Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Una mirada llena de secretos - Capítulo 27

  1. Inicio
  2. Una mirada llena de secretos
  3. Capítulo 27 - Capítulo 27: CAPÍTULO XXVII
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 27: CAPÍTULO XXVII

Jamás, en los quince años que llevaban a su lado, la habían visto tan concentrada en algo.

Ophelia permanecía sentada con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, completamente abstraída, como si meditara lejos del mundo y de todas las entidades que lo habitaban. Lo más extraño era el vestido negro que llevaba puesto; nunca había sido alguien que vistiera ese color. Y, aun así, aquel tono oscuro contrastaba de forma inquietante con su apariencia, además de resultar poco práctico para la postura incómoda en la que estaba sentada.

Meira y Wyle comenzaban a preocuparse seriamente. Ophelia jamás había mostrado interés en entrenar su magia, pero aquello había cambiado. Por suerte, no estaba utilizando sus llamas; de lo contrario, probablemente habría incendiado el bosque entero.

—Wyle —susurró Meira mientras ambos observaban desde detrás de un árbol. En realidad, solo ella intentaba ocultarse; Wyle seguía de pie, visible casi por completo—. Dime… ¿no lleva actuando raro desde hace un mes?

Al notar que él seguía expuesto, Meira tiró de su brazo con fuerza para hacerlo retroceder junto a ella, detrás del tronco.

Wyle no respondió enseguida.

Simplemente coincidía con ella: desde su regreso del mundo feérico —desde el matrimonio de Bastian y Elenne, ocurrido hacía ya un mes—, Ophelia había cambiado. Era como si intentara fortalecer su magia con desesperación, como si de ello dependieran vidas.

No se habían atrevido a preguntarle nada, porque cada vez que se acercaban, el peligro se volvía inminente. O se encerraba tras barreras mágicas para desatar una cantidad inconmensurable de maná que estremecía incluso al bosque pese a la protección, o permanecía sumida en su propio espacio. Sin embargo, lo que más las inquietaba era verla abrir los ojos: resplandecían con un fulgor etéreo. Al final, ya no sabían qué era lo mejor para ella en aquel estado.

—Estoy segura de que todo esto es culpa de ese Ian. Desde que sale con él, nuestra querida Ophelia hasta se olvidó de nosotros y hace cosas rarísimas —se quejó Meira, arañando la corteza del árbol con las uñas.

—No creo que debas decir eso —intervino Wyle.

Justo cuando pensaban que ya nada podría sorprenderlos, un destello de luz se materializó frente a Ophelia y, de entre el resplandor, apareció Ian. Fue entonces cuando ella abrió finalmente los ojos y, esbozando una sonrisa, se incorporó del césped para recibirlo.

—Has tardado mucho —comentó mientras lo atraía hacia ella—. ¿Tenías miedo de venir? ¿Por eso te demoraste a propósito?

Ian soltó una breve carcajada y bajó la mirada hacia la espada, que exhalaba una abrumadora cantidad de maná. Toda la hoja irradiaba una luz semejante a la claridad del amanecer cuando el sol comienza a elevarse. Ophelia la sostuvo por la empuñadura mientras daba un paso hacia atrás.

—Te lo advierto —dijo—. He forjado esta espada con mi propio maná, así que ten cuidado.

—Lo tendré presente —respondió él—. Aunque era fácil sospecharlo viendo cómo resplandecía.

Antes de lanzarse impulsivamente hacia él, el vestido le pareció una auténtica tortura. Sin detenerse a pensarlo, cercenó la parte inferior de la tela hasta dejar únicamente lo necesario. Ian volvió a reír al verla transformar aquel vestido largo en uno que apenas le rozaba las rodillas.

Ophelia sintió cómo un peso invisible se desprendía de sus hombros y, con el cuerpo inclinado hacia delante, casi como si flotara, se lanzó contra Ian con la espada apuntándole directamente al rostro. Él apenas logró afirmarse ante la desmedida velocidad de la hechicera.

Sus ataques no tenían nada de suaves. Ophelia confiaba plenamente en que Ian sería capaz de esquivar aquel acero y, precisamente por esa fe ciega, no pensaba contenerse. De hacerlo, todo aquel mes de entrenamiento habría sido inútil, sobre todo sabiendo que Ian también había fortalecido su magia y perfeccionado sus habilidades.

Cuando alzó la espada y descargó el golpe con fuerza, Ian apenas consiguió detener el filo a escasos centímetros de su cara mediante una barrera mágica que se resquebrajó al instante. El impacto terminó abriéndole una herida en el dedo con el que sostenía el hechizo. Aun viendo la sangre deslizarse por su mano, Ophelia no vaciló. Cada defensa rota de Ian representaba una oportunidad para ella. Su dominio de la espada era tan impecable que parecía ejecutar una danza letal en mitad del combate.

Ian comenzó a sentirse frustrado por limitarse únicamente a defenderse. Al cabo de un rato, cuando los ataques de Ophelia se tornaron todavía más feroces, decidió romper el ritmo atrapando la hoja de la espada con la mano. No esperaba lo que sucedió después: la energía del arma lo recorrió como un relámpago y una luz cegadora lo lanzó violentamente hacia el lago, donde rodó varias veces antes de desaparecer en las profundidades.

—¡Ian! —la preocupación ensombreció las facciones de Ophelia.

Cuando menos lo esperaba, él reapareció a su espalda, con la ropa empapada y el agua deslizándose por su cuerpo. Rodeándola con una cercanía cargada de emociones difíciles de descifrar, inclinó el rostro junto a su oído y susurró con una voz aterciopelada que le erizó la piel y arrancó un tenue rubor de sus orejas, algo que rara vez le ocurría:

—Después de esto tendrás que curarme. Sabes cómo hacerlo, ¿verdad?

En el instante en que Ophelia se volvió hacia él, los ojos de Ian resplandecían como gemas bajo la luz más pura, revelando una intensidad casi salvaje. Era la mirada de un depredador que había dispuesto cada una de sus piezas antes de entrar al juego.

Entonces, un círculo mágico apareció suspendido en el aire y sombras densas comenzaron a emerger de él, disparándose a una velocidad imposible de anticipar. Las tinieblas atraparon a Ophelia por los tobillos y la zarandearon en el aire, dejándola cabeza abajo. Ella intentó incorporarse para cercenar aquellas sombras desagradables y recuperar el control. Las llamas no eran una opción; había prometido luchar únicamente con la espada, y pensaba cumplirlo.

—¿Lo dejamos aquí? —preguntó Ian, flotando serenamente en el aire.

Ella frunció el ceño ante una pregunta que no tenía lugar en aquel momento.

—En tus sueños —replicó.

Se obligó a incorporarse y resistió apenas unos segundos antes de blandir la afilada hoja, cercenando las cadenas de sombras para recuperar su libertad. Sin embargo, en el mismo instante en que se liberó, las tinieblas volvieron a lanzarse sobre ella en mayor número. Para escapar, dejó la espada suspendida en el aire y, con un murmullo apenas audible, recitó:

—«Zar’ethar, thu’na, valmira ek’thal doraneth sil’vian, doraneth ka’len thu’ra valen».

Las sombras se estrellaron inútilmente cuando la barrera se materializó a su alrededor. Ninguna fuerza logró resquebrajarla. Ophelia sonrió al comprobar que eran incapaces de atravesarla. Deseaba que aquello también pudiera resistir frente a cualquier otra entidad, sin importar cuál fuese.

Con un simple chasquido, Ian disipó el círculo mágico y, junto con él, todas las sombras invocadas. Luego descendió lentamente hasta acercarse a Ophelia, y ella deshizo la barrera.

—¿A ti esto te parece normal, Wyle? —preguntó Meira con los ojos desmesuradamente abiertos. Solo faltaba que una mosca se colara en su boca, tan abierta como estaba, mientras señalaba con el dedo índice a las dos figuras suspendidas en el aire, que acababan de combatir como si realmente hubieran intentado matarse.

—No tengo idea de qué está pasando —admitió Wyle, todavía desconcertado—. ¿Estaban jugando o preparándose para una guerra? Quiero creer que solo era un juego entre dos personas incapaces de contener sus impulsos.

Ophelia se arrojó a los brazos de Ian con una alegría desbordante y, antes de que él pudiera decir una sola palabra, comenzó a hablar atropelladamente, radiante de felicidad, como si acabara de culminar su mayor obra maestra.

—¡Lo conseguí! Creo que ni siquiera Éter podría romper una barrera así —dijo entre sonrisas cargadas de emoción—. Por culpa de esto he gastado una cantidad absurda de energía; más le vale resistir cualquier hechizo existente, porque si no, yo…

Hasta ese momento, Ophelia había visto todo con claridad, pero de pronto su visión se nubló y el cuerpo se le volvió extrañamente liviano, como si le hubieran arrancado un enorme peso de encima. Un ardor insoportable le atravesó la cabeza y, al instante siguiente, perdió la consciencia.

Ian, que no la sostenía en ese momento, apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando ella dejó de aferrarse a él y comenzó a precipitarse desde el aire. Meira y Wyle, que habían observado todo desde la distancia, palidecieron de inmediato.

—¡¡¡Ophelia!!!

Sin embargo, su alarma resultó innecesaria. Antes de que pudiera caer demasiado lejos, Ian la atrapó entre sus brazos. La sostuvo con firmeza y descendió con ella desde el cielo hasta tocar tierra. Apenas aterrizaron, Meira corrió hacia Ophelia y comenzó a tocarla presa del pánico, temiendo que algo terrible le hubiera ocurrido. Ian, en cambio, permanecía sereno. Estaba convencido de que aquello era consecuencia de las semanas que ella había pasado entrenando y condensando enormes cantidades de maná para crear aquella barrera impenetrable.

—Wyle, ve a buscar a Rosalia —pidió Ian con calma—. Su magia podrá ayudarla.

Wyle obedeció sin perder un segundo y desapareció en un santiamén. Ian intentó tranquilizar a Meira, asegurándole que no había motivo para alarmarse. Poco después, todos se trasladaron a la casa de Ophelia y, cuando sus hermanos la vieron inconsciente, también se horrorizaron. Ian no podía dar demasiadas explicaciones; se limitó a decir que había agotado casi toda su magia y que necesitaría descansar para recuperarse.

