Una Vida (Casi) Perfecta - Capítulo 31
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Capítulo 31: CAPÍTULO 31: SIN MÁRGENES DE ERROR
Es lunes por la mañana y la casa está en su habitual caos tranquilo. Alex prepara café mientras los mellizos discuten por quién usa primero el baño. Caín, como siempre, baja con los auriculares puestos, ajeno al mundo. Él ya ha acabado las clases en la universidad y muchas veces nos ayuda con los mellizos cuando tenemos que trabajar hasta tarde.
–Mamá, ¿puedes decirle a Katie que me deje entrar al baño? –protesta Diego.
–Diego, cállate –grita Katie desde el interior–. ¡Sólo tardo cinco minutos!
–Llevas quince –replica él.
–Katie, no grites y no le hables así a tu hermano. Diego, espérate o usa nuestro baño –les respondo mientras sigo tomando mi café.
Alex me lanza una mirada divertida mientras bebe de su taza de café.
–¿Te acuerdas cuando pensábamos que tener bebés era lo difícil?
–Qué ingenuas éramos –respondo con una sonrisa.
Pero justo cuando me siento en la mesa para tomar el primer sorbo, mi móvil vibra. Es un mensaje del canal cifrado de la agencia. Código rojo. Alex lo ve también. Se acabó la calma.
Nos miramos. Nada más hace falta.
–Niños –digo levantándome–, Alex y yo tenemos que salir antes. Caín, ¿puedes llevar a tus hermanos al colegio?
Caín asiente. Ya está acostumbrado a esto. Los tres lo están. Les enseñamos desde pequeños a entender que, a veces, mamá y Alex tenían que irse sin dar explicaciones.
Minutos después, estamos en el coche. Alex conduce mientras yo abro el informe en la tablet.
–¿Qué tenemos? –pregunta.
–Un objetivo prioritario reaparecido en Berlín. Se llama Marek Novak. Ex agente doble, experto en armas químicas. Vendió secretos a organizaciones terroristas y desapareció hace cinco años. La última pista lo sitúa en un complejo industrial en desuso.
–¿Vamos solas?
–No. Nos reunimos con un pequeño equipo táctico en la base alemana. Pero esta misión es nuestra.
Alex aprieta el volante. Ya la conozco. Está preocupada, aunque no lo diga. Este tipo de objetivos no aparecen por casualidad. Y si la agencia nos llama a nosotras, es porque quieren resultados sin errores.
Durante el vuelo, repasamos el plan. Entrar al complejo, verificar la presencia de Novak, capturarlo si es posible. Si no, neutralizarlo.
Y mientras hago eso, en silencio, pienso en los niños. En Caín, que hoy tiene la última presentación de la universidad, y que hace desde casa. En los mellizos, que querían que los ayudara con un experimento para clase. Me duele no estar ahí. Pero hay cosas más grandes en juego. Siempre las hay.
Ya en Berlín, el ambiente es frío, húmedo, y tenso. El equipo nos espera en una furgoneta camuflada. En cuanto nos reunimos con ellos, revisamos los últimos detalles.
–¿Estás lista? –me pregunta Alex mientras revisa su arma.
–Siempre lo estoy cuando estás a mi lado.
Me sonríe. Nos acercamos por los flancos. Yo entro por el lado norte. Alex, por el este. El edificio es oscuro, lleno de polvo y silencio. Hasta que una sombra cruza por delante de mí. Lo sigo sin pensarlo.
En una de las salas, Marek está trabajando frente a una mesa llena de viales y papeles.
–¡Quieto! –grito apuntándole.
Se gira. No parece sorprendido. Sabe quién soy. Nos estudiamos durante un segundo que parece eterno. Él mueve una mano hacia el bolsillo. Yo disparo primero. No para matarlo. En la pierna. Grita y se cae.
Alex entra segundos después. Le pone las esposas mientras yo aseguro el lugar.
–Fuiste rápida –me dice.
–No me iba a arriesgar. Ese hombre mató a demasiada gente.
Volvemos a casa al día siguiente. Exhaustas, pero vivas. Marek está bajo custodia. La misión ha sido un éxito.
Cuando llegamos, los niños están sentados en el salón, viendo una película.
Caín se levanta y me abraza sin decir nada. Katie corre hacia Alex y se le lanza encima. Diego nos sonríe, aliviado.
–¿Todo bien? –pregunta Caín.
–Todo bien –respondo. Y por una vez, no es una frase para calmar. Es verdad.
Nos sentamos con ellos. Dejamos las armas, las misiones y el miedo en la puerta por unas horas. Porque aunque el mundo allá fuera nunca se detenga, este, el que hemos construido con amor y esfuerzo, es el que nos da la fuerza para seguir saliendo y volver.
Ya ha pasado una semana desde Berlín. Todo parece haber vuelto a la normalidad, o al menos, lo más parecido a eso que podemos permitirnos.
Los niños están bien, Alex y yo hemos vuelto a nuestra rutina, y esta noche hemos logrado algo casi imposible: una cena en familia, sin móviles, sin interrupciones, sin alarmas. Risas, bromas y platos vacíos.
–¿Y entonces qué hiciste? –pregunta Katie, con los ojos brillantes.
–Le dije al profesor que no era justo que nos pusiera un trabajo en grupo si él sabía que Jorge y Lucía no hacen nada –responde Diego, orgulloso–. ¡Y me lo dejó hacer solo!
–Ese es mi chico -dice Alex, dándole un golpe amistoso en el hombro.
Caín sonríe desde su asiento. Lo noto callado, más de lo habitual. Después de cenar, me acerco a él mientras los mellizos recogen la mesa. Lo aparto a un lado para que no nos puedan oír
–¿Estás bien, cariño?
Asiente con la cabeza, pero no me convence. Lo conozco demasiado bien. Espero a que Alex suba con los mellizos y los acueste.
–¿Qué pasa?
–Hoy en la universidad alguien dejó un sobre en mi taquilla. No tenía nombre. Solo una foto. No le he dado importancia, ya que solo he ido a recoger mis cosas. Sabes que se ha acabado el curso y nos piden recogerlo todo. He supuesto que sería alguna chica loca.
Me la entrega. Miro la imagen. Es de él, entrando a clase. Tomada desde lejos. Hay un mensaje escrito a mano en la parte de atrás: “Sabemos quién eres. Sabemos quiénes son tus madres.”
Un escalofrío me recorre la espalda. Mi cuerpo entra en alerta, aunque intento mantener el rostro tranquilo.
–¿Alguien te siguió? ¿Viste algo raro?
–No que yo sepa. Pero esto no me gusta nada.
–Has hecho bien en decírmelo. Déjamelo. Nosotras nos encargamos.
–¿Vosotras? –me pregunta, pero ya sabe la respuesta.
Más tarde, cuando los niños duermen, Alex y yo revisamos la foto bajo luz ultravioleta. Confirmamos lo que temíamos: es papel de archivo de la agencia. Interno. Esto no es solo un loco cualquiera. Es alguien con acceso a nuestras operaciones.
–Una fuga –dice Alex, cerrando los ojos un momento, como si intentara controlar su rabia–. Y se están metiendo con nuestros hijos.
–Entonces no hay margen de error. Vamos a encontrar quién está detrás de esto.
Activamos una rutina de vigilancia silenciosa. Cámaras encubiertas alrededor de la universidad. Seguimiento en las redes. Revisión de personal vinculado a operaciones antiguas.
En menos de veinticuatro horas, tenemos un nombre: Sofía Yelich, ex analista de contrainteligencia. Fue expulsada tras filtrar información a un grupo separatista europeo. Desaparecida desde entonces. Pero no para siempre, al parecer.
Dos días después, recibimos un aviso. Un dron de vigilancia detecta un movimiento inusual cerca del campus. En la azotea de un edificio cercano, alguien monta un rifle de largo alcance.
El mundo se detiene por un segundo. Caín está en ese edificio. Justo ahora. Ha ido a recoger sus notas.
Alex y yo no lo pensamos. Subimos al coche, conducimos sin parar, saltamos protocolos, semáforos, todo. En cinco minutos estamos en el campus. En siete, estamos en la azotea.
Sofía está ahí. Y su mirada se cruza con la mía cuando ya tiene el arma montada.
–¡Suelta el rifle! –le grito.
–¡Demasiado tarde!
Dispara. Mi corazón se detiene. Pero no apunta a Caín. El tiro es al aire. Distracción. Ella corre. Alex la alcanza primero. La derriba. Yo aseguro el rifle.
