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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 277

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Capítulo 277: Arteria Lancer and Alter parte 4 fgo

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio

Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

OK sean honestos levanten la mano quien se lee los poemas y los avisos al final. Aver aver díganlo no sean tímidos (prepara su rifle para los que no lo hicieron)

—

Dos reyes,

un solo corazón.

Dos desgracias,

un solo acto.

El rey de las tormentas

y el rey del fin de Britania

reposan ahora

en el corazón mortal

de un chico que sufrió demasiado.

Un corazón cansado,

herido por batallas

que nadie vio.

Pero no temas…

Nosotras estamos aquí.

Aunque seamos llamadas mujeres,

nuestro título es de reyes.

Y como reyes,

juramos protegerte.

Seremos tu lanza

contra el mundo cruel,

tu escudo

cuando la noche se vuelva interminable.

Pero no te sorprendas

cuando veas nuestra verdadera naturaleza.

No somos doncellas de cuentos,

somos tormenta,

somos ruina,

somos el eco

de un reino que cayó.

Aun así…

Si tu corazón tiembla,

si el cansancio te vence,

si el mundo vuelve a darte la espalda…

Recuerda esto, maestro:

Dos reyes

custodian tu corazón.

Y mientras ese corazón siga latiendo,

te protegeremos siempre.

_______________________________________

La prioridad era clara: localizar la señal del Servant que, en teoría, tenía el peso suficiente para enfrentarse al Rey Artoria.

Tn sostuvo el comunicador con la mano aún temblorosa por el gasto de mana.

—Chaldea… ¿es posible recibir más apoyo? Aunque sea información de los maestros que quedan —preguntó con voz cansada pero firme. Contando, quedaban como 5 másters femeninas y 3 varones, contándolo a el.

La respuesta tardó un segundo, entre interferencias.

—Estamos en eso —respondió Romani—. El sistema todavía está inestable, pero Da Vinci y yo estamos forzando las reparaciones. Olga Marie está… bueno, organizándolo todo a su manera.

Desde la playa, Bedivere clavó la vista en el horizonte irlandés, serio.

—Espero que ese Servant tenga la fuerza necesaria. Rivalizar con mi Rey no es algo que cualquiera pueda hacer.

Cu Chulainn soltó una risa despreocupada, apoyando su lanza en el hombro.

—Bah, si me dieran suficiente tiempo y mana, yo mismo podría bajarla del cielo.

Tn giró la cabeza y lo miró con agotamiento evidente mientras ponia los ojos en blanco.

—Claro… como cuando “casi” nos mata con un bombardeo mágico y tuvimos que escondernos bajo tierra.

—¡Oye! —protestó Cu—. ¡Atacar desde el aire es trampa! Si yo pudiera volar, ya habría subido a ese Camelot flotante para bajarla a golpes, te lo aseguro.

Del comunicador se oyó un suspiro largo.

—Eso suena muy heroico —dijo Romani—, pero el problema sigue siendo el mismo. ¿Cómo piensan buscar a ese Servant en toda Irlanda? Su firma de mana es fuerte, sí, pero también muy rápida.

Cu mostró una sonrisa ladeada, esa que siempre significaba problemas.

—Fácil. Cargo al maestro y corro hasta encontrarlo.

—¿Qué? —Tn abrió los ojos—. ¿Correr… toda Irlanda?

—Exacto —asintió Cu—. Tú te concentras en sentir la señal, yo me encargo de las piernas. Antes de que se dé cuenta, estaremos frente a frente.

Bedivere suspiró, cruzándose de brazos.

—No me agrada el plan… pero admito que es eficiente.

Tn dudó un instante, mirando el comunicador.

—Romani, Da Vinci… vamos a movernos. Si detecto cualquier cambio en la señal, aviso de inmediato.

—Entendido —respondió Da Vinci con entusiasmo—. ¡Por favor, no agoten todo su mana en los primeros diez minutos!

Cu ya se había agachado frente a él.

—Vamos, maestro. Agárrate bien.

Tn subió a su espalda con un gruñido resignado.

—Si me mareo otra vez, te juro que…

—¡Ja! —rió Cu, echándose a correr—. ¡Bienvenido al tour exprés por Irlanda!

Bedivere los observó alejarse a una velocidad imposible para un humano, ajustando el brillo apagado de su brazo de plata.

—Que los dioses nos amparen… —murmuró antes de seguirlos, manteniendo el paso como podía.

En algún punto de esa tierra maldita, el Servant de cabello rojo caminaba sin saber que ya lo estaban buscando.

.

.

La velocidad a la que corría el Lancer era sencillamente absurda. No por nada Cu Chulainn tenía Agilidad rango A, aunque su Suerte fuera E, como si el mundo mismo se empeñara en equilibrar las cosas a golpes.

