Viuda por Contrato - Capítulo 87
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Capítulo 87: Capítulo 86 : Un lienzo en blanco
Jena se despertó antes que el resto, pero no se movió. Se quedó escuchando el concierto de la isla: el rumor de las olas, el canto de los pájaros tropicales y la respiración acompasada de Damian a su lado. Ya no había rastro de la ansiedad que antes la atenaceaba. La amnesia, aunque seguía siendo una página en blanco, ya no se sentía como una pérdida, sino como un lienzo limpio.
Se levantó con cuidado y bajó a la cocina. Sobre la mesa descansaba el Diario de los Días Dorados. Lo abrió y escribió una sola frase: “Hoy vamos a echar raíces”.
El Jardín de los Deseos
Después del desayuno, Jena reunió a la familia en la parte trasera de la casa, un área que el bosque virgen había empezado a reclamar.
—He estado pensando —dijo Jena, señalando el terreno lleno de maleza y flores silvestres—. Esta casa nos da refugio, el mar nos da alimento, pero quiero algo que sea nuestro desde la semilla. Quiero que hagamos un jardín.
Mia dio un salto de alegría, dejando caer su muñeca.
—¡Sí! ¡Un jardín mágico! ¿Podemos plantar caramelos?
Damian rió, cargando a Alexander, quien intentaba atrapar una mariposa azul que revoloteaba cerca.
—Quizás caramelos no, princesa, pero podemos plantar tomates tan dulces que parecerán dulces, y flores que huelan a perfume.
Damian trajo las herramientas de la vieja bodega: palas oxidadas que necesitaban aceite, rastrillos y unas cuantas bolsas de semillas que Marcus había dejado en su última visita. El trabajo comenzó bajo el sol suave de la mañana. Damian se encargó de la parte más dura, removiendo la tierra compacta y sacando las piedras grandes, mientras Jena y Mia preparaban los surcos.
La Magia de la Tierra
Ver a Damian trabajar la tierra era, para Jena, una forma de poesía. Sus músculos se tensaban con cada golpe de azada, pero su expresión era de absoluta paz. No era el hombre que vigilaba perímetros; era un hombre que preparaba la vida.
—Ven aquí, Mia —llamó Jena—. Tienes que poner las semillas con cuidado. No las entierres demasiado profundo, necesitan sentir el calor del sol, igual que nosotros.
Mia depositaba cada semilla como si fuera un diamante. Alexander, sentado en una manta bajo la sombra de un mango, gateaba de vez en cuando hasta el borde del huerto, hundiendo sus manitas en la tierra fresca y riendo al sentir la textura nueva entre sus dedos. Estaban cubiertos de lodo, con el sudor brillando en sus frentes, pero nunca se habían sentido tan limpios.
El Hallazgo en la Maleza
Mientras limpiaban una zona cerca de un viejo muro de piedra, el rastrillo de Jena chocó con algo metálico. Se arrodilló y empezó a apartar la tierra con las manos.
—Damian, mira esto.
Era una caja de metal pequeña, corroída por el tiempo y la humedad. Damian se acercó y, con un poco de fuerza, logró forzar la cerradura. Dentro no había oro ni joyas. Había un puñado de fotos viejas de la pareja que vivió en la isla hace décadas, una llave de bronce y una pequeña placa que decía: “A quien encuentre este rincón: lo que planta con amor, nunca muere”.
Jena sostuvo la placa contra su pecho.
—Es una señal, ¿verdad? —susurró—. No somos los primeros en buscar la paz aquí, y no seremos los últimos.
—Es una promesa, Jena —respondió Damian, besando su frente—. Es la prueba de que este lugar guarda lo bueno.
El Bote de los Sueños
Por la tarde, mientras los niños dormían la siesta, Damian llevó a Jena hacia un pequeño cobertizo cerca del muelle que ella aún no había explorado a fondo. Al abrir las puertas dobles, la luz iluminó un viejo bote de madera de unos cuatro metros de largo. Estaba desgastado, con la pintura blanca desconchada y un agujero en el casco que dejaba ver el esqueleto de la nave.
—Es el “Alba” —dijo Damian—. Estaba aquí cuando llegamos. He estado pensando que, si lo restauramos, podríamos llevar a los niños a ver los arrecifes de coral del otro lado de la isla.
Jena pasó la mano por la madera rugosa.
—Parece mucho trabajo, Capitán.
—Tenemos todo el tiempo del mundo, Jena. Además, me vendría bien una primera oficial que sepa manejar una lija.
Pasaron el resto de la tarde trabajando en el bote. El sonido rítmico de la lija sobre la madera se convirtió en la banda sonora de su conversación. Hablaron de cosas insignificantes y de cosas profundas. Jena le preguntó sobre sus colores favoritos, sobre la música que solían escuchar, sobre cómo se conocieron. Damian respondía con paciencia, omitiendo los detalles oscuros y centrándose en la luz.
Restaurar el bote era como restaurar su relación: quitar las capas de dolor y desgaste para revelar la estructura sólida y hermosa que siempre había estado allí debajo.
El Mapa del Tesoro de Mia
Cuando Mia despertó, se encontró con una sorpresa sobre su almohada. Era un papel amarillento con los bordes quemados (cortesía del encendedor de Damian) y un dibujo hecho a mano con crayones.
—¡Un mapa! —gritó Mia, corriendo hacia el porche—. ¡Mamá, es un mapa de verdad!
Jena y Damian la siguieron, fingiendo asombro. El mapa tenía hitos como “La Roca del Gigante” (una piedra grande en el camino), “El Bosque de los Susurros” (un grupo de palmeras que sonaban con el viento) y “La X Roja”.
Mia, con Alexander a cuestas en la mochila portabebés de Damian, lideró la expedición. Siguieron las pistas con gran solemnidad. En cada punto, Jena le contaba una pequeña historia: que en esa roca vivía un cangrejo sabio, o que en esas palmeras los pájaros guardaban sus secretos.
Finalmente, llegaron a la “X”, situada justo debajo del gran roble donde habían tenido la siesta días atrás. Mia cavó un poco con su pala de juguete y encontró una pequeña caja de madera. Al abrirla, sus ojos se iluminaron: dentro había cuatro collares hechos de hilo y conchas marinas que Jena había pasado la noche anterior tejiendo en secreto.
—Un collar para cada uno —dijo Mia, entregándoles sus tesoros—. Para que siempre sepamos que somos un equipo.
La Noche del Cielo Infinito
La jornada terminó con una cena sencilla en la playa. Hicieron una pequeña fogata y asaron malvaviscos que Marcus había dejado en una de las cajas de suministros.
El cielo de la isla, lejos de cualquier contaminación lumínica, se desplegaba sobre ellos como un manto de diamantes. Jena se recostó en la arena, con la cabeza en el regazo de Damian, mientras los niños observaban las brasas del fuego con fascinación.
—Mira esa estrella de allá, la que brilla más —señaló Damian—. Esa es la Estrella del Norte. Siempre te guiará a casa.
Jena cerró los ojos, sintiendo el calor de la fogata y la presencia de su familia.
—Ya estoy en casa, Damian. No necesito mirar al cielo para saberlo.
En ese momento, Jena comprendió que la memoria es solo una parte de lo que somos. La otra parte, la más importante, es la capacidad de sentir el presente, de cuidar a los que amamos y de confiar en que, incluso si el pasado se borra, el corazón tiene su propia forma de recordar.
Se quedaron allí hasta que el fuego se convirtió en cenizas rojas y el sueño venció a los niños. Damian cargó a Alexander y Jena tomó la mano de una Mia medio dormida. Caminaron de regreso a la casa bajo la luz de la luna, cuatro sombras unidas, listas para despertar mañana y seguir plantando semillas en su pequeño paraíso.
La semana comenzó con un ritmo diferente. Si los días anteriores habían sido de sanación y limpieza, estos eran de creación pura. El “Alba”, aquel bote que parecía destinado a pudrirse en el olvido, estaba casi listo. Damian había pasado las últimas madrugadas aplicando capas de resina y pintura blanca, mientras Jena se encargaba de los detalles: había cosido unos cojines con lona resistente y pintado el nombre del bote con una caligrafía azul profunda que recordaba al color del mar en los días de calma.
El Estreno del “Alba”
La mañana del jueves, el cielo amaneció de un color rosa pálido, casi irreal. Era el día perfecto. Damian, con la ayuda de unos troncos redondos y mucha fuerza bruta, logró deslizar el bote desde el cobertizo hasta la orilla.
—¡Flota! ¡Mamá, flota! —gritó Mia, saltando alrededor de la embarcación mientras el agua lamía el casco recién pintado.
—Claro que flota —dijo Damian, secándose el sudor de la frente y mirando a Jena con orgullo—. Está hecho de madera de cedro y esperanza. Es una combinación imposible de hundir.
Subieron a bordo con cuidado. Alexander iba en su pequeña silla de seguridad, asegurada en el centro del bote, mirando con ojos asombrados cómo el mundo empezaba a moverse bajo él. Damian tomó los remos y, con brazadas lentas y poderosas, los alejó del muelle.
Navegaron durante media hora hasta llegar al Arrecife de los Susurros, un lugar donde el agua era tan transparente que parecía que el bote flotaba en el aire. Jena se asomó por la borda, maravillada. Debajo de ellos, un universo de corales cerebro, abanicos de mar de color púrpura y bancos de peces cirujano bailaban en una coreografía perfecta.
—Es hermoso… —susurró Jena, bajando la mano para tocar la superficie del agua—. Es como si la tierra estuviera escondiendo sus mejores joyas aquí abajo.
Damian ancló el bote y se colocó sus gafas de buceo.
—Quédate con los niños un momento, voy a buscar algo.
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