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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 270

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Capítulo 270: Gilgamesh fem part 4 Fgo

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio

Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

__________________________________________________________________________________

Gilgamesh sonrió.

No fue una sonrisa triunfal, ni cruel, sino una de esas torcidas, cargadas de cansancio y chispa viva, como si la batalla hubiera sido una carcajada demasiado larga. Con un gesto lento, casi perezoso, alzó la mano. El aire vibró.

Una nueva Puerta de Babilonia se abrió con dificultad, alimentada apenas por la energía que aún le quedaba. No surgieron armas ni tesoros esta vez. De su interior cayó un conjunto de telas finas, limpias, aún perfumadas con incienso del palacio.

—Toma —dijo, arrojándolas hacia Enkidu—. No pienso permitir que mi nuevo amigo camine desnudo como un salvaje… al menos no en Uruk. Y solo mis concubinas y Tn pueden verme en toda mi gloria.

Enkidu atrapó la ropa con torpeza. Sus dedos de barro endurecido temblaban.

—¿Nuevo… amigo? —repitió, incrédulo.

Gilgamesh se estiró, ignorando por completo el estado de su propio atuendo destrozado. Mientras comenzaba a quitarse los pantalones holgados y restos de su armadura.

—Hemos intentado matarnos durante seis días —respondió con ligereza—. Eso nos convierte, como mínimo, en camaradas.

Enkidu bajó la mirada hacia el suelo grisáceo. La tierra, exhausta, parecía muerta; sin vida, sin canto. Todo el barro que alguna vez obedeció su voluntad ahora yacía inerte.

—Yo… fui creado para castigarte —murmuró—. Para someterte. Para destruirte si era necesario.

Gilgamesh ladeó la cabeza, observándolo con esos ojos carmesí que aún ardían, aunque apagados por el cansancio.

—Y aquí estás —dijo—. De pie. Respirando. Sin cadenas… y sin órdenes.

El silencio cayó entre ambos.

Entonces, como si recién ahora algo hiciera clic en su mente, Gilgamesh chasqueó la lengua.

—Hablando de cadenas… —murmuró—. ¿Dónde diablos está Tn?

Enkidu parpadeó.

Gilgamesh frunció el ceño, recorriendo el horizonte devastado.

—Se suponía que estaba observando —continuó—. Nunca se pierde una pelea interesante. —Soltó una risa breve—. Qué descortés. Se ha perdido la diversión.

Meditó unos instantes, los brazos cruzados, y finalmente se encogió de hombros.

—Bah. Ya aparecerá.

Se volvió hacia Enkidu con renovada energía.

—Regresaremos a Uruk. Repararé cualquier desastre que hayamos causado —dijo con tono casual, como si hablaran de una tormenta menor—. Y organizaré un gran banquete en tu honor.

Enkidu abrió los ojos un poco más.

—¿Un… banquete?

—Por supuesto. —Gilgamesh sonrió ampliamente—. No todos los días uno encuentra a alguien capaz de vaciar la Puerta de Babilonia y seguir en pie.

Mientras caminaban de regreso, las murallas de Uruk comenzaron a alzarse ante ellos. El pueblo, que había contenido la respiración durante días, salió a las calles.

Cuando vieron a su reina regresar, cubierta de heridas pero erguida, estallaron en vítores.

Gilgamesh alzó los brazos.

—¡Habitantes de Uruk! —proclamó—. ¡Nuevos tiempos se aproximan!

Rió con fuerza.

—Gracias a la emoción de este conflicto, el reino tomará nuevas acciones. ¡Más grandes! ¡Más audaces!. Todos bajo mi reinado prosperaran como jamas lo han hecho.

Los sabios fueron convocados de inmediato. En el palacio, Gilgamesh dio órdenes con una claridad que nadie había visto en mucho tiempo.

—Que los sumos sacerdotes vuelvan a consagrar los templos a los dioses.

—Que los escribas preparen tablillas con todos los deberes que he postergado.

Los murmullos no tardaron.

El cambio de humor de su reina era… inquietante. Y esperanzador.

Esa misma noche, mientras se preparaba el banquete, Gilgamesh se inclinó hacia Enkidu, con una sonrisa peligrosa, casi juguetona.

—Después celebraremos de verdad —susurró—. Con Tn~. Creeme te sorprendera lo que puede hacer en la cama y podremos hacer trios y uh uh ya se, puedes moldear tu cuerpo para hacerte mujer y hombre ya se una mezcla entre ambos.

Ya podia imaginarse muchas escenas de placer mormoso que podrian intentar.

Enkidu frunció el ceño.

—¿Tn…? —repitió en voz baja—. Ese nombre…

Gilgamesh se detuvo en seco.

—¿Lo conoces?

Enkidu alzó la mirada, confundido.

—Fue en lo alto de las montañas —murmuró—. Me llamó por mi nombre. Yo… intento detenerme cuando estaba en forma de bestia.

Tragó saliva.

—Lo arroje contra la montaña. No era mi objetivo inicial y logre disernir que era una creacion divina.

Los brazos de Gilgamesh cayeron a sus costados.

Su sonrisa desapareció.

La mirada carmesí, por primera vez en siglos, se perdió en un punto vacío, escuchando cada palabra del relato.

—…Así que lo encontraste —susurró.

El eco del nombre Tn resonó en el salón como un presagio.

Y por primera vez desde el inicio del combate, Gilgamesh no rió.

Gilgamesh se levantó lentamente.

El ruido del banquete, las risas, la música y el murmullo del palacio quedaron atrás cuando dio el primer paso. No miró a nadie más. Su espalda estaba recta, pero en sus hombros pesaba algo invisible.

—Enkidu —dijo sin alzar la voz—. Sígueme.

El ser de arcilla, aún en su forma humana de cabello verde largo y ojos púrpura profundos, se levantó sin protestar. No entendía del todo el cambio repentino, pero obedeció. Caminó tras ella mientras cruzaban los pasillos y salían al exterior del palacio, donde la noche de Uruk respiraba tranquila.

El aire era fresco. Las antorchas crepitaban.

Gilgamesh se detuvo.

No se volvió de inmediato.

—Dime —habló despacio—. ¿Dónde dejaste a Tn?

Enkidu tardó un segundo en responder.

—Cuando se me ordenó lidiar contigo… —comenzó—, Tn se interpuso.

Gilgamesh apretó los dedos.

—Continúa.

—Pero también es una creación divina —prosiguió Enkidu con calma—. Mi interés no era eliminarlo. Así que… simplemente lo dejé en la montaña.

El silencio cayó como una losa.

Gilgamesh soltó un largo suspiro, uno que parecía venir desde lo más profundo de su pecho. Reflexionó, los ojos entrecerrados, como si ordenara pensamientos que chocaban entre sí.

Entonces, el aire vibró.

Una Puerta de Babilonia se abrió a su costado.

De ella emergió un arma distinta a las anteriores: una espada simple, casi austera. Sin joyas. Sin gloria aparente. Gilgamesh la tomó con firmeza.

En un movimiento rápido, preciso, la hoja se alzó y quedó apoyada contra el cuello de Enkidu.

No llegó a cortar.

Pero el filo estaba ahí.

Los ojos rojos de Gilgamesh se clavaron en los púrpura de Enkidu.

—Respóndeme —gruñó entre dientes—.

¿Lo lastimaste?

Enkidu no retrocedió. No mostró miedo.

Parpadeó con calma.

—Sí —respondió—. Poco antes de llegar a Uruk.

La espada tembló.

Gilgamesh cerró los ojos por un instante. Sus dientes se apretaron. El arma vibraba en su mano, cargada de una furia contenida que no pedía permiso para existir.

Estaba enojada.

Sí, Enkidu era ahora su amigo.

Sí, lo respetaba.

Sí, maldecía cada emoción contradictoria que hervía en su interior.

Apreciaba al monstruo de arcilla frente a ella.

Pero amaba a Tn.

Y saber que había sido lastimado era… casi un insulto.

El arma descendió lentamente.

Gilgamesh respiró hondo, una, dos veces.

—Hmph… —murmuró—. Dejaré eso… como algo del pasado.

Guardó la espada; la Puerta de Babilonia se cerró sin ruido.

Se dio media vuelta.

—Vamos —dijo—. Iremos por Tn.

Enkidu abrió ligeramente los ojos.

—¿A la montaña?

—¿Dónde más? —respondió Gilgamesh sin detenerse—. No pienso dejarlo ahí.

El ser de arcilla la observó unos segundos más, luego asintió y comenzó a caminar detrás de su reina, siguiendo su paso firme hacia la oscuridad que aguardaba más allá de Uruk.

El viento nocturno sopló con fuerza.

Y en la distancia, las montañas parecían observarlos… en silencio.

.

.

.

Mientras tanto, Tn ya vagaba por lo que parecía ser un desierto interminable.

El sol caía sin piedad, y el viento levantaba arena que se le pegaba a la piel. Caminaba con pasos irregulares; su cuerpo estaba magullado, el dolor aún presente en músculos y costillas. Habían pasado cinco… tal vez seis días desde que despertó tras ser arrojado contra la montaña.

Cada noche dormía poco.

Cada día avanzaba más lento.

Cuando abrió los ojos aquel primer día, tirado entre roca y polvo, supo una cosa con claridad dolorosa:

no había nada que pudiera hacer para salvar a Uruk… ni a Gilgamesh.

—Lo siento… —murmuró entonces, con la voz rota, sin saber a quién hablaba.

Intentó rezar.

Lo había intentado de verdad.

Pero los dioses no respondieron.

Nunca lo hacían.

Fue entonces cuando recordó algo.

Una historia vieja.

