Una Vida (Casi) Perfecta - Capítulo 35
- Inicio
- Una Vida (Casi) Perfecta
- Capítulo 35 - Capítulo 35: CAPÍTULO 35: TE ELIJO EN EL CAOS
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 35: CAPÍTULO 35: TE ELIJO EN EL CAOS
Pasan cinco días. Cinco días sin noticias de Sofía. Cinco días en los que la CIA, INTERPOL y hasta el MI6 rastrean cada rincón del continente sin hallarla. Hasta que una señal aparece. No es un error, es una provocación hacia nosotros.
Un patrón antiguo, casi olvidado: coordenadas cifradas enviadas a un canal que sólo Jason usaba desde dentro de la cárcel. Solo hay una persona que reconoce el código. Caín.
–Es ella –dice Caín sin dudas–. Nos está llamando. Quiere que vayamos.
–Maldita perra –Alex murmura caminando por el lugar.
–Hay un mensaje –miro la pantalla.
El mensaje incluye una ubicación: una vieja central hidroeléctrica abandonada en las afueras de Varsovia, en Polonia. Y una frase escrita en un archivo adjunto: “Esto termina donde empezó todo.”
Alex y yo sabemos lo que significa. Allí es donde comenzó la operación que no terminó Jason desde la prisión. Donde nació todo. Donde Sofía cambió por él.
Nos armamos en menos de seis horas. Cero refuerzos. Cero margen de error. Sólo nosotros tres, como al principio.
La entrada al complejo es sencilla. Demasiado para venir de esa mujer. Algo no encaja. Caín lo percibe también. Se adelanta a nosotras, con sus ojos afilados recorriendo cada sombra.
–Piso 2, cámara térmica –murmura–. Hay alguien. Solo una persona y está sentada.
Avanzamos cautelosos. La sala es amplia, cubierta de monitores rotos y polvo, mucho polvo. Y en medio, una silla. Sofía. Sin armas y sin chaleco. Vestida con el mismo abrigo largo con el que la vimos por última vez. La misma mirada. Vacía y afilada.
–Habéis tardado mucho –dice con una sonrisa helada–. ¿Os costó mucho explicárselo a los niños?
Caín da un paso adelante, pero le pongo la mano en el pecho para detenerlo. Tengo que hacerlo antes de que haga algo estúpido y peligroso.
–¿Qué es esto, Sofía? –pregunta Alex–. ¿Una trampa? ¿Una despedida?
–Un final –responde ella, levantando lentamente las manos–. Estoy cansada. He perdido. Y ya no queda nadie por salvar.
–Nunca intentaste salvar a nadie –digo–. Solo querías ver el mundo arder.
–No. Solo quería que el mundo me viera y me conociera. A mí. No a Jason. No a vosotras. A mí.
El silencio se apodera del lugar. Sofía cierra los ojos y por primera vez, parece humana. Rota y frágil.
–Está desarmada –murmura Caín intentando avanzar hacia ella sin bajar su arma ni un centímetro.
–Pero no está limpia –respondo.
Caín se acerca aún más. Cuando está a menos de un metro, Sofía abre los ojos y le sonríe con maldad.
–Te pareces a él –susurra–. Pero eres mejor. Porque no has tenido que fingir ser bueno.
Caín no responde. Solo baja el arma y le pone las esposas con firmeza. Sofía no se resiste. La llevamos al avión sin una sola palabra más. Ella no mira atrás. Y nosotros tampoco.
Sofía es llevada a EE. UU. Está en una prisión de máxima seguridad, en régimen de silencio total. Nunca más hablará con nadie sin autorización directa. Ni siquiera los periodistas pueden acercarse a ella.
La agencia cerró el caso hace tres semanas. Oficialmente, se denominó como una operación internacional contra un grupo de tráfico biotecnológico. Sin nombres. Sin rostros. Sin verdades incómodas.
En casa, las cosas vuelven poco a poco a la normalidad. Katie regresa a las olimpiadas científicas de su colegio. Diego vuelve a construir drones, aunque ahora les pone placas de blindaje “por si acaso”. Caín ha decidido tomarse un respiro. No del todo. Solo lo justo.
–Quiero terminar la universidad –nos dice un día–. A mi manera. Pero seguiré entrenando. Por si me necesitáis.
–Creíamos que no querías volver a la carrera.
–No quería, en pasado. Ahora sí.
–Haz lo que creas necesario –Alex le dice desde la cocina.
–Alex tiene razón. Necesitarás una tapadera si quieres seguir trabajando en la CIA.
Caín sonríe. Decide ayudar a Diego con el dron antes de cenar. Yo voy a la cocina con Alex y la abrazo por la espalda.
–No te preocupes por él. Es lo bastante mayor como para que haga lo que quiere.
–Ya lo sé, pero sigue siendo mi niño pequeño de 4 años.
Alex se gira hacia mí y me abraza. Me hundo en su abrazo y suspiro. Siempre logra calmarme de un modo que nadie lo ha hecho.
