Waifu yandere(Collection) - Capítulo 268
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Capítulo 268: Mudrock arknights
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
Subo la torre del cielo,
sus escalones no prometen descanso,
solo una altura donde el viento
susurra nombres que ya no responden.
Espérame allí arriba.
Aunque mi camino sea solitario,
aunque mis pasos resuenen
como ecos en un templo vacío,
seguiré avanzando.
Así lo dijo el noble maestro:
el tigre no se sorprende de su rugido,
porque nació para hacerlo temblar todo.
Seré imparable
como los colmillos de un elefante,
lentos pero inevitables.
Elegante
como un ave que no duda del cielo,
aunque nunca haya volado.
No existirá firmamento
que me niegue su altura,
ni estrella que rehúse mi mirada.
Así que mírame…
y espera mi llegada.
Porque incluso el hombre más perdido
puede convertir su soledad
en una escalera hacia el cielo.
—Vash stampede Heydrich
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El campamento estaba lejos del resto de los mercenarios. No por desconfianza, sino por costumbre.
Cubierta de pies a cabeza por su traje de combate blindado, con su fiel martillo apoyado a un lado, Mudrock solía pasar sus ratos libres a solas con sus gólems. Podían ser gigantes de al menos seis metros o tan pequeños como muñecos de piedra; hoy eran de estos últimos. Ella se sentaba a observarlos moverse torpemente sobre la tierra, girar, tropezar, recomponerse. Era… entretenido.
Bajo la armadura, Mudrock sonreía.
El sonido leve de pasos sobre la grava la sacó de su ensimismamiento. No se tensó. No hizo falta.
Tn se acercaba.
Tenía una apariencia semejante a la suya: también Sarkaz, también cubierto de equipo desgastado por viajes largos. Desde que Mudrock podía recordarlo, él siempre parecía seguirla, como si su presencia fuese algo natural, inevitable. Cargaba el martillo con la familiaridad de quien lo ha hecho cientos de veces.
Mudrock no solía prestarle mucha atención.
Para ella, Tn siempre estaba ahí.
Así que no fue extraño que se sentara a su lado.
Ella medía apenas 1,60 metros; Tn le ganaba por poco, aunque la armadura de Mudrock la hacía ver mucho más imponente. Sus sombras se mezclaron frente al pequeño gólem, que levantó ambos brazos de piedra como si saludara.
—…Me gusta como parecen jugar—murmuró Tn tras un rato.
Mudrock inclinó levemente la cabeza.
—Mejoran cada vez mas—respondió—.Casi parecen conscientes de si mismos.
El gólem dio un paso en falso y cayó de espaldas. Tn soltó una breve exhalación, casi una risa, pero se contuvo.
—No parece molesto.
—No siente dolor —dijo ella—. Solo aprenden límites.
La voz salia algo distinta por culpa del casco, era difícil diferenciar su estado de humor.
Mudrock giró apenas el casco para mirarlo. No directamente; solo lo suficiente para saber que seguía ahí, atento al muñeco de piedra como un niño observando una fogata.
—¿No estás con los demás? —preguntó.
—Están comiendo —respondió él—. Pensé que… aquí no molesto…..
Mudrock guardó silencio unos segundos.
—No molestas.
Eso fue suficiente.
Ambos volvieron a observar al gólem. El viento movía la hierba baja, y el campamento lejano apenas era un murmullo. No hablaban mucho. No había demasiada necesidad. Las palabras, en su vida errante, solían anunciar órdenes o despedidas.
—Mañana habrá misión —dijo Mudrock al fin—. Un asentamiento infectado. Piden escolta.
—Irán todos —afirmó Tn, más que preguntando.
—Sí.
El gólem logró incorporarse. Dio dos pasos firmes. Mudrock sintió algo parecido a satisfacción.
—Tú… —dijo ella de pronto, deteniéndose—. Quédate cerca.
Tn parpadeó, sorprendido.
—Siempre lo hago.
Mudrock asintió despacio, como si confirmara algo que solo ella había estado pensando.
—Bien.
El pequeño gólem alzó la cabeza hacia ellos, inmóvil, como esperando una orden que nunca llegó. Mudrock no lo deshizo. Simplemente se quedó ahí, sentada junto a Tn, observando cómo la piedra respiraba con ellos.
Por ahora, eso bastaba.
.
.
.
Disparos.
Una lluvia de ellos.
Los mercenarios, junto a Tn y Mudrock, se cubrían del fuego enemigo mientras ella hundía una mano en la tierra. Dos gólems emergieron de inmediato, levantándose como murallas vivas, recibiendo impactos que habrían atravesado carne y hueso sin esfuerzo. Las balas rebotaban, se incrustaban, se deshacían.
—¡Avanzamos ahora! —ordenó Mudrock, su voz grave resonando desde el interior del casco.
Tn no respondió. No hacía falta. Se movió en cuanto la vio dar el primer paso.
Mudrock golpeó el suelo con su martillo.
La onda de choque se expandió como un rugido sordo, quebrando el terreno, desestabilizando posiciones, haciendo caer a varios enemigos. Aprovechando el caos, Tn avanzó entre polvo y grietas, cortando, empujando, derribando. No había artes en sus movimientos, solo precisión y memoria corporal. Cada paso era medido. Cada golpe, definitivo.
—¡Limpien el flanco izquierdo! —gritó uno de los mercenarios.
El grupo hacía lo que podía. Nadie brillaba más que nadie. Era supervivencia pura.
Cuando finalmente el fuego cesó y el eco de los disparos murió, Mudrock exhaló con fuerza dentro de su armadura. El martillo de guerra terminó apoyado sobre su hombro mientras observaba el campo, los restos del combate, la tierra removida.
Se permitió unos segundos.
Tn llegó a su lado poco después.
—El asentamiento puede moverse —dijo—. El camino del norte está despejado. No volverán pronto.
Mudrock guardó silencio, mirando el horizonte ennegrecido. Luego asintió.
—Bien. Que se preparen.
Dio un paso… y entonces su pierna cedió.
Mudrock cayó sobre una rodilla, el martillo golpeando el suelo para sostenerla. El sonido fue seco, pesado. Tn reaccionó al instante, girándose hacia ella.
—¿Mudrock?
Se acercó, y fue entonces cuando lo vio: una perforación en un costado de la armadura. Pequeña, pero profunda. La placa estaba abierta como una herida de metal.
—Estás herida —dijo, bajando la voz.
Intentó tocarla, pero el brazo de Mudrock se interpuso con firmeza.
—No —dijo ella—. No ahora.
—Pero—
—He tenido peores.
Se incorporó con esfuerzo, apoyándose otra vez en el martillo. Su respiración era más pesada de lo normal, un ritmo irregular que Tn nunca le había oído.