Una lección a medias escuchada en su juventud.

—Utnapishtim… —susurró mientras caminaba.

El nombre pesaba.

El sabio que sobrevivió al diluvio.

El único humano al que los dioses habían concedido la inmortalidad.

El que había visto el fin del mundo… y siguió respirando después.

Las leyendas sobre él eran bien conocidas. Incluso en los días en que Gilgamesh aún era una princesa joven. Claro que, en ese entonces, ella solía estar más ocupada planeando travesuras o dandole placer oral que escuchando con atención a los eruditos del templo.

Tn dejó escapar una sonrisa cansada al recordarlo.

—Siempre se levantaba y se iba… O hacia sus tendencias debajo de la mesa—murmuró—. Decía que esas historias eran aburridas.

El motivo por el que ahora buscaba al sabio era simple.

Ayudar a Gilgamesh.

No se engañaba: él era demasiado débil para hacerlo por sí solo. No podía enfrentar a Enkidu, ni a los designios divinos, ni a la locura que se había instalado en Uruk.

Pero el conocimiento…

Eso era otra cosa.

—Si no puedo protegerla con fuerza… —dijo entre jadeos—, lo haré con la sabiduria que el dios Ea le proporciono al hombre.

Sabía algo más, también.

La bestia Enkidu jamás podría matar a Gilgamesh con facilidad. No de verdad. No sin pagar un precio imposible. Así que usaría ese tiempo —el tiempo que ambos pasarían luchando— para encontrar al sabio.

Era su única apuesta.

Con cada paso, el desierto parecía extenderse. Pero Tn seguía caminando, guiado más por voluntad que por fuerzas.

.

.

.

.

Mientras tanto, Enkidu y Gilgamesh alcanzaron la cima de la montaña.

El viento era fuerte. El cielo, claro.

Y no había nadie.

Gilgamesh se quedó inmóvil.

Luego se pellizcó el puente de la nariz, claramente molesta.

—No… —murmuró—. No, no, no…

Y tn….

Enkidu parpadeó, confundido. Dio un paso al frente y señaló el suelo, casi como un niño tratando de explicarse.

—Lo dejé aquí —dijo—. Justo aquí.

Y no mentía.

Había marcas claras: la huella de un cuerpo estampado contra la roca, grietas recientes, polvo removido. Gilgamesh se agachó y pasó la mano por el suelo.

Lo sintió.

—Su maná… —susurró.

Era tenue, pero inconfundible. Jamas podria olvida lo tibio y dulce que era su esencia.

Se incorporó de golpe y se llevó una mano al cabello rubio, tirando de él con frustración.

—¡Maldición…ZAAAAAAAAASSSHHHUUUUUUU!

Su respiración se volvió irregular. Estaba perdiendo los estribos.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó, sin mirarlo.

Enkidu inclinó la cabeza, pensativo.

—Varios días —respondió—. Tal vez cinco. O seis. Siete luego del banquete y l que duramos en caminar.

Gilgamesh cerró los ojos con fuerza.

—Idiota… —murmuró, pero no sonaba a insulto—. Siempre tan imprudente…

Se quedó quieta unos segundos más, como si luchara contra un torbellino interno.

—Lo necesito —dijo al fin, con voz baja, tensa—. Ahora mismo.

Enkidu la observó en silencio. Por primera vez, parecía entender que aquello no era solo capricho, ni orgullo, ni deseo.

Era urgencia.

—Entonces —dijo finalmente—, debemos seguir su rastro.

Gilgamesh abrió los ojos, la mirada carmesí encendida.

—Sí —respondió—. Y más vale que siga con vida.

El viento rugió alrededor de la montaña, como si el mundo mismo escuchara esa promesa.

Avanzaron como pudieron.

Gilgamesh y Enkidu descendieron de la montaña siguiendo rastros casi imperceptibles: restos de maná, huellas borradas por el viento, silencios demasiado largos. Ninguno hablaba. La Reina avanzaba con el ceño fruncido, impaciente, mientras Enkidu caminaba detrás, atento a la tierra misma, como si pudiera escucharla respirar y en cierta forma podia.

.

.

Mientras tanto, Tn llegó al Bosque de los Cedros.

El cambio fue inmediato.

La arena dio paso a raíces gigantescas. El aire se volvió espeso, antiguo, cargado de resina y de algo más… algo vivo. Los cedros se alzaban como columnas del cielo, tan altos que ocultaban el sol. Cada paso resonaba con un eco profundo, como si el bosque recordara cada intruso que alguna vez osó cruzarlo.

Tn se detuvo.

—Así que este es… —murmuró— el bosque de Humbaba.

Sabía la historia.

Humbaba, el gigante temible.

Guardián designado por el dios Enlil.

Una fuerza de la naturaleza más que una criatura.

