yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 76
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Capítulo 76: Una lamentable tradición familiar
«Laguerra empezará en unos días…», murmuré mientras me dejaba caer en mi asiento del taller y alzaba la mirada hacia el techo.
Faltaban días. Literalmente. Y
entre todas las preocupaciones que tenía, una no dejaba de molestarme: la
petición de Eris.
No quería darle la secuencia de
Bruja. No era solo por el peligro evidente de poner la manipulación de
enfermedades en manos de ese grupo de locas, sino porque ese sería el camino
más peligroso para ellas. Al igual que darle un lanzallamas a un pirómano,
darles ese camino solo potenciaría sus tendencias destructivas.
Y, si podía evitarlo, preferiría
que eligiera algo más ortodoxo. Algo menos destructivo.
Aunque, siendo honesto, no era que
eso fuera a volverla menos peligrosa. Solo diferente.
El problema era que, entre las
opciones existentes, ninguna encajaba mejor. Bueno, sí había una. Una perfecta.
El camino de la Luna. El de
Boticario.
«Ese encajaba con ellas al cien por
ciento. Con Eris. Con su grupo. Con su forma de pensar, de experimentar… y, a
la vez, también podría calmarlas un poco.»
Pero no lo tenía, y ya les había
dado mi palabra de que les daría una poción de secuencia, así que no podía
posponerlo más.
«Sistema… ¿tú qué opinas?»,
pregunté, dejando escapar el cansancio mientras buscaba una segunda voz que me
diera otro punto de vista o incluso una solución.
[Siendo honesto, el sistema
coincide con su evaluación.]
Hice una mueca.
Por supuesto que sí.
[Sin embargo, a diferencia de
usted, el sistema considera viable obtener nuevas vías. Después de todo, si los
caminos actuales no son satisfactorios… siempre puede intentar generar más.]
Solté una risa breve y sin humor.
«Para ti es fácil decirlo. Tú no
eres el que se está cayendo a pedazos.»
[En la opinión del sistema:
eventualmente se caerá de todos modos, así que ¿por qué no hacerlo cuando se
requiera?]
Silencio.
[Aún quedan unos días antes del
inicio de la guerra. Invertir un último esfuerzo por una amiga… no parece una
mala decisión.]
Exhalé lentamente.
«…Eres un hijo de puta bastante
listo», murmuré, sin ganas reales de discutir.
No respondió. Tampoco esperaba que
lo hiciera.
Cansado y sin querer seguir dándole
vueltas, levanté la mano y abrí la interfaz del sistema frente a mí.
[Estado básico:
• Nombre: Crow
• Divinidad: Rebelde / Resistente
al fuego / El Loco
• Títulos: Nací con un martillo en
la mano / El Loco
• Trabajo: Artesano avanzado (EXP
para el siguiente nivel: 1 000 000)
• Habilidades: Artesano Lv. 7, Ojos
de dragón Lv. 7
[Secuencias: Secuencia 7: Refutador
89/100 – Secuencia 7: Ladrón de Materia 30/100]
Mis ojos fueron directamente a las
secuencias. El porcentaje del Refutador estaba a punto de subir. Algo anormal
en circunstancias normales, pero ya no lo eran.
«El Loco.»
Ese título explicaba demasiado. No
era una mejora, era una advertencia: el caos me estaba observando.
No constantemente ni de forma
evidente, pero lo suficiente como para empujar mi progreso. Cada acción que
realizaba bajo esa mirada aceleraba el proceso de digestión de la secuencia. En
tales circunstancias sería extraño que no avanzara rápido.
Y, aun así, eso era precisamente lo
inquietante. No sabía qué quería ni por qué me observaba. ¿Curiosidad?
¿Aburrimiento? No importaba. No podía hacer nada al respecto.
Lo único que me quedaba era
aprovecharlo.
Si me concentraba en estos días, en
cada oportunidad, podría forzar un avance, subir de secuencia y tal vez
encontrar un camino distinto para Eris.
Tal vez.