Cuando Rosalia llegó junto a Wyle, todos se encontraban reunidos en el dormitorio de Ophelia. Apenas la anciana posó la mirada sobre su nieta, percibió una luz suave que emanaba de su vientre. Era un resplandor hermoso, cálido y puro. Sus ojos color avellana brillaron con intensidad mientras una sonrisa se dibujaba lentamente en sus labios surcados por los años.

Rosalia se acercó a Ophelia agradeciendo, una vez más, conservar aquella visión mágica que el tiempo todavía no le había arrebatado. La calidez de su expresión desconcertó a todos los presentes, incluso a Ian, que sabía que Ophelia estaba bien, pero no comprendía por qué Rosalia sonreía en una situación así.

—Rosalia, ¿por qué sonríes? —preguntó Meira, incapaz de soportar más la incertidumbre.

—Tu magia de restauración —intervino Ian—. ¿Podrías usarla? Se ha sobreexigido demasiado.

Rosalia tomó asiento en el borde de la cama, junto a su nieta, que dormía plácidamente. Después apoyó una mano sobre el cuerpo de Ophelia y dejó fluir su magia restauradora para acelerar la recuperación del maná que había consumido creando la barrera.

Pero cuando la mano de Rosalia se posó sobre el vientre de Ophelia, Ian frunció ligeramente el ceño. Había algo extraño en aquella sonrisa, en la delicadeza con la que acariciaba su abdomen. Todo comenzó a adquirir un matiz inquietante.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Ophelia… —murmuró Rosalia con los ojos empañados de felicidad—. Mi nieta está embarazada.

La habitación adquirió un aire ominoso mientras todos procesaban y asimilaban aquella noticia pronunciada con tanta naturalidad. Lyanna, Reina y Meira quedaron boquiabiertas, incapaces de reaccionar al instante. Fue el grito repentino de Lya, apenas comprendió lo que aquello significaba, lo que quebró el pesado silencio.

—¡Ari está embarazada! —exclamó, aferrándose a las manos de Cassian antes de comenzar a girar con él de forma tan abrupta que casi lo mareó—. ¡Va a tener un bebé!

—Definitivamente no esperaba algo así —sonrió Reina mientras dirigía la mirada hacia la mujer que, probablemente, debería haber sido la primera en enterarse. Qué no habría dado por contemplar la expresión de Ophelia al descubrir su embarazo.

Por otro lado, Ian permanecía completamente inmóvil, tan quieto que la escena merecía quedar grabada para siempre. Parecía incapaz de comprender del todo la noticia que acababa de escuchar. La confusión en su rostro era tan profunda que resultaba imposible descifrar qué emoción predominaba en él.

—No tardará en despertar —añadió Rosalia con suavidad—. Dejémosla descansar.

—Lya, suéltame —pidió Cassian, llevándose una mano a la cabeza, todavía aturdido por tantas vueltas.

Todos abandonaron el dormitorio de Ophelia excepto Ian. Como si hubiera anticipado aquel momento, Reina cerró la puerta al salir y los dejó a solas.

Ian mantuvo la mirada fija en el vientre de Ophelia mientras avanzaba lentamente hasta la cama, casi tambaleándose. Terminó sentándose junto a ella, que continuaba inmóvil bajo las mantas… o, más bien, fingiendo dormir.

—Ophelia… —la llamó Ian, pero las palabras murieron en su garganta antes de poder continuar.

Ella abrió primero un ojo, manteniendo el otro cerrado para asegurarse de que realmente estaban solos. Cuando comprobó que así era, abrió ambos lentamente y permaneció acostada boca arriba, observándolo en silencio.

Parpadeó apenas cuando Ian apoyó la palma sobre su vientre. Él todavía no sabía qué decir ni cómo afrontar aquella noticia que acababa de trastocar su mundo.

—¿De verdad hay una vida formándose aquí? —murmuró mientras acariciaba con infinita suavidad el vientre de Ophelia.

Ophelia se quedó rígida, incapaz de mover un solo músculo. Tragó saliva, sintiendo cómo los nervios le erizaban la piel al escuchar una vez más la voz de su abuela pronunciando aquella noticia. Había mantenido los ojos cerrados incluso después de recuperar la consciencia porque temía enfrentarse al entusiasmo de los demás cuando ni siquiera sabía cómo reaccionar ella misma. Pero si solo estaba Ian… entonces era diferente.

Se incorporó lentamente y tomó la mano de él con un temblor imposible de ocultar. Ian también estaba asustado. Ambos lo estaban.

—Estoy embarazada… —murmuró, guiando de nuevo la mano de Ian hasta su vientre. Ella, que rara vez lloraba, dejó escapar una lágrima solitaria por una de sus mejillas—. Hay un bebé… creciendo dentro de mí…

Aquellas lágrimas llegaron acompañadas de una tenue sonrisa.

—Lo sé —asintió Ian, y en su mirada se reflejaba el mismo torbellino de emociones que consumía a Ophelia.

Sin embargo, el miedo que los invadía nacía de una razón imposible de ignorar. Apenas recordaron los seis meses de Éter y el vínculo entrelazado de sus vidas, el silencio cayó entre ambos como una condena inevitable. Eso significaba que ya no eran solo dos destinos unidos, sino tres.

¿Qué sería de aquella vida que aún no había llegado al mundo?

Ian y Ophelia no se abrazaron para celebrar la noticia. Aquella felicidad venía acompañada de una sombra demasiado oscura como para ignorarla. Si algo llegaba a ocurrir, no serían una ni dos las vidas perdidas, sino tres.

No importaba cuánto sonrieran los demás en su lugar; ellos eran incapaces de hacerlo. Porque mientras aquella pequeña vida siguiera germinando, una entidad antinatural continuaría acechando en silencio, esperando el instante preciso para destruir cualquier creación nacida de ellos.

✦✦✦

Cuando un torbellino de viento comenzó a formarse, una figura emergió lentamente entre la brisa indómita. Una larga cabellera nívea, más blanca que la porcelana más pura, apareció danzando entre las ráfagas. Sus ojos grises, profundos y cautivadores, contrastaban con una piel tan pálida que parecía casi translúcida. Su sola presencia transmitía una serenidad salvaje, una calma engañosa capaz de intensificar aún más la tormenta que lo rodeaba. Los mechones lisos de su cabello, que descendían en suaves ondas, se mecían al compás de aquel elemento imposible de contener.

—Cuánto tiempo… —sonreír fue lo primero que hizo al encontrarse frente a Éter.

Aunque, en realidad, no esperaba que aquella hada continuara a su lado, siguiéndolo como una sombra silenciosa. La sorpresa de Lyselle al ver a aquel hombre erguido en medio de la tormenta le robó el aliento. Sin darse cuenta, retrocedió hasta quedar detrás de Éter, como si su instinto hubiera reconocido de inmediato la abismal diferencia entre sus poderes.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Éter.

No mostró sorpresa alguna al ver que Viento había adoptado una forma humana: la misma apariencia con la que lo había conocido la primera vez, su verdadera forma. Viento sonrió apenas al percibirlo. Permaneció dentro del torbellino, sin apartarse de él, y respondió con una calma inquietante:

—Quiero saber cuál será tu próximo movimiento, Éter. ¿Por qué concederles seis meses? ¿Qué es lo que realmente deseas descubrir… o hacer?

La mirada de Éter se ensombreció de inmediato. Dio un paso hacia el torbellino, aunque este no parecía afectarlo en absoluto; era como si una frontera invisible separara ambos mundos. Viento no prestó atención a aquel detalle, pese a lo significativo que resultaba.

Lyselle, por su parte, sintió cómo recuperaba el valor bajo la protección de Éter. Cuando al fin reunió el coraje suficiente para alzar la mirada y observar con desdén al espíritu del viento, se atrevió a hablar:

—Parece que tu magia es insignificante frente a nosotros, maldito espíritu —espetó con una valentía que contrastaba con el temblor oculto en su cuerpo—. ¿Cómo alguien tan débil puede cargar con semejante pod…?

La mirada translúcida de Viento no fue lo único que heló la sangre de Lyselle.

—Qué criatura tan molesta… —murmuró.

Con un movimiento hipnótico de los dedos, la brisa se transformó en una fuerza brutal que golpeó a Lyselle y la elevó por los aires sin el menor esfuerzo.

—No interfieras.

Su voz, fría como el hielo eterno, carecía de cualquier rastro de compasión. Apenas descendió la palma de su mano, el cuerpo de Lyselle se estrelló violentamente contra el suelo. A Viento no pareció importarle en absoluto su estado. Éter tampoco dirigió la mirada hacia ella, como si la mujer no fuera más que una piedra insignificante en medio del encuentro entre dos dioses guerreros.

Los ojos translúcidos de Viento volvieron a clavarse sobre Éter con un magnetismo imposible de describir, como si entre ambos existiera una tensión que trascendía las palabras. Finalmente, el torbellino comenzó a disiparse y Viento descendió lentamente hasta quedar frente a él.

Iba descalzo, con el viento acariciándole los pies desnudos. Vestía únicamente unos pantalones traslúcidos y una camisa del mismo tono etéreo, como si su propia existencia estuviera hecha de aire y bruma. Entonces inclinó ligeramente la cabeza hacia el impasible espíritu.

—Puede que seas más poderoso que los cuatro espíritus juntos, Éter —dijo con una calma glacial—. Pero recuerda esto…

Sus ojos centellearon tenuemente en la oscuridad.

—No te atrevas a herirlos. Me convertiré en el aire que te arrebate la respiración si Ian y Ophelia sufren algún daño.

Los fríos ojos de Éter se alzaron apenas. Luego, con un simple movimiento de su mano extendida, un destello atravesó el aire.

Viento sangró.

La herida se abrió en su garganta como si unas garras invisibles lo hubieran rasgado. La sangre descendió lentamente por su piel mientras él bajaba la mirada, sorprendido por primera vez al descubrir que aquella sangre tenía exactamente el mismo color que la de cualquier otro ser vivo. Siempre había imaginado que sería distinta por ser un espíritu.

Las largas pestañas de Viento ocultaron sus ojos durante unos segundos. Después, una sonrisa lenta y extraña se dibujó en sus labios.

Cuando volvió a alzar la mirada, sus ojos afilados desafiaron directamente los de Éter.

Y entonces lo golpeó con la planta del pie.

Éter no salió despedido por el impacto. No se movió.

Y, sin embargo, fue aún más brutal.

Porque Viento lo había anticipado.

El segundo golpe llegó como una sentencia: la brisa se condensó bajo la mano de Viento y lo elevó con violencia, arrancándolo del espacio como si el propio aire lo repudiara. En un instante, Éter fue alzado por encima del cielo, suspendido en una altura imposible.

