Waifu yandere(Collection) - Capítulo 276
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Capítulo 276: Boabhan sith fgo
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
Nombre:Tn harleyquinn
Titulos: Conde Hada de las rosas.
Magia: Guillotina de marie.
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Escupir y enjuagarse la boca.
“Sabe horrible, no quiero, no quiero, no quiero, no quiero, no quiero, no quiero, no quiero”.
El liquido blanco era amargo.
Lavarse el cuerpo con agua tibia que olía más a hierro que a jabón.
Tallarse los hombros hasta que la piel ardiera.
Tallarse las marcas en sus pequeños pechos que tenían algunas mordidas, tallarse la zona de su vagina rosada y adolorida.
¿Qué más podía hacer en esa posada vieja y maloliente?
Baobhan apoyó las manos en el borde del barreño y levantó la mirada. El reflejo le devolvió unos ojos rosados apagados, cansados, con un brillo torcido que no era orgullo ni rabia, sino algo peor: costumbre. Su larga cabellera rosa intenso caía desordenada, cubriéndole parte del ojo derecho. En la mejilla, un golpe mal disimulado comenzaba a tornarse violáceo.
—Tch… —chasqueó la lengua—. Ni siquiera pagan por golpear bien.
Deberia subir la tarifa.
No, esas malditas hadas no le pagarían mas de las miserables monedas que le arrojaban.
El atuendo que llevaba colgado de una silla podía llamarse obsceno, o simplemente el uniforme de las chicas de la noche, siendo solo un bracier y ropa interior con un hilo muy delgado, dejando ver un trasero de un color rosa suave pero magullado, por lo que parecieron ser azotes. Tela barata, encaje roto, costuras rehechas demasiadas veces. No era algo que eligiera; era lo que funcionaba.
Vivía en un pequeño pueblo donde humanos y hadas coexistían, aunque la palabra correcta no era “convivir”, sino obedecer. Las hadas dominaban. Siempre lo habían hecho. Clanes sobre clanes, jerarquías invisibles que se sentían en la nuca como cuchillas.
Ella se dedicaba a un oficio poco honroso, pero al menos le permitía ganar lo suficiente para seguir respirando un día más.
Cliente tras cliente.
Monedas frías.
Manos ásperas.
Miradas que se detenían un segundo demasiado largo en sus tobillos.
Por eso siempre se escondía bajo un largo abrigo rojo con capucha. La tela estaba maltratada, raída en los bordes, pero cumplía su función. Cubría sus pies con vendas y telas superpuestas, apretadas hasta doler.
Nadie debía verlos.
Las patas de cabra.
Las pezuñas.
—Asquerosas… —murmuró una vez, cuando una niña humana la señaló en la calle—. No mires.
Las hadas solían tener formas hermosas: humanos élficos con alas relucientes, bestias majestuosas, cuerpos que parecían esculpidos por el mundo mismo. Ella no. Ella era… un error. Un chiste cruel.
Clan del Viento.
Clan de la Tierra.
Clan del Colmillo.
Clan del Ala.
Clan del Espejo.
Clan del Rey.
Todos tenían un lugar.
Ella no.
El sistema de clanes existía desde hacía miles de años, desde la Guerra de Verano. Cuatro mil inviernos de rencores heredados. No todas las hadas pertenecían a uno, pero las que no… solían desaparecer sin que nadie preguntara demasiado.
Baobhan salió de la posada cuando el sol comenzaba a caer. El aire era frío, húmedo. Caminó rápido, con la cabeza baja, hasta llegar al borde del pueblo. Allí, bajo un árbol viejo de corteza partida, se dejó caer.
Sacó un trozo de pan duro del bolsillo.
—Hoy tampoco me morí ….Je me estoy cansando—dijo en voz baja, como si fuera una broma privada.
Masticó despacio. El pan sabía a nada, pero llenaba. Mientras comía, su mente vagaba sin quererlo.
El Clan del Viento, con su líder brillante y sonrisas falsas.
Se cree que un nuevo rey aparecio.
El Clan de la Tierra, siempre trabajando, siempre mirando por encima del hombro.
El Clan del Colmillo… esos al menos no fingían.
El Clan del Ala… extintos.
El Clan del Espejo… desaparecidos.
El Clan del Rey… la causa de todo.
—Qué bonito mundo… —susurró, con una risa seca—. Tan lleno de hadas maravillosas.
Una sombra se proyectó frente a ella.
—Oye.
Baobhan levantó la vista. Un hada del Clan del Viento, por las ropas limpias y la postura erguida. La miraba como se mira a un animal callejero.
—Este no es un lugar para sentarte —dijo él—. Ensucias la vista.
Baobhan inclinó la cabeza, apretando el pan entre los dedos.
—Lo siento —respondió—. Ya me iba.
Se levantó sin mirarlo, acomodándose la capucha. Dio apenas dos pasos antes de escuchar la risa.
—Ah… espera. —La voz se volvió burlona—. ¿Es cierto lo que dicen?
Baobhan se detuvo.
—¿Qué dicen?
—Que si te ofrecen las suficientes monedas abririas las piernas… es verdad que son de cabra.
Silencio.
El viento movió las hojas.
El pan cayó al suelo.
—No te acerques , p-por favor—dijo ella, muy despacio.
El hada dio un paso al frente.
—Vamos, solo quiero—
No terminó la frase.
Baobhan corrió.
No miró atrás. No escuchó las risas que la siguieron. Solo corrió, con el corazón golpeándole el pecho, hasta que las piernas le ardieron y el mundo se volvió borroso.
Esa noche, cuando regresó a la posada, no lavó la sangre de los nudillos.
Solo se sentó en la cama, abrazándose a sí misma, y pensó:
Si el mundo solo me mira cuando sangro…
entonces quizá debería aprender a hacerlos sangrar mejor.
Y muy lejos de allí, sin que ella lo supiera, las rosas comenzaban a florecer.
.
.
Otra noche de clientes.
El olor a sudor, alcohol barato y perfume viejo aún se le pegaba a la piel cuando Baobhan abandonó el pueblo. No volvió a la posada de inmediato. Se internó en el bosque, siguiendo un sendero que conocía bien, uno que pocos se molestaban en vigilar.
—Solo un poco… —murmuró para sí—. Solo hierbas.
Se agachó entre los helechos, recogiendo raíces y hojas que había aprendido a reconocer con el tiempo. Manzanilla silvestre, raíz amarga para los golpes, flores secas que ayudaban a dormir. No era brujería. Nunca lo había sido. Solo conocimiento antiguo, cosas simples.
El control de la natalidad dependía de conocimientos tradicionales y herbales, a menudo ocultos por restricciones religiosas. Las hierbas principales utilizadas incluían la ruda, el poleo, la sabina y el tanaceto, consumidos en brebajes para estimular la menstruación o interrumpir embarazos tempranos.
—Si me enfermo… nadie pagará —susurró, con una sonrisa amarga.
Fue entonces cuando escuchó las risas y volteo la mirada.
—Mírala…Que sucia esta !ewww!.
—¿No es la del abrigo rojo?. Escuche que arrojo a uno de sus bastardos al rio.
—La que acepta cortejar huamnso JA JA JA~.Patetico chicas, solamente salimos a caminar por esta linda noche.-Arrug el rostro con asco.-Y nos encontramos con este esbirro.
Baobhan se tensó. Lentamente, levantó la vista. Tres hadas femeninas la observaban desde el claro, bien vestidas, limpias, con alas translúcidas que brillaban a la luz de la luna.
—¿Buscando más trucos para mantener a tus clientes sanos? —dijo una, tapándose la boca para reír—. Qué considerada.
—O quizá busca venenos —añadió otra—. Al fin y al cabo, eso hacen las criaturas como tú.
Baobhan apretó las hierbas entre los dedos.
—No me molesten —dijo en voz baja—. No les hice nada.
—¿Nada? —respondió la tercera, acercándose un paso—. Existir ya es bastante.
Las palabras se clavaron más hondo que cualquier golpe.
—Vete —repitió Baobhan—. Por favor.
Las hadas se miraron entre sí… y rieron más fuerte.
—Mírenla, cree que puede pedir cosas.
—Ni siquiera pertenece a un clan.
—Ni siquiera tiene pies de verdad maldita cabra fornica humanos.
Algo se quebró.
No fue rabia.
No fue odio.
Fue cansancio.
O quien sabe. Solamente dejo de escuchar cuando todo se puso rojo.
El mundo se volvió ruido. Voces distorsionadas. El latido en los oídos. El suelo temblando bajo sus pasos.
