una venganza ineludible - Capítulo 37
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Capítulo 37: la vuelta
El amanecer en Frendal no llegó con estruendo, sino con una luz tenue que se filtraba entre las columnas del palacio. El cielo, aún teñido de azul oscuro, comenzaba a aclararse lentamente. El silencio era distinto al de la noche: no era tensión, era expectativa.
Dorian, Vesper, Erila y Freya caminaron juntos por los pasillos de piedra. Ninguno hablaba. La decisión ya estaba tomada, y eso pesaba más que cualquier duda.
Al llegar a la sala donde habían sido convocados, encontraron a Morgana de pie junto a una ventana alta, observando el horizonte. No se giró de inmediato.
—Han venido —dijo finalmente.
—Sí —respondió Dorian—. Ya decidimos.
Morgana se dio vuelta con calma. Su mirada recorrió a los cuatro, deteniéndose apenas más tiempo en Erila y Freya.
—Entonces hablen.
Vesper fue el primero.
—Entramos.
Freya no dijo nada. Solo sostuvo la mirada de Morgana, firme, aunque sin entusiasmo.
Erila asintió.
—Queremos saber la verdad.
Dorian cerró la decisión.
—Y si eso significa trabajar con ustedes… lo haremos.
Hubo un silencio breve. Morgana los observó con una atención distinta a la del día anterior. Ya no los medía como piezas potenciales… sino como elementos que acababan de cruzar una línea.
—Bien —dijo al fin.
Caminó lentamente hacia ellos.
—Pero no esperen reconocimiento. No esperen respuestas inmediatas. Y sobre todo… —su tono se volvió más serio— no esperen protección.
Freya frunció el ceño.
—¿Entonces para qué entramos?
Morgana no respondió directamente.
—Porque ahora saben lo suficiente como para ser un riesgo… y lo suficiente como para ser útiles.
La frase cayó pesada.
Dorian entrecerró los ojos.
—¿Eso es todo?
—No —respondió Morgana—. Es lo mínimo.
Se acercó aún más.
—Escuchen con atención. Porque lo que voy a decir ahora define si sobreviven o no a lo que viene.
Los cuatro guardaron silencio absoluto.
—Van a volver a Valdora.
La reacción fue inmediata. Erila dio un pequeño paso atrás.
—¿Volver?
—Sí —confirmó Morgana—. Y van a hacer exactamente lo contrario a lo que haría alguien que acaba de descubrir todo esto.
Vesper entendió primero.
—Actuar normal.
Morgana asintió.
—Exacto. Van a actuar como si nada de esto hubiera pasado. Como si esta reunión no existiera. Como si la Legión no fuera real. Como si la otra sociedad… no estuviera moviendo los hilos.
Freya cruzó los brazos.
—¿Y qué ganamos con eso?
—Tiempo —respondió Morgana—. Y algo más importante… perspectiva.
Se giró levemente hacia la ventana.
—Valdora no es lo que creen. Galandor tampoco. Y cuanto más rápido lo entiendan, más probabilidades tendrán de no morir en medio de algo que ni siquiera comprenden todavía.
Erila la miró fijamente.
—¿Está diciendo que…?
Morgana levantó una mano, cortando la frase.
—Estoy diciendo que tengan cuidado en quién confían.
El silencio volvió.
Dorian apretó los puños.
—¿Mi padre está involucrado?
Morgana lo miró.
—No voy a responder eso.
—¿Entonces cómo espera que confiemos en ustedes?
—No confíen —dijo con frialdad—. Observen.
Esa respuesta no tranquilizó a nadie.
—Actúen calmados —continuó Morgana—. No hagan preguntas innecesarias. No se expongan. No confronten a nadie. No intenten ser héroes.
Vesper inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y si encontramos algo?
—No actúen de inmediato —respondió ella—. Piensen. Analicen. Y solo cuando estén seguros… decidan.
Freya habló por primera vez con verdadera tensión.
—¿Y si no estamos seguros nunca?
Morgana la miró.
—Entonces significa que aún no entienden lo suficiente.
La respuesta fue incómoda. Pero real.
Erila bajó la mirada un segundo.
—¿Y si… lo que encontramos nos obliga a elegir?
Morgana no dudó.
—Entonces elijan bien.
El viento entró por la ventana, moviendo levemente las telas. La luz del amanecer ya iluminaba parte de la sala.
Dorian respiró hondo.
—Esto no es una misión… ¿verdad?
—No —dijo Morgana—. Es una advertencia.
Se acercó por última vez.
—Y otra cosa más.
Los cuatro levantaron la mirada.
—A partir de ahora, cada palabra que digan puede ser escuchada. Cada paso que den puede ser observado. Cada error… puede ser usado en su contra.
Freya sintió un escalofrío.
—¿Tan profundo llega?
Morgana no respondió directamente.
—Más de lo que imaginan.
Vesper apretó la mandíbula.
—Entonces ya estamos dentro de esto… aunque no queramos.
—Siempre lo estuvieron —respondió Morgana.
El silencio final fue distinto. Más pesado. Más definitivo.
—Prepárense para partir —dijo ella—. Cuanto antes vuelvan a Valdora… mejor.
Dorian dio un paso atrás.