—No es posible que no sientas dolor, Éter —dijo Viento, lanzándose tras él en pleno ascenso, para descargar una rodilla directa en su abdomen—. Ni que ignores lo que es odiar… o maravillarte ante la fuerza de la vida. Tú, que siempre has sentido más que cualquier otro espíritu.

Cada golpe que Viento asestaba —ya fuera con la presión del viento o con su propio cuerpo— parecía menos un ataque y más un reproche.

—¿Sabes por qué jamás te aprecié de verdad? —confesó, deteniéndose un instante a su misma altura. Sus ojos se cerraron en una sonrisa breve—. Porque todo lo que a ti te fascinaba… a mí me dejaba indiferente.

Éter no sangraba.

Nada en él se quebraba a la vista. Había resistido cada embate, cada manifestación de magia, cada impacto. Su rostro seguía siendo una máscara perfecta de frialdad, inmutable, imposible de romper. No porque fuera indestructible… sino porque esa ausencia de expresión formaba parte de lo que era. De su creación.

—Y aun así… —continuó Viento, abriendo los ojos y acercando su rostro al de él—, vuelves a intentar destruir aquello que yo quiero proteger.

Su voz descendió, más grave.

—Sabes muy bien que no es casualidad que hayamos elegido a Ian entre tantos seres feéricos que nos invocaron para usar nuestra magia. Lo sabes.

Por un instante, algo en la mirada de Éter se fracturó.

Llevó una mano a su cabeza de forma repentina, como si algo estuviera desgarrándolo desde dentro. Su perfección, esa estabilidad casi irreal, comenzó a tambalearse. Una voz —invisible, agonizante— empezó a reverberar en su mente.

Y entonces lo vio.

Una imagen borrosa.

Alguien desangrándose.

—¡¡¡AGH!!!

El grito de Éter se convirtió en una onda más poderosa que la propia ráfaga de viento, y empujó a Viento hasta el extremo opuesto del espacio. Un torrente de recuerdos fragmentados —una voz grave, la sangre derramándose como un río oscuro— se desató en su mente como una invasión imposible de contener.

El eco de aquel alarido se expandió por todo el lugar, quebrando la quietud de la oscuridad. Viento giró sobre sí mismo, alarmado, al sentir cómo la sombra lo devoraba todo a su alrededor. El cielo, que debería haberse mantenido como un vacío sereno, comenzó a desplomarse sobre la tierra como si la realidad misma estuviera cediendo.

El suelo verdoso se tiñó de noche. Las montañas se convirtieron en siluetas irreales, simples vestigios del poder desbordado del espíritu del espacio y el vacío. Cada fragmento de grito que emanaba de Éter transformaba la vida en sombra. Los árboles comenzaron a marchitarse al instante, como si bastara con que la oscuridad los rozara para borrar su existencia. El espacio mismo parecía partirse en dos.

—Diablos… —murmuró Viento, girándose lentamente mientras observaba a su alrededor.

Pero ya no había “alrededor”.

Todo estaba cubierto por una niebla de sombras, un manto más denso que la noche más profunda.

Entonces, en medio de aquella oscuridad impenetrable, surgió una luz.

Primero, una chispa.

Después, llamas.

Y con ellas, la tierra misma pareció responder.

Dos figuras aparecieron.

Eran espíritus, pero distintos a cualquier otro. También adoptaron forma humana, como Viento.

Fuego se alzaba con una presencia vibrante: su cabellera sedosa descendía hasta la cintura, una mezcla viva de rojos intensos y destellos anaranjados. Sus ojos eran brasas vivas, como las llamas que crepitan en una chimenea. El fuego que emanaba de su cuerpo y de su cabello se convirtió en la única fuente de luz en medio de la oscuridad absoluta.

—¿Qué demonios has hecho? —espetó, fulminando a Viento con la mirada mientras observaba el estado congelado de Éter—. ¿Cuántas veces has irrumpido en el mundo sin que lo supiéramos, Sílfide?

Viento intentó desviar la presión de aquella acusación, pero era inútil: la tensión lo llenaba todo, como si incluso el aire se hubiera vuelto juicio.

—No sabía que mencionarle el pasado le causaría un colapso de este tipo —se defendió.

—Tú, mejor que nadie, sabes lo que ocurrirá si Éter llega a desbloquear sus recuerdos pasados. ¿Perdiste la razón al venir a provocar algo que jamás debiste tocar? —Fuego se llevó las manos a las sienes, con una desesperación apenas contenida.

Los gritos agonizantes de Éter interrumpieron cualquier discusión. Tierra permanecía más serena que ambos, aunque su preocupación era evidente, mientras observaba al espíritu con una tristeza silenciosa. Sus ojos verdes se tornaron vidriosos al sentir cómo aquellos alaridos desgarraban incluso el alma del entorno.

Dentro de la mente de Éter, las imágenes borrosas regresaban como cuchillas, intensificando un dolor que no era únicamente mental. Algo en su interior comenzó a fracturarse: su corazón latía con una crudeza violenta, y su esencia parecía deshilacharse, como si su consciencia fuera drenada poco a poco.