—Debemos moverlos —continuó—. Si me detengo aquí, los pondré en riesgo.
Tn apretó los dientes.
—Puedo cargar parte del equipo. O llamar a—
—No —repitió Mudrock, más tajante—. Sigue caminando.
El grupo avanzó de nuevo, casi sin prisa. No había necesidad de correr; el peligro inmediato había pasado. Mudrock iba al frente, firme por pura voluntad. Cada paso parecía costarle más de lo que mostraba.
Tn caminaba un poco detrás de ella, atento. Demasiado atento.
Cada vez que su paso se volvía inestable, él se acercaba un poco más. Cada vez que el martillo tocaba el suelo con más peso del necesario, ajustaba su ritmo.
—No te caigas —murmuró al final.
Mudrock no se giró.
—No lo haré.
—Eso dijiste la última vez.
Hubo un breve silencio.
—…Esta vez es distinto.
Tn frunció el ceño, pero no insistió. Se limitó a mantenerse cerca, lo suficiente para atraparla si fallaba, lo bastante lejos para no contrariarla.
La tierra bajo sus pies seguía firme.
Eso bastaba.
.
.
Pudieron acabar con su misión.
Claro, después de horas.
El grupo de mercenarios ahora se refugiaba cerca del motor del campamento, fuera de la vista de la mayoría de sus compañeros. La noche caía lenta, y el ruido metálico del generador marcaba un ritmo constante, casi tranquilizador.
Mudrock se retiró la armadura pieza por pieza.
Primero el casco. Luego los guanteletes. Al final, las placas pesadas del torso. La figura que quedó al descubierto era muy distinta a la silueta imponente que todos conocían: orejas alargadas de elfo, ojos carmesí cansados, cabello blanco ceniza que caía hasta la cintura. En algunas zonas de su piel, pequeños cristales negros delataban el avance de la oripatia, discretos pero imposibles de ignorar.
Bajó la mirada hacia su costado.
La perforación no parecía tan grave como había temido. Aun así, el borde de la herida estaba oscuro, seco por el líquido carmesí ya coagulado. Tomó un paño, lo humedeció y comenzó a limpiarse con movimientos lentos, cuidadosos.
Parpadeó un par de veces.
Entonces escuchó pasos.
No se giró cuando Tn llegó. Él se sentó a su lado en silencio, manteniendo una distancia respetuosa. El generador zumbaba. A lo lejos, se oían voces apagadas.
—…¿Desde hace cuánto viajas conmigo? —preguntó Mudrock de pronto.
Tn tardó en responder.
—No lo sé con exactitud —dijo al final—. Han pasado años.
Mudrock asintió, como si confirmara algo que ya sabía.
—Me separé de Reunión hace bastante —continuó—. Formé el escuadrón… y tú ya estabas ahí.
Siguió limpiando la herida. El paño se tiñó otra vez de rojo.
—Cinco… tal vez seis años —murmuró—. He sido mercenaria todo ese tiempo.
Guardó silencio unos segundos.
—Y aun así —añadió—, sigues aquí.
Tn bajó la mirada hacia el suelo.
—Nunca me pediste que me fuera.
—No —admitió Mudrock—. Pero tampoco te pedí que te quedaras.
Ella levantó ligeramente el rostro para mirarlo. Sus ojos rojos no eran duros, sino pensativos.
—¿Por qué me sigues tanto?
Tn inhaló despacio. Dudó.
—Porque… es más fácil —dijo—. Seguir a un líder fuerte.
Mudrock entrecerró los ojos.
—Eso no es una respuesta completa.
—Es la que tengo.
Ella volvió la atención a su costado, presionando el paño con un poco más de fuerza de la necesaria.
—He visto a muchos irse —dijo—. Cuando las cosas se vuelven difíciles. Cuando el camino se alarga. Cuando ya no vale la pena.
Tn la miró de reojo.
—Yo no soy muchos.
Mudrock se detuvo.
—Tampoco te he dado motivos para quedarte.
—Me diste uno —respondió él con calma—. No abandonas a los infectados. Eso me deja tranquilo sabiendo que no me dejarias a mi.
Ella no respondió de inmediato. El viento movió su cabello suelto, y por un momento pareció más frágil de lo que admitiría.
—Podrías encontrar a otro líder —dijo al final—. Alguien con menos… problemas.
Tn negó con la cabeza.
—No quiero.
Mudrock lo observó en silencio, como si intentara leer algo en él que siempre había estado ahí y nunca había querido nombrar.
—Eres extraño —murmuró.
—Eso me han dicho.
Por primera vez en horas, Mudrock dejó escapar una pequeña exhalación que casi parecía una risa.
—Descansa —dijo—. Mañana seguimos.
Tn asintió, pero no se levantó de inmediato. Permaneció ahí, sentado a su lado, como siempre.
Y Mudrock, por razones que aún no entendía del todo, no le pidió que se fuera.
Pero.
Su cerebro conecto las neuronas y recordo algo.
Era peligroso que él se quedara con ella, sabiendo que estaba infectada.
La oripatia no era algo que se tomara a la ligera; demasiados habían pagado por ignorarla. Mudrock abrió la boca para decir algo, para ordenarle que se apartara al menos un poco… pero se detuvo.
Tn ya se había recostado no muy lejos de ella.
El iris carmesí de Mudrock lo notó de inmediato. En el cuello de Tn, parcialmente ocultas por la ropa, había líneas finas de cristal negro, como venas atrapadas bajo la piel. No eran recientes. Tampoco eran pocas.
Así que él también estaba infectado.
Eso explicaba su calma.
Y al mismo tiempo, algo dentro de ella se tensó.
Mudrock guardó silencio. Observó esos cristales unos segundos más de lo necesario y luego desvió la mirada. No dijo nada. No preguntó nada.
Se limitó a sentarse con más cuidado.
—…Entiendo —murmuró, más para sí misma que para él.
Tn no respondió. Ya había cerrado los ojos.
Mudrock permaneció despierta un rato más, escuchando el motor del campamento, el viento nocturno, los movimientos lejanos de los mercenarios. Finalmente, el cansancio la alcanzó. Se recostó también, con el cuerpo rígido incluso sin la armadura, y cerró los ojos.
Dormía mal. Siempre lo hacía.
Pero esta vez, al menos, no estaba sola.
.
.
.
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Al amanecer, el grupo avanzó.
El paso era lento, medido. No había urgencia, solo vigilancia constante. Esperaban encontrar ruinas, tal vez otros infectados que necesitaran ayuda… o problemas. En esos territorios, las tres cosas solían ir juntas.