Tn sentía el viento azotarle el rostro, su cabello ondeando sin control mientras cerraba los ojos y afinaba los sentidos, buscando esa firma de mana entre el caos de la Singularidad.

—Más a la izquierda… no, espera… ahora al frente —murmuró cerca del oído de Cu.

—Ja, así me gusta —respondió el celta, acelerando todavía más—. Dame dirección y yo pongo las piernas.

.

.

.

En Chaldea, Leonardo da Vinci observaba con el ceño fruncido los monitores. El flujo de mana hacia Cu Chulainn descendía peligrosamente.

La cámara secundaria mostraba a Alisa Mikhailovna Kujou, pálida, temblando, los labios manchados de espuma blanca.

—Esto es malo… —murmuró Da Vinci—. Está forzando su circuito mágico más allá del límite.

—¡Alisa, respira! —Romani la sostuvo de los hombros—. Detén el flujo, ya, ¡o vas a colapsar!

—N-no… —balbuceó ella—. Si paro… el Servant…

—¡Si sigues, mueres! Rapido traigan mas fluidos y electrolitos—le gritó Romani, aplicando tratamiento de emergencia.

Aun así, el mana seguía fluyendo… más débil, más inestable.

.

.

.

En la Singularidad, Tn sintió el tirón.

El consumo se volvía errático, como una cuerda a punto de romperse.

—Cu… tenemos poco tiempo —susurró—. Alisa no va a aguantar mucho más.

—Entonces lo encontraremos antes —gruñó el Lancer, apretando los dientes—. Dime dónde.

Horas pasaron como un parpadeo roto.

Finalmente, el paisaje cambió.

Colinas verdes.

Piedras erguidas cubiertas de símbolos antiguos.

Restos de chozas circulares.

—…Una aldea celta —dijo Tn, abriendo los ojos.

Cu se detuvo al fin, dejando a Tn en el suelo con cuidado poco habitual en él.

—Hah… —respiró hondo—. Nada como volver a casa. Hermosa, ¿no?

Bedivere llegó unos segundos después, apoyando una mano en su rodilla, jadeando.

—Admito… que esta velocidad… no seria *jadear* posible *jadear* si no fuera un servant.

Pero algo estaba mal.

El lugar estaba vacío.

Ni humo.

Ni pasos.

Ni voces.

No habia nada humano a la vista.

Tn activó el comunicador.

—Da Vinci… llegamos a la ubicación. Es una aldea, pero no hay nadie. Ninguna forma de vida humana detectable.

Cu frunció el ceño y alzó la voz, rompiendo el silencio.

—¡OI! ¿¡HAY ALGUIEN EN CASA!? ¡SOY YO, CU CHULAINN!

Su voz retumbó entre las piedras.

—¡Láeg! ¡Ferdiad! ¡Conall! ¡Vamos, dejen de esconderse!. Salgan y vayamos a pelear contra una loca esterica que les parece.

Nada.

El viento respondió… y luego, una risa.

—Vaya escándalo… jamás pensé que extrañaría gritos así.

La voz era masculina, calmada, casi divertida.

En un solo movimiento, Bedivere se colocó delante de Tn, su brazo de plata brillando débilmente.

Cu invocó Gáe Bolg, la lanza materializándose con un pulso violento de mana.

—Sal —ordenó Cu—. No me gustan los juegos.

Desde el fondo de la aldea, una figura avanzó.

Un joven esbelto, de porte regio.

Cabello largo rojizo, casi anaranjado, recogido con elegancia.

Vestía túnicas rojas y blancas, con detalles de armadura ligera y una capa que se movía con gracia antinatural.

Su presencia era… divina, pero serena.

En Chaldea, Da Vinci abrió los ojos de par en par.

—No puede ser…

Los monitores se llenaron de datos.

—Identificación confirmada… Santo Grial detectado como catalizador secundario —susurró—. Clase Saber…

Y entonces lo dijo, casi con reverencia.

—Rama.

El séptimo avatar de Vishnu… Rey de Ayodhya.

El recién llegado inclinó ligeramente la cabeza, sonriendo con melancolía.

—Busco a mi amada, Sita… pero en su lugar encuentro ruido,pero nada del paradero de mi amada, supongo que tiene que ver con la presencia que percivo lejos de esta isla .

Cu Chulainn lo observó unos segundos… y luego soltó una carcajada.

—Bueno, miren nada más —dijo señalándolo con la lanza—. Corrimos media Irlanda y nos encontramos con otro dios.

Tn tragó saliva, sintiendo cómo el mana alrededor del Saber vibraba como un sol contenido.

—Da Vinci… —murmuró—. Creo que… lo encontramos.

Rama los miró uno a uno, sus ojos brillando con curiosidad y algo más profundo… tristeza.

—Decidme —preguntó con calma—.

¿Vosotros también sois… almas que desean poner fin a este reino roto?