De pronto, sus ojos adoptaron un brillo más intenso, un carmesí ardiente, mientras de sus labios escapaba un grito quebrado:

—¡¡¡ASH!!!

El nombre resonó en los espíritus como una alarma antigua. Supieron, en ese instante, que debían intervenir de inmediato.

Pero faltaba Agua.

Y sin Agua…

Entonces, una luz azulada emergió entre la oscuridad. Sin necesidad de palabras, los cuatro espíritus se dispersaron a los lados, rodeando a Éter. A su alrededor comenzaron a formarse círculos de cuatro colores, cada uno representando un elemento.

En perfecta sincronía, mientras los gritos de Éter continuaban desbordándose y consumían la vida sobre la tierra —marchitando plantas, corrompiendo el agua, apagando la vitalidad del mundo—, los cuatro espíritus recitaron al unísono:

—“Oh, recuerdos que en el abismo reposáis, regresad a las profundidades de aquel océano y sumergid en el olvido a quien ha despertado antes de tiempo. Por el poder concedido para apaciguar al primer espíritu creado, os ordenamos volver a vuestro letargo eterno.”

Los elementos brillaron con una intensidad abrumadora. Los círculos de tierra, agua, viento y fuego colisionaron en una sola fuerza devastadora, sellando de nuevo aquello que había comenzado a emerger.

Una luz purificadora recorrió el entorno.

El caos fue reprimido.

Tierra, Viento y Agua restauraron el equilibrio del mundo, devolviendo la atmósfera a su estado original. Fuego permaneció junto a Éter mientras los otros se encargaban de estabilizar lo que quedaba del entorno.

Éter yacía suspendido, boca arriba, en un sueño profundo.

Y por primera vez en mucho tiempo, el silencio volvió a existir.

Fuego lo observó en silencio… y por un instante, su expresión se quebró ligeramente.

—Desgraciadamente, lo único que tienes de Ash ahora es el nombre que recuerdas, Akasha —la tristeza asomó en la voz de Fuego—. Queremos protegerte y, al mismo tiempo, protegerlo a él. Por eso haremos lo posible para detenerte sin que despiertes el mayor secreto de nuestra existencia… de tu existencia, Akasha.

Cuando los demás espíritus regresaron, Viento fue recibido por miradas duras como el acero. No tenía defensa posible ante ellas.

—Lo siento —cedió, alzando apenas las manos en señal de rendición—. Pero todos aquí sabemos que, si llegara a destruir a Ian, sería un desastre. ¿De verdad tengo que explicarlo otra vez?

—Cállate —ordenó Agua.

De los cuatro, ella era la más gentil… o al menos lo había sido. Ahora su voz cargaba una firmeza helada.

—Nuestro mayor dilema es que Éter e Ian terminen enfrentándose. Cuando estalle la batalla… ¿de qué lado estaremos? No podemos elegir entre ninguno de los dos. Yo creo que deberíamos devolverle los recuerdos a Éter antes de que cometa un error irreparable.

—¿Y después qué? —intervino Tierra, con gravedad—. ¿Volverá a perderse en esa misma rabia y acabará destruyéndolo todo otra vez? Le hicimos una promesa a Ash: sellar los recuerdos de Éter sin importar lo que ocurriera.

El silencio se tensó.

Viento comenzó a descender lentamente, harto de aquella discusión interminable, de aquella promesa que ya pesaba como siglos sobre sus hombros.

—¿A dónde vas? —preguntó Fuego.

Viento no se detuvo del todo, solo giró ligeramente el rostro.

—A respirar un poco… si es que todavía se puede llamar así a esto.

—Os anuncio ahora mismo que Ophelia está embarazada, vosotros, los tres espíritus más desconectados de lo que ocurre a vuestro alrededor —soltó Viento con un enojo evidente—. Y ese hombre, al que llevamos intentando frenar sin que nos escuche, les ha dado un plazo de seis meses para destruirlos.

Su dedo se clavó en dirección a Éter, casi con rabia contenida.

—No sé si desapareceré por romper la promesa de protegerlo solo porque he decidido salvar primero a Ian… pero ya no voy a seguir discutiendo esto. Adiós.

—¡Sílfide! —gritó Tierra.

Pero Viento ya se desvanecía.

El cuerpo de Agua comenzó a brillar poco después, como si algo dentro de ella hubiese tomado una decisión irreversible.

—Lo siento —anunció con calma triste—. Está repitiendo los mismos errores del pasado. Y yo fui asignada para proteger a la amiga de Ian, no puedo permanecer más tiempo con vosotros.

Sus ojos se posaron una última vez sobre Éter, con una melancolía profunda.

—Cuidad de Akasha… —añadió en voz baja—. No sea que al final tengamos que elegir entre ellos.

Y también desapareció.

El silencio cayó con violencia.

Al final, solo quedaron dos espíritus frente a Éter, aún sumido en un sueño profundo.

Ya habían pasado tres semanas desde que recibió la noticia de su embarazo y desde que todas sus amigas irrumpieron en el bosque para felicitarla con un entusiasmo imposible de contener. Afortunadamente, todas la conocían lo bastante bien como para comprender cómo reaccionaría ante tanta atención. En realidad, nada había cambiado demasiado: Ophelia seguía siendo igual de apática, aunque ahora estaba más rodeada que nunca. Todos parecían empeñados en decirle qué debía hacer, qué evitar y de qué tenía que cuidarse. Si no fuera porque Ian era el único que todavía la tomaba de la mano y le permitía actuar a su manera, probablemente ya habría escapado de todos solo para poder respirar un poco.

