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Capítulo 12: 10

Deportes de riesgo: ego edition

Hay jugadores que no suben la apuesta; cambian el juego

—¿Estás con ganas suicidas? —soltó Drake, incrédulo, cuando el Mastodonte se fue directo al ring como si ya hubiese ganado—. Ese es Caleb Finz.

Le lancé un encogimiento de hombros tan despreocupado que rozaba la arrogancia mientras me colocaba los guantes de box y caminaba rumbo al cuadrilátero.

—¿Y? Yo soy Larissa Sage —le respondí con total naturalidad, aunque mi tono cargaba más veneno que un cóctel mal servido.

—Bells, no lo entiendes —murmuró con una sonrisa resignada—. Él es una maldita leyenda. Nunca le han dado más de un golpe sin salir hechos mierda, preciosa.

—Cuando termine con él, ni su sombra va a querer subir a un ring de nuevo, rubio.

Me adentré en el cuadrilátero como si fuera mi segunda casa. Porque lo era. Había un tipo moreno, calvo, con cara de que preferiría estar viendo una novela turca que trabajando, explicando las reglas como si estuviéramos en un torneo de barrio: que si esto es amistoso, que si no vale pasarse, que si bla, bla, bla.

No lo escuché.

No porque no quisiera, sino porque tenía toda mi atención en Caleb, que desde su esquina me miraba con esa arrogancia inflada que tenían esos hombres que se creían invencibles.

Le respondí con mi mejor mirada impasible y nada más.

Cuando el árbitro terminó su monólogo, Caleb salió a chocar guantes. Lo hice también, sin quitarle la vista de encima. Apenas el calvo se hizo a un lado, la pelea comenzó.

Y por pelea, me refiero a que el Mastodonte empezó a lanzar golpes como si quisiera acabar con una pared, no conmigo. Movía los brazos como hélices, pero me deslicé entre cada uno con una sonrisa diminuta.

Ser pequeña tenía sus ventajas. Ser rápida, aún más. Y si a eso le sumábamos que Levine me había entrenado para lidiar con bestias de ese tamaño desde que era una maldita adolescente, la cuestión era casi que tonta.

Aún así, mi estrategia era simple: hacerlo gastar energía. Dejar que se canse, lo justo para que se empezara a frustrar, para que su ego le jugara en contra y entonces, ahí sí, terminar el show con un buen golpe, haciéndolo besar el suelo.

Pero no tenía prisa. No todos los días alguien te ofrecía un ring real para desatar la tensión acumulada. Desde que me fui de la casa de Harrison en Alemania, donde vacacionaba con Kendall —y donde mis días de entrenamiento murieron en pausa—, no había tenido una pelea decente. Extrañaba sudar por algo que no fuera frustración pura. Extrañaba el sonido de los guantes contra la carne y la descarga brutal de adrenalina que solo un buen golpe bien colocado podía darme. Caleb era un idiota útil, sí. Pero también era mi recreo por esa tarde.

—¿¡Qué estás esperando!? ¡Golpea ya! —rugió el gigante, jadeando como si ya llevara tres rounds y solo íbamos por el primero.

Reí.

—Oh, vamos, Mastodonte. ¿Eso es todo lo que tienes? —lo provoqué, con una sonrisa ladina.

Y funcionó. Picó el anzuelo como buen bruto herido en su ego. Volvió a cargar hacia mí, lanzando golpes torpes, movido más por rabia que por técnica. Los esquivé todos, elegante, fluida, jugando con él a mi antojo.

—¡Deja ya de esquivar, maldita sea! —vociferó, frustrado, cuando por fin bajó los brazos, falto de aire y con la mandíbula apretada.

«Ahora sí».

Aproveché ese momento exacto —el de la debilidad, el del descuido, el de la furia ciega— y le di lo que quería. Mis piernas volaron hacia su cuello y lo impulsé hacia el piso sin miramientos. Sus manos golpearon mi pierna derecha con desesperación, pero yo ya estaba encima.

Y entonces, golpeé.

Un puñetazo seco en su nariz, que empezó a sangrar al instante. Otro en su ojo izquierdo, que se hincharía en minutos. Y uno más, directo a la mandíbula. Fue cuestión de segundos, pero suficientes para que él, entre quejidos ahogados, golpeara el suelo con la mano libre: se rendía.

El árbitro calvo tocó mi hombro con prisa, queriendo dar por terminada la pelea, pero había algo… algo oscuro y familiar que se me había soltado dentro, algo que no estaba lista para encerrar tan rápido. Así que ignoré su toque.