El aire se volvió pesado.

Y por esa vez desde que pisaron Irlanda, la esperanza y el peligro caminaron de la mano.

Aunque poseía una personalidad algo arrogante, Rama era, en esencia, un joven que se forjaba a sí mismo día tras día, alguien que sin duda podía convertirse en un gran rey. Era amable con quienes estaban bajo su cuidado, respetuoso incluso con los animales y atento a los detalles más simples —como ayudar a otros a construir un puente—, pero su mirada se endurecía cuando el tema giraba en torno a reyes tiranos.

Odiaba el mal, aunque comprendía cuán peligrosa podía ser una justicia ciega. Aun así, creía firmemente que el mundo debía seguir cantando a la justicia, incluso en ruinas.

Tn activó el comunicador y proyectó un holograma frente a Rama. La imagen tembló un segundo antes de estabilizarse, mostrando a Leonardo da Vinci, quien comenzó a explicar la situación con rapidez, pero sin perder claridad: la incineración de la humanidad, la Singularidad, Britania devastada y el reinado absoluto del Rey Artoria.

Rama escuchó en silencio, los brazos cruzados, los ojos cerrados.

—Ya veo… —dijo al fin—. Si ese Rey Artoria se ha convertido en un tirano que condenó a la humanidad… entonces debe ser eliminado.

—Genial… —murmuró Cu Chulainn, rascándose la nuca—. Otro viajecito a Britania otra vez. Como si salir de ahí no nos hubiera costado sudor y casi la vida….Me pregunto si puedo atrapar a otro monstruo marino-.Murmuro eso ultimo pensando en su peculiar forma de viajar.

El cielo comenzaba a oscurecer; el sol ya se ocultaba tras las colinas irlandesas.

Tn dio un paso… y cojeó ligeramente.

Rama lo notó al instante. Se acercó sin decir palabra y apoyó la palma de su mano sobre el hombro del joven mago.

—Puedo aliviar ese dolor —dijo con calma.

Un resplandor verde surgió de su mano, cálido, envolvente. El cansancio en las piernas de Tn se disipó poco a poco, como si la tierra misma le devolviera fuerzas.

—Eso… —murmuró Bedivere con asombro— es hechicería curativa.

—Un don menor —respondió Rama—, pero útil. Podemos cazar aquí, descansar… y partir mañana hacia Britania.

—Me parece bien —gruñó Cu—. Yo iré a ver si hay algo decente para cenar.

Sin esperar respuesta, se internó entre los árboles.

Rama, por su parte, lanzó una pequeña chispa hacia un montón de ramas secas. El fuego prendió al instante, formando una fogata estable, cuya luz danzaba sobre las piedras antiguas de la aldea.

Bedivere se sentó junto a Tn, ambos observando las llamas por unos segundos en silencio.

—Rama… —preguntó Tn al fin—. ¿Por qué ayudarnos?

No es que desconfiara del servant, pero era algo paranoico luego de la explosion en chaldea que casi los mata a todos.

El Saber lo miró, serio, pero sin dureza.

—Porque he visto lo que hacen los tiranos cuando nadie se opone —respondió—. Y porque… —su voz bajó apenas— ya he perdido demasiado por culpa de reyes que se creían dioses.

Su maldicion fue culpa de un tirano para empezar.

El silencio volvió a caer… hasta que fue roto por una carcajada.

—¡JA! ¡CARAJO, QUÉ BUENA SUERTE TENEMOS!

Cu regresó arrastrando el cuerpo de un jabalí enorme, aún humeante.

—Encontré la cena —dijo orgulloso—. Y bastante grande, si me preguntan.

.

.

Tn finalmente cerró los ojos, recostado a un lado de la fogata. El jabalí que antes había sido enorme ahora no era más que huesos ennegrecidos, dispersos cerca del fuego. El calor le resultaba reconfortante; por primera vez desde la explosión en Chaldea, su cuerpo dejaba de temblar.

A unos pasos, Cu Chulainn se picaba los dientes con la uña, claramente satisfecho, soltando un leve bufido.

—Nada como una buena cacería para terminar el día —murmuró.

Bedivere permanecía sentado junto a Tn, vigilante incluso mientras el joven dormía. Frente a ellos, Rama observaba el fuego en silencio, con la mirada fija en las llamas danzantes.

—Tu rey… Artoria —dijo Rama al fin—. ¿Cómo pudo llegar a ese punto?

Bedivere tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz fue baja, cargada de culpa.

—Quería proteger Britania. De los bárbaros, de los invasores, de todo aquello que amenazaba la isla. Pero la lanza divina, Rhongomyniad, era demasiado poderosa… Al usarla sin restricciones, destruyó toda vida en la isla.

Apretó los dedos contra el suelo.

—La Singularidad es lo único que mantiene este lugar unido, separado del resto del mundo. En su deseo de proteger… terminó gobernándolo todo. Incluso a nosotros, sus caballeros.

El crepitar del fuego llenó el silencio.

—Yo morí —continuó Bedivere—. Pero regresé como Servant. No uno común… —alzó lentamente su brazo metálico—. Volví gracias a Merlin. Él me entregó este brazo de plata.

Cu abrió un ojo, claramente interesado.

—Oye, espera… —se incorporó un poco—. ¿Cómo demonios ese mago consiguió un brazo de un dios celta?

Bedivere negó con la cabeza.

—No lo sé. Merlin nunca lo explicó. Solo dijo que era “necesario”.

Rama frunció ligeramente el ceño, pensativo. Entonces, con un gesto calmado, invocó su arma. La luz tomó forma entre sus manos hasta solidificarse en una espada de presencia abrumadora.

—Brahmastra: Perfora Rakshasa Inmortal —dijo con solemnidad—. No nació como espada. Fue una flecha divina, remodelada a la fuerza para adaptarse a mi clase.

El aire alrededor vibró, como si incluso la noche reconociera su poder.

—Posee una fuerza inmensa contra enemigos demoníacos y aquellos que han trascendido lo humano —continuó Rama—. Si Artoria se ha convertido en algo divino… entonces quizá mi poder pueda equipararse al suyo.

Miró a Bedivere, firme.

—En combate directo… existe una posibilidad real de que gane.

Cu soltó una risa baja.

—Bueno, al menos no iremos a morir con las manos vacías.

Bedivere bajó la mirada hacia Tn, que dormía profundamente.

—Ojalá… que esto sea suficiente —murmuró.

Las llamas siguieron ardiendo, proyectando sombras largas sobre la aldea vacía. Aquella noche, entre dioses, héroes y un mago humano agotado, se estaba forjando el plan para enfrentar al Rey de las Tormentas.

.

.

.

.

Mientras tanto, en Chaldea, Romani Archaman finalmente logró estabilizar a Alisa. La joven yacía inconsciente sobre una camilla, con respiración regular y el rostro pálido, aún marcado por el esfuerzo extremo.

—Pulso estable… mana en niveles críticos, pero ya no está en peligro inmediato —murmuró Romani, cubriéndola con una manta—. Descansa… ya hiciste más de lo que nadie debería.

Salió del área médica con pasos pesados. El cansancio le colgaba de los hombros como una losa.

.

.

En otra ala de la base, Olga Marie regresó a su oficina con un par de trapos en la mano. Limpió en silencio el alcohol derramado, el olor aún persistente recordándole su propio descuido. Sin decir palabra, se dirigió a la ducha.

El agua caliente cayó sobre su cuerpo, llevándose el ardor, el cansancio… y el rastro del pánico contenido. Con manos temblorosas, se quitó las vendas que cubrían su ojo y parte del rostro. Cerró los ojos un instante, respiró hondo.

Cuando salió, más tranquila, se detuvo frente al espejo.

El blanco que debería rodear su ojo estaba teñido de rojo intenso.

—Hah… —soltó una risa seca—. Bueno… al menos no perdí la vista.

Seria malo para su orgullo femenino tener que usar un parche.

Observó con atención. Las heridas que había sufrido comenzaban a cerrar por sí solas, lentamente. No era normal… pero ahora no tenía tiempo para cuestionarlo.

—A seguir trabajando —murmuró.

Volvió a su oficina y retomó los informes. De las cinco maestras femeninas, Alisa quedaba bajo vigilancia médica constante. Las otras cuatro permanecían en sus recámaras, exhaustas y psicológicamente inestables.

De los dos varones restantes, uno había sufrido un colapso por estrés y murió horas antes de que pudeiran darle ayuda. El otro se había encerrado en su habitación, gritando incoherencias.

—“Todo fue planeado por Marisbury”… —leyó Olga con el ceño fruncido—. Absurdo.

Cerró el archivo con brusquedad.

—Ese desgraciado se voló los sesos hace más de un año —susurró—. Y me dejó todo esto.

Ordenó que mantuvieran al hombre encerrado bajo supervisión. No era peligroso… solo estaba paranoico.

Pasó a los documentos de reparación de las instalaciones. Generadores dañados, sistemas incompletos, personal insuficiente.

—Nos falta mano de obra… y tiempo —dijo en voz baja.

Da Vinci estaba a cargo de la Singularidad actual, pero los reportes eran claros: otras ocho Singularidades ya estaban en formación. Con más energía, podrían enviar más Masters… pero no la tenían.

Incluso para invocar a mas servants tienen problemas.

Una lágrima cayó sobre el escritorio.

Olga parpadeó, sorprendida.

—…¿Eh?

Se frotó el ojo. No se sentía especialmente triste. No lo suficiente como para llorar. Sin embargo, solo ese ojo seguía lagrimeando… sin detenerse.