Tres grtios resonaron en el bosque.
Cuando volvió en sí, estaba sola.
El claro del bosque estaba en silencio. Demasiado silencio.
Baobhan bajó la mirada.
Sus manos estaban manchadas de sangre.
—No… —susurró, retrocediendo—. Yo no…
El estómago se le revolvió. Dio un paso atrás, luego otro, y finalmente se dio la vuelta y corrió.
Tres cuerpos brutalmente despedazados de las hadas que se burlaron de ella yacian esparcidas.
No pensó. No miró atrás. Solo corrió hacia la posada, con el corazón desbocado.
Entró tambaleándose en la habitación. Tomó las monedas. Metió la ropa en una bolsa vieja. Se puso el abrigo con manos temblorosas.
—Dios,Dios,Dios,Dios,Dios. No sé qué pasó… —se decía—. No sé… pero no fue a propósito…
Sabía una cosa, sin embargo:
aunque la muerte de unas pocas hadas no significara nada para el mundo, no la dejarían en paz.
Salio tan rapido, ahora solo le quedaba buscar otro pueblo y volver a empezar.
No llegó lejos.
La interceptaron en el camino, a las afueras del pueblo. Soldados hada, armaduras claras, lanzas relucientes.
—Alto —ordenó uno—. ¿Qué hace una criatura vil como tú fuera del pueblo a estas horas?
Baobhan abrió la boca… pero no salió ningún sonido.
—Mírala —dijo otro, frunciendo el ceño—. Está cubierta de sangre.
—Bruja del bosque —escupió el tercero—. Siempre lo son.
—No… —intentó decir—. Yo solo…
No la escucharon.
Las palabras se ahogaron bajo los gritos, bajo las acusaciones, bajo el peso de un juicio que ya estaba decidido.
Cuando volvió a abrir los ojos, todo le dolía.
El aire era frío. Húmedo. El olor a tierra y moho le llenó los pulmones. Intentó moverse, pero su cuerpo no respondió como debía.
—Ah… —gimió.
Parpadeó varias veces. La oscuridad era casi total. Solo un círculo pálido arriba.
Miró hacia arriba.
Un cielo lejano.
Un borde de piedra.
Ecos.
—¿Un… pozo…? —susurró, con la voz rota.
Nadie respondió.
Baobhan se quedó allí, temblando, abrazándose como pudo.
—Mamá… —se le escapó, sin saber a quién llamaba.
El agua goteaba desde las paredes.
Y en algún lugar, muy por encima de ese círculo de luz, algo comenzó a moverse entre las sombras del bosque.
.
.
.
Pasos suaves recorrían el sendero.
Las hojas crujían apenas bajo las botas del joven de cabello claro. Sus ropajes rojos, bordados con intrincados motivos de rosas, parecían absorber la luz del atardecer. En una mano sostenía una canasta llena de frutos dorados, regalo de un hada noble que había insistido demasiado.
El nombre del caminante era Tn Harleyquinn, conde hada… o al menos así se proclamaba. Tenía un par de siglos a cuestas, aunque su rostro aún conservaba una calma juvenil.
Muchos se preguntarían qué hacía un conde sin séquito.
La respuesta era simple.
Menos ojos, menos muertes innecesarias.
Penso para sí.
Era lo bastante fuerte para cuidarse solo. Y así no tenía que proteger a nadie más.
Se detuvo junto a un pozo antiguo, cubierto de musgo. Apoyó la canasta a un lado y dejó escapar un suspiro breve.
—Solo un momento…Dios que lejos esta mi condado, a la proxima enviare un sirviente.
Entonces lo escuchó.
Un sonido casi imperceptible.
Un sollozo ahogado.
Tn frunció el ceño y miró alrededor.
—¿Hola? —preguntó, con voz tranquila.
Nada.
El sonido volvió a surgir, esta vez más claro, más roto. Tn se acercó al borde del pozo y se asomó.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Dentro, apenas visible en la penumbra, yacía una joven hada. El cuerpo destrozado, los brazos… ausentes. La vida sostenida por un hilo tan delgado que dolía mirarlo.
—…por las rosas eternas… …..Quien haria eso—susurró.
Su corazón latió con pesadez. Miró a su alrededor, como si esperara que alguien apareciera, que aquello fuera un error, una escena malinterpretada.
Nadie vino.
—Oye… —dijo, inclinándose un poco más—. Aguanta. Te ayudaré… de alguna forma.
Dejó la canasta a un lado con cuidado. Tomó un poco de tierra entre los dedos, cerró los ojos y sopló suavemente entre sus manos.
La tierra tembló y cambio.
De ella brotaron pétalos de rosas, uno tras otro, creciendo hasta formar un gran puñado carmesí. Tn los sostuvo un instante, dudando.
—No es suficiente… pero es lo que tengo.
Arrojó los pétalos al pozo.
Dentro, Baobhan abrió apenas los ojos.
Una lluvia de rosas descendía lentamente. Cada pétalo que tocaba su piel brillaba de rojo y se desvanecía, aliviando el dolor, sellando heridas, manteniendo la vida aferrada al cuerpo.
—R… rosas… —susurró ella, sin distinguir rostro ni voz.
Que hermosas.
Acaso ya iba a morir y el cielo le despedia asi.
Tn observó con el corazón encogido.
—No mueras —dijo en voz baja—. Por favor… no aquí.
Sabía que no bastaba.
Recogió su canasta y echó a correr por el sendero, buscando ayuda, cualquier ayuda.
—!Alguien! AYUDA HAY ALGUIEN… alguien debe—
Se detuvo en seco.
Otra figura emergía del bosque.
Vestía un vestido negro y blanco, con mangas desmontables, falda dividida y detalles azules que recordaban alas o plumas. Un velo ocultaba parcialmente su rostro, pero la presión de su presencia era inconfundible.
Tn dio un paso atrás.
—Yo… estaba buscando ayuda —dijo con cautela—. Hay alguien en el pozo. Está—
La figura levantó una mano.
—Lo sé —respondió una voz serena, cargada de autoridad.
El peso del mana era sofocante.
Se acercó al borde del pozo y miró hacia abajo.
—Pobre criatura… —murmuró—. Abandonada por su propio mundo.
El aire se volvió denso.
—¿Quién eres? —preguntó Tn.
Ella no respondió de inmediato. Extendió la mano, y la magia se desplegó como un manto silencioso. La piedra del pozo crujió. La oscuridad se apartó.
Baobhan fue elevada con cuidado, envuelta en un resplandor pálido.
—Descansa —dijo la figura—. A partir de ahora… no volverás a ser débil.
Cuando la joven hada quedó a salvo en el suelo, la mujer se volvió por fin hacia Tn.
—Has hecho bien —dijo—. Mantenerla con vida no era tu deber… pero lo hiciste.
Tn bajó la mirada.
—Solo… no pude dejarla ahí.
Un silencio breve.
—Entonces recuerda esto, conde de las rosas —continuó ella—. Tu compasión ha sembrado algo que crecerá… te guste o no.
Tn alzó la vista, inquieto.
—¿Y qué será de ella?
Bajo el velo, una sonrisa imperceptible.
—Será mía.
Y así, sin saberlo, el conde hada de las Rosas había marcado el inicio del destino de Baobhan Sith,
mientras Morgan le Fay reclamaba a la criatura rota como parte de su corte.
Las rosas, mientras tanto, recordaron.
.
.
.
London Bridge is falling down,
Falling down,
Falling down.
La melodía infantil, entonada por un coro de hadas, se filtró entre las cortinas pesadas del dormitorio.
Take the key and lock her up,
My fair lady!
Baobhan Sith abrió los ojos con una sonrisa amplia.
—Ah… qué bonito despertar —dijo, estirándose como una gata satisfecha—. Hoy será un día perfecto.
Se incorporó de un salto. La luz de la mañana iluminó sus aposentos en la Corte de Londres, vastos y excesivos. Ya no vestía harapos ni abrigos remendados: ahora llevaba ropajes nobles y prístinos. Su apariencia era la de una joven hermosa de estilo gótico, cabello rosa intenso ondulado hasta la cintura, ojos a juego y una tiara negra reposando con naturalidad sobre su cabeza.
El vestido victoriano carmesí y negro se ajustaba a su figura con corsés delicados y volantes elegantes; las botas de tacón alto resonaron suavemente contra el suelo pulido cuando bajó de la cama.
—Mmm~… —tarareó, girando sobre sí misma—. Sí, definitivamente perfecto.
A lo largo de la enorme habitación se alzaban pedestales de mármol. Sobre ellos, zapatos de incontables estilos y épocas. Algunos relucían como joyas recién pulidas. Otros parecían más antiguos. Baobhan los miró con orgullo, como si fueran obras de arte.
Lo mas pertubable era que dentro de dichos zapatos aun habian dentro hermosos pies cortados con una presicion impecable.
—Mis tesoros… —susurró—. No hay nada más hermoso que unos zapatos bien hechos. Aunque me gustaria expandir mas mi coleccion.
Un hada sirviente se acercó con cautela, manteniendo la cabeza baja.
—Lady Tristán —dijo—. Permítame ayudarla a vestirse del todo.
—Claro, claro —respondió Baobhan, alzando los brazos—. Hazlo con cuidado. Este corsé es nuevo.
Mientras ajustaba las cintas, la sirviente reunió el valor para hablar.
—Mi lady… la reina espera verla más tarde. También… —dudó— quizá sería bueno que conviviera con más hadas nobles hoy.
Baobhan ladeó la cabeza, divertida.
—¿Convivir? —repitió—. Oh, qué palabra tan linda. Mmmm~ Mmmm~ London bridge~, creo que podria hacerlo.
Se miró al espejo, sonriendo a su propio reflejo.
—Supongo que puedo intentarlo… si se portan bien.
La sirviente tragó saliva.
Baobhan Sith —Tam Lin Tristán— era una de los tres Caballeros Hada de Morgan le Fay en el Lostbelt británico. Ejecutora de la justicia sádica de su madre. Heredera designada. Terror envuelto en encaje.
Todos estaban obligados a tolerarla sin importar que.
—Vamos —dijo Baobhan, dando una palmada—. Quiero saludar a mamá. Luego daré un paseo por el reino.
—¿Sola, mi lady?
—¿Por qué no? —respondió, con una sonrisa peligrosa—. El miedo es un escolta excelente.
Salió de sus aposentos con paso ligero. Los pasillos de la corte estaban adornados con arquitectura grandiosa, columnas retorcidas y rosas carmesí creciendo entre la piedra como si siempre hubieran pertenecido allí.
Baobhan pasó los dedos por un pétalo al caminar.
—Qué raro… —murmuró—. Siempre me han gustado las rosas.
No sabía por qué.
No recordaba el pozo.
No recordaba el dolor.
Solo una sensación vaga… de calor, de algo que la sostuvo cuando todo debía terminar.
—Supongo que combinan conmigo —se dijo, encogiéndose de hombros.
Un grupo de hadas se apartó a su paso, inclinando la cabeza.
—Buenos días, Lady Tristán.
—Que tenga un día placentero, Lady Tristán.
Baobhan rió suavemente.
—Relájense. Si hoy mueren, no será por mí… probablemente.-Se alejo un poc pero detuvo sus pasos.-Mhp~ que lindos pies.
Las risas nerviosas se apagaron tras ella.
Mientras avanzaba por la corte, sin saberlo, las rosas parecieron inclinarse levemente en su dirección.
Y muy lejos de allí, el conde hada de las Rosas aún vivía,
sin imaginar que la criatura que una vez sostuvo con pétalos…
se había convertido en el terror más hermoso del reino.
.
.
Coleccionaba pies y zapatos como otros coleccionaban joyas.
No era deseo: era control. Un hábito retorcido nacido de una crueldad aprendida, forzada sobre ella para ahogar cualquier resto de bondad que hubiera tenido antes de ser traicionada y destrozada.
Aun así… había un condado que le gustaba frecuentar.
Baobhan Sith se dirigió a la gran mansión del lugar con paso despreocupado. Era, por supuesto, más pequeña que el palacio de su madre, Morgan le Fay, pero tenía algo distinto. Algo… tranquilo.
Mientras avanzaba por los corredores laterales, terminó de recolectar algunos zapatos, guardándolos en un costal especial de tela oscura.
—Mmm… estos no están mal —murmuró—. No son obras maestras, pero servirán.
Metio otro a la bolsdejando atars a las hadas que se arrastraban lejos de ella.
Una hada sirviente apareció, pálida y nerviosa.
—Lady Tristán… —dijo inclinándose—. El conde del condado desea hablar con usted.
Baobhan ladeó la cabeza.
—¿Hablar? —repitió, divertida—. Qué formal.
Pensó por un instante. Luego encogió los hombros.
—Está bien. Supongo que puedo concederle ese honor.
La sirviente tragó saliva, aliviada… sin saber que no regresaría.
Baobhan avanzó sin prisa hasta los jardines traseros. En cuanto cruzó el arco de piedra, sus ojos se iluminaron.
—Oh…
Rosas.
Rosas por todas partes.
Carmesíes, blancas, doradas,azules,negras. Enredándose en columnas, cubriendo senderos, creciendo con una vitalidad casi excesiva.
—Qué jardín tan encantador… —dijo, sonriendo—. A Beryl Gut le encantaría este lugar.
Recordó a su aliado, su mentor, su compañero de crueldades. No era extraño que se llevaran bien.
Un mago y Crypter caracterizado por ser un psicópata sádico, traicionero y hedonista que disfruta asesinando. Aunque parece sociable y afable superficialmente, es un asesino nato que busca su próxima presa, mostrando desprecio por la humanidad.
Avanzó unos pasos más… y se detuvo.
Bajo una sombrilla, sentado con calma ante una mesa, había una figura que captó su atención de inmediato. Porte noble, ropajes rojos adornados con motivos de rosas, cabello claro. Estaba tomando té como si el mundo no tuviera prisa.
Baobhan se acercó, con una sonrisa curiosa.
—Disculpa —dijo—. ¿Eres el conde Harleyquinn?
El joven levantó la mirada.
—Así me llaman —respondió con voz serena—. Y tú debes ser Lady Tristán.
Ambas hadas se observaron con detenimiento.
Baobhan notó sus rasgos tranquilos, la ausencia de miedo.
Tn notó la belleza peligrosa, la sonrisa afilada.
No hubo reconocimiento realmente.
Solo títulos.
—Vaya —dijo ella—. Esperaba a alguien más viejo para ser honesta incluso un rostro lleno de nervios seria lo habitual.
—La ansiedad estropea el té , y la vejez aun no llega a mi persona—respondió él, señalando la taza.
Baobhan rió suavemente.
—Por cierto… —levantó un poco el costal—. ¿Enviaste tú a la sirviente que me llamó?
—Así es —asintió Tn.
—Mm. —Baobhan lo pensó un segundo—. Sus pies no eran los mejores, pero me servirán de repuesto.
El corazón de Tn dio un pequeño vuelco. No lo mostró.
—Es una lástima —dijo simplemente—. Era una sirviente muy capaz.
Dejó la taza con cuidado sobre la mesa y se levantó.
—Acompáñame, Lady Tristán.
—¿Oh? —ella arqueó una ceja—. ¿No temes quedarte a solas conmigo?
Tn sonrió apenas.
—Este jardín ha visto cosas peores.
Baobhan soltó una carcajada genuina.
—Me agradas, conde de las rosas.
Sin saberlo, mientras caminaban juntos entre los senderos, las rosas parecieron inclinarse levemente, como si reconocieran a ambos.
Y por primera vez desde el pozo, Baobhan Sith sintió algo extraño.
No hambre.
No ira.
Algo parecido a… curiosidad.
.
.
Ambos compartieron el té en silencio durante un rato, contemplando el jardín. El viento movía suavemente las rosas, y por un instante parecía un lugar ajeno al Lostbelt, casi… pacífico.
Baobhan fue la primera en hablar.
—Entonces —dijo, girando la taza entre los dedos—, ¿por qué querías verme justo ahora? Sabes que solo estoy de paso. Recojo zapatos y sigo mi camino.
Tn dejó la taza sobre el platillo con un movimiento lento y medido.
—Porque soy el conde de este condado —respondió—. Y un conde gobierna en nombre del rey. Administro justicia, recaudo tributos, mantengo el orden y protejo esta tierra.
Baobhan ladeó la cabeza, divertida.
—Oh, vaya. Suena aburrido.
—Lo es —admitió—. Pero también es un deber.
Se volvió hacia ella.
—Y bajo ese deber está mantener a salvo a las hadas que viven aquí.
Baobhan rió suavemente.
—¿A salvo… de mí?
—Si es necesario —respondió él sin elevar la voz.
El aire pareció tensarse.
—Has servido como caballero hada de la reina Morgan le Fay durante cien años —continuó Tn—. En todo ese tiempo, jamás pensé en cuestionarte. No era mi lugar.
Baobhan bebió otro sorbo.
