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​Viuda por Contrato - Capítulo 90

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Capítulo 90: Capítulp 89 : Revueltos

​Pasaron la mañana convirtiendo el ático en un santuario de la ciencia y los sueños. Limpiaron las ventanas circulares hasta que el vidrio desapareció a la vista, dejando entrar una luz dorada que hacía bailar las motas de polvo como si fueran polvo de estrellas.

​Damian desarmó con cuidado las piezas del telescopio. Jena lo ayudaba con un pincel fino, retirando la corrosión de los engranajes de bronce. Mientras trabajaban, Alexander gateaba sobre una manta, fascinado por el brillo de las piezas metálicas, y Mia subía y bajaba trayendo “tesoros” para decorar el nuevo cuarto: caracolas, plumas de aves y dibujos de constelaciones que ella misma inventaba.

​—¿Crees que Clara y su esposo miraban las estrellas desde aquí? —preguntó Jena, ajustando un tornillo pequeño.

​—Seguro —respondió Damian—. En una isla como esta, el cielo es la única televisión que necesitas. Pero sospecho que este telescopio tiene un propósito más práctico. Mira el ángulo.

​El Hallazgo del Manantial

​Cuando finalmente lograron ensamblar el telescopio y alinear las lentes, Jena pegó el ojo al ocular. El mundo se expandió de repente. Las rocas del Gran Risco, que desde abajo parecían una pared gris e inalcanzable, se revelaron llenas de vida. Vio nidos de aves rapaces, helechos gigantes que colgaban de las grietas y, entonces, algo que la hizo contener el aliento.

​—Damian… hay algo que brilla. Cerca de la base del acantilado norte. No es el reflejo del sol en la piedra. Es… es movimiento.

​Damian tomó su lugar. Ajustó el foco con precisión milimétrica.

—Es agua, Jena. Un manantial que cae desde lo alto de la montaña. Parece que la tormenta de la otra noche despejó una obstrucción de rocas. Hay una cascada pequeña alimentando una laguna natural.

​La noticia corrió por la casa como un incendio forestal de alegría. Una fuente de agua dulce y pura, más allá de la que recogían de la lluvia, era el mayor tesoro que la isla podía ofrecerles.

​La Expedición a la “Fuente de la Vida”

​Decidieron que esa misma tarde irían a explorar. Prepararon mochilas con suministros, agua y, por supuesto, una manta para Alexander. Mia se puso su sombrero de exploradora y cargó con una red para mariposas que Damian le había fabricado con restos de una vieja mosquitera.

​El camino hacia el norte era virgen. Tuvieron que abrirse paso entre la vegetación exuberante, pero a medida que se acercaban, el aire empezaba a cambiar. Se volvía más fresco, cargado de una humedad dulce que no olía a sal, sino a tierra fértil y musgo.

​—Escuchen —dijo Jena, deteniéndose.

​Un sonido cristalino, como el tintineo de mil campanas de cristal, llenaba el aire. Siguieron el sonido hasta que los árboles se abrieron, revelando un anfiteatro natural de roca volcánica. En el centro, una cortina de agua caía desde unos diez metros de altura, rompiéndose en una laguna de aguas tan claras que se podían ver las piedras de cuarzo en el fondo, brillando como diamantes sumergidos.

​—¡El baño de las hadas! —gritó Mia, lanzando su sombrero al aire y corriendo hacia la orilla.

​El Bautismo de la Nueva Vida

​No pudieron resistirse. La temperatura del agua era perfecta, un contraste refrescante con el calor del trópico. Damian entró primero con Alexander, quien chapoteaba con las manos, riendo a carcajadas mientras sentía las salpicaduras de la cascada. Jena se sentó en una piedra lisa, dejando que el agua corriera sobre sus pies cansados.

​—Es el corazón de la isla, Damian —dijo Jena, con los ojos empañados por la emoción—. Estaba aquí esperándonos.

​—Es más que eso —respondió él, acercándose a ella con el niño en brazos—. Es la prueba de que esta isla nos cuida. Mientras tengamos este manantial, la vida aquí es sostenible para siempre.

​Pasaron horas allí, nadando, riendo y explorando las cuevas poco profundas detrás de la cortina de agua. En una de esas cuevas, Jena encontró algo que la dejó sin palabras: una serie de marcas talladas en la roca, años y años de muescas que registraban el paso del tiempo. Y al final, una inscripción grabada con cuidado: “Aquí bebieron los que amaron el silencio. 1962”.

​La Noche de la Luna de Fresa

​Regresaron a casa cansados, con la piel fresca y el alma renovada. Esa noche, el cielo les tenía preparada una última sorpresa. Era la noche de la “Luna de Fresa”, una luna llena enorme y de un tono rosáceo que iluminaba la isla con una claridad casi diurna.

​Subieron todos al ático, que ahora llamaban oficialmente “El Observatorio del Alba”. Damian ajustó el telescopio hacia el satélite.

​—Mira, Mia. Puedes ver los cráteres, las montañas de la luna.

​Mia observó en silencio, maravillada. Luego fue el turno de Jena. Ver la luna así, tan cerca que parecía que podía tocarla, le dio una perspectiva nueva sobre su propia vida.

​—Somos tan pequeños en este universo —susurró Jena—, y sin embargo, lo que sentimos aquí dentro de estas paredes parece tan inmenso.

​—Porque el amor es lo único que tiene el mismo tamaño que las estrellas, Jena —dijo Damian, rodeándola con sus brazos.

​El Diario de la Capitana

​Antes de dormir, Jena escribió en su diario, sentada junto a la ventana mientras el brillo de la luna bañaba las páginas.

​”Hoy descubrimos que el pasado no solo nos dejó libros, sino también herramientas para ver más allá. El telescopio nos mostró el agua, y el agua nos mostró que esta isla tiene un corazón que late. He aprendido que no necesito recordar quién fui para saber quién soy. Soy la mujer que encontró una cascada secreta, la madre que vio a su hija descubrir la luna y la compañera de un hombre que construye telescopios con latón viejo. Mi memoria ya no es un rompecabezas de piezas perdidas; es un álbum de fotos que estamos tomando cada día.”

​Cerró el libro y miró a Nube, que dormía plácidamente en su nido cerca de la chimenea. La isla estaba en calma, el manantial seguía fluyendo en la oscuridad de la selva y, en el ático, el telescopio seguía apuntando hacia lo alto, como una promesa de que siempre habría algo nuevo que descubrir si tan solo sabían hacia dónde mirar.

​La mañana tras el descubrimiento del manantial amaneció con una neblina baja y dorada que abrazaba la línea de la costa. Jena, con su taza de café de granos tostados en casa, caminaba por la orilla mientras el sol empezaba a quemar la bruma. Mia corría por delante, inspeccionando los restos que la marea alta había depositado sobre la arena blanca.

​—¡Mamá, mira! ¡Un cristal de mar gigante! —gritó la niña, agachándose cerca de un tronco de madera a la deriva.

​Pero no era un cristal. Era una botella de vidrio grueso, de un verde oscuro casi negro, sellada con una cera roja que el tiempo y la sal habían endurecido hasta convertirla en una costra pétrea. Dentro, un rollo de papel amarillento esperaba en silencio.

​El Misterio Sellado

​Regresaron a la cabaña a paso veloz. Damian, que estaba aceitando los engranajes del telescopio en el porche, levantó la vista al ver la excitación en sus rostros.

​—¿Un tesoro pirata? —bromeó, aunque su mirada se volvió analítica al ver el sello de cera.

​Con un cuchillo fino, Damian retiró el sello con la precisión de un cirujano. El corcho salió con un chasquido seco, liberando un olor a resina y tiempo guardado. Jena extrajo el papel con dedos temblorosos. Al desenrollarlo, aparecieron líneas de una caligrafía elegante, pero los caracteres no eran latinos. Eran trazos fluidos, llenos de curvas y puntos que parecían danzar sobre la fibra del papel.

​—No entiendo nada —dijo Damian, frunciendo el ceño—. Parece algún tipo de escritura asiática o quizás un dialecto antiguo del Índico.

​Jena guardó silencio. Sus ojos recorrieron las líneas. De repente, sintió una punzada en la base del cráneo, una calidez que se extendía desde su nuca hacia sus ojos. Sin darse cuenta, sus labios empezaron a moverse, emitiendo sonidos suaves, rítmicos y musicales.

​—“El viento no pide permiso para cruzar el océano, ni el amor para anidar en el pecho del náufrago…” —susurró Jena.

​El Despertar de la Memoria Sensorial

​Damian y Mia se quedaron petrificados. Jena seguía leyendo, traduciendo en tiempo real un idioma que, teóricamente, no debería conocer.

​—Jena… ¿qué estás haciendo? —preguntó Damian en voz baja, temiendo romper el hechizo.

​Ella parpadeó, saliendo de un trance profundo. Sus ojos estaban húmedos.

—No lo sé. Simplemente… las palabras saltaron del papel a mi mente. Es como si no estuviera leyendo, sino recordando un sonido. Es sánscrito antiguo mezclado con algo más, una lengua de navegantes.

​—¿Quién eras antes de esto, Jena? —susurró Damian, más para sí mismo que para ella.

​El mensaje era una carta de amor y despedida de un marino a su esposa, enviada décadas atrás. No contenía secretos de estado ni mapas de tesoros, pero para Jena fue el hallazgo más grande: la prueba de que su cerebro aún guardaba tesoros de su vida anterior, habilidades que la amnesia no pudo borrar.

​El Vuelo de la Esperanza

​Mientras la familia procesaba el descubrimiento, un aleteo frenético llamó su atención. Nube, el polluelo de charrán que habían rescatado, estaba de pie sobre la barandilla del porche. Sus alas, ahora cubiertas de plumas blancas y firmes, se agitaban con una fuerza nueva.

​—¡Va a volar! —exclamó Mia, conteniendo el aliento.

​Con un chillido agudo, el ave se lanzó al vacío. Por un segundo pareció que caería, pero entonces el aire lo sostuvo. Nube se elevó, trazando círculos perfectos sobre la cabaña. No se fue. Voló hacia la linde del bosque y empezó a dar vueltas sobre una arboleda específica, regresando hacia ellos y volviendo a salir, como si los estuviera llamando.

​—Quiere que lo sigamos —dijo Jena, sintiendo una conexión especial con el animal—. Los animales de esta isla no hacen nada sin una razón.

​El Bosque de los Sueños Dulces

​Siguieron a Nube selva adentro, esta vez por un sendero diferente al del manantial. El ave los guió hacia una hondonada protegida del viento marino, donde la humedad era alta y la sombra profunda. Allí, ocultos entre helechos gigantes, encontraron unos árboles de troncos rugosos y hojas anchas. De sus ramas colgaban frutos alargados, de un color amarillo rojizo vibrante.

​—Cacao —dijo Damian, abriendo mucho los ojos—. Cacao silvestre de la más alta calidad.

​Jena se acercó y tomó uno de los frutos. Al abrirlo, el aroma dulce y terroso la transportó a otra sensación familiar.

—Podemos hacer nuestro propio chocolate, Damian. Para las noches de frío, para los cumpleaños de los niños… para nosotros.

​Recolectaron los granos con cuidado. La expedición no solo les había dado alimento, sino una sensación de abundancia que la isla seguía proporcionando a quienes sabían escucharla.

​La Alquimia del Hogar

​Esa tarde, la cocina se convirtió en un laboratorio. Bajo la guía de Jena, que parecía moverse con una confianza instintiva, fermentaron y secaron una parte de los granos al sol, mientras procesaban otros que ya estaban maduros en los árboles. El olor a chocolate tostado empezó a filtrarse por las maderas de la casa, mezclándose con el olor a mar.

​—Esto es magia —dijo Mia, chupándose un dedo manchado de pasta de cacao pura—. Sabe a tierra y a sol.

​Jena sonrió. Mientras removía la mezcla en una olla de cobre, se dio cuenta de algo fundamental. No importaba si recordaba su nombre de soltera o el número de su antigua casa. Lo que importaba era que sabía leer el amor en una botella lanzada al mar y que sus manos recordaban cómo crear dulzura a partir de la selva.

​El Cine Bajo las Estrellas

​Para cerrar el día, Damian decidió que era el momento de usar el último tesoro del ático. Había encontrado un viejo proyector de diapositivas y una caja llena de placas de vidrio con fotografías de paisajes de todo el mundo.

​Colgaron una sábana blanca entre dos palmeras frente al porche. Cuando cayó la noche y el cielo se llenó de su habitual manto de diamantes, Damian encendió el proyector.

​La luz atravesó la sábana, proyectando imágenes de montañas nevadas, ciudades antiguas y desiertos infinitos. Para Mia y Alexander, era como ver ventanas a otros mundos. Para Jena y Damian, era un recordatorio de lo vasto que era el planeta, y de lo afortunados que eran de haber encontrado su pequeño rincón de paz.

​—Mira, mamá, esa montaña se parece a la nuestra —señaló Mia, señalando una foto de los Alpes.

​Jena abrazó a su hija.

—El mundo es hermoso, pequeña. Pero nuestra isla es especial porque aquí, el tiempo se detiene para dejarnos ser quienes queremos ser.

​El Regreso del Navegante

​Cuando los niños se durmieron, Jena y Damian se quedaron solos frente a la sábana blanca, que ahora solo reflejaba la luz de la luna. Jena sacó la carta de la botella.

​—Damian, el hombre que escribió esto decía que “el hogar no es el lugar donde naciste, sino el lugar donde tus miedos dejan de perseguirte”.

​Damian la miró, la luz plateada de la luna acentuando las líneas de su rostro.

—Entonces, Jena, estamos en casa. Mi miedo era perderte, y aquí, te encuentro cada mañana en una faceta diferente.

​Se besaron bajo el arco de las palmeras, mientras en el cielo, una estrella fugaz cruzaba el firmamento, como si fuera otra botella de luz lanzada al inmenso océano del universo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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