una venganza ineludible - Capítulo 38
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Capítulo 38: la familia
Habían pasado dos meses.
Dos meses en los que nada cambió… y, al mismo tiempo, todo parecía más tenso que nunca.
Valdora seguía funcionando como siempre. Las calles llenas, los entrenamientos constantes, los rumores lejanos de guerra que ya nadie cuestionaba. Pero para ellos, cada rutina tenía un doble sentido.
Erila entrenaba cada mañana con más intensidad que antes. No solo por disciplina real, sino como una forma de liberar la presión. Su cuerpo respondía mejor, más rápido, más fuerte… pero su mente no descansaba. Cada orden que daba, cada instrucción que recibía, la hacía pensar: ¿quién más está mirando?
Dorian y Vesper seguían con su entrenamiento militar. Espadas, resistencia, combate cuerpo a cuerpo. Todo igual… salvo por la mirada. Ya no entrenaban solo para ser mejores. Entrenaban como si en cualquier momento fueran a necesitarlo de verdad.
Freya, por su parte, se había vuelto aún más reservada. Pasaba horas meditando, profundizando en su control mágico. La varita de Vortex respondía mejor ahora… pero también exigía más. Y ella lo sabía: cuanto más avanzaba, más peligrosa se volvía.
Mientras tanto, las campañas de Sagram Varos continuaban en el desierto. Noticias llegaban cada tanto: enfrentamientos, avances, retrocesos. Nada decisivo… pero constante.
En una de esas jornadas, cuatro espías enemigos fueron capturados. Uno de ellos, en un giro inesperado, fue enviado a Zarion. Nadie explicó por qué. Nadie preguntó demasiado.
El día había sido duro.
El entrenamiento de Vesper había terminado al caer la tarde. Su cuerpo estaba agotado, pero firme. El sudor marcaba cada músculo, cada esfuerzo acumulado.
Se dirigió a las termas del cuartel y se sumergió en el agua caliente.
El calor lo envolvió lentamente. Por unos minutos, todo se detuvo. No había Legión. No había secretos. Solo silencio.
Cerró los ojos.
Pero incluso ahí… algo no encajaba.
Abrió los ojos de nuevo.
No podía permitirse relajarse del todo.
Más tarde, ya vestido y con el cabello aún húmedo, caminó hacia la casa de su padre.
El barrio era tranquilo. Gente sencilla, trabajadores, comerciantes. Nada que llamara la atención. O eso parecía.
Golpeó la puerta.
—Adelante —se escuchó desde dentro.
Vesper entró. Su padre estaba organizando algunas cajas, revisando papeles.
—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.
—Entrenamiento —respondió Vesper.
El hombre asintió.
—Como siempre.
Hubo un pequeño silencio.
Vesper se apoyó en una mesa.
—¿Cuándo vuelven el señor y su hija?
Su padre levantó la mirada por primera vez.
—¿Quiénes?
—Los que vinieron a comer el otro día.
El padre dejó los papeles a un lado.
—Ah… ellos.
Caminó hasta una silla y se sentó con calma.
—Hicimos un trato.
Vesper frunció levemente el ceño.
—¿Un trato?
—Sí —continuó—. Él me paga por ayudarlo a establecerse aquí. Yo le doy contactos, lo guío con el mercado, le consigo trabajo. —Hizo una pausa—. Son inmigrantes. Llegaron hace dos años, pero recién ahora pueden asentarse de verdad.
Vesper asintió lentamente.
—No parecían de aquí.
—No lo son.
—¿De dónde vienen?
El padre se encogió de hombros.
—Han pasado por varios lugares. No dieron muchos detalles.
Eso llamó la atención de Vesper… aunque no lo mostró.
—¿Y la hija?
—Buena chica —respondió el padre—. Observadora. No habla mucho.
Vesper recordó su mirada. Atenta. Silenciosa.
—¿Cuándo vuelven?
—En unos días —dijo el padre—. Todavía están terminando de arreglar su traslado.
Vesper se quedó pensativo un segundo.
—Quiero ayudar.
El padre lo miró con interés.
—¿Ayudar?
—Sí. Con la mudanza. Con lo que necesiten.
El hombre lo evaluó unos segundos.
—Podrías hacerlo.
Vesper asintió.
—Entonces lo haré.
Pero el padre levantó una mano.
—Siempre y cuando ese día no entrenes.
Vesper dudó apenas un segundo.
Entrenar era parte de él. No era solo rutina… era disciplina. Era identidad.
Pero…
—Está bien —respondió finalmente.
El padre sonrió levemente.
—Bien. A veces ayudar también es parte de crecer.
Vesper no respondió.
Se quedó mirando las cajas, los objetos, el orden de la casa.
Todo parecía normal.
Pero ya había aprendido algo en esos dos meses:
Lo normal… podía ser una ilusión.
—Avísame cuando lleguen —dijo antes de salir.
—Lo haré.
Al salir, el aire nocturno lo recibió con una brisa fresca.
Caminó unos pasos.
Se detuvo.
Miró hacia atrás, hacia la casa de su padre.
Luego hacia la calle.
Gente caminando. Conversaciones. Risas.
Todo en calma.
Pero algo en su interior le decía que no era casualidad.
Que esas personas…
Ese trato…
Esa llegada…
No eran solo coincidencias.
Y sin darse cuenta, Vesper ya estaba haciendo lo que Morgana le había dicho:
Observar.
La sala de banquetes del palacio de Valdora brillaba bajo la luz de los candelabros. El ambiente era elegante, controlado… pero no relajado. Había una tensión sutil, como si todos los presentes midieran cada palabra antes de decirla.
En la mesa principal estaban Aralik, Selene, Erila, Dorian y varios nobles influyentes, junto a antiguos militares que habían servido en campañas pasadas. El sonido de cubiertos y copas marcaba el ritmo de una cena que, en apariencia, era solo otra reunión formal.
Pero nada era solo eso, ya no.
—Debo decirlo —comentó uno de los nobles, un hombre mayor de voz firme—. Me sorprende que aún no se haya considerado algo tan evidente.
Algunos levantaron la mirada.
—¿A qué se refiere? —preguntó otro.
El noble sonrió levemente, como si la idea fuera obvia.
—A que la princesa de Valdora y el joven Dorian no se casen.
El comentario cayó sobre la mesa como una piedra en agua quieta.
Erila dejó de mover el cubierto.
Dorian alzó la vista.
Se miraron. No dijeron nada.
El silencio duró apenas unos segundos, pero fue suficiente para que todos notaran la incomodidad.
Aralik apoyó lentamente su copa.
—Porque las relaciones entre reinos deben fortalecerse —respondió con voz firme—. No tiene sentido reforzar lazos internos cuando hay alianzas externas que asegurar.
El tono no era agresivo. Era definitivo.
El noble asintió, aunque no del todo convencido.
—Claro… claro. Estrategia.
Selene, sentada a un lado, observaba la escena en silencio.
Pero su mirada… estaba lejos de ser neutral.
Había algo oscuro en ella. Algo contenido.
No miraba a Erila.
No miraba a Dorian.
Miraba a Aralik.
Con odio.
No era evidente para cualquiera. Pero quien supiera observar… lo vería.
Erila lo sintió.
Y bajó la mirada.
La conversación cambió de rumbo casi de inmediato.
Uno de los viejos militares, con cicatrices visibles en el rostro, dejó su copa sobre la mesa.
—Más allá de matrimonios… lo que realmente importa es lo que está haciendo Sagram Varos.
Otro asintió.
—Está avanzando lento… pero firme. No comete errores.
—Eso es lo preocupante —intervino un tercero—. No es un líder impulsivo. Es paciente.
—Y brutal —añadió otro—. Las capturas de espías lo demuestran.
Dorian escuchaba en silencio.
—Cuatro capturados en la última semana —continuó el militar—. Y uno enviado a Zarion.
—Eso no tiene sentido —dijo un noble más joven—. ¿Por qué enviarlo?
—Mensaje —respondió el primero—. O intercambio.
—O algo peor —murmuró otro.
El ambiente comenzó a tensarse.
—Sagram no actúa sin razón —dijo uno de los más veteranos—. Si envió a alguien a Zarion… es porque quiere algo de ahí.
—¿Y nosotros qué hacemos? —preguntó el noble joven—. ¿Esperar?
—Nos estamos preparando —respondió Aralik, interviniendo con autoridad—. Valdora no se lanza a una guerra sin evaluar todas las variables.
—Con respeto, majestad —dijo el militar de las cicatrices—, esperar demasiado también es un riesgo.
—¿Sugiere atacar? —preguntó Aralik.
—Sugiero no quedarnos quietos mientras él gana terreno.
Otro militar apoyó la idea.
—Sagram no solo conquista territorio. Gana influencia. Miedo. Control.
Freya no estaba en la mesa, pero si lo hubiera estado, habría notado algo:
nadie hablaba de información.
Solo de suposiciones.
Vesper tampoco estaba, pero habría pensado lo mismo.
Dorian sí lo notó.
—¿Tenemos datos concretos? —preguntó.
Algunos se giraron hacia él.
—Movimientos, números, objetivos claros.
Hubo un silencio breve.
—Información limitada —admitió uno de los nobles.
—Entonces estamos discutiendo a ciegas —dijo Dorian.
Aralik lo miró.
—Estamos analizando con lo que tenemos.
—No es suficiente —respondió Dorian.
Selene sonrió levemente.
—El joven tiene razón.
Todos se giraron hacia ella.
—No se puede luchar contra alguien como Sagram con suposiciones —continuó—. Se necesita precisión.
Aralik no respondió de inmediato.
La tensión entre ambos era visible, aunque nadie la mencionara.
—Y sin embargo —añadió Selene—, aquí estamos.
El silencio volvió.
Erila apretó levemente los dedos bajo la mesa.
Sabía que esa conversación no era solo sobre guerra.
Era sobre poder.
Sobre control.
Sobre quién decidía… y quién obedecía.
La discusión continuó, elevando el tono poco a poco.
Viejos generales defendiendo estrategias.
Nobles cuestionando decisiones.
Alianzas sugeridas. Riesgos ignorados.
Pero en medio de todo eso…
Había algo más.
Algo que no se decía.
Y los cuatro —aunque no estuvieran todos presentes— ya lo sentían.
Valdora no estaba solo en guerra contra Sagram Varos.
Había otra batalla.
Más silenciosa.
Más peligrosa.
Y estaba ocurriendo… en esa misma mesa.
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