1. Let's Play - Capítulo 13
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Capítulo 13: 11
Novia por accidente, caos por elección
Algunas miradas no prometen nada bueno… y aun así apuestas
Quedé tendida sobre su pecho, intentando no parecer arruinada por completo, aunque lo estaba. La respiración me fallaba, y las piernas me seguían temblando como si acabara de correr una maratón cuesta arriba.
En definitiva, el sexo con Rush acababa de destrozar cualquier estándar que hubiese tenido antes. Había sido brutalmente bueno. Satisfactorio. Salvaje. Jodidamente adictivo. Suspiré, rendida, con una sonrisa de idiota tatuada en la cara.
El pecho de Rush vibró con una risa suave, grave.
—¿Y esa risa? —pregunté, alzando la cabeza lo suficiente para clavarle la mirada.
—¿Y ese suspiro? —disparó de vuelta, con su típica sonrisa ladina.
Solté una pequeña risa, ladeando la boca.
—A que fue un buen polvo.
—Decirle “bueno” no es una palabra apta para describir eso —me mordí el labio, ahogando una risa—. Fue el mejor maldito sexo conocido por el hombre.
—¿Eso les dices a todas tus conquistas? —arqueé una ceja, jugando.
—No necesito de palabras estúpidas y carentes de sentido para meter a una mujer en mi cama, Larissa.
—¿En serio?
—Te tuve a ti —sonrió, como si acabara de ganar un maldito trofeo—. ¿Te engañé con palabras estúpidas?
Negué, entre divertida y resignada. Está bien. Tenía su punto.
—¿Tan seguro estás de ti mismo? —Lo miré con los ojos entrecerrados.
—Princesa, no sabes cuánto. —Me regaló una sonrisa cargada de seguridad—. Lo que me recuerda… —Su expresión cambió por completo—. ¿Estás en control de natalidad?
Solté una carcajada.
—Rush, lo último que quiero ahora son bebés. No te preocupes —respondí, aún con una risa en los labios.
—Nunca está de más preguntar —dijo, encogiéndose de hombros.
—¿Por qué? ¿Tuviste un hijo o qué? —bromeé, alzando una ceja con sarcasmo. Pero su cara cambió. En serio. Como si le hubiera lanzado un cubo de hielo en medio del pecho. Mierda. No. No, no, no—. ¿Rush? —pregunté, sintiendo cómo se me helaban los pies.
—¿De verdad quieres saber? —murmuró, sin apartar la mirada del techo del auto.
Mierda santa. Sabía que algo tenía que salir mal. Siempre algo tenía que salirme mal. Todo había sido demasiado bueno para ser verdad.
Tragué saliva, sin dejar de observar sus facciones tensas.
—Tengo que.
Y entonces, su rostro dio un giro. Negó con la cabeza y soltó una risa sin gracia.
—No, princesa. Aunque por poco.
Sentí como el alma me volvía al cuerpo, pero aún así…
—¿Qué?
—Mi ex. Tiene un hijo. Juró que era mío. Dijo que no estaba en control de natalidad las veces que lo hicimos. Le creí. E incluso me hice responsable cuando el niño nació.
La garganta se me secó.
—Entonces… ¿sí tienes un hijo?
—No. —Su risa fue seca—. El crío ni siquiera tenía mi color de cabello al nacer. No se parecía en nada. Pero aun así, quise estar seguro. Pedí una prueba de ADN.
Lo miré, atrapada entre la sorpresa y la incomodidad.
—¿Y?
—No era mío. —Su voz bajó—. Mi ex se volvió loca cuando supo que me hice la prueba sin decirle. Pero joder, princesa… el niño no tenía ni una puta célula mía.
—¿Y de quién era? —pregunté con todo el tacto que me permitió la boca.
Rush desvió la mirada. Eso bastó para que se me revolviera el estómago.
—Del hijo de perra que se hacía llamar mi mejor amigo —dijo finalmente. Joder. Me quedé en silencio. Quería decir algo, lo que fuera, pero no había palabras correctas—. Esa es una de las razones por las que no confío en nadie que no sea mi familia —añadió, y entonces me miró de frente—. Pero luego entras tú a la ecuación.
Lo miré, desconcertada.
—¿Qué quieres decir?
—Nadie, fuera de mis hermanos y un par de personas cercanas, sabe esta historia. Ahora tú —me señaló con la mirada afilada—. Mi instinto me dice que confíe en ti. Eres diferente, Issa.
Resoplé.
—No. No otra vez con esa frase de mierda.
—¿Qué? —frunció el ceño.