–He pensado en invitar a tus padres este fin de semana. Necesitamos un respiro y estar en familia.
–Siempre tienes buenas ideas.
Le sonrío y le doy un beso. Caín aparece por nuestro lado y se pone con la comida.
–Se os va a quemar si no estáis atentas a la comida.
Nosotras nos reímos y dejo que Alex se quede con Caín acabando de preparar la comida. Cenamos todos juntos y nos vamos a dormir.
El sábado estamos cenando en el jardín con mi madre y con Mario y Javier. Los hemos invitado a una barbacoa a la luz de la luna. Hablamos durante toda la noche. Los mellizos juegan con Caín y prueban el dron de Diego.
En un momento los tres entran en casa junto a Alex. Me parece extraño, pero no le doy mucha importancia. Me quedo con mis padres hablando un rato hasta que los niños salen con tres velas en sus manos.
–¿Qué es eso? ¿Qué estáis haciendo?
–Tú solo espera –Katie me dice con una gran sonrisa en la cara.
–¿Esperar a qué?
No sé que están planeando hacer, pero se comportan demasiado raro. Miro a mis padres y veo que están igual de sorprendidos que yo. Alex sale con las manos detrás de la espalda. No logro ver si trae algo escondido, pero deduzco que sí lo tiene.
–Bambina, llevamos más de diez años juntas.
–Desde que nacieron los mellizos.
–Déjala terminar –Caín me reprime.
Me callo y dejo hablar a Alex.
–Y quiero seguir a tu lado, pero de una forma distinta.
Intento seguirla para ver a donde me lleva esto. Alex se acerca un poco a mí y me coge de la mano para que me levante. Rodea mi cintura con su brazo y saca una pequeña caja de detrás de su espalda.
–No. No es enserio.
–Sí. Kira cásate conmigo.
Me quedo en shock un instante antes de contestar con una sonrisa.
–Sí. Claro que me caso contigo.
Las dos nos damos un beso y mi familia aplaude ante todo esto. Cuando logramos separarnos Alex me pone el anillo y miro hacia mis padres.
–¿Vosotros lo sabíais?
–Claro. ¿Por qué sino estaríamos aquí cenando con vosotros?
Sonrío y me abrazo más a Alex. Ella me da un par de besos en la cabeza y me abraza más fuerte.
Más tarde en la noche mis padres se van a casa y nosotros nos vamos a dormir.
Nos casamos un sábado. No hay iglesia. No hay invitados importantes. Solo nosotros, mis padres, un claro entre árboles viejos y el cielo que se tiñe de naranja mientras el sol empieza a bajar. El aire huele a tierra, a hojas recién movidas, y por primera vez en mucho tiempo, no siento la necesidad de mirar por encima del hombro.
Alex está frente a mí. Se ha puesto ese traje gris que solo usa cuando algo realmente importa. Yo tengo un vestido sencillo blanco. No hay velo, no hay joyas, solo ella. Inmensamente ella. Sólida y hermosa y valiente. Me mira como si nada más existiera, como si yo fuera la única verdad en un mundo lleno de mentiras.
Caín está a un lado, serio, como si esto también fuera parte de su misión. Tiene los ojos brillantes, aunque intenta parecer imperturbable. Katie y Diego se sientan en el tronco caído que usamos como banco. Ella tiene flores en las manos, él juega con la corbata porque odia las formalidades. Pero están aquí. Están todos. Y eso basta. Mi madre se sienta junto a mis dos padres. Los tres lloran como si no hubiera un mañana.
Cuando Alex me toma la mano, dejo de escuchar todo lo demás. Ni el viento, ni los pájaros. Solo su voz.
–Te elijo –dice, clara, sin dudar–. Incluso si el mundo se parte en dos. Incluso si un día ya no sé quién soy, te elijo.
Me cuesta hablar. La garganta se me cierra, pero aún así respondo.
–Te elijo también. Incluso con miedo. Incluso rota. Te elijo en la vida y en el caos.
Un sacerdote nos da la bendición. La familia aplaude, pero solo nos centramos en nosotras. Solo nuestras palabras, y los árboles como testigos.
Nos besamos. Ella me aprieta fuerte, como si supiera que necesito que alguien me sostenga para no caer.
Los niños aplauden. Caín sonríe, por fin. Katie lanza pétalos al aire. Diego se ríe como hace tiempo no lo hacía.
No hay una fiesta a lo grande, solo una manta sobre el pasto y algo de vino barato. Bailamos sin música. Brindamos con vasos desiguales. Alex me abraza por la cintura y apoya su frente en la mía.
Y en ese momento, no somos agentes. No somos mujeres heridas. No somos sobrevivientes de nada. Solo somos dos personas que, contra todo, se han elegido.
Y yo, por fin, me permito sentir que está bien. Que está bien ser feliz. Aunque sea solo por hoy.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com