Viuda por Contrato - Capítulo 64
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Capítulo 64: Capítulo 64: Solos
El silencio regresó a la casa de la colina, pero no era ese silencio tenso de la cena, sino uno más denso, cargado de una electricidad que solo ellos dos sabían descifrar. Damian cerró la puerta principal con llave y se quedó apoyado contra la madera, exhalando un aire que parecía haber retenido durante horas.
Jena estaba junto a la chimenea. No se había movido. La luz mortecina de las brasas dibujaba su perfil, recordándole a Damian por qué había estado dispuesto a traicionar a su propia sangre: porque ella era su única patria.
Él caminó hacia ella sin decir palabra. No hacían falta. Sus pasos sobre la madera crujían con una familiaridad reconfortante. Cuando llegó a su altura, le puso una mano en la nuca, hundiendo los dedos en su cabello oscuro, todavía algo húmedo por la bruma marina.
—Mírame —susurró él.
Jena se giró. Sus ojos, que minutos antes habían sido dos témpanos de hielo frente al enemigo, se derritieron al encontrarse con los de Damian. Había miedo, sí, pero sobre todo había un deseo voraz de reafirmarse, de sentirse vivos después de haber rozado la sombra del pasado.
—No voy a dejar que nos lleven de vuelta —dijo ella, con la voz quebrada—. No voy a dejar que te conviertan otra vez en lo que ellos quieren.
Damian no respondió con palabras. La atrajo hacia sí con una urgencia que casi les hizo perder el equilibrio. Sus labios se encontraron en un beso que sabía a desesperación y a alivio. No era un beso suave; era un pacto sellado con fuego. En ese contacto, Jena sintió la fuerza de los brazos de Damian, esos brazos que ahora tenían callos de trabajar la madera, pero que seguían siendo su único lugar seguro en el mundo.
Él la levantó con facilidad, y ella rodeó su cintura con las piernas, aferrándose a sus hombros como si fuera el único ancla en medio de una tempestad. Subieron las escaleras a oscuras, guiados solo por el instinto y el aroma del otro.
La Piel como Lenguaje
En el dormitorio, la luz de la luna se filtraba por los ventanales, bañando la cama de un azul plata. Damian la depositó sobre las sábanas de lino con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de hace un momento. Se tomó su tiempo para desabrochar cada botón de su blusa, sus dedos rozando la piel cálida de Jena, provocándole escalofríos que nada tenían que ver con el frío de las Azores.
—Eres hermosa —murmuró él, recorriendo con la yema de los dedos la cicatriz casi invisible que ella tenía cerca de la clavícula, un recuerdo de una noche en Praga que parecía pertenecer a otra vida.
Jena le quitó la camiseta, deleitándose en la textura de sus músculos, en la solidez de ese hombre que lo había dejado todo por ella. Sus manos exploraron cada centímetro de su torso, memorizando de nuevo la geografía de su cuerpo, ese mapa que ella conocía mejor que nadie.
Cuando sus cuerpos finalmente se unieron, no hubo espacio para las dudas ni para los consorcios. El mundo exterior, con sus amenazas y sus secretos, dejó de existir. Solo importaba el ritmo de sus respiraciones acompasadas, el calor de la piel contra la piel y el latido de dos corazones que, a pesar de todo lo que habían visto, seguían siendo capaces de amar con una pureza aterradora.
Hacer el amor no era solo un acto físico para ellos; era su forma de decirse que seguían ahí, que eran reales, que no eran fantasmas de una guerra olvidada. Era su manera de exorcizar los demonios. En ese rincón del mundo, bajo el techo de una casa que ellos mismos habían construido, Damian y Jena no eran espías ni herederos; eran simplemente dos personas que se pertenecían por completo.
El Susurro del Alba
Horas más tarde, con el primer atisbo de claridad asomando por el horizonte, Jena descansaba su cabeza en el pecho de Damian. Podía oír el ritmo constante de su corazón, un tambor que marcaba el tiempo de su nueva vida. Él le acariciaba el brazo perezosamente, trazando círculos invisibles sobre su piel.
—¿En qué piensas? —preguntó él en un susurro, su voz ronca por el sueño y la pasión.
Jena sonrió en la oscuridad, entrelazando sus dedos con los de él.