Mudrock ya llevaba la armadura completa, cubriéndola por entero. El martillo colgaba firme en su mano. Tn caminaba cerca de ella, apenas un paso atrás y a un lado.
No conversaban mucho.
—El terreno cambia más adelante —dijo uno de los mercenarios—. Viejas estructuras.
—Mantengan la formación —ordenó Mudrock—. No se dispersen.
Tn miró alrededor, atento a cada sonido.
—¿Esperas bestias infectadas? —preguntó en voz baja.
—O tropas enemigas —respondió ella—. O limpiadores.
La palabra cayó pesada.
—No suelen atacar mercenarios —comentó Tn.
—Atacan infectados —corrigió Mudrock—. Y nosotros lo somos.
Siguieron caminando. El silencio volvió a instalarse entre ellos, solo roto por pasos y metal.
Tras un rato, Mudrock habló de nuevo.
—Anoche… —empezó, y se detuvo.
Tn giró levemente la cabeza.
—¿Sí?
—Deberías haberme dicho lo tuyo.
—No lo preguntaste.
Ella no replicó de inmediato.
—Aun así.
—No cambia nada —dijo él con tranquilidad—. Ya lo sabes.
Mudrock apretó con más fuerza el mango del martillo.
—Cambia más de lo que crees.
Tn la miró de reojo.
—Entonces dime qué debería cambiar.
Ella no respondió. Miró al frente, hacia las ruinas que comenzaban a dibujarse en el horizonte.
—Mantente cerca —dijo finalmente—. Más de lo habitual.
—Siempre lo hago.
—Más.
Tn asintió sin discutir.
Avanzaron así, dos figuras entre muchas, cruzando tierra herida, esperando no encontrarse con nada… y preparados para todo.
.
.
A menudo marginados y estigmatizados como “demonios”, los Sarkaz vendían sus habilidades de combate en toda Terra. Alta resistencia, gran daño físico, artes letales.
Por eso no era raro cruzarse con otros mercenarios.
Y por eso mismo era mejor evitarlos.
La mayoría no tenía honor en cuanto a metas. Los intentos de “negociación” casi siempre terminaban siendo un problema.
Avanzaron por más zonas… hasta que el mundo se apagó.
Silencio.
Demasiado silencio.
Mudrock redujo el paso, sujetando el martillo con ambas manos. La tierra bajo sus botas se sentía rígida, tensa, como si algo contuviera la respiración junto a ellos.
—Esto no me gusta —murmuró uno de los mercenarios.
Tn entrecerró los ojos, mirando a la distancia.
—Hay movimiento… —alcanzó a decir.
No terminó la frase.
La metralla cayó del cielo.
—¡EMBOSCADA! —gritó alguien.
El aire se llenó de silbidos y explosiones. Tn se lanzó a un lado por puro reflejo mientras fragmentos ardientes destrozaban el suelo donde había estado un segundo antes. Mudrock golpeó la tierra con el martillo, invocando gólems que emergieron a toda prisa, levantando muros de roca justo cuando los ataques comenzaron a llover sin piedad.
—¡Formación! —rugió Mudrock— ¡No se separen!
Demasiado tarde.
Uno a uno, sus camaradas comenzaron a caer. Impactos directos. Gritos ahogados. Sangre oscureciendo la tierra.
Los ojos carmesí de Mudrock lo veían todo desde dentro del casco.
Algo dentro de ella se quebró.
El agarre sobre su martillo se solidificó.
La furia subió como magma.
—BASTA —gruñó.
Con un rugido que resonó como una avalancha, cargó contra el enemigo. El martillo descendía una y otra vez, destrozando cuerpos, armaduras, armas. La tierra respondía a su ira, levantándose, aplastando, reclamando.
—¡Mudrock, vuelve! —gritó Tn, avanzando tras ella.
Demasiados.
Tn desenvainó su espada y se colocó a su lado, cubriéndola como podía. Desviaba golpes, empujaba enemigos, se interponía entre proyectiles y la figura blindada que avanzaba sin freno.
—¡Nos están rodeando! —dijo entre dientes— ¡Esto no es un asalto normal!
Entonces lo oyó.
Un estruendo más profundo.
Más pesado.
—Artillería… —murmuró Mudrock.
El primer impacto sacudió el bosque entero.
—¡MUÉVETE! —gritó Tn.
No esperó respuesta. Se lanzó sobre ella justo cuando otra explosión desgarró el suelo donde estaban. Ambos rodaron colina abajo, ramas rompiéndose, tierra y hojas cubriéndolos. Tn la sujetó del brazo con fuerza, arrastrándola mientras corrían a ciegas entre los árboles.
—¡Suéltame! —rugió Mudrock, intentando incorporarse.
—¡No! —respondió él sin mirarla— ¡Si te detienes, mueres!
Otra explosión. Más cerca.
Mudrock forcejeó, pero su armadura dañada pesaba. La respiración dentro del casco era errática.
—¡Mis hombres…! —dijo con voz rota.
—¡Están muertos si volvemos! —escupió Tn— ¡Vivos si seguimos!
Eso la detuvo.
.
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Corrieron. Tropezaron. Cayeron otra vez. Hasta que el estruendo quedó atrás, amortiguado por la distancia y el bosque.
Finalmente, Tn la soltó. Ambos cayeron de rodillas, jadeando.
Mudrock apoyó el martillo en el suelo para no desplomarse.
Silencio otra vez.
Pero esta vez, era el de los que habían escapado.
—…Perdimos demasiados —murmuró ella.
Tn respiraba con dificultad, una mano apretando su costado.
—Si no te sacaba… no quedaba nadie.
Mudrock bajó la cabeza. Sus hombros temblaron una sola vez.
—No debí cargar sola.
Tn la miró entonces. De verdad la miró.
—No pienso dejar que mueras ahí —dijo—. Aunque tengas que odiarme por ello.
Mudrock levantó lentamente el casco hacia él.
—No te odio.
Sus ojos rojos brillaban, no de ira… sino de algo más oscuro.
—Pero ahora… —añadió— ahora voy a hacerlos pagar.
El bosque guardó silencio, como si la tierra misma escuchara.
“Se fueron por aqui.”
“Recuerden matar a su seguidor y capturarla viva.”
Más voces se escuchaban entre los árboles.
Mudrock gruñó, intentando levantarse, pero no esperaba lo que vino después.
Ataques de Artes.
Uno tras otro.
Explosiones de energía impactaron contra su armadura, haciendo vibrar el metal, forzándola de nuevo al suelo. El aire ardía. El casco pitó con advertencias que ella ignoró.
—¡Mudrock! —gritó Tn.
Se interpuso sin pensarlo. Su espada se movió en arcos precisos, desviando disparos de energía, metralla y fuego. Cada impacto resonaba en el acero, sacándole chispas, pero no cedía. No retrocedía.