—Esto no es normal…

Presionó el comunicador.

—Aquí la directora. Solicito asistencia médica inmediata.

No tardó mucho en llegar un enfermero, que examinó su ojo con cuidado.

.

.

—Directora —dijo tras unos minutos—, el diagnóstico es epífora. El traumatismo ocular que sufrió pudo haber causado inflamación o daño en el sistema lagrimal. Es común que el ojo llore de forma periódica.

—¿Peligroso? —preguntó Olga, seca.

—Molesto. Doloroso a veces. Pero tratable. Le dare algunas pastillas y deberia estar bien.

Olga asintió lentamente.

—Entonces… sigamos.

El enfermero se retiró. Olga quedó sola, sentada frente a la montaña de informes, con un ojo enrojecido que no dejaba de llorar… y el peso de toda la humanidad descansando sobre sus hombros.

Hombros que solo querían dejarse caer.

Pasaron horas hasta que Olga Marie Animusphere terminó quedándose dormida sobre los archivos, la frente apoyada en un mar de documentos y reportes incompletos. El parpadeo constante de las pantallas fue lo último que vio antes de que el cansancio la venciera.

.

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.

En la sala de control, Leonardo da Vinci seguía despierta. Monitoreaba la Singularidad con una taza de café en la mano, sorbiendo con calma mientras las lecturas se actualizaban.

—Slurrpppp Veamos… —murmuró—. Bien, bien… Tn y los tres Servants ya se dirigen de nuevo a la costa.

Dejó la taza a un lado, pensativa.

—Usar otra bestia marina sería… —hizo una mueca— una pésima idea. Cu quema mana como si fuera leña, y Tn ya está al límite.

Sus ojos se iluminaron de pronto.

—Entonces… ¡no bestias!

Salió corriendo hacia su taller, atravesando pasillos llenos de cajas, piezas rotas y prototipos olvidados.

—Tiene que haber algo… algo… ¡vamos, Da Vinci, piensa!

Revolvió estantes, abrió cajones, tiró cosas al suelo.

—Nada… nada… nada…

De pronto—

—¡BINGO!

Una torre entera de chatarra se desplomó sobre su cabeza.

—¡AU! ¡MALDICIÓN! —gimió, cayendo al suelo.

Tardó unos segundos en levantarse, refunfuñando mientras se sobaba la cabeza.

—La genialidad siempre es incomprendida…

Entre los escombros, sacó una caja sellada. La abrió y sonrió de oreja a oreja.

—Lancha inflable de emergencia, modelo polar —leyó—. No es elegante… pero flota bastante bien y aguantaria incluso el peso de una morsa.

Corrió de vuelta a la sala de control.

—Esto es peligrosísimo —dijo mientras activaba el sistema—. Pero con tres Servants escoltándolo… debería bastar.

La máquina de Rayshift se activó, pero el consumo fue inmediato. Da Vinci apretó los dientes mientras su propio mana alimentaba el envío.

—Ugh… esto me va a doler mañana…

Cuando la transferencia terminó, cayó casi de rodillas, respirando agitada.

—…Hecho.

.

.

.

.

.

En la Singularidad, Tn y el grupo ya estaban en la costa. El mar se extendía tranquilo, demasiado tranquilo.

—Bueno —dijo Cu Chulainn, estirándose—. Hora de buscar otro monstruo acuático.

Empezó a quitarse la camisa.

—Cu… —advirtió Bedivere—. ¿Seguro que—

Antes de terminar la frase, una caja cayó del cielo y le golpeó a Cu directamente en la cabeza.

—¡¿QUÉ CARAJ—?!

La caja rebotó en la arena y se abrió, desplegándose sola hasta convertirse en una lancha inflable.

Silencio.

Tn parpadeó.

Rama ladeó la cabeza.

Bedivere frunció el ceño.

—… —Cu miró la lancha—. ¿Eh?

El comunicador chisporroteó.

—¡Ta-daaa! —la voz de Da Vinci sonó triunfal, aunque claramente cansada—. Usarán eso. Flota, no consume combustible y, lo más importante, no requiere que Cu queme media reserva de mana cazando otra bestia.

—Oye —gruñó Cu—, ¡yo tenía todo bajo control!

—Claro que sí —respondió ella—. Precisamente por eso te detuve.

Tn suspiró aliviado.

—Gracias, Da Vinci… esto nos ahorra muchos problemas.

—Úsala con cuidado —añadió ella—. Y no la pinchen. No tengo repuestos.

La comunicación se cortó.

El grupo miró la lancha. Luego el mar. Luego la lancha otra vez.

Cu chasqueó la lengua y sonrió.

—Bueno… —dijo—. Supongo que hoy viajamos como personas civilizadas.

La lancha los esperaba, meciéndose suavemente con las olas, mientras Britania —y el Rey de las Tormentas— los aguardaba al otro lado del mar.