Se decía que poseía siete auras, siete resplandores divinos que lo protegían y lo hacían casi invencible. Su aliento traía muerte, su boca escupía fuego, y su rugido era comparable al diluvio que una vez arrasó el mundo. Bastaba escucharlo para que los corazones se paralizaran.

Tn tragó saliva.

—No tengo elección… —susurró.

Debía cruzar ese bosque si quería continuar su camino hacia el sabio. Y aunque era una creación divina, hecha de los minerales más puros y hermosos de la tierra, no era un guerrero. No contra algo así.

Aun así, avanzó.

Su conexión con la tierra le daba una extraña guía. No veía senderos claros, pero sentía cuál camino elegir, como si las raíces mismas le susurraran por dónde caminar. El bosque parecía observarlo, evaluarlo.

Entonces, el aire cambió.

Un calor repentino le rozó el rostro.

Tn se quedó inmóvil.

Un aliento caliente, pesado, cargado de ceniza, pasó junto a su mejilla. La tierra tembló con un paso gigantesco. Frente a él, la sombra se alzó lentamente, tapando la luz por completo.

Humbaba apareció.

Era enorme. Imponente.

Su cuerpo parecía hecho de madera viva y carne putrefacta, musculos imposibles, heridas que parecian escupir icor negro. Su rostro, deformado y terrible, tenía ojos que ardían como brasas enterradas en la noche. Las siete auras palpitaban a su alrededor, capas de poder que distorsionaban el aire.

Una mano horripilante, del tamaño de un muro, se extendió y acarició la mejilla de Tn.

Tn sintió el terror atravesarle el pecho.

—Pequeña cosa brillante… —rugió Humbaba, con una voz que parecía venir de todas partes—. ¿Por qué has entrado en mi bosque?

Cada palabra retumbaba como un trueno.

Tn sintió que estaba frente a un monstruo absoluto.

Como una gacela frente a un león.

Presas que Gilgamesh solia cazar para comer.

Era como si la misma reina de oro lo mirara con hambre.

Pero no retrocedió.

Reunió todo el valor que le quedaba, dio un paso adelante y se arrodilló, apoyando una rodilla en la tierra del bosque.

—No vengo a profanar su bosque—dijo, con voz firme pese al temblor—. Necesito cruzar tu dominio. Mi camino me obliga a hacerlo.

Humbaba inclinó la cabeza, curioso.

El gigante olfateó el aire alrededor de Tn, aspirando profundamente.

—Hm… —gruñó—. Tu esencia no es humana.

La mano volvió a acercarse, recorriendo su hombro, su cuello.

—Eres una creación divina… —continuó—. Nacido de la tierra misma.

Tn levantó un poco la mirada, sin desafiarlo.

—No busco desafiarte —añadió—. Solo avanzar.

Hubo un largo silencio.

El bosque entero parecía contener el aliento.

Finalmente, Humbaba retiró la mano.

—Te permitiré el paso —dijo—. Porque la tierra te reconoce como uno de los suyos.

Tn soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Gracias… —murmuró.

Pero antes de que pudiera levantarse, la enorme mano volvió a posarse sobre su hombro.

Esta vez, ardió.

—¡Ah…! —jadeó Tn, apretando los dientes.

El dolor era intenso, como si fuego y raíz se entrelazaran bajo su piel. Humbaba presionó apenas un segundo más… y luego retiró la mano.

En el hombro de Tn quedó una marca oscura, irregular, como una cicatriz viva.

—Es mi señal —gruñó el guardián—. Prueba de que cruzaste mi bosque con permiso… y también una maldición.

Tn respiraba agitadamente.

—¿Maldición…?

—Dondequiera que vayas —continuó Humbaba—, los bosques te dejarán entrar. Pero los animales te temerán. Te rechazarán. La vida salvaje sentirá mi marca y se apartará de ti.

Tn bajó la mirada, apretando el puño.

—Lo acepto —dijo—. Si ese es el precio.

Humbaba soltó una risa profunda, como madera quebrándose.

—Valiente… o necio. Tal vez ambas cosas.

El gigante dio un paso atrás, abriendo el camino entre los cedros.

—Sigue —ordenó—. Y no mires atrás.

Tn se levantó lentamente.

—No lo haré —respondió.

Y así, marcado por el guardián del bosque, siguió su camino entre los cedros, avanzando hacia un destino incierto.

.

.

.

Muy lejos de allí, Gilgamesh sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—…Tn —murmuró, sin saber por qué.

Sentia que alguien hbaia profanado algo de su propiedad.

De algún modo, Gilgamesh lo sintió.

No fue una herida ni un presagio claro, sino una punzada incómoda en el pecho, como si alguien hubiese tocado algo que le pertenecía. Algo suyo. Frunció el ceño, irritada, llevándose una mano al cuello.

—Tch… —chasqueó la lengua—. Qué sensación tan desagradable.

No sabía por qué, pero un celoso desasosiego le recorría la mente. No era rabia pura, no aún… era esa incomodidad amarga que solo aparecía cuando alguien osaba cruzar un límite invisible.