—¿Y ustedes?
Morgana se giró hacia la ventana nuevamente.
—Nosotros ya estamos donde debemos estar.
No hubo despedida formal.
No hubo palabras de aliento.
Solo la sensación de que habían dejado de ser espectadores… para convertirse en piezas activas de algo mucho más grande.
Cuando salieron de la sala, ninguno habló.
Porque por primera vez…
No sabían en quién podían confiar.
El viaje de regreso fue silencioso.
No por cansancio. No por falta de temas.
Sino porque cada uno iba atrapado en sus propios pensamientos.
El camino hacia Valdora se extendía frente a ellos como algo conocido… pero ahora extraño. Los bosques, los senderos, los pueblos pequeños por los que pasaban… todo seguía igual, y sin embargo, ya nada lo era.
Dorian iba al frente la mayor parte del tiempo, con la mirada fija.
Vesper observaba los alrededores con más atención de lo habitual.
Erila hablaba poco, pero cuando lo hacía, era para mantener la normalidad.
Freya era la única que parecía completamente alerta… como si esperara que algo ocurriera en cualquier momento.
—Recuerden —dijo Vesper en voz baja una tarde, mientras desmontaban para beber agua—. Actuar normal.
Freya lo miró.
—“Normal” ya no significa nada.
—Entonces finge —respondió él sin rodeos.
Erila bajó la vista al agua.
—No va a ser tan fácil.
Dorian habló sin girarse.
—Tiene que serlo.
Nadie respondió.
Al cuarto día, las murallas de Valdora aparecieron en el horizonte.
Altas. Firmes. Imponentes como siempre.
Pero esta vez… no se sentían como casa.
Los guardias en la entrada los reconocieron de inmediato.
—¡Princesa Erila! —saludó uno de ellos, llevándose el puño al pecho—. No sabíamos que regresaban tan pronto.
Erila sonrió levemente. Natural. Practicada.
—Las cosas cambiaron.
—Siempre cambian —respondió el guardia sin sospechar nada—. Bienvenidos de vuelta.
Las puertas se abrieron.
Y cruzaron.
Dentro, la ciudad seguía viva.
Mercaderes gritando ofertas. Niños corriendo. Soldados patrullando.
El olor a pan recién hecho, el ruido del metal, las voces…
Todo parecía exactamente igual.
Demasiado igual.
Freya fue la primera en notarlo.
—No hay tensión —murmuró—. Después de todo lo que sabemos… esto debería sentirse distinto.
—Eso es lo peor —respondió Vesper—. Que no se note nada.
Dorian apretó los dientes.
—Entonces alguien está haciendo muy bien su trabajo.
Se dirigieron al palacio sin demora.
Los pasillos eran familiares. Las paredes, los estandartes… todo seguía en su lugar.
Pero ahora cada rostro que cruzaban… generaba una duda.
¿Sabía algo?
¿Formaba parte?
¿Estaba observando?
Erila mantuvo la postura firme. Era su casa.
Pero incluso ella sentía algo distinto.
Al entrar a la sala principal, un guardia anunció su llegada.
—¡La princesa Erila y su escolta han regresado!
No pasó mucho antes de que Aralik apareciera.
El rey caminó hacia ellos con paso firme, aunque su expresión cambió apenas al verlos.
—Regresaron antes de lo esperado.
Erila inclinó la cabeza.
—Así es.
Aralik la observó unos segundos más de lo normal. Luego miró a los demás.
—¿Todo en orden?
Dorian respondió con rapidez.
—Sí, majestad.
Vesper asintió.
—Sin problemas.
Freya no habló, pero mantuvo la compostura.
El rey parecía evaluar cada gesto.
—Bien —dijo finalmente—. Me alegra verlos de vuelta.
Erila dio un paso adelante.
—Padre, el viaje fue tranquilo. Frendal… está estable.
Aralik asintió, pero no sonrió.
—Eso dicen todos los reinos… antes de que algo ocurra.
El comentario pasó desapercibido para cualquiera.
Pero no para ellos.
—Descansen —continuó el rey—. Tendremos tiempo para hablar más tarde.
Erila dudó un segundo.
—Claro.
Se retiraron sin más.
Cuando salieron de la sala, el silencio volvió.
Dorian fue el primero en hablar.
—¿Lo notaron?
—Sí —respondió Freya—. Está más atento.
—O más nervioso —añadió Vesper.
Erila no dijo nada.
—Erila —dijo Dorian con suavidad—.
Ella lo interrumpió.
—No.
Los tres la miraron.
—No empiecen —continuó—. No todavía.
Su voz no era débil.
Era firme. Pero contenida.
—Si vamos a hacer esto… —añadió— vamos a hacerlo bien.
Freya asintió levemente.
—Observar.
—Y no apresurarnos —dijo Vesper.
Dorian respiró hondo.
—Está bien.
Se separaron en el pasillo.
Cada uno tomando su camino… pero con la misma carga.
Porque ahora estaban dentro.
Dentro de su propio reino.
Dentro de una mentira posible.
Dentro de una red que aún no entendían.
Y lo peor de todo…
Era que por primera vez en sus vidas,
Valdora no se sentía como un lugar seguro.
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