—He escuchado esa maldita frasecita desde que llegué aquí —respondí sin entusiasmo—. Estoy hasta el cuello de esa etiqueta. No quiero escucharla más.
Rush frunció el ceño, como si no entendiera de qué mierda hablaba.
—Te lo dicen para meterse en tus bragas, princesa —dijo con esa sonrisa engreída que parecía tatuada en su cara. Alzó una ceja y nos señaló con un gesto teatral, como si acabáramos de protagonizar una obra de teatro porno premiada—. Yo no necesito decir estupideces como esas para querer follar contigo, como verás —rodé los ojos, pero él continuó—. Si te digo que eres diferente es porque, maldita sea, lo eres. Ninguna mujer me ha inspirado a tener sexo a primera vista. Ninguna me ha barrido el suelo en el póker. Ninguna me ha dicho que no. Luego llegas tú y haces todo eso. Me desafías. Me callas la boca. Y joder, he caído en tus encantos como un maldito quinceañero.
Tragué saliva. Oh, mierda, no.
—Rush, yo no…
Me cortó con un beso suave, uno apenas perceptible pero que logró desmontarme más que cualquier embestida suya.
—No estoy diciendo que te amo, Issa —aclaró, resoplando—. Estoy diciendo que confío plenamente en ti. —lo miré, en silencio—. No me preguntes por qué —añadió, encogiéndose de hombros—. Pero lo hago.
Y ahí fue donde me jodió.
¿Él confiando en mí?
¿En mí?
Una asesina entrenada, una infiltrada profesional, una mentirosa de tiempo completo. Sonaba hasta gracioso. Como ponerle el collar a un lobo y esperar que no mordiera.
Rush estaba caminando directo al borde de un abismo… y sonreía mientras lo hacía.
Su instinto era un verdadero chiste.
Aún así, sacudí la cabeza, sin ganas de sumergirme más en eso. Él no tenía idea de quién era yo en realidad, y mientras menos tiempo lo pensara, mejor. Ya bastante tenía con cargarme a mí misma.
En poco tiempo todo esto sería parte de otro archivo cerrado en mi memoria: la universidad, Larissa Sage, incluso él. Así que, ¿por qué no jugar el papel un poco más? Fingir que todo está bien. Fingir que era ella. Fingir que eso no terminará con un disparo metafórico directo a su ego.
—Aún no quiero tener tus Rushesitos, por cierto —comenté, volviendo al tema anterior con una sonrisa cargada de ironía.
—Cállate —soltó él, riendo.
—¿Qué? Solo digo que serías un papá caliente, pero por ahora ya hay suficientes Massey rondando por ahí, ¿no crees?
—Claro.
—Aunque pensándolo bien… ¿sería tan terrible si tuviera un hijo tuyo ahora mismo? —ladeé la cabeza con aire juguetón, mientras por dentro gritaba: «Dios, estoy malditamente jugando. No creas en nada de lo que digo, ¿de acuerdo?»—. Mierda, imagínatelo. Sería igual de caliente que tú. Una amenaza genética.
La cara que puso fue un poema.
Me eché a reír con ganas.
—¡Larissa! —exclamó, horrorizado—. Necesitas un psicólogo.
—Tu… cara… mierda —me doblé de la risa, escondiéndome en su pecho.
—Voy a pagar al mejor condenado psicólogo de todo Miami para ti —replicó, indignado.
Negué con la cabeza, entre risas.
—Eres tan fácil de…
—¿Quieres ir a comer? —me interrumpió de golpe, como si necesitara cambiar de tema antes de que yo dijera algo aún peor.
Su pregunta me silenció al instante. Me levanté de su pecho con energía renovada, busqué mi camisa arrugada en la parte trasera, acomodé el sostén deportivo, mis bragas —que estaban en estado de guerra— y volví al asiento del copiloto como si nada. Hasta me puse el cinturón. Rush, mientras tanto, acomodó su polla en su pantalón. Luego, con una mirada divertida, miró hacia adelante y encendió el coche.
—¿Qué? —pregunté con la voz más inocente que me salió.
—Debí haber dicho eso desde el principio…
No supe si hablaba para mí, para él, o para el universo en general, pero no dije nada más.
—¡Comida! —grité como niña emocionada.
—Ya oí —soltó una carcajada mientras arrancaba el coche.
El motor ronroneaba mientras Rush conducía con esa mezcla de desenfado y dominio que lo hacía ver como si el mundo entero le perteneciera. Una mano en el volante, la otra descansando de manera despreocupada en su muslo, y yo al lado, aún sintiendo los ecos de lo que habíamos hecho en su asiento hacía nada. Literal. Tenía que seguir cruzando las piernas o iba a terminar gimiendo otra vez, pero no por hambre.
