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​Viuda por Contrato - Capítulo 70

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Capítulo 70: Capítulo 70: La bahía

La marca bajo el timón —una pequeña daga grabada en el metal— hizo que el corazón de Damian se detuviera. Era la señal de Elena, su hermana de armas, la única que conocía sus puntos débiles.

​Subió a la casa bajo una lluvia torrencial que golpeaba las tejas como aplausos en un teatro vacío. Jena lo esperaba junto al fuego, con una copa de vino y esa mirada que siempre leía su alma. Sin palabras, él le mostró el grabado. El aire se volvió gélido.

​—No han venido a matarnos —murmuró Damian, tomando su rostro entre sus manos—. Ella está herida. Está en el faro viejo.

​En lugar de reclamar, Jena lo besó con una intensidad cinematográfica, uniendo sus frentes bajo la luz naranja de las llamas.

—Si ella viene de ese mundo, trae el rastro de la sangre. Pero no te dejaré ir solo.

​Caminaron hacia el faro bajo el diluvio, dos siluetas fundidas en una sola voluntad. En la cima, entre sombras y el girar rítmico de la linterna, encontraron a Elena. Pero no estaba sola. Sostenía una carta sellada con el emblema de la familia de Jena.

​—Tu hermana vive, Jena —susurró Elena—. Y el Consorcio la tiene para llegar a ti.

​El amor, que había sido su refugio, acababa de convertirse en su mayor debilidad.El viento rugía fuera del viejo faro, golpeando los cristales con la furia de mil fantasmas que intentaban entrar. Dentro, el ambiente era asfixiante, cargado de un olor a salitre, pólvora y el rastro metálico de la sangre. La luz rotatoria del faro pasaba rítmicamente sobre ellos, bañando la escena en un blanco cegador durante un segundo, para luego sumergirlos en una penumbra azulada y densa. Era un encuadre perfecto de una película de espionaje, pero para Damian y Jena, era la realidad rompiendo el cristal de su burbuja.

​Elena estaba apoyada contra la pared de piedra, presionando una herida en su costado. Sus ojos, antes fríos como el hielo siberiano, estaban empañados por el dolor.

​—Tu hermana, Jena… —repitió Elena, su voz un hilo apenas audible sobre el estruendo de la tormenta—. Nunca murió en el incendio de Belgrado. La guardaron como una póliza de seguro. Y ahora que el artículo de Hatherway les confirmó que estás viva y dónde estás, han decidido cobrar la póliza.

​El Pacto de las Sombras

​Jena sintió que el suelo se inclinaba. La imagen de su hermana menor, Sofía, a quien había llorado durante una década, se materializó en su mente. Damian la sostuvo por los hombros, sintiendo el temblor que recorría su cuerpo. La calidez del fuego de su hogar, a solo unos kilómetros de distancia, parecía ahora un recuerdo de otra vida.

​—Es una trampa, Jena —susurró Damian al oído de su esposa, su voz ronca y firme—. Quieren que salgamos de la isla. Quieren que volvamos a su terreno.

​Jena se giró en sus brazos. Sus ojos verdes, que suelen ser un remanso de paz para Damian, ahora eran dos esmeraldas en llamas.

—Es mi sangre, Damian. Es la única parte de mi pasado que no es una mentira. Si hay una mínima posibilidad de que Sofía esté viva, no puedo quedarme aquí a ver cómo mueren los limones de nuestro huerto.

​Damian la miró, y en ese silencio se dijeron todo. No era solo una decisión táctica; era la prueba definitiva de su amor. Él había prometido protegerla, y eso significaba proteger también lo que ella amaba. Se acercó y le dio un beso en la frente, un gesto de devoción absoluta que selló su destino.

​—Entonces quemaremos el mundo si es necesario para traerla de vuelta —sentenció él.

​El Despertar del Guerrero

​Regresaron a la casa bajo la lluvia, moviéndose como sombras coordinadas. La casa de piedra, que había sido el escenario de sus mañanas de café y sus noches de pasión, se transformó en una central operativa en cuestión de minutos.

​En el sótano, bajo una losa que Mia nunca sospecharía, Damian sacó el equipo que juró no volver a tocar. El acero de las armas brillaba bajo la luz fluorescente, frío y despiadado. Jena, por su parte, se sentó frente a tres pantallas, sus dedos volando sobre el teclado con la destreza de la hacker que una vez fue el terror de los servicios secretos europeos.

​—El Consorcio la tiene en una villa en las afueras de París —dijo Jena, mientras un mapa holográfico se proyectaba en la pared—. Es una fortaleza. Pero tienen un punto débil: el festival de máscaras de la familia Laurent. Usarán la fiesta como cobertura para trasladarla.

​Damian se acercó a ella por detrás, rodeando su cintura y apoyando su barbilla en su hombro. En medio del caos y los preparativos para la violencia, el momento rebosaba de un erotismo oscuro. Ella se inclinó hacia atrás, buscando su calor.

​—París —murmuró Damian—. Nuestra última misión juntos fue allí. Casi morimos en el Sena.

​—Esta vez es diferente —respondió ella, girándose para besarlo con una urgencia salvaje—. Esta vez no peleamos por un contrato. Peleamos por nuestra familia.

​El Vuelo hacia el Peligro

​Dejaron a Mia bajo la protección absoluta del Señor Fontes, quien puso a sus hombres armados a patrullar los viñedos. La despedida fue breve, un beso rápido en la mejilla de la niña dormida y una promesa susurrada al viento.

​El avión privado de Fontes cortó las nubes hacia el continente. En la cabina de lujo, el contraste era total: copas de cristal con vino de las Azores sobre mesas de nogal, y sobre ellas, planos de inserción y pistolas con silenciador.

​Damian observaba a Jena. Ella se estaba probando un vestido que era, en sí mismo, un arma: seda roja sangre, ajustado como una segunda piel, con una abertura lateral que permitía ocultar una daga de cerámica. Ella se miró al espejo, ajustando una máscara de encaje negro que cubría sus ojos. Parecía una femme fatale de los años 40, peligrosa y deslumbrante.

​—Estás hermosa —dijo Damian, acercándose a ella con su propio esmoquin negro, ocultando su musculatura de soldado bajo la elegancia del corte italiano—. Pero me gusta más cuando solo llevas mi camisa en nuestra cocina.

​Jena sonrió con tristeza y lo atrajo hacia ella por la corbata.

—Cuando esto termine, Damian, te prometo que nunca más me pondré un vestido que no sea para bailar contigo en nuestro porche.

​La Ciudad de la Luz y las Sombras

​París los recibió con su habitual indiferencia dorada. La villa de los Laurent era un palacio de mármol y espejos, donde la aristocracia y el crimen se mezclaban entre risas y música de cámara.

​Entraron como los Silva, la pareja de filántropos de las Azores. Nadie sospechaba que bajo la seda y el paño se escondían los dos operativos más letales que el Consorcio había intentado eliminar. Bailaron en el gran salón, bajo una lámpara de araña que lanzaba destellos como diamantes. Damian la guiaba con una mano firme, sus cuerpos moviéndose en una perfecta sincronía que era tanto un baile como una táctica de vigilancia.

​—Contacto visual a las dos en punto —susurró Damian mientras daban un giro—. Dos hombres de seguridad. Armados.

​—Los veo —respondió Jena, sonriendo para las cámaras de seguridad mientras su mente descifraba los códigos de las cerraduras electrónicas de la planta superior—. Sofía está en el ala norte. El sensor de presión se desactiva a las doce en punto, cuando suenen las campanadas del jardín.

​El momento llegó. Mientras los invitados brindaban por el nuevo año o la nueva alianza, los Silva se deslizaron hacia las sombras. El romance de la noche se transformó en una secuencia de acción coreografiada. Damian se movía con una violencia silenciosa, neutralizando guardias con una precisión quirúrgica, mientras Jena saboteaba los sistemas, sus movimientos fluyendo como el agua.

​El Reencuentro

​Finalmente, llegaron a la habitación blindada. Jena forzó la puerta y, allí, sentada en un rincón, estaba una mujer joven que compartía sus mismos ojos. El reencuentro no fue con palabras, sino con un abrazo desesperado que rompió el protocolo de seguridad.

​—Sofía… —sollozó Jena, la primera vez que perdía la compostura en años.

​—Sabía que vendrías —susurró la joven—. Siempre supe que no me habías dejado.

​Pero el escape no sería fácil. Las alarmas comenzaron a aullar. Damian apareció en el umbral, con el arma en la mano y el rostro endurecido.

—Vienen hacia aquí. Tenemos tres minutos antes de que cierren el perímetro.

​El Salto al Vacío

​La huida por los tejados de París fue una secuencia de infarto. Bajo la luna llena, las siluetas de los tres corrían sobre el zinc y la pizarra de la ciudad. El amor de Damian por Jena se manifestaba en cada cobertura que le brindaba, en cada mano que le tendía para saltar al siguiente edificio. Eran un solo ser, una fuerza de la naturaleza motivada por el deseo de volver a su hogar.

​Cuando finalmente llegaron al coche de escape, con las sirenas de la policía y del Consorcio desvaneciéndose en la distancia, Jena miró a Damian. Él tenía un corte en la mejilla y la respiración agitada, pero sus ojos solo tenían espacio para ella.

​—Lo logramos, Jena —dijo él, tomando su mano mientras aceleraba por las calles de París—. La familia está completa.

​Jena miró a su hermana en el asiento trasero y luego a su marido. El romance no era solo las cenas a la luz de las velas o los paseos por la playa; era esto. Era cruzar el infierno de la mano y salir al otro lado más fuertes que antes.

​El Regreso al Paraíso

​Días después, el sol de las Azores volvió a recibirlos. El Señor Fontes los esperaba en el muelle con Mia, quien corrió hacia su madre con un grito de alegría. Sofía, aún asombrada por la belleza de la isla, fue recibida como una más de la familia.

​Esa noche, Damian y Jena se quedaron solos en la terraza. El peligro no había desaparecido del todo —el Consorcio no olvidaba—, pero por ahora, la victoria era suya. El artículo de Hatherway, irónicamente, se convirtió en su mejor defensa: el mundo ahora los miraba como los héroes que rescataron a una víctima de la corrupción corporativa.

​Damian abrazó a Jena por la espalda, contemplando el mar que tanto amaban.

—¿Y ahora? —preguntó él.

​Jena se giró, rodeando su cuello con los brazos. La luz de la luna bañaba su rostro, eliminando cualquier rastro de la espía y dejando solo a la mujer.

—Ahora, mi amor, vamos a enseñarle a mi hermana cómo se cultiva el mejor jardín del mundo. Y mañana… mañana quiero que me vuelvas a preparar ese café que solo tú sabes hacer.

​Se besaron con la lentitud de quienes saben que han ganado una prórroga con el destino. El amor había sido su brújula, su arma y su redención. Y mientras el Atlántico seguía su rítmico susurro contra las rocas negras, los Silva supieron que, aunque la película de sus vidas tuviera escenas de acción, el género siempre sería, por encima de todo, una historia de amor eterno.

​Un nuevo comienzo en las Azores

​La familia ha crecido y el secreto es ahora una leyenda pública que los protege. Pero la vida siempre tiene nuevos retos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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