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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 74

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Capítulo 74: Destino torcido

Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue el techo de madera. El sol estaba en su punto más alto, y la luz que entraba por la ventana apenas alcanzaba el extremo más alejado de mi cama. Yo permanecía en la sombra, mientras un rayo dorado iluminaba la parte más viva de la habitación, justo fuera de mi alcance.

Ver eso al despertar era una ironía cruel. Una que se hizo más clara cuando me incorporé y observé mi cuerpo.

No llevaba camisa. Tampoco la capa de plumas que solía usar.

Mis manos eran ásperas. Mis brazos estaban cubiertos de heridas. Y mi torso, aunque tenía una constitución firme, casi como la de una estatua griega, estaba arruinado por cicatrices irregulares que rompían cualquier armonía.

Era un desastre.

Un cuerpo que me había obligado a tener. Uno que repudiaba.

No solo por lo que significaba, sino también por lo físico. Era torpe, cojo, rígido. Incapaz de moverse con fluidez. Nada que ver con lo que había sentido siendo Unohana, ni con la fuerza y resistencia de August.

Muchos dicen que no hay mal sin comparación. Pero eso es mentira. La comparación no sirve de nada cuando cualquier cosa es mejor que lo que ya tienes.

“Realmente tengo que deshacerme de esto”, murmuré, reafirmando mi decisión de deshacerme de esta cosa.

“Solo aguanta… aguanta otro día más”, añadí con cansancio.

Con esa amargura en el pecho, tomé la máscara que siempre dejaba a mi lado y me la coloqué con cuidado, cubriendo el vacío donde debería estar mi rostro. Luego me vestí: la camisa, el resto de mi equipo… y finalmente aquello que me dio mi madre.

Mi capa de cuervo que me permitía caminar con normalidad.

Sin ello, apenas podía caminar.

Cuando estuve listo, avancé hasta la puerta del taller, pero me detuve antes de salir. Miré hacia atrás.

Desde la luz, la cama quedaba sumergida en sombras. La misma en la que había tenido aquella experiencia.

Y lo entendí.

Quizá una de las razones por las que evitaba dormir era porque despertaba aquí, en este cuerpo… era una de las sensaciones más tristes que conocía.

“Solo aguanta… algún día”, murmuré antes de abrir la puerta.

Mientras Crow sufría un amargo amanecer, en otro lugar la situación era completamente opuesta.

En la habitación de un templo en lo alto de las montañas, la luz dorada recorría el espacio y se reflejaba en los ojos de un hombre. Su cuerpo estaba empapado en sudor, con un cansancio evidente que apenas le permitía abrir los párpados. Parecía a punto de desfallecer… y, aun así, se veía extrañamente feliz.

Su torso se incorporó lentamente desde la cama, pero en cuanto intentó levantarse por completo, un dolor sordo lo obligó a detenerse. De forma instintiva, se llevó la mano al pecho. Ares despertó del todo.

Confundido, bajó la mirada. El pecho que antes estaba intacto, perfecto antes de irse a dormir, ahora estaba marcado por una línea de sangre dorada que recorría todo su torso.

“¿Qué… es esto?”, murmuró mientras se ponía de pie con dificultad y avanzaba con pasos torpes hacia el espejo.

Allí se reflejaba su imagen: un hombre de musculatura perfectamente definida, piel pálida y cabello rojo intenso, con una presencia imponente. Era él… pero había cambiado. En su pecho destacaba una cicatriz inmensa, extendiéndose de lado a lado como si hubiera sido partido en dos y luego reconstruido.

Era una imperfección evidente en un cuerpo que muchos habrían considerado perfecto.

Pero Ares no la vio así.

Al contrario, la cicatriz le resultaba agradable. Especial. Más aún cuando se tenía en cuenta que era su primera cicatriz. Su cuerpo, por su naturaleza divina, siempre había sanado sin dejar rastro, así que el que ella fuera el primero en hacerlo solo hacía este recuerdo más especial.

“No está mal…”, murmuró con interés, pasando la mano por la cicatriz y girando ligeramente el torso para ver bien lo bien hecha que estaba. “Esa loca… o ese viejo, como sea… tiene buen pulso.”

En medio de su contemplación de la cicatriz, y con una sensación extraña de alegría, Ares notó otro cambio menos evidente pero igual de significativo. Su cabello. En particular, en la frente, entre el rojo intenso y espeso asomaba un mechón blanco.

“Hmm… odio el blanco”, murmuró mientras lo tomaba entre los dedos, pensando de forma instintiva en su padre.

Esa asociación le resultó desagradable. Sin embargo, casi de inmediato recordó la apariencia de August y se contuvo.

“Pero supongo que puedo tolerarlo.”

