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​Viuda por Contrato - Capítulo 79

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Capítulo 79: Capítulo 79: Son Silva?? o Murphy

Damian Silva, el hombre que una vez calculó trayectorias de bala en milisegundos, ahora pasaba sus mañanas calculando la cantidad exacta de aire necesaria para inflar un castillo saltarín en la cubierta del yate que Marcus y Elena habían ayudado a preparar.

​El Despertar en el Reino de la Calma

​El sol de la mañana se filtraba por las persianas de madera, dibujando rayas de luz sobre la cama deshecha. Damian abrió los ojos y, por primera vez en una década, no sintió la urgencia de revisar el monitor de pulso ni las cámaras térmicas. En su lugar, sintió el peso cálido de Mia, su primogénita, que dormía atravesada a los pies de la cama, con un peluche de pulpo abrazado con fuerza.

​Jena estaba a su lado, despertando con esa lentitud perezosa que solo la paz absoluta permite. Se estiró, rozando el brazo de Damian, y le dedicó una sonrisa que valía más que todos los imperios que habían ayudado a derrocar.

​—Hoy es el día, Damian —susurró ella, su voz aterciopelada por el sueño—. El mundo exterior nos espera. Y esta vez, no vamos de incógnito.

​Damian la atrajo hacia sí, besando su frente con una devoción que rozaba lo religioso.

—Un parque de diversiones, una ciudad con gente, helados que se derriten en la mano… Parece la misión más peligrosa que me has encomendado, Jena.

​—Es la única que importa —respondió ella, sellando la promesa con un beso largo y profundo que sabía a café y a futuro.

​La Partida del Paraíso

​El muelle era un hervidero de risas. Marcus cargaba las maletas (esta vez llenas de ropa de lino y juguetes, no de equipos tácticos), mientras Elena grababa con una cámara digital a Mia, que saltaba de alegría con su mochila de dinosaurio.

​—¡Papá, corre! ¡El barco se va a ir sin nosotros! —gritaba Mia, su voz resonando pura y clara sobre el sonido de las olas.

​Damian caminó por el muelle con Alexander en brazos. El pequeño balbuceaba, ajeno a los fantasmas que su padre había enterrado en esa arena. Marcus se acercó a Damian y le puso una mano en el hombro.

​—Nunca pensé que te vería llevando una bolsa de pañales con tanta dignidad, Silva —bromeó Marcus, pero sus ojos brillaban con un respeto sincero.

​—Es el uniforme más pesado que he llevado, y el que mejor me queda —respondió Damian con una carcajada que nació desde el pecho.

​Subieron al yate, y mientras la isla se convertía en un punto verde en el horizonte, Jena y Damian se pararon en la popa. No miraban hacia atrás con miedo a ser seguidos; miraban hacia adelante con la curiosidad de dos adolescentes escapando de casa.

​El Mundo a Través de los Ojos de Mia

​Llegaron a la costa continental al atardecer. La ciudad era un caos de luces neón, música y el bullicio de miles de personas. Para Damian y Jena, acostumbrados a moverse por las sombras de las metrópolis, verla ahora como turistas era una experiencia surrealista.

​Se instalaron en un hotel boutique frente al parque temático “Mundo Mágico”. Esa noche, no hubo revisiones de salidas de emergencia. Hubo una cena en la terraza del hotel, donde Mia probó por primera vez la pasta con trufas y Alexander se quedó dormido en su cochecito, arrullado por el sonido del tráfico lejano.

​—¿Te sientes segura, Jena? —preguntó Damian, tomando su mano sobre la mesa blanca.

​—Me siento viva, Damian. Por primera vez, no estoy esperando que el suelo se abra bajo mis pies. Estoy aquí, contigo, con nuestros hijos… y con amigos que nos quieren. Es todo lo que siempre quise.

​El Día del Hechizo

​A la mañana siguiente, el grupo entró al parque de diversiones. Marcus y Elena se encargaron de ser los “tíos divertidos”, corriendo con Mia hacia la montaña rusa más alta, mientras Damian y Jena caminaban detrás, disfrutando de la normalidad.

​Damian llevaba a Alexander en una mochila ergonómica frontal. Ver al hombre más letal de su generación comprando orejas de ratón para su hija y cargando un algodón de azúcar gigante era una imagen que Jena guardó en su corazón como un tesoro.

​—¡Mira, mamá! ¡Es el castillo de verdad! —exclamó Mia, señalando la estructura central del parque.

​Pasaron el día subiendo a tazas giratorias, viendo desfiles de personajes coloridos y comiendo palomitas de maíz. No hubo una sola mirada de sospecha, ni un solo momento de tensión. Damian se descubrió a sí mismo riendo a carcajadas cuando un chorro de agua lo empapó en una atracción, y Jena lo miró con los ojos empañados. El hielo se había ido para siempre.

​La Noche de las Luces

​Al caer la noche, se reunieron en la plaza principal para ver el espectáculo de fuegos artificiales. Mia estaba sentada sobre los hombros de Damian, con los ojos abiertos de par en par, reflejando las explosiones de luz azul, roja y dorada.

​Jena se apoyó en el costado de Damian, rodeando su cintura. Marcus y Elena estaban a su lado, compartiendo un momento de silencio reverente.

​—Esto es la paz, ¿verdad? —susurró Mia desde las alturas, tocando suavemente la cabeza de su padre.

​—Sí, pequeña. Esto es la paz —respondió Damian, su voz cargada de una emoción que ya no intentaba ocultar.

​Las luces explotaban en el cielo, pero para Damian, el verdadero espectáculo estaba en el rostro de Jena, iluminado por los colores artificiales. Ella se veía más hermosa que nunca, sin el peso del mundo sobre sus hombros.

​El Regreso a la Intimidad

​Cuando regresaron al hotel, exhaustos pero con el alma llena, Marcus y Elena se ofrecieron a quedarse con los niños en la suite conectada.

​—Vayan —dijo Elena con un guiño—. Se merecen una noche de adultos después de tanto azúcar y dibujos animados.

​Damian y Jena se retiraron a su habitación. El lujo del hotel era exquisito, pero lo que realmente importaba era el silencio compartido. Damian cerró la puerta y se volvió hacia ella. La luz de la ciudad entraba por el gran ventanal, bañando la habitación en un tono azulado.

​Él se acercó y la tomó por la cintura, atrayéndola hacia el cristal.

—Gracias por no rendirte conmigo, Jena. Por obligarme a ver que había un mundo fuera de la trinchera.

​Jena rodeó su cuello con sus brazos, perdiéndose en sus ojos grises, que ahora eran suaves como el terciopelo.

—No fue una obligación, Damian. Fue una invitación. Y me alegra tanto que decidieras aceptarla.

​Se amaron con una libertad nueva. No era el deseo desesperado de quienes creen que puede ser su última noche; era el amor pausado, profundo y seguro de quienes saben que tienen miles de mañanas por delante. Cada caricia era una celebración de su supervivencia, cada susurro era un mapa de su nueva vida.

​El Amanecer de una Nueva Era

​A la mañana siguiente, desayunaron todos juntos en la cama de la suite. Mia contaba emocionada cuál había sido su juego favorito, mientras Alexander intentaba agarrar los trozos de fruta del plato de Marcus.

​Damian miró a su alrededor. Estaba rodeado de amor, de lealtad y de una normalidad que antes le parecía un mito.

​—¿A dónde vamos después? —preguntó Mia, con la ambición propia de su edad.

​Damian miró a Jena, y ella le devolvió una mirada de complicidad absoluta.

—A donde queramos, Mia —respondió Damian—. El mundo es grande, y por fin es nuestro.

​Ya no eran sombras en la noche. Eran los Silva, una familia que había aprendido que la mayor fuerza no reside en las armas que se portan, sino en las manos que se sostienen. El capítulo de la guerra se había cerrado definitivamente, y el libro del amor apenas estaba comenzando su parte más hermosa.

​El sol de la mañana en la ciudad no era como el de la isla. Aquí, la luz rebotaba en los cristales de los rascacielos y se mezclaba con el murmullo de la gente que caminaba hacia sus trabajos. Pero dentro de la suite del hotel, el tiempo se había detenido. Damian observaba su reflejo en el espejo mientras se abotonaba una camisa de lino azul. No había placas, no había identificaciones, no había un apellido que lo ligara a un ejército o a una organización.

​—¿En qué piensas? —preguntó Jena, acercándose por detrás y rodeando su cintura con los brazos. Ella apoyó la mejilla en su espalda, disfrutando de la solidez de su cuerpo, ahora libre de tensiones.

​—En que durante años fui un número, un alias, un activo —respondió él, girándose entre sus brazos para tomarle el rostro—. Pero aquí, viendo a Mia saltar en la cama de al lado y a Alexander intentando alcanzar sus propios pies, me doy cuenta de que mi único nombre real es el que tú susurras en la oscuridad.

​Jena sonrió, besando la palma de su mano.

—Entonces, que así sea. Sin etiquetas, sin pasados pesados. Solo nosotros.

​La Aventura de la Normalidad

​Bajaron al vestíbulo donde Marcus y Elena los esperaban. La dinámica del grupo era eléctrica. Mia, la primogénita, caminaba con orgullo entre su padre y Marcus, sintiéndose protegida por dos gigantes que ahora solo tenían ojos para sus ocurrencias.

​—¡Hoy quiero ir a la rueda de la fortuna gigante! —decretó Mia, señalando el horizonte urbano.

​—Tus deseos son órdenes, princesa —rio Marcus, cargándola en hombros—. ¿Lista para ver el mundo desde arriba sin necesidad de un paracaídas?

​Pasaron el día recorriendo avenidas arboladas, entrando en tiendas de juguetes donde Damian se perdía buscando el regalo perfecto para sus hijos, y sentándose en cafés al aire libre. Ver a Damian sentado en una mesa de metal, bajo una sombrilla de colores, tomando un capuchino mientras vigilaba que Alexander no tirara el biberón, era la imagen de la victoria absoluta sobre su antigua vida.

​No necesitaban armas porque su presencia misma era un muro de contención, pero un muro hecho de ternura. Elena y Jena caminaban un poco más adelante, compartiendo secretos sobre el futuro, sobre casas con jardines inmensos y colegios donde Mia pudiera ser simplemente una niña brillante.

​El Banquete de la Libertad

​Al caer la noche, decidieron cenar en un restaurante con jardín privado. Marcus y Elena brindaron por la “nueva vida”. La conversación fluyó sin esfuerzo. Hablaron de viajes, de música, de las travesuras de Mia cuando era más pequeña y de cómo Alexander ya mostraba el carácter firme de su padre.

​—¿Saben qué es lo mejor de todo esto? —dijo Elena, mirando a la pareja—. Que por fin los veo respirar. Realmente respirar.

​Jena tomó la mano de Damian sobre la mesa.

—Es porque por fin dejamos de huir de lo que somos para abrazar lo que queremos ser.

​Damian asintió, su mirada perdida por un momento en el brillo de las velas.

—Siempre pensé que el amor era una vulnerabilidad que un hombre como yo no podía permitirse. Pero hoy sé que es mi mayor fortaleza. Por Jena, por Mia y por Alexander, soy capaz de construir un mundo entero, no solo de protegerlo.

​Una Noche para el Recuerdo

​Cuando regresaron al hotel, el cansancio feliz se apoderó de los niños. Damian ayudó a acostar a Mia, leyéndole un cuento sobre un bosque donde los lobos se volvían guardianes de las flores. La niña se quedó dormida con una sonrisa, sabiendo que su “papá rey” estaba a solo unos metros de distancia.

​En la habitación principal, el ambiente se volvió denso, pero de una forma dulce y eléctrica. Jena se había soltado el cabello y caminaba descalza hacia el balcón que daba a las luces de la ciudad. Damian se acercó por detrás, envolviéndola en un abrazo que prometía protección eterna.

​—Te amo, Jena. No por lo que hicimos juntos en las sombras, sino por la luz que trajiste a mi vida —susurró él en su oído.

​Se entregaron el uno al otro con una pasión renovada, una que no buscaba olvidar el dolor, sino celebrar la existencia. En cada beso, en cada caricia lenta sobre la piel, se reafirmaba el pacto que habían hecho en la isla: no más guerras, solo ellos.

Capítulo: El Abismo del Olvido

​La tarde era perfecta, o al menos lo parecía. Jena había salido con Elena para comprar unas telas en un mercado artesanal cercano al hotel, un pequeño capricho para la nueva casa que planeaban decorar. Damian se había quedado en el parque con Mia y el pequeño Alexander, enseñándole a la niña a elevar una cometa de colores. El cielo estaba despejado, pero en un segundo, el azul se volvió gris ceniza.

​Un coche perdió el control en la intersección. Fue un error humano, un fallo en los frenos, una distracción mundana. No hubo conspiraciones ni enemigos. Jena cruzaba la calle con una sonrisa en el rostro, sosteniendo una bolsa de dulces para Mia, cuando el metal la alcanzó.

​El impacto fue sordo, un golpe que retumbó en el pecho de Damian a tres manzanas de distancia, como si un hilo invisible se hubiera tensado hasta romperse.

​La Vigilia de Piedra

​El hospital olía a antiséptico y a desesperación. Damian estaba sentado en la sala de espera, con la mirada perdida en sus manos, que aún tenían restos de arena del parque. Marcus estaba a su lado, manteniendo a Mia abrazada mientras la niña lloraba en silencio, sin entender por qué su madre no llegaba para la cena. Elena, con un vendaje en el brazo y lágrimas en los ojos, no dejaba de repetir que todo había pasado demasiado rápido.

​—Ella va a estar bien, Damian —susurró Marcus, su voz ruda quebrada por la angustia—. Jena es la mujer más fuerte que hemos conocido.

​Damian no respondió. Su mente estaba en una zona de guerra que no podía ganar con fuerza bruta. Por primera vez en su vida, se sentía pequeño, insignificante frente al monitor que pitaba rítmicamente dentro de la Unidad de Cuidados Intensivos. Había pasado tres días sin dormir, alimentándose solo de café amargo y de la esperanza de volver a ver el brillo en los ojos de su mujer.

​Cuando el médico finalmente salió, su rostro no traía el alivio que Damian buscaba.

​—Físicamente, el milagro ha ocurrido —dijo el doctor—. Las fracturas sanarán. El golpe en la cabeza fue severo, pero la inflamación está bajando. Sin embargo… hay una desconexión. Hemos detectado una amnesia retrógrada profunda.

​El Despertar de una Extraña

​Damian entró en la habitación con el corazón martilleando contra sus costillas. Jena estaba allí, pálida, con la cabeza vendada, pero viva. Al escuchar sus pasos, ella giró la cabeza. Sus ojos, esos ojos que Damian conocía mejor que su propia alma, lo miraron.

​Pero no hubo reconocimiento. No hubo el brillo de complicidad, ni el calor del amor acumulado por años. Había miedo. Un miedo frío y distante.

​—¿Quién eres? —preguntó ella, su voz apenas un susurro quebradizo.

​Damian se detuvo en seco. Fue como si una bala de plata le atravesara el pecho.

—Jena… soy yo. Damian. Tu esposo.

​Ella frunció el ceño, retrocediendo contra la almohada.

—No conozco a ningún Damian. No… no sé quién soy. ¿Por qué estoy aquí? ¿Dónde están mis padres?

​Ella recordaba su vida de adolescente, los veranos en la casa de campo de su familia, el nombre de su primer perro… pero los últimos diez años habían sido borrados de su mapa mental. No recordaba la isla, no recordaba las misiones, no recordaba la boda secreta bajo la lluvia. Y lo más doloroso: no recordaba haber dado a luz.

​La Tortura de los Recuerdos Ajenos

​Al día siguiente, Damian intentó lo imposible. Trajo a Mia a la habitación, pensando que la fuerza de la sangre rompería el bloqueo. La niña entró con un dibujo hecho a mano, su carita llena de esperanza.

​—¡Mamá! ¡Te traje un dibujo de nuestro castillo! —exclamó Mia, corriendo hacia la cama.

​Jena se tensó visiblemente. Miró a la niña con una cortesía distante, como se mira a un extraño amable en la calle.

—Hola, pequeña… Qué dibujo tan bonito. ¿Eres una paciente del hospital?

​El silencio que siguió fue ensordecedor. Mia se detuvo, su labio inferior empezó a temblar. Miró a su padre, buscando una explicación que no existía.

—Papi… ¿por qué mamá no sabe quién soy?

​Damian tuvo que sacar a la niña de la habitación mientras sus propios ojos se nublaban. En el pasillo, se derrumbó contra la pared. Marcus lo sostuvo, evitando que cayera al suelo.

​—Ella no nos recuerda, Marcus —sollozó Damian, el hombre que nunca lloraba—. Para ella, soy un extraño que dice ser su marido. Para ella, sus hijos son solo niños que la asustan. Me ha olvidado… nos ha olvidado a todos.

​La Lucha de un Hombre Invisible

​Las semanas pasaron. Jena fue dada de alta y regresaron a la isla, con la esperanza de que el entorno familiar ayudara a recuperar sus recuerdos. Pero la isla, que antes era su paraíso, se convirtió en una prisión de extraños para ella.

​Caminaba por los pasillos mirando las fotos en las paredes como si fueran escenas de una película que nunca había visto. Damian intentaba ser paciente. Le preparaba su comida favorita, le ponía la música que solían bailar, le contaba historias de cómo se conocieron, omitiendo las partes oscuras y resaltando solo el amor.

​—Pareces un buen hombre, Damian —le dijo ella una noche, sentada en el porche, mirando el mar—. Veo cómo cuidas a esos niños… a Mia y a Alexander. Veo cómo me miras. Me duele no poder sentir lo mismo. Siento que te estoy robando algo que le pertenece a otra mujer. A la Jena que ya no está aquí.

​—Tú eres Jena —insistió él, tomando su mano con suavidad, aunque ella no le devolvió el apretón—. No me importa esperar mil años. Volveré a conquistarte cada día si es necesario. No tienes que recordarme para que yo te ame.

​Pero el dolor era insoportable para Mia. La niña veía a su madre pasear por el jardín y, cuando intentaba abrazarla, Jena se ponía rígida. No era maldad, era simplemente que no sentía ese vínculo maternal que antes era su motor.

​El Sacrificio de Damian

​Marcus y Elena observaban la escena con el corazón roto. Habían pasado de celebrar la libertad a vivir en un funeral de recuerdos. Damian estaba consumido, sus ojos tenían ojeras profundas y su espíritu estaba al borde del colapso.

​—Tal vez forzarla es peor —dijo Elena una tarde—. Tal vez necesita construir una vida nueva desde cero, sin la presión de ser la mujer que todos esperamos que sea.

​Damian miró a Jena a lo lejos. Ella estaba sentada en la arena, mirando el horizonte con una expresión de vacío que lo mataba. Mia estaba a unos metros, jugando sola, mirando de reojo a una madre que ya no le cantaba canciones para dormir.

​Esa noche, Damian entró en la habitación. Jena estaba leyendo un libro. Él se sentó a los pies de la cama, despojado de toda esperanza, pero lleno de una resolución amarga.

​—Jena —dijo con voz firme—. No voy a presionarte más. Mañana, Marcus te llevará a la ciudad. Te hemos preparado una cuenta, una casa y todo lo que necesites para empezar de nuevo. Si estar aquí, con nosotros, te hace sentir como una impostora, no quiero que sufras más.

​Ella lo miró, sorprendida.

—¿Me dejas ir? ¿A pesar de los niños?

​—No puedo obligarte a amar a unos hijos que no reconoces, ni a un hombre que no recuerdas —Damian sintió que se le desgarraba el alma—. Pero prometo que cuidaré de Mia y Alexander. Y si algún día, un aroma, una canción o un sueño te trae de vuelta a nosotros… aquí estaremos.

​Jena bajó la vista, una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

—Lo siento tanto, Damian. Siento que este hombre maravilloso me ame y yo solo sienta… nada.

​El Adiós en el Muelle

​El día de la partida fue el más oscuro de todos. El sol brillaba, pero para la familia era un eclipse total. Mia lloraba abrazada a la pierna de su padre, mientras veía a su madre subir al barco con una maleta pequeña.

​Jena se detuvo en la pasarela. Miró hacia atrás. Vio a Marcus y Elena con los rostros sombríos. Vio al pequeño Alexander en brazos de Elena. Y vio a Damian, de pie, recto como un soldado, ocultando su agonía detrás de una máscara de piedra que solo Jena sabía romper.

​Por un segundo, solo un segundo, Jena sintió una punzada en el pecho. Un destello de algo… una imagen de un hombre bajo la lluvia, una risa de niña, un calor familiar. Pero la imagen se desvaneció tan rápido como llegó.

​—Adiós, Damian —dijo ella.

​—Adiós, mi vida —respondió él, sabiendo que ella no entendía el peso de esas palabras.

​El barco se alejó. Damian se quedó allí, sosteniendo la mano de Mia, mirando cómo la mujer que era su mundo se convertía en una extraña en la distancia. Habían sobrevivido a guerras, a imperios y a la muerte, pero no habían podido sobrevivir al olvido.

​Damian bajó la mirada hacia Mia y la cargó en sus brazos.

—Ahora solo somos nosotros, pequeña. Pero vamos a estar bien.

​En el silencio de la isla, el eco de lo que alguna vez fueron quedó flotando en el aire, como una canción que nadie recuerda cómo terminar. La verdadera prueba no era luchar por ella, sino dejarla ir para que pudiera encontrar su propia luz, aunque esa luz ya no lo incluyera a él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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