El silencio no era incómodo, sino ese tipo de silencio en el que los pensamientos hacían más ruido que las palabras. El espécimen parecía sacado de un sueño porno el cual yo no podía dejar de observar con el rabillo del ojo; cejas relajadas —sin piercings a la vista, por cierto—, labios apenas curvados, mirada concentrada en la carretera. Envidiaba lo relajado que estaba. Como si no acabara de dejarme sin aliento y sin dignidad alguna entre carcajadas y gemidos.
—¿A dónde me llevas? —pregunté, al fin.
—A un lugar donde te vas a arrodillar ante la comida —respondió sin quitar la vista del camino.
Me limité a bufar, aunque una sonrisa se me escapó. Cristo, cómo me molestaba que me hiciera sonreír tan fácil. Tenía esa maldita habilidad de irritarme y cautivarme al mismo tiempo. Un don, si me preguntaban. Un don peligroso. Porque, ¿cómo se explicaba que, siendo apenas la segunda vez que lo veía, todo se sintiera tan… cómodo? Tan absurdamente natural, como si lo conociera de antes, como si fuera fácil confiar. Y ese tipo de comodidad no era algo que se regalara. No en mi mundo.
Asustaba. Bastante. Puesto que se sentía diferente. Porque no se parecía en nada a Kendall, ni a Harrison, ni a nadie más. Era otra cosa. Una que, si no cortaba de raíz, podía costarme más de lo que estaba dispuesta a entregar. Si seguía en este carril —el de bajar la guardia—, si le seguía permitiendo entrar sin condiciones, lo único que iba a conseguir era hundirme.
«Basta, Arabella. Todo terminará pronto. Tú sólo concéntrate en lo que importa y termina la maldita misión cuanto antes», me reprendió mi subconsciente.
Quería hacerle caso. En serio. Pero desde hace poco, las voces en mi cabeza parecían muchas y ninguna me convencía del todo. Así que opté por el método más sano que conocía: ignorarlas por completo.
Miré por la ventana, en silencio, observando cómo pasábamos por el campus, y luego nos metimos por una de esas calles que parecían no llevar a ningún sitio. Oscura, tranquila, con apenas un par de faroles moribundos iluminando lo justo. Y entonces lo vi: un carrito de comidas, de esos que parecen haber sobrevivido a un apocalipsis alimenticio, con una lucecita amarilla tambaleándose sobre un toldo rojo desteñido. Absurdo. Desolado.
Rush aparcó como si el lugar fuera suyo y bajó del coche como si llevarme ahí fuera el plan más brillante del siglo.
—¿Un carrito de comida? —inquirí, cruzándome de brazos mientras lo seguía.
—Confía en mí —dijo—. Vas a querer casarte con el cocinero.
—No tengo tanta hambre —mentí.
—Por supuesto —rió.
Después de negociar con el tipo del carrito como si estuviera traficando oro en lugar de pedir una hamburguesa y una pizza mediana, me mandó a buscar una mesa. Pero antes de encontrar una desierta bajo un árbol decorado con pequeñas lucecillas blancas, lo bastante lejos como para no tener que socializar con nadie más, tuve que ocuparme de unos asuntos. Y es que luego del magnífico sexo con el caliente espécimen puesto en la tierra por algún ente del infierno, tuve que buscar un baño público para poder limpiar el desastre en mis bragas.
No resultó tan fácil, debo añadir, pero después de hacer lo que pude con lo que tenía, volví a la mesa y el paraíso se sirvió en papel aluminio.
—¡Es la mejor maldita comida de todo el mundo! —gemí cuando tragué un mordisco de la hamburguesa de doble carne y queso que el espécimen me había ordenado.
—No muchos aprecian el arte —dijo, depositando su culo en frente de mí.
—Son personas que no tienen nada de cultura —respondí, viendo esos magníficos ojos grises.
Rió.
—La verdad, me sorprende que comas hamburguesas. Pensé que odiarías el lugar.
Le lancé una mirada que gritaba: “¿estás hablando completamente en serio?”.
—Eres idiota si pensaste en eso.
—Pensé que serías una chica de ensaladas y esas mierdas —se encogió de hombros.
Resoplé con fuerza.
—Sé que tengo un cuerpo de muerte, pero eso no me impide tragar toda la comida chatarra que me plazca —indiqué con orgullo.
—Claro —se carcajeó y le dio una mordida a su rebanada de pizza. ¿Ya había dicho que tenía una risa encantadora y sensual?—. Entonces, ¿cuál es tu color favorito? —preguntó, mirándome.
Encarné una ceja.
—¿Comenzamos el interrogatorio?
—Tengo que saber todo lo posible de la mujer en quien confío —respondió con una gran sonrisa.
«Te vas a caer para atrás cuando te enteres en quién demonios estás confiando», pensé.
—Negro, dorado, morado —respondí al fin.
Asintió, como si estuviera archivando todo eso en su cabeza.
—¿Día de cumpleaños?
—¿Tu historial de investigación no te lo dijo? —reí.
—No —respondió sin titubeos.
Entrecerré los ojos. Mentiroso adorable. Pero si quería jugar a eso, estaba bien.
—Claro que no —repliqué, sarcástica—. Dieciséis de abril.
Y por una vez, no mentí. Esa fecha era mía. No de Larissa, no de Arabella. Mía. De Ekaterina Nóvikov. Aunque Harrison había puesto “veinte de febrero” en los papeles universitarios, esta vez no me nació mentirle. No a él. Él se merecía esa pequeña parte de la verdad.
Arrugó el ceño.
—¿Estás segura?
—Me han avisado que colocaron mal mi fecha de nacimiento en mis documentos universitarios —expliqué, natural—. Sé que dice veinte de febrero, pero esa, en realidad, es la fecha de mi padrino. La mía es dieciséis de abril.
Las mentiras ya me salían con tanta facilidad que, si existiera un premio por actuación improvisada, ya tendría una estantería llena. Mentalmente, me di unas palmaditas en la espalda.
Rush asintió, pero alzó una ceja con esa expresión que usaba cuando algo no le cuadraba.
—Eso es dentro de dos días, Issa.
Hice una mueca. Demonios. Lo sabía. Estábamos a catorce. Pero celebrar mi cumpleaños no era algo que me emocionara, no desde hace mucho. Muchísimo. Años, para ser exacta. Ese día era más un recordatorio incómodo que una celebración.
—Ajá —murmuré, apartando la vista de él y enfocándome en lo único que no me juzgaba: mi hamburguesa.
Volví a escanear el lugar con la mirada. Estábamos en una pequeña plaza escondida entre edificios del campus. Luces blancas colgaban de los postes, temblando ligeramente con la brisa cálida de la noche. A pesar de que era viernes y el carrito de comida estaba medio muerto, el ambiente a nuestro alrededor era todo lo contrario: estudiantes esparcidos por las mesas, algunos estudiando, otros riendo a carcajadas, y otros tan solo disfrutando de estar vivos. Era una noche bonita, lo admitiría. Estrellas visibles, clima decente, y el espécimen callado por más de cinco segundos. Milagro.
—¿Quién te cuida? —preguntó de pronto, su voz rompiendo la calma con una naturalidad que me hizo voltear a verlo.
—Ya lo sabes —dije después de tragar.
—No —repitió, firme.
Resoplé.
—Mi padrino —contesté, cruzando los brazos.
—¿Y tus padres?
Clavé mis ojos en los suyos. Firme. Seca. Directa.
—Muertos —sentencié sin rodeos, sin dramatismo. Era un dato, no una confesión emocional.
Sus ojos se oscurecieron por un instante. Lágrimas no, pero esa maldita compasión brilló en ellos como si yo fuera una figura trágica de alguna película.
—Lo siento —murmuró.
Negué, con un gesto breve.
—Está bien. Pasó hace mucho.
No le di más espacio a eso. No lo merecía. No ahora.
—No te creía, ¿sabes? —abrí la boca para responder, pero él levantó una mano, pidiéndome que esperara—. En la terraza, me refiero. Todo eso de la fachada de niña buena, con notas brillantes y una beca a mitad de semestre en una universidad cara… —chasqueó la lengua— Sonaba demasiado perfecto. Falso.
Le sostuve la mirada, curiosa.
—¿Qué cambió?
—Que la cagué con lo de tus padres. Y luego te conté la historia de mi ex.
Una media sonrisa apareció en mis labios. Era torpe, pero honesto. Me gustaba eso. Lo volvía más humano. Menos misterioso para mí.
—Mi turno —declaré.
Él sonrió, divertido.
—Dispara.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintisiete absolutos años, princesa —dijo.
¿Y seguía en la universidad? A ese paso, iba a graduarse con nietos.
—Así que eres el mayor de los Massey —dije, asintiendo, guardando ese dato en mi disco duro mental. Tenía trabajo que hacer cuando llegara al departamento.
Rush negó con la cabeza, burlón.
—Yo no soy el mayor.
Fruncí el ceño.
—¿Ah, no?
—No. Rise es el mayor.
Mi mandíbula cayó.
