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Una mirada llena de secretos - Capítulo 28

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Capítulo 28: CAPÍTULO XXVIII

Ya habían pasado tres semanas desde que recibió la noticia de su embarazo y desde que todas sus amigas irrumpieron en el bosque para felicitarla con un entusiasmo imposible de contener. Afortunadamente, todas la conocían lo bastante bien como para comprender cómo reaccionaría ante tanta atención. En realidad, nada había cambiado demasiado: Ophelia seguía siendo igual de apática, aunque ahora estaba más rodeada que nunca. Todos parecían empeñados en decirle qué debía hacer, qué evitar y de qué tenía que cuidarse. Si no fuera porque Ian era el único que todavía la tomaba de la mano y le permitía actuar a su manera, probablemente ya habría escapado de todos solo para poder respirar un poco.

Era muy tarde. Las estrellas iluminaban el cielo nocturno mientras Ophelia permanecía sentada en un sillón junto al balcón, contemplándolas en silencio mientras llevaba pequeños trozos de fruta a sus labios.

—Veo que te entretienes bastante bien.

Ophelia se atragantó de inmediato al escuchar aquella voz y descubrir un rostro pálido, casi translúcido, flotando dentro de un lugar que se suponía protegido por barreras mágicas. Comenzó a toser, y eso alertó al espíritu, que hizo aparecer un vaso de agua frente a ella.

Todavía carraspeando, Ophelia observó el vaso con absoluta desconfianza y se negó a beber algo cuyo origen desconocía.

—No tiene veneno —dijo Viento con calma—. ¿Por qué iba a querer matarte, Ophelia?

Antes de que pudiera protestar, Viento se acercó y prácticamente la obligó a beber el agua. Solo entonces logró calmar la tos, aunque se levantó bruscamente al sentir el agua helada derramarse sobre ella.

Le lanzó una mirada fulminante al espíritu, a quien terminó de reconocer cuando recordó aquel fragmento del pasado al que él mismo los había arrastrado.

—¿¡Tú!? —exclamó, casi gritando.

—Eres bastante ruidosa —sonrió él mientras tomaba asiento en el sillón frente a ella. Luego apoyó la mano sobre su mejilla con una familiaridad desconcertante—. No mienten cuando dicen que las llamas se intensifican con la brisa.

Ian, que se encontraba en la habitación, salió en cuanto escuchó el grito de Ophelia. Se detuvo apenas en la entrada, dividido entre el alivio y la sorpresa al encontrarse con Viento allí.

Ophelia corrió inmediatamente hacia él y señaló al espíritu como si fuese un intruso que acababa de instalarse en su propia casa.

—¿No se supone que los espíritus solo aparecían cuando eran invocados? —preguntó atropelladamente, agitándole el dedo acusadoramente.

Ian le tomó la mano con calma y la condujo hasta el sillón, mientras Viento los observaba con una sonrisa tranquila. Se comportaba con una libertad divertida, como si aquel lugar le perteneciera desde siempre.

Ian tomó asiento y acomodó a Ophelia sobre sus piernas. Ella, todavía desconfiada, lanzó una mirada escéptica en dirección al espíritu mientras el brazo de Ian rodeaba suavemente su cintura.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él.

Viento soltó una pequeña risa.

—¿Eso es lo primero que preguntas? De verdad eres un caso.

—Yo también me lo pregunto —murmuró Ophelia.

Viento dirigió la mirada hacia el exterior del balcón sin necesidad de levantarse del sillón. Sus ojos transmitían una calma absoluta, muy distinta a la tormenta desatada tres semanas atrás, cuando había irrumpido en la vida de Éter y provocado aquel caos.

Desde entonces no había vuelto a molestarlo. Éter continuaba sumido en un sueño profundo, y aunque nadie sabía exactamente cuándo despertaría, todos comprendían que aún faltaba tiempo para que volviera a abrir los ojos. Mientras permaneciera dormido, Ian, Ophelia y el bebé estarían a salvo de cualquier tragedia.

De pronto, Ophelia golpeó la mesa entre los sillones con la palma de la mano y fulminó a Viento con la mirada.

El espíritu soltó una carcajada baja al notar que ella seguía desconfiando de él igual que la primera vez. Le resultaba absurdamente divertido molestarla. Después de todo, estaba convencido de que, si Éter llegaba a declararles la guerra, ambos lo seguirían sin dudarlo.

No era una mentira completa.

Pero tampoco toda la verdad.

Por eso inclinó el rostro hacia Ophelia cuando ella apoyó la mano con firmeza sobre la mesa, como si intentara marcar una distancia clara entre ambos.

—Tú eres la más divertida de todos, Ophelia —rió suavemente.

—¿Qué acabas de decir? —lo miró como si quisiera arrancarle las palabras directamente de la lengua.

Sin embargo, terminó calmándose. Había una energía demasiado intensa acumulándose en su interior, una que necesitaba contener… o quizá expulsar antes de perder la paciencia. Se volvió hacia Ian, cuya mirada permanecía serena en medio de aquella vehemencia imposible de disimular.

Cuando Viento inclinó el rostro aún más cerca de Ophelia, Ian reaccionó de inmediato: apoyó la palma sobre la cara del espíritu y lo apartó sin ninguna delicadeza antes de atraer nuevamente a Ophelia hacia él.

—Ten cuidado —advirtió con una sonrisa inquietantemente amable—. Últimamente estoy demasiado sensible.

Ian retiró la mano del rostro pálido de Viento y bajó la mirada hacia Ophelia. Ella estaba intentando contener la risa, pero terminó girándose apenas para cubrirse los labios con la mano mientras una carcajada escapaba de todos modos.

