1. Let's Play - Capítulo 11
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Capítulo 11: 9
El club, la droga y el arte de no gritar
No todos los que apuestan alto saben pagar cuando pierden
El silencio que se había instalado entre Drake y yo era espeso. Incómodo. Me taladraba la cabeza como un zumbido invisible. No era la forma en que quería terminar mi madrugada, la verdad. No con ese tipo de mirada en su rostro, como si ya me estuviera velando el cuerpo.
Solté el aire con lentitud, dejando que mi espalda se hundiera otra vez en el respaldo del sofá, mientras masajeaba con dos dedos la sien izquierda.
La conversación con Harrison no había salido con exactitud cómo la había planeado. Para nada. Pero para mi confort interno, una voz seguía sonando en algún rincón oscuro de mi cabeza con eco, asegurándome algo: “Harrison hará lo que sea para impedir que salgas herida.”
Por ende, tenía que creerlo. Con creces. Porque sino iba a terminar volviéndome loca.
—¿Y ahora qué? —preguntó Drake, con esa típica vocecita que aparece cuando nadie sabe si va a morir o solo vomitar verdades.
—Ahora, pequeño rubio, comenzarás a despotricar todo acerca del trato con Jhonaster —dije, dibujando una sonrisa, aunque no me salía del todo natural—. Y también sobre todo lo que no me has dicho del club.
Puso los ojos en blanco.
—Cariño, si esta es una misión peligrosa para ti, tal y como dijo tu jefe… —dijo con esa inseguridad idiota que solo me daba más ganas de golpear algo.
—Lindo que te preocupes, pero no lo hagas —lo corté, sin paciencia.
—Sin duda estás mal de la cabeza, preciosa —murmuró él, casi con cariño.
Me miró un rato. Largo. Quizás debatiéndose entre si valía la pena decírmelo todo o si debía mentirme, pero luego soltó un suspiro derrotado y habló.
—Bien. El trato con Jhonaster es sobre una droga nueva que está entrando al mercado —empezó—. Foster, un traficante inglés de esos que nadie conoce hasta que termina muerto, se la vendió a Zach hace como un mes en el club. Días después, el pequeño Jonathan apareció por el club con una sonrisa sagaz y con muchas ganas de invertir en la droga —sacudió la cabeza, luciendo arrepentido—. Fue un buen trato. Setecientos mil dólares por ciento setenta kilos.
—Un trato justo —dije, asintiendo. Fría. Matemática. Porque si me ponía emocional, me iba a dar algo—. No obstante, hay un fallo en tu historia.
El rubio frunció el ceño, confundido.
—¿Fallo?
—Me estás diciendo que Foster es un hombre desconocido cuando no lo es —me crucé de piernas—. Es la cabeza de la mafia inglesa.
—¿Mafia… Inglesa? —repitió Drake, su semblante oscureciendo poco a poco con los segundos que pasaban—. ¿Estás segura de lo que estás diciendo? Hay miles de hombres con ese apellido, muñeca. Es imposible que se trate del mismo hombre.
Su reacción solo me hizo querer abofetearlo por imbécil ignorante. ¿Ninguno de los dos se daba la tarea de investigar a sus inversores o qué?
—Tú y tu hermano no solo tienen lazos con la mafia rusa o la mafia italiana, Drake. También hicieron tratos con el comité ruso y sí, la mafia inglesa.
—Pero… Zach…
Me mordí la lengua lo suficiente como para no maldecir al suicida número uno y volví a mirar a su hermano.
—Zacharias te dijo que Atlas Foster era un total extraño, ¿no es así? —Drake asintió con cuidado. Iba a matar, en serio, a ese maldito estúpido—. De verdad no sé quién es el más suicida de los dos; él por todo lo que ha hecho hasta ahora, o tú porque le crees cada palabra que sale por su jodida boca, Drake.
El rubio no dijo nada por unos largos segundos. Él tan solo cerró los ojos, dejó caer su cabeza una vez más en el respaldo del sofá y miró al techo como si eso tuviera todas las respuestas del universo.
Por un instante, me compadecí de él, de su situación. No obstante, el sentimiento se desvaneció al recordar que él mismo se había buscado aquello. Por fortuna, necesitaba información para desviar mi atención hacia otros asuntos menos dramáticos, así qué retomé la conversación.
—Vamos. Ahora cuéntame sobre el trato con Nóvikov y Alexey.
Eso le dolió. Se le notó en los hombros, en la forma en que su voz se volvió menos firme.
—Eso sí es más complicado —farfulló, frotándose las manos como si tuviera frío—. Pero, para hacerte la historia menos compleja y más corta, después de la tortura que mi hermano y yo recibimos por parte de ambos —dijo con los dientes medio apretados—, en días diferentes, y de las amenazas muy, muy personales de la mafia Rusa y Alexey… Zach decidió usar su parte idiota para hacer un trato con ellos.
—Puedo entenderlo —dije, sin emoción—. Utilizó la parte suicida que emana de él cada vez que respira.