—¡Están usando todo lo que tienen! —dijo entre dientes.
Mudrock trató de incorporarse otra vez, pero otro impacto la hizo tambalearse.
—Malditos… —gruñó—. No se detendrán.
Tn miró alrededor con rapidez. Entonces lo vio.
El terreno descendía bruscamente hacia el bosque, una pendiente empinada que terminaba en el reflejo plateado de un río.
—¡Ahí! —gritó— ¡SALTA!
Antes de que ella pudiera protestar, Tn la sujetó con fuerza y se lanzó con ella pendiente abajo.
Rodaron.
El mundo se volvió un torbellino de tierra, raíces y troncos. La armadura de Mudrock chocaba contra los árboles, arrancando corteza. El dolor era sordo, constante. Tn protegía su cabeza como podía, usando su propio cuerpo para amortiguar los golpes.
Finalmente, cayeron al río con un estruendo.
El agua helada los envolvió.
—¡—! —Mudrock intentó incorporarse, pero el peso de la armadura la arrastró hacia abajo.
Tn reaccionó al instante.
—¡Quiet— no te hundas! —gritó, nadando hacia ella.
Se hundía rápido. Demasiado.
Tn forcejeó con las correas, soltando placas, arrancando piezas sin cuidado. El metal cayó al fondo del río con golpes sordos.
—¡Respira! —ordenó— ¡Respira!
Cuando al fin logró liberarla, la sacó a la orilla casi arrastrándola. Mudrock tosió con fuerza, apoyándose en manos temblorosas.
—…Mi armadura… —murmuró.
—¡Al demonio la armadura! —respondió él— ¡Ibas a ahogarte!
No hubo tiempo para discutir.
Gritos.
Disparos.
Luces de Artes entre los árboles.
—¡Se mueven río abajo! —oyó alguien a lo lejos.
Tn ayudó a Mudrock a ponerse en pie.
—¿Puedes correr?
Ella levantó la mirada. Sus ojos rojos ardían. Quería arremeter, negarse a huir.
Pero noto como todos los golpes anteriores le habían afectado.
—Iremos rio abajo. No porque tenga miedo-dijo con voz baja—. Sino porque no sabemos qué más tienen.
—Exacto —asintió Tn—. Y no pienso averiguarlo aquí.
Corrieron.
El agua les empapaba las botas, el barro dificultaba cada paso. Derribaron a varios enemigos que se acercaron demasiado, pero no importaba cuántos cayeran; otros tomaban su lugar.
—Nos están cazando —dijo Mudrock, respirando con dificultad—. No es un encargo normal.
—Quieren borrar tu facción —respondió Tn—. A todos.
Mudrock apretó los dientes.
—Entonces… no pararán.
—Entonces no les daremos el combate que quieren —dijo él—. No todavía.
Ella lo miró de reojo mientras corrían.
—¿Confías en que saldremos de esta?
Tn no dudó.
—Confío en que sigamos vivos —respondió—. Eso es suficiente.
Mudrock no dijo nada más.
Pero por primera vez desde que empezó la cacería, ajustó su paso para no separarse de él.
El bosque seguía tragándose sus huellas, mientras detrás de ellos la persecución continuaba, implacable.
Bala tras bala queriendo darles caza.
Quien pudo liderar tal ataque, tal ejecución.
La crueldad con la que los estaban exterminador no tenía honor.
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Deberia dejar de aceptar arknights cuando me duele escribir con esos personajes……..porque su trama debe de ser tan misteriosa y tener que buscarla es un chingo y no pienso meterme al juego, ya tengo demasiados gachas
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
Era el cuerpo de Judas Iscariote
que yacía en el campo de sangre;
era el alma de Judas Iscariote
junto al cuerpo.
Negra era la tierra por la noche,
y negro era el cielo;
negras, negras eran las nubes rotas,
aunque la luna roja pasara.
Era el cuerpo de Judas Iscariote
estrangulado y muerto que yacía allí;
era el alma de Judas Iscariote
que lo miraba con desesperación.
El aliento del mundo iba y venía
como el de un enfermo en reposo;
gota a gota en los ojos del mundo
el rocío caía fresco y bendito.
Entonces el alma de Judas Iscariote
emitió un suave gemido:
«Enterraré bajo tierra
mi carne, mi sangre y mis huesos.
Enterraré profundamente bajo la tierra,
para que los mortales no lo vean,
y cuando el lobo y el cuervo vengan, ¡
el cuerpo habrá desaparecido!
Las piedras del campo son afiladas como el acero,
y duras y frías, Dios lo sabe; ¡
y debo llevar mi cuerpo de aquí
hasta que encuentre un lugar!»
Fue el alma de Judas Iscariote,
tan sombría, demacrada y gris,
la que levantó el cuerpo de Judas Iscariote
y se lo llevó.
Y al sacarlo del campo,
su tacto era frío como el hielo,
y los dientes de marfil dentro de la mandíbula
resonaron con fuerza, como dados.
Mientras el alma de Judas Iscariote
llevaba su carga con dolor,
el Ojo del Cielo, como el ojo de una linterna,
se abrió y se cerró de nuevo.
Medio caminaba, medio parecía
elevado por el viento frío;
no se giró, pues unas manos heladas
lo empujaban desde atrás.
El primer lugar al que llegó
fue el mundo abierto,
y debajo había gemidos espinosos,
y un viento que soplaba tan frío.
El siguiente lugar al que llegó
fue un charco estancado,
y cuando arrojó el cuerpo,
flotó ligero como lana.
Cargó el cuerpo sobre su espalda,
y goteaba frío,
y el siguiente lugar al que llegó
fue una cruz sobre una colina.
Una cruz sobre la colina ventosa,
y una cruz a cada lado,
tres esqueletos que se balanceaban en ella,
que habían sido crucificados.
Y en el travesaño central se posaba
una paloma blanca dormitando;
tenuemente, se posaba en la tenue luz,
con la cabeza bajo el ala.
Y bajo la cruz central,
una tumba se abría ancha y vasta,
pero el alma de Judas Iscariote
se estremeció y pasó de largo.
El cuarto lugar al que llegó.
Era el Brigada del Terror,
Y los grandes torrentes que se precipitaban
Eran profundos, rápidos y rojos.
No se atrevió a arrojar el cuerpo
Por miedo a que los rostros se nublaran
Y los brazos se agitaran en el agua salvaje
Para empujarlo de vuelta a él.
Era el alma de Judas Iscariote
Se apartó del Brigada del Terror,
Y la terrible espuma del agua salvaje
Había salpicado el cuerpo de rojo.
