Una Vida (Casi) Perfecta - Capítulo 34
- Inicio
- Una Vida (Casi) Perfecta
- Capítulo 34 - Capítulo 34: CAPÍTULO 34: MISIÓN INVISIBLE
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 34: CAPÍTULO 34: MISIÓN INVISIBLE
El avión militar se alza sobre el cielo nocturno con un zumbido constante. Estamos los tres sentados, equipados, concentrados. Caín, en medio de Alex y de mí, ajusta su chaleco por quinta vez. No es nerviosismo. Es energía contenida. Está listo. Tal vez más que muchos veteranos. Pero sigue siendo su primera misión real. Y es con nosotras.
–¿Recuerdas el protocolo si nos dividimos? –pregunta Alex por última vez.
–Claro. Punto de extracción B, dos minutos máximo. No contacto por radio si hay interferencias, sólo señales codificadas –recita Caín sin dudar.
–Y si algo sale mal… –empiezo a decir.
–Me largo. No juego al héroe.
Nos mira. Es nuestra mirada la que tiembla ahora. No él. Él ya está en esto.
El objetivo es una mansión camuflada en los Alpes suizos. Sede temporal de un banquero corrupto que financia redes ilegales de armas biológicas. Nuestra orden: interceptar la transferencia digital de datos y asegurar el servidor antes de que sea destruido. Nadie debe saber que estuvimos allí. Silenciosos, precisos e invisibles.
Entramos en formación. Alex abre con el escáner térmico. Yo anulo los sistemas de seguridad. Caín avanza detrás de nosotras. No parece su primera vez. Se mueve como un lobo entrenado.
En el tercer piso, encontramos el servidor. Caín lo conecta a su dispositivo portátil. La descarga comienza. Faltan tres minutos. Tres eternos minutos.
–Movimiento en el ala este –dice Alex.
Lo sabíamos antes de que ella lo dijera. El aire cambia.
Nos preparamos. Disparamos primero. Todo se vuelve un estallido de luz, sombra y movimiento. Un guardia cae. Otro intenta activar la autodestrucción del sistema. Caín lo detiene con una maniobra que nunca le enseñamos. Yo no tengo tiempo de preguntar de dónde la sacó. La descarga termina y corremos hacia el avión.
Cuando volvemos, todo tiembla. No por turbulencia. Es la adrenalina. Es Caín, respirando como si no pudiera soltar el aire atrapado desde que entró.
–Lo has hecho bien –le dice Alex.
Él no responde. Solo nos mira. Y en sus ojos hay orgullo, pero también algo más. Algo que no le había visto antes. Furia. Silencio. Determinación.
Llegamos a casa al amanecer. Pero la calma no nos espera.
Katie y Diego están despiertos. No deberían estarlo. Están en el salón. De pie. Frente al televisor.
La televisión muestra una transmisión en bucle. Del telediario. Una cámara de seguridad filtrada. Una toma nocturna. Tres figuras armadas entrando a una mansión. Y luego, un rostro captado de refilón. El rostro de Caín. Congelado y difuso, pero inconfundible.
–¿Qué es esto? –pregunta Diego con la voz quebrada.
Caín se queda paralizado. Alex y yo tampoco sabemos cómo movernos. No hay forma de retroceder esto. No hay un plan de escape emocional.
–¿Qué hacías con armas? ¿Quiénes sois vosotras? –pregunta Katie, que ya no es una niña.
El silencio se alarga demasiado. Y duele.
–¿Sois espías? ¿O algo peor?
–Ni lo uno ni lo otro –respondo al fin–. Somos lo que tenemos que ser para protegeros.
Ellos no lo entienden. No todavía. Pero lo han visto. El velo ha caído.
–Nos mentisteis. Toda la vida.
–No. Os protegimos. Toda la vida.
–¡Es él! ¡Es Caín! –exclama Diego, dando un paso al frente–. ¿Estás loco? ¿Desde cuándo haces misiones con ellas?
Caín no responde de inmediato. Su rostro está tenso, duro, pero sus ojos delatan una mezcla de miedo y culpa.
–No es lo que pensáis –dice por fin, con la voz baja.
–¿Entonces qué es? ¿Un cosplay muy realista? –replica Katie, sarcástica, aunque el temblor en su voz la traiciona.
Alex y yo cruzamos una mirada. Sabíamos que esto podía pasar algún día. Solo que no tan pronto. No así.
–Sentaos –digo, intentando que mi voz suene firme y no rota.
Pero los mellizos no se mueven. Están de pie como si el suelo se les hubiese hundido bajo los pies.
–¿Nos vais a seguir mintiendo o vais a contarlo todo de una vez? –pregunta Diego, con un tono que jamás le había oído usar antes. Duro. Dolido.
–No os hemos mentido –responde Alex con suavidad–. Os hemos protegido.
–¡¿De qué?! ¿De nuestra familia?
Caín da un paso adelante.
–De esto –dice, señalando la pantalla–. De lo que conlleva este trabajo. De lo que pesa matar o ser perseguido. No sabéis lo que es tener que decidir si disparas primero o mueres tú. No sabéis lo que es estar en medio del fuego cruzado y pensar en vosotros.
Se queda callado. Respira hondo.
–Yo quise formar parte de esto. Mamá y Alex no me obligaron.
–¿Por qué? –pregunta Katie, esta vez con la voz quebrada–. ¿Por qué meterte en esto, Caín? ¿Por qué dejar periodismo?
–Porque ahí fuera, entre líneas y verdades manipuladas, no podía cambiar nada. Aquí al menos hago algo real. Aunque duela.
Los mellizos bajan la vista. Hay un silencio espeso.
Yo me acerco a ellos, lenta, como si fueran dos animales heridos. Lo son, de alguna manera.
–No es la vida que queríamos para vosotros. Ni siquiera para nosotras mismas. Pero hay cosas que no podemos ignorar. Cosas que si no las enfrentamos nosotras, las enfrentarán otros. O peor: nadie.
Alex se arrodilla junto a ellos.
–¿Tenéis miedo? –les pregunta.
–Claro que sí –responde Diego–. Pero más miedo me da que lo ocultéis. Que un día no volváis. Y que nos enteremos por la tele. Como lo de Jason.
Katie asiente. Lágrimas resbalan por sus mejillas, silenciosas.
–Entonces… –empieza ella, dudando–, ¿vamos a vivir con esto para siempre? ¿Con esta sombra?
–No –respondo–. No viviréis en la sombra. No si podemos evitarlo. Pero tenéis derecho a saber. Desde hoy, si queréis, sabréis más. Lo justo. Lo que podáis manejar. Pero no más mentiras.
–¿Y si queremos ayudar? –pregunta Diego – No ahora, pero algún día.
Alex y yo nos miramos. Otra vez. Como tantas veces antes. Como cuando nos enamoramos. Como cuando Caín nació. Como cuando supimos que Jason estaba muerto.
Una mirada que dice mucho sin decir nada.
–Cuando llegue ese momento –le digo a Diego–, hablaremos. Pero ahora sois niños todavía. Y os necesitamos vivos. Felices.
–Y cerca –añade Alex, abrazándolos.
Katie se lanza a sus brazos. Diego me abraza fuerte. Caín se une al grupo, cerrando el círculo.
En ese momento, no hay agentes, ni armas, ni códigos rojos. Solo somos una familia, fracturada y soldada una y otra vez, a través del miedo, del amor y de las verdades ocultas.
El mundo que construimos para ellos ya no es un refugio. Ahora es un campo de batalla entre verdades.
Esa noche, no cenamos juntos. No hay risas. No hay bromas. Solo una puerta cerrada tras otra.
Alex me abraza por la espalda mientras miro por la ventana.
–¿Lo hemos hecho bien? –susurra.
No tengo respuesta. Solo sé que lo hicimos por amor. Pero a veces el amor es una cicatriz con forma de decisión.
–Les daremos tiempo –digo al fin–. Pero ya no podemos volver atrás.
Alex asiente. Caín, en el umbral, escucha en silencio. No entra. No dice nada. Solo nos mira. Y por primera vez, todos lo entendemos: Ya no hay dentro ni fuera. Solo queda el camino adelante. Juntos o no.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com