—¿Tú crees? —resopló sarcástico, sin gracia—. El caso es que Zach le ofreció a Nikolay parte de la droga de Alexey y a Alexey parte de la droga de Nikolay. Ambas son buenas. Muy buenas; potentes, puras, costosas… difíciles de conseguir en la calidad que entregamos. Y gracias a eso, tenemos a parte de las mafias más poderosas del maldito continente frecuentando nuestro club y llamando a toda hora con propuestas que parecen salidas de una subasta en el infierno.
Se pasó la mano por el rostro, agotado.
Lo miré con el ceño fruncido. No entendía su maldita frustración. En primer lugar, ellos fueron los que abrieron el club. Ellos decidieron meter las manos en ese pantano.
—¿Y cuál es el problema? —pregunté, confundida. Ya tenían varias mafias pegadas a sus culos, ¿qué con unas cuantas más? ¿Ahora sí tenían conciencia de la magnitud de sus acciones?
—Que yo no quería esta vida, muñeca —soltó de golpe. Así. Directo. Sin rodeos—. No la quería ni para mí ni para mi hermano. Pero después de lo que pasó con papá, y de que Zach se enterara… bueno, eso fue todo lo que necesitó para hacer más clara su guerra contra los mafiosos más peligrosos del mundo. El hecho de que ninguno de los dos bandos lo aceptara cuando más necesitaba dinero para sacar a mi padre del agujero en el que él mismo se metió… eso lo destrozó. Y encendió algo. Una rabia peligrosa. Lo suficiente para ejecutar su plan idiota.
Bueno, parte de la historia que no sabía.
Me acomodé en el sofá, procesando todo. Las piezas caían como en cámara lenta.
—¿Cómo que Zach necesitaba el dinero? —pregunté, sin quitarle los ojos de encima.
—Cariño —suspiró—, cuando estás siendo acusado de fraude, congelan todas tus malditas cuentas. Las pruebas contra mi papá eran demasiado contundentes como para que alguien fingiera que no las vio. Y como efecto dominó, las cuentas de toda la familia también fueron congeladas. El estado ofrecía un abogado, claro. Pero incluso él dijo que no había mucho que hacer. El caso estaba perdido —se hizo un silencio espeso. Yo no lo interrumpí. Sentía que si lo hacía, se desarmaba—. Para cuando Zach se enteró de cómo estaban las cosas, aprovechó su viaje universitario a Moscú para encontrarse con Nikolay. Después fue a Calabria, solo, para ver a Alexey. Pero como te dije, ninguno de los dos lo aceptó en sus negocios. Zach se frustró. Estaba desesperado. Así que robó. Robó cantidades absurdas de droga de ambos —lo dijo como si aún no pudiera creérselo—. No me preguntes cómo lo hizo. Aún no sé esa parte. Y me da miedo saberla. Para Zach, papá es como una especie de dios —continuó—. Cuando creyó que el propio socio de papá fue quien lo había incriminado, cuando la verdad no fue así, fue como si se le hubiera derrumbado el universo entero. Apagó el cerebro. Solo quedó la ira y la venganza. Y actuó.
Me mantuve en silencio, dejando que soltara todo.
—Después de ejecutar su plan, Zach consiguió una cantidad ridícula y absurda de dinero. Usó ese dinero para retirar la demanda contra papá. Para asegurarse de que los detalles del juicio jamás salieran a la luz. Mis padres aún no saben cómo lo logró. Sólo él y yo sabíamos la verdad… y ahora tú.
Mi silencio siguió por un par de minutos más.
Bien. Lo admitiría: eso era algo que no sabía. Y sí, me hacía ver a Zach con otros ojos. No como un héroe. Ni cerca. Pero al menos como un idiota con motivos. Un idiota leal. Peligroso, sí, pero con el corazón donde debería estar, aunque estuviera cubierto de metralla.
—A Zacharias solo se le subieron los humos de grandeza, Drake —dije, sin tacto—. Que no lo hayan aceptado en ninguna de las dos organizaciones debió ser por algo. Alexey y Nikolay se toman su trabajo demasiado en serio. Tal vez al ver a Zach tan… ¿inmaduro? —negué con la cabeza—. Lo siento. No encuentro cómo explicártelo bien.
—Te entiendo. Sigue —dijo él, bajando un poco la guardia.
—Pues, teniendo a Zach con ese control tan volátil de sus emociones, decidieron que lo mejor era alejarse. Lo más inteligente que pudieron hacer, de hecho.
Drake arqueó una ceja.
—¿Lo mejor para ellos?
Negué.
—Lo mejor para todos.
Y no lo decía por defender a nadie. A pesar de que mi progenitor fuera un hijo de puta hecho y derecho —del tipo que hacía temblar países y cerrar bocas con una mirada—, tanto él como Alexey sabían cuándo alguien tenía lo que necesitaba para entrar en el mundo de las sombras… y cuándo solo era un niño jugando con gasolina.
Si rechazaron a Zach, lo hicieron con una razón tan clara que ni siquiera hacía falta explicarla.