Era muy tarde. Las estrellas iluminaban el cielo nocturno mientras Ophelia permanecía sentada en un sillón junto al balcón, contemplándolas en silencio mientras llevaba pequeños trozos de fruta a sus labios.

—Veo que te entretienes bastante bien.

Ophelia se atragantó de inmediato al escuchar aquella voz y descubrir un rostro pálido, casi translúcido, flotando dentro de un lugar que se suponía protegido por barreras mágicas. Comenzó a toser, y eso alertó al espíritu, que hizo aparecer un vaso de agua frente a ella.

Todavía carraspeando, Ophelia observó el vaso con absoluta desconfianza y se negó a beber algo cuyo origen desconocía.

—No tiene veneno —dijo Viento con calma—. ¿Por qué iba a querer matarte, Ophelia?

Antes de que pudiera protestar, Viento se acercó y prácticamente la obligó a beber el agua. Solo entonces logró calmar la tos, aunque se levantó bruscamente al sentir el agua helada derramarse sobre ella.

Le lanzó una mirada fulminante al espíritu, a quien terminó de reconocer cuando recordó aquel fragmento del pasado al que él mismo los había arrastrado.

—¿¡Tú!? —exclamó, casi gritando.

—Eres bastante ruidosa —sonrió él mientras tomaba asiento en el sillón frente a ella. Luego apoyó la mano sobre su mejilla con una familiaridad desconcertante—. No mienten cuando dicen que las llamas se intensifican con la brisa.

Ian, que se encontraba en la habitación, salió en cuanto escuchó el grito de Ophelia. Se detuvo apenas en la entrada, dividido entre el alivio y la sorpresa al encontrarse con Viento allí.

Ophelia corrió inmediatamente hacia él y señaló al espíritu como si fuese un intruso que acababa de instalarse en su propia casa.

—¿No se supone que los espíritus solo aparecían cuando eran invocados? —preguntó atropelladamente, agitándole el dedo acusadoramente.

Ian le tomó la mano con calma y la condujo hasta el sillón, mientras Viento los observaba con una sonrisa tranquila. Se comportaba con una libertad divertida, como si aquel lugar le perteneciera desde siempre.

Ian tomó asiento y acomodó a Ophelia sobre sus piernas. Ella, todavía desconfiada, lanzó una mirada escéptica en dirección al espíritu mientras el brazo de Ian rodeaba suavemente su cintura.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él.

Viento soltó una pequeña risa.

—¿Eso es lo primero que preguntas? De verdad eres un caso.

—Yo también me lo pregunto —murmuró Ophelia.

Viento dirigió la mirada hacia el exterior del balcón sin necesidad de levantarse del sillón. Sus ojos transmitían una calma absoluta, muy distinta a la tormenta desatada tres semanas atrás, cuando había irrumpido en la vida de Éter y provocado aquel caos.

Desde entonces no había vuelto a molestarlo. Éter continuaba sumido en un sueño profundo, y aunque nadie sabía exactamente cuándo despertaría, todos comprendían que aún faltaba tiempo para que volviera a abrir los ojos. Mientras permaneciera dormido, Ian, Ophelia y el bebé estarían a salvo de cualquier tragedia.

De pronto, Ophelia golpeó la mesa entre los sillones con la palma de la mano y fulminó a Viento con la mirada.

El espíritu soltó una carcajada baja al notar que ella seguía desconfiando de él igual que la primera vez. Le resultaba absurdamente divertido molestarla. Después de todo, estaba convencido de que, si Éter llegaba a declararles la guerra, ambos lo seguirían sin dudarlo.

No era una mentira completa.

Pero tampoco toda la verdad.

Por eso inclinó el rostro hacia Ophelia cuando ella apoyó la mano con firmeza sobre la mesa, como si intentara marcar una distancia clara entre ambos.

—Tú eres la más divertida de todos, Ophelia —rió suavemente.

—¿Qué acabas de decir? —lo miró como si quisiera arrancarle las palabras directamente de la lengua.

Sin embargo, terminó calmándose. Había una energía demasiado intensa acumulándose en su interior, una que necesitaba contener… o quizá expulsar antes de perder la paciencia. Se volvió hacia Ian, cuya mirada permanecía serena en medio de aquella vehemencia imposible de disimular.

Cuando Viento inclinó el rostro aún más cerca de Ophelia, Ian reaccionó de inmediato: apoyó la palma sobre la cara del espíritu y lo apartó sin ninguna delicadeza antes de atraer nuevamente a Ophelia hacia él.

—Ten cuidado —advirtió con una sonrisa inquietantemente amable—. Últimamente estoy demasiado sensible.

Ian retiró la mano del rostro pálido de Viento y bajó la mirada hacia Ophelia. Ella estaba intentando contener la risa, pero terminó girándose apenas para cubrirse los labios con la mano mientras una carcajada escapaba de todos modos.

Volvió a recostarse contra el pecho de Ian, todavía intentando recuperar la compostura. Cada uno de sus comportamientos rozaba lo absurdo de una forma tan entrañable que le resultaba imposible no reír. Era como si algún instinto desconocido se hubiese despertado en él desde el instante en que descubrieron que iban a convertirse en padres.