Tomé la muñeca derecha del Mastodonte y, aplicando la presión justa, escuché el inconfundible crujido de su hueso. Lo solté con delicadeza justo cuando los quejidos se volvieron gritos.

El árbitro volvió a tocarme con más fuerza, esta vez casi suplicante. Sonreí y, con toda calma, dejé ir a Caleb.

—¡Maldita puta! —vociferó el gigante, acunando su mano rota mientras se arrastraba fuera del ring.

Sonreí más. No había mejor melodía que el sonido del ego masculino fracturado.

Solté un pequeño gemido de satisfacción —nada exagerado, solo un “ah” placentero— y bajé del cuadrilátero como si acabara de salir de un spa. Había gente mirándome. Muchos, de hecho. Todos con la misma expresión: una mezcla entre incredulidad, asombro y un poco de temor.

Drake, entre ellos, con la boca entreabierta y una botella de agua inmóvil en la mano.

—¿Qué? —pregunté, alzando las cejas con inocencia mientras le arrebataba la toalla del brazo y la botella.

Él negó con la cabeza, aún en shock.

—¿Có… mo? —balbuceó, como si no entendiera qué acababa de presenciar.

Le sonreí, limpiándome el sudor con la toalla.

—Entrenamiento —dije orgullosa, tomando un largo trago de agua.

Parpadeó un par de veces, como si sus neuronas intentaran reiniciarse.

—Has… has terminado con Caleb en un tiempo malditamente récord.

—Gracias, gracias —respondí con una inclinación teatral de la cabeza y un leve movimiento de mi mano libre.

Creí que la pelea iba a ayudarme con mi humor, pero no. Por dentro seguía hirviendo. Lo de Caleb me había servido para liberar un poco de presión, sí, pero la olla todavía estaba llena. La tapa seguía puesta, temblando con cada burbuja de rabia que soltaba mi cuerpo al pensar en Zacharias Anderson. Estaba conteniendo el estallido, pero no por mucho. Un solo paso en falso de su parte y lo que estaba conteniendo explotaría.

—¿No crees que romperle la mano fue demasiado? —preguntó Drake, con una sonrisa traviesa y tono burlón.

Arqueé una ceja, ladeando apenas la cabeza.

—¿Preferirías que se la rompiera a tu hermano? —repliqué con toda la calma del mundo.

Él se lo pensó, como si tal vez, de verdad —era probable— estuviera considerando el escenario.

—No sería mala idea —dijo al fin, con una mueca divertida.

Solté una carcajada real, de esas que te relajan los hombros, y sacudí la cabeza.

Mi risa murió sólo cuando mis ojos se cruzaron con dos pares más, conocidos, peligrosamente atractivos y difíciles de ignorar. Caminaban hacia nosotros como si acabaran de salir de una película de acción en cámara lenta. Uno con esa sonrisa suya de “sé exactamente lo que vales”, y el otro con una mirada de genuina admiración que, por un segundo, me descolocó.

Desde la partida de póker en donde había barrido el piso con su hermano, no me había cruzado con ellos. Con ninguno, en realidad. ¿Se me hacía raro? Sí. Pero Drake me dejó saber que ninguno de ellos estudiaba en Monrrow, por lo que respiré mucho mejor desde ese día.

Se me hizo mucho más extraño que ninguno de ellos estudiara ahí y que aún así supieran “todo” sobre los estudiantes de la misma, pero estaba feliz de aún tener mi carta blanca y no perderla en un arranque de hormonas descontroladas. Además, todo cayó en su lugar al entender por qué sabían todo sobre cada uno de los universitarios recorriendo el campus. “Era su trabajo”, como había dicho él.

Por eso, fue una sorpresa agradable verlos y una mucho más bonita al, luego de dar un vistazo rápido por el lugar, no ver entre sus filas al espécimen sacado del infierno.

—Eres una maldita máquina, Sage —soltó Riden apenas estuvo frente a mí.

—¿Qué? ¿Hoy no hay cara larga ni comentarios pasivo-agresivos para mí? —bromeé, sorprendida por la falta de sarcasmo.

Él puso los ojos en blanco, aunque no pudo evitar regalarme una sonrisa que le suavizó las facciones.

—Como digas.

—Es impresionante ver cómo una chica, además de acabar con una leyenda, le rompe la mano —añadió Rise, divertido.

—Ella lo sabe —intervino Drake por mí, antes de que yo pudiera responder.

Reí y saludé a los dos Massey con un gesto de cabeza, aunque por dentro no pude evitar que mi atención se hubiera desplazado a otra parte. O mejor dicho, a otra persona.

«Si no estás por aquí, ¿en dónde diablos estás, dios del sexo?».

Después de la conversación que él había tenido con Drake el día que se destapó la olla, mi curiosidad se había disparado por una maldita escalera sin fin. Y la muy jodida iba en ascensor. Tenía que saber qué rayos era lo que ese hombre pensaba al tenerme tan cerca, al mantenerme a raya del club. Ya fuera preguntándole de forma directa o usando a Drake como carnada. Algo iba a hacer. Lo necesitaba.

—¿Quieres entrenar con nosotros en las noches? —preguntó Riden Cara de Culo. Arqueé una ceja. Estaba un tanto asombrada de que por su boca saliera algo más que palabras y frases despectivas. Él debió darse cuenta de lo que estaba pensando y se rió entre dientes—. Sé ser amable cuando me lo propongo, Larissa.

—Bueno, de acuerdo —acepté entre risas—. Si no estoy tan hecha polvo como para no moverme de la cama, entrenaré con ustedes.

—Me apunto al plan —saltó Drake, sin perder oportunidad—. Sé que no me invitaron, pero no pienso perderme ni una sola pelea más de esta chica.

Y sin aviso, pasó su brazo por mis hombros, jalándome hacia él como si ya estuviera en su equipo desde siempre. No me quejé. Me sentía bien. Estaba sudada, agotada, y felizmente satisfecha de haber roto huesos ajenos. Lo mínimo que merecía era un poco de atención y risas.

Los chicos se rieron. Me uní a ellos. Todo iba bien. Hasta que esa voz sonó.

—¿Algo gracioso que tenga que saber?

Y fue como si alguien hubiera apagado el mundo.

Repito, tenía días sin verlo, sin escucharlo. Por ende, cuando su voz retumbó en mi cabeza, se sintió como si lo hubiese escuchado por primera vez en aquella terraza, pero todo mucho más potente, desarmador… Rico.

Mi risa murió en seco. Mi cuerpo se tensó al instante y me enderecé con tanta brusquedad que mi cabeza casi chocó con el mentón de Drake. Cerré los ojos, rogando al universo que no me traicionara, pero el universo tenía sentido del humor.

—Rush —saludó Rise, arrastrando la palabra con una sonrisita que no se borraba ni con dinamita cuando abrí los ojos y miré en su dirección.

Ahí estaba él. De pie. Mirándome. Sin camisa.

Rise, que había notado mi microataque cardíaco, arqueó una ceja en mi dirección, y luego… hizo un extraño movimiento con ambas cejas que no supe si era un tic nervioso o un maldito baile tribal de burla. Me preocupó. Por él y por mí. ¿Tan obvia estaba siendo? ¿En serio se notaba tanto la maldita tensión que Satanás y yo creábamos solo con compartir oxígeno?

—Te habías tardado, Terroncito —se burló su hermano, haciendo estallar en carcajadas a Riden y Drake.

Me separé poco a poco del pecho de Drake, casi con culpa, como si lo estuviera engañando. Y entonces lo vi. Es decir, lo vi bien. De arriba abajo. Satanás, sin camiseta, de pie frente a mí, sudado, tatuado, cincelado como una escultura hecha a mano por algún dios obsesionado con la perfección masculina.

«Mierda santa».

Mis ojos no sabían dónde quedarse. Su abdomen era una obra maestra, con esa línea definida que descendía peligrosamente hacia un lugar prohibido y tentador. La V. Maldita sea. La jodida V. Y los tatuajes… Dios, los tatuajes. Oscuros, intrincados, cruzándole el pecho con símbolos que no entendía, pero que quería lamer como si mi lengua pudiera descifrarlos.

Sus brazos eran solo el aperitivo. El plato fuerte estaba en su torso: marcado, oliváceo, y cubierto de más tinta negra que resaltaba como si el arte y la guerra se hubieran enamorado y hubieran creado eso. Y su piel… ese tono perfecto que hacía que cualquier actor de Hollywood se sintiera como un intento mal horneado de belleza. Hasta Pattinson quedaba en la sombra.

Rush no era un hombre. Era una religión. Y yo estaba tan dispuesta a adoctrinarme, rezar y leer sus escrituras todos los benditos días que la cuestión me parecía un mal chiste, Cristo.

—¿Terroncito? —escuché murmurar a Drake entre risas, pero no me sacó de mi trance.

