Vendida al Ala Negra - Capítulo 80
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80: El Pequeño Ayudante-1 80: El Pequeño Ayudante-1 —¿Qué pasa…?
—susurró Evangeline mientras estaban a punto de salir de la habitación.
Vio cómo Hades había girado la cabeza, mirando hacia la habitación como si hubiera olvidado algo, cosa que le llamó la atención, pero entonces se dio cuenta de que se había quedado con la mirada perdida en el cuarto donde estaban y se había detenido en seco, lo cual fue extraño.
—Nada —sonrió Hades antes de volverse hacia ella—.
¿Te importaría hacerme un favor?
Evangeline asintió sin preguntar, lo que hizo sonreír a Hades.
—Quédate fuera de la puerta durante cinco minutos.
Tápate los oídos y cierra los ojos.
Asegúrate de no oír ni ver nada durante esos cinco minutos hasta que vuelva a llamarte.
—¿Qué?
—Lo miró, confundida por sus palabras, pues no tenía sentido que, de repente, quisiera que se quedara fuera de la puerta y anulara sus sentidos.
Pero Hades se limitó a sonreír y ella supo que esa sonrisa significaba que no debía hacer más preguntas y simplemente cumplir con lo que le había pedido.
Sintiendo un ardor en la nuca, Evangeline asintió obedientemente y salió de la habitación, echándole un vistazo mientras lo hacía, y lo encontró sonriendo mientras se marchaba.
Una vez fuera, cerró los ojos y se tapó los oídos con ambas manos.
Muchos pensamientos se agolparon en su mente cuando cerró los ojos y se tapó los oídos, pero en particular una pregunta: por qué Hades le había pedido que hiciera eso y si cinco minutos iban a ser mucho tiempo.
Durante lo que le pareció una eternidad, Evangeline permaneció en la oscuridad, a solas con sus pensamientos, hasta que sintió lo que le pareció un toquecito en los hombros.
Abrió los ojos, parpadeando con sus redondos ojos verdes, y se encontró con el rostro de Hades mientras él cerraba la puerta a su espalda.
Un olor a sangre se desprendió cuando cerró la puerta, pero Evangeline no sabría que se trataba del olor de la sangre.
—Ya deberíamos irnos —dijo Hades, posándole una mano en los hombros.
Ella asintió con la cabeza y se alejó por el pasillo en dirección a la salida; vio a Tiana de pie detrás de Roman, que tenía la cabeza inclinada hacia ellos.
Hades se había encaminado hacia el carruaje, pero ella no pudo evitar demorar la mirada en Tiana, que no la miró ni una sola vez.
Una parte del corazón de Evangeline quería ayudar a Tiana, pero al igual que ella, Tiana había sido marcada y esa marca le pertenecía a Roman.
Hiciera lo que hiciera…, no podía hacer nada.
—Ángel —la llamó Hades y, aunque se sentía dividida, finalmente lo siguió hasta su carruaje, con un sentimiento de amargura al marcharse.
Dentro del carruaje, Hades cruzó las piernas y recostó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un breve suspiro.
Entonces vio que, a pesar de haber sido liberada de la casa de subastas que debió de haberle parecido el Infierno, Evangeline no podía evitar seguir mirando hacia la entrada.
—¿Has olvidado algo allí?
—No —le respondió, frunciendo los labios—.
Hubo alguien que me ayudó…
Se llama Tiana, pero ahora trabaja para ese hombre…
Roman.
Roman no es buena persona, así que me siento mal por ella.
—No te preocupes —sonrió Hades, y cuando sus miradas se encontraron, un trueno retumbó en la tierra de Salestas, oscureciendo el cielo a su alrededor, lo que por un momento robó toda la luz, dejando que Evangeline levantara la cabeza para ver solo oscuridad en el lugar de Hades.
Sintió como si la oscuridad se hubiera convertido en un abismo, y lo único que podía ver en medio de aquella negrura eran sus ojos violetas, brillantes, y sus iris, que parecían los de un gato.
—A mí tampoco me gusta del todo lo que te hizo Roman, pero, ¿no lo sabes, cariño?
Los villanos siempre tienen un final amargo.
Quizá la próxima vez que veas a Roman, ya no esté vivo.
Evangeline puso en duda esas palabras, pues le parecían imposibles; y, sin embargo, la certeza en las palabras de Hades era tan firme y segura que le provocó un escalofrío.
Cuando sus miradas se encontraron de nuevo, la oscuridad había desaparecido y ella descubrió que Hades había hablado con una sonrisa.
Una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Cuando el reloj dio la medianoche, Hades ya había vuelto a su estudio.
Pero dentro de este no se encontraba su escritorio de trabajo habitual, siempre lleno de papeles y documentos; en su lugar, solo había una gran mesa redonda y negra.
Encaramados en las sillas vacías había cuervos, cuyos ojos brillaban con diferentes colores bajo la tenue luz.
Incluyendo a Hades, eran seis.
Todos los cuervos tenían plumas negras, pero no había dos iguales: sutiles diferencias en el brillo, la forma y la textura, solo visibles para quienes se molestaban en mirar de cerca.
—…¿Y tú qué piensas, Hades?
—¿Pensar en qué?
—replicó Hades con ligereza.
Sonrió mientras su mirada se cruzaba con la de un cuervo especialmente irritado.
—¿No has oído ni una palabra de lo que hemos dicho?
—Estabas despotricando sobre lo cansado que estás de tu cueva bajo el mar —dijo Hades con una risita—.
Me moría de aburrimiento, Poseidón.
De verdad.
Casi perezco.
—Y sin embargo, ¿no te das cuenta?
Has estado sonriendo.
Hades ladeó la cabeza.
Lentamente, se llevó una mano a los labios, con las yemas de los dedos trazando la curva desconocida.
Se congeló y, después, frunció el ceño.
No pretendía sonreír.
—Así que no te habías dado cuenta.
Por cierto…
¿por qué has llegado tarde a esta reunión?
Dijiste que te enfadarías si te la perdías.
—Nada que deba interesarte, Hestia —replicó Hades con suavidad.
Conocía bien su costumbre: su implacable curiosidad por sus estados de ánimo, su deleite cada vez que sentía un cambio en él.
Después de siglos, sus emociones se habían convertido en su experimento favorito.
—Volvamos al tema.
La interrupción fue brusca y cortante: era Ares.
—Como decíamos, Hades.
Queremos tu opinión sobre la actividad reciente de esos ángeles desquiciados.
—Planeamos…
encontrar a los últimos de sus descendientes y matarlos.
—Exacto.
Hemos descubierto a alguien que parece tener la sangre de los que fueron expulsados del Cielo.
Normalmente, tú quieres la información antes que nadie, así que dinos si quieres encargarte de esto y asesinar a ese último niño.
Hades tamborileó con el dedo sobre la mesa; el movimiento rítmico servía como un pequeño reloj que marcaba el paso del tiempo mientras él tomaba su decisión.
Sus ojos violetas se cerraron un instante, y sus largas pestañas proyectaron una sombra sobre sus pómulos altos y sus mejillas hundidas.
Pero para cuando abrió los ojos, ya había tomado su decisión: —Me negaré esta vez.
—¿Estás seguro?
—Eso no es propio de ti.
—Tengo un caso mucho más interesante del que ocuparme…, uno que me niego a perderme —dijo Hades, y se levantó de la silla mientras el resto de los cuervos graznaban en señal de protesta.
—¿A dónde vas?
¡Aún no hemos terminado, Hades!
—¡Hades!
Todavía tenemos…
—Es tarde, queridos amigos.
Tengo que madrugar mañana —dijo Hades con una sonrisa, mientras uno de los cuervos graznaba frustrado.
—¡Tú no duermes!
Pero Hades hizo oídos sordos a sus palabras y cerró la puerta tras de sí mientras todos los cuervos se desvanecían de repente de la mesa redonda.
Al aflojarse la corbata, vio a Apolo, que estaba de pie y muy erguido, con la mano extendida para ayudar mientras Hades se quitaba el chaleco y se lo lanzaba.
—¿Cómo está?
—Dormida, mi señor.
Preguntó cuándo vendría usted e insistió en permanecer despierta, pero parece que se quedó dormida al poco tiempo.
Hades soltó una risita al oírlo.
«Qué tonta es».
Ahora que Evangeline estaba en su casa…, ¿qué debía hacer?
Tarareó mientras pensaba.
Había pensado que se aburriría en el momento en que obtuviera a Evangeline, pero estaba muy lejos de ser el caso.
—También preguntó si mañana tiene algo que hacer…
—Apolo parpadeó.
Evangeline había sido comprada por Hades, pero era bien sabido que solo Hades podía darle órdenes en este castillo.
—Dile que mañana no tiene que hacer nada —dijo Hades mientras se alejaba por el pasillo vacío, donde las sirvientas se inclinaban al verlo pasar.
Pero se preguntó si Evangeline realmente obedecería sus órdenes.
Podía parecer dócil y comprensiva, pero…
a veces, simplemente iba a su propio ritmo.
Eso es lo que la hacía interesante, pero, al mismo tiempo, preocupante.
—Además, mi señor…
Roman ha sido atacado.
La esclava intentó matarlo.
Hades se dio la vuelta, sonriendo de oreja a oreja al oírlo.
—¿Crees que Evangeline se alegraría de saber que Roman está muerto?
Apolo frunció el ceño.
El nombre de Evangeline sonaba ahora como una maldición que hubiera caído sobre su amo.
Pero aun así, para no decepcionar a su amo, respondió de forma meditada.
—Supongo que sí.
—Cierto, esa chica lloraría hasta por su enemigo —dijo Hades sin pensárselo dos veces, recorriendo el pasillo con sus largas zancadas en cuestión de minutos.
Entonces se preguntó si podría cambiar ese aspecto de ella.
O si podría cambiar algún aspecto de Evangeline en absoluto…
Se detuvo al llegar a una habitación y empujó la puerta para abrirla.
Vio a Evangeline, que estaba tumbada en la cama, acurrucada como una niña con las rodillas abrazadas, profundamente dormida.
Su pelo dorado estaba esparcido a su alrededor, formando una media luna.
—Duerme bien, ángel —susurró Hades y, en medio de su sueño, Evangeline sintió como si hubiera oído la voz más reconfortante que jamás había escuchado.
Pero esa misma voz también murmuró lo que pareció una observación escalofriante.
—…Sería una lástima que te quebraras demasiado rápido.
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