—Pero…
—Pero has matado a más de cuatrocientas mil hadas —dijo Tn—. Tú sola.
En menos de cien inviernos de poder.
El sonido fue seco.
La taza ya no estaba.
En la mano de Baobhan solo quedaba un líquido transparente mezclado con fragmentos de porcelana. Ella parpadeó, como si recién se diera cuenta, y sacudió la mano con fastidio. El líquido cayó al suelo.
—Ups —dijo—. Se me rompió.
Levantó la mirada, sus ojos brillando con algo afilado.
—Dime, conde —preguntó—. ¿Qué título o privilegio crees tener para siquiera atreverte a sermonearme?
Tn no retrocedió.
—Ninguno —respondió—. No como caballero. No como heredero. Solo como alguien que gobierna este lugar… y ve cómo se vacía.
Baobhan sonrió, pero no era una sonrisa alegre.
—¿Te duele? —preguntó—. ¿Verlos morir?
—Me preocupa —corrigió él—. Porque esto no es justicia. Es desgaste. Incluso para ti. Reponer los numeros que perdemos no es tarea simple Lady Tristan.
Silencio.
Las rosas dejaron de moverse.
—Cuidado —dijo Baobhan, inclinándose hacia él—. Estás a un paso de convertirte en alguien que debería arrancar del suelo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué no te detienes?
Tn sostuvo su mirada.
—Porque alguien tiene que decírtelo. Aunque me cueste todo.
Ya goberno,ya sirvio, morir seria solo darle un merecido descanzo.
Baobhan se echó a reír. No fue estridente. Fue baja, casi suave.
—Eres interesante, conde de las rosas —dijo—. Estúpido… pero interesante.
Se levantó de la silla.
—Muy bien. Ya hablaste. Ahora dime algo más.
—¿Qué?
—¿Qué harás —preguntó ella— cuando yo decida que este condado… también me pertenece?
Las rosas crujieron bajo sus pies.
Y por primera vez desde que se miraron, Tn sintió verdadero peligro.
—Eso es algo que la Reina debería decretar —respondió Tn con frialdad, sin siquiera alzar la voz.
Baobhan soltó una risa corta, aguda, casi infantil, mientras ladeaba la cabeza.
—Mamá siempre me cumplía cualquier capricho —dijo con una sonrisa torcida—. Bastaría con pedírselo. El condado entero… y obligaría a cada hada a arrastrarse sin una pierna. Todas. Sin excepción.
El suelo respondió a su ánimo. Espinas de rosa emergieron con violencia, retorciéndose hasta formar una hoja semejante a una guillotina que flotó en el aire, sostenida por pura envidia y malicia. Otras rosas brotaron alrededor, sus tallos tensos, apuntando hacia ella como lanzas vivas.
—¡Lady Tristan, por favor! —imploró una de las hadas, retrocediendo—. ¡Eso es una locura!
Baobhan pareció divertirse aún más. Pateó a un lado el costal que llevaba consigo, como si ya no tuviera utilidad alguna, y se puso de pie con calma deliberada.
—¿Locura? —repitió—.La mia.No. Estoy demasiado cuerda para eso.
Sus zapatos rozaron el suelo y las cuchillas ocultas brillaron brevemente. El aire se tensó. Cada movimiento suyo era ligero, casi elegante, pero cargado de una intención cruel. Su arco, Failnaught, apareció en su mano como una extensión natural de su cuerpo, aunque cualquiera con ojos atentos sabía que eso era solo una parte del problema.
—No des otro paso —advirtió Tn, su voz firme, aunque su postura no mostraba agresión inmediata.
Baobhan se despeinó un mechón del cabello, apartándolo de su frente con descuido.
—Hoy estoy de humor para una masacre —respondió, mostrando una sonrisa donde parecían insinuarse colmillos—. ¿No lo sientes? El bosque también lo está~.*lamer* y voy a disfrutar de esto.
Un mechón del cabello de Tn cayó sobre uno de sus ojos. No se lo apartó.
—Vaya~ que criatura tan peligrosa —dijo simplemente.
—Oh, lo sé.
Con un gesto brusco, Baobhan se arrancó el sudario que llevaba puesto. La tela apenas tocó el aire antes de ser atravesada por ataques mágicos que la empalaron y la hicieron añicos. En ese mismo instante, ella se lanzó hacia adelante, su cuerpo describiendo un arco imposible mientras las espinas brotaban de su espalda como alas deformes.
—¡Intenta detenerme! —rió Baobhan, girando en el aire mientras sus tacones se alargaban en pinchos listos para perforar.
Tn dio un paso, no hacia atrás, sino hacia el costado, evaluando.
—Si avanzas —Logro decir tomando distancia dle ataque—, no habrá vuelta atrás.
—Eso es lo mejor —respondió ella, tensando el arco—. Odio los caminos que permiten regresar.
El primer disparo iluminó el claro.
Y el bosque, testigo mudo, contuvo la respiración.
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Ya se saben mi gusto por la historia y empezar por donde la leyenda haya tenido origen.
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
OK sean honestos levanten la mano quien se lee los poemas y los avisos al final. Aver aver díganlo no sean tímidos (prepara su rifle para los que no lo hicieron)
—
Dos reyes,
un solo corazón.
Dos desgracias,
un solo acto.
El rey de las tormentas
y el rey del fin de Britania
reposan ahora
en el corazón mortal
de un chico que sufrió demasiado.
Un corazón cansado,
herido por batallas
que nadie vio.
Pero no temas…
Nosotras estamos aquí.
Aunque seamos llamadas mujeres,
nuestro título es de reyes.
Y como reyes,
juramos protegerte.
Seremos tu lanza
contra el mundo cruel,
tu escudo
cuando la noche se vuelva interminable.
Pero no te sorprendas
cuando veas nuestra verdadera naturaleza.
No somos doncellas de cuentos,
somos tormenta,
somos ruina,
somos el eco
de un reino que cayó.
Aun así…
Si tu corazón tiembla,
si el cansancio te vence,
si el mundo vuelve a darte la espalda…
Recuerda esto, maestro:
Dos reyes
custodian tu corazón.
Y mientras ese corazón siga latiendo,
te protegeremos siempre.
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La prioridad era clara: localizar la señal del Servant que, en teoría, tenía el peso suficiente para enfrentarse al Rey Artoria.
Tn sostuvo el comunicador con la mano aún temblorosa por el gasto de mana.
—Chaldea… ¿es posible recibir más apoyo? Aunque sea información de los maestros que quedan —preguntó con voz cansada pero firme. Contando, quedaban como 5 másters femeninas y 3 varones, contándolo a el.
La respuesta tardó un segundo, entre interferencias.
—Estamos en eso —respondió Romani—. El sistema todavía está inestable, pero Da Vinci y yo estamos forzando las reparaciones. Olga Marie está… bueno, organizándolo todo a su manera.
Desde la playa, Bedivere clavó la vista en el horizonte irlandés, serio.
—Espero que ese Servant tenga la fuerza necesaria. Rivalizar con mi Rey no es algo que cualquiera pueda hacer.
Cu Chulainn soltó una risa despreocupada, apoyando su lanza en el hombro.
—Bah, si me dieran suficiente tiempo y mana, yo mismo podría bajarla del cielo.
Tn giró la cabeza y lo miró con agotamiento evidente mientras ponia los ojos en blanco.
—Claro… como cuando “casi” nos mata con un bombardeo mágico y tuvimos que escondernos bajo tierra.
—¡Oye! —protestó Cu—. ¡Atacar desde el aire es trampa! Si yo pudiera volar, ya habría subido a ese Camelot flotante para bajarla a golpes, te lo aseguro.
Del comunicador se oyó un suspiro largo.
—Eso suena muy heroico —dijo Romani—, pero el problema sigue siendo el mismo. ¿Cómo piensan buscar a ese Servant en toda Irlanda? Su firma de mana es fuerte, sí, pero también muy rápida.
Cu mostró una sonrisa ladeada, esa que siempre significaba problemas.
—Fácil. Cargo al maestro y corro hasta encontrarlo.
—¿Qué? —Tn abrió los ojos—. ¿Correr… toda Irlanda?
—Exacto —asintió Cu—. Tú te concentras en sentir la señal, yo me encargo de las piernas. Antes de que se dé cuenta, estaremos frente a frente.
Bedivere suspiró, cruzándose de brazos.
—No me agrada el plan… pero admito que es eficiente.
Tn dudó un instante, mirando el comunicador.
—Romani, Da Vinci… vamos a movernos. Si detecto cualquier cambio en la señal, aviso de inmediato.
—Entendido —respondió Da Vinci con entusiasmo—. ¡Por favor, no agoten todo su mana en los primeros diez minutos!
Cu ya se había agachado frente a él.
—Vamos, maestro. Agárrate bien.
Tn subió a su espalda con un gruñido resignado.
—Si me mareo otra vez, te juro que…
—¡Ja! —rió Cu, echándose a correr—. ¡Bienvenido al tour exprés por Irlanda!
Bedivere los observó alejarse a una velocidad imposible para un humano, ajustando el brillo apagado de su brazo de plata.
—Que los dioses nos amparen… —murmuró antes de seguirlos, manteniendo el paso como podía.
En algún punto de esa tierra maldita, el Servant de cabello rojo caminaba sin saber que ya lo estaban buscando.
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La velocidad a la que corría el Lancer era sencillamente absurda. No por nada Cu Chulainn tenía Agilidad rango A, aunque su Suerte fuera E, como si el mundo mismo se empeñara en equilibrar las cosas a golpes.
Tn sentía el viento azotarle el rostro, su cabello ondeando sin control mientras cerraba los ojos y afinaba los sentidos, buscando esa firma de mana entre el caos de la Singularidad.
—Más a la izquierda… no, espera… ahora al frente —murmuró cerca del oído de Cu.
—Ja, así me gusta —respondió el celta, acelerando todavía más—. Dame dirección y yo pongo las piernas.
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En Chaldea, Leonardo da Vinci observaba con el ceño fruncido los monitores. El flujo de mana hacia Cu Chulainn descendía peligrosamente.
La cámara secundaria mostraba a Alisa Mikhailovna Kujou, pálida, temblando, los labios manchados de espuma blanca.
—Esto es malo… —murmuró Da Vinci—. Está forzando su circuito mágico más allá del límite.
—¡Alisa, respira! —Romani la sostuvo de los hombros—. Detén el flujo, ya, ¡o vas a colapsar!
—N-no… —balbuceó ella—. Si paro… el Servant…
—¡Si sigues, mueres! Rapido traigan mas fluidos y electrolitos—le gritó Romani, aplicando tratamiento de emergencia.
Aun así, el mana seguía fluyendo… más débil, más inestable.
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En la Singularidad, Tn sintió el tirón.
El consumo se volvía errático, como una cuerda a punto de romperse.
—Cu… tenemos poco tiempo —susurró—. Alisa no va a aguantar mucho más.
—Entonces lo encontraremos antes —gruñó el Lancer, apretando los dientes—. Dime dónde.
Horas pasaron como un parpadeo roto.
Finalmente, el paisaje cambió.
Colinas verdes.
Piedras erguidas cubiertas de símbolos antiguos.
Restos de chozas circulares.
—…Una aldea celta —dijo Tn, abriendo los ojos.
Cu se detuvo al fin, dejando a Tn en el suelo con cuidado poco habitual en él.
—Hah… —respiró hondo—. Nada como volver a casa. Hermosa, ¿no?
Bedivere llegó unos segundos después, apoyando una mano en su rodilla, jadeando.
—Admito… que esta velocidad… no seria *jadear* posible *jadear* si no fuera un servant.
Pero algo estaba mal.
El lugar estaba vacío.
Ni humo.
Ni pasos.
Ni voces.
No habia nada humano a la vista.
Tn activó el comunicador.
—Da Vinci… llegamos a la ubicación. Es una aldea, pero no hay nadie. Ninguna forma de vida humana detectable.
Cu frunció el ceño y alzó la voz, rompiendo el silencio.
—¡OI! ¿¡HAY ALGUIEN EN CASA!? ¡SOY YO, CU CHULAINN!
Su voz retumbó entre las piedras.
—¡Láeg! ¡Ferdiad! ¡Conall! ¡Vamos, dejen de esconderse!. Salgan y vayamos a pelear contra una loca esterica que les parece.
Nada.
El viento respondió… y luego, una risa.
—Vaya escándalo… jamás pensé que extrañaría gritos así.
La voz era masculina, calmada, casi divertida.
En un solo movimiento, Bedivere se colocó delante de Tn, su brazo de plata brillando débilmente.
Cu invocó Gáe Bolg, la lanza materializándose con un pulso violento de mana.
—Sal —ordenó Cu—. No me gustan los juegos.
Desde el fondo de la aldea, una figura avanzó.
Un joven esbelto, de porte regio.
Cabello largo rojizo, casi anaranjado, recogido con elegancia.
Vestía túnicas rojas y blancas, con detalles de armadura ligera y una capa que se movía con gracia antinatural.
Su presencia era… divina, pero serena.
En Chaldea, Da Vinci abrió los ojos de par en par.
—No puede ser…
Los monitores se llenaron de datos.
—Identificación confirmada… Santo Grial detectado como catalizador secundario —susurró—. Clase Saber…
Y entonces lo dijo, casi con reverencia.
—Rama.
El séptimo avatar de Vishnu… Rey de Ayodhya.
El recién llegado inclinó ligeramente la cabeza, sonriendo con melancolía.
—Busco a mi amada, Sita… pero en su lugar encuentro ruido,pero nada del paradero de mi amada, supongo que tiene que ver con la presencia que percivo lejos de esta isla .
Cu Chulainn lo observó unos segundos… y luego soltó una carcajada.
—Bueno, miren nada más —dijo señalándolo con la lanza—. Corrimos media Irlanda y nos encontramos con otro dios.
Tn tragó saliva, sintiendo cómo el mana alrededor del Saber vibraba como un sol contenido.
—Da Vinci… —murmuró—. Creo que… lo encontramos.
Rama los miró uno a uno, sus ojos brillando con curiosidad y algo más profundo… tristeza.
—Decidme —preguntó con calma—.
¿Vosotros también sois… almas que desean poner fin a este reino roto?
El aire se volvió pesado.
Y por esa vez desde que pisaron Irlanda, la esperanza y el peligro caminaron de la mano.
Aunque poseía una personalidad algo arrogante, Rama era, en esencia, un joven que se forjaba a sí mismo día tras día, alguien que sin duda podía convertirse en un gran rey. Era amable con quienes estaban bajo su cuidado, respetuoso incluso con los animales y atento a los detalles más simples —como ayudar a otros a construir un puente—, pero su mirada se endurecía cuando el tema giraba en torno a reyes tiranos.
Odiaba el mal, aunque comprendía cuán peligrosa podía ser una justicia ciega. Aun así, creía firmemente que el mundo debía seguir cantando a la justicia, incluso en ruinas.
Tn activó el comunicador y proyectó un holograma frente a Rama. La imagen tembló un segundo antes de estabilizarse, mostrando a Leonardo da Vinci, quien comenzó a explicar la situación con rapidez, pero sin perder claridad: la incineración de la humanidad, la Singularidad, Britania devastada y el reinado absoluto del Rey Artoria.
Rama escuchó en silencio, los brazos cruzados, los ojos cerrados.
—Ya veo… —dijo al fin—. Si ese Rey Artoria se ha convertido en un tirano que condenó a la humanidad… entonces debe ser eliminado.
—Genial… —murmuró Cu Chulainn, rascándose la nuca—. Otro viajecito a Britania otra vez. Como si salir de ahí no nos hubiera costado sudor y casi la vida….Me pregunto si puedo atrapar a otro monstruo marino-.Murmuro eso ultimo pensando en su peculiar forma de viajar.
El cielo comenzaba a oscurecer; el sol ya se ocultaba tras las colinas irlandesas.
Tn dio un paso… y cojeó ligeramente.
Rama lo notó al instante. Se acercó sin decir palabra y apoyó la palma de su mano sobre el hombro del joven mago.
—Puedo aliviar ese dolor —dijo con calma.
Un resplandor verde surgió de su mano, cálido, envolvente. El cansancio en las piernas de Tn se disipó poco a poco, como si la tierra misma le devolviera fuerzas.
—Eso… —murmuró Bedivere con asombro— es hechicería curativa.
—Un don menor —respondió Rama—, pero útil. Podemos cazar aquí, descansar… y partir mañana hacia Britania.
—Me parece bien —gruñó Cu—. Yo iré a ver si hay algo decente para cenar.
Sin esperar respuesta, se internó entre los árboles.
Rama, por su parte, lanzó una pequeña chispa hacia un montón de ramas secas. El fuego prendió al instante, formando una fogata estable, cuya luz danzaba sobre las piedras antiguas de la aldea.
Bedivere se sentó junto a Tn, ambos observando las llamas por unos segundos en silencio.
