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VRMMO: El Primer Nacido de Glifos del Mundo - Capítulo 138

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Capítulo 138: La Sala de Entrenamiento

Tras la pared falsa, colocada en un lugar muy obvio y que en realidad era una puerta, había otra puerta más. Esta estaba fuertemente reforzada y hecha enteramente de la misma aleación que usaban para fabricar las lanzaderas espaciales interplanetarias.

Lo que significaba que era increíblemente resistente al calor, para así poder sobrevivir a la reentrada, y aún más resistente a los golpes contundentes, los cortes y las perforaciones.

No tenía manija, ni una rueda colosal que girar como si fuera la bóveda de un banco. Solo era una puerta cuadrada con un pequeño panel negro y cuadrado.

Percy se adelantó, puso la mano sobre el panel y dejó que escaneara la palma de su mano, antes de que este se convirtiera en un teclado numérico con un pitido agudo. Sus dedos volaron mientras tecleaba el código correcto, una secuencia de casi veinte números, y cuando introdujo la última cifra, la puerta emitió un pesado y tranquilizador chasquido metálico antes de abrirse con lentitud.

«Bienvenido, Percival. Su protección ha sido garantizada».

Percy rodó los ojos ligeramente mientras su nombre completo resonaba desde unos altavoces ocultos y miró a Valerie con una leve sonrisa socarrona.

—¿Sabes? Si hubiera introducido el código de pánico, te habría desintegrado.

—Bueno, en ese caso, te estoy enormemente agradecida de que no lo hicieras —replicó ella con una cálida sonrisa, como si no estuvieran hablando de morir, sino de algo tan simple como a quién le toca lavar los platos.

Pasó junto a él en su silla, dándole una palmadita en la pierna para agradecerle que no la hubiera matado, mientras se adentraba en el búnker.

El búnker en sí era, huelga decirlo, más grande que cualquier cosa que Valerie hubiera poseído jamás. Porque, por supuesto que lo era, ¿cómo no iba a serlo? Todo tenía que ser más grande; si no, ¿de qué otra forma se suponía que ibas a saber que eran ricos?

Con sus gruesos suelos y paredes de metal, no era tan elegante ni estéticamente agradable como la humilde cabaña de arriba, pero era, sin duda, mucho más seguro. Incluso tenía otra puerta que daba a una pequeña pista de aterrizaje que, muy probablemente, se usaba para huir o para un rescate.

—Mmm, ¿por qué no me sorprende que tengas un búnker especial aquí? Déjame adivinar, ¿para un caso de revuelta campesina? —dijo riendo, mientras inspeccionaba las instalaciones. Estaba lo básico, como sistemas de entretenimiento, baños y un sintetizador de comida.

Aunque esto último podría haber sido algo terrible para los ricos para quienes se diseñó el búnker, para Valerie era perfectamente normal; si bien pronto descubriría que hasta la comida sintética más barata de ellos era de una calidad muy superior a la que estaba acostumbrada.

—Sí y no. La mayoría de la gente del círculo de mi familia tiene uno. Empezaron a diseñarse para catástrofes medioambientales y guerras mundiales. Después se añadió lo que tú has dicho, y ahora son una mezcla de todo lo anterior. Y, además, un poco de ostentación.

»No te creerías las cosas de las que presume la gente en sus búnkeres. Si alguien quisiera, podría vivir aquí abajo durante meses, puede que hasta años. De hecho, estoy casi seguro de que conozco a alguien que contrató a una familia para que viviera en su búnker y actuara como sus sirvientes si el apocalipsis llegaba a producirse.

Valerie asintió con suavidad, se acercó con la silla a la cama principal y se inclinó hacia delante para apoyar la cabeza en ella, soltando un gemido de satisfacción al hundirse en el colchón hasta el nivel perfecto.

—Entiendo por qué. Si me ofrecieras ese trato, lo aceptaría encantada. Este sitio es mejor que donde vivo y, además, ya soy prácticamente una sirvienta. En serio…, para mí sería una mejora.

Percy esbozó otra sonrisa cargada de culpa mientras la observaba durante unos segundos, en silencio, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Tamborileó con los dedos sobre su brazo un par de veces antes de erguirse y dar una fuerte palmada.

—¡Bueno, se acabó el recorrido! Podemos usar la pista de aterrizaje como campo de entrenamiento. Hay espacio de sobra y no vas a romper nada. Además, en el raro caso de que aparezcan mis padres, podemos escondernos aquí abajo.

»Perfecto, ¿a que sí?

Valerie rio y asintió. —No podría ser más perfecto. Supongo que deberíamos ir metiendo las maletas, ¿eh?

—¡Para nada! —dijo Percy negando con la cabeza, se acercó a ella, le quitó el maletín negro y lo lanzó sobre la cama—. Primero quiero ver una demostración en condiciones de esas habilidades. Más que tu truquito de feria. ¡Quiero ver magia de verdad!

Se colocó rápidamente detrás de ella, agarró la silla y la llevó a toda prisa hacia la pista de aterrizaje.

—Vale, solo…, retrocede un poco, ¿quieres? —dijo con una sonrisa irrefrenable y eufórica en cuanto estuvieron en la zona de entrenamiento. Lo empujó ligeramente hacia atrás y esperó hasta que hubo espacio de sobra para que ella pudiera «explotar» sin peligro.

Solo entonces se concentró en el espacio abierto que tenía delante antes de cerrar los ojos. Extendió sus sentidos, atrayendo las pequeñas motas de maná ambiental que la rodeaban.

En comparación con Dawd, donde había maná por todas partes y se podía respirar como el aire fresco de la mañana, la falta de maná en este mundo era como ahogarse. Apenas lo justo para seguir adelante, y con dificultad, pero tan poco que costaba una barbaridad conseguir llenar los pulmones.

No obstante, lo fue atrayendo poco a poco, hasta que empezó a ser perceptible. Incluso sin un lóbulo de maná para detectar los detalles, Percy podía sentir el cambio tangible en la densidad del maná en el aire, lo que creaba una atmósfera ligeramente opresiva que resultaba completamente ajena a su mundo.

Valerie mantuvo las manos frente a su pecho, moviéndolas lenta y cuidadosamente en una serie de gestos intrincados y ensayados, cada uno de los cuales aumentaba la presión del otro mundo.

Con el murmullo de Valerie, «Navash Ivin Ro’kum…», pequeñas volutas de llamas cobraron vida de repente en las palmas de sus manos y se extendieron rápidamente por sus dedos estirados, lo que provocó que los ojos de Percy se abrieran de asombro. Una extraña sonrisa se dibujó en sus labios mientras hacía todo lo posible por guardar silencio.

Valerie abrió los ojos, ignorando sus manos en combustión, y se concentró en el punto más lejano frente a ella, usándolo como su objetivo. Cuando estuvo segura de tenerlo, entrecerró los ojos y lanzó las manos hacia delante, gritando la palabra final del hechizo.

—¡Sagni!

Diez lenguas de fuego brotaron de las manos de Valerie, una por cada dedo, y comenzaron a arremolinarse rápidamente para formar una única bola de fuego rugiente. Esa bola creció y creció, hasta que tuvo el tamaño de una pelota de béisbol y el fuego de sus manos cesó. Todo ello en el transcurso de un solo segundo.

La ardiente pelota de béisbol crepitó con un poder apenas contenido antes de salir disparada. Dejó un rastro de llamas que iluminaba la larga pista metálica a su paso.

Tras 20 metros de vuelo ininterrumpido, la estructura de la bola colapsó sobre sí misma y estalló en una rugiente explosión de llamas devastadoras. La fuerza de la explosión hizo que el búnker se estremeciera muy ligeramente, pero eso fue todo.

Cuando las llamas se dispersaron, no quedó rastro de humo ni el metal de alrededor parecía ni remotamente caliente. Pero eso no hizo nada para mermar el entusiasmo de Percy.

Gritó con alegría y asombro infantiles, corrió hacia Valerie y la sacudió por los hombros, pues apenas podía contenerse.

—¡Joder, Ray-gun! ¡Eso ha sido increíble! Tenía mis dudas, ¿pero después de esto? ¡Mierda santa, de verdad que sabes hacer magia! O sea…, ¡¿magia de verdad?! ¡Esto es…! ¡Joder!

Parloteaba con entusiasmo, zarandeándola aún más mientras no paraba de moverse, rebosante de energía.

Valerie rio con debilidad. El rostro se le había puesto un poco pálido por el esfuerzo y no deseaba otra cosa que ir a descansar en aquella cómoda cama, pero el entusiasmo de Percy era demasiado contagioso. Lo apartó y luego lanzó el hechizo dos veces más.

Ambas veces, la bola voló exactamente veinte metros antes de explotar, igual que la anterior.

Con la tercera bola de fuego, Valerie se desplomó en la silla, con el pecho agitado por el gran esfuerzo mientras el sudor le corría por su pálido rostro. Percy le dio un vaso de agua, que ella apuró con avidez mientras él observaba la pista con aire pensativo.

