Vendida al Ala Negra - Capítulo 62
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62: Muerte o Sumisión-2 62: Muerte o Sumisión-2 Evangeline volvió a levantar el rostro solo para detenerse cuando todos vieron la sombra que se acercaba a su mazmorra.
La persona que había llegado a su celda no era otra que León, el hermano de Liam Barney, cuyo rostro parecía cortado por el mismo patrón, tan similar que resultaba difícil encontrar alguna diferencia.
Pero Eva no sabía qué hacer, no sabía cómo debía sentirse o actuar tras oír el secreto de su familia.
El secreto de su nacimiento, así como la razón por la que había sido tan odiada, se debía por completo a una deformidad que ya ni siquiera podía ver en su cuerpo.
«¿Qué es lo que hace a una familia, Evangeline?
¿La sangre?
¿O el hecho de que estarán a tu lado para siempre?»
La voz de Hades resonó en su cabeza como si hubiera sido pronunciada en una gran cueva vacía, retumbando tan profundamente en su corazón que lo único en lo que podía pensar era en esa pregunta concreta que él le había hecho.
No sabía la respuesta a esa pregunta.
No la sabía…, ¿pero y ahora?
Evangeline dudaba que la familia se definiera solo por la sangre.
Que la sangre fuera la única razón por la que uno se convertía en familia de un extraño.
Estaba tan desesperada por tener una familia y, aunque tenía parientes que compartían su misma sangre, no compartían ninguna otra cualidad que hiciera de ellos una familia, más allá de haber vivido en la misma casa durante décadas y que…
ella compartía su sangre.
—Salga, Señorita Evangeline.
Eva alzó la vista hacia León.
Sus delicados y redondos ojos verdes estaban llenos de lágrimas y ardían con tal miedo e injusticia que parecía que caminaba sobre un hilo delgado a punto de caer; era el rostro de alguien al borde de romperse en mil pedazos.
El corazón de León dio un vuelco al ver aquella expresión.
Había visto a mucha gente llorando por la mazmorra; a quienes habían perdido la esperanza, a quienes temían a la muerte y a quienes suplicaban una ayuda que jamás llegaría a oídos de nadie.
Para León, todas sus lágrimas eran iguales.
Tristeza, sí.
Compasión, sí.
Pero eso era todo.
Sabía muy bien cómo desapegarse de las emociones al tratar con los prisioneros, ya que la bondad y la piedad no iban de la mano del castigo y la ley.
El momento en que se sintiera culpable sería el momento en que causaría más mal que bien a la ley que había jurado proteger.
Y aunque era nuevo en el trabajo, siempre lo habían entrenado para no sentir nada por la situación de otros que no tuviera que ver con la suya.
Sin embargo, al ver las brillantes lágrimas de Evangeline y su rostro que parecía a punto de romperse, una inquietante emoción le anudó el corazón.
—Lo siento —musitó Evangeline con debilidad mientras se incorporaba, limpiándose las lágrimas del rabillo de los ojos.
No sabía de dónde sacaba las fuerzas para caminar y, aunque su cuerpo se movía, se sentía como si estuviera fuera de sí misma, tan vacía y adormecida, como si la obligaran a moverse y no lo hiciera por voluntad propia.
León retrocedió en silencio y, como ella no se resistió, no le tocó ni un pelo y la dejó caminar delante de él mientras cerraba su celda.
Aún no se habían alejado mucho de la celda cuando Serena gritó: —¡No lo olvides!
¡Suplica ayuda a alguien!
¡Es lo mínimo que puedes hacer después de causar tanta miseria a esta familia!
La Sra.
Crestmont se mostró de acuerdo y dijo: —¡No nos decepciones más y haz lo que se supone que debes hacer!
Pero Evangeline ya no podía ni molestarse en escuchar sus palabras.
Aunque caminar más deprisa la llevara a ser juzgada por su pecado, y prácticamente a su propia muerte, Evangeline prefirió acelerar el paso para alejarse y separarse de su familia para siempre.
Cuando estuvieron lo suficientemente lejos del pasillo, ella por fin aminoró la marcha y, al sentir la mirada en su espalda, se giró para encontrarse con los ojos de León.
Él pareció sorprendido de que se hubiera percatado de su mirada, como demostró al desviar rápidamente los ojos al suelo y mostrarse incómodo mientras fruncía el ceño.
—¿Hay alguien con quien le gustaría hablar?
—preguntó él finalmente.
Evangeline todavía no podía pensar en nada más allá de que tenía escamas…
Cerrando los ojos, se volvió hacia él, con el agotamiento envolviendo su tono debilitado: —¿Por qué pregunta eso?
—Es el procedimiento que el delincuente hable con una persona de su elección antes del interrogatorio.
Puesto que si, tras el interrogatorio, es usted declarada culpable, será sentenciada inmediatamente al cadalso —añadió con un pequeño suspiro—.
Por lo general, se reserva para la familia.
—Familia…
—dijo Evangeline, volviendo la vista hacia la fría celda de la mazmorra con una sonrisa—, bueno, como puede ver, no tengo a nadie.
León pareció quedarse sin palabras y volvió a preguntar: —¿Quizá un amigo?
¿Un amigo?
¿Milo, el que la traicionó?
No podía llamar a Madame Trevor; no le daría a esa mujer la noticia de que iba a morir.
Y luego…
estaba…
Hades.
Su rostro se deslizó en sus pensamientos, pero tan rápido como entró, su corazón se sintió apesadumbrado.
De ninguna manera podía llamarlo aquí…
¿para pedirle ayuda?
Qué vergüenza.
Qué vergonzoso sería decirle que estaba metida en todo este lío por culpa de su propia familia.
No era su ego lo que le impedía rogarle ayuda, no.
Era un sentimiento de inmensa pena y vergüenza.
Él le había advertido que tuviera cuidado con su familia, y ella incluso se molestó con él cuando le dijo que la abandonara, pero ahora…
tenía que sufrir por su propia elección, por haber decidido quedarse con la familia que claramente la había abandonado en el momento en que nació.
—No…
—dijo con debilidad—, no tengo a nadie.
León suspiró brevemente y asintió.
—Entonces, la acompañaré a la sala de interrogatorios.
Mientras se la llevaban, una brizna de aire helado se le enroscó en el cuello como la fría soga que la aguardaba para dentro de unas horas.
Resignada, cerró los ojos, mientras el Señor, que estaba recostado en el gran sillón de felpa de su castillo, abría por fin sus ojos violetas y fruncía el ceño al mirar a Apolo, su ayudante.
—¿No ha pedido ver a nadie?
—preguntó de nuevo a su ayudante.
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