Rush explicó algo. Creo que dijo “Mila” y “no me gusta que me llamen así”, pero para ser sincera, mi cerebro estaba demasiado ocupado imaginando cómo sería tocar cada línea de tinta con los dedos… o con la boca. Sentí un calor recorrerme que nada tenía que ver con el entrenamiento previo.

Entonces, de repente, alguien chasqueó los dedos frente a mi cara.

—¿Qué? No —respondí en piloto automático, sacando mis ojos del cuerpo de Rush con un esfuerzo digno de un milagro.

Riden tenía una sonrisa de oreja a oreja, como si supiera con exactitud en qué plano astral había estado flotando.

—¿De verdad no tienes hambre? —preguntó Drake, entre risueño y desconfiado.

«No tengo hambre de comida», pensé mientras mi mirada volvía a perderse un segundo en esos abdominales asesinos. «Tengo hambre de músculos tatuados, de brazos que me aprieten, de lenguas que bajen y suban, de gritos sordos atrapados en almohadas y camas desordenadas por placer».

Negué. Despacio. Firme.

Si decir “sí” implicaba salir con los Massey y ver a Rush durante más minutos de los necesarios… no, gracias. Mi autocontrol era bueno, pero no mágico. Y si me quedaba, no pensaría en comida, pensaría en sexo. En todas sus variantes. Con él.

—No, lo siento chicos —solté al aire, sin mirar a nadie en particular—. Me voy. Tengo trabajos que necesito terminar y no pienso darle a la perra Davis otra excusa para que me humille en público.

La carcajada que soltaron Drake y Riden fue como un mini terremoto. Bastardos.

—¿Sassy Davis? ¿La de cálculo? —dijo Riden, arrastrando las palabras entre risas.

—Issa la odia porque la hizo polvo en clase —aclaró Drake, encantado con mi miseria.

—Es una perra —resoplé, sosteniendo lo que quedaba de mi dignidad—. En fin, ha sido un placer, pero tengo que irme. Nos vemos.

Y sin más, me di la vuelta y me marché, dejando atrás el cuadrilátero, los músculos, las sonrisas, y las tentaciones. Caminé hacia la salida, dejando atrás el campo de batalla que era mi autocontrol.

—¿Te divertiste? —preguntó Tyler justo cuando le devolvía los guantes.

Le sonreí, genuina, y asentí.

—Gracias, Tyler.

Cuando salí por completo del lugar, el aire frío de la noche me golpeó con la fuerza de una cachetada. Fruncí el ceño. ¿Ya era de noche? ¿Habían pasado qué? ¿Seis horas? ¿Siete? Mierda. El saco, el ring, Caleb, mi euforia… todo me había absorbido. Y ahora estaba cansada, con las piernas que parecían gelatina y una flojera inmensa de caminar hasta mi edificio.

«Debiste aceptar la oferta de Drake», murmuró mi voz interior.

Puse los ojos en blanco.

Ni loca. Prefería arrastrarme con el orgullo por delante que decirle a Rush “llévame a casa y fóllame mientras conduces”.

«Lo que tienes es celos por la tal Mila», contraatacó mi subconsciente, burlón y cruel.

Cerré los ojos un segundo. Quería matarlo. A Rush, no a mi subconsciente. Bueno, también. ¿Podría arrancarme esa parte de la mente y seguir siendo funcional?

Suspiré.

Encima, como si mi cerebro no fuera suficiente tortura, una canción latina estúpida que trataba de celos, empezó a sonar en mi cabeza, y me descubrí tarareándola mientras caminaba. La ironía era de proporciones cósmicas.

Mientras cruzaba el campus, noté que un Lambo Huracán Tecnica negro mate empezó a seguirme. Lento. Pegado a mi paso.

Fruncí el ceño. No paré. Aceleré un poco, el auto igualó mi velocidad y traté de seguir caminando, ignorando el hecho de que un deportivo extraño me estaba persiguiendo por la calle. Di otros pasos más, pero nada. Seguía ahí.

Entonces, al octavo paso, me harté.

Marché directo hacia la ventanilla del conductor y toqué con fuerza. Mi paciencia ya se había ido a dormir. Estaba lista para lanzarle un sermón a cualquier idiota con complejo de acosador. Pero cinco segundos después, me arrepentí.

Y fuerte.

—No sabía hasta dónde tenía que seguirte para que te dieras cuenta —dijo esa voz. Esa maldita voz.