—Mismo alcance, mismo daño las tres. Ni siquiera es tan diferente de las que he visto lanzar en el juego. Aun así, cuesta creer que sea real —masculló Percy antes de volverse de nuevo hacia Valerie.

—Entonces, ¿eso significa que debería felicitarte por ser la primera hechicera del mundo?

—Magos… —dijo, jadeante, después de terminarse el vaso de agua—. Soy una Magos. En absoluto una hechicera. Además, no creo que sea la primera. Tengo la sensación de que hay alguien por ahí que me lleva la delantera.

Su mente se desvió hacia el tipejo que había conocido con los no muertos. Su cálculo sobre el plazo de los dolores de cabeza podía estar completamente equivocado, ya que hasta Percy empezaba a sufrirlos un poco, por no hablar de ella. Pero su seguridad en sí mismo tenía que venir de alguna parte.

Si estuvo dispuesto a contárselo, entonces a ella no le cabía duda de que él mismo lo había experimentado. Ahora bien, de dónde había sacado la información, no tenía ni la menor idea.

De hecho… Era demasiada coincidencia para creer que la empresa que vendía D-fuel, la bebida con fuertes dosis de magia, hubiera creado también el juego que los entrenaba sobre cómo usar esa magia.

Entonces, si él era un posible infiltrado, ¿significaba que la empresa también tenía acceso a la magia? De ser así, estarían mucho más avanzados que ella.

Aun así, cuando Valerie abandonó sus pensamientos y dirigió la mirada hacia el idiota sonriente, no pudo evitar sonreír y adoptar un aire pomposo, adecuado para su extravagante entorno.

—Aunque una felicitación sería agradable, y un poco de servilismo hacia tu nueva y mágica Reina no estaría de más.

Percy se rio antes de adoptar una expresión seria de admiración. Se llevó un brazo al estómago e hizo una reverencia formal y muy bien ejecutada, digna de un auténtico príncipe de antaño. Se inclinó profundamente, y lo hizo durante unos segundos más de lo que Valerie esperaba para una broma, antes de enderezarse por fin con una sonrisa genuina y de auténtico orgullo en el rostro.

—Entonces, ¿has terminado ya?

Valerie cerró los ojos y calmó su respiración, percibiendo el estado de su cuerpo y el maná a su alrededor. Estaba totalmente agotada, pues tenía que usar todavía más de su propio y limitado maná sin fuente para compensar la escasez en el ambiente.

Pero no estaba del todo agotada.

—Creo que me queda uno más —dijo con una risa débil mientras se miraba las manos, que no tenían marca alguna del fuego que había danzado sobre ellas hacía tan solo unos instantes.

—Además, hay algo que quiero intentar.

Percy enarcó una ceja con curiosidad, pero por el momento se guardó las preguntas y se hizo a un lado para darle espacio a la Magos para trabajar. Valerie le sonrió brevemente antes de replegarse a la oscuridad de su mente y depender exclusivamente de sus sentidos del maná.

Esta vez no miró hacia fuera, sino hacia dentro. Un sentimiento familiar en un cuerpo que sin duda conocía, pero la mezcla de ambos hacía que el proceso pareciera extrañamente ajeno.

Revolviendo las últimas briznas de maná en su interior, Valerie las agitó y las canalizó por las mismas vías que había sentido momentos antes. No había lanzado las otras dos bolas de fuego solo para hacer pruebas, sino también para practicar.

Imbuyó su maná con la esencia del fuego mientras lo movía a través de su cuerpo, concentrándose en desandar el camino que había seguido al lanzar el hechizo.

Pero esta vez no hizo ningún gesto con las manos ni pronunció una sola palabra.

Y, sin embargo, a los pocos segundos su mano empezó a brillar con una tenue luz anaranjada bajo la piel. La luz aumentó de intensidad hasta que finalmente atravesó la piel y su mano entró en combustión.

Esas llamas brotaron de su mano, alzándose como zarcillos que se enroscaron hasta formar la misma bola de fuego del tamaño de una pelota de béisbol. Y siguió creciendo.

El rostro de Valerie se había quedado blanco como la cera mientras alimentaba el fuego con más maná. Ríos de sudor le corrían por la frente y la espalda mientras se concentraba por completo en mantenerlo contenido a medida que crecía hasta alcanzar el tamaño de un coco.

Finalmente, cuando ya no pudo alimentarlo más, los ojos de Valerie se abrieron de golpe y arrojó la bola de fuego por la pista.

Surcó el aire, volando más rápido y más lejos que las tres anteriores, y recorrió más de 30 metros antes de explotar por fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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