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​Viuda por Contrato - Capítulo 71

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Capítulo 71: Capítulo 71: El rescate

Tras el rescate de Sofía, la casa de piedra se llenó de una energía nueva, una mezcla de alivio y una tensión eléctrica que vibraba en el aire.

​Capítulo: El Eco de las Sombras en el Paraíso

​El sol de la mañana se filtraba por los ventanales de la cocina, dibujando rectángulos de luz dorada sobre la mesa de madera rústica. Damian observaba a Jena mientras ella servía el café. Había una suavidad en sus movimientos que solo aparecía cuando creía que el peligro había pasado, una especie de baile doméstico que él adoraba observar en silencio.

​—¿En qué piensas? —preguntó Jena, dejando la jarra de cerámica y apoyando sus manos sobre los hombros de Damian.

​Él la rodeó por la cintura, hundiendo el rostro en su abdomen, aspirando el aroma a jabón de lavanda y hogar.

—Pienso en que París parece un sueño feo. Y en que Sofía finalmente está durmiendo sin saltar cada vez que una rama golpea la ventana.

​—Lo logramos, Damian —susurró ella, peinando el cabello de él con los dedos—. Pero sé que esa mirada tuya no es de descanso. Es la mirada de quien espera que el otro zapato caiga al suelo.

​Damian suspiró, apretándola más fuerte.

—El Consorcio no es un enemigo que se rinde, Jena. Son como la marea; se retiran para tomar fuerza. Y ahora que Sofía está aquí, tenemos un flanco abierto.

​El Intruso en la Niebla

​Esa misma tarde, una niebla densa y baja, típica de las islas, comenzó a lamer los acantilados. Jena estaba en el invernadero con Sofía, enseñándole el delicado arte de injertar orquídeas, cuando el sistema de seguridad perimetral emitió un zumbido sordo en su reloj inteligente.

​Un punto rojo parpadeaba en el cuadrante sur, cerca del viejo muelle de pescadores que Damian usaba para su bote.

​—Quédate aquí, Sofía. No salgas por nada —ordenó Jena, su voz recuperando instantáneamente el acero de la operativa que nunca dejó de ser.

​Jena se deslizó hacia la casa, encontrando a Damian ya en el porche, sosteniendo unos binoculares tácticos. No necesitaba preguntar. La comunicación entre ellos era telepática, forjada en años de misiones donde un segundo de duda significaba la muerte.

​—Hay un hombre en el muelle —dijo Damian sin apartar la vista—. No lleva armas a la vista. Está sentado en un bolardo, fumando. Parece que… nos está esperando.

​—¿Un asesino que fuma a plena vista? —Jena frunció el ceño—. Eso es una invitación, no una emboscada.

​Decidieron bajar juntos. Caminaron por el sendero serpenteante entre los viñedos, con la niebla envolviéndolos como un sudario. Cuando llegaron al muelle, el hombre se puso de pie lentamente. No era un sicario del Consorcio. Era alguien mucho más peligroso: Julian Hatherway, el periodista.

​Pero no era el hombre arrogante que habían conocido. Tenía el labio partido, un hematoma violáceo en el pómulo y la ropa manchada de lo que parecía ser aceite de motor y sangre seca.

​—Me siguieron —dijo Hatherway, su voz temblando ligeramente—. Creí que el artículo los protegería, pero solo sirvió para que me usaran como rastreador. Lo siento… Dios, lo siento tanto.

​El Dilema del Héroe

​Damian lo tomó por la solapa de la chaqueta, inmovilizándolo contra un poste de madera.

—¿Quién te siguió, Julian? ¡Habla!

​—No lo sé… hombres de traje, con acento de ninguna parte —jadeó el periodista—. Me quitaron mis notas, mis archivos… me dijeron que si no les daba la ubicación exacta de “la propiedad”, matarían a mi familia. Tuve que elegir, Damian. Tuve que elegir.

​Jena puso una mano sobre el brazo de Damian.

—Suéltalo. Ya es tarde para las amenazas. Si él está aquí, ellos también.

​En ese momento, el rugido de un motor de turbina rasgó el silencio de la tarde. Un helicóptero negro, sin insignias, emergió de entre la niebla como un depredador prehistórico, sus aspas agitando el agua del mar en un torbellino furioso.

​La Batalla de los Silva

​—¡A la casa! —gritó Damian, empujando a Hatherway hacia el sendero.

​La secuencia que siguió fue puro cine de adrenalina. Desde el helicóptero, una ráfaga de ametralladora comenzó a destrozar la madera del muelle. Las astillas volaban como proyectiles. Damian devolvió el fuego con su pistola, disparando con una precisión asombrosa hacia los tiradores de la puerta lateral del aparato, obligándolos a cubrirse.

​Jena sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo: un pulso electromagnético de corto alcance que habían diseñado para emergencias.

—¡Damian, cúbreme!