.

.

.

La lancha inflable avanzaba cortando el mar con un zumbido constante. Era ligera, inestable… pero funcionaba. El pequeño motor luchaba contra las olas mientras el viento salpicaba agua salada sobre el grupo.

Rama cerró los ojos por un momento, dejando que el aire golpeara su rostro.

—Desplazarme así… —murmuró—. Es extraño. Muy distinto a un carro o a un puente sagrado.

Abrió los ojos y sonrió apenas.

—Pero no es desagradable.

—¡Eh, no te relajes tanto! —gruñó Cu Chulainn desde el timón—. Si algo sale del agua, no pienso frenar.

Al frente, Bedivere mantenía la vista fija en el horizonte, su mano de plata brillando débilmente.

—El mar está demasiado tranquilo… —advirtió—. Eso nunca es buena señal.

A un costado, Tn descansaba apoyado contra el borde de la lancha, respirando con calma. El balanceo lo estaba adormeciendo, pero mantenía sus sentidos atentos al flujo de maná.

No tardarían mucho en llegar.

.

.

.

.

.

En Camelot, la figura del rey caído permanecía inmóvil. El cuerpo de Artoria Pendragon (Lancer) parecía desprovisto de toda vida humana. El poder divino fluía en automático, frío, absoluto.

Pero en lo más profundo… ella aún estaba allí.

La conciencia de Artoria observaba desde el interior, usando una proto-omnisciencia que ya no sentía como propia. Vio al humano extranjero. A Tn.

Lo había visto incluso antes de que entrara en la Singularidad.

—…Aún tienes fe —susurró, una voz que nadie podía oír—. Qué cruel eres, Grial…

Sintió entonces cómo su cuerpo —ese cuerpo que ya no le pertenecía— comenzaba a moverse. La lanza divina respondió antes que su voluntad.

—No… —pensó—. Aún no…

Pero era inútil.

Rhongomyniad se elevó, y el cielo comenzó a resplandecer.

.

.

.

.

.

—Oigan… —dijo Cu, frunciendo el ceño—. Eso que brilla en el cielo…

Bedivere alzó la vista. Su expresión se endureció al instante.

—Sí… es el mismo ataque.

Rama siguió la dirección de la mirada. Sus ojos se afilaron al ver cómo el maná se condensaba.

—No —corrigió—. Es peor.

Apretó el mango de su espada.

—Un ataque de rango A, como mínimo.

En el cielo, cubriendo cientos de metros, la energía tomó forma: un enorme cono, como la punta de una lanza-taladro descendiendo desde las nubes, girando, comprimiendo el aire a su alrededor.

—Tch… —Cu chasqueó la lengua—. Eso no es nada deportivo perra.!AL MENOS DEJA QUE LLEGUEMOS A LA COSTA!.

—Rama —dijo Bedivere sin apartar la vista del ataque—. Guarda tu energía. La necesitarás cuando estemos frente a ella.

Rama dudó un segundo, luego asintió.

—No moriré antes de tiempo, caballero.

Bedivere flexionó su brazo de plata.

—Tn… —dijo con voz grave—. Necesitaré maná.

Tn reaccionó al instante, apoyando una mano contra el comunicador y canalizando energía.

—Te lo doy. Todo lo que pueda.

El flujo de maná se intensificó. Bedivere dio un paso atrás… y saltó.

El caballero se lanzó al cielo, su silueta recortándose contra la luz del ataque descendente. El brazo de Airgetlám brilló con fuerza, liberando un arco de luz concentrada.

—¡POR BRITANIA! —rugió.

Abajo, la lancha seguía avanzando, diminuta frente al coloso de energía que caía desde el cielo, mientras el primer choque entre la voluntad del Rey de las Tormentas y la determinación de los intrusos estaba a punto de ocurrir.

La plata brillo ante el oro.

!Switch On – Airgetlám! —gritó Bedivere, extendiendo el brazo de plata.

El destello plateado se expandió como un ala contra el cielo, y aunque su figura parecía insignificante frente a la punta de lanza que descendía en espiral, el choque fue brutal. El aire se partió con un estruendo seco; luz contra divinidad. La lancha neumática siguió a toda velocidad mientras una explosión blanca devoraba el horizonte.

—¡Bedivere! —gritó Tn, incorporándose de golpe.

La respuesta fue el silencio… y luego el cuerpo del caballero cayendo al agua. Apenas tocó la superficie, sombras enormes se agitaron bajo él. Aletas. Fauces. Monstruos marinos emergieron como cuchillas vivas.

—Tch… —chasqueó lancer frunciendo el rostro,los ojos rojos parecian temblar de ira—. Pagarán por eso.

—¿Ves eso? —murmuró Rama, midiendo la presión mágica—. Parece ser que pudo localizarnos dentro de cierto rango supongo que toda britania es ese rango.

