Viuda por Contrato - Capítulo 102
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Capítulo 102: Capítulo 101: Estoy cansada
El segundero del reloj de pared parecía martillear contra mis sienes, marcando un ritmo que mi propio corazón se negaba a seguir. Afuera, la lluvia de la tarde golpeaba los ventanales con una insistencia casi violenta, empañando el cristal y reduciendo el mundo a una mancha de grises y luces difusas. Me quedé allí, de pie, observando cómo una gota solitaria recorría el vidrio, trazando un camino errático hasta desaparecer en el marco de madera.
¿En qué momento la libertad empezó a sentirse como una jaula de oro?
Me obligué a apartar la vista y regresé al escritorio. Los papeles acumulados parecían burlarse de mí. Cada firma, cada cláusula de aquel contrato que ahora regía mi vida, era un recordatorio de que las decisiones tomadas por necesidad tienen un precio que no se paga con dinero, sino con pedazos del alma. Me senté, pasando una mano por mi rostro, sintiendo la frialdad de la piel. La soledad de la habitación era absoluta, interrumpida solo por el susurro del viento filtrándose por las rendijas.
Entonces, el sonido de la puerta al abrirse cortó el silencio como un bisturí.
No necesité girarme para saber quién era. El aire en la habitación cambió de golpe, cargándose de esa electricidad estática que siempre lo precedía. Su perfume, una mezcla de sándalo y algo metálico, como la lluvia antes de caer, inundó mis sentidos antes de que pronunciara una sola palabra.
—Dijiste que no vendrías —mi voz sonó más firme de lo que me sentía, aunque el temblor en mis manos me traicionaba.
—Y tú dijiste que no volverías a mentirme —respondió él. Sus pasos eran lentos, deliberados, cada uno acortando la distancia que yo desesperadamente intentaba mantener—. Pero aquí estamos de nuevo, en una habitación llena de sombras y verdades a medias.
Me puse de pie de un salto, enfrentándolo. Él estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta con una elegancia que resultaba insultante. Sus ojos, oscuros y profundos como un pozo sin fondo, me analizaban con una intensidad que me obligaba a desviar la mirada. Había una tensión palpable entre nosotros, una cuerda tensada al máximo que amenazaba con romperse y destruir todo a su alrededor.
—No tengo tiempo para tus juegos —dije, rodeando el escritorio para dirigirme a la salida. Pero él fue más rápido.
En un movimiento que apenas pude registrar, bloqueó mi paso, colocando una mano en la pared a mi lado. El calor que emanaba de su cuerpo era una invitación y una advertencia al mismo tiempo. Estábamos tan cerca que podía contar las pestañas de sus ojos, tan cerca que mi respiración se mezclaba con la suya en un baile caótico.
—Esto no es un juego —susurró, inclinándose hacia mí—. Es una rendición. Y ambos sabemos quién va a caer primero.
Sentí un nudo en la garganta. La lógica me gritaba que empujara, que gritara, que saliera de allí antes de que fuera demasiado tarde. Pero mis pies parecían anclados al suelo. Había algo en su mirada, una vulnerabilidad oculta tras esa máscara de frialdad, que me impedía moverme. Era el mismo hombre que me había roto el corazón mil veces, y sin embargo, era el único lugar donde deseaba estar.
—Vete —supliqué, aunque mis ojos decían lo contrario.
—Solo si me miras a los ojos y me dices que ya no sientes nada. Solo si me aseguras que este contrato vale más que lo que construimos en el pasado.
El silencio que siguió fue ensordecedor. El peso de las palabras no dichas llenó el espacio entre nosotros, más pesado que cualquier documento legal. En ese momento, comprendí que no importaba cuántas veces intentara reescribir mi historia; él siempre sería el protagonista de los capítulos que más me dolía leer.
El segundero del reloj de pared parecía martillear contra mis sienes, marcando un ritmo que mi propio corazón se negaba a seguir. Afuera, la lluvia de la tarde golpeaba los ventanales con una insistencia casi violenta, empañando el cristal y reduciendo el mundo a una mancha de grises y luces difusas. Me quedé allí, de pie, observando cómo una gota solitaria recorría el vidrio, trazando un camino errático hasta desaparecer en el marco de madera.
¿En qué momento la libertad empezó a sentirse como una jaula de oro?
Me obligué a apartar la vista y regresé al escritorio. Los papeles acumulados parecían burlarse de mí. Cada firma, cada cláusula de aquel contrato que ahora regía mi vida, era un recordatorio de que las decisiones tomadas por necesidad tienen un precio que no se paga con dinero, sino con pedazos del alma. Me senté, pasando una mano por mi rostro, sintiendo la frialdad de la piel. La soledad de la habitación era absoluta, interrumpida solo por el susurro del viento filtrándose por las rendijas.
Entonces, el sonido de la puerta al abrirse cortó el silencio como un bisturí.
El Regreso de las Sombras
No necesité girarme para saber quién era. El aire en la habitación cambió de golpe, cargándose de esa electricidad estática que siempre lo precedía. Su perfume, una mezcla de sándalo y algo metálico, como la lluvia antes de caer, inundó mis sentidos antes de que pronunciara una sola palabra. Julian siempre había tenido esa capacidad: la de reclamar un espacio sin siquiera tocarlo.
—Dijiste que no vendrías —mi voz sonó más firme de lo que me sentía, aunque el temblor en mis manos me traicionaba.
—Y tú dijiste que no volverías a mentirme —respondió él. Sus pasos eran lentos, deliberados, cada uno acortando la distancia que yo desesperadamente intentaba mantener—. Pero aquí estamos de nuevo, Elena. En una habitación llena de sombras y verdades a medias.
Me puse de pie de un salto, enfrentándolo. Él estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta con una elegancia que resultaba insultante. Su abrigo oscuro estaba salpicado de gotas de agua que brillaban bajo la luz tenue de la lámpara. Sus ojos, oscuros y profundos como un pozo sin fondo, me analizaban con una intensidad que me obligaba a desviar la mirada. Había una tensión palpable entre nosotros, una cuerda tensada al máximo que amenasaba con romperse y destruir todo a su alrededor.
—No tengo tiempo para tus juegos —dije, rodeando el escritorio para dirigirme a la salida.
Pero él fue más rápido. En un movimiento que apenas pude registrar, bloqueó mi paso. El calor que emanaba de su cuerpo era una invitación y una advertencia al mismo tiempo. Estábamos tan cerca que podía contar las pestañas de sus ojos.
—Esto no es un juego —susurró, inclinándose hacia mí—. Es una rendición. Y ambos sabemos quién va a caer primero.
El Refugio del Pasado (Flashback)
De repente, el presente se difuminó. El frío de la oficina desapareció, reemplazado por el calor sofocante de un verano que se sentía como si hubiera ocurrido en otra vida.
Recordé el pequeño apartamento en la calle Mayor. No había contratos, ni trajes caros, ni el peso de las expectativas familiares. Solo estábamos nosotros dos, compartiendo una pizza fría sobre una alfombra raída. Julian reía, una risa limpia que aún no conocía la amargura del cinismo. Me había prometido que, pasara lo que pasara, siempre seríamos un equipo contra el mundo.
—Mira estas manos, Elena —me había dicho aquella noche, entrelazando sus dedos con los míos—. No tienen nada, pero son tuyas. Construiremos algo que nadie pueda quitarnos.
En aquel entonces, su palabra era mi única ley. Creí en su promesa con la fe ciega de quien no conoce la traición. Nos besamos con el sabor de la libertad en los labios, convencidos de que el amor era suficiente para pagar las facturas y silenciar los miedos.
La Realidad se Impone
El estruendo de un trueno me trajo de vuelta a la realidad. Julian seguía allí, pero ya no era el joven de la alfombra raída. El hombre frente a mí era un extraño moldeado por la ambición y el dolor.
—Esa mirada… —dijo él, su voz suavizándose por un segundo—. Estás pensando en cómo solían ser las cosas, ¿verdad? Antes de que decidieras que el apellido de tu familia valía más que nuestra palabra.
—Lo hice por nosotros, Julian —escupí, sintiendo cómo la rabia reemplazaba al miedo—. Lo hice para que tuvieras una oportunidad. Si no hubiera firmado ese acuerdo, tu carrera habría terminado antes de empezar. Mi padre te habría destruido.
Él soltó una carcajada seca, carente de humor. Se separó un poco, dándome espacio para respirar, aunque el aire seguía sintiéndose escaso.
—¿Y qué ganamos a cambio? —preguntó, señalando la opulencia de la oficina—. Míranos. Eres la heredera perfecta y yo soy el hombre que todos temen, pero ni siquiera podemos estar en la misma habitación sin querer arrancarnos el corazón o… —hizo una pausa, sus ojos bajando a mis labios— …hacer algo mucho peor.
—Vete —supliqué de nuevo. Pero esta vez, mi voz se quebró.
Él no se movió. En lugar de eso, alargó la mano y tomó un sobre que descansaba sobre mi escritorio. Era el documento que yo había estado tratando de ocultar toda la tarde: la orden de embargo de la propiedad de su madre. Mi corazón dio un vuelco.
—¿Es por esto que no querías verme? —su tono volvió a ser de hielo—. ¿Ibas a dejar que me enterara por un abogado de que tu familia finalmente ha decidido quitarme lo último que me quedaba?
—Julian, puedo explicarlo… yo estaba tratando de detenerlo…
—No —me interrumpió, dando un paso atrás, la decepción quemando más que su ira—. No puedes detener lo que tú misma ayudaste a construir. Me vendiste una vez por seguridad, Elena. Ahora me estás vendiendo por poder.
Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo sin mirarme.
—Mañana a primera hora, mi abogado enviará la respuesta. Pero no será a la oficina de tu padre. Será a tu nombre. Prepárate, porque esta vez no voy a ser el chico que te espera con una pizza fría. Voy a ser el hombre que te quite todo, tal como tú hiciste conmigo.
La puerta se cerró con un golpe sordo que pareció retumbar en mis huesos. Me dejé caer en la silla, ocultando el rostro entre las manos. La lluvia seguía cayendo, pero ahora el silencio en la habitación era absoluto. Un silencio que sabía a derrota y a una guerra que apenas acababa de comenzar.
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