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​Viuda por Contrato - Capítulo 60

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Capítulo 60: Capítulo 60: Nuestro Hogar

Para Jena, cada brote nuevo en su jardín era una pequeña victoria contra el destino. Ya no contaba los días por el peligro, sino por la altura que alcanzaban las plantas de tomate de Mia. Sin embargo, la paz tiene su propia forma de pesadez, una que te hace bajar la guardia justo cuando el pasado decide que todavía no ha terminado contigo.

​Capítulo: Las Raíces del Mañana

​Esa mañana, el aire olía a azahar y a salitre. Damian se había ido temprano al puerto; había una avería en la grúa principal y él era el único que sabía cómo convencer a esa vieja máquina de hierro para que funcionara un día más. Jena se quedó en la cocina, batiendo huevos para el desayuno mientras escuchaba el sonido de Mia tarareando en el piso de arriba.

​De repente, un golpe seco en la puerta la hizo saltar. No era el golpe rítmico del cartero, ni el saludo alegre de la vecina. Era un golpe pesado, oficial.

​Jena dejó el cuenco sobre la encimera. Sus dedos buscaron instintivamente el cuchillo que siempre guardaba bajo el trapo de cocina, pero se detuvo. Respiró hondo. “Ya no eres esa mujer”, se dijo a sí misma. Abrió la puerta.

​No era un sicario. Era un hombre bajo, vestido con un traje que le quedaba grande, con el rostro quemado por el sol y una carpeta de cuero bajo el brazo.

​—¿Señora Silva? —preguntó el hombre en un portugués con acento de Lisboa.

​—Dígame —respondió Jena, manteniendo el cuerpo bloqueando la entrada.

​—Soy el notario Ferreira. He venido desde Ponta Delgada. Tengo un asunto legal que requiere su firma… y la de su esposo.

​Jena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. ¿Cómo sabían que estaban allí? ¿Cómo habían relacionado el nombre “Silva” con ellos? Pero el hombre no parecía amenazante; parecía aburrido, el tipo de funcionario que solo quiere terminar su trabajo para irse a almorzar.

​—Mi marido está en el puerto —dijo ella, tratando de que su voz no temblara—. ¿De qué se trata?

​El hombre suspiró y abrió la carpeta.

—Es sobre la propiedad de esta casa. El antiguo dueño falleció el mes pasado en Coímbra. En su testamento, dejó instrucciones muy específicas. Al parecer, la renta que ustedes pagan… bueno, ya no es necesaria. Él les ha cedido la propiedad de la casa y de las tierras colindantes.

​Jena se quedó sin habla. El “antiguo dueño” era un nombre que Joseph les había dado, un testaferro que nunca habían conocido. Joseph, incluso después de desaparecer, seguía protegiéndolos desde las sombras.

​—Tengo que hablar con mi marido —logró decir Jena.

​—Claro, claro. Estaré en el café de la plaza hasta las tres. No se demoren, los papeles deben quedar sellados hoy.

​Cuando el hombre se fue, Jena cerró la puerta y se apoyó contra ella. La casa ya no era un escondite alquilado; ahora era suya. Era un ancla. Pero las anclas, además de dar estabilidad, también te impiden moverte si el barco se hunde.

​El encuentro en el muelle

​Jena bajó al puerto casi corriendo, con Mia de la mano. El sol brillaba con fuerza sobre los barcos azules y rojos que bailaban en el agua mansa. Encontró a Damian subido a la estructura de la grúa, con la cara manchada de grasa y una llave inglesa en la mano.

​Cuando él la vio llegar, supo de inmediato que algo había pasado. Bajó con la agilidad de quien ya se siente parte del paisaje de hierro y sal.

​—¿Qué ocurre? ¿Está Mia bien? —preguntó, limpiándose las manos en un trapo sucio.

​Jena le contó lo del notario. Damian escuchó en silencio, mirando hacia el horizonte donde el mar se encontraba con el cielo. No parecía alegre.

​—Es una trampa de oro, Jena —dijo él en voz baja, para que nadie más los oyera—. Si firmamos esos papeles, nuestros nombres reales, los que usamos ahora, quedarán registrados en el registro civil de forma permanente. Si alguien nos busca en el futuro, habrá un rastro oficial.

​—Pero es nuestro hogar, Damian —respondió ella, apretando su mano—. Mia tiene amigos aquí. Tú tienes un trabajo. Yo tengo a la gente de la cooperativa. ¿Cuánto tiempo más vamos a vivir como si estuviéramos a punto de saltar de un avión?

​Damian la miró a los ojos. Vio en ellos el cansancio de una mujer que llevaba años huyendo de sombras. Él también estaba cansado. Estaba harto de mirar por el retrovisor, de desconfiar de los extraños, de planear rutas de escape mientras cenaban.

​—Tienes razón —dijo él, dándole un beso rápido en la frente—. Vamos a firmar. Vamos a echar raíces de verdad. Si el pasado viene a buscarnos, nos encontrará de pie, no corriendo.

​El peso de la verdad

​Fueron al café de la plaza. El notario los esperaba con un café solo y una pila de documentos. Mientras Damian leía las cláusulas con su vieja agudeza de abogado (un talento que rara vez usaba ahora), Jena miraba a través de la ventana.

​Vio a los pescadores discutiendo sobre el precio del atún, a las mujeres cargando cestas de mimbre, y a los niños jugando al fútbol con una pelota desinflada. Esa era la vida que habían elegido. Una vida pequeña, ruidosa y llena de problemas mundanos.

​Cuando llegó el momento de firmar, Jena sintió que la mano le pesaba. Firmar como “Jena Silva” era matar definitivamente a la mujer que había sido antes. Era aceptar que el pasado era un país extranjero al que no podía volver.

​—¿Estás lista? —le preguntó Damian, sosteniendo el bolígrafo.

​—Sí —dijo ella con firmeza.

​Firmaron. El notario selló los papeles, les dio la mano y se fue, dejando tras de sí una copia de las escrituras y una sensación de finalidad que les quitó el aliento.

​Esa tarde, decidieron celebrar. No con champán ni lujos, sino con una cena sencilla en la terraza de su propia casa. Damian asó unas sardinas y Jena preparó una ensalada con los primeros tomates del jardín. Mia corría por el prado, persiguiendo a una gata que habían adoptado hacía poco.

​—Somos dueños de nuestro destino —dijo Damian, levantando un vaso de vino tinto local—. Por primera vez en mi vida, no soy el hijo de alguien, ni el heredero de algo. Solo soy yo.

​Jena sonrió y brindó con él. Pero en el fondo de su mente, una pequeña voz le recordaba que en su mundo, nada era gratis. Joseph les había dado la casa, pero también les había dado una identidad que ahora estaba grabada en piedra.

​Una confesión bajo las estrellas

​Cuando Mia se durmió, el silencio de la isla los envolvió. Se sentaron en los escalones de la entrada, mirando cómo la luna iluminaba la espuma de las olas allá abajo.

​—A veces extraño la adrenalina —confesó Jena de repente, sorprendiéndose a sí misma.

​Damian se rió suavemente y la rodeó con el brazo.

—Yo también. Extraño el café de las cinco de la mañana en los aeropuertos y esa sensación de que el mundo es demasiado pequeño. Pero luego veo a Mia durmiendo sin miedo, y me doy cuenta de que la adrenalina era solo una droga para no sentir el vacío.

​—Damian… si algún día alguien viene… si algún día los Murphy o cualquier otro fantasma aparece por ese camino… —Jena se calló, incapaz de terminar la frase.

​Él la obligó a mirarlo.

—Si eso pasa, Jena, no pelearás sola. Ya no eres una agente trabajando para una familia de locos. Eres mi mujer. Y te juro que quemaré este mundo entero antes de dejar que te quiten esta paz.

​Jena se apoyó en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón. Ese era su ritmo, su brújula. En ese momento, se dio cuenta de que el amor no era solo la pasión que sentían en la oscuridad de la habitación, sino la voluntad de construir algo sólido en un mundo que siempre intentaba derribarlos.

​—¿Crees que alguna vez seremos normales del todo? —preguntó ella.

​—Ya lo somos, Jena —respondió él—. Tenemos deudas, nos duele la espalda después de trabajar y nos preocupa que la niña aprenda bien sus lecciones. No hay nada más normal que eso.

​Se quedaron allí mucho tiempo, compartiendo el silencio y la seguridad de saberse dueños de su pequeño pedazo de roca en medio del océano. El pasado seguía ahí, en algún lugar más allá del horizonte, pero esa noche, por fin, dejó de ser una amenaza para convertirse solo en un recuerdo lejano.

​La vida en las Azores no era perfecta. Había tormentas que hacían temblar las ventanas, inviernos largos y la soledad de vivir lejos de todo. Pero mientras Jena cerraba los ojos y sentía el calor de Damian a su lado, supo que no cambiaría esa incertidumbre por toda la seguridad del mundo. Porque en ese pequeño rincón, bajo el cielo estrellado, no eran fugitivos, ni espías, ni peones de nadie. Eran simplemente ellos. Y eso, después de todo lo que habían pasado, era el mayor de los tesoros.

Damian estaba agachado junto al motor de un viejo generador en el cobertizo de la casa, con el rostro veteado de grasa negra y el sudor empapándole la camiseta. No era el trabajo limpio de un despacho, ni la adrenalina de una persecución a doscientos por hora, pero había una satisfacción casi hipnótica en el sonido del metal encajando en su sitio.

​Jena lo observaba desde la puerta, con una taza de café humeante entre las manos. Se había acostumbrado a verlo así: rudo, físico, real. El hombre que antes vestía trajes de tres mil euros ahora parecía tallado en la misma roca volcánica de la isla.

​—Si sigues mirándome así, voy a pensar que quieres que deje el motor a medias —dijo Damian sin levantar la vista, con una sonrisa ladeada que le iluminó las facciones.

​—Solo admiro tu técnica —respondió ella, acercándose para dejarle la taza sobre un banco de madera—. Aunque creo que el generador está ganando esta ronda.

​Damian soltó la llave inglesa y se incorporó, estirando la espalda con un crujido que se oyó en todo el cobertizo. Tomó el café y bebió un sorbo largo, mirando a Jena por encima del borde de la loza. Sus ojos, antes cargados de una melancolía heredada, ahora brillaban con una determinación tranquila.

​—No está ganando. Solo es testarudo, como todo en esta isla.

​Se quedaron un momento en silencio, disfrutando de esa cercanía que ya no necesitaba palabras de seguridad. Pero el silencio fue interrumpido por el sonido de una furgoneta subiendo por el camino de grava. No era un sonido familiar. Los vecinos solían avisar antes de subir la colina, y el cartero ya había pasado esa mañana.

​Jena sintió que sus músculos se tensaban por puro instinto. Damian dejó la taza a un lado, sus dedos rozando casi inconscientemente la empuñadura de la llave inglesa. La desconfianza era un músculo que, por mucho que intentaran relajar, nunca llegaba a atrofiarse del todo.

​La Sombra del Vecino

​De la furgoneta bajó un hombre de unos sesenta años, con el rostro curtido por décadas de pesca y una gorra de lana a pesar del sol. Era el señor Alves, el dueño de las tierras que colindaban con la parte trasera de su propiedad. Nunca habían hablado más que para saludarse con un gesto de cabeza en el mercado.

​—Buenos días —dijo Alves, deteniéndose a unos metros, respetando el espacio invisible que Damian y Jena siempre mantenían alrededor de su hogar—. Siento molestar, señor Silva.

​—No es molestia, señor Alves —respondió Damian, adelantándose un paso, protegiendo sutilmente la posición de Jena—. ¿En qué podemos ayudarle?

​Alves se quitó la gorra y se rascó la cabeza, visiblemente incómodo.

—He oído que han firmado las escrituras. Que la casa de la colina ya es suya legalmente.

​Jena arqueó una ceja. Las noticias en la isla volaban más rápido que el viento.

—Así es —dijo ella, cruzándose de brazos—. ¿Hay algún problema con los lindes?

​—No, no con los lindes —Alves suspiró y señaló hacia la parte alta de la montaña, donde la maleza se volvía densa y oscura—. Se trata de la vieja ermita. Está en su terreno ahora. Y la gente del pueblo… bueno, dicen que han visto luces allí arriba por las noches. Luces que no deberían estar.

​Damian y Jena intercambiaron una mirada rápida. Sabían de la existencia de la ermita en ruinas, pero nunca se habían acercado lo suficiente. Para ellos, era solo un montón de piedras cubiertas de hiedra.

​—Probablemente sean excursionistas o jóvenes buscando privacidad —sugirió Damian, tratando de quitarle hierro al asunto.

​—En esta isla no hay excursionistas de noche, señor Silva. Y los jóvenes saben que ese lugar está maldito desde la gran tormenta del 70. Solo quería avisarles. Si hay gente extraña en su tierra, deberían saberlo. No queremos problemas en el pueblo.

​Cuando Alves se marchó, la atmósfera de paz se había empañado ligeramente. No era una amenaza directa de los Murphy, pero era una grieta en su burbuja de normalidad.

​La Ascensión Nocturna

​Esa noche, después de que Mia se quedara profundamente dormida con su libro de cuentos sobre el pecho, Jena sacó dos linternas y un par de binoculares de visión térmica que habían conservado “por si acaso”.

​—No podemos dejarlo pasar, Damian —dijo ella mientras se ajustaba las botas de montaña—. Si alguien está usando nuestro terreno, tenemos que saber quién es antes de que ellos sepan quiénes somos nosotros.

​Damian asintió. No discutió. Sabía que Jena tenía razón. En su situación, el desconocimiento era el mayor de los lujos que no podían permitirse.

​Subieron por el sendero empinado bajo una luna menguante que apenas iluminaba las piedras sueltas. El viento soplaba con fuerza, trayendo el olor acre del azufre de las caldeiras cercanas. Jena se movía con la ligereza de un fantasma, sus sentidos alerta a cada crujido de las ramas. Damian la seguía de cerca, su respiración acompasada, sintiendo cómo la vieja familiaridad con el peligro le recorría las venas.

​Cuando llegaron a la cresta que dominaba la ermita, se ocultaron tras un afloramiento rocoso. Jena activó los binoculares térmicos.

​—Tres firmas de calor —susurró ella—. Están dentro de las ruinas. Tienen un generador pequeño, por eso las luces.

​Damian tomó los binoculares. Vio las siluetas moviéndose con precisión profesional. No eran jóvenes del pueblo. Llevaban equipo táctico, pero no del tipo que usa la policía. Era algo más… corporativo.

​—No son los tuyos —dijo Damian, devolviéndole el equipo—. Los Murphy son más ruidosos, más arrogantes. Estos parecen… recolectores.

​—¿Recolectores de qué? Aquí no hay nada más que piedras y cabras —murmuró Jena.

​Se acercaron más, aprovechando las sombras que proyectaban los muros derruidos de la ermita. A medida que ganaban terreno, pudieron escuchar fragmentos de conversación en un idioma que Jena reconoció de inmediato: ruso.

​—Están buscando el rastro de Joseph —susurró ella, sintiendo un nudo en el estómago—. Joseph siempre dijo que las Azores eran un punto de paso para el blanqueo de arte robado durante la guerra. Si dejó algo escondido aquí antes de “desaparecer”, estos tipos lo quieren.

​Damian la agarró del brazo, obligándola a retroceder unos metros hasta una zona segura.

—Jena, si Joseph dejó algo aquí, es una bomba de tiempo. Si esos tipos encuentran una conexión con la casa de la colina, nuestra identidad Silva no valdrá nada.

​El Pacto del Fuego

​Regresaron a casa antes del amanecer, con el corazón latiendo a un ritmo que no era por el esfuerzo físico. Se sentaron en la cocina, en la penumbra, mientras el primer café del día se filtraba con un goteo agónico.

​—Podríamos irnos —dijo Damian, aunque su voz carecía de convicción—. Empacar las cosas de Mia, dejar la casa, buscar otra isla, otro nombre.

​Jena negó con la cabeza, mirando el título de propiedad que aún descansaba sobre el aparador.

—No. Estamos cansados de correr, Damian. Si nos vamos ahora, nos pasarán el resto de la vida buscando luces en cada colina. Tenemos que neutralizar esto aquí.

​—¿Neutralizar? Son tres hombres armados, probablemente ex-KGB o algo peor. No somos un comando, Jena. Somos un mecánico y una administrativa de cooperativa.

​Jena se levantó y se acercó a él, rodeándole el cuello con los brazos. Sus ojos buscaban los de él con una intensidad feroz.

—Somos lo que decidamos ser. Mañana, el señor Alves va a tener una “charla” con la policía local sobre cazadores furtivos en su zona. Y nosotros… nosotros vamos a asegurarnos de que lo que sea que Joseph guardó en esa ermita, deje de existir.

​Damian suspiró, rindiéndose a la lógica implacable de la mujer que amaba. La besó con una mezcla de desesperación y orgullo.

—A veces olvido que eres la persona más peligrosa que he conocido.

​—Solo cuando intentan tocar mi hogar, Damian. Solo entonces.

​La Última Limpieza

​La operación fue rápida y silenciosa, como las mejores de su vida anterior. Mientras la policía local —alertada por un “ciudadano preocupado”— subía por el camino principal con las sirenas apagadas para sorprender a los “furtivos”, Damian y Jena entraron por la parte trasera de la ermita.

​No buscaron un enfrentamiento. Usaron la distracción para localizar el doble fondo bajo el altar de piedra que los rusos ya habían empezado a excavar. Allí, en una caja de plomo sellada, no había diamantes ni cuadros famosos. Había una serie de libros de contabilidad físicos y discos duros: la verdadera “seguro de vida” de Joseph contra las familias de Europa.

​—Si esto cae en manos de cualquiera, se desata una guerra mundial —dijo Damian, sopesando uno de los discos duros.

​—O nos compra la paz definitiva —respondió Jena.

​No se llevaron nada. En su lugar, vertieron una mezcla de acelerante químico que Damian había preparado en el taller y prendieron fuego al compartimento oculto justo antes de que las luces de la policía iluminaran las ruinas.

​Vieron desde la distancia cómo los tres hombres eran detenidos, confundidos y sin pruebas de lo que estaban buscando, mientras una pequeña columna de humo negro se perdía en el cielo nocturno, llevándose consigo los últimos secretos de la era Murphy.

​Epílogo: El Valor de la Normalidad

​Dos días después, la calma regresó a la colina. El señor Alves pasó de nuevo con su furgoneta, esta vez para dejarles una caja de naranjas frescas como agradecimiento por haber “limpiado” la zona de gente extraña.

​Damian y Jena se sentaron en el porche, viendo a Mia intentar enseñarle a la gata a saltar a través de un aro de mimbre. El sol se estaba poniendo, tiñendo el mar de un color cobre que parecía fundirse con el cielo.

​—¿Crees que Joseph sabía que vendrían a por ello? —preguntó Damian, pelando una naranja con parsimonia.

​—Joseph siempre juega a largo plazo. Tal vez quería que nosotros lo encontráramos. O tal vez quería que lo destruyéramos. Al final, nos dio la oportunidad de proteger nuestro territorio.

​Damian le pasó un gajo de naranja. Jena lo aceptó, sintiendo el dulzor cítrico en la lengua. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se sentía como una amenaza, sino como una página en blanco que ellos mismos estaban escribiendo.

​—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este lugar? —dijo Damian, rodeándola con el brazo.

​—¿El clima? ¿El mar?

​—Que aquí, ” Silva” no es un alias. Es un nombre que la gente respeta porque ayudamos a arreglar motores y organizamos las cuentas del pueblo. Es un nombre que nos hemos ganado con las manos sucias.

​Jena se apoyó en su hombro, cerrando los ojos. El ruido del motor del generador, ahora reparado y funcionando con un ritmo perfecto en el cobertizo, era la banda sonora de su nueva vida. Un sonido constante, humilde y real.

​El amor no los había salvado de la realidad, los había hecho lo suficientemente fuertes para enfrentarla y transformarla en algo propio. En la inmensidad del Atlántico, dos motas de polvo habían encontrado un lugar donde dejar de volar y empezar a construir.

​Y mientras las estrellas empezaban a asomar sobre el faro, Jena supo que, pasara lo que pasara, ya no tenían nada que ocultar. Eran libres, no porque el mundo los hubiera olvidado, sino porque ellos habían decidido recordar lo que realmente importaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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