Viuda por Contrato - Capítulo 65
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Capítulo 65: Capítulo 65: Todos o nada
Damian tomó su mano y la llevó a sus labios, besando cada nudillo con una devoción casi religiosa.
—Si esto es un sueño, Jena, entonces hemos compartido el mismo durante demasiado tiempo. Siente esto.
Él guio la mano de ella hasta su pecho, justo encima de su corazón.
—Esto es real. El sudor, el cansancio, el hecho de que me despierto cada noche solo para asegurarme de que estás respirando a mi lado… nada de eso es una ilusión. Hemos pagado el precio más alto por este silencio. Disfrútalo.
Una Danza Sin Música
Se quedaron así un rato, dejando que los minutos pasaran sin dueño. Jena se incorporó un poco y empezó a desabrochar los botones de la camisa de Damian, uno a uno, con una lentitud deliberada que hizo que la respiración de él se volviera más pesada. No había prisa. No había misiones que cumplir ni objetivos que abatir. Solo existía el deseo de redescubrirse en la calma.
Ella apartó la tela y presionó sus labios contra el esternón de él, sintiendo el calor que emanaba de su piel. Damian soltó un suspiro largo, cerrando los ojos mientras dejaba que las manos de Jena exploraran su torso, recorriendo los músculos que el trabajo físico en la isla había definido aún más.
—Te amo —susurró ella contra su piel—. No por lo que hiciste por mí, sino por quién eres cuando no tienes que ser nadie más.
Damian la tomó por el mentón, obligándola a subir la mirada. La intensidad en sus ojos grises era suficiente para quemar cualquier rastro de duda.
—Tú me salvaste antes de que yo supiera que necesitaba ser salvado, Jena. Yo solo era un hombre vacío hasta que entraste en mi vida y decidiste que valía la pena arriesgarlo todo.
La atrajo hacia sí y la besó con una ternura que pronto se transformó en algo más profundo, más urgente. Se movieron hacia la alfombra frente a la chimenea apagada, envueltos en la luz del mediodía. Allí, sin el peso de la ropa ni de los secretos, volvieron a ser lo que siempre fueron en esencia: dos supervivientes que habían encontrado su paraíso en el cuerpo del otro.
Cada caricia era un recordatorio de su victoria. Cada suspiro, un desafío al pasado. En la intimidad absoluta de su hogar, el amor no era una palabra suave, era una fuerza elemental que los anclaba a la realidad. No necesitaban lujos, ni el poder que una vez tuvieron a su alcance. Solo necesitaban ese contacto, esa comunión de piel y alma que los hacía sentir invencibles.
La Promesa de la Tarde
Más tarde, mientras el sol empezaba su lento descenso hacia el mar, se quedaron tendidos en el suelo, cubiertos apenas por una manta de lana. El calor del encuentro todavía flotaba en el aire, mezclado con la paz que sigue a la tormenta de los sentidos.
Jena jugaba con los dedos de Damian, entrelazándolos con los suyos.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de estar así contigo? —preguntó ella, con la voz soñolienta.
—¿Qué?
—Que no tengo que vigilar mi espalda. Por primera vez en mi vida, sé que si cierro los ojos, el mundo seguirá siendo el mismo cuando los abra. Porque tú estás aquí.
Damian se giró hacia ella, apoyado en un codo, y le apartó un mechón de pelo de la cara.
—Y siempre estaré. No importa quién llame a la puerta, o qué sombras intenten alcanzarnos. Esta casa, esta vida… es nuestro santuario. Y yo soy el guardián de este santuario, Jena.
Se quedaron en silencio, viendo cómo las motas de polvo bailaban en los últimos rayos de sol que entraban por la ventana. Era una felicidad sencilla, casi doméstica, pero para ellos era el tesoro más grande del universo. Sabían que fuera de esas paredes el peligro seguía existiendo, que Vane y los demás eran una amenaza latente, pero en ese espacio sagrado de su intimidad, eran libres.
—Deberíamos ir a buscar a Mia pronto —dijo Jena, aunque no hizo ningún movimiento por levantarse.
—Diez minutos más —pidió Damian, volviendo a besarla—. Solo diez minutos más de ser nosotros dos.
Y en esos diez minutos, el tiempo se detuvo por completo, sellando una promesa que ni los Murphy, ni los consorcios, ni el destino mismo podrían romper jamás.
El plan de ir a buscar a Mia se convirtió rápidamente en una aventura improvisada. Damian sabía que, aunque la casa era su santuario, a veces las paredes hablaban demasiado del pasado. Necesitaban tierra bajo los pies, el olor a pino y el cielo nocturno de las Azores como único techo.
Capítulo: Bajo el Manto de las Estrellas
Cargaron la vieja furgoneta con lo básico: una tienda de campaña que olía a lona antigua, mantas de lana pesada, una pequeña cocina de gas y suficiente comida para dos días. Mia saltaba de alegría en el asiento trasero, abrazada a su mochila, ajena a las sombras que sus padres habían despachado el día anterior. Para ella, solo era un fin de semana en la naturaleza; para Damian y Jena, era una forma de marcar territorio, de decirse a sí mismos que la isla entera era su nuevo hogar.
Condujeron hacia el interior, donde el terreno se volvía abrupto y el verde se tornaba de un esmeralda casi irreal. Se detuvieron en un valle alto, cerca de una de las lagunas volcánicas que descansaban en calderas extintas. El aire allí arriba era más puro, más frío, y sabía a musgo y libertad.
