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Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 40

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  3. Capítulo 40 - 40 Entrenado para matar II
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40: Entrenado para matar II 40: Entrenado para matar II Recogí a Berenice del suelo; el metal rozó mis dedos dejando sentir el frío del metal.

Me abrí paso entre los guardias que apenas se estaban recuperando; Lyna se apuró aplastando a algunos de los tantos guardias que estaban entre ella y la puerta.

Se acomodó a mi lado mientras en su rostro una ligera sonrisa se formaba; sus manos se entrelazaron mientras estas descansaban sobre su vientre.

Ahora que lo pienso, tengo una pregunta la cual debo hacerle; es sobre mi solicitud de esos diez mil hombres, aunque creo que la respuesta será obvia.

Tomé algo de aire para intentar hablar sobre eso.

—Oye —mi voz salió con un nerviosismo claro.

Pero la mirada de Lyna ya estaba sobre mí.

Bueno, voy de nuevo, tengo que intentarlo—.

Oye, Lyna, ¿tu madre no ha hecho nada?

Ella se gira para verme y, con ligereza, asiente.

—Ella me había dicho que lo dieras por hecho —sentí una gran energía recorrer mi cuerpo cuando ella me dijo eso—.

Pero dijo que debes ayudarla en algo a ella; un favor a cambio de otro: «Eso es lo justo, él gana y yo también gano».

Creo que es algo de sus tantos proyectos que tiene en mente.

No pude evitar interrumpirla: —Pero, ¿ella qué quiere de mí?

Espero y no sea nada extraño —una ligera sonrisa escapó de los labios de Lyna antes de que explotara en una gran carcajada.

Su risa no era suave; era algo que me hacía sentir camaradería.

Cuando las risas pararon, ella me dedicó una mirada fría, algo que la hacía parecer a su madre.

—Creo que es más para que la ayudes con esas cosas llamadas “Veluxe”, pero creo que eso es algo que debería preocuparte.

—¿Por qué dices eso?

—la muy maldita me estaba haciendo dudar de cada cosa que sabía hasta el momento.

—Bueno, esas armas son hechas para comprar algo de fuerza a corto plazo, usted señor Vaxen debe entender eso —me detuve en seco—.

Son armas hechas para avanzar unas cuantas fosas y morir; una herramienta que es desechable, así como lo es un soldado de a pie.

Mis nudillos se pusieron blancos por la fuerza al cerrarlos; mis manos temblaron un poco y mi cuerpo se tensó.

Vino un recuerdo de esa masa amorfa de huesos salidos y grandes tumores de carne corrupta bajo todo ese metal; mi cuerpo se quedó paralizado mientras un ligero nerviosismo me hacía detenerme.

—Entonces, usar una de esas garantiza estar muerto.

Supongo que solo alguien que no tiene miedo a la muerte tomaría ese tipo de riesgos.

Es algo estúpido equipar a tu gente con armas que al poco tiempo dejarán de disparar.

—Lo describes de una gran forma, Vaxen.

Incluso yo tengo esa idea de que mandar al frente a la gente con equipo de calidad deprimente hace más daño que bien.

Tu defensa en esa colina contra los Estados Unionistas del Este es algo que muchos expertos están tratando de entender; tú creaste mucho más daño del que dos divisiones han hecho con esa ingeniosa quema de sus campos.

Digo eso porque ustedes tenían equipos de choque brindados por la Tercera de Asalto; muchos dicen que eso, más unas defensas improvisadas, les dio la victoria.

Ella seguía haciendo cuentas de una victoria que había logrado; me aseguraba cosas que ni siquiera habían pasado con una frialdad que incluso me engañaba a mí.

Me quedé mirando cómo ella creaba un mundo perfecto donde los soldados tenían armas y balas por cantidades iguales, casi como alguien que cree que todo lo que dicen sobre la logística es verdad.

Ella seguía hablando como si su vida dependiera de ello: —Creo que me desvié un poco del tema, pero, en cuestión, ella quiere que tú pruebes sus juguetes para ver qué tan eficaces son.

O al menos eso sospecho, porque cuando le pregunté, ella no me contestó nada.

Cuando salimos a uno de los grandes patios dentro del castillo, me senté en una de las tantas sillas.

Lyna se sentó a mi lado; sus manos se quedaron sobre sus muslos mientras ella esperaba ver si sacaba algo más de plática.

Seguía muy entusiasmada, pero con el paso de los minutos y al no ver respuesta, su cuerpo se acomodó.

Su postura se volvió fina, casi como la de la misma Emperatriz; estoy seguro de que ella es la viva imagen de su madre de joven.

Me quedé sentado mientras el aire empezaba a rozar mi rostro; sentía el suave calor del sol.

En esta banca me sentaba todos los días; era algo casi divino sentir cómo cada parte del sol acariciaba de forma tranquila cada vello de mi piel que se veía bajo la calidez del sol.

No sentir esto para mí era como dejar de ser ese niño de campo que tenía su vida en paz y tranquilidad alejado de la guerra.

Lyna se quedó inquieta.

—Dime, Vaxen, ¿qué tienes planeado a futuro?

—esa pregunta me sacó por completo de mi lugar seguro.

La verdad, no sabía si hacerme el interesante o fingir demencia y actuar como si fuera sordo.

Me quedé pensando: ¿siquiera tengo futuro o solo es un sueño imposible?

—Yo no lo sé.

Siento que después de la guerra no sabré qué hacer con mi vida; formar una familia y mudarme al campo, eso si sigo con vida.

Para serte honesto, ni siquiera sé si después de la guerra puedo seguir con vida; solo llevo seis meses y he visto tantas cosas pasar…

siento que ya no soy el mismo.

Me quedé callado mientras miraba al cielo; su azul era amenazado por el rojo de Eber.

Incluso a mitad de día podía ver cómo un ligero sol rojo se asomaba.

Si llevo el entrenamiento en el Paso de los Caídos, sé que algunos cuantos morirán por las condiciones sobrehumanas; incluso yo puedo hacerlo.

—Estoy listo para morir de ser necesario.

Después de todo, fui nacido para sufrir, forjado para aguantar y creado para morir.

Quiero que mi unidad tome ese lema; después de todo, la mayoría de nosotros seremos gente de campo que no tenía otra opción más que ir a la guerra.

Por eso quiero darles una familia por la cual seguir luchando sin miedo a morir, que sepan que sus cuerpos no murieron lejos de sus hermanos.

Ella miró junto a mí el horizonte.

—Entonces, tú no los ves como números, los ves como tus hermanos.

Son una unidad muy unida, algo raro de ver entre las divisiones de asalto.

Dime, ¿alguna vez has perdido un combate en la trinchera?

—esa pregunta era demasiado estúpida, pero sé que para ella la guerra aún tiene ese supuesto “honor”.

Mis ojos se quedaron fijos en la nada antes de tragar algo de saliva y poder contestar.

Dejé que mi cuerpo se resbalara sobre la silla.

—El por qué no he perdido un combate viene de que, si lo hago, no tengo una segunda oportunidad.

Solo tengo una vida y ser herido suele ser una sentencia de muerte.

Sigo vivo porque he sido cobarde; he matado por la espalda sin dudar un segundo, he usado mi cuerpo como un arma para seguir respirando un solo día más.

Sigo vivo porque he sido muy imprudente en combate cuerpo a cuerpo y muy prudente al ser a distancia; creo que esa es la razón por la que yo sigo con vida.

Sus ojos se quedaron sobre los míos.

Era cierto: yo sigo siendo un monstruo, alguien que no tiene honor alguno y está dispuesto a todo por volver a casa en una sola pieza.

—Vaxen…

estoy segura de que en una trinchera donde estás rodeado de cadáveres y barro, lo de menos es cómo mueres.

No importa cómo mates a alguien.

Los oficiales piensan que la guerra es de quien muestre más honor; los soldados normales piensan en una manera más eficiente de matar.

Interrumpí, tenía algo que aclarar: —No somos máquinas que matan sin pensar.

No tenemos entrenamiento básico; quien no quiere combatir, se da en bandeja de plata.

