Una Vida Sin Límites - Capítulo 10
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10: Capitulo 10: ANTES DE ESTE MUNDO 10: Capitulo 10: ANTES DE ESTE MUNDO La salida de la cueva estaba a pocos pasos.
La luz entraba en líneas débiles entre las rocas, iluminando el suelo destrozado tras el combate.
Arnau podía salir.
Podía dejar atrás la oscuridad, el olor a sangre y humedad… pero no lo hizo.
Se quedó quieto.
Por primera vez desde que había llegado a ese mundo, no pensó en sobrevivir ni en hacerse más fuerte.
Pensó en quién había sido.
—Arnau… Su voz resonó suavemente contra las paredes de la cueva.
Esta vez no era una duda.
Era un recuerdo.
Cerró los ojos.
Y el mundo cambió.
Ruido.
Movimiento.
Luces.
Un cielo normal, sin tonos violetas ni magia flotando en el aire.
Calles llenas de gente que caminaba deprisa, cada uno con su vida, con sus problemas, con sus objetivos.
Coches pasando, conversaciones cruzadas, el murmullo constante de una ciudad que nunca se detenía.
Valencia.
Su ciudad.
Su mundo.
Arnau tenía 18 años.
No era alguien especial.
No destacaba en nada concreto.
No era el más fuerte, ni el más inteligente, ni el más talentoso.
Pero había algo dentro de él que no encajaba con la vida que llevaba.
Una incomodidad constante, como si estuviera perdiendo el tiempo sin saber exactamente cómo cambiarlo.
Trabajaba.
Pensaba en el dinero más de lo que le gustaría admitir.
No por ambición vacía, sino porque sentía que sin él no podía avanzar.
Quería montar algo.
Crear algo.
No depender de nadie.
No quedarse atrapado en una rutina que no había elegido realmente.
Pero no sabía por dónde empezar.
Y el tiempo… pasaba.
Siempre iba justo.
Justo de dinero, justo de tiempo, justo de energía.
Cada día terminaba cansado, con la sensación de no haber avanzado lo suficiente.
Veía a otros moverse más rápido, tener más claro lo que querían, y eso le frustraba más de lo que decía en voz alta.
—No quería ser uno más… Apretó el puño en la realidad presente, dentro de la cueva, mientras el recuerdo seguía fluyendo.
Era de noche.
El aire era más frío.
Las calles menos llenas.
Las luces de las farolas creaban sombras largas en el suelo.
Arnau caminaba rápido, con las manos en los bolsillos, la mirada baja, la mente llena de pensamientos que no se callaban nunca.
Había sido un día largo.
Trabajo.
Cansancio.
Y esa sensación constante de estar en el mismo sitio.
—Solo quería llegar a casa… Recordaba el cansancio en sus piernas.
El peso en los hombros.
No físico… mental.
Pensaba en el futuro, en cómo salir de ese bucle, en cómo empezar algo sin tener claro el qué.
Y entonces… Un sonido.
Un motor.
Demasiado rápido.
No encajaba con el ritmo de la calle.
Levantó la cabeza.
Faros.
Blancos.
Cegadores.
Demasiado cerca.
Demasiado tarde.
No hubo tiempo para reaccionar.
Ni para pensar.
Ni para apartarse.
Todo ocurrió en un instante tan corto que su mente ni siquiera pudo procesarlo del todo.
Impacto.
Un golpe seco.
Violento.
El mundo se rompió.
Y luego… Nada.
Oscuridad absoluta.
Sin dolor.
Sin sonido.
Sin pensamientos.
No era sueño.
No era descanso.
Era vacío.
Arnau abrió los ojos lentamente.
La cueva volvió.
El olor a humedad.
El frío.
El eco.
Su respiración era tranquila.
Su cuerpo seguía dolorido por el combate, pero su mente estaba… clara.
—Así que así fue… No había miedo en su voz.
Ni tristeza.
Ni arrepentimiento.
Solo comprensión.
—Morí.
Lo aceptó sin resistencia.
Porque ahora lo veía desde fuera.
No había sido una muerte heroica.
No había sido especial.
No había tenido un significado profundo en ese momento.
Fue rápida.
Inesperada.
Como le pasa a cualquiera.
Y aun así… Había terminado aquí.
Miró sus manos.
Más fuertes.
Más firmes.
Con callos que no había tenido antes.
Con sangre que no le pertenecía, pero que había derramado.
—Y ahora estoy aquí… Respiró hondo.
El aire de la cueva llenó sus pulmones de una forma distinta a la de su antiguo mundo.
Más pesada.
Más real.
—En un sitio donde todo depende de mí.
Se levantó despacio.
El dolor seguía presente, pero ya no lo frenaba.
Era parte de él ahora.
—Allí tenía ganas… Apretó el puño.
—Aquí tengo la oportunidad.
Recordó la sensación de estar limitado.
De no saber por dónde empezar.
De sentir que el mundo era demasiado grande y él demasiado pequeño.
Aquí no.
Aquí las reglas eran claras.
Matar o morir.
Mejorar o quedarse atrás.
Subir o desaparecer.
—Aquí no hay excusas.
Sus ojos se endurecieron.
—Si soy débil, muero.
—Si soy fuerte, avanzo.
No había nada más.
Y por primera vez en su vida… Eso le gustaba.
Se giró hacia la salida de la cueva.
La luz le dio en el rostro, obligándole a entrecerrar los ojos.
—Arnau… Repitió su nombre una última vez.
Pero ahora no sonaba como un recuerdo.
Sonaba como una decisión.
Como algo que iba a construir desde cero.
Detrás de él, la chica seguía en silencio.
Había escuchado todo sin interrumpir.
Sus ojos claros lo observaban con una profundidad distinta, como si por fin entendiera de dónde venía realmente.
—Así que ese eres tú… Dijo finalmente.
Arnau no se giró.
—Sí.
Ella dio un paso más cerca.
—Alguien que murió… sin haber llegado a donde quería.
Silencio.
—Y que ahora no piensa fallar otra vez.
Arnau sonrió levemente.
—Exacto.
Pausa.
Ella lo miró unos segundos más.
Y esta vez no había superioridad en su expresión.
Solo… respeto.
—Entonces no mueras en este mundo.
Arnau avanzó hacia la salida.
—No tengo pensado hacerlo.
Y sin dudar más… Salió de la cueva.
Dejó atrás la oscuridad.
Y entró en un mundo donde, por primera vez… Sentía que todo estaba en sus manos.