—Me desquitaré cazando —gruñó—. Un jabalí salvaje debería bastar.

Lo que siguió, sin embargo, fue excesivo incluso para ella.

Arrasó con toda una manada.

Gilgamesh regresó al claro con varios cuerpos a cuestas, arrojándolos al suelo con descuido. El fuego ya estaba encendido; sabía preparar la carne, lo había hecho incontables veces al lado de Tn incluso mientras follaban diablos era su parte favorita, cazar,follar,comer y follar mas tarde, cuando escapaban de los protocolos y jugaban a ser algo más que realeza y creación divina.

—Hace tiempo que no cocino —murmuró, removiendo las brasas—. Tn siempre decía que me apresuraba demasiado…

Enkidu observaba en silencio, sentado sobre una roca. No necesitaba alimento, pero tampoco se apartaba. Miraba el fuego, las manos de la Reina, el modo en que su rostro parecía más humano cuando hacía algo tan simple.

—No comes —comentó Gilgamesh sin mirarlo.

—No lo necesito —respondió Enkidu—. Pero me quedaré a probar.

Ella no replicó. Durante un instante, el viento fue suave, casi tranquilo.

Entonces, un rugido.

El aire vibró. El viento sopló con violencia, apagando el fuego de golpe. El cabello de Gilgamesh y Enkidu se agitó como si una tormenta hubiera nacido de la nada.

—…Ese sonido —murmuró Enkidu, poniéndose de pie—. No es natural.

Del fondo del bosque, los cedros se sacudieron. La tierra tembló con pasos pesados.

—¿QUIÉN… —tronó una voz profunda— …HA OSADO ENTRAR A MI BOSQUE?

Las sombras se apartaron y Humbaba emergió.

Gigantesco. Antiguo. Las siete auras palpitaban a su alrededor como capas de poder vivo. El aliento caliente escapaba de su boca, y sus ojos ardían con furia divina.

Gilgamesh lo reconoció al instante.

—Humbaba… —dijo, con una sonrisa torcida—. Así que el perro de Enlil sigue con vida.

Enkidu tensó el cuerpo. No conocía su nombre, pero sentía la particularidad del monstruo. No era solo fuerza: era mandato, era castigo. Era el mismo.

Humbaba alzó la cabeza, rugiendo de nuevo.

—¡RESPONDAN! ¿QUIÉN OSA PROFANAR MI DOMINIO?

Gilgamesh dio un paso al frente, orgullosa, con el pecho en alto.

—Oye, bestia —dijo con desdén—. Lárgate antes de que se me termine la paciencia y cuelgue tu horrenda cabeza en los muros de Uruk.

La Puerta de Babilonia se abrió detrás de ella, irradiando luz dorada. Armas comenzaron a asomarse lentamente. A su lado, Enkidu extendió los brazos, y cadenas de arcilla y oro se formaron alrededor de su cuerpo.

Humbaba soltó una carcajada grave.

—¿No saben quién soy? —rugió—. Soy el guardián del Bosque de los Cedros. Designado por los dioses.

Gilgamesh alzó el mentón.

—Y yo soy Gilgamesh —respondió—. Reina de Uruk. Tú solo eres una bestia mestiza impertinente. Arrodíllate… o te destruiré.

El rugido que siguió fue ensordecedor.

Humbaba escupió fuego.

Un torrente de llamas avanzó como una ola, envolviendo a ambos. El calor fue brutal… pero cuando las llamas se disiparon, cetros mágicos flotaban frente a Gilgamesh, formando un escudo perfecto. Enkidu, por su parte, estaba cubierto por capas de cadenas que habían absorbido el impacto.

Gilgamesh chasqueó la lengua.

—Bien… —murmuró—. Así me gusta.

Alzó la mano.

—Adelante.

La Puerta de Babilonia se abrió por completo.

Espadas, lanzas y armas antiguas salieron disparadas como estrellas fugaces, todas dirigidas contra Humbaba. El monstruo rugió, alzando los brazos para resistir, mientras Enkidu avanzaba, las cadenas extendiéndose para sujetar, frenar, limitar.

—No retrocedas —dijo Enkidu, serio—. Es peligroso.

Gilgamesh sonrió, con esa expresión salvaje que solo aparecía en la batalla.

—¿Retroceder? —rió—. Justo ahora que empiezo a divertirme.

.

.

Muy lejos de allí, en lo profundo del bosque, Tn sintió la marca arder en su hombro.

Y supo, con un nudo en el pecho, que el Bosque de los Cedros estaba a punto de convertirse en un campo de guerra.

Una espada pasó rozando la cabeza de Humbaba.

El aire silbó, cortado por el filo, y el guardián del bosque rugió como un diluvio, un sonido tan antiguo que hizo vibrar los cedros hasta la raíz. La tierra se abrió en grietas finas bajo su furia.