—Rama… —preguntó Tn al fin—. ¿Por qué ayudarnos?
No es que desconfiara del servant, pero era algo paranoico luego de la explosion en chaldea que casi los mata a todos.
El Saber lo miró, serio, pero sin dureza.
—Porque he visto lo que hacen los tiranos cuando nadie se opone —respondió—. Y porque… —su voz bajó apenas— ya he perdido demasiado por culpa de reyes que se creían dioses.
Su maldicion fue culpa de un tirano para empezar.
El silencio volvió a caer… hasta que fue roto por una carcajada.
—¡JA! ¡CARAJO, QUÉ BUENA SUERTE TENEMOS!
Cu regresó arrastrando el cuerpo de un jabalí enorme, aún humeante.
—Encontré la cena —dijo orgulloso—. Y bastante grande, si me preguntan.
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Tn finalmente cerró los ojos, recostado a un lado de la fogata. El jabalí que antes había sido enorme ahora no era más que huesos ennegrecidos, dispersos cerca del fuego. El calor le resultaba reconfortante; por primera vez desde la explosión en Chaldea, su cuerpo dejaba de temblar.
A unos pasos, Cu Chulainn se picaba los dientes con la uña, claramente satisfecho, soltando un leve bufido.
—Nada como una buena cacería para terminar el día —murmuró.
Bedivere permanecía sentado junto a Tn, vigilante incluso mientras el joven dormía. Frente a ellos, Rama observaba el fuego en silencio, con la mirada fija en las llamas danzantes.
—Tu rey… Artoria —dijo Rama al fin—. ¿Cómo pudo llegar a ese punto?
Bedivere tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz fue baja, cargada de culpa.
—Quería proteger Britania. De los bárbaros, de los invasores, de todo aquello que amenazaba la isla. Pero la lanza divina, Rhongomyniad, era demasiado poderosa… Al usarla sin restricciones, destruyó toda vida en la isla.
Apretó los dedos contra el suelo.
—La Singularidad es lo único que mantiene este lugar unido, separado del resto del mundo. En su deseo de proteger… terminó gobernándolo todo. Incluso a nosotros, sus caballeros.
El crepitar del fuego llenó el silencio.
—Yo morí —continuó Bedivere—. Pero regresé como Servant. No uno común… —alzó lentamente su brazo metálico—. Volví gracias a Merlin. Él me entregó este brazo de plata.
Cu abrió un ojo, claramente interesado.
—Oye, espera… —se incorporó un poco—. ¿Cómo demonios ese mago consiguió un brazo de un dios celta?
Bedivere negó con la cabeza.
—No lo sé. Merlin nunca lo explicó. Solo dijo que era “necesario”.
Rama frunció ligeramente el ceño, pensativo. Entonces, con un gesto calmado, invocó su arma. La luz tomó forma entre sus manos hasta solidificarse en una espada de presencia abrumadora.
—Brahmastra: Perfora Rakshasa Inmortal —dijo con solemnidad—. No nació como espada. Fue una flecha divina, remodelada a la fuerza para adaptarse a mi clase.
El aire alrededor vibró, como si incluso la noche reconociera su poder.
—Posee una fuerza inmensa contra enemigos demoníacos y aquellos que han trascendido lo humano —continuó Rama—. Si Artoria se ha convertido en algo divino… entonces quizá mi poder pueda equipararse al suyo.
Miró a Bedivere, firme.
—En combate directo… existe una posibilidad real de que gane.
Cu soltó una risa baja.
—Bueno, al menos no iremos a morir con las manos vacías.
Bedivere bajó la mirada hacia Tn, que dormía profundamente.
—Ojalá… que esto sea suficiente —murmuró.
Las llamas siguieron ardiendo, proyectando sombras largas sobre la aldea vacía. Aquella noche, entre dioses, héroes y un mago humano agotado, se estaba forjando el plan para enfrentar al Rey de las Tormentas.
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Mientras tanto, en Chaldea, Romani Archaman finalmente logró estabilizar a Alisa. La joven yacía inconsciente sobre una camilla, con respiración regular y el rostro pálido, aún marcado por el esfuerzo extremo.
—Pulso estable… mana en niveles críticos, pero ya no está en peligro inmediato —murmuró Romani, cubriéndola con una manta—. Descansa… ya hiciste más de lo que nadie debería.
Salió del área médica con pasos pesados. El cansancio le colgaba de los hombros como una losa.
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En otra ala de la base, Olga Marie regresó a su oficina con un par de trapos en la mano. Limpió en silencio el alcohol derramado, el olor aún persistente recordándole su propio descuido. Sin decir palabra, se dirigió a la ducha.
El agua caliente cayó sobre su cuerpo, llevándose el ardor, el cansancio… y el rastro del pánico contenido. Con manos temblorosas, se quitó las vendas que cubrían su ojo y parte del rostro. Cerró los ojos un instante, respiró hondo.
Cuando salió, más tranquila, se detuvo frente al espejo.
El blanco que debería rodear su ojo estaba teñido de rojo intenso.
—Hah… —soltó una risa seca—. Bueno… al menos no perdí la vista.
Seria malo para su orgullo femenino tener que usar un parche.
Observó con atención. Las heridas que había sufrido comenzaban a cerrar por sí solas, lentamente. No era normal… pero ahora no tenía tiempo para cuestionarlo.
—A seguir trabajando —murmuró.
Volvió a su oficina y retomó los informes. De las cinco maestras femeninas, Alisa quedaba bajo vigilancia médica constante. Las otras cuatro permanecían en sus recámaras, exhaustas y psicológicamente inestables.
De los dos varones restantes, uno había sufrido un colapso por estrés y murió horas antes de que pudeiran darle ayuda. El otro se había encerrado en su habitación, gritando incoherencias.
—“Todo fue planeado por Marisbury”… —leyó Olga con el ceño fruncido—. Absurdo.
Cerró el archivo con brusquedad.
—Ese desgraciado se voló los sesos hace más de un año —susurró—. Y me dejó todo esto.
Ordenó que mantuvieran al hombre encerrado bajo supervisión. No era peligroso… solo estaba paranoico.
Pasó a los documentos de reparación de las instalaciones. Generadores dañados, sistemas incompletos, personal insuficiente.
—Nos falta mano de obra… y tiempo —dijo en voz baja.
Da Vinci estaba a cargo de la Singularidad actual, pero los reportes eran claros: otras ocho Singularidades ya estaban en formación. Con más energía, podrían enviar más Masters… pero no la tenían.
Incluso para invocar a mas servants tienen problemas.
Una lágrima cayó sobre el escritorio.
Olga parpadeó, sorprendida.
—…¿Eh?
Se frotó el ojo. No se sentía especialmente triste. No lo suficiente como para llorar. Sin embargo, solo ese ojo seguía lagrimeando… sin detenerse.
—Esto no es normal…
Presionó el comunicador.
—Aquí la directora. Solicito asistencia médica inmediata.
No tardó mucho en llegar un enfermero, que examinó su ojo con cuidado.
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—Directora —dijo tras unos minutos—, el diagnóstico es epífora. El traumatismo ocular que sufrió pudo haber causado inflamación o daño en el sistema lagrimal. Es común que el ojo llore de forma periódica.
—¿Peligroso? —preguntó Olga, seca.
—Molesto. Doloroso a veces. Pero tratable. Le dare algunas pastillas y deberia estar bien.
Olga asintió lentamente.
—Entonces… sigamos.
El enfermero se retiró. Olga quedó sola, sentada frente a la montaña de informes, con un ojo enrojecido que no dejaba de llorar… y el peso de toda la humanidad descansando sobre sus hombros.
Hombros que solo querían dejarse caer.
Pasaron horas hasta que Olga Marie Animusphere terminó quedándose dormida sobre los archivos, la frente apoyada en un mar de documentos y reportes incompletos. El parpadeo constante de las pantallas fue lo último que vio antes de que el cansancio la venciera.
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En la sala de control, Leonardo da Vinci seguía despierta. Monitoreaba la Singularidad con una taza de café en la mano, sorbiendo con calma mientras las lecturas se actualizaban.
—Slurrpppp Veamos… —murmuró—. Bien, bien… Tn y los tres Servants ya se dirigen de nuevo a la costa.
Dejó la taza a un lado, pensativa.
—Usar otra bestia marina sería… —hizo una mueca— una pésima idea. Cu quema mana como si fuera leña, y Tn ya está al límite.
Sus ojos se iluminaron de pronto.
—Entonces… ¡no bestias!