—¿Rise?
—Sí. Me lleva seis meses. Él cumple en febrero, yo en agosto.
—Oh.
¿Entonces eso lo dejaba a él como el segundo en la línea Massey? Porque, para ser honesta, Riden tenía toda la pinta de ser el mayor: esa mandíbula firme, el ceño fruncido por defecto y esa vibra de “no me hables si no es para algo importante” que parecía tallada en su ADN.
Mi línea cronológica era un desastre, lo sabía. Aunque, siendo sincera, los tres parecían sacados del mismo molde: atractivos, peligrosos, y poco convencionales.
—Te lo explico mejor —dijo, notando mi confusión—. Rise va primero, luego yo, después Riden y al final Mila.
Vaya, otra suposición que me podía ir metiendo por donde no daba el sol.
—¿Cuántos años tiene Riden? —pregunté, sin disimular lo mucho que me importaba ese dato.
—Diecinueve.
«¿Cuántos?».
—¡¿Diecinueve?! —solté casi a gritos.
Rush soltó una carcajada.
—Sí, princesa. Aunque no lo parezca, Riden tiene diecinueve y Mila tiene dieciocho.
—La verdad pensé que Riden era hasta mayor que tú —confesé con total descaro.
Asintió, aún divertido.
—Es normal. Las acciones de Riden son muy maduras para un chico de su edad.
—¿Es por eso que tiene una cara de culo todos los días? —murmuré, lo bastante alto como para que me escuchara.
Rush se dobló de la risa.
—No, cariño —dijo entre risas, intentando recomponerse—. Tiene esa cara de culo, como tú dices, porque mi abuelo lo crió —añadió con una mueca que hablaba más que mil palabras. Algo entre asco, molestia y un pequeño dejo de amargura.
—¿Por qué? —pregunté, justo antes de notar que mi hamburguesa seguía casi intacta y la pizza de él había desaparecido como por arte de magia—. Espera… ¿Cómo demonios te comiste una pizza mediana entera tan rápido?
—Práctica —respondió, encogiéndose de hombros. Luego volvió a lo anterior—. Mi abuelo era un jodido viejo amargado —dijo sin más.
—Mmm, ¿de acuerdo? —reí, pero mi curiosidad seguía ahí, pinchándome como una espina bajo la piel—. ¿Y qué carrera estudias?
—Medicina.
Me atraganté con mi propia saliva.
—¿Es en serio? —balbuceé, tosiendo.
—Tu tono de voz es insultante —replicó con fingida seriedad.
Sacudí la cabeza, entre incrédula y genuinamente sorprendida.
—Lo siento, es que… es bastante…
—¿No creíble? —terminó por mí, con una sonrisa ladeada.
—Iba a decir impresionante —respondí, arrastrando las palabras mientras me limpiaba con una servilleta.
—Hagamos como que te creo —se burló—. Pero sí, estudio medicina. Quiero ser pediatra. Me encantan los niños, y con mi ex… bueno, quedé enganchado con el bebé. No podía dejarla sola. El hecho de que un bebé dependiera de mí fue… increíble.
Me quedé mirándolo, callada por unos segundos. No por falta de algo que decir, sino porque procesar que Rush Massey, alias el espécimen perfecto para el pecado, quería ser… pediatra. Era como imaginar a un león acariciando gatitos. Tenía sentido, de alguna forma torcida. Lo hacía aún más desconcertante.
—¿En Monrrow? —ladeé la cabeza—. Porque, hasta donde sé, aquí no hay carrera de medicina. Y mucho menos una mención en pediatría.
Tenía en mente lo que me había dicho Drake, sí, pero si Rush quería jugar al detective privado, ¿por qué yo no? Aún tenía pendiente investigar su conexión con la mafia, una tarea pospuesta porque llegaba muerta a casa de Drake. Sin embargo, podía aprovechar la mejor fuente de información sobre los Massey: otro Massey.
—Nunca dije que estudiaba aquí —reconoció, con una sonrisa maliciosa—. Sólo dije que trabajo en una parte de este lugar.
—¿Entonces te sabes la vida de todo el mundo sin estudiar aquí?
—Es parte de mi trabajo —me recordó.
Entrecerré los ojos, entre molesta y fascinada. Había algo más detrás de esa respuesta, algo que se escondía entre líneas y sonrisas encantadoras. Pero sabía cuándo soltar la cuerda, al menos por ahora. Él no iba a decirme más, y yo tampoco iba a suplicarlo. Lo archivaría todo, palabra por palabra, mirada por mirada, tono por tono.
En definitiva me esperaba una noche larga con el apellido Massey invadiendo mis documentos, mis búsquedas y hasta mis sueños. Porque aunque me gustara aquel espécimen ridículamente sexy, no pensaba dejarle el beneficio de la duda. Si él no me daba respuestas, las conseguiría por mi cuenta.
Le di otro mordisco a la hamburguesa sin procesar. Estaba tan enfocada en mis pensamientos que no noté que Rush se había acercado… hasta que su boca rozó la comisura de la mía. Suave, cálido, directo. Luego, se retiró con una sonrisa satisfecha en el rostro.
—Tenías algo de salsa ahí —dijo, descarado.
—¡Linda pareja! —interrumpió una voz juvenil. Ambos giramos. Un chico de unos dieciséis años quizás, flacucho y con una cámara instantánea colgando del cuello, nos observaba como si fuésemos una escena sacada de una comedia romántica—. ¿Quieren una foto? —ofreció, cámara en mano.
Miré a Rush. Él ya me estaba mirando, por supuesto. Sonrisa de medio lado, brillo travieso en los ojos. Volvió su atención al chico.
—¿Por qué no? —aceptó, como si estuviésemos en una cita oficial.
Antes de que pudiera siquiera cuestionar esa decisión, el chico levantó la cámara.
—Entonces júntense —ordenó.
Rush no esperó ni medio segundo. Su boca se apoderó de la mía, depositando un beso rápido, casi inocente… si no fuera porque luego lo prolongó un poco más. El sonido del “clic” de la cámara fue casi opacado por el zumbido eléctrico que recorrió mi cuerpo cuando sus labios se movieron apenas, jugando, sabiendo lo que hacía.
—¡Listo!
El chico le tendió la foto recién impresa, sonriente. Rush la observó un momento, luego sacó su billetera del bolsillo de su mono y, sin decir nada, la guardó.
—¡Yo quiero verla! —refunfuñé, extendiendo la mano.
—Luego —respondió, sin ceder ni un poco. Después señaló mi hamburguesa—. ¿Terminaste?
Miré la comida, que seguía tan abandonada como mis defensas. Asentí.
—Se la llevaré a Kends —dije, envolviéndola con cuidado en el papel de aluminio.
—¿Kends?
—Mi mejor amiga —contesté, con un deje de molestia que ni intenté disimular. Kendall me acordaba al hijo de perra y el hijo de perra me acordaba a la explosión de furia que tuve con el saco.
—¿Pasó algo con ella? —preguntó, atento al cambio de tono en mi voz mientras yo terminaba de guardar la hamburguesa.
—No quiero hablar de ello —zanjé, con la mirada baja y la garganta apretada.
Rush asintió, poniéndose de pie. Extendió una mano hacia mí.
Resoplé, ignorándolo de manera olímpica, y caminé adelante sin aceptar su gesto.
—Trato de ser un caballero, pero me lo pones difícil —objetó a mis espaldas.
Miré por encima del hombro.
—Nadie te ha dicho que yo lo quiera —rebatí, y seguí caminando sin mirar atrás.
Lo sentí sonreír. Y antes de que pudiera verlo o decirle que se guardara esa expresión de suficiencia, Rush me tomó del antebrazo.
—Puede que no lo quieras —murmuró, con la voz baja, cargada—, pero no te haría mal necesitarlo.
Y sin darme espacio para procesar la frase, selló sus labios contra los míos.
Sonreí apenas, rendida a ese contacto, mientras deslizaba mis manos por su cuello. Qué jodidamente buenos eran sus besos. Cómo lo sabía. Cómo me leía. Cómo se acomodaba a la perfección en ese lugar exacto entre lo tierno y lo carnal, entre lo que me hacía cerrar los ojos y lo que me hacía olvidar que todo era una mentira.
Abrí la boca, dándole paso sin reservas. Él lo aprovechó. Sus manos encontraron mi espalda baja, y me pegó más a su cuerpo, como si con eso pudiera obligarme a quedarme. No sabía si quería huir o quedarme a vivir ahí.
—¿Rush? —La voz de una chica se coló en la escena, pero parecía demasiado lejana para importarme. Hasta que él se tensó.
Fruncí el ceño, no porque me molestara que alguien interrumpiera, sino porque sentí cómo ese segundo de conexión se quebraba como cristal bajo presión.
—Rush —repitió la voz. Más cerca. Más real.
Él apartó sus labios con una suavidad que me dio más rabia que el gesto en sí. Me miró unos segundos, como dudando, y luego desvió la vista por encima de mi hombro.
—¿Mila? —dijo, sorprendido, segundos después.
Antes de que pudiera decir algo, ya me había apartado y puesto a su lado, justo a tiempo para recibir a una criatura que le saltó encima como si no lo viera desde hacía años.
La criatura llevaba el nombre de su hermana. Y, por supuesto, era preciosa.
Porque claro, si los hermanos eran condenadamente guapos, la genética no iba a dejar atrás a la hermana menor. Era de piel tan pálida que parecía esculpida en mármol, cabello azabache hasta más allá de la cintura, curvas que gritaban “rompí la pubertad” y una altura que me superaba por al menos unos centímetros.
«Si alguna vez tienes una hija con Rush, va a ser hermosa». Casi me atraganté. ¿En serio, cerebro? ¿Una hija? ¿Con Rush?
Sacudí mentalmente a mi yo interior, que era evidente que había perdido el control del sentido común.
—¿No deberías estar trabajando? —le preguntó Mila a Rush, todavía sin dignarse a registrarme como parte del paisaje.
—¿Tú no deberías estar en Alaska? —retrucó él, arqueando una ceja.
Ella hizo un gesto con la mano que parecía decir “detalles” y ahí fue cuando por fin me notó. Y no solo me vio, no. Me escaneó. Primero a mí. Luego a su hermano. Luego de nuevo a mí. Y, al final, bajó la vista… hasta nuestras manos.
«¿Nuestras manos?».
Fruncí el ceño. Bajé la vista y… Oh.
Rush tenía su mano entrelazada con la mía. ¿Cuándo rayos lo había hecho? ¿Cómo no lo sentí? ¡¿Qué clase de hechicería Massey era esa?!
Levanté la vista para fulminarlo, pero él tan solo me guiñó un ojo como si acabara de hacer una broma brillante. Carraspeó, relajado.
Mila dejó el escrutinio y me sonrió, toda simpatía y modales de anfitriona.
—Mierda. Soy una persona sin modales —dijo, sacando una sonrisa de no sé dónde—. Lo siento mucho. Soy Mila, hermana de Terroncito.
—Larissa —respondí, devolviéndole la cortesía.
—Imagino que eres la novia de Rush —aventuró, regalándome una sonrisita traviesa.
Abrí la boca para negar con una risa en los labios, lista para aclararlo, pero…
—Sí —interrumpió Rush.
Y yo tosí. Con violencia. Como si mis pulmones decidieran expulsarse por sí mismos del cuerpo ante semejante mentira pública.
¿Perdón? ¿Novia? ¿“Sí”? ¿Ese “sí” había sido real o mi cerebro acababa de colapsar? ¿Él había dicho que sí era su novia?
Lo miré, horrorizada.
Rush, por su parte, solo se encogió de hombros. Como si acabara de decir que el cielo era azul y no que acababa de darle un upgrade a nuestra no-relación sin mi consentimiento.
Los ojos verde esmeralda de Mila se agrandaron tanto que por un segundo temí que se le salieran de las cuencas. Luego, soltó un gritito agudo que me taladró el tímpano. En serio. Sentí cómo mis neuronas chillaban en modo emergencia.
—¡Oh, Dios, gracias! —exclamó como si acabara de recibir una señal divina. Se lanzó sobre mí con un abrazo de oso que me estranguló hasta la risa. Literal—. No sabes lo feliz que me hace ver a una persona que no esté loca… y no sea una perra roñosa —añadió con tono celestial.
Yo jadeaba entre risas mientras que Rush… Bueno, él era él y se estaba partiendo de risa.
—¿Cómo sabes que no está loca? —preguntó él, todavía divertido.
Le lancé una mirada que decía “atrévete a seguir hablando y te entierro vivo”.
—Hermano, por favor. Las mujeres tenemos radar para detectar eso a kilómetros —dijo Mila, rodando los ojos como si explicara algo básico—. ¿Recuerdas a Rebecca?
Fruncí el ceño. ¿Quién carajos era Rebecca?
Mila me miró como si leyera la pregunta en mi cara.
—Rebecca es la ex loca de mi hermano —me explicó, con esa sonrisa de hermana menor que lleva años saboreando la humillación ajena.
—Ah —asentí, uniendo las piezas del rompecabezas—. Asumo que es la ex del embarazo, ¿no?
Mila volvió a abrir los ojos como si acabara de descubrir que sabía leer la mente.
—¿Sabes quién es?
Sonreí apenas, con esa sonrisa cargada de intenciones que ni yo terminaba de descifrar.
Rush soltó un bufido.
—Deja de mirarla así, Mila —regañó, y acto seguido, me jaló para continuar caminando.