—¡GRRRRAAAAH!

Antes de que pudiera avanzar, Enkidu golpeó el suelo con el pie.

—Quédate… ahí.

Las Cadenas del Cielo surgieron desde la tierra, sujetando las piernas del monstruo y anclándolo al bosque como si la propia naturaleza lo reclamara. Humbaba forcejeó, arrancando árboles de cuajo con sus movimientos.

Gilgamesh no perdió tiempo.

—¡Mere Zashuu!

La Reina se arrojó hacia adelante, una lanza dorada en la mano. La lanzó con toda la fuerza de su linaje. El arma voló como un rayo… y se hizo trizas al chocar contra las auras del monstruo.

—Tch —gruñó Gilgamesh—. Molesto.

Múltiples círculos de oro puro se abrieron a su alrededor, girando con precisión divina.

—Entonces probemos con cantidad.

La Puerta de Babilonia respondió.

Decenas. Luego cientos.

Clank. clank,clank,clank,clank,clank,clank,clank,clank,clank.

Espadas, hachas, lanzas, dagas y armas de formas imposibles bombardearon a Humbaba desde todos los ángulos. El bosque fue destrozado por el impacto; el fuego se alzó, la madera explotó, la tierra se volvió ceniza.

Cuando el humo se disipó… Humbaba seguía en pie.

Sus auras estaban agrietadas. Algunas armas lo habían atravesado. Sangre negra caía lentamente al suelo.

Gilgamesh frunció el ceño.

—Persistente.

Con un rugido de furia, Humbaba rompió las cadenas y se lanzó contra Enkidu, sus garras descendiendo como montañas.

—¡ENKIDU!

Pero Enkidu ya se movía.

Derecha.

Izquierda.

Arriba.

Abajo.

Su cuerpo fluía como arcilla viva, esquivando cada ataque por un margen mínimo, como una hoja danzando en el viento.

—Eres fuerte —dijo Enkidu con calma—. Pero torpe, ahora comienzo apreciar mas el cuerpo humano, tiene una gran ventaja.

Gilgamesh, mientras tanto, caminaba con tranquilidad, revisando su arsenal invisible.

—Veamos… no… esto ya lo usé… ah, aquí.

El combate continuó.

El bosque fue arrasado.

El fuego y el metal dominaron el paisaje.

La bestia lo sintió.

Mas y mas aatques.

En el cielo Humbaba chocaba contra la reina de oro.

Pero.

En lo profundo de su mente, Humbaba lo comprendió.

La muerte.

No como un golpe repentino, sino como un abrazo frío que se acercaba lentamente. Más armas atravesaban su cuerpo. Sus auras se apagaban una a una.

—No… —gruñó—. No… así…

Gilgamesh lo observaba con asco, sin ocultarlo.

—¿Cómo te atreves… —murmuró—. ¿Cómo te atreves tú, guardián de barro, a resistirme?

Humbaba extendió sus garras en un último intento de desgarrarla.

—¡GILGAMESH!

Ella esquivó con elegancia, girando sobre sí misma, mientras más armas lo atravesaban.

Lanzas atravesando el torso, espadas los brazos y cuello, piernas magulladas por hachas.

Finalmente, Humbaba cayó.

El suelo tembló al recibir su cuerpo. La sangre negra se extendió como tinta derramada. El monstruo respiraba con dificultad.

Gilgamesh caminó hacia él, paso a paso.

—Ya he perdido suficiente tiempo contigo —dijo con frialdad.

Humbaba alzó la mirada.

Y pensó en una sola cosa.

Aquel ser de minerales.

Aquella creación divina que había cruzado su bosque.

Aquel que, temblando, lo había mirado a los ojos.

Si iba a morir… entonces haría lo mismo.

El monstruo sonrió.

—Puedo olerlo… —susurró—. GrrrrPuedo oler el aroma de ese mineral en ti. Su esencia impregna tu cuerpo y vientre. -Rio escupiendo mas sangre negra-.Me das asco, aprobecharte de tal ser.

Gilgamesh se detuvo.

—Es… casi gracioso —continuó Humbaba—. Y patético. Cómo suplicas por él.

El ojo carmesí de Gilgamesh tembló.

El aire se volvió pesado.

—…¿Cómo te atreves?

Su voz era baja. Demasiado baja.

—¿Cómo te atreves… —repitió— a siquiera mencionar su nombre con tu sucia lengua?

Los círculos dorados se multiplicaron. La Puerta de Babilonia se abrió una y otra vez.

—¡CÁLLATE!

Las armas explotaron contra el cuerpo de Humbaba. Cada disparo hacía estallar la tierra. El bosque dejó de existir; solo quedaban cráteres humeantes.

*Explosion*

—¡MÁS!

*Explosion*

—¡MÁS!

*Exposion*

Gilgamesh gritaba, perdiendo el control, descargando todo su poder, su rabia, su miedo.

Hasta que una mano firme se posó en su hombro.

—Gilgamesh.

Enkidu.

—Basta.

Ella se quedó inmóvil, respirando con dificultad. Las armas se detuvieron en el aire… y luego desaparecieron.

El cuerpo de Humbaba yacía inerte.

Gilgamesh apretó los dientes, los puños temblando.

—No vuelvas a mencionar lo que es mío —susurró al cadáver.

Enkidu la observó en silencio.

Y por primera vez, comprendió.

No era solo tiranía.

No era solo orgullo.

Era posesión.

Y el nombre de esa posesión… era Tn.

—¿Quieres que descansemos? —preguntó su mejor amigo con voz grave.

Gilgamesh negó débilmente.

Su cabello dorado caía hacia adelante, cubriéndole los ojos. No miraba el camino; miraba hacia dentro. El rugido de Humbaba aún resonaba en su mente… pero más fuerte era la ausencia.

—No —murmuró al fin—. Sigamos.

Alzó el rostro apenas, respiró hondo.

—Si pudimos luchar seis días… puedo caminar seis más si hace falta.

Enkidu la observó en silencio. No discutió. Simplemente comenzó a caminar a su lado.

Pero el rastro de Tn se volvía cada vez más tenue. Su mana, antes claro para ella como un hilo dorado, ahora se dispersaba como arena entre los dedos.

Gilgamesh apretó la mandíbula.

—No te escondas de mí… —susurró, más para sí que para Enkidu.

.

.

.

Muy lejos de allí, Tn avanzaba con pasos cansados.

Había cruzado desiertos, colinas áridas y tierras donde el viento parecía llevar siglos soplando. Y entonces, al coronar una colina, lo vio.

Una cabaña de piedra.

Y frente a ella, un hombre.

No era un anciano.

Tenía el cabello rubio, corto, peinado hacia abajo. Ojos verdes marinos, tranquilos como un lago profundo. Vestía ropajes carmesí y azul apagado. Le faltaba un brazo.

Tn se quedó quieto.

—…Disculpe —dijo con cautela—. ¿Es usted… Utnapishtim?

El hombre soltó una risa suave.

—Ah… —dijo, llevándose la mano al mentón—. Hace mucho que nadie me llama así.

Lo miró con curiosidad, de arriba abajo.

—Pasa —añadió—. No todos llegan hasta aquí. Menos aún con esa pinta tan descuidada.

Tn dudó un segundo… y entró.

La cabaña era demasiado simple. Una mesa al centro. Una pequeña cocina. Nada más. Nada que delatara a un sabio inmortal.

El hombre tomó dos copas y, con su único brazo, sirvió un líquido espumoso.

—Bebe —dijo—. Es solo cerveza casera.

Tn dio un sorbo. Asintió.

—Gracias.

El hombre bebió también y dejó escapar un largo suspiro, como si el tiempo pesara más que el cuerpo.

—Ahora dime —preguntó—. ¿Por qué alguien como tú ha venido tan lejos?

Tn bajó la mirada.

—Busco al sabio inmortal —respondió—. Aquel que sobrevivió al diluvio.

El hombre sonrió de lado.

—“Sabio”… —repitió—. No soy tan sabio como dicen.

Lo observó con atención.

—¿Qué necesitas de mí?

Tn apretó los dedos contra la copa. Luego, con un gesto lento, inclinó la cabeza.

—Necesito su conocimiento —dijo—. Para ayudar a mi amiga… a mi ama… a mi Reina.

Alzó el rostro, los ojos brillando.

—Los dioses han enviado una bestia divina de barro para matarla. Yo… no soy lo bastante fuerte. Necesito saber cómo ayudarla. Cómo salvarla.

El hombre cerró los ojos.

Guardó silencio durante varios segundos.

Cuando habló, su voz ya no era ligera.

—Así que… Gilgamesh —murmuró.

Abrió los ojos y miró a Tn directamente.

—Dime, creación de minerales… —dijo con calma—.

¿Quieres salvarla de los dioses… o de sí misma?

El aire se volvió pesado.

Muy lejos, Gilgamesh se detuvo de golpe.

Se llevó una mano al pecho, respirando con dificultad.

—…Tn —susurró—. Te encontré.

.

.

.

Tn no supo qué responder.

Abrió la boca… y la cerró otra vez.

El hombre frente a él suspiró, apoyándose levemente contra la mesa.

—No te culpo —dijo con voz tranquila—. Es una pregunta incómoda incluso para los dioses.

Se quedó pensativo un instante.

—Mi conocimiento es… laxo —admitió—. Antiguo, fragmentado. Dudo que algo de lo que sé pueda detener realmente a una creación divina.

Tn bajó la mirada, pero no apartó la atención.

—Sin embargo —continuó el hombre—, puedo darte algo.

Tn alzó la cabeza.

—¿Qué cosa?

