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​Viuda por Contrato - Capítulo 89

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Capítulo 89: Capítulo 88: Nuevo integrante

La tormenta no solo dejó ramas rotas y hojas esparcidas por el jardín. También dejó una pequeña gotera en el techo del pasillo superior.

No era nada grave. Apenas un goteo constante que caía con una paciencia casi irritante sobre la madera. Pero en una casa como aquella, en medio de una isla que lo exigía todo, incluso los detalles más pequeños merecían atención inmediata.

Damian fue el primero en notarlo.

Se quedó unos segundos observando el punto húmedo en el techo, escuchando el ritmo del agua, como si intentara entender de dónde venía exactamente. Luego, sin decir mucho, fue por la escalera.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Jena desde abajo, mientras sostenía a Alexander, que se retorcía con energía, decidido a participar en algo que claramente le parecía interesante.

—Solo sujeta la escalera —respondió Damian—. Y pásame una linterna, por favor.

Jena apoyó a Alexander en su cadera y sostuvo la base con firmeza. El niño, fascinado, estiró la mano hacia los peldaños e intentó morder uno.

—No, explorador —dijo ella, apartándolo suavemente—. Eso no es comida.

Damian subió, empujó la pequeña trampilla del techo… y se detuvo.

Hubo un silencio.

—¿Damian? —preguntó Jena.

No hubo respuesta inmediata. Solo un leve crujido, como madera antigua moviéndose después de mucho tiempo.

—Creo… —dijo él finalmente, con la voz más baja de lo normal— que hay algo aquí arriba.

Jena frunció el ceño.

—¿Algo como qué?

—Como… un espacio. Uno que no sabíamos que existía.

Eso fue suficiente.

La curiosidad le recorrió el cuerpo como una corriente eléctrica. Le pasó la linterna y esperó. Se escucharon pasos, algo cayendo, un pequeño estornudo ahogado.

Y entonces Damian asomó la cabeza, con polvo en el cabello y una expresión que Jena no le había visto en mucho tiempo.

Asombro puro.

—Tienes que subir —dijo—. En serio.

No tardaron mucho.

Mia insistió en ser la primera. Subió con torpeza pero con decisión, desapareciendo en la oscuridad con un pequeño jadeo emocionado. Jena la siguió, ajustándose a Alexander en el portabebés. Damian se quedó abajo un momento más, asegurándose de que todo estuviera estable, y luego subió detrás de ellos.

El espacio era bajo. Obligaba a inclinarse ligeramente. El aire olía a madera envejecida, a polvo acumulado y a ese aroma inconfundible de papel antiguo que ha sobrevivido demasiados años en silencio.

Jena iluminó con la linterna… y se quedó quieta.

Había estanterías.

No elegantes ni hechas a medida, sino improvisadas con cajas de madera apiladas con cuidado. Y sobre ellas, decenas… no, cientos de libros.

Algunos estaban torcidos. Otros perfectamente alineados. Muchos tenían el lomo desgastado, el cuero agrietado, las páginas amarillentas.

Pero todos estaban ahí, como esperando.

—Wow… —susurró Mia, sin poder evitarlo.

Se movió lentamente, como si el suelo pudiera protestar ante su entusiasmo.

—Es una biblioteca —añadió—. Una secreta.

Jena avanzó unos pasos más. Pasó la mano por uno de los libros. El polvo se levantó en una nube suave.

—Eran de ellos —murmuró—. Los que vivían aquí antes.

Damian asintió, observando el lugar con una mezcla de respeto y fascinación.

—Esto no es casualidad. Alguien pasó mucho tiempo aquí arriba.

Mia ya estaba explorando. Encontró un rincón con cojines descoloridos, hundidos por los años pero aún reconocibles.

—Aquí se sentaban —dijo—. A leer.

Jena tomó uno de los libros más cercanos. Botánica, según la portada. Al abrirlo, algo cayó sobre su regazo.

Una flor. Blanca. Delicada. Casi translúcida.

Jena la sostuvo con cuidado, como si aún estuviera viva.

En la primera página había una dedicatoria.

La leyó en silencio al principio, y luego en voz baja:

—“Para Clara, que trajo las flores a esta roca desierta…”

Se quedó callada un momento.

—“…Que estas páginas te recuerden que nada es salvaje cuando se mira con amor.”

Damian se acercó, inclinándose para leer mejor.

—Clara… —repitió.

—Sí.

Jena sonrió apenas.

—Alguien la amaba mucho.

Damian señaló la esquina inferior de la página.

—Mira la fecha. (1954)

Eso significa que vivieron aquí en tiempos difíciles —dijo él—. Sequías, tormentas… todo eso.

Cerró el libro con cuidado.

—Y aun así hicieron esto.

Jena miró alrededor otra vez. Ya no parecía solo un ático. Era otra cosa. Un refugio. Un testimonio.

—Entonces esta casa sí puede sostenernos —dijo.

Damian la miró.

—Nunca lo dudé.

Un sonido interrumpió el momento.

Suave. Insistente.

Mia levantó la cabeza.

—¿Escucharon eso?

El sonido venía de una pequeña ventana circular al fondo. Mia corrió hacia ella, esquivando cajas con cuidado torpe.

Y entonces gritó.

—¡Mamá! ¡Papá!

No era un grito de miedo. Era urgencia.