Drake me miró entonces. Con fijeza. Tan fijo que por un momento me pareció que quería derretirme. Había algo en esos ojos azules bonitos, que hacían que el sarcasmo se me quedara atascado en la garganta.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó, con esa mezcla de desconfianza y fascinación—. Escucha, princesa. Sé que tienes gustos… disímiles a los míos y que tu vocación va por caminos más interesantes, pero ¿cómo sabes tanto de mafiosos de alto nivel? Piensas como ellos, hablas como ellos… actúas como ellos. Es decir, puedo ver que llevas trabajando en esto muchísimo tiempo, pero aún así… —sacudió la cabeza, como si se negara a creer lo que veía—. Es increíble que una mujer pueda hacerlo.
Reí. No por burla, sino porque su sorpresa me resultaba adorable.
—Esa anécdota quedará para mucho más tarde, rubio —dije, sin más—. Ahora, si tú no querías esta vida, y estoy segura de que aún no la quieres… ¿por qué siguen con el club?
La pregunta se quedó en el aire por un segundo. Él hizo una mueca como si acabara de morder algo podrido.
—No es tan fácil cerrar un club cuando tienes a media élite criminal queriendo pasar su mercancía por ahí, cariño —dijo con amargura—. Créeme, si fuera por mí, lo hubiese cerrado hace tiempo. Pero entre gente con demasiado dinero metida hasta el cuello y Zach siendo más terco que una maldita mula, es imposible.
Mordí mi labio inferior, pensativa. Para su suerte, yo no era de las que escuchaba un “imposible” sin al menos intentar dinamitarlo.
—¿Quieres cerrarlo? —pregunté, con un plan ya armándose en mi cabeza como un dominó cayendo a cámara lenta.
—Con todas mis fuerzas.
Sonreí.
—Entonces puede que tenga un plan.
Iba a decir algo, era probable que una de sus bromas entre dulces y resignadas, pero su celular empezó a sonar. Sacó el aparato del bolsillo trasero del pantalón y lo miró con un suspiro que, por un segundo, me hizo pensar que era Harrison. Encajaba: demasiado drama, demasiada autoridad, demasiadas ganas de asesinarme por colgarle antes. Pero mi teoría se fue directo al basurero cuando Drake puso la llamada en altavoz y una voz profunda, rasposa, con ese tipo de sensualidad que se mete en la piel sin permiso, llenó la sala.
—Tenemos que hablar, Anderson —dijo la voz.
—¿Qué pasa, Rush? —respondió Drake, más relajado de lo que esperaba.
—El bastardo de tu hermano anda reclutando personas para el club sin mi permiso —se escuchó la voz molesta de Rush—. No podemos cerrar el maldito club si él va a estar reclutando personas a cada jodido minuto.
Alcé una ceja, girando lentamente hacia Drake.
«Así que ya tenían pensado cerrar el club, ¿eh?».
El rubio me lanzó una sonrisita ladeada y luego le devolvió su atención a Rush.
—¿A quién esta vez? —preguntó con ese tono de resignación que sólo un hermano mayor podía entender.
—Una chica.
Drake resopló.
—Hay miles de chicas en Monrrow por si no te habías dado cuenta, Rush. Me temo que vas a tener que ser más específico.
Rush guardó silencio un segundo. Luego soltó el nombre que, para ser honesta, me tomó por sorpresa.
—Larissa Sage.
La sonrisa de Drake se ensanchó, imitando mi expresión de segundos atrás. Rodé los ojos. Me hice la desentendida, aunque por dentro estaba que gritaba como niña en festival de su boy band favorita. Porque sí, el dios sexy y caliente —que era muy probable que sabía cómo dejarme sin rodillas— se interesaba por mí.
—¿Y eso qué? —replicó Drake con fingida inocencia—. Hay muchas chicas en el trabajo. ¿Qué tiene de malo una más?
Rush resopló otra vez al otro lado de la línea.
—Ella… —se detuvo. Un segundo. Dos. «Dulce Jesús, ¿¡yo qué!?»—. Mierda, Drake. Solo no la quiero ahí, ¿de acuerdo? No quiero a nadie más ahí. Dile a tu hermano que mantenga sus malditas manos fuera del personal y ya.
Y colgó.
Drake soltó un silbido, sin dejar de mirar la pantalla como si acabara de ver un fantasma bailar tap desnudo.
—Eso ha sido intenso —comentó, como quien hablaba del clima.
Inspiré hondo. Y exhalé más hondo. Obligándome a colocar una sonrisa fingida que gritaba “estoy bien” aunque mi sistema nervioso estuviera montado en una montaña rusa sin frenos.
—Réstale importancia, rubio —musité con ligereza forzada—. Ahora, ¿cuándo ibas a contarme que Rush estaba implicado en el paquete?
—¿Eso hubiese cambiado algo? —replicó, sin titubear.
«No. Bueno, quizás sí. Ay, ¿sabes qué? Jódete, rubio estúpido».
—Me gusta estar precavida —respondí, encogiéndome de hombros, ignorando a las mariposas en el estómago que estaban armando un motín.
Drake soltó una risa suave.
—Claro —soltó una risa suave—. Pues sí, Rush y sus hermanos también están en el negocio —abrí la boca, pero me detuvo levantando un dedo en el aire como si fuera un maestro de kínder enseñándole a un niño a contar hasta diez—. Él se encarga de la imagen del club, preciosa. Te lo digo antes de que me lo preguntes.
Fruncí el ceño. ¿Rush? ¿Llevando la imagen del club? ¿Por qué?
—Cariño —soltó el tonto, ya con burla incluida—, para estar trabajando mucho más tiempo que yo en esto, eres excepcionalmente lenta —resoplé. No había nada más sexy que un hombre subestimándote… excepto cuando tenía razón—. Dime algo, ¿qué pasaría si alguien llegara a enterarse que los únicos hijos varones del gran Daniel Anderson están metidos en asuntos ilegales?
—La reputación de tu familia estaría en el infierno otra vez —dije, esta vez sí entendiendo el punto.
—Por eso los Massey son la cara visible —siguió él.
—¿Porque si los atrapan no tienen nada que perder? —pregunté, rumiando los nombres. ¿Quiénes demonios eran los Massey en realidad?
—Claro que tienen —respondió, como si la pregunta fuera una obviedad—. Pero no tanto, considerando que su padre es mafioso y empresario —chasqueó la lengua—. Vidas dobles. Ganancias gigantes —remató.
—Asumo que no me dirás quién es su papá —alcé una ceja.
—Todo a su tiempo, preciosa —me sonrió.
Me pasé las manos por la cara. No porque estuviera frustrada, sino porque mi cerebro ya había entrado en huelga. En serio. Información, tras información, tras bombas. Y yo sin aspirinas ni un buen chocolate caliente.
Suspiré.
Mi atención regresó al plan. Cerrar el club. Sacar a Zach. Y hacerlo sin cadáveres en el camino. Fácil decirlo. Difícil hacerlo. Pero había hecho cosas peores.
Bueno… ninguna que involucrara a dos mafiosos poderosos al mismo tiempo una vez más, pero aún así.
—Bells, te ves cansada —dijo el rubio de la nada, usando ese apodo ridículo que solo Kendall se atrevía a usar. Solté una risa baja—. ¿De qué te ríes?
—Kendall también me llama así —respondí, apoyando la barbilla sobre mis manos—. ¿Qué hora es?
—Casi las tres de la madrugada.
No tenía la energía suficiente ni para maldecir. No haber dormido en días me estaba pasando factura y ahora las estaba cobrando. Llegar a mi departamento era una opción que requería fuerzas sobrehumanas y yo ya había gastado las mías sobreviviendo el día.
Giré hacia él.
—¿Puedo quedarme aquí? —cuestioné cansada—. Prometo irme en la mañana.
Drake puso los ojos en blanco como si mi pregunta le pareciera absurda.
—Deja de ser estúpida —replicó con tono ligero, señalando el pasillo que daba a las habitaciones—. Segunda puerta a la izquierda. Es el cuarto que Kira usa cuando no soporta a mamá. También hay ropa. Estoy seguro que te va a quedar… y lucir con ese fantástico cuerpo que tienes —me lanzó una mirada de arriba abajo con una sonrisa sensual—. Tiene baño incluido —agregó, guiñándome el ojo—. Así que no tienes que salir… salvo que tengas hambre o quieras seguir hablando conmigo.
Solté una risa silenciosa y me levanté del sofá. Pero antes de desaparecer, me detuve.
—¿Drake? —Él levantó la mirada—. ¿Cuál es el trabajo de campo? Tengo algunas ideas… pero ustedes son impredecibles.
Me dedicó una sonrisa satisfecha.
—Mensajeros. O, casi como tú, chicos entrenados para trabajos más complicados que solo entregar droga.
—¿Siquiera tienen trabajos más complicados? —pregunté, arqueando una ceja.
—Cariño, traficamos droga —me respondió con su tono más sarcástico—. Cuando tienes un club pequeño que mueve toneladas ilegales, los enemigos no tardan en llegar.
Asentí. El mensaje estaba claro. Esa mierda era más grande de lo que aparentaba. Mucho más. Y yo estaba haciendo el papel de estúpida al quedarme y resolver todo el desastre, insegura de seguir contando con mi red de apoyo que me respaldaba el culo si las cosas se iban a la mierda.
Le deseé las buenas noches al rubio —lo más civilizada posible— y me dirigí hacia la habitación.
Cuando abrí la puerta, me encontré con el cuarto más grande de lo había notado con anterioridad. Ventanal incluido, también con vista al campus universitario.
Nada mal.
Si no estuviera medio muerta, me quedaría mirando el cielo hasta que saliera el sol.
Cerré la puerta, fui directo al armario de Kira y, con un poco de suerte, encontré un pijama largo, suave y bastante cómodo para quedarme dormida toda la noche. Me dirigí a la única puerta blanca del cuarto. Al abrirla, gemí de alivio. Amaba la ducha decente. Paños limpios. Shampoo. Toallas. Todo.
«Aleluya».
Hice lo que una chica tenía que hacer ahí y cuando terminé, me dejé caer sobre la gran cama, adorando que las sábanas olieran a lavanda.
Cerré los ojos y en segundos, caí en un sueño tan profundo como merecido.
♦ ♦ ♦
Sé que mi deber sería decir que los siguientes días —luego de mi charla con el rubio— fueron productivos, pero mentiría con todos los dientes. Y es que por más que Drake ya conociera mi identidad, el teatro no había terminado. Todavía tenía un papel que interpretar, y él, como buen actor secundario atrapado en el desastre ajeno, me ayudó con eso.
