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una venganza ineludible - Capítulo 44

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  3. Capítulo 44 - Capítulo 44: la llegada de las cartas: I
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Capítulo 44: la llegada de las cartas: I

El camino hacia Galandor estaba cubierto por una ligera neblina matinal cuando el mensajero cruzó las puertas del reino. Su caballo venía agotado, cubierto de sudor, pero no se detuvo hasta llegar al corazón del recinto donde sabía que debía ir.

No pidió descanso.

No preguntó.

Solo avanzó.

Los guardias lo dejaron pasar al reconocer el sello que llevaba consigo.

Atravesó pasillos amplios, de piedra pulida, hasta llegar a un patio interior donde el sonido de la magia en uso llenaba el aire.

Allí estaban.

Aldric y Lucius.

Ambos de pie, separados por varios metros, con varitas en mano.

No entrenaban por simple práctica.

Era precisión pura.

Aldric realizó un movimiento corto con la muñeca.

Un destello surgió de su varita y golpeó un pequeño objeto en movimiento, desviándolo apenas unos centímetros… lo justo.

Lucius respondió.

Más rápido.

Más agresivo.

Su hechizo atravesó el aire como una línea recta, impactando otro objetivo en pleno desplazamiento.

Ninguno hablaba.

No lo necesitaban.

Cada movimiento era medido.

Cada hechizo… exacto.

El mensajero se detuvo a una distancia prudente.

Observó.

No pudo evitarlo.

Era impresionante.

No había errores.

No había dudas.

Solo dominio.

Esperó.

No interrumpió.

Hasta que finalmente, Aldric bajó la varita.

Lucius hizo lo mismo un segundo después.

Ambos se giraron casi al mismo tiempo.

Habían notado su presencia desde hacía rato.

—¿Qué ocurre? —preguntó Aldric, con tono firme.

El mensajero avanzó, bajando la cabeza levemente en señal de respeto.

—Traigo correspondencia urgente.

Sacó dos cartas cuidadosamente resguardadas.

—Una para usted… y otra para el señor Lucius.

Se acercó primero a Aldric, entregándole la suya.

Luego a Lucius.

Ambos tomaron las cartas sin decir nada.

El mensajero retrocedió un paso.

Aldric observó el sello unos segundos antes de romperlo.

Lucius hizo lo mismo.

El silencio volvió.

Pero ahora era distinto.

Pesado.

Ambos leían.

Con atención.

Sin apuro.

Cada línea parecía importante.

El viento apenas movía sus ropas.

El mensajero no se movía.

Ni respiraba más fuerte de lo necesario.

El tiempo pareció alargarse.

Hasta que…

Aldric bajó la carta lentamente.

Lucius hizo lo mismo un instante después.

Se quedaron en silencio.

Mirando el papel.

Procesando.

Luego…

Sus miradas se cruzaron.

Directas.

Sin filtro.

Había algo en sus expresiones.

Algo que no estaba antes.

—¿Qué pasa? —preguntó Lucius, serio.

Aldric no respondió de inmediato.

Seguía mirando la carta.

Luego levantó la vista.

—Eso mismo quiero saber.

El silencio volvió.

Pero ya no era incertidumbre.

Era el inicio de algo.

El viaje hacia Litria no fue sencillo.

El mensajero cabalgó durante días, atravesando caminos estrechos, bosques densos y llanuras abiertas donde el viento golpeaba sin piedad. No se detuvo más de lo necesario. Apenas comía. Apenas dormía.

Sabía que lo que llevaba… importaba.

Cuando finalmente llegó, el paisaje cambió de inmediato.

Ante él se alzaba el castillo de Litria, imponente en su propia forma. No era el más grande, pero sí uno de los más sólidos. Altas murallas de piedra oscura rodeaban el complejo, perfectamente construidas, sin puntos débiles visibles.

Un río ancho y profundo rodeaba todo el palacio, funcionando como una defensa natural. El agua fluía lentamente, pero su profundidad imponía respeto.

El único acceso era un puente levadizo reforzado con hierro.

Y completamente vigilado.

Guardias en formación, inmóviles, atentos a cada detalle.

El mensajero se detuvo frente a ellos.

—Traigo un mensaje —dijo, mostrando el sello—. Es de Selene Marwyn.

Uno de los guardias se acercó, inspeccionó el sello y luego asintió.

—Pasa.

El puente descendió con un sonido pesado.

El mensajero cruzó.

Cada paso se sentía observado.

Al otro lado, las puertas del castillo se abrieron lentamente.

Dentro, el ambiente era aún más rígido. No había adornos innecesarios. Todo era funcional. Estratégico. Cada esquina tenía vigilancia.

Fue guiado sin palabras hasta la sala principal.

Allí estaba el rey.

Rey Darion Kael.

De pie, frente a su trono.

Alto, de expresión dura, rodeado por guardias de élite que no apartaban la mirada ni un segundo.

—Habla —ordenó, directo.

El mensajero inclinó la cabeza.

—Mi señor, traigo un mensaje de Selene Marwyn.

Un leve cambio en la expresión del rey.

—Acércate.

El mensajero avanzó con cuidado.

Al llegar, extendió la carta.

Darion la tomó sin decir nada.

La observó un instante.

—Puedes retirarte.

El mensajero dudó.

—Mi señor…

Darion lo miró.

—Sal de mi palacio.

El tono fue seco.

Cortante.

—Sí, mi señor.

El mensajero no dijo más. Se retiró rápidamente, escoltado hasta la salida.

El silencio quedó en la sala.

Darion sostuvo la carta unos segundos.

Mirando el sello.

Pensando.

Finalmente, la abrió.

El papel crujió suavemente.

Desplegó la carta.

Comenzó a leer.

Sus ojos se movían con rapidez, pero su rostro…

Cambió.

Primero, neutral.

Luego, más serio.

Después… tenso.

Su ceño se frunció.

Sus dedos apretaron ligeramente el borde del papel.

Terminó de leer.

Bajó la carta lentamente.

La sala seguía en silencio absoluto.

Nadie se movía.

Nadie hablaba.

Pero todos notaban el cambio.

Darion no levantó la vista de inmediato.

Se quedó quieto.

Procesando.

Como si lo que había leído… no fuera lo que esperaba.

Como si algo no encajara.

Finalmente, alzó la mirada.

Su expresión era distinta.

Más dura.

Más alerta.

—¿Qué pasa…? —murmuró, en voz baja.

No era una pregunta para los demás.

Era una grieta en su certeza.

Y eso…

Era peligroso.

El camino hacia Varental era distinto a todos los demás.

Más abierto. Más expuesto.

No había bosques densos ni montañas que ocultaran el trayecto. Era una extensión amplia de terreno firme, donde el viento corría sin obstáculos y donde cualquier movimiento podía verse a la distancia.

El mensajero avanzaba sabiendo eso.

Sabía que allí… nada pasaba desapercibido.

Y cuando finalmente lo vio…

Entendió por qué.

El palacio de Varental no estaba rodeado por murallas como los otros reinos. No las necesitaba. En su lugar, se alzaba en medio de una elevación natural, rodeado por estructuras de vigilancia, torres altas y posiciones estratégicas donde arqueros y observadores controlaban todo el terreno.

Era un lugar difícil de atacar.

Porque nadie podía acercarse sin ser visto.

El mensajero fue detectado mucho antes de llegar.

Dos jinetes salieron a su encuentro.

—Detente —ordenó uno de ellos.

El mensajero frenó.

—Traigo un mensaje —dijo, mostrando el sello—. Es de Selene Marwyn.

Los jinetes intercambiaron miradas.

Uno asintió.

—Síguenos.

No lo dejaron avanzar solo.

Lo escoltaron.

Siempre vigilado.

Al acercarse, el palacio se reveló completamente. No era excesivamente grande, pero sí sólido, construido con piedra clara que reflejaba la luz del sol. Todo estaba ordenado, limpio, controlado.

No había caos.

No había improvisación.

Fue llevado directamente al interior.

Pasillos rectos, sin adornos innecesarios. Guardias en cada intersección. Miradas que evaluaban cada movimiento.

Hasta llegar a la sala central.

Allí, de pie, estaba el rey.

Rowan Valtheris.

No estaba sentado en su trono.

Estaba esperando.

Rodeado por un pequeño grupo de guardias de élite.

Su presencia no era intimidante por fuerza… sino por control.

Por la forma en que observaba.

Como si ya supiera más de lo que decía.

—Habla —dijo, sin rodeos.

El mensajero inclinó la cabeza.

—Mi señor, traigo un mensaje de Selene Marwyn.

Un leve gesto en el rostro de Rowan.

No sorpresa.

Reconocimiento.

—Acércate.

El mensajero avanzó.

Sintiendo el peso de las miradas.

Al llegar, extendió la carta.

Rowan la tomó con calma.

La observó un segundo.

—Puedes retirarte.

El mensajero dudó apenas.

—¿Mi señor…?

Rowan lo miró directamente.

—Sal de Varental.

No elevó la voz.

Pero no dejó espacio a otra opción.

—Sí, mi señor.

El mensajero se retiró de inmediato, escoltado hacia la salida.

El silencio quedó en la sala.

Rowan sostuvo la carta unos segundos más.

No la abrió de inmediato.

La giró entre sus dedos.

Pensando.

Midiendo.

Finalmente, rompió el sello.

Desplegó el papel.

Y comenzó a leer.

Sus ojos se movían con precisión.

Rápido.

Pero su expresión…

No cambió al principio.

Se mantuvo firme.

Controlada.

Hasta que avanzó más en la lectura.

Ahí…

Hubo algo.

Un leve endurecimiento en la mirada.

Una pausa apenas perceptible.

Continuó leyendo.

Más atento.

Más concentrado.

Terminó.

Bajó la carta lentamente.

El salón estaba completamente en silencio.

Nadie se movía.

Nadie hablaba.

Rowan no levantó la vista de inmediato.

Miraba el papel.

Como si analizara cada palabra otra vez.

Como si buscara algo oculto.

Finalmente, habló.

En voz baja.

—¿Qué pasa…?

Pero a diferencia de otros…

No sonó confundido.

Sonó…

Preocupado.

Y eso, en alguien como Rowan…

Era mucho peor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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