas.

Ian y Ophelia estaban apoyados en la barandilla, observando el cielo que ya comenzaba a oscurecer. Fue Ophelia quien primero notó la presencia de Elenne.

—Ian —lo llamó ella.

Él se volvió hacia ella.

—¿De verdad no me diste nada?

—¿Tanto quieres un regalo siendo la reina? —replicó él con una sonrisa burlona.

Ian sabía que aquello no era un regalo. Era la recompensa que le había prometido en su niñez, cuando Elenne guardaba para él todos sus secretos frente a su madre.

En aquellos años, solo confiaba en Elenne: sus entrenamientos, el aprendizaje del lenguaje arcaico, la primera vez que invocó a los espíritus… incluso el día en que su madre murió, cuando él quedó solo y Elenne, sin poder acompañarlo en el dolor, le envió todo tipo de cosas para que siguiera adelante.

Ophelia observaba a Elenne con una curiosidad serena, manteniendo una expresión neutra mientras ellos discutían.

—¿Quieres que te abrace para compensar el regalo? —preguntó Ian, abriendo los brazos.

—Si mi tía estuviera viva, ahora mismo le contaría todo —respondió Elenne, cruzándose de brazos.

Su queja hizo reír a Ian antes de que ella, al final, se acercara y lo abrazara con suavidad. En un día que debería haber estado lleno de alegría, el único familiar que sentía realmente cerca —aunque no lo fuera por sangre— era Ian Blackwell. Y en ese instante agradeció que sus madres se hubieran conocido, y que su vínculo hubiera sido lo bastante fuerte como para que ellos también pudieran sostenerse mutuamente.

—Ahora que soy la reina, será más complicado ayudarte, así que no cometas errores —dijo Elenne al separarse—. ¿Lo prometes?

—Lo prometo —respondió él con una sonrisa tranquila.

Elenne lo miró sin terminar de confiar en aquella palabra. Sabía que Ian no solía romper promesas, pero aun así la duda persistía, sobre todo por el riesgo que representaba Elías… o más bien Éter, que seguía siendo una amenaza para ambos, incluido Ophelia.

—Ophelia —la llamó de pronto.

Ella dio un pequeño sobresalto.

—Os lo suplico, no hagáis nada arriesgado. Prefiero confiar en tu palabra que en la de Ian ahora mismo.

—Qué poca fe me tienes —murmuró él, divertido.

—Entonces seré sincera —respondió Ophelia con una crudeza calmada y una sonrisa despreocupada—. No puedo prometerte que no ocurra nada, pero sí que tendremos cuidado. Ambos.

La conversación se vio interrumpida por un criado que servía vino a los invitados. Informó de que necesitaban a Elenne dentro de la sala: había llegado el momento del baile con Bastian. Casi lo había olvidado; también era tradición que los recién casados bailaran aquella noche en el centro de la sala, rodeados de todas las miradas.

Elenne se apresuró a regresar, mientras Ophelia, al fin, aceptaba lo evidente: no era una ilusión. Aquella pequeña mariposa azul marino existía de verdad y seguía a Elenne sin separarse de ella ni un instante.

Entonces Ophelia se acercó a Ian y lo miró fijamente, como si ya supiera qué iba a salir de sus labios.

—¿Por qué nadie más la ve? ¿Es por la visión que compartimos? ¿Solo nosotros dos podemos verla? —preguntó, clavando en él una mirada intensa.

Al principio, cuando Ian había cerrado la mano y la había abierto revelando aquella mariposa invisible para los demás, Ophelia pensó que era una alucinación. Pero al observar a Elenne con más atención, comprendió que no lo era: aquel “regalo” era real, y la acompañaba como si fuese un familiar ligado a su existencia.

—Qué perspicaz eres, mi fiera—murmuró Ian.

—Ni se te ocurra burlarte de mí —lo advirtió—. Siento una magia muy poderosa en esa mariposa. ¿Por qué haces que nadie pueda verla? Ni siquiera ella.

Ian sonrió con suavidad. Tomó a Ophelia por los hombros y la giró levemente para señalar el interior de la sala.

—Mira a esa gente —dijo, refiriéndose a la multitud—. Elenne es demasiado para esta sociedad corrompida. Nadie sabe qué le espera. Pero no invoqué a esa mariposa por eso… sé que Bastian será capaz de protegerla.

—La quieres mucho, ¿no? —preguntó Ophelia.

—¿Estás celosa? —bromeó Ian, incluso en medio de una conversación tan seria.

Ophelia no respondió a aquella broma absurda. Si algo había aprendido de la relación entre Ian y Elenne era que no se parecía a ninguna otra: ni a la que él mantenía con Mireya, Darian o Bastian. Entre ellos existía algo más profundo, más firme, casi inexplicable. Más confianza. Y aquella mariposa junto a Elenne lo confirmaba sin necesidad de palabras.

—Quiero protegerla y proteger todo lo que ama —dijo Ian con sinceridad—. Es mi forma de agradecerle todo lo que ha hecho por mí… por haberme puesto siempre primero.

Ophelia lo comprendió de inmediato. Era propio de él: ocultar la magia, convertirla en un escudo invisible para Elenne, fuera del alcance de miradas que pudieran dañarla. Era, en el fondo, una estrategia ingeniosa. Y eso la enorgullecía más de lo que habría admitido.

Además, aquella idea encendió otra en su mente: una forma de proteger a sus propios hermanos si Éter llegaba a actuar de verdad. Cassian, Lya y Reina… el simple pensamiento la impulsó a moverse.

Sin previo aviso, se giró y besó la mejilla de Ian.

—Quiero llenarte de besos ahora mismo —dijo, radiante.

—No sé qué he hecho, pero sigue —rió él, abrazándola con naturalidad—. Se siente demasiado bien.

Ophelia estalló en carcajadas mientras Ian la levantaba de golpe. El viento los envolvió junto con su risa ligera, perdida por un instante en aquella calma frágil.

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