​Ella corrió hacia un afloramiento rocoso, esquivando las balas que levantaban tierra a sus pies. Con un movimiento coordinado, lanzó el dispositivo hacia arriba mientras Damian disparaba una bengala cegadora para confundir los sensores ópticos del helicóptero. El dispositivo detonó en el aire, y por un momento, la electrónica del helicóptero falló, obligándolo a dar un bandazo violento y alejarse hacia el mar para no estrellarse contra el acantilado.

​—Eso solo nos da diez minutos —dijo Jena, recuperando el aliento mientras llegaban a la seguridad de los muros de piedra de la casa—. Vendrán por tierra.

​Amor bajo el Fuego

​Dentro de la casa, el caos era controlado. Sofía estaba pálida pero firme, sosteniendo una escopeta que Damian le había entregado. Mia estaba en el búnker subterráneo, protegida por capas de acero y hormigón.

​En la penumbra del salón, mientras reforzaban las entradas, Damian se detuvo frente a Jena. La tomó por la nuca y la besó con una ferocidad que sabía a despedida y a promesa eterna.

​—Si no salimos de esta —comenzó él.

​—Cállate —lo interrumpió ella, sus ojos brillando con una determinación feroz—. Vamos a salir. Vamos a ganar porque este es nuestro hogar, y nadie nos quita lo que hemos construido con sangre.

​Se miraron, dos guerreros envueltos en el lujo de su amor. Ella le ajustó el chaleco táctico; él le comprobó el cargador. Era su ritual, su forma de decir “te amo” en el lenguaje de los que viven al límite.

​El Asedio Final

​La noche cayó como un telón pesado. Las luces de la casa estaban apagadas, excepto por unas pocas velas estratégicamente colocadas para crear sombras engañosas.

​Los atacantes llegaron en silencio: doce hombres de negro, moviéndose con la disciplina de fuerzas especiales. No contaban con que la casa Silva era una trampa mortal. Cada pasillo era una zona de muerte, cada habitación una emboscada.

​Damian se movía como un fantasma entre las sombras del comedor, eliminando a dos atacantes antes de que pudieran disparar. Jena, desde la planta superior, usaba un rifle de francotirador con silenciador para limpiar el jardín. Era una danza macabra, una coreografía de defensa absoluta.

​Sin embargo, el líder de los atacantes, un hombre alto con una cicatriz que le cruzaba la garganta, logró entrar en la cocina. Allí se encontró con Jena.

​El combate fue brutal y físico. No hubo armas de fuego, solo el choque de cuchillos y el impacto de cuerpos contra las encimeras de granito. Jena era más rápida, pero él era más fuerte. En un momento, él la inmovilizó contra la mesa, su cuchillo a milímetros de su garganta.

​—El Consorcio te envía saludos, Jena —gruñó él.

​Antes de que pudiera ejercer presión, un disparo seco resonó en la habitación. El hombre se desplomó. Detrás de él, Julian Hatherway sostenía la pistola de emergencia de Jena, sus manos temblando violentamente.

​—Parece que… —jadeó el periodista— finalmente tengo mi gran primicia.

​El Amanecer de una Nueva Guerra

​Cuando el sol comenzó a asomar, el jardín de los Silva estaba sembrado de restos de una batalla que el mundo nunca conocería. Los helicópteros de limpieza del Señor Fontes llegaron para llevarse los cuerpos y borrar las huellas, como siempre hacían.

​Damian y Jena se sentaron en los escalones del porche, cubiertos de polvo y hollín, viendo cómo la niebla se disipaba. Sofía salió a su lado, ilesa.

​—Ya no podemos escondernos —dijo Damian, limpiando la sangre de un corte en el brazo de Jena—. Hatherway tiene razón. Si nos quedamos aquí, la isla se convertirá en un cementerio.

​Jena miró hacia el horizonte, donde el mar se unía con el cielo en una línea infinita de azul.

—Tienes razón. No podemos escondernos. Pero podemos cazar.

​Se puso de pie, ofreciéndole la mano a su marido.

—Ya no somos la presa, Damian. Mañana, el Consorcio descubrirá lo que sucede cuando intentas destruir el hogar de dos personas que no tienen nada que perder, excepto el uno al otro.

​El amor, que los había llevado a la paz de las Azores, ahora los lanzaba de nuevo a la guerra. Pero esta vez, no peleaban por un sueldo. Peleaban por la eternidad.

El humo de la batalla aún flotaba sobre los viñedos, pero para Damian y Jena, el mundo se había reducido al espacio de diez centímetros que separaba sus rostros. No era el momento de la estrategia, ni del conteo de bajas. Era el momento de recordarse por qué seguían vivos.

​Capítulo: El Refugio de la Piel y el Mañana

​La adrenalina, esa droga amarga de los soldados, comenzó a evaporarse, dejando tras de sí un vacío que solo podía llenarse con la presencia del otro. Damian tomó la mano de Jena; sus nudillos estaban raspados, testimonio de la lucha en la cocina. Él no dijo nada, simplemente llevó la mano de su esposa a sus labios y besó cada herida con una reverencia que rozaba lo religioso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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