Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

​Viuda por Contrato - Capítulo 80

  1. Inicio
  2. ​Viuda por Contrato
  3. Capítulo 80 - Capítulo 80: Capítulo 79: Te olvidaste de todo
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 80: Capítulo 79: Te olvidaste de todo

Capítulo: El Abismo del Olvido

​La tarde era perfecta, o al menos lo parecía. Jena había salido con Elena para comprar unas telas en un mercado artesanal cercano al hotel, un pequeño capricho para la nueva casa que planeaban decorar. Damian se había quedado en el parque con Mia y el pequeño Alexander, enseñándole a la niña a elevar una cometa de colores. El cielo estaba despejado, pero en un segundo, el azul se volvió gris ceniza.

​Un coche perdió el control en la intersección. Fue un error humano, un fallo en los frenos, una distracción mundana. No hubo conspiraciones ni enemigos. Jena cruzaba la calle con una sonrisa en el rostro, sosteniendo una bolsa de dulces para Mia, cuando el metal la alcanzó.

​El impacto fue sordo, un golpe que retumbó en el pecho de Damian a tres manzanas de distancia, como si un hilo invisible se hubiera tensado hasta romperse.

​La Vigilia de Piedra

​El hospital olía a antiséptico y a desesperación. Damian estaba sentado en la sala de espera, con la mirada perdida en sus manos, que aún tenían restos de arena del parque. Marcus estaba a su lado, manteniendo a Mia abrazada mientras la niña lloraba en silencio, sin entender por qué su madre no llegaba para la cena. Elena, con un vendaje en el brazo y lágrimas en los ojos, no dejaba de repetir que todo había pasado demasiado rápido.

​—Ella va a estar bien, Damian —susurró Marcus, su voz ruda quebrada por la angustia—. Jena es la mujer más fuerte que hemos conocido.

​Damian no respondió. Su mente estaba en una zona de guerra que no podía ganar con fuerza bruta. Por primera vez en su vida, se sentía pequeño, insignificante frente al monitor que pitaba rítmicamente dentro de la Unidad de Cuidados Intensivos. Había pasado tres días sin dormir, alimentándose solo de café amargo y de la esperanza de volver a ver el brillo en los ojos de su mujer.

​Cuando el médico finalmente salió, su rostro no traía el alivio que Damian buscaba.

​—Físicamente, el milagro ha ocurrido —dijo el doctor—. Las fracturas sanarán. El golpe en la cabeza fue severo, pero la inflamación está bajando. Sin embargo… hay una desconexión. Hemos detectado una amnesia retrógrada profunda.

​El Despertar de una Extraña

​Damian entró en la habitación con el corazón martilleando contra sus costillas. Jena estaba allí, pálida, con la cabeza vendada, pero viva. Al escuchar sus pasos, ella giró la cabeza. Sus ojos, esos ojos que Damian conocía mejor que su propia alma, lo miraron.

​Pero no hubo reconocimiento. No hubo el brillo de complicidad, ni el calor del amor acumulado por años. Había miedo. Un miedo frío y distante.

​—¿Quién eres? —preguntó ella, su voz apenas un susurro quebradizo.

​Damian se detuvo en seco. Fue como si una bala de plata le atravesara el pecho.

—Jena… soy yo. Damian. Tu esposo.

​Ella frunció el ceño, retrocediendo contra la almohada.

—No conozco a ningún Damian. No… no sé quién soy. ¿Por qué estoy aquí? ¿Dónde están mis padres?

​Ella recordaba su vida de adolescente, los veranos en la casa de campo de su familia, el nombre de su primer perro… pero los últimos diez años habían sido borrados de su mapa mental. No recordaba la isla, no recordaba las misiones, no recordaba la boda secreta bajo la lluvia. Y lo más doloroso: no recordaba haber dado a luz.

​La Tortura de los Recuerdos Ajenos

​Al día siguiente, Damian intentó lo imposible. Trajo a Mia a la habitación, pensando que la fuerza de la sangre rompería el bloqueo. La niña entró con un dibujo hecho a mano, su carita llena de esperanza.

​—¡Mamá! ¡Te traje un dibujo de nuestro castillo! —exclamó Mia, corriendo hacia la cama.

​Jena se tensó visiblemente. Miró a la niña con una cortesía distante, como se mira a un extraño amable en la calle.

—Hola, pequeña… Qué dibujo tan bonito. ¿Eres una paciente del hospital?

​El silencio que siguió fue ensordecedor. Mia se detuvo, su labio inferior empezó a temblar. Miró a su padre, buscando una explicación que no existía.

—Papi… ¿por qué mamá no sabe quién soy?

​Damian tuvo que sacar a la niña de la habitación mientras sus propios ojos se nublaban. En el pasillo, se derrumbó contra la pared. Marcus lo sostuvo, evitando que cayera al suelo.

​—Ella no nos recuerda, Marcus —sollozó Damian, el hombre que nunca lloraba—. Para ella, soy un extraño que dice ser su marido. Para ella, sus hijos son solo niños que la asustan. Me ha olvidado… nos ha olvidado a todos.

​La Lucha de un Hombre Invisible

​Las semanas pasaron. Jena fue dada de alta y regresaron a la isla, con la esperanza de que el entorno familiar ayudara a recuperar sus recuerdos. Pero la isla, que antes era su paraíso, se convirtió en una prisión de extraños para ella.

​Caminaba por los pasillos mirando las fotos en las paredes como si fueran escenas de una película que nunca había visto. Damian intentaba ser paciente. Le preparaba su comida favorita, le ponía la música que solían bailar, le contaba historias de cómo se conocieron, omitiendo las partes oscuras y resaltando solo el amor.

​—Pareces un buen hombre, Damian —le dijo ella una noche, sentada en el porche, mirando el mar—. Veo cómo cuidas a esos niños… a Mia y a Alexander. Veo cómo me miras. Me duele no poder sentir lo mismo. Siento que te estoy robando algo que le pertenece a otra mujer. A la Jena que ya no está aquí.

​—Tú eres Jena —insistió él, tomando su mano con suavidad, aunque ella no le devolvió el apretón—. No me importa esperar mil años. Volveré a conquistarte cada día si es necesario. No tienes que recordarme para que yo te ame.

​Pero el dolor era insoportable para Mia. La niña veía a su madre pasear por el jardín y, cuando intentaba abrazarla, Jena se ponía rígida. No era maldad, era simplemente que no sentía ese vínculo maternal que antes era su motor.

​El Sacrificio de Damian

​Marcus y Elena observaban la escena con el corazón roto. Habían pasado de celebrar la libertad a vivir en un funeral de recuerdos. Damian estaba consumido, sus ojos tenían ojeras profundas y su espíritu estaba al borde del colapso.

​—Tal vez forzarla es peor —dijo Elena una tarde—. Tal vez necesita construir una vida nueva desde cero, sin la presión de ser la mujer que todos esperamos que sea.

​Damian miró a Jena a lo lejos. Ella estaba sentada en la arena, mirando el horizonte con una expresión de vacío que lo mataba. Mia estaba a unos metros, jugando sola, mirando de reojo a una madre que ya no le cantaba canciones para dormir.

​Esa noche, Damian entró en la habitación. Jena estaba leyendo un libro. Él se sentó a los pies de la cama, despojado de toda esperanza, pero lleno de una resolución amarga.

​—Jena —dijo con voz firme—. No voy a presionarte más. Mañana, Marcus te llevará a la ciudad. Te hemos preparado una cuenta, una casa y todo lo que necesites para empezar de nuevo. Si estar aquí, con nosotros, te hace sentir como una impostora, no quiero que sufras más.

​Ella lo miró, sorprendida.

—¿Me dejas ir? ¿A pesar de los niños?

​—No puedo obligarte a amar a unos hijos que no reconoces, ni a un hombre que no recuerdas —Damian sintió que se le desgarraba el alma—. Pero prometo que cuidaré de Mia y Alexander. Y si algún día, un aroma, una canción o un sueño te trae de vuelta a nosotros… aquí estaremos.

​Jena bajó la vista, una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

—Lo siento tanto, Damian. Siento que este hombre maravilloso me ame y yo solo sienta… nada.

​El Adiós en el Muelle

​El día de la partida fue el más oscuro de todos. El sol brillaba, pero para la familia era un eclipse total. Mia lloraba abrazada a la pierna de su padre, mientras veía a su madre subir al barco con una maleta pequeña.

​Jena se detuvo en la pasarela. Miró hacia atrás. Vio a Marcus y Elena con los rostros sombríos. Vio al pequeño Alexander en brazos de Elena. Y vio a Damian, de pie, recto como un soldado, ocultando su agonía detrás de una máscara de piedra que solo Jena sabía romper.

​Por un segundo, solo un segundo, Jena sintió una punzada en el pecho. Un destello de algo… una imagen de un hombre bajo la lluvia, una risa de niña, un calor familiar. Pero la imagen se desvaneció tan rápido como llegó.

​—Adiós, Damian —dijo ella.

​—Adiós, mi vida —respondió él, sabiendo que ella no entendía el peso de esas palabras.

​El barco se alejó. Damian se quedó allí, sosteniendo la mano de Mia, mirando cómo la mujer que era su mundo se convertía en una extraña en la distancia. Habían sobrevivido a guerras, a imperios y a la muerte, pero no habían podido sobrevivir al olvido.

​Damian bajó la mirada hacia Mia y la cargó en sus brazos.

—Ahora solo somos nosotros, pequeña. Pero vamos a estar bien.

​En el silencio de la isla, el eco de lo que alguna vez fueron quedó flotando en el aire, como una canción que nadie recuerda cómo terminar. La verdadera prueba no era luchar por ella, sino dejarla ir para que pudiera encontrar su propia luz, aunque esa luz ya no lo incluyera a él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo