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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 267

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Capítulo 267: Talulah part 3 Arknights

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio

Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos..

Y volvemos con la sección favorita del canal…………extrañaron esta cosa 7w7.

__________________________________

—Clink… clink… clink—

Los choques de acero y fuego resonaban por todo el complejo como campanas de guerra. Cada impacto entre la Corona Estelar y la espada del Emperador hacía vibrar el aire, levantando chispas negras y llamas blancas que iluminaban los hangares mientras, a lo lejos, los camiones se iban llenando con infectados apresurados.

Talulah empujó con un corte ascendente.

—¡No pasarás! —rugió.

La Espada del Emperador respondió con una fuerza brutal, obligándola a retroceder medio paso. Su armadura crujió, y la voz áspera surgió desde el interior.

—“Resistencia innecesaria. La purga es inevitable.”

—Cállate —escupió Talulah, lanzando una llamarada directa.

A un costado, Tn recargaba su revólver con manos firmes pese al caos.

—Vamos… vamos… —murmuró.

Alzó el arma y disparó en ráfagas controladas. Las balas impactaron contra la armadura del guerrero acorazado, obligándolo a girar la espada como un molino para desviar los proyectiles. El metal chilló, pero entonces—

¡CRACK!

Talulah chocó su arma con toda su fuerza. La espada enemiga se enterró en el suelo, abriendo una grieta oscura. Tn no perdió la oportunidad: corrió hacia un ángulo libre, apuntó con calma forzada.

—Esta es buena… —susurró.

Bang.

Disparó.

El impacto dio de lleno en la unión del casco. El guerrero gruñó, dio un paso atrás… pero no cayó.

Con un movimiento repentino, la Espada del Emperador avanzó y sujetó a Talulah del cuello, levantándola del suelo.

—“Draco identificada. Eliminación prioritaria.”

—¡Talulah! —gritó Tn.

El guerrero la estrelló contra el suelo. El impacto levantó polvo y brasas. Talulah tosió, intentando incorporarse, mientras el gruñido áspero de la voz resonaba como un rezo deformado.

Entonces—

VRRROOOM

El rugido de un motor cortó el campo de batalla.

—¡APÁRTATE! —gritó Tn.

Un camión irrumpió desde un costado. Tn lo conducía con el rostro tenso y los dientes apretados. El vehículo impactó de lleno contra la Espada del Emperador, lanzándolo varios metros hasta estrellarlo contra una torre de vigilancia.

El metal chirrió. La figura acorazada quedó inmóvil por un instante.

Tn frenó en seco y saltó del camión.

—¡Talulah, arriba! ¡YA!

Talulah se incorporó con dificultad, miró al guerrero caído… y luego a los camiones que partían, uno tras otro, cargados de infectados libres.

—Tch… —sonrió apenas—. Supongo que ganamos esta.

Saltó al camión junto a Tn mientras otros cuatro vehículos abandonaban el gulag, perdiéndose en la noche.

Desde la parte trasera, los infectados miraban hacia atrás, incrédulos. Algunos lloraban. Otros reían. Todos estaban vivos.

Talulah se apoyó en la baranda, observando la caravana avanzar.

—…Lo lograste —dijo en voz baja—. Los sacaste.

Tn mantuvo la vista al frente, pero su voz salió firme.

—No. Lo logramos.

Talulah lo miró de reojo. Por primera vez en mucho tiempo, su sonrisa no era cruel ni desesperada. Era pequeña… pero real.

—Tal vez —murmuró— esa utopía tuya no sea una broma después de todo.

El convoy avanzó hacia la oscuridad, dejando atrás el gulag en llamas… y encendiendo algo nuevo en el corazón de Talulah.

.

.

Un rato de camino después, los camiones finalmente cruzaron el portón oxidado de la base. Los motores se apagaron uno a uno, dejando un silencio pesado que contrastaba con el caos del gulag horas atrás. Tn saltó del asiento del conductor y fue directo a abrir la parte trasera.

—Despacio… uno por uno —ordenó con la voz ronca—. Cuidado con los mas graves, Talulah ayudame con este.

Talulah ya estaba allí, cargando a un infectado cuyo cuerpo temblaba por el dolor. Sus cuernos brillaban levemente bajo las luces improvisadas del patio.

—Aquí —dijo ella—. Llévenlos primero a las salas interiores, los más graves no pueden quedarse al aire libre.

Algunos infectados apenas podían caminar. Cristales irregulares sobresalían de brazos, cuello y costillas; la Oripatía había avanzado sin piedad. Tn y Talulah ayudaban a bajarlos, apoyándolos sobre sus hombros, guiándolos con paciencia.

—¿De verdad… nos van a dejar quedarnos? —preguntó una mujer joven, con la voz quebrada.

Tn la miró un segundo antes de responder.

—No los sacamos del infierno para dejarlos morir afuera.

La mujer rompió a llorar en silencio.

Dentro de la base, cada habitación fue ocupada. Camas improvisadas, mantas viejas, equipos médicos mínimos. No era suficiente, pero era algo. Con lo poco que tenían, lograron estabilizar a varios; reducir el dolor, frenar infecciones secundarias. No podían curarlos… pero sí ganar tiempo.

Las horas pasaron sin que nadie se diera cuenta.

Tn terminó dejándose caer en una silla metálica del pasillo, el antebrazo cubriéndole el rostro. Respiraba lento, pesado. El cansancio le quemaba los músculos.

—Salió bien… —murmuró para sí—. Casi por milagro.

Cerró los ojos un instante, y la imagen de Talulah cruzó su mente.

Como si lo hubiera llamado, al otro lado del corredor ella estaba rodeada de niños infectados. Algunos tenían pequeños cristales en las manos, otros en la mejilla o el hombro. Talulah se había agachado a su altura, dibujando fuego en el aire con la punta del dedo, formando figuras simples.

—¡Otra vez! ¡Otra vez! —reían los pequeños.

—Está bien, está bien —respondió ella con una sonrisa suave—. Pero esta es la última.

Creó una pequeña draco de fuego que revoloteó antes de disiparse. Las risas llenaron la sala por unos segundos, ahogando la realidad.

Tn los observó desde lejos. No dijo nada. Solo asintió para sí mismo.

Luego se levantó y caminó hasta su oficina. Cerró la puerta tras él y se dejó caer en la silla, exhalando con fuerza.

—Maldita sea… —susurró—. Ser samaritano no es fácil.

Se frotó el rostro, cansado.

—Pero ser egoísta… tampoco.

Miró los mapas y notas esparcidas sobre el escritorio. Gulags marcados en rojo. Rutas de patrullaje. Zonas controladas por distintos gobiernos.

—Van a hacer más —dijo en voz baja—. Muchos más.

Rhodes Island iba por delante, sí. Pero pedirles ayuda ahora sería atraer miradas. Demasiadas.

—A la larga… —continuó—, me van a matar. Mis ideas no encajan con ellos y apuesto que ese desquiciado me daria fin.

Se recostó hacia atrás, mirando el techo. Un leve escalofrio le llego la espalda.

—Así que no queda otra… —una sonrisa amarga se dibujó en su rostro—. Robar, rescatar y sobrevivir.

Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.

—¿Tn? —la voz de Talulah sonó desde afuera—. Los niños preguntan por ti.

Él cerró los ojos un segundo… y luego se levantó.

—Diles que ya voy.

Abrió la puerta y salió, dejando atrás el cansancio por un momento. Porque mientras aún hubiera alguien que sonriera gracias a ellos, el plan… valía la pena.

Tn se levantó y fue a ver a los pequeños. Al entrar en la sala común, notó que Talulah los había mantenido entretenidos con pequeñas demostraciones de habilidad: llamas diminutas que no quemaban, figuras que danzaban en el aire como luciérnagas. Los niños reían, por un momento olvidando el peso de los cristales en su piel.

Tn se sentó en el suelo junto a ellos, sin prisa.

—Oigan… —dijo con voz suave—. ¿Tienen hambre?

Las respuestas fueron inmediatas.

—¡Sí!

—Muchísima.

—Desde ayer…

Él sonrió, cerrando los ojos.

—Entonces sigan a Talulah al comedor. Pórtense bien —añadió, señalándola con el pulgar—. Yo iré a preparar algo.

—¡Gracias, señor! —gritó uno de los niños.

—No me digas señor —respondió Tn, levantándose—. Me hace sentir viejo.

Talulah rió por lo bajo mientras guiaba al grupo.

En la cocina, Tn se movió casi por inercia. Abrió almacenes, revisó cajas, sacó provisiones que había estado guardando para emergencias. Agregó también algunos tubérculos que había logrado cosechar semanas atrás, limpiándolos con cuidado antes de cocinarlos.

El olor de la comida llenó la base.

Uno a uno, los refugiados comenzaron a comer. Lentamente al principio, como si temieran que todo fuera una ilusión. Luego con más confianza. Verlos alimentarse… era extrañamente reconfortante.

Talulah se sentó entre ellos, compartiendo el plato, sonriendo de verdad. No como una líder. No como un símbolo. Solo como alguien más.

Tn observó desde cierta distancia, apoyado contra una pared.

No por desinterés. Por precaución.

En ese mundo, evitar el contagio de Oripatía significaba evitar el contacto directo con el Originium en bruto y con los fluidos corporales de los infectados. La cristalización no perdonaba errores. Tn no se había metido en su idea de una utopía sin preparación previa: su cuerpo había sido modificado, entrenado, fortalecido. Eso le daba cierta resistencia al contagio.

Pero no inmunidad.

—No puedo permitirme caer —murmuró para sí mismo.

Talulah, por su parte, se mantenía deliberadamente sana. Distancia medida, control absoluto. Lo sabía mejor que nadie.

Cuando la comida terminó, Tn se alejó por uno de los pasillos laterales. Su mente ya estaba en otra cosa.

—Supresores de Oripatía… —pensó—. Proteínas que frenen la cristalización.

Revisó mentalmente las reservas. No eran suficientes.

—Y cuando no funcione… amputación —añadió con amargura—. Métodos del viejo mundo.

Se detuvo frente a una pared metálica, apoyando la frente contra ella por un segundo.

—Esto no es suficiente…

—Nunca lo es.

La voz lo tomó por sorpresa.

Tn giró la cabeza. Talulah estaba de pie detrás de él, los brazos cruzados. Había dejado a los niños con otros refugiados.

—¿Desde cuándo sigues a la gente sin avisar? —preguntó él.

—Desde que empiezan a cargar con todo solos. Ademas lo olvidaste, tu me pediste que fuera el fuego que siempre te guiara. —respondió ella, mirándolo fijamente.

Hubo un silencio breve.

—Te mantuviste lejos —dijo Talulah—. Ni siquiera te sentaste a comer con ellos.

—No fue por desprecio.

—Lo sé.

Ella dio un paso más cerca.

—Fue por miedo.

Tn no respondió de inmediato.

—Es cálculo —corrigió—. Si caigo yo, todo esto se cae. No puedo darles meor vida si estoy muerto.

Talulah lo observó unos segundos antes de hablar.

—Y aun así, lo hiciste —dijo—. Rescataste a todos. Les diste comida. Un lugar.

—Porque alguien tenía que hacerlo. Y no pienso desaparecer del mundo sin haber logrado algo.

—Posiblemente. —replicó ella—. Pero elegiste hacerlo.

Tn apretó los dientes.

—Elegir no cambia la realidad, Talulah.

—No —admitió—. Pero le da sentido.

Ella se apoyó en la pared frente a él.

—No tienes que cargar esto solo.

Tn soltó una risa baja, cansada.

—Si no lo hago yo… ¿quién?

Talulah no respondió de inmediato. Solo lo miró, con una mezcla de firmeza y algo más profundo.

—Entonces —dijo al fin— deja que al menos camine a tu lado.

El pasillo volvió a quedar en silencio. Pero ya no era tan pesado.

.

.

.

.

Comenzaron con algo simple.

O al menos, así lo habían llamado.

Los primeros días, Tn estuvo absorbido organizando todo: turnos de descanso, distribución de comida, espacios aislados para los infectados más graves, inventarios que no alcanzaban. Todo era cálculo, previsión, anticiparse a un mañana que aún no existía.

Talulah, en cambio, se movía sin descanso fuera de la base. Exploraba la zona, mapeaba rutas, regresaba con madera, restos de maquinaria abandonada, animales cazados con precisión aunque aveces quemados. En Terra aún quedaban rastros de fauna y flora: sabuesos salvajes, bestias de carga deformadas por el Originium, babosas cristalinas que dejaban rastros peligrosos tras de sí.

.

.

.

—El mundo no está tan jodido —dijo una noche, arrojando un fajo de mapas improvisados sobre la mesa—. Solo tenemos que pensar bien que podremos hacer.

La cabeza le dolia, pero mas y mas ideas le llegaban para cumplir las emtas porpuestas.

Conseguir madera para tareas básicas fue lo primero. Luego localizaron una veta superficial de minerales. Nada extraordinario, pero suficiente para herramientas simples, refuerzos, quizás munición rudimentaria.

—Podríamos poner a algunos a trabajar —sugirió Talulah, con cautela.

Tn negó de inmediato.

—No.

—Tn—

—No voy a convertir esto en otro gulag —dijo sin levantar la voz—. No los saqué del infierno para recrearlo con otro nombre.

Talulah lo observó en silencio.

—Entonces lo haremos nosotros.

—Eso ya lo sabía. Y ya estoy preparando mi cuerpo para eso.

Y ahí fue donde la teoría empezó a romperse.

La práctica era otra cosa.

Tn estaba cubierto de tierra y sudor, la camisa empapada, las manos temblándole mientras golpeaba el suelo una y otra vez. El agujero apenas era profundo, irregular, torpe. La idea era iniciar una mina a cielo abierto: retirar la capa estéril, crear escalones, acceder al mineral.

Pero no tenían maquinaria pesada.

Ni explosivos.

Solo ingenio. Y fuerza bruta……..solo de parte de la mujer.

—Esto es ridículo… —gruñó Tn, clavando la herramienta improvisada otra vez.

Talulah, apoyada en una roca cercana, lo miraba trabajar.

—La excavación industrial requiere bancos descendentes, control de taludes, refuerzos… —dijo—. Tú lo sabes. Verdad, se supone que eres listo.

—Gracias por el recordatorio —respondió él, respirando con dificultad.

—En teoría.

Tn se detuvo. Apoyó las manos en las rodillas.

—En teoría —repitió— todo funciona. En teoría, rescatar gente es el primer paso. En teoría, construir algo mejor es posible.

Alzó la vista hacia ella.

—En la práctica… esto es solo cavar con las manos hasta sangrar.

Talulah se acercó. Tomó la herramienta.

—Dame eso.

—No necesitas—

—Tn.

Ella comenzó a excavar a su lado, el movimiento preciso, casi violento. La tierra saltaba con cada golpe.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo? —preguntó sin mirarlo.

—Ilumíname.

—Tú quieres evitar que el mundo sea cruel —dijo—. Yo quiero quemar el mundo que lo hizo así.

Tn soltó una risa cansada.

—Y aun así estás aquí, cavando una mina conmigo.

Talulah se detuvo.

—Porque por primera vez… no estoy huyendo ni destruyendo algo —respondió—. Estoy construyendo.

El silencio se instaló entre ambos, roto solo por el viento.

—Tu utopía es frágil —añadió ella—. Se sostiene sobre decisiones imposibles.

—Lo sé.

—Y aun así insistes.

—Porque alguien tiene que intentarlo.

Talulah lo miró, el rostro serio, pero sin dureza.

—Cuando todo colapse —dijo—, cuando los gobiernos te llamen terrorista, ladrón, traidor… ¿seguirás?

Tn volvió a tomar la herramienta.

—No me importa cómo me llamen.

Golpeó la tierra.

—Mientras aquí no haya cadenas.

Talulah sonrió apenas.

—Entonces supongo que cavaré contigo.

Ambos siguieron trabajando. El agujero seguía siendo pequeño, insuficiente, casi absurdo.

Pero ya no estaba vacío.

.

.

.

Cavaron y cavaron… o bueno, Talulah cavó.

Tn lo intentó, de verdad que lo intentó, pero seamos honestos: él era un pensador, un planificador, alguien hecho para calcular trayectorias y consecuencias, no para partir la tierra a golpes. Tenía un físico estilizado, trabajado lo justo para sobrevivir, pero al lado de Talulah —una draco forjada en guerra, fuego y brutalidad— era evidente la diferencia.

Ella descendía y ascendía del pozo con una facilidad casi insultante. El suelo cedía bajo su fuerza, metro tras metro.

Tn terminó sentado en uno de los bordes, respirando con dificultad, observando sus manos cubiertas de ampollas y tierra.

—Patético… —murmuró para sí.

Fue entonces cuando algo hizo clic en su mente.

Carajo… agradecía que su cabeza fuera tan ególatra.

—¡Talulah! —alzò la voz—. Sal del pozo un momento.

Ella se asomó primero, el rostro manchado de polvo, el cabello recogido de cualquier manera. Llevaba solo una camisa sin mangas, el cuerpo cubierto de sudor, una tela atada a la frente para evitar que el sudor le cayera en los ojos. Luego, de un salto limpio, salió del pozo y cayó frente a él.

—¿Te rendiste ya? —preguntó, con media sonrisa burlona.

—No —respondió Tn—. Pensé en algo mejor y agradece que mi IQ es mayor.

Eso bastó para que Talulah levantara una ceja.

—Eso me preocupa más, aveces te vuelves algo egolatra.

Tn se levantó y empezó a explicar, gesticulando, con los ojos brillando pese al cansancio.

—Existe algo llamado minería por fuego. Es antigua, primitiva, pero funciona ok. Se calienta la roca intensamente… hogueras, fuego constante… y luego se enfría de golpe. El choque térmico la quiebra. Se vuelve frágil. Mucho más fácil de excavar.

Talulah lo miró en silencio.

Parpadeó.

—¿Me estás diciendo… —empezó lentamente— que quieres que prenda fuego a la mina.

—Controladamente —añadió rápido—. Tú regulas el calor. Luego usamos agua. No todo tu poder, solo lo suficiente.

Ella cruzó los brazos.

—¿Y si colapsa?

—Entonces habremos aprendido algo, ademas es roca dura dudo mucho que se caiga todo encima —respondió Tn, encogiéndose de hombros—. Pero es eso o rompernos el cuerpo inútilmente.

Talulah soltó una risa baja.

—Estás loco.

—Siempre lo he estado querida.

Un silencio breve.

Luego ella chasqueó la lengua.

—De noche —dijo—. No quiero que los refugiados vean esto.

.

.

Así que lo hicieron.

De día, cuidaban a los refugiados. Talulah ayudaba con los niños, con los más graves; Tn organizaba, ajustaba raciones, preparaba supresores, reparaba sistemas. De noche… el fuego.

Talulah descendía al pozo y liberaba calor concentrado, controlado, como una respiración lenta del infierno. La roca se volvía roja, luego blanca. Tn, desde arriba, esperaba la señal y vertía agua.

CRACK.

La roca se fracturaba.

—Funciona… —murmuró él la primera vez, casi incrédulo.

—No lo celebres aún —respondía Talulah desde abajo—. Aún queda mucho.

Los primeros seis días fueron… soportables.

Luego el cuerpo empezó a pasar factura.

Talulah salió del pozo una noche tambaleándose. Dio dos pasos… y cayó de rodillas.

—Talulah —dijo Tn, corriendo hacia ella.

—Estoy bien —gruñó—. Solo… un segundo.

No lo estaba.

Sus manos temblaban, la respiración irregular. Él la ayudó a sentarse, apoyándola contra una pared.

—Esto se detiene —ordenó.

—No —respondió ella, alzando la vista—. Estamos cerca.

—No vale la pena si te pones en riesgo.

Ella iba a responder, pero se detuvo al ver el hilo rojo que bajaba de la nariz de Tn.

—Tú tampoco estás mejor —dijo en voz baja.

Él se limpió la sangre con el dorso de la mano.

—Nada grave.

Mentiroso.

—¿Cuánto dormiste?

Silencio.

Talulah entrecerró los ojos.

—Tn.

—No era necesario —dijo—. Siempre hay algo que hacer.

Ella se levantó de golpe, lo agarró del cuello de la camisa y lo obligó a mirarla.

—No eres un mártir maldito idiota—dijo con voz firme—. Y no voy a construir tu utopía sobre tu cadáver.

—¿Y tú qué? —respondió él—. ¿Crees que eres irrompible?

Se miraron, respirando pesado.

Finalmente, Talulah lo soltó.

—Dormimos —dijo—. Ambos. Unas horas.

—El tiempo—

—Que se joda el tiempo.

Ella se dio media vuelta.

—Si quieres salvar a este mundo, primero no mueras en el intento.

Tn la observó alejarse, el cansancio cayéndole encima como una losa.

Por esa vez desde que empezó todo… se permitió sentarse.

Y cerrar los ojos.

Claro, cerrar los ojos no iba a ser fácil.

No cuando Talulah, sin previo aviso ni delicadeza alguna, prácticamente lo arrojó contra la cama y se metió con él de inmediato, rodeándolo con los brazos como si temiera que fuera a desaparecer si lo soltaba un segundo.

—… —Tn dejó escapar el aire de golpe.

No se quejó. No en voz alta.

Admitiría —aunque jamás lo diría— que Talulah era una belleza peligrosa, incluso cubierta de polvo, sudor y cansancio. El problema no era eso.

El problema eran sus costillas, que ahora sí protestaban por la presión.

—Talulah… —murmuró—. Respiras como si intentaras aplastarme.

—No exageres —respondió ella, acomodándose aún más cerca—. Agradece, no cualquiera puede tener esto.

—Ese no es un estándar muy alto…

Ella soltó un bufido divertido y cerró los ojos, aferrándolo con más fuerza. El calor de su cuerpo, el ritmo lento de su respiración… todo conspiraba para que el cansancio finalmente empezara a ganar.

Pero la mente de Tn no cooperaba.

¿Y si alguien empeora durante la noche?

¿Y si los niños se meten en problemas?

¿Y si algún gobierno ya nos encontró?

¿Y si…

Su cuerpo se movió apenas, un intento inconsciente de incorporarse.

Un gruñido bajo sonó junto a su oído.

—Ni se te ocurra —dijo Talulah, con voz ronca por el cansancio—. Duerme. Y cállate.

—Solo iba a—

Ella lo abrazó más fuerte.

—Si sigues moviéndote… —añadió, bajando la voz— te muerdo.

Tn suspiró largo y tendido.

—…Qué mujer tan diplomática.

—Aprendí de los mejores.

El silencio volvió a instalarse. El cuerpo de Tn, traicionero, empezó a relajarse pese a todas sus objeciones mentales.

—Solo… un par de horas —murmuró—. Luego me levanto.

—Claro —respondió ella sin abrir los ojos—. En tus sueños.

Y esta vez, su cerebro finalmente se apagó.

Pasaron unos segundos.

Luego minutos.

Posiblemente una o dos horas.

Talulah abrió apenas un ojo y observó su cuello. El leve movimiento de una vena, constante y tranquila, le confirmó lo que ya sabía.

Dormía.

Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, apareció en su rostro. No era cruel, ni ardiente. Era… genuina.

—Idiota —susurró, sin veneno—. Te vas a romper si sigues así.

Acomodó la cabeza contra su hombro y cerró los ojos otra vez, manteniéndolo cerca.

Y mientras el mundo de Terra seguía siendo un infierno roto y despiadado…

por unas horas, al menos, ambos durmieron.

________________________________________

Deberia dejar de aceptar arknights cuando me duele escribir con esos personajes……..porque su trama debe de ser tan misteriosa y tener que buscarla es un chingo y no pienso meterme al juego, ya tengo demasiados gachas

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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