Así que, durante dos largas semanas, de lunes a sábado, me sumergí en ese circo académico con la cabeza metida entre libros, fingiendo que me importaban las clases, soportando a profesores que parecía que cobraban por hacerme la vida insoportable, y odiando con cada célula de mi cuerpo la carrera que Harrison había decidido imponerme como castigo. Una tortura silenciosa con nombre de rutina.
Pero lo peor de mis días era tener que convivir en la misma maldita atmósfera que Zacharias Anderson. Porque ahora que tenía toda la información, ahora que conocía bien el tamaño de su insensatez, no existía universo donde ese hijo de perra me cayera bien. Ni aunque renaciera como monje budista.
En especial cuando seguía con sus movimientos ilegales en el club, como si la bomba de tiempo no fuera a estallar nunca. Ignorando —con una paz que me daba ganas de golpearlo con un diccionario— que estaba destrozando poco a poco a su familia. Que estaba destruyendo a Drake.
Fue por eso, y por un par de razones más que preferí guardarme, que decidí quedarme en su apartamento. Drake era un desastre, y si lo dejaban solo… de todo corazón, no estaba del todo convencida de que no intentara volar desde su propia terraza. Claro que no lo decía. Ni lo mostraba. Pero no necesitaba que me lo escribiera con crayones para entenderlo: no comía, no dormía, no existía. Se estaba deshaciendo desde dentro, y lo peor era que su hermano apenas si parecía notarlo. O peor aún, no le importaba.
Drake seguía con su sonrisa fácil, sus risas desordenadas y su manía de saludar a medio Monrrow como si llevara alegría en las venas. Pero si te acercabas lo suficiente —y si eras tan observadora como yo— notabas el desgaste. Esa tristeza crónica que se escondía detrás de quienes se cansaron de pedir ayuda.
Y a decir verdad, no estaba en condiciones de lidiar con un posible suicidio. No cuando él era una de mis cartas más fuertes en esta partida.
Agradecí, muchísimo, que Kendall lo entendiera. Aunque los primeros días casi me arrancaba la cabeza con sus reclamos —porque según ella, “me desaparecí”— al final comprendió que había motivos detrás de mi ausencia. Se los expliqué a su manera: sin detalles innecesarios y con la crudeza justa para que no tuviera ganas de seguir preguntando. A su favor, no lo hizo.
Después de esa conversación en una de las bibliotecas de la universidad —porque, por si fuera poco, tenía que mantener bien cosido mi personaje—, Kendall se adaptó rápido. Asumió que no iba a regresar al piso. No desde aquella noche con Drake.
O bueno… eso pensé. Hasta que se me ocurrió hacerle una visita sorpresa.
—¡¿Y es ahora cuándo decides aparecer?! —me recibió una Kendall bastante alterada apenas crucé la puerta principal de nuestro departamento.
Pegué un salto.
—¡Cristo! —solté, llevándome la mano al pecho. El corazón se me quería escapar por la tráquea y pegarse a la pared como una maldita calcomanía.
—No, es solo tu mejor amiga, que estaba a nada de llamar a Harrison porque mirar las mismas paredes se volvió más deprimente que sus juntas de emergencia.
Suspiré con fuerza y negué con la cabeza mientras dejaba las llaves en el mostrador y cerraba la puerta con un clic seco.
—Tienes una puerta gigantesca, Kends, abierta para ti las veinticuatro horas del día. Si preferiste quedarte aquí encerrada a lo Rapunzel, en vez de salir a respirar aire y luz solar como un ser humano funcional, no me eches la culpa.
Ella bufó.
—No es lo mismo andar por ahí sola que andar contigo, Bells.
Gemí por dentro. Ya estaba. Habíamos entrado oficialmente al modo “drama queen intensifies”. Y el problema con ese modo era que no venía con botón de apagado. Solo dejaba de existir cuando se quemaba el circuito entero.
Y para ser honesta, no tenía ni una pizca de paciencia para aguantarla. Había pasado todo el maldito día —y parte de la tarde— lidiando con Drake, su caos emocional y su manera de evitar las verdades a carcajadas. Lo único que necesitaba en ese momento era un poco de silencio… y si el universo era generoso, tal vez un minuto de paz.
Había hecho demasiado despertándome dónde el rubio, medio zombie pero feliz luego de haber hablado hasta tarde sobre el club, con el olor a waffles caseros y un revoltillo tan bueno que merecía una estrella Michelin. Después sobreviví a cinco clases más, resistiendo a duras penas administración financiera —mi última clase— con la perra Davis a eso de las cuatro y algo de la tarde.
Y sí, dije perra Davis. No lo retiraré. La tipa era una bruja sin escoba. Solo porque respondí mal una pregunta, me gruñó como perro rabioso y me mandó a dejar de hacerle perder su “preciado” tiempo. Como si mi sola existencia la ofendiera.
Le conté eso a Drake en cuanto me pasó buscando al terminar mi día. Yo estaba con el cuerpo medio fundido gracias a que levantarme a las ocho de la mañana para clases me dejó el alma en coma. Así que sí, el plan después de eso fue: comida, risas y que él me dejara tirada como trapo en mi apartamento, para más adelante reunirnos en su casa.
Se rió tanto que pensé que se iba a estrellar. No por el insulto. Por mi respuesta.
«—¿Cómo a ti se te ocurre responder que la forma de influir la tasa de interés en la toma de decisiones de inversión de una empresa es “dejando que el pueblo decida”? —se carcajeó por enésima vez.
Estábamos en su Range Rover. Yo con un muffin de chocolate entre las manos, cortesía suya y muchas ganas de estamparle un lápiz en el ojo. El tipo había esperado que mi trasero tocara el asiento de cuero para entregármelo como si fuese una ofrenda a una diosa hambrienta.
Fruncí el ceño.
—Estaba distraída, Drake.
Él se dobló de la risa otra vez, como si yo fuese su comediante favorita.
—No puedes decirle perra a Sassy solo por reñirte, Bells. No es justo —soltó, todo burlón.
—Oh, sí, claro, defiéndela. Dale una medalla, un altar y tu bendición —refunfuñé, mordisqueando el muffin como si fuera su cara.
Drake me pasó una mano por la cabeza, haciéndome parecer una niña malcriada de cinco años a la que había que calmar con caricias.
—Tranquila, fiera —murmuró.
—Amigo, llévame a mi apartamento. Quiero dormir y luego llamarte para avisarte si tengo o no humor de hablarte —le dije, sin disimular el tono agotado».
—¡Bells! —chilló Kendall, sacándome de mi repaso mental. Su tono era una mezcla de indignación maternal y “estás castigada por respirar”.
Rodé los ojos, solté el bolso que había traído del cuarto de Kira (mi no-habitación semi prestada) y fui directo a la cocina. Mi muffin había sido un error estratégico: activó mi hambre en vez de calmarla. Necesitaba algo más… potente. Pero como no había chances de que siquiera esperara que Kendall cocinara, me fui por lo seguro: llenarme de agua hasta que reventara.
Abrí la nevera, ignorando su mirada asesina, y tomé la primera que vi.
—En serio, te extrañaba —siguió Kendall desde el fondo, como si yo estuviera por postularme a un puesto de “persona más irresponsable del mes”.
—Estaba con Drake y luego tuve clases, Kends. Mi teléfono lo tenías tú, y sabes que el desechable solo sirve para recibir llamadas de Harrison —le expliqué (por quinta vez en la semana) tras pegarle un gran sorbo a la cerveza.
«Y para electrocutarme con entusiasmo cada vez que lo veía», pensé con ironía. Pero eso no lo dije. Porque no quería tener esa conversación. No todavía. No obstante, eso quedó en segundo plano cuando me di cuenta qué diablos estaba tomando.
Espera… ¿Cerveza?
Fruncí el ceño, ladeé la cabeza y me encontré con los ojos de Kendall. Estaba tiesa. Nerviosa. Como si acabara de ser atrapada con la mano en el frasco de galletas.
¿Cómo rayos tenía una cerveza en la mano si ella se había negado a salir del departamento por “no tenerme cerca”? Si hubiese sido así, el refrigerador debía estar vacío o, en su defecto, lleno de aire y decepciones.
Abrí la puerta de la nevera por segunda vez, esta vez más despacio. Y ahí estaba. No solo un pack de cerveza, no. Había de todo. De todo. Desde leche, frutas, snacks que amábamos y botellas de agua que ni sabíamos que queríamos hasta suficiente comida como para sobrevivir cuatro apocalipsis seguidos.
Cerré la puerta poco a poco y volví la vista hacia Kendall, sonriéndole lenta, muy lentamente.
—¿Qué? —dijo, intentando hacerse la inocente.
«Oh, vamos, cariño. Puedes hacerlo mejor que eso».
—Confiesa, perra —me burlé con una ceja levantada—. ¿Con quién te llevas acostando para que llenara el refrigerador como si estuviéramos por enfrentar el invierno más largo del siglo?
Era algo extraño, pero siempre que Kendall se acostaba con alguien, ese alguien se sentía misteriosamente obligado a llenar la nevera o comprar algo útil para el apartamento.
Había pasado tanto que ya lo veía como algo común. No era una ley con exactitud, pero vamos… se cumplía con más rigor que la Constitución.
Y no lo juzgaba. El hecho de tener sexo de una noche, quería decir. Era liberador. Saludable. Sexo casual, sin apegos ni explicaciones. Un “gracias por el orgasmo, aquí tienes unas galletas y un set de cubiertos”, pero ahora… eso se sentía distinto.
Kendall desvió la mirada. La fijó en el microondas como si fuera el objeto más fascinante del planeta, cuestión que me extraño. Ella no desviaba la mirada en ningún caso. Al menos no… cuando no quería decirme algo.
—¿Kends? —repetí, dejando la cerveza en la encimera. El aire se tensó como si estuviéramos a punto de saltar por un barranco.
—Yo… Bueno, él se dio cuenta de que no teníamos nada, y pues… solo quería saber si estaba bien, dado que estaba sola y… —balbuceó, aún sin mirarme.
Fruncí el ceño.
¿Él? ¿Bien? ¿Sola?
¿Qué…?
Entonces, la suma me dio como una cachetada en plena cara.