El sabio no respondió de inmediato. Afuera, algunos pájaros se posaron en una rama cercana, inclinando la cabeza como si escucharan. El viento se llevó las palabras que siguieron.

Nadie más las oyó.

Cuando el silencio volvió, Tn respiraba distinto. Sus ojos ya no eran los mismos.

.

.

.

Mientras tanto, muy lejos de allí…

—Te encontré… —había murmurado Gilgamesh.

Pero al salir del bosque no encontró más que un precipicio.

Un vacío inmenso se abría frente a ella, con montañas lejanas bañadas por la luz dorada del atardecer.

Enkidu se detuvo.

—Es una vista hermosa —dijo con sinceridad.

Gilgamesh bajó la cabeza.

Y comenzó a reír.

Primero fue una risa corta, seca. Luego creció, quebrada, hasta convertirse en una carcajada abierta, casi furiosa.

—¿Me están jodiendo…? —rió—. Tn… ¿dónde estás?

Alzó el rostro y gritó con toda la voz que tenía.

—¡APARECE YA! ¡O EN SERIO ME VOY A ENOJAR!

Sus manos temblaban.

Estaba enojada.

Frustrada.

—Ya… —murmuró, respirando agitada—. Ya solo quería encontrarte… volver al reino… dormir contigo en mi cama…

Apretó los dientes.

—¿Y si me estás evitando…?

Recordó la última vez que lo había visto. Su tono. Su arrogancia. Su forma de mandar sin escuchar.

—Sí… me comporté como una tonta —admitió en voz baja—. Pero no era para tanto…

Se giró bruscamente.

—Tal vez huiste cuando Enkidu te atacó —dijo, mirándolo de reojo—. Pero debiste volver a Uruk. Debías.

Silencio.

—No… —negó para sí misma—. Eso es imposible.

Alzó el mentón, orgullosa incluso en la duda.

—Fuiste creado como un regalo para mí. No puedes dejarme por voluntad propia.

Pero el vacío no respondió.

.

.

Con el viaje frustrado, Gilgamesh y Enkidu regresaron a Uruk.

Y el reino… había cambiado.

La Reina gobernaba con más cuidado. Escuchaba. Pensaba. El decreto de tomar a las novias en su primera noche había sido abolido. Las bodas volvían a ser celebraciones, no temores.

El pueblo comenzó a aclamarla no solo por su fuerza, sino por su juicio.

—Nuestra Reina ha madurado —decían.

Enkidu permanecía siempre a su lado, silencioso, firme.

.

.

.

Por su parte, Tn no supo cuánto tiempo había pasado cuando salió de la choza.

El sol estaba en otro punto del cielo.

Su corazón, en otro lugar.

Sabía qué hacer.

Se volvió hacia el hombre.

—Gracias —dijo con una inclinación profunda—. No olvidaré sus palabras.

El sabio sonrió apenas.

—Ve, entonces.

Tn dudó un segundo.

—Ave… Hermes —dijo, probando el nombre.

El hombre rió suavemente.

—je.Buen viaje.

.

.

.

Cuando Tn llegó a Uruk, la ciudad lo reconoció.

—¡Es él!

—¡Ha vuelto!

—¡El favorito de la Reina!

Sonrisas. Saludos. Alivio.

Tn devolvió las reverencias y se dirigió directo al palacio.

Esperaba encontrarlo vacío.

Pero no lo estaba.

Siduri estaba entregando tablillas de arcilla a Gilgamesh, quien parecía absorta en su trabajo. En el jardín, una figura de largo cabello verde observaba las flores con calma.

Tn se detuvo.

—…Enkidu —murmuró.

Lo reconoció al instante. Desprendía la misma aura que la bestia que lo había atacado.

Gilgamesh alzó la vista.

Parpadeó.

Sus ojos se abrieron de golpe.

—…Tn?

Se levantó de inmediato.

Tn se rascó la nuca, nervioso.

—No esperaba verte tan… bien —dijo con una sonrisa insegura.

Ella se acercó lentamente.

—Fui a buscar ayuda —explicó él—. Un sabio. Para combatir a la bestia divina. El viaje fue largo… y el conocimiento tardó en llegar…Y yo bueno no espe-

Se quedó callado cuando Gilgamesh lo abrazó de golpe.

Fuerte. Desesperada.

Tn sintió algo húmedo en su cuello.

—Zashuu… tonto… —murmuró ella, con la voz quebrada—. No vuelvas a desaparecer así.

Él dudó un segundo… y la rodeó con los brazos.

—Lo siento —susurró—. Ya no volveré a irme sin decir nada.

Enkidu los observó en silencio.

Y por segunda vez desde su creación, sonrió.

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VAAAAMOOOOOOOOOS YA CASI ACABO CARAJO SNIFFFF SNIIIFFFF WOW estoy casi llorando de esta interminable lista ;D y bueno espero y sigamos con esto por un buen tiempo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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