—Guarda tu energía —gruñó Cú Chulainn, clavando los talones—. Yo me encargo si vuelve a disparar.

Tn apretó los dientes.

—…Me estaba cayendo bien.

El caballero habia sido una exelente ayuda y era bastante agradable.

Si no fuera magus se habria sentido mal.

La costa apareció entre espuma y roca. Aterrizaron con un golpe seco y no se detuvieron.

—Yo me adelanto —dijo Rama, ya corriendo—. Abriré paso.

—No. Vamos juntos —respondió Cu—. Si ese “rey” vuelve a moverse, lo sabremos.

Para alcanzar Camelot usaron los escombros flotantes: saltos precisos, roca a roca, mientras el castillo se alzaba como una montaña imposible. El viento llevaba consigo un murmullo antiguo, como una respiración mecánica.

Tn, en cambio, giró por otra ruta.

—Da Vinci, ¿me copias? —susurró, activando el comunicador.

—Fuerte y claro, querido~ —respondió Da Vinci—. Estoy trazando rutas. Hay un ascenso alterno por el flanco oeste… peligroso, pero viable. Te guío.

—Hazlo. Llegaré por detrás.

.

.

.

Mientras tanto, Rama y Cu alcanzaron la meseta final. El Camelot se extendía ante ellos: murallas blancas, torres inmóviles… y en el centro, una figura que ya se incorporaba.

Artoria se puso de pie. La lanza divina respondió por sí sola, vibrando con una voluntad ajena. Sus ojos, vacíos, se alzaron hacia los intrusos.

—Así que han llegado —dijo una voz que no parecía del todo suya—. No daré un paso atrás.

—No buscamos destruirte —respondió Rama, alzando la espada—. Pero si este Rey a caido en la depravacion maligna-Su espada brillo-No dudaremos en luchar.

Cu sonrió de lado, girando su arma.

—Y si eres el muro… bueno, ya he roto peores Medb es testigo de ello.

La lanza se inclinó. El cielo volvió a tensarse.

—Entonces vengan —sentenció Artoria—. Lidiaré con todos.

Cú Chulainn abrió los ojos de par en par, el prana rugiendo en su pecho.

—Gáe Bolg —bramó, y la lanza carmesí salió disparada como un misil balístico, rasgando el aire.

El Noble Fantasma trazó su ley: invertir la causalidad, asegurar el corazón. El destino ya había sido escrito… salvo por una excepción. El Rey divino Artoria giró sobre un eje imposible; la protección divina y una suerte que rozaba lo absurdo le permitieron esquivar el golpe por un suspiro. La lanza pasó donde su corazón debía estar.

—Hmph —murmuró Artoria, clavando la suya en el suelo para estabilizarse—. Así que ese es tu as bajo la manga.

A su derecha, Rama ya estaba encima. La espada ardía, envuelta en fuego vivo.

—¡No respires! —rugió Rama, descargando el tajo.

Clink.

La lanza divina se interpuso. Chispas y brasas saltaron como lluvia de estrellas.

—¡Ahora! —gritó Cu.

Recuperó Gáe Bolg al vuelo y lanzó una lluvia de estocadas, rápidas, precisas. Derecha, izquierda, alto. Artoria las rechazó con una técnica impecable; cada choque resonaba como campanas de guerra. Dos Servants contra uno… y aun así, el equilibrio se mantenía.

Cu cargó de frente.

—¡No te escondas detrás de ese palillo!

Artoria se deshizo de la capa con un giro y la arrojó al frente. La lanza carmesí la atravesó sin resistencia… y, en ese mismo instante, picos de luz brotaron del suelo como lanzas inversas.

—¡Tsk! —Cu se vio obligado a esquivar, rodando entre destellos—. Truco barato.

Clink.

Clink.

Clink.

Clink.

Clink.

Ambos reyes chocaban armas a una velocidad increible.

Rama dio un paso atrás, observando. Algo no cuadraba.

—Cada vez que atacamos… ella responde antes —dijo en voz baja—. No es solo habilidad.

Era casi ridiculo que ella estuviera bloqueando a dos Servants.

.

.

Lejos de allí, en una ruta alterna entre rocas flotantes, Tn avanzaba con la voz de casi esterica de Da Vinci guiándolo.

—Lo ves, ¿verdad? —dijo Da Vinci—. El flujo de maná no viene solo de ella.

—Sí —respondió Tn, cerrando los ojos—. Camelot. El castillo… todo el territorio la está respaldando.

Tn activó el vínculo mental.

—Rama, ¿me oyes? —su voz resonó en la mente del rey—. Camelot es su campo. Mientras exista, ella siempre irá un paso adelante. Hay que destruir el núcleo… o arrojar el castillo a la tierra.

.

.