Salió corriendo hacia su taller, atravesando pasillos llenos de cajas, piezas rotas y prototipos olvidados.
—Tiene que haber algo… algo… ¡vamos, Da Vinci, piensa!
Revolvió estantes, abrió cajones, tiró cosas al suelo.
—Nada… nada… nada…
De pronto—
—¡BINGO!
Una torre entera de chatarra se desplomó sobre su cabeza.
—¡AU! ¡MALDICIÓN! —gimió, cayendo al suelo.
Tardó unos segundos en levantarse, refunfuñando mientras se sobaba la cabeza.
—La genialidad siempre es incomprendida…
Entre los escombros, sacó una caja sellada. La abrió y sonrió de oreja a oreja.
—Lancha inflable de emergencia, modelo polar —leyó—. No es elegante… pero flota bastante bien y aguantaria incluso el peso de una morsa.
Corrió de vuelta a la sala de control.
—Esto es peligrosísimo —dijo mientras activaba el sistema—. Pero con tres Servants escoltándolo… debería bastar.
La máquina de Rayshift se activó, pero el consumo fue inmediato. Da Vinci apretó los dientes mientras su propio mana alimentaba el envío.
—Ugh… esto me va a doler mañana…
Cuando la transferencia terminó, cayó casi de rodillas, respirando agitada.
—…Hecho.
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En la Singularidad, Tn y el grupo ya estaban en la costa. El mar se extendía tranquilo, demasiado tranquilo.
—Bueno —dijo Cu Chulainn, estirándose—. Hora de buscar otro monstruo acuático.
Empezó a quitarse la camisa.
—Cu… —advirtió Bedivere—. ¿Seguro que—
Antes de terminar la frase, una caja cayó del cielo y le golpeó a Cu directamente en la cabeza.
—¡¿QUÉ CARAJ—?!
La caja rebotó en la arena y se abrió, desplegándose sola hasta convertirse en una lancha inflable.
Silencio.
Tn parpadeó.
Rama ladeó la cabeza.
Bedivere frunció el ceño.
—… —Cu miró la lancha—. ¿Eh?
El comunicador chisporroteó.
—¡Ta-daaa! —la voz de Da Vinci sonó triunfal, aunque claramente cansada—. Usarán eso. Flota, no consume combustible y, lo más importante, no requiere que Cu queme media reserva de mana cazando otra bestia.
—Oye —gruñó Cu—, ¡yo tenía todo bajo control!
—Claro que sí —respondió ella—. Precisamente por eso te detuve.
Tn suspiró aliviado.
—Gracias, Da Vinci… esto nos ahorra muchos problemas.
—Úsala con cuidado —añadió ella—. Y no la pinchen. No tengo repuestos.
La comunicación se cortó.
El grupo miró la lancha. Luego el mar. Luego la lancha otra vez.
Cu chasqueó la lengua y sonrió.
—Bueno… —dijo—. Supongo que hoy viajamos como personas civilizadas.
La lancha los esperaba, meciéndose suavemente con las olas, mientras Britania —y el Rey de las Tormentas— los aguardaba al otro lado del mar.
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La lancha inflable avanzaba cortando el mar con un zumbido constante. Era ligera, inestable… pero funcionaba. El pequeño motor luchaba contra las olas mientras el viento salpicaba agua salada sobre el grupo.
Rama cerró los ojos por un momento, dejando que el aire golpeara su rostro.
—Desplazarme así… —murmuró—. Es extraño. Muy distinto a un carro o a un puente sagrado.
Abrió los ojos y sonrió apenas.
—Pero no es desagradable.
—¡Eh, no te relajes tanto! —gruñó Cu Chulainn desde el timón—. Si algo sale del agua, no pienso frenar.
Al frente, Bedivere mantenía la vista fija en el horizonte, su mano de plata brillando débilmente.
—El mar está demasiado tranquilo… —advirtió—. Eso nunca es buena señal.
A un costado, Tn descansaba apoyado contra el borde de la lancha, respirando con calma. El balanceo lo estaba adormeciendo, pero mantenía sus sentidos atentos al flujo de maná.
No tardarían mucho en llegar.
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En Camelot, la figura del rey caído permanecía inmóvil. El cuerpo de Artoria Pendragon (Lancer) parecía desprovisto de toda vida humana. El poder divino fluía en automático, frío, absoluto.
Pero en lo más profundo… ella aún estaba allí.
La conciencia de Artoria observaba desde el interior, usando una proto-omnisciencia que ya no sentía como propia. Vio al humano extranjero. A Tn.
Lo había visto incluso antes de que entrara en la Singularidad.
—…Aún tienes fe —susurró, una voz que nadie podía oír—. Qué cruel eres, Grial…
Sintió entonces cómo su cuerpo —ese cuerpo que ya no le pertenecía— comenzaba a moverse. La lanza divina respondió antes que su voluntad.
—No… —pensó—. Aún no…
Pero era inútil.
Rhongomyniad se elevó, y el cielo comenzó a resplandecer.
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—Oigan… —dijo Cu, frunciendo el ceño—. Eso que brilla en el cielo…
Bedivere alzó la vista. Su expresión se endureció al instante.
—Sí… es el mismo ataque.
Rama siguió la dirección de la mirada. Sus ojos se afilaron al ver cómo el maná se condensaba.
—No —corrigió—. Es peor.
Apretó el mango de su espada.
—Un ataque de rango A, como mínimo.
En el cielo, cubriendo cientos de metros, la energía tomó forma: un enorme cono, como la punta de una lanza-taladro descendiendo desde las nubes, girando, comprimiendo el aire a su alrededor.
—Tch… —Cu chasqueó la lengua—. Eso no es nada deportivo perra.!AL MENOS DEJA QUE LLEGUEMOS A LA COSTA!.
—Rama —dijo Bedivere sin apartar la vista del ataque—. Guarda tu energía. La necesitarás cuando estemos frente a ella.
Rama dudó un segundo, luego asintió.
—No moriré antes de tiempo, caballero.
Bedivere flexionó su brazo de plata.
—Tn… —dijo con voz grave—. Necesitaré maná.
Tn reaccionó al instante, apoyando una mano contra el comunicador y canalizando energía.
—Te lo doy. Todo lo que pueda.
El flujo de maná se intensificó. Bedivere dio un paso atrás… y saltó.
El caballero se lanzó al cielo, su silueta recortándose contra la luz del ataque descendente. El brazo de Airgetlám brilló con fuerza, liberando un arco de luz concentrada.
—¡POR BRITANIA! —rugió.
Abajo, la lancha seguía avanzando, diminuta frente al coloso de energía que caía desde el cielo, mientras el primer choque entre la voluntad del Rey de las Tormentas y la determinación de los intrusos estaba a punto de ocurrir.
La plata brillo ante el oro.
!Switch On – Airgetlám! —gritó Bedivere, extendiendo el brazo de plata.
El destello plateado se expandió como un ala contra el cielo, y aunque su figura parecía insignificante frente a la punta de lanza que descendía en espiral, el choque fue brutal. El aire se partió con un estruendo seco; luz contra divinidad. La lancha neumática siguió a toda velocidad mientras una explosión blanca devoraba el horizonte.
—¡Bedivere! —gritó Tn, incorporándose de golpe.
La respuesta fue el silencio… y luego el cuerpo del caballero cayendo al agua. Apenas tocó la superficie, sombras enormes se agitaron bajo él. Aletas. Fauces. Monstruos marinos emergieron como cuchillas vivas.
—Tch… —chasqueó lancer frunciendo el rostro,los ojos rojos parecian temblar de ira—. Pagarán por eso.
—¿Ves eso? —murmuró Rama, midiendo la presión mágica—. Parece ser que pudo localizarnos dentro de cierto rango supongo que toda britania es ese rango.
—Guarda tu energía —gruñó Cú Chulainn, clavando los talones—. Yo me encargo si vuelve a disparar.
Tn apretó los dientes.
—…Me estaba cayendo bien.
El caballero habia sido una exelente ayuda y era bastante agradable.
Si no fuera magus se habria sentido mal.
La costa apareció entre espuma y roca. Aterrizaron con un golpe seco y no se detuvieron.
—Yo me adelanto —dijo Rama, ya corriendo—. Abriré paso.
—No. Vamos juntos —respondió Cu—. Si ese “rey” vuelve a moverse, lo sabremos.
Para alcanzar Camelot usaron los escombros flotantes: saltos precisos, roca a roca, mientras el castillo se alzaba como una montaña imposible. El viento llevaba consigo un murmullo antiguo, como una respiración mecánica.
Tn, en cambio, giró por otra ruta.