Aún entre esa mezcla de conflicto y ligera aceptación, se apartó del espejo y dirigió la mirada hacia la cama, donde todavía quedaban restos de sangre. “Supongo que podrías dar un último servicio.”

Tomó la cobija y se limpió con ella. La sangre desapareció, dejando únicamente la inmensa cicatriz como testimonio. Ya limpio, y con un ánimo inusualmente calmado —casi ligero—, se dispuso a marcharse.

No tenía rumbo. No sabía qué haría después. Pero no importaba. Solo quería caminar… y quizá ver a su hija. Había pasado demasiado tiempo sin verla, y su compañía le resultaría, ahora más que nunca, agradable.

“Ahora que lo pienso…”, murmuró mientras salía de sus aposentos sin camisa. “Creo que me dijo algo sobre practicar música… tal vez debería acostarme bajo aquel árbol y escucharla un rato.”

Y con todo esto, un tercero, cuarto, quinto, sexto y hasta un octavo individuo mostraron cambios.

En lo profundo del mundo del sueño, en un charco de sangre repleto de miembros desmembrados y flores de lirio araña, flotaba débilmente una figura menuda.

Esta observaba el infinito cielo negro, descansando, a la vez malhumorada… y satisfecha.

“Esos cabrones me satisfacieron y luego se fueron”, murmuró Hipnos, sintiéndose como una mujer abandonada una que, tras el mejor polvo de su vida, había sido abandonada sin más por dos cabrones.

Era una comparación desagradable… y, en cierto modo, incorrecta. No era como si los otros dos hubieran tenido elección. A diferencia de ella, eran cuerpos físicos. Tenían que despertar. No podían quedarse allí, como Hipnos, que ahora prácticamente habitaba ese lugar.

“Como sea… de todos modos los veré mañana, o en unos días”, murmuró mientras se hundía en la sangre como si fuera una fuente termal. “Por cierto… ahora que lo recuerdo, se suponía que Unohana era mi ejemplo… igual que ese idiota musculoso.”

Con ese pensamiento, Hipnos levantó algo que había conseguido después de la pelea. Un objeto que debería haberse desintegrado tras la desaparición de su dueño… pero que, gracias a su interferencia, había logrado persistir.

Era una espada japonesa.

La empuñadura tenía un tono rojizo, como si la sangre de su anterior portador se hubiera solidificado en ella.

“Esta es la espada de Unohana”, murmuró. “Pero… viéndola de cerca, no parece tan especial.”

A sus ojos, la espada apenas emitía un débil latido. Un remanente de poder… mínimo, casi inexistente. Algo extraño, considerando que se había asegurado de que no fuera dañada tras la “muerte” de Unohana. Que ahora estuviera en ese estado resultaba desconcertante.

“Si el poder no venía del objeto… entonces venía de la propia Unohana”, pensó, aunque descartó la idea casi al instante.

Ares había obtenido ese poder. Lo había manifestado sin la intervención directa de Unohana o August. Si era así… entonces debía existir una fuente común.

No era algo que surgiera de la nada.

Había una conexión.

Una que, hasta ahora, Hipnos nunca se había tomado en serio. Porque, hasta ese momento, lo único que le importaba era pelear. Ser herida. Levantarse. Volver a pelear.

No fue hasta que vio el poder de Unohana… que se enamoró de él.

Ese poder no solo permitía extender la batalla indefinidamente. También le permitiría recibir todas las heridas que quisiera. Ya no habría pausas. Ni límites. Incluso podría perder la cabeza… y seguir luchando sin esperar a regenerarse.

El poder de Unohana era, para ella, como agua para un sediento… como comida para un hambriento.

“¿Cómo se consigue…?”, murmuró, observando la espada mientras sentía, más que nunca, el deseo de poseer ese poder.

Usando la poca autoridad que tenía en ese lugar, intentó estimular el remanente que quedaba en la espada. Forzarlo. Comprenderlo.

Y, para su sorpresa, apenas lo intentó… algo respondió.

Como si una pieza encajara en su sitio.

“Clik.”

Una conexión se formó.

“…… Esto tiene un truco”, pensó Hipnos al instante.

Dudando por primera vez en mucho tiempo, sostuvo la espada con más fuerza y utilizó nuevamente su autoridad para indagar en ese poder. No buscaba comprenderlo… buscaba la raíz. Porque, si había un problema, debía estar ahí.

Y en el instante en que lo hizo, el espacio —o, mejor dicho, todo el mundo— cambió ante sus ojos.

El cielo, antes negro, se llenó de líneas.

Líneas que se entrelazan, se clavan, se tensan y se mueven sin orden aparente. Era algo demasiado complejo, demasiado ajeno. Hipnos no podía entenderlo. Y con la limitada autoridad que poseía, tampoco podía aspirar a hacerlo.

Pero algo sí le quedó claro.

Aquella “burbuja de sumo”… o en lo que se había convertido… era el origen.

No era Unohana.

No era Ares.

No era ella.

Era ese lugar.

Ese espacio era el que les había dado ese poder… o, más precisamente, la semilla de ese poder.

Lo entendió al ver un hilo.

Un hilo delgado, casi imperceptible, conectado tanto a ella como a la espada. A través de él fluía una corriente débil, constante, casi insignificante… como si alimentara algo. Como si nutriera a un feto.

La imagen la incomodó.

Pero, más que incomodarla… la desconcertó.

No entendía por qué ocurría aquello. ¿No era un desperdicio de poder? ¿Por qué hacerlo? ¿Con qué propósito?

Mientras más observaba, más preguntas surgían.

Porque, a sus ojos, aquello era un derroche absurdo. Más aún cuando esa energía parecía surgir de la nada. El mundo de los sueños no generaba ese poder… y eso era algo que Hipnos sabía con certeza lo anormal que era.

“¿Qué está pasando aquí…?”, murmuró, con una inquietud poco habitual en ella.

¿Por qué ese lugar parecía apresurado a otorgarle ese poder… como si quisiera deshacerse de él?

Mientras Hipnos permanecía sumida en esa confusión, en otro punto se desarrollaba una situación igual de caótica… y mucho más extraña.

En un gran templo, oculto entre las montañas, tres figuras yacían esparcidas como cuerpos abandonados.

Las hermanas del destino.

Aquellas que antaño eran arrogantes, burlonas y desdeñosas… ahora apenas podían sostenerse.

La razón era simple.

Su tela

El tejido del destino se había convertido en un desastre.

Los hilos estaban torcidos, tensos en direcciones imposibles. Y los ejes centrales —aquellos que representaban a ciertos individuos clave— vibraban de forma irregular, desgastándose, como si la propia trama estuviera a punto de romperse.

Era un colapso.

Un desastre absoluto.

Durante días, habían sentido cómo el futuro, antes claro como el cristal, se volvía opaco… turbio… inaccesible. Como si intentara ver a través de los ojos de alguien con miopía grave.

Lo habían tolerado.

Hasta ahora.

Porque aquella noche, sin previo aviso, el destino —ese que siempre habían podido leer— se volvió contra ellas.

Y, como una bestia enloquecida se había rebelado…

“¿Sin novedades?”, preguntó la hermana menor, visiblemente ebria. Tras lo ocurrido aquella noche, había empezado a beber para ahogar sus penas.

“Aún en blanco”, respondió la mayor, con una expresión que rozaba la locura. Literalmente: había improvisado un tablón lleno de notas, hilos y conexiones absurdas, como una conspiranoica desesperada. “Pero si uno conecta los eventos de ayer… de la semana… y el hecho de que, antes de perder el control, Zeus se cogió una vaca—”

“¿Puedes dejar de hablar de la maldita vaca?”, se quejó la hermana del medio, claramente irritada.

Y no era para menos.

Para su desgracia, la última visión clara del futuro que habían tenido fue exactamente esa: Zeus, completamente ebrio, acostándose con una vaca. Más que absurdo, era humillante… y un recuerdo que deseaba borrar de su mente.

“Bien, bien… dejó a la vaca de lado”, gruñó la mayor, molesta, arrancando un dibujo bastante explícito del tablón y tirándolo al suelo junto con toda una sección de su “teoría”.

“¿En serio creaste toda una línea de acontecimientos basándote en eso?”, preguntó la menor, con evidente fastidio.

“¿Recuerdas cuál fue la última profecía?”, contraatacó la mayor, girándose hacia ella con brusquedad.

“¿Cómo no? Fue literalmente la última antes de que todo se fuera al demonio… y fue mía”, respondió la menor, con el ceño fruncido.

“Sí. Y después empezaste a retorcerte mientras echabas espuma”, añadió la del medio, cruzándose de brazos. “Tuvimos que sujetarte toda la noche mientras balbuceabas como si te hubieras vuelto loca.”

“Cállate… no me lo recuerdes”, masculló la menor, señalándole con el dedo.

Mientras las dos discutían como gallinas sin cabeza, la mayor permaneció en silencio, concentrada.

Su mirada estaba fija en el tablón.

En el centro, rodeadas de líneas caóticas y conexiones forzadas, estaban escritas todas las palabras que la menor había pronunciado durante su delirio:

Error…

Maldito…

Ciudad hundida…

Lavanda…

Libertad…

Placer …

Creador…

burbuja…

Criatura perfecta…

Emperador secreto…

Desgracia…

Caos…

Vacío…

El que no está entre todas las cosas…

Matrimonio…

El inicio…

El final de todas las cosas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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