Viuda por Contrato - Capítulo 63
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Capítulo 63: Capítulo 63: El pacto
La ampliación del muelle iba a buen ritmo. Damian se había tomado el proyecto como una misión personal, una forma de anclarse físicamente a la tierra que ahora le pertenecía legalmente. Se pasaba el día entre vigas de madera tratada, sacos de cemento y el sonido metálico de la radial cortando acero. Había algo purificador en el cansancio físico extremo; cuando llegaba a casa por la noche, sus músculos gritaban, pero su mente estaba, por primera vez en décadas, en un bendito silencio.
Sin embargo, Jena no podía permitirse ese lujo. Ella era la estratega, la que mantenía los ojos en el perímetro mientras él construía el fuerte. Por eso, cuando vio a aquel hombre sentado en el café de la plaza, supo de inmediato que la paz absoluta era un espejismo.
No era un ruso. No era un sicario de los Murphy. Era algo mucho más peligroso porque parecía… normal.
Era un tipo de unos cincuenta años, con una chaqueta de lino impecable a pesar de la humedad y un sombrero de panamá que lo marcaba como un turista adinerado. Pero no miraba los barcos ni el paisaje. Miraba la casa de la colina.
El Intruso de Guante Blanco
Jena dejó la cesta de la compra en el suelo y se sentó en la mesa vecina, pidiendo un café con leche en un portugués fluido que ya no delataba su origen. El hombre ni siquiera se inmutó, pero ella notó cómo su postura cambiaba sutilmente.
—Es una vista hermosa, ¿verdad? —dijo el hombre, sin apartar la vista de la ladera verde donde la casa de los Silva se alzaba solitaria—. Aunque parece un lugar difícil para proteger. Demasiados ángulos muertos en la parte trasera.
Jena sintió una descarga eléctrica recorriéndole la columna, pero mantuvo la voz firme y desinteresada.
—Es una casa familiar, señor. Aquí no necesitamos protegernos de nada más que del viento.
El hombre se giró entonces, regalándole una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Eran unos ojos grises, fríos como el acero de un bisturí.
—Eso es lo que todos esperamos, señora Silva. Pero el mundo es un lugar pequeño. Yo me dedico a recuperar cosas que se han perdido. A veces son objetos, a veces son… inversiones.
—No creo que encuentre nada de eso en este pueblo —respondió Jena, levantándose y recogiendo su cesta.
—Oh, ya he encontrado lo que buscaba. Solo quería ver si el rumor era cierto. Si el gran Damian Murphy realmente se había convertido en un carpintero de ribera por amor. Es una historia fascinante. Casi romántica.
Jena no respondió. Caminó hacia su furgoneta con el corazón martilleando contra sus costillas. No podía ir a buscar a Damian al puerto; eso solo confirmaría que el hombre había dado en el clavo. Condujo directamente a casa, subiendo la colina con una agresividad que hizo que las ruedas derraparan en la grava.
El Regreso de las Sombras
Cuando Damian llegó a casa tres horas después, encontró a Jena en la cocina. Pero no estaba cocinando. Estaba sentada en la mesa, con la pistola que él había limpiado la noche anterior desmontada frente a ella, pieza por pieza.
—Ha venido alguien —dijo ella, sin levantar la vista.
Damian cerró la puerta con cuidado. La alegría que traía por haber terminado el armazón del muelle se disolvió instantáneamente.
—¿Quién?
—Un recuperador. No me dio nombres, pero sabía quién eres. Sabía quiénes somos. Habló de “inversiones”.
Damian se dejó caer en la silla frente a ella. Se frotó la cara con las manos sucias de serrín. El peso del apellido Murphy volvía a caer sobre sus hombros, una herencia maldita que ni el océano más profundo podía lavar.
—No pueden ser los rusos —murmuró él—. La policía se encargó de ellos. Esto es otra cosa. Esto es alguien que ha estado esperando a que Joseph cometiera un error.
—La polaroid, Damian —dijo Jena, mirándolo fijamente—. Alguien interceptó ese envío, o Joseph tiene una filtración. El hecho es que ya no somos invisibles.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó él. Su voz era plana, despojada de emoción, la voz del hombre que una vez fue capaz de quemar una ciudad entera para proteger sus intereses.
—Lo que siempre hacemos. Pero esta vez, no vamos a huir. Vamos a invitarlo a cenar.
Una Cena con el Diablo
El hombre del sombrero de panamá aceptó la invitación con una cortesía alarmante. Se presentó en la casa a las ocho de la tarde, portando una botella de vino tinto de una cosecha que costaba más que la furgoneta de los Silva.
Mia estaba en casa de la señora Rosa. Jena se había asegurado de que pasara la noche allí bajo el pretexto de una “cena de negocios importante”.
—Señor Silva, es un honor —dijo el hombre, entrando en la casa y examinando el mobiliario con aire de tasador—. Y señora Silva, luce usted mucho mejor bajo esta luz que en el café. Me llamo Julian Vane. Trabajo para un consorcio que ustedes conocen muy bien.
Se sentaron a la mesa. Jena había preparado una cena sencilla pero impecable: pescado a la brasa y verduras del jardín. Damian servía el vino con una calma glacial.
—Vayamos al grano, Vane —dijo Damian, dejando la botella sobre la mesa—. ¿Qué quieres? Si hubieras querido matarnos, lo habrías intentado en el muelle.
Vane soltó una risita seca.
