Viuda por Contrato - Capítulo 59
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Capítulo 59: Capítulo 59: Todo ya fue
El invierno en las Azores no era de nieve, sino de una humedad que se metía en los huesos y un viento que aullaba como un animal herido contra los acantilados. En la pequeña casa de piedra, el fuego de la chimenea era el único corazón que latía con fuerza.
Jena se despertó antes de que el sol lograra atravesar la bruma. Se quedó quieta, sintiendo el calor de Damian a su espalda. Durante meses, ese calor había sido su única certeza. No necesitaba relojes, ni alarmas, ni códigos de seguridad. El ritmo de su vida lo marcaba la respiración pesada de él y los sueños ligeros de Mia en la habitación de al lado. Pero esa mañana, algo se sentía distinto. El silencio exterior era demasiado denso, como si el mundo estuviera conteniendo el aliento.
El peso del silencio
Jena se levantó con cuidado de no despertar a Damian. Sus pies descalzos sobre la madera fría la devolvieron a la realidad. Se puso una rebeca de lana gruesa, de esas que pican pero abrigan, y caminó hacia la cocina. Mientras ponía el agua a hervir, miró por la pequeña ventana empañada. Allá abajo, el mar estaba gris, picado, furioso.
En la mesa del comedor todavía quedaba el dibujo que Mia había hecho la noche anterior: una casa, tres personas y un sol enorme, aunque en la isla el sol fuera un visitante raro en esa época. Jena acarició el papel. A veces, la normalidad le daba más miedo que el peligro. En el peligro sabía cómo actuar, qué cables cortar, hacia dónde correr. En la paz, el único enemigo era el tiempo y la posibilidad de perder lo que tanto le había costado construir.
Damian apareció en el umbral de la puerta unos minutos después. No llevaba camiseta, solo unos pantalones de chándal viejos. Se veía más robusto que cuando vivían en Italia; el trabajo en el muelle le había endurecido los hombros, pero sus ojos habían perdido esa mirada de alerta constante.
—Estás pensando otra vez —dijo él, con la voz ronca del sueño. Se acercó y la rodeó por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro—. Te oigo pensar desde la cama, Jena.
—Es el viento —mintió ella, aunque sabía que él no se lo creía—. Me parece que va a ser un día duro para los barcos. No deberías bajar al puerto hoy.
Damian la giró suavemente para que lo mirara. Sus manos, ahora ásperas por el trabajo manual, le acariciaron la cara con una delicadeza que siempre la desarmaba.
—No es el viento. Es esa sombra que te vuelve a los ojos de vez en cuando. Jena, estamos a salvo. Joseph está fuera del juego, mi madre ha perdido el rastro y nosotros… nosotros no somos los mismos que hace un año.
—Lo sé —susurró ella, pegando su frente a la de él—. Pero a veces siento que no merecemos esto. Que en algún momento el universo se va a dar cuenta de que nos escapamos con una felicidad que no nos correspondía.
Damian la besó. No fue un beso de película, fue un beso real, que sabía a café recién hecho y a una promesa silenciosa.
—Merecemos cada segundo de este frío y de este silencio. Porque lo elegimos.
Un rastro en la arena
A media mañana, el temporal amainó un poco. Damian decidió que, aunque no salieran los barcos, tenía que ir a ayudar a asegurar las redes de los pescadores más viejos. Jena se quedó en casa con Mia, intentando enseñarle a leer en portugués, el idioma que ahora era su escudo.
—Mami, ¿por qué el hombre de la playa me miraba tanto ayer? —preguntó Mia de repente, sin levantar la vista de su cuaderno.
El corazón de Jena se detuvo un instante. Un segundo de adrenalina pura recorrió sus venas, el viejo instinto de combate despertando de un salto. Pero se obligó a mantener la voz tranquila.
—¿Qué hombre, cariño?
—Uno que estaba cerca de las rocas. Tenía una cámara, pero no hacía fotos al mar. Me miraba a mí. Pero luego se fue cuando llegó papá.
Jena sintió un frío que no tenía nada que ver con el clima de las Azores. Se asomó a la ventana, pero solo vio el camino vacío y los matorrales moviéndose por el viento. Podía ser un turista, un fotógrafo de naturaleza, o simplemente la imaginación de una niña. Pero en su mundo, las coincidencias eran solo errores de cálculo.
Cuando Damian regresó por la tarde, empapado por la lluvia, Jena lo esperaba con una taza de caldo y la mirada fija en la puerta. No necesitó decir nada. Él vio su rostro y dejó las botas en la entrada con un gesto pesado.
—¿Qué pasa? —preguntó él, acercándose.
Jena le contó lo que Mia había dicho. Vio cómo la mandíbula de Damian se tensaba. El hombre que antes era un heredero refinado ahora parecía un lobo protegiendo su madriguera.
—Iré a dar una vuelta por el pueblo. Veré si hay algún extraño en la pensión de Manuel.
—No —lo detuvo Jena, agarrándolo del brazo—. Si es alguien de los tuyos, o de los míos, ir a preguntar es como encender una bengala. Tenemos que observar primero.
Esa noche, el amor no fue una celebración, sino un consuelo. Se abrazaron bajo las mantas con una urgencia nueva, como si el contacto físico fuera la única forma de convencerse de que seguían allí. En la oscuridad, Damian le susurró al oído planes de escape que esperaba no tener que usar nunca, y Jena le respondió con besos que intentaban borrar el miedo.
La confrontación en el acantilado
Tres días después, Jena lo vio. Estaba recogiendo la colada cuando divisó una silueta en el camino alto, el que llevaba al faro abandonado. No era un operativo de los Murphy, ni un sicario de Franck. Era un hombre mayor, vestido con una gabardina que no encajaba con el estilo de la isla.
Jena no llamó a Damian. Cogió su cuchillo de cocina, el más afilado, y lo guardó en la bota. Salió por la puerta trasera y empezó a subir por el sendero lateral, moviéndose entre los arbustos con una agilidad que su cuerpo no había olvidado a pesar de un año de paz.
Cuando llegó a la cima, el hombre estaba de espaldas, mirando el horizonte. El viento le revolvía el cabello canoso.
—Es un mal lugar para observar, Arthur —dijo Jena, su voz cortando el aire como una navaja.
El hombre se dio la vuelta lentamente. No parecía asustado. En su rostro había una mezcla de tristeza y una resignación profunda.
—Sabía que me encontrarías antes que yo a ti, Elena. O Jena, como prefieras.
—No me llames por ninguno de esos nombres —dijo ella, manteniendo la distancia—. ¿Cómo nos encontraste? ¿Quién te envía? ¿Rous?
Arthur negó con la cabeza y se sentó en una piedra plana. Parecía cansado, mucho más viejo de lo que Jena recordaba de sus fragmentos de memoria.
—Nadie me envía. Me escapé. Igual que tú. Los Murphy ya no son lo que eran. Desde que Joseph desapareció y tú te llevaste a la niña, el imperio se está canibalizando. Rous está demasiado ocupada peleando con los abogados como para buscar fantasmas en el medio del Atlántico.
Jena no bajó la guardia.
—¿Entonces qué haces aquí?
—Vine a traerte esto —dijo él, sacando un sobre pequeño y amarillento de su bolsillo—. Es la dirección de una mujer en un pueblo de los Alpes. Ella no sabe quién eres, pero tiene una caja que tu madre le dejó antes de morir. No la madre que te inventaron, Jena. La de verdad.
Arthur dejó el sobre en el suelo y empezó a caminar hacia el sendero de bajada.
—No volveré. Nadie más sabe dónde estáis. Pero pensé que… bueno, que una mujer que ha luchado tanto por su hija, merece saber quién fue su propia madre.
Jena se quedó allí, sola, con el sobre agitándose bajo una piedra. El viento soplaba con fuerza, amenazando con llevárselo.
La decisión del corazón
Cuando regresó a casa, Damian la estaba esperando en la puerta, con el rostro pálido. Al verla llegar sana y salva, soltó un suspiro que pareció vaciarlo por completo.
—¿Dónde estabas? Iba a salir a buscarte ahora mismo.
Jena entró en la casa y dejó el sobre sobre la mesa. Le contó todo. Damian leyó la dirección en silencio. Luego, miró el fuego y después a ella.
—¿Quieres ir? —preguntó él. No había reproche en su voz, solo un apoyo incondicional que la hizo querer llorar.
Jena miró a su alrededor. La casa olía a la cena que Damian había empezado a preparar: pescado con patatas y laurel. Mia estaba en el rincón, tarareando mientras le ponía un vestido nuevo a su muñeca. Era una vida pequeña, humilde, pero era suya.
—Esa mujer de los Alpes es un pasado que ya no me pertenece —dijo Jena, acercándose a la chimenea.
—Jena, si necesitas cerrar ese círculo para ser feliz del todo, iremos —insistió Damian, tomándole las manos—. No tenemos que escondernos de la verdad.
—Mi verdad es esta, Damian —respondió ella, mirándolo a los ojos con una intensidad que lo detuvo todo—. Mi verdad es este frío que nos obliga a dormir pegados. Es el olor a gasoil en tus manos. Es el nombre de nuestra hija. No necesito una caja de recuerdos de una mujer que no conocí para saber quién soy. Soy la mujer que te ama. Y eso es suficiente.
Jena lanzó el sobre al fuego. Lo miraron consumirse hasta que no quedó más que un rastro de ceniza negra que el tiro de la chimenea se llevó hacia el cielo de las Azores.
Esa noche, después de acostar a Mia, Damian y Jena salieron a la terraza. El temporal se había ido por completo, dejando un cielo tan lleno de estrellas que parecía irreal. El sonido del mar era un arrullo constante allá abajo.
Él la abrazó por detrás, envolviéndola en su calor.
—¿Estás segura? —susurró él.
—Más que nunca —respondió ella, reclinando la cabeza en su pecho—. Mañana tenemos que ir a la cooperativa. Don Manuel dice que hay una partida de naranjas que necesita que alguien la organice.
Damian se rió, un sonido vibrante y lleno de vida.
—Y yo tengo que arreglar el motor del barco de Pedro. Me prometió un par de langostas si lo dejaba listo para el viernes.
Se quedaron allí, bajo la inmensidad del universo, dos personas que habían sido piezas de guerra y que ahora eran simplemente un hombre y una mujer. El amor no les había dado una vida fácil, ni les había devuelto sus pasados, ni les había asegurado un futuro sin cicatrices. Pero les había dado algo mucho más valioso: la capacidad de mirar hacia adelante sin miedo.
En el silencio de la isla, Jena se dio cuenta de que la novela de su vida no trataba sobre espías, ni sobre imperios caídos, ni sobre memorias perdidas. Trataba sobre el valor de elegir a quién amar todos los días, a pesar de todo lo que el mundo intentara imponer.
—Te amo, Damian —dijo ella, cerrando los ojos.
—Y yo a ti, Jena. En esta vida y en las que vengan —respondió él.
Y así, mientras la luna se reflejaba en el Atlántico, los últimos restos de Elena y de los Murphy se desvanecieron, dejando espacio para una historia nueva, escrita con palabras comunes, con gestos cotidianos y con un amor que, por fin, no tenía nada que ocultar.
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