Cuando llegaron, vieron el nido.

Estaba en el borde exterior, parcialmente desplazado por la tormenta. Apenas sostenido.

Dentro había un solo huevo.

Azul pálido, con pequeñas manchas.

Y una grieta.

—Se está rompiendo —dijo Mia, con los ojos brillantes—. Está solo…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Damian actuó sin dudar. Se quitó la gorra de lana, la acomodó en su mano y, con extremo cuidado, tomó el huevo.

—Vamos abajo —dijo.

El descenso fue más rápido, pero igual de cuidadoso.

Prepararon un pequeño espacio cerca de la chimenea. Jena trajo algodón, un poco de tela. Damian mantuvo el huevo entre sus manos el mayor tiempo posible antes de colocarlo.

Mia no se separó ni un segundo.

Se sentó frente a él, con las rodillas dobladas, observándolo como si su mirada pudiera ayudar.

—Vamos… —susurraba—. No tengas miedo.

El tiempo pasó lento.

El fuego crepitaba. La casa parecía contener la respiración.

Y entonces…

Un pequeño sonido seco.

La grieta se expandió.

Un diminuto pico asomó.

Mia se llevó las manos a la boca.

—¡Está saliendo!

El proceso fue lento, pero decidido. Finalmente, la cáscara se abrió lo suficiente y el pequeño cuerpo logró liberarse.

Era frágil. Húmedo. Tembloroso.

No era bonito.

Pero en ese momento, nadie en esa casa habría podido verlo así.

—Hola… —susurró Jena.

Mia sonrió, con lágrimas en los ojos.

—Se llama Nube.

Nadie discutió el nombre.

Esa noche, sin necesidad de decirlo, decidieron celebrar.

No con algo grande, sino con algo significativo.

Jena volvió al ático y eligió algunos libros. Entre ellos, uno de recetas escritas a mano. Las páginas estaban manchadas, usadas, vividas.

—Vamos a probar esto —dijo.

Cocinaron juntos. No todo salió perfecto, pero no importaba.

El pan de coco quedó un poco irregular. El pescado tenía más especias de las esperadas. El dulce de mango fue el mayor éxito.

Pero el aroma…

El aroma era distinto.

Como si la casa recordara.

Cenaron con velas, rodeados de libros que ya no parecían olvidados.

—Clara escribió algo —dijo Jena, rompiendo el silencio—. Decía que la isla no es un lugar.

Damian la miró.

—¿Entonces qué es?

Jena pensó un segundo.

—Una forma de estar.

Damian sonrió levemente.

—Tiene sentido.

Miró hacia Mia, que ahora intentaba darle una gota de agua a Nube con sumo cuidado.

—Pasé años tratando de recordar todo —dijo—. Y ahora… solo quiero recordar esto.

Jena extendió la mano y tomó la suya.

—Entonces es suficiente.

No hubo más que decir.

Antes de dormir, Jena se quedó unos minutos frente al mural.

Tomó un carboncillo y añadió algo nuevo.

Un pequeño pájaro saliendo de un huevo azul.

Y, a su lado, una estantería.

Alexander, medio dormido, señaló el dibujo.

—Más —dijo.

Jena sonrió.

—Sí. Más.

Porque la historia no se detenía.

Nunca lo hacía.

Esa noche, el mar volvió a su ritmo tranquilo.

Nube dormía cerca del calor.

Y en el ático, los libros ya no estaban esperando.

Habían sido encontrados.

Y eso lo cambiaba todo.

La curiosidad de Damian por el ático no terminó con los libros.

Había algo más allí arriba.

Algo que no encajaba del todo con el resto. No era papel, ni tela, ni madera envejecida. Era… distinto. Más sólido. Más deliberado.

Lo vio cuando movía uno de los baúles de mimbre. Un destello apagado, casi tímido, atrapado entre el polvo.

Se inclinó, apartó una telaraña que se estiró como hilo antiguo, y tiró de aquello con ambas manos.

Pesaba.

Cuando por fin lo sacó a la luz, el objeto reveló su forma: un cilindro largo, de latón y madera oscura, montado sobre un trípode robusto.

Damian sonrió sin darse cuenta.

—Jena, sube un momento —llamó—. Creo que encontré el ojo de la casa.

Abajo, Jena estaba concentrada en una tarea mucho más delicada: lograr que Nube aceptara un pequeño trozo de pescado.

—Solo un poquito… —murmuraba—. Vamos, no puedes vivir de mirarnos.

Mia, a su lado, observaba con absoluta seriedad.

—Creo que le gusta más cuando le hablas suave —opinó.

Damian volvió a llamar.

Jena suspiró, pero sonrió.

—Vigílalo tú un momento —le dijo a Mia—. Si abre el pico, le das esto.

—Lo tengo —respondió ella, casi como una promesa solemne.

Jena subió.

Al entrar en el ático, lo primero que vio fue a Damian arrodillado junto a algo que parecía sacado de otro tiempo.

—¿Qué es eso…? —preguntó, acercándose.

—Un telescopio —respondió él—. Pero no cualquiera.

Jena lo rodeó lentamente.

El latón estaba opaco, cubierto de una pátina verdosa en algunas partes. La madera del trípode, en cambio, seguía firme, bien trabajada, con detalles que no eran casuales.

—Es hermoso —dijo.

Damian asintió.

—Y pesado. No

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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