—Matarlos sería un desperdicio de talento, Damian. Y muy malo para el negocio. Mi consorcio no quiere sangre; quiere estabilidad. El “accidente” en la ermita del otro día… eso causó mucha inquietud. Joseph destruyó información que pertenecía a mucha gente poderosa.
—Lo que hubiera allí arriba ya no existe —cortó Jena—. Se quemó.
—Lo sabemos. Pero lo que nos interesa no es el papel, sino la memoria. Ustedes pasaron años en el círculo íntimo. Saben rutas, saben nombres, saben cuentas en paraísos fiscales que no estaban en esos discos duros.
Vane se inclinó hacia adelante, su sombra proyectándose larga sobre la pared de piedra.
—Queremos que vuelvan. No como jefes, claro. Pero como consultores. A cambio, esta casa seguirá siendo suya. Su hija tendrá una vida de lujos. Y nadie, jamás, volverá a molestarlos.
La Decisión de Jena
El silencio que siguió a la propuesta de Vane fue tan espeso que se podía oír el tictac del reloj en el pasillo. Damian miró a Jena. En sus ojos había una súplica silenciosa: Dime que no tenemos que volver a ese infierno.
Jena se levantó lentamente. Caminó hacia la ventana que daba al mar, donde las luces del faro barrían la oscuridad rítmicamente.
—¿Sabe por qué elegimos esta isla, señor Vane? —preguntó ella, de espaldas a la mesa.
—Supongo que por el aislamiento.
—No. La elegimos porque aquí las cosas son lo que parecen. Una tormenta es una tormenta. El mar es el mar. Y nosotros somos los Silva.
Se giró de repente. Su rostro no mostraba miedo, sino una frialdad que hizo que incluso Vane se pusiera tenso.
—Usted cree que tiene el control porque sabe nuestros nombres. Pero se olvida de una cosa básica. Nosotros no tenemos nada que perder, porque ya lo perdimos todo una vez. Si intenta llevarnos de vuelta, si intenta tocar a nuestra hija o nuestra paz, no recibirá consultoría. Recibirá lo que mejor sabemos dar: un final.
Damian se levantó también, colocándose al lado de Jena. Eran una unidad perfecta, dos mitades de un mismo mecanismo de defensa.
—Váyase de mi casa, Vane —dijo Damian—. Dígale a su consorcio que el último Murphy murió en aquel incendio en los Alpes. Y dígales que si envían a alguien más, no habrá invitaciones a cenar. Solo habrá tierra volcánica cubriendo sus restos.
El Pacto de Sangre y Sal
Vane los miró durante un largo rato, buscando una grieta en su resolución. No encontró ninguna. Se levantó, ajustándose la chaqueta de lino, y dejó la copa de vino intacta sobre la mesa.
—Es una lástima. El mundo es muy aburrido sin gente como ustedes en el juego. Pero tengan cuidado; la integridad es una virtud muy cara en estos tiempos.
Cuando la furgoneta de Vane desapareció por el camino, Jena se derrumbó en la silla. Sus manos, que habían estado firmes durante toda la cena, empezaron a temblar violentamente. Damian la rodeó con sus brazos, hundiendo la cara en su cuello.
—Lo hemos logrado —susurró él—. Se ha ido.
—No se ha ido para siempre, Damian —respondió ella, aferrándose a su camiseta—. Solo ha ido a informar. Hemos ganado tiempo, nada más.
—Entonces usaremos ese tiempo. Mañana instalaremos las cámaras térmicas que guardamos en el cobertizo. Y voy a pedirle a Manuel que me enseñe a manejar el barco de gran calado. Si tenemos que irnos, no será en avión.
Esa noche, no durmieron. Se quedaron en la terraza, viendo cómo el amanecer empezaba a teñir el cielo de violeta. No eran los fugitivos de antes, pero tampoco eran la familia normal que pretendían ser. Eran algo nuevo, algo híbrido: guardianes de su propia felicidad.
El sol salió finalmente, iluminando el muelle que Damian estaba construyendo. Se veía sólido, fuerte, capaz de resistir cualquier embate del Atlántico.
—¿Valdrá la pena? —preguntó Jena, mirando hacia el horizonte.
Damian la besó, un beso que sabía a café frío y a una promesa eterna.
—Cada segundo, Jena. Mientras estemos juntos, cada segundo de esta paz vale una vida entera de guerra.
El Despertar de la Isla
A las ocho de la mañana, Mia regresó de casa de la señora Rosa, corriendo por el prado con un ramo de flores silvestres en la mano.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Rosa dice que hoy habrá fiesta en el puerto! —gritó la niña, lanzándose a los brazos de Damian.
Él la levantó en vilo, haciéndola reír, mientras Jena los observaba desde la puerta. Por un momento, las sombras de Julian Vane y el consorcio parecieron desvanecerse ante la luz del sol matutino.
—Entonces tendremos que ir, ¿no? —dijo Jena, acercándose y acariciando la mejilla de su hija—. Después de todo, somos parte de este pueblo.
Ese día, los Silva bajaron al puerto. Damian trabajó en su muelle, Jena ayudó en la cooperativa y Mia jugó con los otros niños. Parecían la viva imagen de la normalidad. Pero bajo la superficie, el motor de su supervivencia seguía encendido, listo para rugir al menor signo de peligro.
Habían quemado sus puentes, como dijo Joseph, pero se habían asegurado de construir un barco con las cenizas. Y mientras el viento de las Azores siguiera soplando a su favor, nadie, ni consorcios ni fantasmas del pasado, les arrebataría el derecho a llamarse, por fin, una familia.
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