Viuda por Contrato - Capítulo 101
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Capítulo 101: Capítulo 100: Mundo paralelo
El aroma a incienso y lirios blancos era tan denso que casi se podía saborear. Elena se ajustó el velo de encaje negro frente al espejo de la sacristía, observando cómo su reflejo se desdibujaba tras la fina red. No parecía una novia; parecía un presagio.
A sus veinticuatro años, la vida le había enseñado que la libertad era un lujo que los desesperados no podían permitirse. Y Elena Rossi estaba más que desesperada: estaba acorralada.
—Es hora, querida —la voz de su tía, Margaret, rompió el silencio sepulcral—. No pongas esa cara. Estás asegurando tu futuro y el de esta familia.
—Mi futuro como una mujer de luto, querrás decir —replicó Elena, su voz firme a pesar del temblor en sus manos.
—Es un contrato, Elena. Solo un contrato.
Elena miró el documento que descansaba sobre la mesa de madera tallada. Las cláusulas eran claras, casi quirúrgicas. Se casaría con Maximilian Vane, el heredero de un imperio naviero cuya salud se desvanecía tan rápido como su reputación crecía. El acuerdo estipulaba que ella recibiría una fortuna incalculable, propiedades en tres continentes y la protección del apellido Vane. A cambio, solo debía cumplir una condición: permanecer a su lado hasta su último aliento y mantener el secreto de su verdadera condición.
El Encuentro en el Altar
La marcha nupcial que resonó en la catedral de San Judas no era festiva. Era una melodía lenta, pesada, que acompañaba los pasos de Elena hacia un hombre que apenas conocía. Maximilian estaba sentado en una silla de ruedas de ébano, envuelto en un traje de sastre que parecía colgar de su figura antes imponente. Tenía el rostro pálido, casi translúcido, pero sus ojos… sus ojos eran dos pozos de obsidiana que ardían con una inteligencia feroz.
Cuando ella llegó a su lado, él no le tomó la mano. Simplemente asintió.
—Te ves radiante en negro, Elena —susurró él. Su voz era un roce de papel de lija contra terciopelo—. Muy apropiado para la ocasión.
—He preferido ahorrarle al modisto el trabajo de hacerme dos vestidos —respondió ella en voz baja, desafiándolo con la mirada.
Maximilian soltó una risa seca que terminó en una tos ahogada. El sacerdote comenzó la ceremonia, pero Elena no escuchaba las palabras sagradas. Solo podía pensar en el bolígrafo que había firmado su sentencia horas antes.
“Yo, Elena Rossi, acepto ser la esposa de Maximilian Vane, bajo los términos del Contrato de Sucesión de Hierro…”
La Recepción de las Sombras
La fiesta posterior en la mansión Vane fue un despliegue de hipocresía. La alta sociedad de Londres se paseaba entre copas de cristal de baccarat, susurrando sobre la “pobre chica” y el “moribundo egoísta”.
Elena se mantuvo erguida, recibiendo felicitaciones que sonaban a condolencias. Al otro lado del salón, Maximilian observaba a sus parientes —una jauría de buitres esperando el festín— con un desprecio mal disimulado.
—Mira a tu nueva familia —dijo Maximilian, apareciendo a su lado mientras un enfermero empujaba su silla—. Todos están calculando cuánto valdrá mi reloj de oro cuando mi pulso se detenga.
—¿Y tú? —preguntó Elena, aceptando una copa de champán que no pensaba beber—. ¿Qué calculas tú, Maximilian?
—Yo calculo el tiempo que me queda para asegurarme de que no se lleven ni un solo centavo. Y para eso, te necesito a ti. No eres solo mi esposa, Elena. Eres mi fortaleza. La muralla que estos hienas no podrán saltar.
—Me vendiste la idea de ser tu viuda, no tu guardaespaldas.
—En este mundo, son la misma cosa.
Una Noche de Revelaciones
Cerca de la medianoche, la mansión quedó en silencio. Elena fue conducida no a una suite nupcial llena de flores, sino a una oficina revestida de roble oscuro en el ala oeste. Allí, Maximilian la esperaba frente a una chimenea que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes.
—Siéntate —ordenó él. Ya no llevaba la chaqueta del traje, y su camisa blanca revelaba la fragilidad de sus hombros. Sin embargo, su presencia seguía llenando la habitación.
Elena se sentó, manteniendo la distancia.
—Mañana vendrá el notario para formalizar el traspaso de los poderes legales —dijo Maximilian, entregándole una llave de plata—. Esta llave abre una caja fuerte en el sótano. Allí encontrarás los nombres de todos los que intentarán destruirte el día que yo muera. Sus deudas, sus secretos, sus debilidades.
—¿Por qué me das esto ahora?
—Porque no sé si despertaré mañana —dijo con una sinceridad brutal que le cortó la respiración a Elena—. El contrato dice que heredas todo, pero no menciona que también heredas mis enemigos. Si vas a ser la Viuda Vane, debes aprender a disparar antes de que te apunten.
Elena observó la llave. Era fría y pesada.
—Me elegiste porque no tengo a nadie —dedujo ella—. Porque si algo me pasa, nadie reclamará por mí.
Maximilian se inclinó hacia adelante, y por un momento, Elena vio algo más que frialdad en sus ojos. Vio un reconocimiento, una soledad compartida que la inquietó más que cualquier amenaza.
—Te elegí porque cuando te vi en aquella subasta de caridad, no estabas mirando las joyas. Estabas mirando las salidas de emergencia. Eres una superviviente, Elena. Igual que yo.
El Pacto de Sangre
Maximilian extendió una mano temblorosa hacia ella. Por instinto, Elena retrocedió, pero luego recordó el contrato, el orfanato que su familia debía mantener, las deudas de su hermano. Lentamente, puso su mano sobre la de él. La piel de Maximilian estaba gélida, pero su agarre fue sorprendentemente firme.
—Nadie debe saber la verdad sobre mi enfermedad —susurró él—. Dirán que es el corazón, o los pulmones. Pero la realidad es que me están envenenando, Elena. Lentamente. Alguien en esta casa quiere mi lugar.
El corazón de Elena dio un vuelco. El matrimonio no era solo una transacción financiera; era una inserción en una zona de guerra.
—¿Y esperas que yo descubra quién es? —preguntó ella, sintiendo cómo el miedo se transformaba en una extraña adrenalina.
—Espero que sobrevivas —respondió él, su mirada clavada en la de ella—. Porque si yo caigo y tú no estás lista, el contrato no valdrá más que el papel en el que está escrito. Tu libertad tiene un precio, Elena. Y el precio es mi vida.
Esa noche, mientras la lluvia golpeaba los ventanales de la mansión, Elena Rossi se quitó el velo negro. Ya no era la joven asustada que vendía su nombre por seguridad. Ahora era una jugadora en un tablero de ajedrez donde el rey estaba cayendo y ella, la reina por contrato, debía aprender a reinar sobre las cenizas.
Se miró al espejo una última vez antes de apagar la luz. El negro le sentaba bien. Realmente bien.
El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo azul, pero no traía calidez. Elena se despertó en una habitación que no era la suya, rodeada de muebles de caoba que parecían pesar toneladas. No había dormido. Cada crujido de la mansión Vane le recordaba que ahora dormía en el nido de una serpiente.
Se vistió con un traje sastre de color gris humo. No era negro, pero estaba lo suficientemente cerca como para mantener el luto preventivo que Maximilian parecía disfrutar. Al bajar la gran escalera de mármol, el sonido de sus tacones resonaba como disparos en el vestíbulo silencioso.
En el comedor, la mesa estaba servida para doce personas, aunque solo tres asientos estaban ocupados.
Los Comensales
Julian Vane: El primo hermano de Maximilian. Un hombre de unos treinta años con una sonrisa demasiado blanca y ojos que nunca dejaban de calcular el valor de los objetos en la habitación.
Beatrice Vane: La tía de Maximilian, una mujer cuya piel parecía estirada por demasiadas cirugías y cuyo collar de perlas parecía una soga alrededor de su cuello.
El asiento vacío: A la cabecera, donde debería estar Maximilian.
—Vaya, la “novia” ha despertado —dijo Julian, sin levantarse de su silla. Bebió un sorbo de café negro—. Esperábamos que estuvieras atendiendo al enfermo, o quizás contando las joyas de la caja fuerte.
Elena mantuvo el rostro impasible. Se sentó en el extremo opuesto a Julian, reclamando su lugar con una calma que los sorprendió.
—Maximilian está descansando —dijo Elena, extendiendo una servilleta de lino sobre sus piernas—. Y respecto a las joyas, Julian, me temo que ya están debidamente inventariadas. No querría que ninguna se “extraviara” en manos ajenas.
Beatrice dejó caer su cuchara de plata con un tintineo metálico.
—Eres valiente para ser una Rossi —siseó la mujer—. Tu familia estaba a un paso del desahucio antes de que mi sobrino cometiera la locura de este contrato. No creas que por llevar un anillo de diamante eres una de nosotros.
El Primer Movimiento de Ajedrez
Elena recordó la llave de plata que Maximilian le había entregado la noche anterior. Recordó el pequeño cuaderno de notas que había memorizado antes de bajar.
—Tienes razón, Beatrice —dijo Elena, mirando fijamente a la mujer—. No soy una de ustedes. Yo no tengo deudas de juego en los casinos de Montecarlo que superan los dos millones de libras, ni he estado desviando fondos de la Fundación Vane para cubrir las pérdidas de mi hijo.
El silencio que siguió fue absoluto. El rostro de Beatrice pasó del rojo rubí al blanco ceniza en segundos. Julian, por su parte, dejó de sonreír.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Julian, su voz ahora baja y peligrosa.
—Hablo de que este contrato no solo me dio un apellido —Elena se inclinó hacia adelante, su voz era un susurro letal—. Me dio acceso a los libros de cuentas. Y a los secretos que Maximilian guardaba bajo llave. Si yo fuera ustedes, me aseguraría de que mi desayuno no sea interrumpido por una auditoría forense… o por la policía.
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