Volvió a recostarse contra el pecho de Ian, todavía intentando recuperar la compostura. Cada uno de sus comportamientos rozaba lo absurdo de una forma tan entrañable que le resultaba imposible no reír. Era como si algún instinto desconocido se hubiese despertado en él desde el instante en que descubrieron que iban a convertirse en padres.

Aquella actitud exageradamente protectora la desarmaba por completo.

Tanto, que incluso las lágrimas terminaron acumulándose en las comisuras de sus ojos de tanto reír.

—¿Piensas decirnos qué fue lo que te trajo hasta aquí? —preguntó Ophelia al fin, secándose las lágrimas mientras sostenía la mirada de Viento.

La cautivadora mirada de Ophelia hizo que Viento abandonara por un instante su actitud despreocupada. Aunque seguía brillando en sus ojos aquella chispa traviesa imposible de ocultar, su expresión se tornó más seria.

Entonces apoyó la mano sobre la mesa.

Un grimorio apareció frente a ellos.

La portada resultaba extraña: difusa, casi ilegible, como si hubiese sido cubierta deliberadamente con un hechizo destinado a ocultar su verdadero contenido. Viento observó a Ian y Ophelia con una intensidad silenciosa, disfrutando de la intriga que acababa de sembrar.

Sin que nadie lo tocara, el libro se deslizó lentamente hacia Ian, como si poseyera voluntad propia.

Ian lo contempló con una atención casi febril.

En el instante en que sus dedos rozaron la cubierta, lo borroso se transformó en luz, revelando fugazmente un título escrito en letras pequeñas y elegantes:

Astaroth y la Creación.

Ophelia también alcanzó a distinguir aquellas palabras antes de que desaparecieran nuevamente bajo el velo mágico. Le resultó inquietantemente familiar. Aquello le recordó de inmediato al grimorio sobre las brujas… al libro que hablaba de su propia familia.

—¿Qué otro secreto esconde esto? —preguntó mientras acariciaba la gruesa cubierta del libro.

—Una leyenda —respondió Viento con una leve sonrisa mientras su cuerpo comenzaba a elevarse lentamente en el aire—. Solo os diré una cosa: hemos sellado temporalmente a Éter, pero ese sello terminará rompiéndose. Siempre sucede. Su poder supera incluso al nuestro.

Sus ojos se clavaron en ambos.

—Así que, Ian, Ophelia… encontrad una forma de detenerlo sin matarlo.

Viento exhaló lentamente, como si las siguientes palabras fueran el peso que más temía pronunciar.

—Si Éter desaparece, los cuatro espíritus moriremos con él. Y vosotros, unidos por un hechizo nacido de nuestro poder… también os desvaneceréis junto a nosotros.

La tristeza ensombreció ligeramente su expresión.

—No existe una salida perfecta. Si lucháis contra él, podéis morir. Si él muere, todos regresaremos al vacío. Así que intentemos preservar, al menos, las vidas que aún nos quedan.

Antes de convertirse en una corriente de brisa y desaparecer, volvió la mirada hacia Ophelia.

—Cuídate, Ophelia —una sonrisa iluminó tenuemente su rostro pálido—. Apareceré si alguna vez vuelves a sentirte sola.

Ian frunció apenas el ceño.

—Deja de decir estupideces y desaparece de una vez.

Viento soltó una última risa antes de desvanecerse por completo.

El silencio volvió a llenar el aire.

Agotado por el peso de cada nuevo descubrimiento, Ian terminó apoyando la cabeza sobre el hombro de Ophelia, como si aquel pequeño gesto pudiera apartarlo, aunque fuera un instante, del mundo que amenazaba con derrumbarse sobre ellos.

Ophelia tampoco soportaba más aquella situación.

Primero Éter.

Y ahora los cuatro espíritus.

Todo parecía reducirse a una misma realidad insoportable: ni siquiera podían permitirse matar al monstruo que quería destruirlos.

Y eso era lo que más la enfurecía.

—¿Y si regresamos al mundo humano? —sugirió Ophelia de pronto.

Ian alzó la cabeza para mirarla y no necesitó pensarlo demasiado. Ambos necesitaban alejarse de todo, despejar la mente y respirar lejos del peso que parecía perseguirlos sin descanso. ¿Y qué mejor refugio que un lugar donde nadie pensaría en buscarlos?

—Probablemente sea la mejor idea que has tenido en mucho tiempo —dijo mientras atrapaba suavemente su rostro entre las manos.

—No sé si sentirme halagada o insultada —replicó ella antes de besarle los labios.

Ian soltó una pequeña risa.

—Sabes que te amo.

—¿Lo dices solo para evitar que te golpee?

Él negó con la cabeza y, sin soltarla, la levantó entre sus brazos. Caminó con ella hasta la cama mientras las puertas del balcón se cerraban lentamente detrás de ellos, aislándolos del murmullo de la noche.

Ambos se acomodaron entre las mantas, refugiándose en el calor compartido, intentando que por unos instantes no existiera nada más allá de aquel pequeño espacio que les pertenecía.

El sueño de Ophelia se había vuelto más ligero desde el embarazo, aunque también más constante. Bastaba con sentir el calor envolviéndola para que terminara hundiéndose lentamente entre sueños.

Ian sonrió al verla dormirse tan rápido, como si Viento no acabara de dejar sobre ellos una noticia capaz de destruir cualquier tranquilidad.

Pero así era Ophelia.

Incluso al borde del abismo, siempre encontraba la manera de aferrarse a esos pequeños momentos junto a él.

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