Vendida al Ala Negra - Capítulo 109
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Capítulo 109: Burla de la Muerte-3
¿Era una pregunta difícil?
Claro que no lo era.
La pregunta en sí era sencilla, casi hasta un punto risible. Sin embargo, la respuesta significaba elegir a quién herir, si a Hades o a Aestus, y para Evangeline, una opción era mucho más fácil que la otra. Una solo requería una pequeña crueldad; la otra le exigiría traicionar a su propio corazón.
Cuando su mirada se posó instintivamente en Hades, él esbozó una sonrisa de complicidad, como si ya hubiera oído su respuesta. Aestus se percató del intercambio y bufó bruscamente.
—Bien —espetó, cruzándose de brazos—. Para empezar, ha sido injusto preguntar. ¿Quién elegiría a un extraño por encima de alguien que ya le importa?
Hades simplemente se encogió de hombros y empezó a caminar hacia ella. Antes de que pudiera reaccionar, el brazo de él se posó con despreocupación sobre sus hombros, tan cerca que su cuerpo se sobresaltó por la súbita calidez. Ella alzó la barbilla y se encontró con sus ojos violetas, unos ojos que se curvaban con evidente satisfacción. Se le cortó la respiración y el corazón la traicionó, a punto de desmayarse solo por esa expresión.
Desde la distancia, Aestus enarcó una ceja.
Esa chica… la que había traído Hades.
¿De verdad sentía algo por él?
La idea lo inquietó. Era extraño… incluso antinatural. ¿Quién miraría a Hades con algo que no fuera miedo? Sin embargo, lo que Aestus vio en los ojos de ella era inconfundible. Era una ternura profunda que rozaba la devoción. Algo puro y dolorosamente sincero, libre de pavor o interés propio. Era el tipo de afecto más raro, el que no pedía nada a cambio, y de todos los seres existentes, iba dirigido a Hades.
Ni el alma más bondadosa o afortunada del mundo podría aspirar a ser amada de esa manera. Y aun así, increíblemente, era Hades quien lo recibía.
Los labios de Aestus formaron un puchero al instante y se enfurruñó, murmurando por lo bajo: —Nunca hace nada bueno, pero el mundo de verdad que lo quiere, ¿a que sí?
Hades oyó lo que dijo y se encogió de hombros. —De todas formas, Aestus, naciste en este mundo para ayudar a los humanos. Que te gusten o no, no es asunto mío. Ahora levanta la mano, coge tu corona y bendícela con lo que quiere.
—¡Las bendiciones no funcionan así! —bufó Aestus. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Evangeline, que miraba la casa con curiosidad intentando no ser demasiado indiscreta, cambió de opinión de repente—. Chica —la llamó.
Evangeline supo que la llamaba a ella, pues era la única chica en la casa.
Al igual que Hades era mucho mayor de lo que aparentaba, ella sospechaba que Aestus también era diferente. Tenía la apariencia de un joven apuesto, uno que le gustaría a Serena. Pero su forma de hablar era parecida a la del abuelo que vivía detrás de su casa.
—¿Tu nombre?
—Evangeline, señor —dijo ella con una sonrisa educada. Aestus se cruzó de brazos, estudiándola mientras fruncía sus cejas, igualmente carmesíes, con la mirada fija de un modo que la hizo llevarse instintivamente una mano a la cara.
La miraba como si hubiera descubierto algo extraño, algo que no lograba identificar.
Esa mirada la puso en alerta de inmediato. Recordó la voz de Serena resonando en su mente, diciéndole lo lúgubre y desagradable que resultaba a ojos de los demás, y de pie entre dos seres tan imponentes, Evangeline sintió florecer una ansiedad familiar. Quizá su apariencia era de verdad demasiado sencilla, demasiado humilde para estar entre ellos.
—Te ves bien.
La voz de Hades se deslizó junto a su oído, con los labios a un suspiro de rozar el lóbulo de su oreja. La cercanía le envió un escalofrío por la espalda y, al girarse, se encontró con aquellos ojos violetas ya fijos en ella. Nunca se desviaban. Ni una sola vez. La observaban con una concentración tan absoluta que parecía que el resto del mundo simplemente dejaba de existir.
—¿De verdad? —Tragó saliva mientras el corazón le martilleaba en el pecho. ¿Quién podría merecer que un rostro así, que una atención así, se dirigiera solo a una persona?
—Sí —susurró Hades en respuesta, su convicción era suave pero segura. Algo en ella se relajó ante sus palabras, y el odio silencioso que sentía por su propio reflejo se atenuó un poco. Se frotó las manos, casi con la esperanza de ocultar sus orejas, que sentía dolorosamente calientes por la intimidad de su voz.
—Sigo aquí —bufó Aestus, golpeando el suelo con el pie. Claramente harto, se giró hacia la escalera e hizo un gesto brusco—. Ven aquí, chica. Tú quédate quieto, Hades. Dudo que tu presencia permita que ninguna bendición funcione como es debido.
Evangeline volvió a mirar a Hades. Él parecía completamente tranquilo, como si hubiera esperado esta separación desde el principio. Un destello de miedo se agitó en su pecho al pensar en quedarse a solas con alguien que apenas conocía, mientras los recuerdos de Adrián arañaban su calma. Aun así, si Hades confiaba en Aestus…, entonces ella también debería confiar en él, ¿no?
A pesar de todo, le temblaron las manos cuando Aestus se detuvo en la escalera, entrecerrando los ojos, confundido por su vacilación.
—Estarás bien, ángel.
La voz de Hades llegó a ella de nuevo, firme y segura. Se giró y se encontró con su mirada, resuelta e inquebrantable.
—Mientras yo te esté observando, nadie podrá hacerte daño —dijo—. Lo juro por mi nombre.
No necesitaba prometerlo, y mucho menos con un juramento así. Y, sin embargo, lo hizo, y por ella entre todas las personas. Una sirvienta. Alguien tan fácil de desechar. Una calidez le inundó el pecho, pesada y abrumadora, y sus dedos se crisparon con torpeza mientras el corazón se le aceleraba tanto que su cuerpo no podía seguir el ritmo.
Ella asintió, sonriéndole con dulzura. —Gracias, Lord Hades —susurró, llevándose una mano al pecho—. Siempre ha sido… amable conmigo.
—No tienes por qué decir eso. Ahora ve, recibe tu bendición.
Cuando volvió a levantar la vista, su mirada se desvió hacia Aestus. La leve curva de su sonrisa permanecía, pero sus ojos se habían vuelto completamente fríos, afilados por la advertencia. Era el tipo de mirada que prometía la muerte al más mínimo paso en falso.
Evangeline, que había caminado tras Aestus, oyó al fae a su lado chasquear la lengua, bufando como lo haría un gato tras un buen susto.
Cuando llegaron al segundo piso, Aestus se dirigió a una de las habitaciones y le abrió la puerta. Aunque seguía nerviosa por estar a solas con un hombre y se preguntaba si podría pedirle que dejara la puerta abierta para sentirse más cómoda, Aestus preguntó de repente.
—¿Sabes que su existencia es la mismísima burla de la muerte?
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