Y si no, Esparta tendría su primer
grupo de brujas. Una idea que no me gustaba, pero que tampoco podía negar. No
cuando Eris tenía motivos de sobra.
«Me voy a arrepentir de esto… lo
sé», murmuré, observando la barra de progreso del Refutador.
Suspiré, resignado.
Si iba a hacerlo, lo haría bien.
Incluso si requería pedir ayuda. En mis sueños, una de las más importantes era
Hipnos. Con ella siempre intentaba refutar antes de que Ares apareciera y todo
terminara en una pelea a muerte dentro del mundo onírico.
Después de decidir mi curso de
acción, pasé día y noche refutando. Cada momento libre lo llenaba con eso.
Era agotador, pero también
extrañamente satisfactorio. Cuestionarlo todo me obligaba a ver el mundo desde
ángulos que antes ignoraba.
En creencias, aprendí cómo los
demás entendían la realidad, lejos de mi perspectiva moderna. En las armas,
descubrí algo curioso: los espartanos tenían una visión casi optimista de
ellas, pero sostenían un sentido del honor extraño y rígido. Uno que les permitía
dispararte en la frente sin dudar, pero nunca por la espalda.
En términos económicos… solo pude
sentirme decepcionado. Esparta dependía en gran medida del trueque, y su moneda
era una molestia en sí misma: piezas de metal rosadas, pesadas hasta el
absurdo. Incómodas de transportar, incómodas de usar, incómodas de existir.
Refutación tras refutación, fui
entendiendo el mundo.
O eso creía.
Porque en medio de ese proceso que
en teoría debería haber sido esclarecedor, descubrí algo mucho más amargo: la
verdadera naturaleza del Refutador.
Estaba destinado a comprender todos
los puntos de vista y, aun así, negarlos todos. Incluso si la verdad más bella
se presentara ante mí, encontraría una razón para rechazarla. Si una flor
florecía roja, cuestionaría por qué no era azul. Si era azul, preguntaría por
qué no era otra cosa.
Nunca bastaba. Nunca sería
suficiente.
En cierto sentido, el Refutador era
un loco. No alguien que no entendía el mundo, sino alguien que lo entendía
demasiado y, aun así, lo rechazaba.
Esa realización me golpeó tres días
antes del inicio de la guerra.
Estaba acostado bajo el cielo
nocturno, mirando las estrellas, refutándome a mí mismo.
Mis decisiones. Mis creencias. Todo. Como un idiota hablando solo. O peor, como alguien que ya no podía dejar de hacerlo.
Después de días refutando sin
descanso, mi mente estaba agotada, tensa y sobreestimulada.
Y fue entonces, en ese estado,
cuando una idea apareció con claridad inquietante.
Si el caos me estaba observando…
¿podía responderle? ¿Podía… refutarlo?
No aparté la mirada del cielo.
No tenía nada que perder.
Estaba a punto de ascender de
secuencia. Solo me quedaba una última “trama”. Y si era la última, entonces no
tenía prisa.
[Secuencia 7: Refutador 99/100]
«Oye… caos», murmuré mirando al
cielo. «¿Por qué me vigilas?»
Era una pregunta que llevaba tiempo
arrastrando. Había pensado en varias razones: mi transmigración, el hecho de
ser una anomalía o el conocimiento que estaba introduciendo en este mundo. Pero
ninguna encajaba. Nada parecía suficiente para atraer la atención de un ser en
un plano tan superior, muy por encima de los olímpicos, los titanes e incluso
los primogénitos.
Pensarlo en términos humanos era
absurdo. Era como intentar llamar la atención de un dios ciego y ajeno que ni
siquiera percibe a las hormigas que aplasta. Y yo no era más que eso.
«¿Por qué alguien como tú se
fijaría en alguien como yo?», insistí, frunciendo el ceño. «No soy diferente de
una hormiga. Dudo que estés tan aburrido como para observarme sin razón.»
El silencio fue la única respuesta.
Pesado. Inmóvil. Era lo esperado. Si aquello realmente era “caos”, no debía
pensar como nosotros. No era una mente ni una voluntad humana. Era algo
distinto… incomprensible.
«¿Hice algo que llamara tu
atención?», murmuré finalmente, ya sin convicción. Me sentía estúpido, como si
estuviera hablándole al vacío.
Entonces el cansancio llegó de
golpe. Pesado. Antinatural. Mi conciencia empezó a hundirse y, justo antes de
caer, sentí algo. No fue una voz ni un pensamiento claro. Fue una sensación,
una intuición impuesta. Algo que no debería poder entender… y aun así
comprendía.
Se sentía familiar. Cercano.
Extrañamente amigable.
Las palabras no llegaron como
lenguaje, sino como significado directo:
«Conceptos. Evolución. Promesa.
Espera.»
Cuatro ideas. Nada más. Y aun así…
demasiado.
Intenté procesarlas, pero mi mente
no pudo sostenerlo. Todo empezó a fallar. La realidad se volvió pesada,
borrosa… lejana.
Y entonces… oscuridad.
Un instante tan grande que fui
incapaz de notar cómo, en medio de todo, mi propio estado sufría un cambio.
[Secuencia 7: Refutador 100/100]
Con ese último destello, mi mente
cayó en un sueño profundo. Y mientras lo hacía, algo más ocurrió. Un destello
cruzó mi mente, similar a las palabras de antes, pero esta vez no provenía del
caos. Venía de mí.
No pude retenerlo. No pude
entenderlo.
«Qué molesto…», pensé con
frustración sorda.
Era siempre igual. Sabía que
olvidaba algo, pero nunca qué. Y peor aún, sabía que al despertar volvería a
perderlo.
Con esa sensación de impotencia,
cerré los ojos y me dejé caer en un sueño sin sueños, sin notar cómo un líquido
rojo comenzaba a filtrarse entre mi ropa. Otra vez… otra parte de mi cuerpo
cediendo ante el avance de la secuencia.
«Mmmm…»
Un leve gemido escapó de mis labios
al recuperar la conciencia. El sol de la mañana se asomaba en el horizonte y yo
yacía sobre una colina, bajo un cielo azul, con una jaqueca brutal tras la
noche en la vega. Era tan aguda que se sentía como un pitido persistente.
«Mierda… ¿me habrá caído una
tortuga mientras me contradecía?», maldije con voz débil, incorporándome con
dificultad.
Me llevé la mano a la cara y
entonces lo noté.
Mis manos estaban pegajosas.
Pesadas. Extrañas.
Bajé la mirada. Incluso a través de
la máscara, vi que mis palmas estaban manchadas de un rojo oscuro.
«Sangre…», murmuré. «Se cayó otra
parte de—»
Me detuve en seco.
La sangre no venía de arriba.
Venía de más abajo.
El silencio cayó sobre mí, denso e
incómodo. Durante unos segundos mi mente aturdida intentó procesarlo… intentó
negarlo.
No. No podía ser eso.
«Por favor… no seas lo que creo…»,
susurré, casi al borde de quebrarme.
Con manos temblorosas, bajé
lentamente hacia mi cintura. Desabroché el cinturón y, con un miedo que me
hacía temblar hasta los huesos, empecé a levantar la tela.
El silencio se volvió aún más
pesado.
Mi mente casi se rompió.
«Se… cayó…», murmuré con voz
completamente vacía.
Durante unos segundos —o quizá más—
dejé de pensar. El shock fue demasiado grande. Mi mente simplemente se apagó.
No sentía nada. Ni dolor. Ni rabia.
Nada.
Mi soldado había muerto antes de la
guerra. Mis “esferas del dragón”… se habían perdido para siempre.
El pensamiento era tan absurdo como
devastador.
Y, sin embargo… real.
En medio de ese vacío, una voz
mecánica —extrañamente incómoda, casi avergonzada— resonó en mi cabeza:
[Felicidades por ascender de
secuencia]
[Secuencia 6: Hereje]
{Perdón si es algo diferente o hay errores. Tuve muchos problemas con este capítulo; literalmente lo rehice tres veces: una por accidente y dos porque me falló el programa que uso para escribir.}
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