Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 70

  1. Inicio
  2. yo no pedí ser un dios maldita sea
  3. Capítulo 70 - Capítulo 70: Un mar de rojo Parte 1
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 70: Un mar de rojo Parte 1

“Una actuación”, murmuré mientras sonreía con amabilidad frente al espejo. “Será fácil.”

Con una sonrisa ensayada y una actitud alegre, casi de yamato nadeshiko, me preparé frente al reflejo. Esa versión de mí contrastaba demasiado con lo que era ahora. Mantenerla… era más difícil de lo que había imaginado. No lo mostraba, pero se sentía antinatural, como sostener una máscara que quería romperse desde dentro.

Pero no importaba. Solo sería por esta noche.

“Más vale que me dé prisa. Si la hago esperar demasiado, podría arruinar nuestro primer encuentro”, me dije mientras caminaba hacia la puerta.

Con cada paso, me hundía más en el papel. Ajustaba gestos, respiración, mirada… todo encajaba. Todo era preciso. Excepto un pequeño detalle.

Uno que había nacido desde que fui August en aquel entonces… y que, desde entonces, había crecido con una intensidad incómoda.

Lo sentí con claridad cuando mi mano tocó el picaporte.

Tan intenso… que no pude evitar sonreír.

Pero no era la sonrisa amable que había practicado.

Era fría.

Era real.

Era emoción.

No una emoción cualquiera.

Era la expectativa de un combate.

Una alegría extraña, casi viva, que se retorcía dentro de mí al pensar en una pelea sin peso, sin propósito, sin consecuencias. No tenía que demostrar nada. No tenía que proteger a nadie. No había ideales que sostener… ni siquiera la preocupación por mi propia existencia.

Por un instante… todo eso desaparecía.

Y en ese vacío…

Me sentía libre.

Como un pájaro enjaulado al que, de repente, le devuelven las alas. Pero no unas alas torpes, limitadas por un cuerpo que no responde. No. Eran alas que seguían el ritmo de mi mente… o quizá era mi mente la que por fin dejaba de estar encadenada.

“Parece que, al final, no soy tan diferente de ella”, murmuré antes de abrir la puerta. “La diferencia… es que yo no puedo entregarme por completo a la batalla.”

Y eso… era lo único que me retenía.

Crucé el umbral.

Durante un instante, olvidé que estaba actuando.

Hubo un destello blanco.

Cuando recuperé los sentidos, ya no estaba en la habitación.

Ante mí se extendía una inmensa pradera de flores rojas.

Rojas… demasiado rojas.

Era un mar de lirios de araña que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, sin caminos, sin estructuras, sin nada que rompiera la monotonía. No había arte. No había señales de nada más a la vista.

Solo ese mar carmesí…

Y un silencio pesado que se cernía sobre aquella bella vista.

“Veo que tienes cierto… afecto por los campos floreados”, comenté mientras extendía un dedo hacia las flores. Al rozarlas, noté lo delicadas que eran en realidad; tan frágiles que un simple roce brusco podía dañarlas.

Eran hermosas… pero no estaban hechas para ser tocadas.

Al otro lado, frente a la mujer amable que yo representaba, estaba Hipnos. Vestía una armadura improvisada, pero funcional. La reconocí al instante: un conjunto que imitaba la de un samurái. No era elegante, pero sí práctica. Estaba preparada para luchar.

Todo en ella gritaba combate.

Y aun así… tenía una expresión ligeramente dudosa.

Porque lo que había cruzado la puerta no era lo que esperaba.

No había ningún gigante.

No había un guerrero envuelto en épica o decadencia.

Solo… una mujer aparentemente amable.

Una figura pulcra, bien vestida, con el cabello perfectamente arreglado en dos coletas que caían al frente. Su postura era serena, su expresión amable. Una imagen casi idealizada… una mujer que parecía más adecuada para un paseo tranquilo que para un campo de batalla.

Lo único fuera de lugar…

Era la espada que colgaba en su cintura.

“Tú… eres el enemigo que estaba esperando”, dijo Hipnos, con una molestia apenas disimulada.

“Sí”, respondí con una sonrisa suave. “Es un placer. Puedes llamarme Unohana.”

“Unohana…”, repitió, claramente decepcionada. “¿En serio eres mi oponente?”

Mientras murmuraba su queja, comenzó a envainar su espada. Su postura se relajó, más por irritación que por confianza. Era evidente: pensaba marcharse. Ir a reclamar… a quien le había prometido un digno enemigo y, en cambio, le había enviado a una mujer que parecía la viva representación de la esposa ideal.

Entonces… ocurrió.

Antes de que terminara de hablar, todo su cuerpo reaccionó.

Sus pupilas se encogieron hasta convertirse en un punto.

El vello de su piel se erizó al mismo tiempo. No fue progresivo. No fue natural.

Fue inmediato.

Como si algo… enorme… acabara de aparecer frente a ella.

No había cambiado nada.

La mujer seguía en el mismo lugar.

Sonriendo.

Aun así, por puro instinto, Hipnos desenvainó su espada a medias.

Clang.

El sonido fue suave. Limpio.

Demasiado limpio.

Su movimiento se detuvo en seco.

Su brazo… dejó de responder.

La hoja, apenas liberada, se desvió lo suficiente para rozar su propia piel.

La mujer amable, tan gentil y delicada, apareció frente a ella.

Su espada ya estaba envainada, pero el golpe que había dado… de no ser por los reflejos perfeccionados por innumerables muertes falsas, habría partido a Hipnos en dos.

Aún bloqueando, no fue suficiente.

El impacto le entumeció todo el brazo y su propia espada, incapaz de resistir el retroceso, se clavó en su carne.

“Juzgar a un enemigo por su apariencia no es una buena costumbre”, aconsejé con calma, manteniendo mi expresión amable y mis ojos claros. Era imposible asociarme con aquello que casi la había partido en dos.

“Entonces… supongo que debería disculparme”, murmuró Hipnos, y su sorpresa lentamente se transformó en una sonrisa amplia.

“Entonces empezamos”, proclamé.

Click.

Un movimiento rápido.

La aparté con un golpe seco que la hizo retroceder.

La diferencia de fuerza era evidente. La espada de Hipnos gimió bajo la presión… se astilló.

Hipnos salió disparada hacia el otro extremo del campo de flores. Su hombro derecho sangraba por una herida abierta que parecía imposible de ignorar.

“Eso… realmente duele”, dijo, sosteniéndose la herida mientras usaba su limitada capacidad de manipular el sueño para cerrarla.

La carne, que antes estaba casi desgarrada, se recompuso ante mis ojos.

Y al verlo… sentí una ligera molestia. Verla curarse mientras aún sonreía de esa forma, mostrando una clara excitación… era irritante.

“Parece que no fue suficiente”, pensé mientras apretaba la espada en mi mano.

Click.

Sin esperar, crucé la distancia entre nosotras en un instante. Ya estaba frente a ella, blandiendo mi espada.

Click.

Un chispazo resonó en medio del corte.

La hoja se desvió apenas… demasiado poco para alterar el golpe, pero suficiente para que Hipnos no quedara cortada.

Y aun así… ese mínimo error me transmitió una fatiga ligera en el brazo que sostenía la espada.

Click.

Click.

Click.

El sonido constante de chispazos se volvió rítmico, casi hipnótico.

La expresión de Hipnos se tensó. Cada chispazo parecía requerir toda su atención. Sentía que su propia técnica, aquella que tanto le había costado aprender, estaba en juego… y que, a pesar de toda su maestría, apenas era capaz de seguir el ritmo de Unohana.

La técnica que usaba Hipnos no era otra que el parry: un método que lentamente mellaba la resistencia y la postura del enemigo. Pero era un arma de doble filo; al mismo tiempo, desgastaba al propio ejecutor si cometía el más mínimo error. Algo que Hipnos había perfeccionado con orgullo… y ahora usaba contra mí.

Click.

Un sonido más nítido que los anteriores resonó en el campo.

Mi espada retrocedió apenas, perdiendo el equilibrio por una fracción de segundo.

“Aquí está.”

Hipnos evaluó el momento y, sin dudar, se abalanzó, preparándose para una ejecución rápida.

Parecía que estaba a su merced… cuando vio cómo su espada penetraba mi vientre.

Pero no lo estaba.

Un corte agudo la sorprendió.

El dolor vino desde su hombro: la mujer a la que había atravesado se había acercado aún más, empujando la hoja dentro de su propio cuerpo mientras, con la otra mano, sacaba un arma oculta de su manga y la clavaba en su hombro.

“Un corte limpio. Perforó mis intestinos y casi rozó mi columna”, murmuré junto a su oído.

Shhhhhh…

En un movimiento veloz, dos chorros de sangre salieron disparados hacia el aire, salpicando las flores carmesí del campo.

Uno provenía del hombro de Hipnos, cuyo brazo ahora colgaba de un hilo de carne y venas tras el movimiento brusco.

El otro… de mi propio vientre, que casi se había abierto por completo al forzar ese intercambio.

Tal herida había sido causada por un solo individuo: la propia Unohana.

Sonreía con amabilidad y, aun así, en un solo movimiento brusco, había realizado algo más cercano a lo suicida: al enemigo le infligía un daño devastador mientras ella misma recibía uno aún mayor. Hipnos casi perdió el brazo, y Unohana literalmente se había abierto la mitad del vientre con tal de asegurar el golpe.

“Han… han…”, gimió Hipnos mientras se tocaba la herida, una que dolía de una forma extrañamente placentera.

Como era de esperar, Unohana seguía sonriendo. Una línea de sangre recorría su abdomen, mientras Hipnos se sostenía el brazo casi cercenado, mirándola con emoción y cautela. La mujer que antes había despreciado ahora le generaba una presión desconocida. Un escalofrío recorrió su espalda: era como encontrarse con alguien de su mismo tipo… pero completamente diferente.

“Jeje…”, una pequeña risa escapó de los labios de Hipnos mientras tomaba su brazo casi cercenado.

Crack.

Un sonido seco de encaje: el hueso volvió a su lugar, la carne creció y el brazo se restauró a su estado original. Al mismo tiempo, la herida de Unohana dejó de sangrar de forma casi imperceptible.

“Qué emoción… esto apenas empieza y ya me gusta tanto”, dijo Hipnos, apuntando a Unohana con su espada astillada.

“Sí… es un excelente inicio”, respondí, mientras mi sonrisa se desvanecía lentamente. Mi expresión inocente se volvía menos radiante y mis ojos claros adquirían un matiz más sombrío.

“Me pregunto… cuánto podré cortarte antes de que seas incapaz de curarte.”

“¿Temes que siempre me recupere?”, presumió Hipnos, emocionada.

“No, no”, repliqué, mirándola fijamente, dejando que su reflejo se dibujara en mis pupilas. “Solo quiero evitar romperte demasiado rápido… para poder disfrutar mejor este tiempo.”

“¿Romperme?”, se burló Hipnos. “Lamento decir que llegas demasiado tarde para eso.”

Click.

Con esa declaración, Hipnos salió disparada hacia mí, esta vez tomando la iniciativa. Cortó sin dudar, y respondí con gusto, chocando nuestras espadas mientras una chispa de emoción recorría el combate

Click.

Un choque que sorprendió a Hipnos produjo un sonido nítido de metal, acompañado de chispas, igual que ella lo había hecho antes.

“¿Sabes hacer el parry?”, preguntó casi inconscientemente, antes de que otro impacto igual de fuerte resonara.

Click.

Click.

Click.

“Lo aprendí”, respondí con suavidad. “Es una buena técnica, muy apropiada para el combate.”

Mientras generaba chispas constantes con bloqueos perfectos, no dejé de hablar. Mi serenidad… aumentaba la presión sobre ella.

“Lamentablemente, no es de mi total agrado.”

Click.

Un sonido nítido resonó al impactar la espada. Estuve a punto de romper su postura… casi. El fallo no fue por perder el ritmo, sino porque en el último golpe cambié mi propia postura, recibiendo el impacto de lleno en lugar de desviar.

“En lo personal, prefiero un ataque más activo”, comenté mientras mantenía la guardia.

“Entonces así será.”

Ante la declaración, Hipnos tomó el arma con ambas manos. Plantó firmemente los pies, levantó la espada y la dejó caer con fuerza, intentando desequilibrarme.

Pero no me detuve.

Me acerqué.

Shhhhhh…

De nuevo floreció la sangre. Perdí una mano… pero Hipnos ahora tenía la espada clavada en el abdomen.

O la tenía…

Hasta que repetí el movimiento.

La hoja atravesó de vuelta con precisión, arrancándole una bocanada de sangre.

“Parece que eres rencorosa”, se burló Hipnos mientras se sostenía el abdomen. “Pero me gusta esto.”

A corta distancia, continuamos intercambiando golpes. Hipnos utilizaba todas las posturas de espada que conocía, mientras yo atacaba únicamente con dominio puro, sin una técnica formal definida.

Ambas recibíamos daño constante y nos curábamos casi al instante. La escena se volvió un espectáculo macabro: sangre cayendo como lluvia, fragmentos de piel como granizo, y ninguna de las dos intentando protegerse.

Solo continuábamos.

Resistiendo.

Hasta que una… dejara de hacerlo.

Era, en esencia, un combate simple.

Por cada herida infligida, por cada extremidad perdida, apenas necesitábamos medio segundo para restaurarnos. Estábamos estancadas. No había avance claro, ni señal de victoria.

Y aun así… ninguna se detenía.

La clave era obvia.

La cabeza.

Un golpe limpio ahí terminaría todo.

Un final inmediato.

Un final fácil.

Pero ninguna lo eligió.

Porque ninguna aceptaría algo tan… simple.

Un camino que no exigiera desmembrar a la otra.

Un final sin haber atravesado cada límite posible.

Y aun así…

Aunque el combate era del gusto de ambas, aunque Hipnos lo estaba disfrutando de una forma casi enfermiza… algo la incomodaba.

Un detalle.

Pequeño.

Persistente.

No estaba peleando en serio.

Sí, nos estábamos destrozando mutuamente.

Sí, la carne se abría y se reconstruía una y otra vez.

Pero… no era suficiente.

Hipnos lo sentía.

Mientras ella se entregaba por completo, exprimiendo cada técnica, cada experiencia, cada fragmento de sí misma… yo no hacía lo mismo.

No me forzaba.

No cruzaba mis propios límites.

Se estaba… conteniendo.

Como si no importara cuánto daño recibiera.

Como si no importara cuánto resistiera Hipnos.

Como si todo aquello…

fuera un juego.

Como un gato jugando con un ratón.

Eso la irritaba.

La emocionaba.

Pero, sobre todo… la irritaba.

Porque sabía que lo disfrutaría más…

si dejaba de contenerme.

Si dejaba de preocuparse por esa tontería de romperla.

Después de todo…

no se puede romper lo que ya está roto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo