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​Viuda por Contrato - Capítulo 69

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Capítulo 69: Capítulo 69: Un bedo en la sombras

​—Señora Silva —dijo Hatherway, interceptando a Jena cerca de la mesa de postres. Su sonrisa era profesional, pero sus ojos eran fríos y analíticos—. Soy Julian Hatherway. He estado siguiendo su trabajo. Es fascinante cómo una pareja que parece no haber existido antes de hace dos años ha logrado transformar una economía local con fondos tan… privados.

​Jena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa marina. Su entrenamiento le gritaba que mantuviera la calma, que sonriera. Damian, que estaba a unos metros hablando con el Señor Fontes, se tensó instantáneamente, su mirada encontrándose con la de Jena en un diálogo silencioso de pura alerta.

​—La privacidad es un lujo que valoramos en la isla, Señor Hatherway —respondió Jena con una elegancia gélida—. La filantropía no necesita una biografía pública para ser efectiva.

​Tensión en el Paraíso

​Al regresar a casa esa noche, la atmósfera no era de romance, sino de una tensión eléctrica que amenazaba con romper la burbuja que habían construido. Mia ya dormía, ajena a que el mundo exterior había vuelto a golpear su puerta.

​Damian caminaba de un lado a otro en el salón, sus pasos resonando contra la madera.

—Está haciendo preguntas en el pueblo, Jena. Ha estado en el registro civil. Está buscando el hilo que nos conecta con el pasado.

​Jena se sentó frente a la chimenea apagada, frotándose los brazos. El vestido de gala, que horas antes la hacía sentir una reina, ahora se sentía como un disfraz incómodo.

—Si hurgan lo suficiente, Damian… si encuentran las cuentas en Suiza o las identidades que dejamos en Praga… todo esto se acaba. No solo por nosotros, sino por Mia.

​Damian se detuvo y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos. La luz de la luna entraba por el ventanal, iluminando sus rostros con una palidez dramática.

—No dejaré que eso pase. Pero el riesgo ahora no es una bala, es la verdad. Y la verdad es algo que no podemos eliminar con tácticas de campo.

​Un Beso entre Sombras

​La discusión subió de tono. Por primera vez en meses, el miedo volvió a susurrarles al oído, y con el miedo vino la frustración. Jena temía que la ambición de su fundación hubiera sido su perdición; Damian temía que su deseo de una vida normal los hubiera vuelto descuidados.

​—¡Querías ser alguien, Jena! —exclamó Damian, aunque bajó la voz por Mia—. ¡Querías que nos vieran! ¡Y ahora nos ven demasiado!

​Jena se levantó, con los ojos ardiendo de lágrimas y desafío.

—¡Quería que tuviéramos una vida real, no una vida escondida en los sótanos! ¡Quería que nuestra hija estuviera orgullosa de nosotros!

​El silencio que siguió fue denso, cargado de todas las batallas que habían librado. Pero en medio de la ira, surgió el deseo feroz de protegerse el uno al otro. Damian la tomó por los hombros y, antes de que ella pudiera decir otra palabra, la besó. Fue un beso desesperado, una colisión de cuerpos que buscaban refugio en la única constante que conocían: su amor.

​Se amaron esa noche con una intensidad salvaje, como si el acto físico pudiera borrar las preguntas del periodista o reconstruir los muros de su secreto. Cada caricia era un “lo siento”, cada suspiro era un “no te dejaré”. En la penumbra de su habitación, volvieron a ser los dos fugitivos contra el mundo, recordándoles que su verdadera identidad no estaba en un pasaporte, sino en la piel del otro.

​El Amanecer del Dilema

​Al día siguiente, el sol volvió a salir, pero el periodista seguía en el pueblo. Damian recibió una llamada de un antiguo contacto, un hombre que aún le debía favores en las sombras de Europa.

​—Tengo información sobre Hatherway —dijo la voz distorsionada por el teléfono satelital—. Tiene una debilidad. Un escándalo propio que podría silenciarlo para siempre. Solo tienes que dar la orden, Damian.

​Damian miró hacia el jardín, donde Jena ayudaba a Mia a regar las flores. La escena era tan perfecta, tan llena de luz y amor, que la idea de volver a usar la oscuridad para protegerla le quemaba en el pecho.

​Si usaba sus viejos métodos, protegería su secreto, pero mancharía la nueva vida que Jena tanto amaba. Si no hacía nada, el artículo de Hatherway saldría a la luz en una semana, y los cazadores del Consorcio no tardarían en encontrar el camino hacia la isla.

​Se acercó a Jena, quien lo miró con una mezcla de amor y preocupación. Ella sabía que él tenía una decisión que tomar.

​—Damián —susurró ella, dejando la regadera y acercándose a él—. Sea lo que sea que decidas… hazlo por el hombre que eres ahora, no por el hombre que fuiste.

​La encrucijada final de los Silva

​El periodista tiene el poder de destruir su paz con una sola publicación, y Damian tiene el poder de destruirlo a él con un solo contacto.

El aire en la terraza se volvió denso, cargado con el aroma de los jazmines nocturnos y la estática de un peligro inminente. Jena miró a Damian a los ojos, y por un segundo, la fachada de la directora de la fundación se desmoronó, dejando ver a la mujer que había disparado armas en callejones oscuros para proteger al hombre que amaba.

​Capítulo: El Arte de la Verdad Peligrosa

​—No puedes volver a eso, Damian —susurró Jena, su voz quebrándose ligeramente—. Si usamos sus métodos, Julian Hatherway ganará aunque nunca publique una palabra. Seremos exactamente lo que él sospecha: monstruos escondidos tras una sonrisa perfecta.

​Damian apretó los puños, la mandíbula tan tensa que una vena palpitaba en su sien. La luz de la luna, filtrada por las ramas del limonero, dibujaba sombras irregulares sobre su rostro, haciéndolo parecer una estatua de basalto.

​—Entonces, ¿qué sugieres? —preguntó él, dando un paso hacia ella—. Mañana enviará sus notas a Londres. En una semana, nuestra ubicación será pública. El Consorcio no enviará periodistas, Jena. Enviará equipos de limpieza.

​Jena respiró hondo, enderezando la espalda con esa elegancia que era su mejor armadura. En su mente, las piezas del tablero se movían a una velocidad vertiginosa.

​—Vamos a darle lo que quiere —dijo ella, con una chispa de audacia en sus ojos verdes—. Vamos a darle una historia tan grande, tan heroica y tan trágica, que se convertirá en nuestro escudo en lugar de nuestra soga.

​El Encuentro en el Acantilado

​A la mañana siguiente, Jena citó a Hatherway en el mirador del acantilado, justo donde las olas rompían con una furia blanca contra la costa. Era una escena digna de un final de película: el viento azotando su vestido de lino, el mar infinito de fondo y una mujer que parecía sostener el peso del mundo con dignidad.

​Julian Hatherway llegó con su grabadora en mano, pero se detuvo a unos metros. Había algo en la postura de Jena que lo hizo sentir como un intruso en un templo.

​—Señor Hatherway —comenzó Jena, sin mirar atrás—, usted busca la verdad sobre los Silva. Busca saber de dónde viene el dinero y por qué no existimos antes de las Azores.

​—Es mi trabajo, señora Silva —respondió el periodista, aunque su tono era menos agresivo que el día anterior.

​—Entonces escuche —dijo ella, girándose para mirarlo de frente. Jena comenzó a tejer una red de verdades a medias y mentiras piadosas. Le habló de una vida de espionaje corporativo para una organización corrupta que ahora buscaba silenciarlos por haber expuesto sus crímenes. No mencionó nombres reales ni fechas exactas, pero le entregó un relato de sacrificio, de una huida desesperada para salvar a su hija y de cómo habían decidido usar cada centavo de su “pago por silencio” para redimir sus pecados en esta isla.

​—Si usted publica que somos criminales —continuó Jena, acercándose a él—, ellos nos encontrarán. Y cuando lo hagan, no solo moriremos nosotros. Morirá el sueño de esta isla. Pero si usted publica la historia de dos desertores que están construyendo un santuario contra la corrupción… usted no será un periodista que revela una estafa. Será el hombre que protegió el último refugio de la honestidad.

​Hatherway se quedó en silencio, con la grabadora encendida pero su mente vacilante. Jena le entregó una carpeta con documentos reales de las cuentas de la Fundación, demostrando que cada euro estaba destinado a la isla. Era un movimiento maestro: lo estaba convirtiendo en el guardián de su secreto.

​El Regreso al Fuego

​Esa tarde, Jena regresó a casa exhausta. En el porche, Damian la esperaba. No hubo palabras de estrategia. Él la tomó en sus brazos en el momento en que sus pies tocaron la madera, levantándola y besándola con una pasión que era mitad alivio y mitad adoración pura.

​—Lo hiciste —susurró él contra su cuello, mientras la llevaba hacia el interior de la casa, cerrando la puerta con el pie, dejando al mundo fuera—. Lo convenciste.

​—No sé si lo convencí, Damian —respondió ella, deshaciendo los botones de su camisa con manos temblorosas—. Pero le di una historia en la que él es el héroe. Y los hombres como él aman ser los héroes más de lo que aman la verdad.

​El miedo que había reinado en las últimas 24 horas se transformó en un deseo abrasador. Se amaron en el sofá, frente a los ventanales que daban al océano, con la luz dorada del atardecer bañando sus cuerpos entrelazados. Cada caricia de Damian era una promesa de que, sin importar quién llamara a la puerta, él siempre sería su escudo. Cada beso de Jena era un recordatorio de que ella era el cerebro y él el corazón de ese milagro que llamaban hogar.

​En la penumbra, mientras el sol se hundía en el Atlántico, se prometieron que no volverían a permitir que el pasado dictara su futuro. Habían ganado una batalla más, no con armas, sino con la fuerza de su unión.

​La Sombra que Nunca se Va

​Días después, el artículo salió a la luz. “Los Silva: El Refugio de la Redención”. Hatherway los había retratado como héroes trágicos, y la isla los abrazó aún más fuerte. Pero esa misma noche, mientras Damian limpiaba su bote, un pequeño papel apareció bajo el timón. No era una amenaza, ni un mensaje de Hatherway. Era un símbolo que Damian reconoció al instante: una marca de su antigua unidad.

​Alguien los había encontrado gracias al artículo, y ese alguien no buscaba venganza… buscaba una reunión.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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