Solo una persona sabía que Kendall estaría sola hasta que me diera la gana de volver al departamento.
Solo una persona sería lo bastante imbécil como para aprovechar la mínima oportunidad de joderme, involucrándose con ella.
Solo una persona…
«Maldito hijo de perra».
De golpe el estómago me dio un giro seco, la respiración se volvió fuego y casi que perdí los estribos.
—Por favor dime que no te acostaste con Zacharias, Kendall —dije.
No pedí. La verdad salió más como súplica que otra cosa, tratando de contener la energía asesina que me subía desde el pecho hasta la garganta.
Por cualquier otro, ella sabía que no diría nada. En absoluto. Pero no con él. No con el maldito bastardo suicida, maldita sea.
Ella bajó los ojos, y eso fue suficiente.
—Bells, yo no… —empezó—. Es que…
Me pasé una mano por la cara. Mi cuerpo temblaba. De rabia. De traición. De esa sensación desagradable que mezclaba lo personal con lo profesional y lo volvía tóxico.
Lo iba a matar. «Juro por todo lo que me queda de dignidad que voy a matarlo».
—No —siseé como si tuviera veneno entre los dientes—. ¡¿En qué jodida mierda estabas pensando, Kendall?! —grité. Y lo hice sin filtro, sin freno, haciendo que ella diese un respingo—. ¡Él es mi jodida misión! ¡¿Qué demonios te pasó por la cabeza cuando le abriste las piernas?! ¿¡Estás loca!?
Ella dio un paso hacia mí. Lo bloqueé con un simple gesto. No quería su cercanía, no quería sus palabras. No quería nada.
—Por favor, por favor, escucha… —insistió.
Pero yo ya había dejado de escuchar.
Me di media vuelta y entré a la habitación. Abrí el armario con fuerza. Necesitaba salir. Respirar. Golpear algo.
Tomé lo esencial: leggin negro, camiseta holgada, ropa interior, sostén deportivo y mis zapatos más cómodos. Nada de ropa prestada. Nada suave. Sólo lo funcional. Lo que sirviera para moverme, pensar y —de ser necesario— estampar cabezas.
Me vestí en tiempo récord y sin mirar atrás, crucé la puerta del apartamento, dejando a Kendall ahí, con la palabra colgando en los labios, y conmigo llevándome la rabia como único equipaje.
La brisa fría de la tarde me golpeó de frente, haciéndome tomar una gran bocanada de aire puro al salir del edificio. Por lo que recordaba, tenía en cuenta de que eran más de las cuatro, así como también sabía que a estas alturas debería estar comiendo algo decente, tomando una siesta o mínimo sentada viendo el techo antes de reunirme con Drake a eso de las nueve, pero estaba tan enojada con la vida en general que no me importo mandar todo a la mierda.
Eché a correr. Sin rumbo. Solo con la necesidad de moverme, de no pensar, de no matar a nadie. Aún.
Necesitaba un gimnasio y un saco de boxeo. Urgente. Antes de que mi ira terminara por convertir mi cuerpo en un arma letal contra Zacharias —dejarlo sin herencia— o, peor, contra Kendall —colocarle una cadena con candado a sus piernas—. Porque, en serio, si quería volver a casa sin prenderle fuego a la relación con mi mejor amiga y sin convertir a Zacharias en un hombre infértil, necesitaba descargar todo eso ya.
«Aunque el mundo sería un lugar más feliz sin la herencia genética del hijo de perra arruinando vidas», pensé rabiosa, y no pensaba debatirlo.
Para mi desgracia —y su suerte—, a unas pocas cuadras encontré un gimnasio. Un recinto de ladrillos viejos, con ventanas llenas de propaganda de batidos de proteína y tipografía agresiva.
Maldije para mis adentros.
Quería tanto, pero tanto castrar al maldito que ya me había imaginado veinte formas diferentes con tan solo una cuchara de postre.
Tuve que apretar la mandíbula para cuando entré al local. Un tipo con buena presencia y pinta de tener más abdominales que problemas me sonrió desde un escritorio que asumí era recepción. Sonrisa simpática, cuerpo funcional y con —era probable— nombre de estrella de pop country.
—Buenas tardes, chica —saludó, con ese tono de “soy amable porque me pagan por eso”—. ¿Necesitas algo?
Tuve que hacer un esfuerzo monumental para no decirle que se metiera su saludo donde no le diera el sol. No era su culpa. Pero yo estaba encabronada con la existencia entera.
—Saco de box y guantes —gruñí más que hablé.
El tipo asintió con la calma de quien ya había lidiado con mujeres al borde del colapso homicida. Se levantó de su silla y me hizo una seña. Lo seguí sin decir palabra. Abrió una puerta y me mostró el verdadero interior del gym: olor a sudor masculino, metal y esfuerzo flotando en el aire como si fueran parte del mobiliario. Pero para mi sorpresa, aquello me reconfortó bastante. Era el mismo tipo de olor que me recibía cuando entrenaba con Levine en Moscú hacía años. Asqueroso, pero familiar.
Mi nuevo guía —al que mentalmente llamé “Cabello Bonito”— me llevó directo a los sacos. Oscuros. Grandes. Perfectos para evitar asesinatos.
Me lanzaron un par de miradas. Hombres. Varios. Algunos muy comestibles. Pero yo estaba en modo no tocar, no molestar, no respirar cerca, así que me concentré en lo que tenía ante mí.
—Bien —dijo Cabello Bonito, deteniéndose junto a un saco. Tenía voz de que hablaba lento a propósito. Me pasó unos guantes negros sin yo ver de dónde los sacó. Me daba igual—. ¿Sabes golpear? —asentí con sequedad—. Perfecto. Cualquier cosa, estoy en donde me encontraste.
—Gracias… —respondí por inercia. No iba a llamarlo Cabello Bonito en voz alta.
—Tyler —soltó él, con sonrisa incluida, y se largó.
Bien. Adiós, Tyler. Gracias por no hacer preguntas idiotas.
Ansiosa por empezar, hice de mi cabello una cola de caballo rápida y luego me coloqué los guantes. Ellos apretaron mis manos y algo dentro de mí se alineó. La adrenalina comenzó a hervirme en la sangre. Mi cabeza dejó de pensar, mi cuerpo tomó el control. Y el primer golpe al saco fue como una descarga eléctrica. Mi respiración se volvió pesada, mis músculos se estiraron, y cada puñetazo era un apuñalamiento pendiente hacia Zacharias Anderson.
Mierda, había extrañado el puto ejercicio como no tenía idea.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero estaba sudada hasta el alma, con las manos medio entumecidas, cuando sentí una presencia a mi lado. Se posó ahí con un silbido bajo, ignorando el hecho de que estaba caminando por un campo minado con una linterna de bengala.
Ladeé la cabeza para ver quién era e hice una mueca. Él me recordaba exactamente por qué estaba descargando mi ira con el saco: era el hermano del suicida detrás de la idea de acostarse con mi mejor amiga como si no tuviera otras mil mujeres disponibles, con menos carga emocional y sin mi nombre estampado en la frente.
Con rapidez ese recuerdo hizo que mis manos tuvieran una energía impresionante haciendo que volviera a concentrarme en el saco.
—Demonios, cariño —soltó con esa voz de tipo que me recordaba demasiado a su maldito hermano—, recuérdame nunca meterme contigo cuando estés enojada.
—¿Qué quieres, Drake? —escupí, sin dejar de golpear al saco que, por ahora, era la cara de Zacharias.
Él rió, claro. El sarcasmo y el suicidio corría por esa ridícula familia como un virus incurable.
—Dado a que me dejaste plantado hace como una hora, decidí pasar por aquí y hacer mi rutina diaria —respondió, burlón.
Paré en seco y me enfoqué en él.
—Mierda. Lo siento, rubio —fruncí el ceño, pateándome mentalmente. Había olvidado nuestra reunión.
Drake negó con la cabeza, indulgente.
—No te preocupes, preciosa. Por lo que veo, tú y el saco tenían cosas pendientes —señaló a mi actual víctima de tela.
Gruñí.
—Sí.
Nivel de humor: sótano. Nivel de tolerancia: subsuelo.
—¿Quién es el culpable?
—Tu hermano —resoplé—. Imaginé que el saco era su cara, su nariz y el resto de su cuerpo —me encogí de hombros mientras me miraba incrédulo.
Me giré hacía el saco.
—¿Qué hizo ahora?
—Se acostó con mi mejor amiga —mascullé, acompañando cada palabra con unos buenos golpes en el saco.
—Mierda.
Después de unos minutos más golpeando hasta que mis nudillos empezaran a quejarse, me quité los guantes, volví a recoger mi coleta desordenada, y le arranqué la botella de agua que Drake tenía en la mano para tomar un trago largo. Él soltó una risa por debajo.
—Puede que agradezca secretamente que no te lo hubieses encontrado en este estado de ánimo —dijo, atrapando la botella que le lancé de vuelta.
—Aún no agradezcas una mierda. Sé dónde vive —murmuré, justo cuando un tipo tamaño “trauma infantil” se paró delante de mí con una sonrisa que gritaba “te subestimo”—. ¿Necesitas algo? —pregunté, cortante.
—Tú. Yo. Cuadrilátero —dijo, haciendo un gesto con la barbilla hacia el ring como si fuera una oferta irresistible.
Le di una mirada larga y vacía.
—Justo ahora no, gracias —contesté.
—Será una pequeña pelea —insistió, con su voz rasposa, dándome golpecitos en el hombro—. ¿De qué tienes miedo?
Cerré los ojos y conté. ¿Quieren un pequeño adelanto? Pues no llegué ni al diez.
—Hombre, ella dijo que no —intervino Drake, serio.
—Cállate, niño rubio —replicó el Mastodonte—. Si ella está aquí es por algo.
Abrí los ojos y le solté mi mejor mirada de “en el infierno Satanás está de vacaciones y yo soy su reemplazo”.
—Bien. Cuadrilátero —acepté. Porque si el universo quería que le rompiera alguna extremidad a alguien, ¿quién era yo para negarme?
El Mastodonte sonrió y caminó hacia el ring como si fuera a ganarse una medalla.
Lo que él no sabía era que estaba a punto de ganarse una fractura.
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