Durante días y noches vagó
Por una llanura abierta,
Y los días pasaban como una niebla cegadora,
Y las noches como una lluvia torrencial.
Durante días y noches vagó,
Por todo el Bosque de la Aflicción;
Y las noches pasaban como un viento gemido,
Y los días como nieve a la deriva.
Era el alma de Judas Iscariote
Llegó con rostro cansado —
Solo, solo, y completamente solo, ¡
Solo en un lugar solitario!
Vagó hacia el este, vagó hacia el oeste,
Y no oyó ningún sonido humano;
Durante meses y años, con dolor y lágrimas,
vagó en círculos,
Durante meses y años, con dolor y lágrimas,
caminó por la noche silenciosa;
Entonces el alma de Judas Iscariote
Percibió una luz lejana.
Una luz lejana a través del desierto,
Tan tenue como podría ser,
Que iba y venía como el destello del faro
En una noche negra en el mar.
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Había salido mal.
No de una forma espectacular, ni con un único error que pudiera señalarse con el dedo. Había salido mal porque el mundo no comprendió lo que ella había hecho.
El Doctor había perdido la memoria para salvar y proteger.
Entregaron todo lo que podían. Hicieron todo lo que estaba a su alcance.
Y aun así, Terra siguió ardiendo.
Ya no reclamaba un nombre propio, aunque el mundo siguiera llamándola Priestess.
¿De qué le servía seguir viva?
Tal vez solo para vigilarlo. Solo para asegurarse de que su último acto no fuera en vano.
Viajó años observando cómo Terra cambiaba. Ciudades alzándose sobre ruinas, guerras por recursos, infectados rechazados incluso cuando su muerte era lenta y segura. Todo seguía el mismo patrón. Solo los nombres cambiaban.
En algún momento recordó un mito antiguo.
¿Era humano? ¿Era una anécdota reconstruida a medias?
Uno de los primeros hombres, el primer asesino, castigado a caminar.
Caminar y vagar, marcado por su dios, sin poder descansar jamás.
Sonaba poético que ella estuviera replicando ese castigo.
Solo que no había un dios que la obligara.
Solo su propia decisión.
Fue entonces cuando llegó a una ruina de Originium.
El recurso aún era abundante allí, cristalizado en formas irregulares, pulsando con una luz tenue. Peligroso. Venenoso. Letal para casi cualquier ser vivo. Un lugar que nadie reclamaba, salvo la enfermedad.
Priestess se detuvo.
Había algo… fuera de lugar.
Un cuerpo.
No era extraño encontrar cadáveres en Terra. La guerra y la infección los dejaban por doquier millares de estos.
Pero este era diferente.
No presentaba rasgos animales.
Ni orejas, ni cola, ni cuernos.
Y lo más inquietante: el Originium parecía evitarlo.
Ella se acercó despacio.
—…Curioso —murmuró, con una voz que apenas recordaba usar.
Se arrodilló junto al cuerpo. La gabardina roja, desgastada por el tiempo, apenas se sostenía sobre sus hombros. El rostro estaba inmóvil, pero no deformado por la infección. No había cristalización. No había rechazo… ni aceptación.
Y entonces lo sintió.
No fue una lectura de instrumentos.
No fue un análisis lógico.
Fue una certeza profunda, incómoda.
—Tu existencia… no pertenece a este mundo —susurró. Fascinante, le recordaba a un antiguo.
El cadáver era único.
Priestess cerró los ojos por un instante, como si eso pudiera ordenar el torrente de datos que ya se agolpaban en su mente. Cuando volvió a abrirlos, su decisión estaba tomada.
—Te llevaré conmigo.
No era compasión.
No era respeto.
No estaba planeando darle un final digno.
Era necesidad.
Por fortuna, aún conocía zonas de investigación que había guardado solo para sí misma. Lugares sellados, olvidados incluso por Rhodes Island. Ecos de una civilización que ya no debía existir.
Tomó el cuerpo con cuidado. Pesaba más de lo que parecía, como si arrastrara algo más que carne. Mientras avanzaba, la gabardina roja rozó el suelo cristalizado, y por un instante creyó ver que el Originium se retraía, como si evitara el contacto.
Eso no estaba en ningún registro.
.
.
Cuando llegaron a la base, el silencio la recibió como un viejo conocido. Las luces se activaron una a una, reconociendo su presencia.
—Identificación confirmada —dijo una voz automática—. Bienvenida de regreso, administradora.
Priestess no respondió.
Depositó el cuerpo sobre la mesa de análisis y activó los escáneres. Los datos comenzaron a fluir… y a fallar.
—Incompatibilidad estructural —indicó el sistema—. Patrón genético no registrado.
—Lo sé —respondió ella, sin apartar la mirada.
Observó el rostro inmóvil.
—Dime… —murmuró— ¿qué eres?
No hubo respuesta.
Por supuesto que no.
Pero por primera vez en siglos, Priestess sintió algo cercano a una expectativa.
Y en algún lugar profundo de su mente, una idea comenzó a formarse.
Una idea peligrosa.
Si este cuerpo pudo existir…
entonces quizá el mundo aún no esté condenado.
La base selló sus puertas.
Y el verdadero error comenzó allí.
.
.
Horas de análisis y muestras pasaron sin resultado concluyente.
No había nada que se acercara siquiera a la identidad del cuerpo.
Priestess lo catalogó como Paciente Cero.
No por dramatismo, sino por necesidad metodológica.
Al parecer, aquel cadáver estaba ligado a una energía distinta al Arte… y distinta al Originium. No reaccionaba a ninguno de los dos sistemas. No los rechazaba. No los aceptaba. Simplemente no les pertenecía.
La edad estimada de su muerte era desconocida.
Las células no mostraban degradación acorde a ningún patrón biológico registrado.
Era como si el tiempo hubiera decidido ignorarlo.
—Análisis de tejido completado —informó el sistema—. Resultado: inconcluso.
—Otra vez —respondió Priestess, sin apartar la vista de la mesa.
Analizó sangre, fibras musculares, restos neuronales. Todo lo que podía obtener del cuerpo fue reducido a datos. Datos que no encajaban.
El papeleo comenzó a acumularse.
Planos escritos a mano. Diagramas incompletos. Hipótesis descartadas y luego recuperadas.
El suelo empezó a llenarse de hojas.
—Comparando con base de datos de Predecesores… —dijo el sistema.
—Inútil —lo interrumpió ella—. No es uno de nosotros.
La pizarra principal se activó.
Una a una, ecuaciones comenzaron a aparecer. No seguían un lenguaje matemático convencional. Eran aproximaciones. Intentos. Traducciones forzadas de algo que no quería ser entendido.
Hora tras hora.
