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una venganza ineludible - Capítulo 45

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Capítulo 45: el Consejo

La sala del Consejo no era un lugar común.

Era inmensa.

Circular.

Tallada en piedra oscura, pulida hasta reflejar la tenue luz que descendía desde lo alto, donde una abertura en la cúpula dejaba entrar un haz de claridad directa… justo al centro.

Allí, en ese punto exacto, se encontraba el acusado.

Solo.

Expuesto.

Alrededor, elevándose varios metros por encima, estaban los asientos del Consejo. Dispuestos en forma de anillo, cada uno separado del otro, como si cada miembro fuera una entidad independiente.

No había cercanía.

No había igualdad.

Desde abajo… parecían inalcanzables.

En uno de esos asientos, con postura recta y mirada fija, estaba Vealis Varn.

Juez del Consejo.

Su rostro no mostraba emoción alguna.

Frente a él, el prisionero temblaba.

No por el frío.

Por lo que sabía que venía.

—Se te acusa de intento de fuga bajo custodia del Consejo —dijo Vealis, con una voz clara, firme, sin elevarse—. Rompiste los límites establecidos. Atacaste a tus custodios. Intentaste huir.

El acusado tragó saliva.

—Yo… yo solo…

—Silencio.

Una sola palabra.

Y bastó.

El hombre se quedó inmóvil.

No por obediencia.

Por miedo.

Vealis no lo miraba como a una persona.

Lo miraba como a un caso.

—Aquí no se discute lo evidente —continuó—. Aquí no se negocia lo decidido.

El silencio en la sala era absoluto.

Ni un susurro.

Ni un movimiento.

Los demás miembros del Consejo observaban.

Sin intervenir.

Sin gesticular.

El acusado dio un paso adelante, desesperado.

—¡Por favor! ¡No logré escapar! ¡No hice daño real! ¡Pueden darme otra oportunidad!

Vealis lo observó.

Un segundo.

Dos.

Luego habló.

—El intento es suficiente.

Pausa.

—La intención… condena más que el acto.

El hombre negó con la cabeza.

—No… no pueden…

—Podemos.

Y entonces, sin levantar la voz, sin cambiar el tono, dictó:

—Sentencia: muerte.

No hubo reacción del Consejo.

No hubo discusión.

No hubo segunda opinión.

Era final.

Dos guardias entraron de inmediato, sujetaron al prisionero y comenzaron a arrastrarlo fuera del círculo.

El hombre gritaba.

Suplicaba.

Pero sus palabras…

No tenían peso en ese lugar.

La puerta se cerró.

Y el silencio volvió.

Vealis permaneció sentado.

Inmóvil.

Como si nada hubiera pasado.

Porque para él…

No había pasado nada importante.

Minutos después, fuera de la sala, en un pasillo amplio pero igualmente vigilado, un mensajero esperaba.

No se le había permitido entrar.

Nadie entraba sin autorización.

Nadie.

Cuando las puertas finalmente se abrieron, Vealis salió.

Solo.

El mensajero se enderezó de inmediato.

—Mi señor —dijo, inclinando la cabeza—. Traigo un mensaje.

Vealis no se detuvo.

—Habla.

—Es de Selene Marwyn.

Eso…

Lo hizo detenerse.

Lentamente, giró la cabeza hacia el mensajero.

—Dámelo.

El mensajero avanzó con cuidado y le entregó la carta.

Vealis la tomó.

Observó el sello.

No dijo nada.

La abrió en ese mismo instante.

El papel se desplegó con un leve sonido.

Leyó.

Rápido.

Pero atento.

Su expresión no cambió al principio.

Pero sus ojos…

Sí.

Se detuvieron en una línea.

Luego en otra.

Terminó.

Bajó la carta lentamente.

El mensajero esperaba.

Sin moverse.

Sin respirar más fuerte de lo necesario.

—Puedes irte —dijo Vealis.

El tono no había cambiado.

Pero había algo distinto.

El mensajero asintió.

—Sí, mi señor.

Y se retiró de inmediato.

Vealis se quedó solo en el pasillo.

Mirando la carta.

Pensando.

Por primera vez…

No parecía completamente indiferente.

Horas después…

El mismo mensajero cruzaba otro sector del complejo.

Más interno.

Más restringido.

Había pasado controles.

Revisiones.

Guardias.

Hasta llegar a una sala diferente.

No circular.

No imponente en tamaño.

Pero sí en presencia.

Allí se encontraba Cassian.

Alto consejal.

De pie frente a una mesa cubierta de documentos.

No levantó la mirada cuando el mensajero entró.

—Habla —dijo, sin mirarlo.

—Mi señor… traigo un mensaje de Selene Marwyn.

Eso…

Sí lo hizo reaccionar.

Levantó la vista.

Sus ojos eran más duros que los de Vealis.

Más analíticos.

—Acércate.

El mensajero obedeció.

Extendió la carta.

Cassian la tomó sin agradecer.

Rompió el sello sin dudar.

Y leyó.

No se apresuró.

Cada línea parecía evaluada.

Medida.

Pesada.

El silencio se volvió más denso.

Más incómodo.

El mensajero no se atrevía a moverse.

Cassian terminó.

Bajó la carta.

Pero no habló de inmediato.

Se quedó mirando el papel.

Luego…

Lo dejó sobre la mesa.

Y levantó la vista.

—Retírate.

El mensajero asintió.

—Sí, mi señor.

Y salió.

Rápido.

Sin mirar atrás.

Cassian quedó solo.

Mirando la carta.

Pensando.

Sus dedos golpearon levemente la mesa.

Un gesto mínimo.

Pero inusual.

Tomó la carta nuevamente.

La leyó otra vez.

Más lento.

Más profundo.

Finalmente, habló.

En voz baja.

—¿Qué estás haciendo… Selene?

No era confusión.

Era algo más peligroso.

Era conciencia.

Porque entendía…

Que esto no era una simple advertencia.

Era un movimiento.

Y el Consejo…

No estaba acostumbrado a que alguien moviera piezas dentro de su propio juego.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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