Si Tn pudiera ver la sonrisa casi enfermiza del hindu se abria preguntado que clase de chiste haia escuchado.

Rama comprendió al instante.

—Así que ese es el trono —murmuró—. No un asiento… sino una jaula.Bien.

El maná cobró vida a su alrededor. El fuego dejó de ser llama y se volvió concepto: incandescente, antiguo.

—Cu —dijo sin apartar la mirada del palacio—. Cúbreme diez segundos.

—Je. Solo diez —sonrió Cu, girando la lanza—. Te compro veinte.

Rama alzó la espada; el aire se retorció.

“Detras de la espada inmortal que asesino al rey Rakshasa festin ante mi enemigo.”

—Brahmastra —gritó.

La hoja giró como un tornado de fuego divino y se estrelló contra el centro del palacio. El impacto no fue una explosión, sino un juicio. Las murallas gimieron; el maná del castillo se desestabilizó como un corazón arritmico.

Artoria retrocedió un paso. Por primera vez, su lanza tembló.

—¿Van a destruir mi reino… para salvarme? —preguntó, con una sombra de algo humano cruzándole la voz.

—Si hace falta —respondió Rama—. Porque un rey no es su castillo.

En la distancia, el castillo comenzó a crujir. Y con ese sonido, la batalla cambió de ritmo.

Camelot iba cayendo. Eso era inebitable.

No fue un derrumbe limpio, sino un colapso agónico: grietas naciendo por muros y torres, el suelo partiéndose como vidrio cansado. El maná que sostenía al reino gritó… y se apagó por tramos.

—¡Tch! —Artoria perdió el equilibrio un instante.

Ese instante bastó.

—¡Ahora sí! —rugió Cú Chulainn, lanzándose con la lanza en mano.

El impacto fue brutal. Gáe Bolg atravesó la palma de Artoria de lado a lado. Sangre carmesí —no humana— salpicó el aire.

—¡¿Qué—?! —Cu se quedó helado.

Artoria gritó.

No fue un grito humano, ni siquiera regio. Sonó como una bestia herida defendiendo su territorio. Apretó los dientes, ignoró el dolor, y cerró la mano atravesada, sujetando la lanza con fuerza imposible.

—No… me… quites… —gruñó— mi reino.

Tiró de la lanza hacia sí, arrastrando a Cu fuera de balance, y con el otro brazo lo apuñaló sin dudar.

—¡Ghah! —Cu escupió sangre al aire, las piernas temblándole—. ¡Ni se te ocurra… darme… órdenes…!

El Servant irlandés se negó a caer. Su cuerpo ardió con maná fresco.

No iba a morir asi, no cuando su invocadora le habia dado todo el mana y casi vida para llamarlo y alimentarlo.

El mocoso Tn estaba arriesgando el pellejo.

No podia morir y volver al trono y mirar a su maestra a la cara.

El maná la vació, pero sostuvo el vínculo.

—Heh… —Cu sonrió con los dientes manchados—. ¿Oíste eso, rey? …No pienso perder.

Ambos sostuvieron las lanzas gritando de ira mientras caian.

Camelot seguía cayendo, cada vez más rápido.

.

.

En otra roca flotante, Tn sintió el desastre antes de verlo.

—¿Eh…? —el suelo bajo sus pies vibró—. No, no, no…

La roca perdió su brillo. La magia se disipó.

—Mierda.

Fue todo lo que alcanzó a pensar antes de que se precipitara hacia el vacío.

.

.

.

El impacto de Camelot contra la tierra fue un temblor colosal. El mundo entero pareció contener la respiración. Polvo, luz rota y eco de ruinas se elevaron como una tormenta silenciosa.

Entre los escombros, Rama aterrizó con una voltereta, pateó un bloque de piedra para apartarlo y salió del polvo.

—Cu —dijo, serio.

El irlandés yacía en el suelo, jadeando, una mano apretando la herida del costado.

—Je… sigues… tan gritón… —murmuró Cu—. Eso es bueno.

Rama giró la cabeza.

Artoria seguía de pie.

Su lanza estaba clavada en el suelo, sosteniéndola como un pilar. De la mano atravesada por Gáe Bolg, venas carmesí recorrían su brazo, retorciéndose: la maldición ya había echado raíces.

Aun así, no cayó.

—Así que… —dijo Artoria, respirando hondo— …este es el fin de Camelot.

Miró a Rama. Luego a Cu. Luego al cielo roto.

—Si mi reino cae… —susurró— …entonces yo caeré con él.

La lanza divina brilló una vez más.

—Vengan —declaró—. Lidiaré con todo. Liberare el epso de mi corazon.

Y por primera vez desde que cayo de la gracia de la humanidad, no sonó como una reina.

Sonó como alguien que ya no tenía nada que perder.

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Dios cuanta esenciaaaaaaaaaaa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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