—¡Mirad eso! —gritó Mia, señalando la superficie del agua, que reflejaba las nubes como un espejo perfecto.
Construyendo el Refugio
Montar el campamento se convirtió en un ritual de risas. Damian intentaba ser serio con las varillas de la tienda, pero Jena no dejaba de hacerle cosquillas o de robarle besos rápidos cuando Mia no miraba. Había una ligereza en ellos que no habían sentido en años. Damian, el hombre que una vez manejó presupuestos de millones de euros, ahora sudaba tratando de clavar una piqueta en el suelo volcánico, y se sentía más orgulloso de eso que de cualquier victoria en el pasado.
—Señor Silva, creo que su ingeniería civil está fallando —se burló Jena, viendo cómo un lado de la tienda cedía.
—Es el viento, no el ingeniero —respondió él, atrapándola por la cintura y atrayéndola hacia el suelo.
Cayeron sobre la hierba alta, rodando entre risas mientras Mia se lanzaba sobre ellos. En ese montón de brazos y piernas, en medio de un prado donde nadie sabía quiénes eran, los restos del “Consorcio” y de las “amenazas” se sintieron como cenizas lejanas.
La Magia del Fuego
Al caer la noche, el frío de la montaña los obligó a refugiarse cerca de la pequeña hoguera que Damian había construido con piedras y ramas secas. Cenaron de forma sencilla: pan local, queso de la isla y unas salchichas asadas que a Mia le parecieron el manjar más exquisito del mundo.
Cuando la niña finalmente se quedó dormida dentro de la tienda, envuelta en capas de mantas, Damian y Jena se quedaron fuera, sentados en un tronco caído, compartiendo una sola manta sobre los hombros.
El silencio de la montaña era absoluto, roto solo por el chisporroteo ocasional de las brasas. Jena apoyó la cabeza en el hombro de Damian y miró hacia arriba. El cielo de las Azores, lejos de las luces del pueblo, era una explosión de estrellas tan densa que parecía que se podía tocar.
—Es increíble, ¿verdad? —susurró ella—. Tantas luces, y nosotros estamos aquí, en una roca en medio del océano.
—Me gusta nuestra roca —respondió Damian, apretándola contra él—. Me gusta que el mundo sea tan grande y que nosotros hayamos encontrado este rincón tan pequeño.
Él tomó la mano de Jena, trazando con el pulgar las líneas de su palma. Había algo profundamente erótico y tierno en ese momento; la vulnerabilidad de estar a la intemperie, protegidos solo por su amor y el calor del fuego.
—Damian —dijo ella, girándose para mirarlo a la cara, iluminada solo por el resplandor naranja de las brasas—, ¿alguna vez te arrepientes? No del riesgo, sino de la sencillez. A veces pienso que un hombre como tú debería estar gobernando mundos, no asando salchichas en un volcán.
Damian dejó escapar una risa suave y profunda que le vibró en el pecho.
—Gobernar mundos es agotador, Jena. Y es solitario. Aquí, asando salchichas contigo y con Mia, tengo todo lo que siempre quise sin saber que lo quería. No cambio este fuego por todas las luces de Londres o París.
Un Beso de Humo y Sal
Se besaron allí, bajo la inmensidad de la Vía Láctea. Fue un beso lento, que sabía a humo de leña y a esa promesa silenciosa que renovaban cada día. En la quietud de la noche, sus cuerpos se buscaban por instinto, una danza de manos que se conocían de memoria pero que siempre encontraban algo nuevo que explorar.
Se metieron en la tienda con cuidado de no despertar a Mia. El espacio era pequeño, lo que los obligaba a estar pegados, piel contra piel, escuchando la respiración acompasada de su hija a pocos centímetros. En esa semioscuridad, el deseo era una llama constante. Damian recorrió la espalda de Jena con sus manos grandes y cálidas, mientras ella se perdía en el refugio de su cuello, respirando su olor a hombre y a monte.
No hubo necesidad de grandes palabras. El amor, en su forma más pura, se manifestaba en la forma en que él la protegía del frío con su propio cuerpo, y en la forma en que ella se entregaba a él con una confianza absoluta.
El Amanecer de un Nuevo Día
Cuando el primer rayo de sol golpeó la lona de la tienda, Jena se despertó antes que los demás. Salió en silencio y se encontró con un paisaje envuelto en una neblina baja y blanca que hacía que la laguna pareciera un lugar místico.
Sintió unos brazos rodeándola por detrás. Damian.
—Buenos días, mi amor —le susurró él al oído, su voz todavía ronca por el sueño.
—Buenos días. Mira eso, Damian. Parece que el mundo acaba de ser creado.
Se quedaron allí, viendo cómo el sol disolvía la niebla, revelando de nuevo la belleza cruda de la isla. Era un recordatorio de que, sin importar cuántas nubes o sombras intentaran cubrir su vida, el sol siempre terminaba por salir.
Mia salió de la tienda despeinada y con los ojos pequeños, corriendo hacia ellos para un abrazo grupal que olía a mañana fresca y a felicidad verdadera. Habían superado la cena con Vane, habían reafirmado su pasión en la casa y ahora, en la cima del mundo, sentían que nada podía tocarlos.
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