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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 73

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Capítulo 73: Un mar de rojo Parte final

“Clang.”

“Crack.”

Con cada paso que daba, la figura esquelética recuperaba su apariencia anterior. En cuestión de segundos, la hermosa mujer volvió a manifestarse, como si la imagen de aquel cráneo cubierto por cabello ondulante en medio del mar de sangre nunca hubiera existido.

Aun así, la visión seguía fresca en las mentes de los presentes. Sus nervios estaban a flor de piel.

“Supongo que tienes razón… en algo”, comentó Ares de pronto.

Mientras hablaba, observó su puño. Cubierto de sangre, se regeneraba rápidamente, dejando en su lugar una piel suave, casi intacta. La piel de alguien que jamás había blandido un arma… como si, por ser un dios “perfecto”, no debiera portar marcas.

“He vivido demasiado tiempo de esa forma”, murmuró mientras apretaba los puños. “Pero ya no deseo seguir así.”

Al pronunciar esas palabras, Ares alzó la mirada hacia Unohana, que lo esperaba pacientemente. Aquella figura —capaz de cambiar de forma y de naturaleza— seguía provocando en él el deseo de alcanzarla. No por ella… sino por sí mismo.

Durante años, había sido una marioneta.

Marioneta del Olimpo, buscando desde su infancia complacer a unos padres que nunca lo valoraron. Marioneta de Afrodita, entregándose a la ilusión de que, estando con ella, podría alcanzar el amor… ignorando que lo único que ella sentía era atracción, algo superficial, incapaz de transformarse en algo más profundo. Marioneta de su propio poder, que lo mantenía dentro de un margen perfecto, obligándolo siempre a ejecutar el golpe más óptimo, la técnica más adecuada, el movimiento más eficiente.

Durante toda su vida, nunca había sentido verdadera libertad.

Solo cuando se enfrentaba a él.

Solo en este combate.

Porque aquí no luchaba por honor, ni por deber, ni por demostrar nada.

Luchaba porque lo disfrutaba.

Y esa libertad lo hacía sentir…

Extraño.

Era frustrante. Porque solo en ese instante comprendía lo que significaba desear algo de verdad… y aun así dudar en tomarlo, incluso cuando se le ofrecía de frente.

“Entonces… hazlo”, expresó Ares mientras dejaba toda defensa de lado y extendía los brazos.

Aquel acto, que a simple vista parecía suicida, era en realidad su mayor muestra de determinación.

Porque, por primera vez, entendió que en los momentos más críticos necesitaba un empuje. Algo que, en otras circunstancias, habría considerado vergonzoso… pero que ahora reconocía como lo que realmente era:

Confianza.

Respeto.

Porque, incluso si todo aquello no era más que un hermoso sueño, seguía siendo significativo. Era una forma de, por fin, ser libre. Una libertad temporal que le daría la esperanza y la fuerza necesarias para luchar por aquella sensación real que había experimentado una vez.

“Dame el empujón para poder ser libre una vez más.”

“…… Interesante.”comete al ver esto.

Sin contemplaciones, y sin que Hipnos interfiriera, Unohana levantó la espada en alto y miró a Ares una vez más a los ojos. Aquellos ojos estaban firmes, sin miedo, llenos únicamente de determinación… y de un espíritu que hizo que incluso Unohana sintiera algo inesperado: una mezcla de envidia y alegría.

“Si eso es lo que deseas… permíteme complacerte.”

Tras esas simples palabras, Unohana desapareció y apareció frente a Ares con la espada en alto.

“Shhhhh.”

Al siguiente instante un profundo corte atravesó a ares.

Uno que recorrió todo el pecho de Ares sin la más mínima contemplación, sin piedad ni contención. La hoja atravesó carne, partió huesos y desgarró órganos en un solo movimiento limpio y absoluto.

Y aun así… Ares no cayó.

Lo único que lo mantenía en pie era algo que ni siquiera Unohana había logrado cortar.

Un pequeño rastro de energía.

Una energía rojiza que emanaba desde su pecho, tenue pero constante. Una energía que, hasta ese momento, había permanecido concentrada únicamente en sus puños… y que ahora comenzaba a expandirse. Con la sangre cayendo, su brillo se intensificó, extendiéndose poco a poco por su cuerpo. Y aquel que había recibido un golpe de muerte cerró los ojos. No por miedo. No por dolor. Sino para recordar.