Aquella actitud exageradamente protectora la desarmaba por completo.

Tanto, que incluso las lágrimas terminaron acumulándose en las comisuras de sus ojos de tanto reír.

—¿Piensas decirnos qué fue lo que te trajo hasta aquí? —preguntó Ophelia al fin, secándose las lágrimas mientras sostenía la mirada de Viento.

La cautivadora mirada de Ophelia hizo que Viento abandonara por un instante su actitud despreocupada. Aunque seguía brillando en sus ojos aquella chispa traviesa imposible de ocultar, su expresión se tornó más seria.

Entonces apoyó la mano sobre la mesa.

Un grimorio apareció frente a ellos.

La portada resultaba extraña: difusa, casi ilegible, como si hubiese sido cubierta deliberadamente con un hechizo destinado a ocultar su verdadero contenido. Viento observó a Ian y Ophelia con una intensidad silenciosa, disfrutando de la intriga que acababa de sembrar.

Sin que nadie lo tocara, el libro se deslizó lentamente hacia Ian, como si poseyera voluntad propia.

Ian lo contempló con una atención casi febril.

En el instante en que sus dedos rozaron la cubierta, lo borroso se transformó en luz, revelando fugazmente un título escrito en letras pequeñas y elegantes:

Astaroth y la Creación.

Ophelia también alcanzó a distinguir aquellas palabras antes de que desaparecieran nuevamente bajo el velo mágico. Le resultó inquietantemente familiar. Aquello le recordó de inmediato al grimorio sobre las brujas… al libro que hablaba de su propia familia.

—¿Qué otro secreto esconde esto? —preguntó mientras acariciaba la gruesa cubierta del libro.

—Una leyenda —respondió Viento con una leve sonrisa mientras su cuerpo comenzaba a elevarse lentamente en el aire—. Solo os diré una cosa: hemos sellado temporalmente a Éter, pero ese sello terminará rompiéndose. Siempre sucede. Su poder supera incluso al nuestro.

Sus ojos se clavaron en ambos.

—Así que, Ian, Ophelia… encontrad una forma de detenerlo sin matarlo.

Viento exhaló lentamente, como si las siguientes palabras fueran el peso que más temía pronunciar.

—Si Éter desaparece, los cuatro espíritus moriremos con él. Y vosotros, unidos por un hechizo nacido de nuestro poder… también os desvaneceréis junto a nosotros.

La tristeza ensombreció ligeramente su expresión.

—No existe una salida perfecta. Si lucháis contra él, podéis morir. Si él muere, todos regresaremos al vacío. Así que intentemos preservar, al menos, las vidas que aún nos quedan.

Antes de convertirse en una corriente de brisa y desaparecer, volvió la mirada hacia Ophelia.

—Cuídate, Ophelia —una sonrisa iluminó tenuemente su rostro pálido—. Apareceré si alguna vez vuelves a sentirte sola.

Ian frunció apenas el ceño.

—Deja de decir estupideces y desaparece de una vez.

Viento soltó una última risa antes de desvanecerse por completo.

El silencio volvió a llenar el aire.

Agotado por el peso de cada nuevo descubrimiento, Ian terminó apoyando la cabeza sobre el hombro de Ophelia, como si aquel pequeño gesto pudiera apartarlo, aunque fuera un instante, del mundo que amenazaba con derrumbarse sobre ellos.

Ophelia tampoco soportaba más aquella situación.

Primero Éter.

Y ahora los cuatro espíritus.

Todo parecía reducirse a una misma realidad insoportable: ni siquiera podían permitirse matar al monstruo que quería destruirlos.

Y eso era lo que más la enfurecía.

—¿Y si regresamos al mundo humano? —sugirió Ophelia de pronto.

Ian alzó la cabeza para mirarla y no necesitó pensarlo demasiado. Ambos necesitaban alejarse de todo, despejar la mente y respirar lejos del peso que parecía perseguirlos sin descanso. ¿Y qué mejor refugio que un lugar donde nadie pensaría en buscarlos?

—Probablemente sea la mejor idea que has tenido en mucho tiempo —dijo mientras atrapaba suavemente su rostro entre las manos.

—No sé si sentirme halagada o insultada —replicó ella antes de besarle los labios.

Ian soltó una pequeña risa.

—Sabes que te amo.

—¿Lo dices solo para evitar que te golpee?

Él negó con la cabeza y, sin soltarla, la levantó entre sus brazos. Caminó con ella hasta la cama mientras las puertas del balcón se cerraban lentamente detrás de ellos, aislándolos del murmullo de la noche.

Ambos se acomodaron entre las mantas, refugiándose en el calor compartido, intentando que por unos instantes no existiera nada más allá de aquel pequeño espacio que les pertenecía.

El sueño de Ophelia se había vuelto más ligero desde el embarazo, aunque también más constante. Bastaba con sentir el calor envolviéndola para que terminara hundiéndose lentamente entre sueños.

Ian sonrió al verla dormirse tan rápido, como si Viento no acabara de dejar sobre ellos una noticia capaz de destruir cualquier tranquilidad.

Pero así era Ophelia.

Incluso al borde del abismo, siempre encontraba la manera de aferrarse a esos pequeños momentos junto a él.

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas