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​Viuda por Contrato - Capítulo 61

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Capítulo 61: Capítulo 61: La última vez

Damian estaba agachado junto al motor de un viejo generador en el cobertizo de la casa, con el rostro veteado de grasa negra y el sudor empapándole la camiseta. No era el trabajo limpio de un despacho, ni la adrenalina de una persecución a doscientos por hora, pero había una satisfacción casi hipnótica en el sonido del metal encajando en su sitio.

​Jena lo observaba desde la puerta, con una taza de café humeante entre las manos. Se había acostumbrado a verlo así: rudo, físico, real. El hombre que antes vestía trajes de tres mil euros ahora parecía tallado en la misma roca volcánica de la isla.

​—Si sigues mirándome así, voy a pensar que quieres que deje el motor a medias —dijo Damian sin levantar la vista, con una sonrisa ladeada que le iluminó las facciones.

​—Solo admiro tu técnica —respondió ella, acercándose para dejarle la taza sobre un banco de madera—. Aunque creo que el generador está ganando esta ronda.

​Damian soltó la llave inglesa y se incorporó, estirando la espalda con un crujido que se oyó en todo el cobertizo. Tomó el café y bebió un sorbo largo, mirando a Jena por encima del borde de la loza. Sus ojos, antes cargados de una melancolía heredada, ahora brillaban con una determinación tranquila.

​—No está ganando. Solo es testarudo, como todo en esta isla.

​Se quedaron un momento en silencio, disfrutando de esa cercanía que ya no necesitaba palabras de seguridad. Pero el silencio fue interrumpido por el sonido de una furgoneta subiendo por el camino de grava. No era un sonido familiar. Los vecinos solían avisar antes de subir la colina, y el cartero ya había pasado esa mañana.

​Jena sintió que sus músculos se tensaban por puro instinto. Damian dejó la taza a un lado, sus dedos rozando casi inconscientemente la empuñadura de la llave inglesa. La desconfianza era un músculo que, por mucho que intentaran relajar, nunca llegaba a atrofiarse del todo.

​La Sombra del Vecino

​De la furgoneta bajó un hombre de unos sesenta años, con el rostro curtido por décadas de pesca y una gorra de lana a pesar del sol. Era el señor Alves, el dueño de las tierras que colindaban con la parte trasera de su propiedad. Nunca habían hablado más que para saludarse con un gesto de cabeza en el mercado.

​—Buenos días —dijo Alves, deteniéndose a unos metros, respetando el espacio invisible que Damian y Jena siempre mantenían alrededor de su hogar—. Siento molestar, señor Silva.

​—No es molestia, señor Alves —respondió Damian, adelantándose un paso, protegiendo sutilmente la posición de Jena—. ¿En qué podemos ayudarle?

​Alves se quitó la gorra y se rascó la cabeza, visiblemente incómodo.

—He oído que han firmado las escrituras. Que la casa de la colina ya es suya legalmente.

​Jena arqueó una ceja. Las noticias en la isla volaban más rápido que el viento.

—Así es —dijo ella, cruzándose de brazos—. ¿Hay algún problema con los lindes?

​—No, no con los lindes —Alves suspiró y señaló hacia la parte alta de la montaña, donde la maleza se volvía densa y oscura—. Se trata de la vieja ermita. Está en su terreno ahora. Y la gente del pueblo… bueno, dicen que han visto luces allí arriba por las noches. Luces que no deberían estar.

​Damian y Jena intercambiaron una mirada rápida. Sabían de la existencia de la ermita en ruinas, pero nunca se habían acercado lo suficiente. Para ellos, era solo un montón de piedras cubiertas de hiedra.

​—Probablemente sean excursionistas o jóvenes buscando privacidad —sugirió Damian, tratando de quitarle hierro al asunto.

​—En esta isla no hay excursionistas de noche, señor Silva. Y los jóvenes saben que ese lugar está maldito desde la gran tormenta del 70. Solo quería avisarles. Si hay gente extraña en su tierra, deberían saberlo. No queremos problemas en el pueblo.

​Cuando Alves se marchó, la atmósfera de paz se había empañado ligeramente. No era una amenaza directa de los Murphy, pero era una grieta en su burbuja de normalidad.

​La Ascensión Nocturna

​Esa noche, después de que Mia se quedara profundamente dormida con su libro de cuentos sobre el pecho, Jena sacó dos linternas y un par de binoculares de visión térmica que habían conservado “por si acaso”.

​—No podemos dejarlo pasar, Damian —dijo ella mientras se ajustaba las botas de montaña—. Si alguien está usando nuestro terreno, tenemos que saber quién es antes de que ellos sepan quiénes somos nosotros.

​Damian asintió. No discutió. Sabía que Jena tenía razón. En su situación, el desconocimiento era el mayor de los lujos que no podían permitirse.

​Subieron por el sendero empinado bajo una luna menguante que apenas iluminaba las piedras sueltas. El viento soplaba con fuerza, trayendo el olor acre del azufre de las caldeiras cercanas. Jena se movía con la ligereza de un fantasma, sus sentidos alerta a cada crujido de las ramas. Damian la seguía de cerca, su respiración acompasada, sintiendo cómo la vieja familiaridad con el peligro le recorría las venas.

​Cuando llegaron a la cresta que dominaba la ermita, se ocultaron tras un afloramiento rocoso. Jena activó los binoculares térmicos.

​—Tres firmas de calor —susurró ella—. Están dentro de las ruinas. Tienen un generador pequeño, por eso las luces.

​Damian tomó los binoculares. Vio las siluetas moviéndose con precisión profesional. No eran jóvenes del pueblo. Llevaban equipo táctico, pero no del tipo que usa la policía. Era algo más… corporativo.

​—No son los tuyos —dijo Damian, devolviéndole el equipo—. Los Murphy son más ruidosos, más arrogantes. Estos parecen… recolectores.

​—¿Recolectores de qué? Aquí no hay nada más que piedras y cabras —murmuró Jena.

​Se acercaron más, aprovechando las sombras que proyectaban los muros derruidos de la ermita. A medida que ganaban terreno, pudieron escuchar fragmentos de conversación en un idioma que Jena reconoció de inmediato: ruso.

​—Están buscando el rastro de Joseph —susurró ella, sintiendo un nudo en el estómago—. Joseph siempre dijo que las Azores eran un punto de paso para el blanqueo de arte robado durante la guerra. Si dejó algo escondido aquí antes de “desaparecer”, estos tipos lo quieren.

​Damian la agarró del brazo, obligándola a retroceder unos metros hasta una zona segura.

—Jena, si Joseph dejó algo aquí, es una bomba de tiempo. Si esos tipos encuentran una conexión con la casa de la colina, nuestra identidad Silva no valdrá nada.

​El Pacto del Fuego

​Regresaron a casa antes del amanecer, con el corazón latiendo a un ritmo que no era por el esfuerzo físico. Se sentaron en la cocina, en la penumbra, mientras el primer café del día se filtraba con un goteo agónico.

​—Podríamos irnos —dijo Damian, aunque su voz carecía de convicción—. Empacar las cosas de Mia, dejar la casa, buscar otra isla, otro nombre.

​Jena negó con la cabeza, mirando el título de propiedad que aún descansaba sobre el aparador.

—No. Estamos cansados de correr, Damian. Si nos vamos ahora, nos pasarán el resto de la vida buscando luces en cada colina. Tenemos que neutralizar esto aquí.

​—¿Neutralizar? Son tres hombres armados, probablemente ex-KGB o algo peor. No somos un comando, Jena. Somos un mecánico y una administrativa de cooperativa.

​Jena se levantó y se acercó a él, rodeándole el cuello con los brazos. Sus ojos buscaban los de él con una intensidad feroz.

—Somos lo que decidamos ser. Mañana, el señor Alves va a tener una “charla” con la policía local sobre cazadores furtivos en su zona. Y nosotros… nosotros vamos a asegurarnos de que lo que sea que Joseph guardó en esa ermita, deje de existir.

​Damian suspiró, rindiéndose a la lógica implacable de la mujer que amaba. La besó con una mezcla de desesperación y orgullo.

—A veces olvido que eres la persona más peligrosa que he conocido.

​—Solo cuando intentan tocar mi hogar, Damian. Solo entonces.

​La Última Limpieza

​La operación fue rápida y silenciosa, como las mejores de su vida anterior. Mientras la policía local —alertada por un “ciudadano preocupado”— subía por el camino principal con las sirenas apagadas para sorprender a los “furtivos”, Damian y Jena entraron por la parte trasera de la ermita.

​No buscaron un enfrentamiento. Usaron la distracción para localizar el doble fondo bajo el altar de piedra que los rusos ya habían empezado a excavar. Allí, en una caja de plomo sellada, no había diamantes ni cuadros famosos. Había una serie de libros de contabilidad físicos y discos duros: la verdadera “seguro de vida” de Joseph contra las familias de Europa.

​—Si esto cae en manos de cualquiera, se desata una guerra mundial —dijo Damian, sopesando uno de los discos duros.

​—O nos compra la paz definitiva —respondió Jena.

​No se llevaron nada. En su lugar, vertieron una mezcla de acelerante químico que Damian había preparado en el taller y prendieron fuego al compartimento oculto justo antes de que las luces de la policía iluminaran las ruinas.

​Vieron desde la distancia cómo los tres hombres eran detenidos, confundidos y sin pruebas de lo que estaban buscando, mientras una pequeña columna de humo negro se perdía en el cielo nocturno, llevándose consigo los últimos secretos de la era Murphy.

​Epílogo: El Valor de la Normalidad

​Dos días después, la calma regresó a la colina. El señor Alves pasó de nuevo con su furgoneta, esta vez para dejarles una caja de naranjas frescas como agradecimiento por haber “limpiado” la zona de gente extraña.

​Damian y Jena se sentaron en el porche, viendo a Mia intentar enseñarle a la gata a saltar a través de un aro de mimbre. El sol se estaba poniendo, tiñendo el mar de un color cobre que parecía fundirse con el cielo.

​—¿Crees que Joseph sabía que vendrían a por ello? —preguntó Damian, pelando una naranja con parsimonia.

​—Joseph siempre juega a largo plazo. Tal vez quería que nosotros lo encontráramos. O tal vez quería que lo destruyéramos. Al final, nos dio la oportunidad de proteger nuestro territorio.

​Damian le pasó un gajo de naranja. Jena lo aceptó, sintiendo el dulzor cítrico en la lengua. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se sentía como una amenaza, sino como una página en blanco que ellos mismos estaban escribiendo.

​—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este lugar? —dijo Damian, rodeándola con el brazo.

​—¿El clima? ¿El mar?

​—Que aquí, ” Silva” no es un alias. Es un nombre que la gente respeta porque ayudamos a arreglar motores y organizamos las cuentas del pueblo. Es un nombre que nos hemos ganado con las manos sucias.

​Jena se apoyó en su hombro, cerrando los ojos. El ruido del motor del generador, ahora reparado y funcionando con un ritmo perfecto en el cobertizo, era la banda sonora de su nueva vida. Un sonido constante, humilde y real.

​El amor no los había salvado de la realidad, los había hecho lo suficientemente fuertes para enfrentarla y transformarla en algo propio. En la inmensidad del Atlántico, dos motas de polvo habían encontrado un lugar donde dejar de volar y empezar a construir.

​Y mientras las estrellas empezaban a asomar sobre el faro, Jena supo que, pasara lo que pasara, ya no tenían nada que ocultar. Eran libres, no porque el mundo los hubiera olvidado, sino porque ellos habían decidido recordar lo que realmente importaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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