—Da Vinci, ¿me copias? —susurró, activando el comunicador.
—Fuerte y claro, querido~ —respondió Da Vinci—. Estoy trazando rutas. Hay un ascenso alterno por el flanco oeste… peligroso, pero viable. Te guío.
—Hazlo. Llegaré por detrás.
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Mientras tanto, Rama y Cu alcanzaron la meseta final. El Camelot se extendía ante ellos: murallas blancas, torres inmóviles… y en el centro, una figura que ya se incorporaba.
Artoria se puso de pie. La lanza divina respondió por sí sola, vibrando con una voluntad ajena. Sus ojos, vacíos, se alzaron hacia los intrusos.
—Así que han llegado —dijo una voz que no parecía del todo suya—. No daré un paso atrás.
—No buscamos destruirte —respondió Rama, alzando la espada—. Pero si este Rey a caido en la depravacion maligna-Su espada brillo-No dudaremos en luchar.
Cu sonrió de lado, girando su arma.
—Y si eres el muro… bueno, ya he roto peores Medb es testigo de ello.
La lanza se inclinó. El cielo volvió a tensarse.
—Entonces vengan —sentenció Artoria—. Lidiaré con todos.
Cú Chulainn abrió los ojos de par en par, el prana rugiendo en su pecho.
—Gáe Bolg —bramó, y la lanza carmesí salió disparada como un misil balístico, rasgando el aire.
El Noble Fantasma trazó su ley: invertir la causalidad, asegurar el corazón. El destino ya había sido escrito… salvo por una excepción. El Rey divino Artoria giró sobre un eje imposible; la protección divina y una suerte que rozaba lo absurdo le permitieron esquivar el golpe por un suspiro. La lanza pasó donde su corazón debía estar.
—Hmph —murmuró Artoria, clavando la suya en el suelo para estabilizarse—. Así que ese es tu as bajo la manga.
A su derecha, Rama ya estaba encima. La espada ardía, envuelta en fuego vivo.
—¡No respires! —rugió Rama, descargando el tajo.
Clink.
La lanza divina se interpuso. Chispas y brasas saltaron como lluvia de estrellas.
—¡Ahora! —gritó Cu.
Recuperó Gáe Bolg al vuelo y lanzó una lluvia de estocadas, rápidas, precisas. Derecha, izquierda, alto. Artoria las rechazó con una técnica impecable; cada choque resonaba como campanas de guerra. Dos Servants contra uno… y aun así, el equilibrio se mantenía.
Cu cargó de frente.
—¡No te escondas detrás de ese palillo!
Artoria se deshizo de la capa con un giro y la arrojó al frente. La lanza carmesí la atravesó sin resistencia… y, en ese mismo instante, picos de luz brotaron del suelo como lanzas inversas.
—¡Tsk! —Cu se vio obligado a esquivar, rodando entre destellos—. Truco barato.
Clink.
Clink.
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Clink.
Ambos reyes chocaban armas a una velocidad increible.
Rama dio un paso atrás, observando. Algo no cuadraba.
—Cada vez que atacamos… ella responde antes —dijo en voz baja—. No es solo habilidad.
Era casi ridiculo que ella estuviera bloqueando a dos Servants.
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Lejos de allí, en una ruta alterna entre rocas flotantes, Tn avanzaba con la voz de casi esterica de Da Vinci guiándolo.
—Lo ves, ¿verdad? —dijo Da Vinci—. El flujo de maná no viene solo de ella.
—Sí —respondió Tn, cerrando los ojos—. Camelot. El castillo… todo el territorio la está respaldando.
Tn activó el vínculo mental.
—Rama, ¿me oyes? —su voz resonó en la mente del rey—. Camelot es su campo. Mientras exista, ella siempre irá un paso adelante. Hay que destruir el núcleo… o arrojar el castillo a la tierra.
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Si Tn pudiera ver la sonrisa casi enfermiza del hindu se abria preguntado que clase de chiste haia escuchado.
Rama comprendió al instante.
—Así que ese es el trono —murmuró—. No un asiento… sino una jaula.Bien.
El maná cobró vida a su alrededor. El fuego dejó de ser llama y se volvió concepto: incandescente, antiguo.
—Cu —dijo sin apartar la mirada del palacio—. Cúbreme diez segundos.
—Je. Solo diez —sonrió Cu, girando la lanza—. Te compro veinte.
Rama alzó la espada; el aire se retorció.
“Detras de la espada inmortal que asesino al rey Rakshasa festin ante mi enemigo.”
—Brahmastra —gritó.
La hoja giró como un tornado de fuego divino y se estrelló contra el centro del palacio. El impacto no fue una explosión, sino un juicio. Las murallas gimieron; el maná del castillo se desestabilizó como un corazón arritmico.
Artoria retrocedió un paso. Por primera vez, su lanza tembló.
—¿Van a destruir mi reino… para salvarme? —preguntó, con una sombra de algo humano cruzándole la voz.
—Si hace falta —respondió Rama—. Porque un rey no es su castillo.
En la distancia, el castillo comenzó a crujir. Y con ese sonido, la batalla cambió de ritmo.
Camelot iba cayendo. Eso era inebitable.
No fue un derrumbe limpio, sino un colapso agónico: grietas naciendo por muros y torres, el suelo partiéndose como vidrio cansado. El maná que sostenía al reino gritó… y se apagó por tramos.
—¡Tch! —Artoria perdió el equilibrio un instante.
Ese instante bastó.
—¡Ahora sí! —rugió Cú Chulainn, lanzándose con la lanza en mano.
El impacto fue brutal. Gáe Bolg atravesó la palma de Artoria de lado a lado. Sangre carmesí —no humana— salpicó el aire.
—¡¿Qué—?! —Cu se quedó helado.
Artoria gritó.
No fue un grito humano, ni siquiera regio. Sonó como una bestia herida defendiendo su territorio. Apretó los dientes, ignoró el dolor, y cerró la mano atravesada, sujetando la lanza con fuerza imposible.
—No… me… quites… —gruñó— mi reino.
Tiró de la lanza hacia sí, arrastrando a Cu fuera de balance, y con el otro brazo lo apuñaló sin dudar.
—¡Ghah! —Cu escupió sangre al aire, las piernas temblándole—. ¡Ni se te ocurra… darme… órdenes…!
El Servant irlandés se negó a caer. Su cuerpo ardió con maná fresco.
No iba a morir asi, no cuando su invocadora le habia dado todo el mana y casi vida para llamarlo y alimentarlo.
El mocoso Tn estaba arriesgando el pellejo.
No podia morir y volver al trono y mirar a su maestra a la cara.
El maná la vació, pero sostuvo el vínculo.
—Heh… —Cu sonrió con los dientes manchados—. ¿Oíste eso, rey? …No pienso perder.
Ambos sostuvieron las lanzas gritando de ira mientras caian.
Camelot seguía cayendo, cada vez más rápido.
.
.
En otra roca flotante, Tn sintió el desastre antes de verlo.
—¿Eh…? —el suelo bajo sus pies vibró—. No, no, no…
La roca perdió su brillo. La magia se disipó.
—Mierda.
Fue todo lo que alcanzó a pensar antes de que se precipitara hacia el vacío.
.
.
.
El impacto de Camelot contra la tierra fue un temblor colosal. El mundo entero pareció contener la respiración. Polvo, luz rota y eco de ruinas se elevaron como una tormenta silenciosa.
Entre los escombros, Rama aterrizó con una voltereta, pateó un bloque de piedra para apartarlo y salió del polvo.
—Cu —dijo, serio.
El irlandés yacía en el suelo, jadeando, una mano apretando la herida del costado.
—Je… sigues… tan gritón… —murmuró Cu—. Eso es bueno.
Rama giró la cabeza.
Artoria seguía de pie.
Su lanza estaba clavada en el suelo, sosteniéndola como un pilar. De la mano atravesada por Gáe Bolg, venas carmesí recorrían su brazo, retorciéndose: la maldición ya había echado raíces.
Aun así, no cayó.
—Así que… —dijo Artoria, respirando hondo— …este es el fin de Camelot.
Miró a Rama. Luego a Cu. Luego al cielo roto.
—Si mi reino cae… —susurró— …entonces yo caeré con él.
La lanza divina brilló una vez más.
—Vengan —declaró—. Lidiaré con todo. Liberare el epso de mi corazon.
Y por primera vez desde que cayo de la gracia de la humanidad, no sonó como una reina.
Sonó como alguien que ya no tenía nada que perder.
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Dios cuanta esenciaaaaaaaaaaa.
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