—Pienso en que, por mucho que lo intenten, no pueden quitarnos esto. Pueden saber dónde vivimos, pueden conocer nuestros nombres… pero no saben cómo nos miramos cuando nadie nos ve. No saben lo que sentimos. Eso es lo único que nunca podrán recuperar.
Damian le besó la frente, apretándola un poco más contra él.
—Somos nuestra propia isla, Jena. Y voy a defenderla hasta mi último aliento.
Se quedaron así, disfrutando de la paz ganada a pulso, viendo cómo la luz del sol empezaba a lamer las paredes de la habitación. No había planes de contingencia en ese momento, ni armas sobre la mesa, ni miedos al acecho. Solo la certeza de que, mientras amanecieran el uno al lado del otro, el resto del mundo podía esperar.
El Desayuno de los Libres
Esa mañana, bajaron a la cocina tarde. Damian preparó el café mientras Jena cortaba fruta fresca. El ambiente era distinto; la tensión de la noche anterior se había transformado en una complicidad renovada. Se movían por la cocina con una sincronía perfecta, rozándose “accidentalmente” cada vez que se cruzaban, compartiendo sonrisas que solo ellos entendían.
—Hoy no voy al muelle —anunció Damian, dándole un sorbo a su taza—. Hoy me quedo aquí contigo. Vamos a llevar a Mia a las piscinas naturales de Ferraria. Quiero que pasemos el día los tres, como la familia que somos.
Jena lo miró con amor infinito. Sabía que esa era su forma de decirle que no iba a permitir que el miedo dictara sus vidas.
—Me parece el mejor plan del mundo, Damian Silva.
El amor los había llevado al borde del abismo, pero también les había dado las alas para cruzarlo. Y en esa pequeña cocina de una isla perdida en el mapa, supieron que su mayor victoria no había sido escapar, sino haber encontrado, en medio del caos, un amor que pesaba más que todo su pasado.
La señora Rosa se había llevado a Mia a pasar el día entero en su granja, prometiéndole que aprendería a ordeñar una cabra y a recoger huevos frescos. Damian y Jena, por primera vez en semanas, tenían el reloj a su favor y las paredes de piedra solo para ellos.
El sol de media mañana entraba por el ventanal del salón, dibujando rectángulos de luz dorada sobre la madera. Jena estaba sentada en el sofá, con las piernas recogidas, observando a Damian. Él no se había dado cuenta de que lo miraba; estaba concentrado limpiando un viejo sextante de latón que había encontrado en el desván, una reliquia de los antiguos dueños que quería restaurar para la biblioteca.
Había algo en la forma en que sus hombros se relajaban cuando no había testigos que a Jena le encogía el corazón. Ya no era el soldado alerta, ni el heredero frío de un imperio de sombras. Era un hombre disfrutando del sol en sus manos.
—Deja eso un momento —dijo ella en voz baja.
Damian levantó la vista y sonrió, esa sonrisa que solo le pertenecía a ella, la que no llegaba a los labios por deber, sino por pura paz. Dejó el objeto sobre la mesa y se acercó, sentándose a su lado. El sofá se hundió bajo su peso, y Jena no tardó ni un segundo en buscar el refugio de su costado.
—¿Te das cuenta de que no oigo nada? —susurró ella, apoyando la mejilla en su hombro—. Ni gritos de Mia, ni motores de la furgoneta, ni el viento golpeando fuerte. Solo… nosotros.
Damian le pasó el brazo por encima de los hombros, atrayéndola más, hasta que ella pudo sentir el latido rítmico de su corazón a través de la camisa de lino. Le besó la coronilla, respirando el aroma de su champú, ese olor a lavanda y mar que para él se había convertido en la definición de “hogar”.
—Es un silencio peligroso —bromeó él, aunque su voz era profunda y cálida—. Hace que me olvide de que tengo un muelle a medio construir y que el generador necesita una revisión.
—El muelle no se va a ir a ninguna parte, Damian. Y el mundo tampoco.
Jena se separó apenas unos centímetros para mirarlo a los ojos. En la penumbra del salón, sus pupilas estaban dilatadas. Sus dedos empezaron a trazar el contorno de la mandíbula de Damian, deteniéndose en la pequeña cicatriz que tenía cerca del labio.
—A veces me asusta que esto sea un sueño —confesó ella, su voz apenas un hilo—. Me asusta que un día me despierte en aquella habitación fría de Moscú, o en el despacho de Londres, y que tú seas solo una sombra que imaginé para no volverme loca.
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