De alguna forma, y a pesar de saber que no moriría, su cuerpo interpretó ese instante como una muerte real. Y, con ello, su vida pasó ante sus ojos una vez más.

Vio su nacimiento. Su infancia. Las sonrisas… y el rechazo. Todo aquello que lo encadenó y lo convirtió en la marioneta que había sido durante tanto tiempo. Pero, incluso en medio de esa cadena de recuerdos, encontró algo más.

Encontró pequeñas alegrías.

Sus pocos amigos, aquellos que, a pesar de todo, permanecieron a su lado, dispuestos a hundirse en el lodo con él. Las figuras de sus hijas… entre ellas, la pequeña Harmonia, quien, a pesar de haber nacido de una relación vacía con Afrodita, le mostró lo que significaba ser amado de verdad. Siempre lo miraba con orgullo, como si ser su hija fuera algo digno, como si él lo fuera.

Y finalmente… August.

O Unohana.

Una figura que, a pesar de haber aparecido solo dos veces en su vida, tenía más peso que muchos otros… incluso más que su propio padre o Athena. Fue quien, a través de golpes y sangre, le enseñó lo que realmente era la libertad. Su único maestro. La única persona contra la que deseaba luchar no por orgullo, ni por deber… sino por el puro placer de hacerlo.

“Realmente te hice esperar…”, murmuró Ares mientras la sangre caía de su boca con cada palabra. “Pero ahora sí… pienso devolverte la paliza que me diste.”

Con ese grito, la energía roja que apenas cubría su cuerpo explotó.

Su cabello, antes lacio, se elevó violentamente, como si desafiara la gravedad, y una sonrisa —feliz y furiosa a la vez— se dibujó en su rostro.

“Plop.”

Sin previo aviso, y con un sonido casi ridículo, una pequeña figura se acercó y golpeó a Ares en el rostro. Él no se defendió, pero giró la cabeza con extrañeza hacia el responsable.

“No te robes el protagonismo, patán musculoso”, bramó Hipnos. “Yo también estoy en esta pelea.”

Ante esas palabras, la confusión de Ares desapareció. En su lugar, una leve sonrisa —casi divertida— apareció en su rostro.

“Entonces no te quedes atrás.”

Sin esperar más, y para fastidio de Hipnos, Ares se lanzó hacia Unohana y descargó un golpe directo contra ella.

“Maldito intruso”, maldijo Hipnos antes de abalanzarse también, negándose a quedarse fuera.

“Con.”

“Con.”

Dos sonidos nítidos, húmedos, resonaron en el aire.

Unohana detuvo ambos ataques.

Con la espada bloqueó el puño de Ares. Con la mano desnuda, atrapó la espada de Hipnos.

Pero algo había cambiado.

El puñetazo.

Antes, aunque los golpes de Ares eran poderosos, nunca habían alcanzado un nivel que obligará a Unohana a emplear toda su fuerza para detenerlos. Ahora era distinto. El impacto era más pesado, más denso… más real.

El brazo de Unohana se tensó al máximo. Bajo su piel delicada, los músculos se contrajeron con violencia. Pequeños ligamentos se rompieron… y se regeneraron al instante.

Era una herida mínima.

Pero significativa.

Y, de forma casi irónica, Unohana lo aceptó sin resistencia.

La sangre comenzó a caer nuevamente.

Sólo que esta vez… la mayoría eran de ella.

Los ataques de Hipnos también habían cambiado. Poco a poco, estaba aprendiendo. Adaptándose. Aunque seguía siendo cortado, destrozado, asesinado una y otra vez… siempre volvía. Siempre avanzaba.

Y Ares…

Ares ya no peleaba de forma perfecta.

Peleaba con todo.

Sus movimientos eran salvajes, irregulares, imposibles de predecir. Llenos de errores… pero también de espíritu. Cada fallo tenía su encanto. Cada golpe tenía belleza a su manera.

Y eso… lo hacía más peligroso que nunca.

Poco a poco, aquello que antes era invisible comenzó a hacerse evidente.

Unohana… estaba quedándose atrás.

Sus brazos descendían con un ligero retraso. Las heridas comenzaban a acumularse. Incluso ella… empezó a morir.

El campo de batalla se convirtió en algo grotesco. Un infierno de carne, sangre y fragmentos esparcidos sobre el infinito mar rojo.

Pero para ellos…

Era un juego.

Un patio de recreo donde todo se destruía… y volvía a levantarse.

Solo que ahora…

Alguien estaba perdiendo en este juego.

“Así que así se debió haber sentido ella…”, pensó Unohana —o quizá Crow— con una tristeza casi imperceptible mientras su cuerpo comenzaba a ceder.

La espada de Unohana atravesaba la mitad del rostro de Ares. Con la otra mano, ya había arrancado la tráquea de Hipnos en un instante previo.

Pero no eran ellos quienes caían.

Era ella.

Porque, a pesar de no tener tráquea, Hipnos contraatacó, apuntando directamente al pecho de Unohana.

Un movimiento que ella podría haber detenido.

Debería haber detenido.

Pero no lo hizo.

Porque Ares, con medio rostro atravesado por la hoja y al borde de perder la cabeza…

Mordió la espada.

La detuvo con los dientes, la sangre brotando entre ellos.

Apenas dando el tiempo suficiente…

Para que el ataque de Hipnos conectara de lleno.

Ese simple golpe, que antaño habría sido poco, se convirtió en el golpe final para Unohana, y esta cayó de bruces al suelo carmesí entre sangre, partes del cuerpo y flores rojas como una cama macabra pero hermosa.

“Felicidades…”, murmuró Unohana en el suelo. “Han ganado ”

Ese débil susurro fue como un relámpago en los oídos de los tres. Ares e Hipnos pusieron caras aturdidas, incluso algo incómodas, y cuando estaban a punto de reclamar o preguntar qué quería decir Unohana—

“Plop.”

“Plop.”

Dos sonidos de chapoteo sonaron tras sus palabras. Este sonido venía de los cuerpos de Ares e Hipnos, los cuales cayeron al suelo sentados. Sus respiraciones eran pesadas, y casi ni siquiera podían mantenerse firmes. Las manos de Ares temblaban; sus duros e impotentes puños eran incapaces de cerrarse, como los de un recién nacido.

Hipnos, por otro lado, era incapaz de mover sus brazos; le pesaban como si fueran de piedra, y sus piernas eran un desastre temblante.

Justo entonces fueron conscientes.

Sus cuerpos hacía mucho habían superado sus límites. Lo único que podía mantenerlos aún era el poder de Unohana, que los curaba, y su propia voluntad de pelear. Una voluntad que, tras recibir la señal de victoria, se vio satisfecha, permitiendo que todo lo que habían aguantado explotara de golpe.

En el suelo yacían los tres, exhaustos, rodeados de un mar rojo que ya no parecía tan infinito.

Esta vez, la victoria no era de Unohana.

Era de ellos.

Unohana estaba cansada… pero profundamente satisfecha. Ese último golpe combinado les había dado la victoria. Era una conclusión hermosa.

Pero triste.

Triste para ella, que por primera vez en mucho tiempo se sentía así de emocionada. Su corazón se negaba a aceptar que esto terminara, pero entre esa amargura comenzó a florecer una extraña dulzura. Una dulzura que nunca había experimentado, pero que ahora era presente al contemplar a las dos figuras que la habían vencido.

“Clik.”

La espada que aún sostenía se aflojó entre sus dedos y cayó al suelo húmedo con un sonido suave. Ya no tenía fuerzas ni para sujetarla. Su cuerpo había alcanzado el límite absoluto: daño acumulado, fatiga y regeneración constante habían hecho estragos. Estaba igual que los otros dos. Lo único que la mantenía consciente era su voluntad tal como ellos.

Y esa voluntad ya no bastaba.

“Realmente… Fue una hermosa batalla”, susurró Unohana, sintiendo cómo el cansancio le robaba incluso las palabras.

Nadie respondió.

Ares e Hipnos yacían a su lado, con respiraciones agitadas y cuerpos destrozados que apenas comenzaban a recuperarse. Ninguno tenía fuerzas para hablar.

“Pero esto… solo es un hermoso sueño”, murmuró ella, con los párpados cada vez más pesados. “Y por más hermoso que sea… los sueños deben tener un final.”

Sus ojos por fin se habían cerrado.

Pero, en medio de aquella despedida silenciosa, una declaración inesperada —casi infantil— escapó de sus labios, flotando suave entre el mar carmesí:

“La próxima vez… espero volver a pelear con ustedes.”

Ante esas palabras, Ares e Hipnos alzaron la mirada como pudieron. Sus rostros destrozados, cubiertos de sangre y heridas aún abiertas, dibujaron una sonrisa.

Una sonrisa infantil. Sincera.

“Sí…”

“Sí.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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