Priestess dejó de parpadear con normalidad.
Su mente saltaba de patrón en patrón, descartando causalidades conocidas.
—Esto no es evolución —murmuró—. Es… persistencia. Similar a las bestias de originium. Me pregunto si acaso evoluciono luego de que hubieramos modificado todo.
El sistema emitió un nuevo aviso.
—Úteros de embrión listos para su uso.
—Estado —preguntó ella.
—Óptimo.
—Extracción de ADN.
—Completada. Sin embargo, se recomienda purificación previa antes de la implementación.
Priestess no respondió de inmediato.
Siguió escribiendo en la pizarra, escuchando los reportes como ruido de fondo. Sus dedos se movían con precisión mecánica, trazando símbolos que nadie más podría leer.
—Purificación… —repitió en voz baja—. No. No aún.
Se detuvo frente a la pizarra. Observó el caos ordenado que había creado.
Datos imposibles. Relaciones que no debían existir.
—Si elimino demasiado… —dijo, casi para sí— lo perderé.
Caminó hasta el cuerpo.
Lo observó largo rato.
—No sé quién fuiste —admitió—. Pero sigues resistiéndote incluso ahora.
El sistema aguardaba órdenes.
—Iniciar primera fase de clonación —dijo al fin—. Conservando el máximo de estructura posible.
—Advertencia: alta probabilidad de fallo.
—Aceptado.
Las luces del laboratorio cambiaron de tonalidad.
Los úteros comenzaron a activarse uno por uno.
Priestess regresó a la pizarra.
Siguió escribiendo.
Minutos. Luego horas.
—Fase uno… fallida —anunció el sistema.
—Registra el colapso —respondió ella sin girarse.
—Fase dos… fallida.
—Registra.
—Fase tres… inestabilidad crítica.
—Registra todo.
Uno tras otro, los intentos colapsaron. Células que no soportaban la estructura. Embriones que simplemente… se detenían.
Priestess apretó los dedos contra la pizarra.
—No —susurró—. Seguro me equivoque en este.
Volvió al cuerpo original.
Ajustó parámetros. Eliminó filtros de seguridad.
—Estás incompleto —dijo—. Pero no eres un completo desperdicio.
—Nuevo intento recomendado con riesgo extremo —indicó el sistema.
—Procede.
El laboratorio quedó en silencio.
Pasaron varios segundos.
—Actividad estable detectada —dijo el sistema, con una variación mínima en el tono.
Priestess se giró de inmediato.
Los monitores mostraban una señal débil… pero constante.
—…Interesante —murmuró.
Por primera vez en siglos, una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
No era alegría.
No era triunfo.
Esta cosa estaba funcionando.
—Así que tú… —susurró— sí decidiste quedarte.
Y sin darse cuenta, añadió algo más bajo, algo que no estaba en ningún protocolo—No te fallaré.
.
.
Así pasaron los días.
Tanques llenos de líquido, saturados de analgésicos y compuestos estabilizadores, ocupaban casi todo el laboratorio. En su interior flotaban formas en distintos estados de desarrollo. Algunos ya poseían sistemas nerviosos complejos, impulsos eléctricos definidos, respuestas involuntarias. Otros… eran solo intentos fallidos, estructuras que no podían nombrarse ni catalogarse sin traicionar el lenguaje mismo.
Lo mas cercano seria, sacos de carne que podrian palpitar o tejido lleno de organos inutiles que colapsaban en si mismos.
Priestess no apartaba la mirada.
Al menos tuvo la decencia de darles un nombre.
No nombres reales.
Solo números.
—Intento treinta y dos… colapso estructural —informó el sistema.
—Regístralo —respondió ella.
—Intento treinta y tres… rechazo celular total.
—Regístralo.
Uno tras otro.
Cada uno peor que el anterior. Bueno si aun siguiera alguna etica posiblemente seria encarcelada.
Otro tanque se puso en rojo.
Excepto uno.
El tanque central mostraba estabilidad. Ritmo. Crecimiento continuo.
Ese no era un número.
—Identificación asignada: Tn —dijo Priestess.
El sistema hizo una pausa mínima antes de responder.
—Se recomienda optimizar el apego hacia la creación viable. El sujeto muestra una evolución acelerada.
—No necesito apego —replicó ella—. Necesito resultados y mientras mas rapido mejor.
Extrajo más ADN del Paciente Cero. Ajustó parámetros. Refinó matrices. Cada modificación era mínima, casi imperceptible, pero acumulativa. El cuerpo huésped mejoraba. Se acercaba más… sin ser idéntico.
—Comparación genética —ordenó.
—Diferencia estructural del doce por ciento respecto al Paciente Cero.
—Aceptable.
La meta era clara.
Si el Paciente Cero era capaz de neutralizar la Oripathia —y todos los indicios apuntaban a ello—, entonces crear seres vivos inmunes a la infección era prioritario. No como tratamiento. No como cura individual. Eso tomaria mucho, mucho, timepo.
Sino como solución a largo plazo.
—Observaremos su evolución —dijo Priestess—. Y luego… replicaremos el patrón.
El sistema proyectó simulaciones en el aire.
—Propuesta: dispersión gradual por naciones clave. Integración genética mediante reproducción natural.
—En cuántas generaciones —preguntó ella.
—Dos o tres. Terra alcanzaría inmunidad total a la infección.
Priestess observó los mapas. Fronteras. Zonas de conflicto. Regiones devastadas por el Originium.
—Entonces dejarán de morir —murmuró.
—Confirmado —respondió el sistema—. Disminución del conflicto por recursos. Estabilización social proyectada.
Ella cerró los ojos un instante.
—Aunque me odien —añadió—. Aunque nunca lo entiendan. Esto ayudaria al doctor.
Se acercó al tanque de Tn.
Dentro, el cuerpo se movió levemente. No por dolor. Por reacción.
—Sigues creciendo rápido —dijo—. Más rápido de lo esperado.
El sistema emitió otra advertencia.
—El sujeto comienza a mostrar patrones conductuales primarios. Se recomienda limitar la interacción directa para evitar vínculos innecesarios.
—Advertencia: el apego podría comprometer la objetividad.
—La objetividad ya está comprometida —respondió Priestess con calma—. Desde el momento en que decidí intentarlo otra vez.
El tanque vibró suavemente.
—No te estoy creando para que seas feliz —continuó—. Ni para que seas libre.
Hizo una pausa.
—Te estoy creando para que el mundo deje de desangrarse.
El sistema guardó silencio.
Priestess se quedó allí un largo rato, observando cómo Tn evolucionaba.
Por primera vez desde hacía siglos, no miraba el pasado ni el error cometido.
Miraba algo que aún no había fallado.
—Si esto funciona… —susurró— entonces tal vez… solo tal vez… todo esto habrá valido la pena.
Y en lo profundo de su mente, una pregunta comenzó a formarse, silenciosa e incómoda:
¿Y si él decide no ser lo que necesito que sea?
La respuesta aún no existía.
Pero el experimento continuó.
.
.
Vitacora:Dia…..
Qué día era…
Diablos, ¿qué importaba ya?
Priestess dejó de pensar en ello cuando comprobó un detalle que no encajaba. Un detalle pequeño al inicio, casi insignificante, hasta que los números comenzaron a alinearse de la peor forma posible.
El sistema había estimado que en dos o tres generaciones, cada clon nacido podría procrear y reproducirse en toda Terra, haciendo que las futuras generaciones fueran inmunes a la infección.
La proyección había sido elegante. Demasiado elegante.
—Recalcula —ordenó.
Las simulaciones se rehicieron.
Y esta vez, los resultados fueron brutales.
—Advertencia —dijo el sistema—. El proceso de clonación no es escalable a nivel continental con los recursos actuales.
Priestess frunció el ceño.
—Especifica.
—El costo energético, material y logístico supera las capacidades actuales incluso con producción sostenida durante décadas.
Los mapas reaparecieron.
Kazdel.
Ursus.
Laterano.
Sargón.
Kazimierz.
Columbia.
Yan.
Victoria.
Cada nación requería cifras imposibles.
—No basta —murmuró—. Nunca bastó.
Maldita ia le mintio. No…… mas bien le dijo lo que queria escuchar ignorando que no le dio todos los detalles.
Bip bip bip.
Apareció un segundo aviso.
—Problema adicional detectado: homogeneidad genética.
Ella se giró lentamente.
—¿Explícalo?
—Los clones actuales presentan un único patrón sexual. Masculino. Existe la posibilidad de alterar genes para producir variaciones femeninas, pero—
—Pero —repitió ella.
—La degradación genética se acelera.
Priestess apretó los labios.
El código genético que había copiado y recreado se estaba desgastando. No fallaba de inmediato, pero perdía estabilidad con cada iteración. Cada clon era ligeramente menos viable que el anterior.
—Aunque tengo el cadáver completo… —susurró— no es infinito.
Había vuelto al sitio donde lo encontró. Había recogido cada muestra posible, cada residuo que pudiera servir. Y aun así, el límite era claro.
—Tecnología insuficiente —confirmó el sistema—. El objetivo propuesto no es alcanzable bajo los parámetros actuales.
Silencio.
Priestess se sentó lentamente frente a la mesa de control.
—Entonces dime —dijo al fin—. ¿Sugerencias?
El sistema tardó más de lo habitual en responder.
—Opción uno: continuar con producción limitada. Impacto global: insuficiente.
—Descartado.
—Opción dos: modificar radicalmente la estructura genética base. Riesgo: pérdida de inmunidad.
—Descartado.
Hubo una pausa.
—Opción tres…
Priestess levantó la vista.
—Habla.
—La administradora podría generar descendencia directa para acelerar la propagación genética.
El silencio se volvió denso.
—¿Estás sugiriendo…? —comenzó ella.
—Confirmado. La administradora posee compatibilidad genética superior. La reproducción natural permitiría una diversificación más estable.
Priestess exhaló lentamente.
—No es… una idea absurda —admitió.
Hizo los cálculos de inmediato.
Incluso para ella, los límites eran claros.
—Un embarazo tomaría entre seis y siete meses si concideramos mi condicion—dijo—. Y luego… crianza. Protección. Observación.
El sistema añadió—Se recomienda verificar primero si la descendencia de un clon conserva la inmunidad a la Oripathia.
Priestess cerró los ojos.
—Por supuesto —murmuró—. Nada puede darse por sentado.
Se levantó y caminó hasta el tanque de Tn.
Él flotaba tranquilo, con signos vitales estables. Demasiado estables.
—Esto no estaba en el plan original —dijo en voz baja—. Pero el plan original murió hace siglos.
El sistema habló de nuevo.
—Advertencia: la opción tres implica variables emocionales no cuantificables.
—Lo sé —respondió ella sin dureza—. Pero Terra no se salvará con soluciones cómodas.
Observó a Tn un largo rato.
—Primero tú —decidió—. Veremos si tus hijos pueden vivir sin cristalizarse. Sin morir lentamente.
Una pausa.
—Después… consideraré el resto.
El sistema registró la orden.
Priestess se dio la vuelta, pero se detuvo a mitad de camino.
—Y no —añadió—. Bueno tendre que ajustar la propagacion.
Sin embargo, incluso ella sabía que esa respuesta ya no era del todo cierta.
Porque por primera vez, el futuro de Terra no dependía solo de cálculos.
Dependía de vidas que aún no existían.
Y eso… cambiaba todo.
Y no para mejor.
.
.
Ya.
Ya había pasado un mes.
Eso esperaba.
El tanque de Tn fue vaciado lentamente, el líquido drenándose como si el laboratorio mismo exhalara después de contener la respiración demasiado tiempo. El cuerpo había alcanzado su crecimiento óptimo para procrear. Los parámetros eran claros. Estables. Correctos.
En el momento en que el aire tocó su piel, gritó.
No fue un sonido articulado.
No fue lenguaje.
Fue puro terror.
Un grito áspero, quebrado, como si su existencia misma doliera.
Priestess frunció ligeramente la vista.
—…Claro —murmuró.
Había olvidado un detalle esencial de la vida.
Cuando un bebé nace, conoce el vientre de su madre. El ritmo. El calor. El sonido. Existe un vínculo previo, un puente que suaviza el impacto del mundo. Un ancla primitiva que lo sostiene mientras aprende a ser.
Pero Tn…
Tn había pasado de la nada al algo en un instante.
No sabía dónde estaba.
No sabía quien era.
No sabía que era.
Era solo un cúmulo de miedo e ignorancia.
—Sujeción activada —indicó el sistema.
Priestess lo sostuvo contra la camilla mientras el chico se movía sin control, los músculos reaccionando de forma errática. Sus manos se cerraban y abrían, buscando algo que no existía. Su boca apenas emitía balbuceos, sonidos rotos que no formaban palabras.
—Shhhh Tranquilo shhhh~ —dijo ella, sin elevar la voz—. No estás muriendo no necesitas porque alterarte.
Él no podía entenderla.
El nacimiento siempre era complicado.
La diferencia era que el regalo —o la crueldad— de los dioses había sido permitir a los vivos olvidar ese momento.
La ciencia, en cambio, no era indulgente.
—Administrar calmantes —ordenó.
Una inyección automática se activó. Poco a poco, los movimientos de Tn se ralentizaron. El grito se quebró hasta convertirse en un jadeo irregular.
—Estado del sujeto —preguntó Priestess.
—Consciencia fragmentada —respondió el sistema—. Estrés extremo. El sujeto no se encuentra en condiciones de procrear.
Ella cerró los ojos un instante.
—Lo sé.
El sistema continuó—Se recomienda iniciar tratamiento cognitivo. Desarrollo de identidad, lenguaje y comprensión básica antes de cualquier fase reproductiva.
Priestess soltó el borde de la camilla y dio un paso atrás.
—Todo es por Terra —se dijo a sí misma, una vez.
—Todo es por Terra —repitió, como si al hacerlo pudiera convertirlo en una ley universal.
Observó a Tn respirar, aún agitado, pero vivo. Muy vivo.
—¿Por qué… —susurró— por qué el universo insiste en complicarlo todo?
No hubo respuesta.
El sistema rompió el silencio.
—Advertencia: la exposición prolongada del sujeto a la administradora podría generar dependencia emocional.
Priestess levantó la mirada.
—¿Y qué sugieres? ¿Que lo abandone a una interfaz? —preguntó con frialdad—. ¿Que aprenda a existir solo?
—No se emite juicio. Solo probabilidades.
Ella se acercó de nuevo.
Tn abrió los ojos por primera vez.
No había reconocimiento.
No había comprensión.
Solo miedo.
—…Hola —dijo Priestess, dudando apenas—. Ese sonido… es una palabra. Se usa para empezar.
El chico emitió un murmullo débil.
—No tienes que entenderme aún —continuó—. Eso vendrá después.
El sistema registró un cambio mínimo en los signos vitales.
—Respuesta positiva a estímulo vocal.
Priestess apretó los labios.
—Genial —murmuró—. Incluso ahora, decides escuchar.
Se enderezó.
—Inicia fase de educación básica —ordenó—. Lenguaje. Motricidad. Identidad.
Hizo una pausa.
—Y reduce las restricciones. No es un objeto.
—Orden registrada.
Mientras las luces cambiaban de configuración, Priestess se quedó mirando a Tn.
No como una herramienta.
No como una solución.
Sino como algo que el mundo no había pedido, pero que ahora existía.
—Esto iba a ser más simple —dijo en voz baja.
Tn no respondió.
Pero ya no gritaba.
Y eso, por ahora, tendría que ser suficiente.
.
.
.
El paso fue simple.
Dejarlo atado a la camilla, colocarle el visor y los auriculares, y permitir que imágenes y sonidos claros fluyeran hacia su mente. Lenguaje básico. Formas. Colores. Conceptos primarios. Algo de videos sobre reproduccion.
El sistema monitoreaba su ritmo cardíaco y la actividad cerebral en tiempo real.
—Inicio de estimulación cognitiva —anunció la voz mecánica—. Nivel: máximo permitido.
Priestess observaba en silencio.
Cada cierto intervalo, el sistema extraía pequeñas muestras de sangre. El procedimiento era rápido, preciso. Los resultados aparecían casi de inmediato.
—Resultado confirmado —dijo el sistema—. El sujeto es inmune a la Oripathia.
Priestess cerró los ojos por un segundo.
—…Vaya.
Ese avance, pequeño y enorme a la vez, calentó apenas su corazón frío. No lo suficiente para sonreír, pero sí para detener el temblor constante que llevaba siglos en el pecho.
—Funciona —murmuró—. Al menos eso… funciona.
En la camilla, Tn comenzó a sufrir leves espasmos. No de dolor consciente, sino de adaptación forzada. Su cerebro recibía lo que para cualquier otro habría sido una muerte inmediata: una inundación de conocimiento a una velocidad inhumana.
Imágenes superpuestas. Sonidos sin pausa.
Lenguas. Símbolos. Nociones de tiempo y espacio.
—Mantén los parámetros —ordenó Priestess—. Si baja la actividad, aumentamos.
—Advertencia —respondió el sistema—. El sujeto se aproxima al umbral de sobrecarga neuronal.
—Lo sé.
Si no fuera por las peculiaridades del clon, ya habría muerto de un derrame cerebral.
Pero Tn resistía.
Su boca se movió.
—…tren… —murmuró— ocho… familia…
Las palabras salían sin orden, fragmentos atrapados al azar.
—…abril… iniciar… descanso…
Un hilo de baba descendió por su labio. Sus pulmones tomaron demasiado aire, como si no supieran aún cuál era el ritmo correcto para existir.
Priestess dio un paso adelante.
—Reduce estímulo auditivo —dijo—. Mantén solo visual básico.
—Procesando.
Tn siguió murmurando.
—…invierno… —susurró— …fugo…
La palabra no existía.
O quizá existía solo para él.
—Interacción terminada —anunció el sistema de pronto.
El visor se apagó. Los auriculares se retiraron automáticamente. La camilla liberó parte de las sujeciones. El cuerpo de Tn quedó inmóvil, respirando con dificultad, pero estable.
—Estado —preguntó Priestess de inmediato.
—El sujeto requiere descanso prolongado. Actividad cerebral elevada, pero no crítica. Toda la información recopilada ha sido enviada.
Datos comenzaron a proyectarse en el aire frente a ella. Gráficas, patrones, correlaciones imposibles. El aprendizaje había sido caótico… pero real.
—Ha empezado a hablar —dijo Priestess, más para sí que para el sistema.
—Confirmado —respondió este—. Formación de lenguaje en fase inicial. Desorden semántico esperado.
Ella se acercó a la camilla.
Tn tenía los ojos cerrados. El rostro relajado por primera vez desde su “nacimiento”.
—No fue un método amable —admitió—. Pero tampoco lo fue el mundo que heredaste.
El sistema hizo una pausa mínima.
—Observación: la administradora permaneció en la sala durante toda la interacción.
Priestess no se giró.
—Era necesario.
—No era estrictamente necesario.
Silencio.
—Anótalo como… supervisión —dijo al fin—. No confundas presencia con apego.
—Registro actualizado.
Priestess observó a Tn un momento más.
—Aprendiste demasiado rápido —murmuró—. Eso suele tener un precio.
Apagó varias luces del laboratorio y se dirigió a la consola principal.
—Mañana continuaremos —ordenó—. Más despacio.
Mientras el sistema entraba en modo de reposo, una última frase apareció en la pantalla:
Probabilidad de desarrollo de conciencia autónoma: alta.
Priestess se detuvo.
—…Lo suponía.
Y por primera vez desde que comenzó el proyecto, no supo si ese resultado era una solución…
o el inicio de un nuevo problema.
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Charlie andaba inspirado……perdón por el poema largo me encantó.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com