Me pellizqué el puente de la nariz como si estuviera harta. No era mentira. Estaba harta… de estar caliente cada vez que él abría la boca.

—¿Qué quieres, Rush? —le espeté, con el mejor tono de fastidio fingido que pude invocar.

Por dentro, mi cuerpo gritaba: “fóllame, fóllame, fóllame”, pero no. Yo tenía un control excepcional sobre mis emociones. Kendall lo sabía, Levine también, y Harrison —la figura masculina más estable en mi vida— me respetaba por eso. Podía mantenerme firme bajo presión, estable en el caos, inmutable ante el conflicto.

Pero claro, eso era antes de que el espécimen con cara de pecado y cuerpo de apocalipsis apareciera en mi vida. Frente a él, mi fachada temblaba. Todo yo temblaba.

¿Cuántas veces había dicho ya que eso no era bueno?

—Sube, te llevo a casa —dijo, como si no fuera la amenaza viviente a mi estabilidad mental.

Negué de inmediato. ¿Un auto deportivo? ¿Yo, encerrada con él, con sus tatuajes, su olor, su boca a centímetros? Ja. Ni de coña.

—Gracias, pero no, gracias —respondí, y empecé a caminar, con la dignidad agarrada con alfileres y mi cuerpo chillando por volver.

No me giré. No necesitaba comprobar si había entendido el “no”. Sin embargo, diez pasos después, lo tenía caminando a mi lado como si la noche, el mundo, y mi negativa le valieran madre.

Me detuve en seco y lo miré. Con odio. Con deseo. Con todo.

—¿Qué? —preguntó él, sonriendo como si no acabara de patear mi autocontrol por el suelo.

Lo miré de arriba abajo. Ya no estaba semidesnudo. Ahora llevaba un suéter gris que hacía contraste con su piel morena, una gorra que cubría parte de su cabello azabache y olía a ducha recién dada junto a una capa de colonia que alteraba bragas. Apreté la mandíbula para no soltar el suspiro que se me atoraba en la garganta.

—¿Qué crees que estás haciendo? —dije, tratando de no perderme en su mirada grisácea.

—Acompañándote a casa —respondió con naturalidad, como si eso fuera lo más normal del mundo. Su voz traía burla, pero también esa nota grave que me hacía vibrar.

Rodé los ojos.

—¿No te has dado cuenta de que no quiero tu compañía?

Crucé los brazos. Mi postura era de rechazo, pero mi cuerpo estaba más que listo para rendirse.

Él se rió.

—No te dejaré caminando sola a las diez de la noche por todo el campus, princesa. Son seis cuadras y el camino pasa por una zona que no es precisamente Disneyland.

¿Disneyland? ¿En serio?

—Puedo caminar muy bien por mi cuenta y, créeme, puedo cuidarme excelente sola. Pero gracias por la preocupación innecesaria —le solté, seca. Se rió entre dientes y negó con la cabeza—. ¿Qué te da tanta risa?

—Te pareces tanto a Mila —respondió sin dejar de sonreír.

Y ahí. Justo ahí. Mi humor colapsó.

Oh, qué divertido. Compararme con la ex. Sin duda, mi favorita.

—Gracias por compararme con tu ex, Rush. De verdad, lo necesitaba —espeté, escupiendo cada palabra como si fuera veneno.

Me giré y comencé a caminar. Pero no tardó ni dos segundos en alcanzarme y tomarme del brazo. Su toque fue fuego directo a mi piel.

Me arrastró hasta tenerme frente a él, terriblemente cerca.

—Mila no es una ex, princesa —murmuró, su voz era baja, íntima, casi una caricia—. Es mi hermana. —Parpadeé. Una vez. Dos—. Son tal para cual. Irritables, gruñonas, bipolares… y, mierda, tercas como nadie —siguió hablando, pero ahora estaba tan cerca que podía olerlo, sentir su aliento. Su boca llegó hasta mi oído, y yo… yo estaba flotando—. Deja de ser tan jodidamente independiente por un segundo y déjame llevarte a casa —susurró, antes de alejarse.

Casi me caigo. En serio. Mis piernas temblaron. Mi cabeza también. El muy hijo de perra me desarmó con una frase. Con un tono. Con una cercanía inesperada que me robó el aire.

Sus ojos grisáceos estaban clavados en mí, fijos, intensos, como si pudieran leer todos los malditos pensamientos que me esforzaba por enterrar. Y yo… estaba a segundos de saltarle encima y besarlo hasta arrancarle el aire.

Mierda.

¿Cómo lograba desarmarme cuando nadie antes lo había hecho? ¿Qué tenía él que lo hacía tan peligroso? Sí, claro, era caliente hasta lo indecente… pero no era solo eso. Era algo más. Algo que no podía controlar.

¿Qué diablos tenía ese tipo?

Suspiré luego de un rato.

—Bien —dije al final, rendida ante lo inevitable.

Él me tendió la mano. Yo arqueé una ceja.

—No pienso dejarte aquí cuando mi auto está allá —señaló su lindo deportivo—. Creo conocerte lo suficiente como para suponer que saldrás corriendo apenas me dé la vuelta.

Bufé. Pasé de su mano como si quemara y caminé directo hasta el auto, con la cabeza alta y el ego intacto. Fui hasta la puerta del pasajero y tiré de la manija. Nada. Cerrada.

Le lancé una mirada fulminante mientras él se acercaba, lento, disfrutando del show.

—¿Y si dejas de perder el tiempo y mueves tu bonito culo? —solté sin pensar.

Rush se carcajeó como si lo hubiese encantado. Finalmente desbloqueó el auto, y entré sin darle ni una mísera sonrisa.

Apenas mis muslos tocaron la tapicería de cuero negro, inhalé. Error. Porque no había olor a nuevo de un auto. Era de él. Rush, impregnado en cada centímetro de ese vehículo, como una maldita droga. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro. Mis bragas… bueno, ellas tenían sus propios planes.

Sacudí la cabeza, tratando de concentrarme. Era la primera vez que me subía a un Lamborghini. Un maldito Lambo. En mi cabeza chillaba como niña en navidad. Paseé la mirada por el interior, babeando por dentro.

Rush se sentó en el asiento del conductor, cerró la puerta y encendió el auto. El ronroneo del motor fue casi erótico. Esperó un momento para que calentara, luego arrancó. Como si nada.

—¿Sabes a dónde me llevas? —pregunté, con un deje de desafío.

—Malwere —respondió, sin mirarme, concentrado en la carretera.

Le lancé una mirada rápida.

—¿Cómo sabes dónde vivo?

—Saber todo sobre cada alma que habita en Monrrow es parte de mi trabajo, cariño —respondió con esa voz que era puro humo y acero.

Cariño. Mi corazón dio un salto estúpido. Maldito bastardo encantador.

—Pero tú no sabías nada de mí —ataqué después de varios segundos muerta por dentro, girando mi cuerpo hacia él.

Él sonrió, sin despegar los ojos del frente.

—Pues ahora sí.

Abrí la boca, indignada.

—¡Me investigaste! —exclamé.

—No había mucho sobre qué escarbar, tampoco —replicó, tamborileando los dedos contra el volante.

—Eso no quita que hayas metido tu nariz en lo que no te incumbe —dije, con tono acusador. Aunque, si era sincera, me importaba poco. Que el espécimen se hubiera tomado la molestia de hurgar en mi vida… tenía su encanto—. Que haya estado trabajando en el club no significa nada para que te hubieses tomado el derecho de investigarme.

—Sé que no estabas trabajando en el club, Issa —contestó, sin inmutarse—. Solo estabas de curiosa por ahí. Algo que, por cierto, tienes que dejar de hacer —añadió, bajando el tono a uno de advertencia.

—No me dices qué tengo y qué no tengo que hacer, Rush —solté, firme.

Él suspiró.

—Intentarlo nunca está de más.

Solté un resoplido al girar el rostro hacia la ventana, conteniendo el impulso de replicar. Pasaron unos segundos en silencio. Demasiados. Y no escuchar su voz comenzó a fastidiarme más que sus comentarios.

—¿Por qué estabas en el club anoche? —pregunté, suavizando el tono, sin apartar la mirada del cristal.

—Eso, princesa, es algo que no pienso contestar —contestó, como si fuera lo más normal del mundo.

Fruncí el ceño. Lo miré de reojo.

—Una respuesta es lo mínimo que me debes después de hurgar en mis documentos universitarios —apunté, esperando una reacción.

Frunció el ceño, molesto por la insistencia.

—Trabajo ahí —cedió.

—¿En un club ilegal? —cuestioné, volviéndome hacia él—. Qué irónico.

—¿Y cómo sabes tú que es un club ilegal? —me lanzó una mirada fugaz, cargada de sospecha.

¿Se estaba haciendo el idiota, verdad?

—No tienes que tener dos dedos de frente para saber que cualquier sitio donde corren las drogas no entra precisamente en lo legal. Menos en un plantel académico.

