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Una Vida (Casi) Perfecta - Capítulo 30

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  3. Capítulo 30 - 30 CAPÍTULO 30 ADIÓS A QUIEN NO ESTUVO
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30: CAPÍTULO 30: ADIÓS A QUIEN NO ESTUVO 30: CAPÍTULO 30: ADIÓS A QUIEN NO ESTUVO Alex baja unos minutos después.

Se sienta a mi lado, lo que hace que yo salga de mis pensamientos y me centre en estar con ella.

Me acerco a su lado y ella me abraza.

–¿Cómo lo han tomado?

–le pregunto en voz baja, mientras me acaricia el pelo.

–No han llorado, pero les ha dolido.

Se les nota.

Lo llevan por dentro, como Caín.

Suspiro agotada y sin fuerzas.

–Tienen mi fuerza –dice ella con suavidad–.

La misma que tú odias que tenga a veces.

–No quiero que la tengan si significa aguantar tanto dolor sin hablarlo.

–Ellos lo hablan, y lo hacen mejor que yo.

–Lo sé.

Me da un par de besos en la cabeza antes de atraerme más a ella para abrazarme mejor.

Yo apoyo mi cara contra su cuello y dejo escapar un suspiro.

Poco después subimos a la habitación a dormir.

A la mañana siguiente nos despertamos y despertamos también a los niños.

Los tres bajan a desayunar en silencio.

Cuando los mellizos terminan, recogen sus platos y van directos al salón a jugar un poco.

Caín se queda sentado pensando en algo.

Unos minutos después decide hablar para hacerme una pregunta.

–¿Podemos…?

¿Podemos ir al cementerio algún día?

Para ver a papá.

Aunque sea solo una vez.

Lo miro, y asiento sin dudar.

–Claro que sí.

Cuando tú quieras.

–Quiero despedirme –dice él, sin alzar mucho la voz–.

No como hijo, sino como persona.

Como alguien que alguna vez quiso entenderlo y lo vio como su padre.

–Está bien, Caín.

Te acompaño.

Él asiente y sigue comiendo en silencio.

Dejo a Caín con Alex y miro hacia el salón.

Veo que los mellizos no están allí y deduzco que han subido a su habitación.

Subo a verlos.

Katie está sentada con la tablet, viendo algo que no parece interesarle.

Diego hojea un libro sin pasar de página.

–¿Queréis que hablemos un rato?

–pregunto desde la puerta.

Ambos me miran.

Katie asiente con la cabeza y Diego hace lo mismo.

Me siento en medio de los dos.

–¿Queréis saber algo más sobre vuestro padre?

–pregunto.

–¿Cómo era cuando no era un criminal?

–pregunta Katie con voz baja.

Trago saliva.

Esa pregunta me atraviesa.

–Era un chico impulsivo, pero divertido.

Muy protector.

Le gustaba bromear conmigo y odiaba que alguien me hiciera daño.

Tenía un lado bueno.

Solo, se perdió con el tiempo.

Eligió caminos que lo cambiaron.

–¿Nos quería?

–pregunta Diego sin levantar la vista del suelo.

–Sí –respondo, sin titubear–.

A su manera, sí.

No supo ser padre, ya que no llegó a conoceros, pero eso no significa que no os quisiera.

Los mellizos se acercan a mí, uno a cada lado.

Los abrazo y cierro los ojos.

Los tres permanecemos así, en un silencio mucho más cálido que el de antes.

Cuando salgo de la habitación, Alex me espera en el pasillo.

–¿Estás bien?

–pregunta.

–No, pero estoy mejor que hace unas horas.

–Eso es un comienzo.

Me toma de la mano, y vamos juntas a nuestro dormitorio.

Al cerrar la puerta, siento que todo el peso de la mañana por fin me cae encima.

Me siento en la cama y respiro hondo.

–¿Sabes qué?

–le digo a Alex–.

Tal vez Jason no pudo estar para ellos.

Pero nosotras sí lo estamos.

Y lo estaremos siempre.

Ella se arrodilla frente a mí, pone sus manos en mis rodillas y sonríe con ternura.

–Siempre, bambina.

Ellos tienen dos madres que los aman con todo el corazón.

Eso es más de lo que muchos niños tienen.

La beso despacio, porque en medio del duelo, del pasado que regresa y del futuro incierto, ella es mi refugio.

Y yo, el de ella.

Ha pasado una semana entera.

Es sábado por la mañana.

No hay clases, no hay misiones, no hay nada urgente, salvo lo que llevamos en el pecho.

Caín me espera en la entrada, vestido de oscuro.

No lo ha dicho, pero sé que quiere hacerlo con respeto.

Lleva una flor blanca en la mano.

Le tiembla un poco.

Yo también tengo una, aunque no creo que eso calme nada.

Alex me acompaña hasta la puerta, me besa en la mejilla y me desea suerte.

Sabe que esto es algo entre Caín y yo.

Algo que necesita hacer.

El camino al cementerio es silencioso.

Solo el sonido del coche y, de vez en cuando, el aire que Caín exhala profundamente.

No sé si quiere hablar o si necesita estar en su mundo.

Le respeto el espacio.

Le observo de reojo.

Se parece tanto a mí en eso, en cómo guarda el dolor y lo convierte en fuego por dentro.

Llegamos.

Caminamos entre las lápidas, guiados por el encargado hasta la zona de reclusos sin familia.

Está todo muy sombrío.

Nada de cruces lujosas ni placas doradas.

Solo una piedra gris, con el nombre “Jason Muller” grabado, la fecha de nacimiento, y la de muerte.

Nos detenemos frente a ella.

Caín respira hondo.

Mira la lápida durante un largo minuto.

Luego se agacha y deja la flor.

Yo también lo hago.

–Hola, Jason –dice.

No “papá“.

Solo Jason.

Ya me lo esperaba.

Yo me quedo en segundo plano, detrás de él, sin interrumpir.

–No sé si mereces esto, pero yo lo necesito –continúa–.

No entiendo muchas cosas.

No entiendo por qué elegiste ese camino, por qué no estuviste ahí, por qué no fuiste otra persona.

Pero hoy quiero soltar todo eso.

Porque si no lo hago, me enveneno.

Hace una pausa.

Yo cierro los ojos intentando reprimir las lágrimas.

–Mamá me contó cómo eras antes, ya que era muy pequeño cuando te fuiste y no me acuerdo.

Me dijo que fuiste valiente, divertido, incluso protector.

A lo mejor hubo un momento en el que realmente quisiste ser mejor.

Pero el mundo te ganó.

O no peleaste lo suficiente.

Sus manos están en los bolsillos.

Le veo apretar los puños con fuerza.

–No sé si te odio.

Pero ya no quiero cargar contigo.

Yo no soy tú.

No tengo que ser tú.

Quiero ser mejor y estar al lado de mamá.

Mira la lápida una vez más.

Luego da un paso atrás.

Se gira hacia mí.

Lo abrazo sin decir nada.

Siento cómo se le relaja el cuerpo.

Lo necesitaba.

Yo también.

–¿Quieres quedarte un rato más?

–pregunto.

–No.

Ya dije lo que tenía que decir.

Salimos del cementerio con pasos lentos.

Caín no llora.

Pero hay paz en su rostro.

Como si hubiera cerrado una puerta que llevaba abierta muchos años.

En el coche, vuelve a guardar silencio, pero esta vez no es tristeza.

Es descanso.

Cuando llegamos a casa, los mellizos están en el jardín.

Corren, se persiguen.

Todo sigue como antes.

Caín me da una palmada en el brazo antes de subir a su habitación.

–Gracias por venir conmigo –me dice.

–Siempre estaré contigo –respondo.

Y lo digo en voz alta, pero también para mí.

Porque ese es el compromiso que hice desde el primer momento en que me convertí en madre: estar.

A pesar de todo.

Siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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