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​Viuda por Contrato - Capítulo 86

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Capítulo 86: Capítulo 85: Días dorado

​La mañana siguiente a la boda amaneció con una calma casi sobrenatural. El rocío brillaba sobre las flores silvestres que Mia había recolectado, y el aire olía a mar y a pino húmedo. Jena fue la primera en despertar. No lo hizo con el sobresalto de quien busca su identidad, sino con la parsimonia de quien sabe exactamente dónde está y con quién.

​Se quedó mirando el techo de madera, trazando con la vista las vetas de los tablones. Se sentía… ligera. Como si el “sí” de la tarde anterior hubiera terminado de anclar su alma a la tierra de la isla.

​El Primer Tesoro de la Mañana

​Jena bajó a la cocina y, antes de preparar el café, tomó un cuaderno de tapas de cuero que Elena le había traído como regalo. En la primera página, con una caligrafía cuidadosa y firme, escribió:

​”Hoy es el primer día de mi nueva vida. No recuerdo quién fui hace diez años, pero recuerdo perfectamente el brillo en los ojos de Damian ayer bajo el sol. Recuerdo el peso de Alexander en mis brazos y la risa de Mia. Mi memoria no está en mi cabeza; está en ellos.”

​Cerró el cuaderno. Sería su Diario de los Días Dorados. Un seguro de vida contra el olvido.

​La Competencia de Barquitos

​A media mañana, el muelle se convirtió en el centro de operaciones de la familia. Marcus, con su habilidad natural para la carpintería, había sacado unas maderas sobrantes y unas navajas pequeñas (usadas con extrema precaución bajo la mirada vigilante de Jena).

​—Muy bien, equipo —anunció Marcus, poniéndose un sombrero de paja—. El objetivo es construir el navío más rápido de la Isla de la Paz. Mia, tú eres la ingeniera jefa.

​—¡Yo quiero que el mío tenga velas de color rosa! —exclamó Mia, saltando sobre las tablas de madera del muelle.

​Damian estaba sentado en el suelo con Alexander, quien intentaba “ayudar” golpeando un trozo de madera contra otro. Jena se unió a ellos, sentándose junto a Damian. El sol les calentaba la espalda, y por primera vez en mucho tiempo, Damian no estaba escaneando el horizonte en busca de amenazas. Estaba allí, simplemente siendo un padre.

​—Mira esto, Jena —dijo Damian, mostrándole un pequeño mástil que estaba tallando—. Marcus dice que soy un negado para las manualidades, pero creo que este barco va a ganar la regata.

​Jena se rió y le dio un beso rápido en la mejilla.

—Tu optimismo es adorable, Silva. Pero creo que el de Mia, con esas velas que está haciendo Elena con retazos de tela, nos va a dar mil vueltas.

​La Regata de los Sueños

​Pasaron horas lijando, pegando y decorando. No había prisa. El tiempo en la isla se medía en risas, no en minutos. Finalmente, cuatro barquitos de madera estaban listos en el borde del muelle.

​El “Rayo Rosa”: El de Mia, decorado con flores y telas brillantes.

​El “Gran Al”: Una balsa robusta construida por Marcus para Alexander (quien intentó morderla de inmediato).

​El “Halcón del Mar”: El diseño técnico de Damian.

​El “Corazón Errante”: El barco de Jena, pintado de blanco con una pequeña bandera que decía “Familia”.

​—A la de tres… —gritó Marcus—. ¡Uno, dos, tres!

​Lanzaron los barquitos al agua cristalina. Una corriente suave empezó a empujarlos hacia la orilla de arena. Todos corrían por el muelle y luego por la arena, gritando y animando a sus naves.

​Mia gritaba tan fuerte que los pájaros salían volando de los árboles. Alexander, en brazos de Jena, agitaba sus manitas emocionado por el alboroto. Al final, fue el barco de Jena, el “Corazón Errante”, el que llegó primero a la orilla, impulsado por una ráfaga de viento oportuna.

​—¡Ganaste, mamá! —Mia la abrazó por las piernas—. ¡Tu barco es el más rápido del mundo!

​—Ganamos todos, cariño —respondió Jena, mirando a su familia reunida en la orilla.

​La Siesta Bajo el Gran Roble

​Después de tanta emoción y un almuerzo de pescado fresco que Marcus y Damian habían pescado temprano, el cansancio del sol empezó a hacer efecto.

​Se refugiaron bajo la sombra de un roble centenario que se alzaba cerca de la casa. Extendieron mantas y cojines. Fue uno de esos momentos mágicos donde el silencio no es incómodo, sino reparador.

​Alexander se quedó profundamente dormido sobre el pecho de Damian. Mia se acurrucó al lado de Elena, escuchando un cuento en voz baja. Jena, recostada junto a ellos, observaba cómo las hojas del roble tamizaban la luz del sol.

​—¿En qué piensas? —le susurró Damian, estirando una mano para acariciarle el cabello sin despertar al bebé.

​—En que si este es el resto de mi vida, soy la mujer más afortunada de la Tierra —susurró ella—. A veces pienso que la amnesia fue una forma del destino de decirme: “Para, respira y mira lo que realmente importa”. Antes de esto, ¿éramos felices, Damian?

​Damian guardó silencio un momento, mirando hacia el mar.

—Éramos felices, pero siempre estábamos corriendo, Jena. Estábamos protegiendo cosas, planeando el siguiente paso. Aquí… aquí no hay siguiente paso. Solo hay este momento. Y sí, creo que ahora somos más felices de lo que jamás soñamos.

​Una Tarde de Pintura y Barro

​Cuando los niños despertaron de la siesta, Jena tuvo una idea. Había encontrado unos botes de pintura y unos lienzos en blanco en el estudio que antes usaba el antiguo dueño de la casa.

​—Hoy vamos a pintar la casa —dijo Jena con una sonrisa traviesa.

​—¿Las paredes? —preguntó Mia con los ojos abiertos como platos.

​—No, las paredes no. Vamos a pintar nuestra historia en estos cuadros.

​Se sentaron todos en el porche. Jena puso un lienzo grande en el suelo. Llenaron sus manos de pintura (Alexander fue el primero en quedar cubierto de azul de pies a cabeza) y empezaron a estampar sus huellas.

​Primero la mano grande de Damian, luego la de Jena superpuesta. Después las manitas de Mia y las pequeñas huellas de los pies de Alexander. Lo que empezó como un árbol genealógico de huellas terminó en una guerra de pintura amigable.

​Marcus y Elena terminaron con manchas amarillas en la ropa, y Jena tenía una raya verde en la nariz. La risa de Alexander, una carcajada pura y cristalina, llenaba todo el jardín. No había ni un rastro de la Jena asustada de los primeros días. Esta Jena estaba manchada de colores, despeinada y con el corazón rebosante.

​El Mensaje en la Botella

​Al caer la tarde, mientras el cielo se volvía naranja intenso, Mia encontró una botella de vidrio transparente en la orilla del mar. Corrió hacia sus padres emocionada.

​—¡Mira, papá! ¡Un mensaje de los piratas!

​Damian tomó la botella y fingió examinarla con gran seriedad.

—Mmm, parece un mensaje muy antiguo, Mia. A ver qué dice.

​Abrió el tapón de corcho y sacó un papel que él mismo había escrito en secreto esa mañana, sabiendo que Mia siempre exploraba la orilla.

​—Dice… —leyó Damian con voz solemne—: “Para la princesa Mia y el pequeño caballero Alexander. El tesoro más grande de esta isla no está enterrado bajo la arena, ni está hecho de oro. El tesoro son los abrazos de mamá y papá, y las risas que compartimos cada día. Firmado: El Rey del Mar”.

​Mia se quedó boquiabierta, abrazando la botella como si fuera el objeto más valioso del universo. Jena miró a Damian con lágrimas de ternura en los ojos. Él le guiñó un ojo, confirmando que en esta nueva vida, los pequeños gestos eran la verdadera moneda de cambio.

​La Cena Bajo las Estrellas y la Despedida

​Esa noche fue la última de Marcus y Elena en la isla. Cenaron en la terraza, bajo una guirnalda de luces que Damian había instalado. Comieron, recordaron historias divertidas y brindaron por la salud y el futuro.

​—Mañana nos vamos —dijo Elena, tomando la mano de Jena—, pero nos vamos tranquilos. Sabemos que están en su paraíso.

​—Gracias por recordarme quién soy a través de sus ojos —dijo Jena emocionado—. No dejen de venir. Esta isla siempre tendrá un cuarto listo para ustedes.

​Cuando sus amigos se retiraron a sus habitaciones y los niños quedaron sumergidos en el sueño profundo de los días felices, Jena y Damian salieron a caminar por la playa una última vez esa noche.

​El agua les llegaba a los tobillos, refrescante y rítmica. Caminaban de la mano, en un silencio perfecto.

​—¿Sabes qué es lo más bonito de todo esto, Damian? —preguntó Jena, deteniéndose para mirar la luna reflejada en el agua.

​—Dime.

​—Que ya no necesito recuperar mis recuerdos para sentirme completa. Si vuelven, está bien. Pero si no vuelven nunca… no pasa nada. Porque lo que tengo ahora es mejor que cualquier cosa que haya podido olvidar.

​Damian la atrajo hacia sí, abrazándola con fuerza, protegiéndola de todo lo que ya no importaba. El mundo exterior podía seguir su curso acelerado, pero en esa isla, el tiempo se había detenido para permitir que el amor echara raíces profundas.

Jena se despertó antes que el resto, pero no se movió. Se quedó escuchando el concierto de la isla: el rumor de las olas, el canto de los pájaros tropicales y la respiración acompasada de Damian a su lado. Ya no había rastro de la ansiedad que antes la atenaceaba. La amnesia, aunque seguía siendo una página en blanco, ya no se sentía como una pérdida, sino como un lienzo limpio.

​Se levantó con cuidado y bajó a la cocina. Sobre la mesa descansaba el Diario de los Días Dorados. Lo abrió y escribió una sola frase: “Hoy vamos a echar raíces”.

​El Jardín de los Deseos

​Después del desayuno, Jena reunió a la familia en la parte trasera de la casa, un área que el bosque virgen había empezado a reclamar.

​—He estado pensando —dijo Jena, señalando el terreno lleno de maleza y flores silvestres—. Esta casa nos da refugio, el mar nos da alimento, pero quiero algo que sea nuestro desde la semilla. Quiero que hagamos un jardín.

​Mia dio un salto de alegría, dejando caer su muñeca.

—¡Sí! ¡Un jardín mágico! ¿Podemos plantar caramelos?

​Damian rió, cargando a Alexander, quien intentaba atrapar una mariposa azul que revoloteaba cerca.

—Quizás caramelos no, princesa, pero podemos plantar tomates tan dulces que parecerán dulces, y flores que huelan a perfume.

​Damian trajo las herramientas de la vieja bodega: palas oxidadas que necesitaban aceite, rastrillos y unas cuantas bolsas de semillas que Marcus había dejado en su última visita. El trabajo comenzó bajo el sol suave de la mañana. Damian se encargó de la parte más dura, removiendo la tierra compacta y sacando las piedras grandes, mientras Jena y Mia preparaban los surcos.

​La Magia de la Tierra

​Ver a Damian trabajar la tierra era, para Jena, una forma de poesía. Sus músculos se tensaban con cada golpe de azada, pero su expresión era de absoluta paz. No era el hombre que vigilaba perímetros; era un hombre que preparaba la vida.

​—Ven aquí, Mia —llamó Jena—. Tienes que poner las semillas con cuidado. No las entierres demasiado profundo, necesitan sentir el calor del sol, igual que nosotros.

​Mia depositaba cada semilla como si fuera un diamante. Alexander, sentado en una manta bajo la sombra de un mango, gateaba de vez en cuando hasta el borde del huerto, hundiendo sus manitas en la tierra fresca y riendo al sentir la textura nueva entre sus dedos. Estaban cubiertos de lodo, con el sudor brillando en sus frentes, pero nunca se habían sentido tan limpios.

​El Hallazgo en la Maleza

​Mientras limpiaban una zona cerca de un viejo muro de piedra, el rastrillo de Jena chocó con algo metálico. Se arrodilló y empezó a apartar la tierra con las manos.

​—Damian, mira esto.

​Era una caja de metal pequeña, corroída por el tiempo y la humedad. Damian se acercó y, con un poco de fuerza, logró forzar la cerradura. Dentro no había oro ni joyas. Había un puñado de fotos viejas de la pareja que vivió en la isla hace décadas, una llave de bronce y una pequeña placa que decía: “A quien encuentre este rincón: lo que planta con amor, nunca muere”.

​Jena sostuvo la placa contra su pecho.

—Es una señal, ¿verdad? —susurró—. No somos los primeros en buscar la paz aquí, y no seremos los últimos.

​—Es una promesa, Jena —respondió Damian, besando su frente—. Es la prueba de que este lugar guarda lo bueno.

​El Bote de los Sueños

​Por la tarde, mientras los niños dormían la siesta, Damian llevó a Jena hacia un pequeño cobertizo cerca del muelle que ella aún no había explorado a fondo. Al abrir las puertas dobles, la luz iluminó un viejo bote de madera de unos cuatro metros de largo. Estaba desgastado, con la pintura blanca desconchada y un agujero en el casco que dejaba ver el esqueleto de la nave.

​—Es el “Alba” —dijo Damian—. Estaba aquí cuando llegamos. He estado pensando que, si lo restauramos, podríamos llevar a los niños a ver los arrecifes de coral del otro lado de la isla.

​Jena pasó la mano por la madera rugosa.

—Parece mucho trabajo, Capitán.

​—Tenemos todo el tiempo del mundo, Jena. Además, me vendría bien una primera oficial que sepa manejar una lija.

​Pasaron el resto de la tarde trabajando en el bote. El sonido rítmico de la lija sobre la madera se convirtió en la banda sonora de su conversación. Hablaron de cosas insignificantes y de cosas profundas. Jena le preguntó sobre sus colores favoritos, sobre la música que solían escuchar, sobre cómo se conocieron. Damian respondía con paciencia, omitiendo los detalles oscuros y centrándose en la luz.

​Restaurar el bote era como restaurar su relación: quitar las capas de dolor y desgaste para revelar la estructura sólida y hermosa que siempre había estado allí debajo.

​El Mapa del Tesoro de Mia

​Cuando Mia despertó, se encontró con una sorpresa sobre su almohada. Era un papel amarillento con los bordes quemados (cortesía del encendedor de Damian) y un dibujo hecho a mano con crayones.

​—¡Un mapa! —gritó Mia, corriendo hacia el porche—. ¡Mamá, es un mapa de verdad!

​Jena y Damian la siguieron, fingiendo asombro. El mapa tenía hitos como “La Roca del Gigante” (una piedra grande en el camino), “El Bosque de los Susurros” (un grupo de palmeras que sonaban con el viento) y “La X Roja”.

​Mia, con Alexander a cuestas en la mochila portabebés de Damian, lideró la expedición. Siguieron las pistas con gran solemnidad. En cada punto, Jena le contaba una pequeña historia: que en esa roca vivía un cangrejo sabio, o que en esas palmeras los pájaros guardaban sus secretos.

​Finalmente, llegaron a la “X”, situada justo debajo del gran roble donde habían tenido la siesta días atrás. Mia cavó un poco con su pala de juguete y encontró una pequeña caja de madera. Al abrirla, sus ojos se iluminaron: dentro había cuatro collares hechos de hilo y conchas marinas que Jena había pasado la noche anterior tejiendo en secreto.

​—Un collar para cada uno —dijo Mia, entregándoles sus tesoros—. Para que siempre sepamos que somos un equipo.

​La Noche del Cielo Infinito

​La jornada terminó con una cena sencilla en la playa. Hicieron una pequeña fogata y asaron malvaviscos que Marcus había dejado en una de las cajas de suministros.

​El cielo de la isla, lejos de cualquier contaminación lumínica, se desplegaba sobre ellos como un manto de diamantes. Jena se recostó en la arena, con la cabeza en el regazo de Damian, mientras los niños observaban las brasas del fuego con fascinación.

​—Mira esa estrella de allá, la que brilla más —señaló Damian—. Esa es la Estrella del Norte. Siempre te guiará a casa.

​Jena cerró los ojos, sintiendo el calor de la fogata y la presencia de su familia.

—Ya estoy en casa, Damian. No necesito mirar al cielo para saberlo.

​En ese momento, Jena comprendió que la memoria es solo una parte de lo que somos. La otra parte, la más importante, es la capacidad de sentir el presente, de cuidar a los que amamos y de confiar en que, incluso si el pasado se borra, el corazón tiene su propia forma de recordar.

​Se quedaron allí hasta que el fuego se convirtió en cenizas rojas y el sueño venció a los niños. Damian cargó a Alexander y Jena tomó la mano de una Mia medio dormida. Caminaron de regreso a la casa bajo la luz de la luna, cuatro sombras unidas, listas para despertar mañana y seguir plantando semillas en su pequeño paraíso.

La semana comenzó con un ritmo diferente. Si los días anteriores habían sido de sanación y limpieza, estos eran de creación pura. El “Alba”, aquel bote que parecía destinado a pudrirse en el olvido, estaba casi listo. Damian había pasado las últimas madrugadas aplicando capas de resina y pintura blanca, mientras Jena se encargaba de los detalles: había cosido unos cojines con lona resistente y pintado el nombre del bote con una caligrafía azul profunda que recordaba al color del mar en los días de calma.

​El Estreno del “Alba”

​La mañana del jueves, el cielo amaneció de un color rosa pálido, casi irreal. Era el día perfecto. Damian, con la ayuda de unos troncos redondos y mucha fuerza bruta, logró deslizar el bote desde el cobertizo hasta la orilla.

​—¡Flota! ¡Mamá, flota! —gritó Mia, saltando alrededor de la embarcación mientras el agua lamía el casco recién pintado.

​—Claro que flota —dijo Damian, secándose el sudor de la frente y mirando a Jena con orgullo—. Está hecho de madera de cedro y esperanza. Es una combinación imposible de hundir.

​Subieron a bordo con cuidado. Alexander iba en su pequeña silla de seguridad, asegurada en el centro del bote, mirando con ojos asombrados cómo el mundo empezaba a moverse bajo él. Damian tomó los remos y, con brazadas lentas y poderosas, los alejó del muelle.

Navegaron durante media hora hasta llegar al Arrecife de los Susurros, un lugar donde el agua era tan transparente que parecía que el bote flotaba en el aire. Jena se asomó por la borda, maravillada. Debajo de ellos, un universo de corales cerebro, abanicos de mar de color púrpura y bancos de peces cirujano bailaban en una coreografía perfecta.

​—Es hermoso… —susurró Jena, bajando la mano para tocar la superficie del agua—. Es como si la tierra estuviera escondiendo sus mejores joyas aquí abajo.

​Damian ancló el bote y se colocó sus gafas de buceo.

—Quédate con los niños un momento, voy a buscar algo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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