Rush no dijo nada. Solo se encogió de hombros, sin refutar, y eso me hizo soltar un suspiro interno de alivio. Un silencio espeso se coló entre nosotros por unos minutos, hasta que volvió a la carga.

—¿Qué cosa? —preguntó. Fruncí el ceño, confundida, girando un poco el rostro hacia él—. Lo irónico —aclaró, con la vista fija en la carretera.

Ah. Eso.

—Se ve que tienes todo —empecé, con la voz más baja, volviendo a mirar por la ventana—. Una vida, al parecer, libre de mierda, estoy segura de que también una buena carrera, un auto que haría llorar a cualquier coleccionista, dinero… pero aun así, quieres mancharlo todo metiéndote en cosas que no traen nada bueno —solté, mirándolo de reojo—. No sabes lo irónico y jodido que es eso.

—¿Y tú sí? —disparó, con una voz más grave, mientras apagaba el motor.

¿Ya habíamos llegado? Miré al frente, confundida. El edificio ya estaba ahí.

«Bastante», pensé con amargura.

—No —terminé diciendo, sin sostenerle la mirada.

Lo que pasó después me agarró desprevenida.

Su mano, cálida y firme, se deslizó hasta mi barbilla, obligándome a girar el rostro hacia él. Toda mi farsa se fue al carajo en cuanto sus ojos se clavaron en los míos. Esa mirada gris plomo me partía en dos, me desnudaba, me hacía cuestionarme mi existencia entera sin que yo lo quisiera en lo absoluto.

—¿Qué querías? —preguntó, de repente.

—¿Mmm? ¿Qué? —balbuceé, perdida, desconectada de todo.

Se rió, bajo. Su aliento acarició mi rostro como una provocación directa a mi coño.

—La apuesta, Larissa. ¿Qué era lo que querías? Me dijiste que cuando nos viéramos de nuevo, me dirías qué era lo que querías. Y esta ya es la tercera vez.

Sacudí la cabeza, deshaciéndome de su agarre como quien rompe una cadena invisible.

—Nada —mentí otra vez, intentando recuperar el control. Intentando.

Rush no compró la respuesta. Su mano derecha bajó sin aviso hasta uno de mis muslos, fuerte, posesiva, y temblé. Literalmente. Una descarga eléctrica atravesó mi espina dorsal.

—¿Segura? —preguntó, con una sonrisa perezosa, asesina, de esas que destruyen bragas sin tocar. Asentí. Lo miré con fijeza. Me desafié a mí misma. Rush, por otro lado, se acercó, con su maldita aura peligrosa, hasta llegar a mi oído—. No te creo —murmuró. Luego bajó hasta mi cuello… y lo mordió.

Jodido. Infierno.

Eso bastó. Bastó para que se desmoronara lo poco que quedaba de mi autocontrol. Mis manos se movieron solas. Salté sobre él, atravesando el espacio que nos separaba y acomodándome sobre sus piernas, sintiendo su cuerpo duro contra el mío. Mi espalda chocó con el volante y no me importó una mierda.

Los ojos de Rush brillaron como si acabara de ganar la guerra.

Y tal vez lo había hecho, pero repito, me sabía a mierda.

No lo pensé dos veces. Hundí mis labios en los suyos y dejé que todo lo que llevaba reprimiendo explotara. Su boca respondió con urgencia, con hambre. Sus manos se deslizaron por mi cintura, subieron con decisión hasta el borde de mi camiseta. Tiró con suavidad, buscando permiso.

No necesitaba pedir nada.

Me separé de sus labios lo justo para que pudiera sacarme la camiseta y lanzarla a la parte trasera. Sentí su aliento rozar mi clavícula y eso fue suficiente para prenderme aún más. Me tomó de nuevo. Su lengua invadió mi boca mientras sus manos subían hasta el borde de mi sujetador deportivo.

Lo subió. En un solo movimiento. Mis pechos quedaron expuestos al aire denso del auto. Gemí, tanto por el contacto como por sus dedos que ya no perdían el tiempo y los acariciaron con precisión maldita. Cuando sus labios bajaron hasta mis pezones, el gemido que se me escapó no tuvo censura. Cerré los ojos, pérdida, rendida al placer que me ofrecía el maldito con cara de Adonis.

Su lengua volvió a invadir mi boca en el mismo momento en que mi cuerpo se arqueó de manera instintiva, buscando más contacto, más fricción, más él. Y no lo detuve. Al contrario, lo recibí con la misma avidez, con la lengua, con el cuerpo, con cada célula.

Sus dedos se cerraron con más fuerza en uno de mis pezones y un estremecimiento recorrió mi columna. Maldita sea, sentí la humedad crecer entre mis piernas como si todo mi deseo decidiera estallar de golpe.

Me separé un poco, respirando con dificultad. Rush aprovechó para bajar su boca hasta mi pecho una vez más, atrapando mi pezón izquierdo con los labios y lamiéndolo con una lentitud perversa que me sacó un gemido largo y tembloroso. Me arqueé de nuevo, esta vez por completo, incapaz de controlar la necesidad desgarradora que empezaba a incendiarme desde adentro.

Quería su polla. Quería sentirla dentro de mí, rompiéndome en dos. Lo deseaba con una desesperación tan brutal que dolía.

—Ojos en mí, princesa —gruñó con esa voz rasposa que me derretía hasta los huesos.

Sin dejar de mirarlo, bajé mi leggin con dificultad, mostrando mis bragas mojadas. Rush dejó libre mi pecho y bajó la vista. Cuando volvió a mirarme, tenía esa sonrisa torcida y los ojos nublados por una lujuria descarada.

Su mano se coló dentro de mis bragas y apartó la tela, esta vez sin pedir permiso. Jadeé tan fuerte que casi me avergoncé. Casi.

—Maldita sea, princesa… —murmuró con un ronquido grave mientras sus dedos empezaban a dibujar círculos sobre mi clítoris—. Estás empapada —una maldición se escapó de mis labios—. ¿Te gusta así? —preguntó, acelerando el ritmo con una presión perfecta. No respondí. No podía. Las palabras se me habían derretido en la garganta—. Estás tan lista para mí… —susurró.

El orgasmo se acumulaba dentro de mí como una bomba de relojería. Estaba ahí, al borde… hasta que él paró. Justo antes.

Lo fulminé con la mirada, furiosa.

—¿Qué era lo que querías ese día, preciosa? —cuestionó, con una sonrisa de mierda.

—Rush, por favor —gimoteé, presionando mi coño contra sus dedos en un movimiento desesperado.

Él jadeó al sentirlo.

—Mierda, princesa, no. —Retiró su mano y me miró con intensidad salvaje—. Dímelo, o temo que te vas a ir a casa sin tu maldito orgasmo.

Levanté la vista hacia su entrepierna. La erección era evidente, tensa, lista. Una ceja se me arqueó sola.

A ese juego podía jugar yo también.

Bajé mi mano hasta su pantalón y lo metí por debajo hasta encontrar su ropa interior, y de ahí, su miembro duro y caliente. Acaricié la punta con cuidado, disfrutando del gruñido que salió de su garganta. Luego lo liberé de su prisión y, sin pensarlo, lo dirigí a mi entrada. Me deslicé sobre él sin esperar instrucciones.

Me incliné hasta su oído.

—Yo también sé jugar, Rush —susurré con perversión mientras empezaba a moverme sobre él—. Y sé jugar malditamente bien.

Sus manos volaron a mis caderas, sujetándome fuerte.

—Dime —demandó con voz ronca. Negué. No le iba a dar el gusto tan fácil—. Maldita sea, Larissa… —gruñó. Y sin más, salió y volvió a entrar de golpe—. Dime.

Un gemido profundo se me escapó, gutural.

—¡Follar! —grité. Mi mente ya no tenía filtros, ni orgullo, ni lógica. Sólo lo necesitaba a él. Fuerte. Dentro. Ya—. Esa noche lo que quería era follar contigo. Eso es todo. Eso era todo.

—¿Tanto te costaba decirlo? —se burló, comenzando una serie de embestidas deliciosamente rápidas.

Me moví con él, mi cuerpo buscándolo con la desesperación de quien se lanza al fuego sin miedo. Sus manos jugaron con mis pezones, haciéndome chillar una vez más.

El orgasmo volvió a construirse, ardiendo desde mis entrañas, trepando como lava. Él también estaba al borde, lo sabía, lo sentía en la forma en que sus caderas me golpeaban con más fuerza, más necesidad.

Y cuando finalmente estallé, fue como una explosión sin control. Lo sentí exprimirse dentro de mí al mismo tiempo, y por unos segundos, solo existía el latido brutal de nuestros cuerpos mezclados.

Maldita sea. Ese hombre iba a ser mi puta ruina.

De eso no tenía duda alguna.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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