–¿Por qué? –le exijo mientras le esposamos las manos.
–Porque destruiste mi vida. Y ahora quería destruir algo tuyo. Pero no era el momento, aún –responde, con una sonrisa enferma.
Horas después, en casa, Caín me abraza en silencio. No le doy todos los detalles, pero él ya sabe en que trabajamos.
–Lo siento –le digo–. Por meterlos en este mundo, por todo lo que arrastra.
–No lo hiciste sola. Y además, gracias a ti y a mami estoy vivo. Lo sé desde hace tiempo, pero no os dije nada para no meteros en líos y no afectar a mis hermanos.
Me aprieta más fuerte. Siento que no soy tan fuerte como parezco. Pero entonces Alex entra en la habitación, nos mira, y me toma de la mano.
–No estamos solos –dice.
Y es cierto. Veo una luz roja en el ojo del oso de peluche de Caín. Lo tomo y arranco una cámara de dentro.
–Mi osito. ¿Por qué le has arrancado el ojo?
–No es un ojo. Es una cámara de video.
Rompo la cámara y la tiro en una esquina. Caín cae enseguida.
–Alguien nos vigila. Caín, comprueba la habitación de tus hermanos. Destruye todas las cámaras que veas.
Caín corre a la habitación de los mellizos y revisa cada esquina, cada juguete. Después de varios minutos ha destruido cinco cámaras que estaban escondidas en los juguetes y peluches. Él mismo decide hacer lo mismo en su habitación. Mientras tanto, Alex y yo nos encargamos del resto de la casa. En total sacamos unas veinte cámaras, que destrozamos y tiramos lejos de la casa.
–Es la primera vez que creo que vuestro trabajo es un asco.
–Yo también lo pienso muchas veces. Bienvenido al club, cariño.
Le digo un poco cansada de haber recorrido toda la casa en menos de una hora. Volvemos a entrar y vemos a Alex mirando unos documentos en la tablet. Me siento a su lado y Caín se sienta cerca de nosotras.
–¿Qué miras, mi amor?
–Busco las grabaciones de casa. Quiero saber quien ha entrado a poner esas cámaras.
Alex pasa unos minutos buscando hasta que encuentra las grabaciones.
–Maldita sea. Lo han borrado. No sabemos quién es.
–Lo suponía.
Caín nos mira y duda un poco antes de preguntar.
–¿Puedo dejar la universidad para trabajar con vosotras? Sé que no es momento de hablar sobre esto, pero quería preguntarlo ahora.
Miro a Alex sin saber que responderle a nuestro hijo. Ella intenta buscar una respuesta, pero sigue pensando. Después de unos minutos Alex consigue responderle a Caín.
–Nuestro trabajo es peligroso. No creo que sea conveniente que trabajes con nosotras.
–Pero vosotras trabajáis juntas desde que tengo memoria –Caín replica.
–Ya, pero nosotras nos conocimos allí después de años de trabajar en esto –le explico para que lo entienda.
–Quiero trabajar con vosotras en la CIA. Me gusta mucho más que periodismo. Esto tiene más acción.
Sigo pensando en la posibilidad de que Caín trabaje con nosotras, pero sigo viéndolo como el niño de cinco años que venía a vernos después del colegio. Alex responde por mí esta vez.
–Ni se te ocurra aceptar que trabaje con nosotros. Es peligroso. Y aún es muy joven.
–Yo empecé con 16 a trabajar en la CIA. Él ya tiene 21.
Caín pone esos ojos de cachorrito indefenso que tanto nos derriten. Yo ya quiero decirle que sí, pero Alex se resiste.
–No puedes manipularme así. Sabes que soy débil antes eso.
Alex aparta un momento la mirada y suspira. Vuelve a mirar a Caín y al final acepta.
–Hablaré con Alfonso, pero no te hagas ilusiones con eso. Es difícil entrar allí.
–No es difícil. Yo entré sin hacer pruebas.
–Porque eres hija de Luna Lewis.
–Envidiosa.
Me burlo de Alex y ella acaba encima de mí intentando hacerme cosquillas. Al final me rindo y acabamos riendo. Los tres subimos a nuestras habitaciones y nos dormimos en cuestión de segundos.
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