Me acomodé antes de dar un brinco.

Cuando Lyna miró eso, ella se paró.

—Yo no creo que eso que tú dices sea «cobardía».

En la escuela de oficiales se nos enseña que la infantería es una masa orgánica que piensa y se mueve a voluntad; es una de las ramas más difíciles de llevar.

Me quedé mirando uno de los tantos rosales que tenía ese patio; mi cuerpo se extendió de forma natural para arrancar una de las tantas flores.

Cuando mi mano fue acariciada por los pétalos de rosa, para después sentir las espinas de esa flor sobre la palma de mi mano, sentí cómo trataban de encajarse sobre mi mano.

Me quedé unos momentos sujetando esa flor, mirando cada detalle, cada doblez que esta tenía.

Era de un color rojo tan vivo que me parecía burlón, un color que dejaba ver que el cielo rojo era enfermizo.

Las espinas presionaron mi piel, pero al no forzarlas a abrazar mi mano, no tuve sangrado.

Lyna se acercó por detrás de mí; en cualquier otra persona no le hubiera dado la espalda, mas, sin embargo, me siento seguro, como si ella fuera parte de mi familia.

La miré de reojo; ella no entendía por qué le presto tanta atención a las cosas tan pequeñas.

Le extendí la rosa; no era un gesto de un caballero, era como cuando le paso el rifle a uno de mis hermanos antes de una batalla.

Mi mirada sí se quedó sobre la suya.

Sus ojos morados reflejaron el espectro mío y de la flor frente a ella.

Ella la tomó de forma suave, tratando de no lastimar ni rasgar su piel; dejé que ella misma cerrara su mano sobre ella.

—Es hermosa —susurró ella, aunque su mirada no se había apartado de mí—, pero sus espinas son tan filosas.

Me quedé mirando cómo ella acomodaba la flor de manera inconsciente.

—A veces las flores más hermosas son las que más nos dañan.

La vida es muy hermosa, pero, ¿cuál es el sentido de seguir viviendo cuando todo lo que conoces es una trinchera y tu mente no te deja dormir de buena manera?

—Por eso es importante disfrutar cada toque con la naturaleza, cada abrazo, cada sonrisa, cada emoción, porque no sabes cuándo puede ser la última.

Cuando solo tienes miedo, no vives; pero cuando aprendes a vivir con miedo, puedes sentirte vivo.

Ella me miró con una serenidad, una tranquilidad que era contagiosa.

Sus ojos bajaron a la flor antes de darle un pequeño apretón.

De la palma de su mano unas gotas resbalaron; su sangre era de un rojo claro, casi rosa por cómo el sol la iluminaba.

Sus ojos se posaron sobre los míos de nuevo.

—Si vuelves…

—ella corrigió eso de forma rápida—.

Cuando vuelvas, quiero que me cuentes la historia de esa batalla.

Quiero ser yo quien haga tus informes.

Estoy segura de que lograrás grandes cosas, Vaxen…

Me quedé mirando sus manos cubiertas en ese rojo.

Sentí una punzada en mi pecho mientras una extraña energía recorría mi cuerpo; un ligero verde de un tono suave, como el de Verde, apareció en mis manos.

Ese color verde se volvió fuerte y sentí como si me quemaran vivo.

Coloqué mis manos sobre las de Lyna antes de que una descarga de energía recorriera todo mi cuerpo: las manos de Lyna se curaron con una velocidad sobrehumana; la sangre pasó a ser un líquido naranja neón y esta cayó al suelo como si fuera polvo.

Ella retiró sus manos de forma lenta, sin entender por qué el dolor se había ido de una manera tan sencilla.

Miró sus manos con algo de angustia; sus ojos cruzaron entre sus dedos para verme.

—¿Cómo hiciste eso?

—Ni siquiera yo entiendo qué pasó.

Creo que no me gustó verte sangrar.

Creo que debería de irme; esto se está poniendo extraño.

Me giré para empezar a trotar.

Ella trató de detenerme antes de lanzar un grito: —¡En dos días todos los hombres te estarán esperando, líder de la Novena!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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