Y sí, jaló. Como si fuéramos pareja desde hacía años. Como si tuviera derecho a arrastrarme con él a donde se le antojara. Como si… no me soltara porque simplemente no quería hacerlo. Y, en lugar de sacudirlo, lo dejé.
Mi salud mental estaba empezando a preocuparme.
—¡No me culpes! Nunca le cuentas esa historia a nadie —protestó Mila, siguiéndonos con el mismo tono de adolescente molesta.
—¿Qué haces aquí? —cambió Rush de tema, era claro que para cortar la conversación.
—¿Cómo que qué hago aquí? ¿Acaso no puedo visitar a mi hermano favorito? —dijo ella con una voz dos tonos más agudos de lo natural.
Reí. Podía oler la mentira desde Marte.
—No te gusta mucho Miami —le recordó Rush.
Mila chasqueó su lengua.
—El calor es insoportable y hay demasiada gente —reconoció, con una mueca—. Bueno, papá me llamó.
Y ahí se acabó la sonrisa de Rush. Su cuerpo se tensó y detuvo el paso en seco. Lo miré de reojo.
—¿Está aquí? —preguntó con un tono que tenía más filo que un bisturí.
—Claro, ¿no lo sabías?
Ah. Interesante. Drake me había dicho que el padre de los Massey era un pez gordo. Narcotraficante importante, si no mal recordaba. Y ahora, estaba en Miami.
Bien.
Aquello se ponía cada vez más jugoso.
—Sabes que él se pone en contacto conmigo solo cuando es necesario, Mila —respondió Rush.
Ella resopló, como si estuviera cansada de repetir la misma historia.
—Ustedes son los peores…
—Córtalo —la interrumpió con firmeza—. Lo he escuchado los últimos nueve años, no hace falta que lo digas otra vez. ¿Para qué te llamó?
—Quiere que esté presente en la gala a la que siempre es invitado —suspiró con dramatismo.
—¿La Éclat Soirée? —preguntó Rush, y yo parpadeé.
¿Éclat Soirée? ¿Por qué me sonaba ese nombre?
Su hermana rodó los ojos.
—No es mi favorita, pero sí —confirmó con desgano—. Quiere que toda la familia esté ahí —remarcó con fuerza la palabra “toda”.
Rush dejó de reír. La risa se evaporó como si jamás hubiera estado. Miró a su hermana despacio, con una mirada que se sintió más gélida que el vodka ruso.
—No —sentenció.
Y sin más, volvió a caminar. Dejándola atrás.
¿Lo más interesante? En ningún momento me soltó la mano.
—Rush, sé que no te gusta estar en un espacio cerrado con papá, pero la gala es importante para él —insistió Mila, alcanzándonos con rapidez. Su voz había perdido el tono burlesco y ahora sonaba casi… ¿preocupada?—. No estaría aquí si no fuera importante. Lo sabes. Odio Miami.
Rush no contestó. Solo siguió caminando, con la mandíbula tensa, los hombros rígidos y esa forma de apretar la boca que ya empezaba a identificar como una señal de que estaba reprimiendo un grito. Le di un apretón en la mano sin pensarlo, y él se detuvo de golpe. Me miró con el ceño fruncido.
No tenía idea de por qué demonios me estaba metiendo en una pelea familiar, pero la forma en la que Mila lo miraba… Esa mezcla de súplica y tristeza. Maldita sea.
—Si es importante para tu papá… —empecé, dudosa, sintiéndome una intrusa emocional. Pero ya era tarde. Las palabras estaban saliendo—. No sé por qué me estoy metiendo en esto, lo sé. Pero mírala. Dale una oportunidad.
—No —repitió él, tajante, sin una pizca de duda.
Ladeé la cabeza, manteniéndole la mirada.
—No sabes cómo se siente no tener un padre presente en tu vida, Rush —dije, sin suavizar la voz—. Tú tienes al tuyo. Vivo. Y te quiere. Deja de ser tan terco y acepta.
Lo vi endurecerse. Su espalda, su expresión, todo él se volvió una piedra.
—No sabes cómo él es realmente, Issa —murmuró en voz baja, más para sí que para mí.
Y eso… eso me sacudió.
La frase quedó flotando en el aire, helada, pesada. ¿Tan malo era su padre?
—No es de mi incumbencia saberlo —respondí después de un breve silencio, el corazón tambaleando un poco—. Pero si aún puedes aprovecharlo, hazlo. Él te quiere ahí. Tal vez no sepas por qué… pero lo hace.
Rush me miró. No, me atravesó con los ojos. Esa mirada grisácea suya no era normal. Era una tormenta. Una amenaza. Una súplica. Una contradicción en todo su esplendor. Sentí que me tambaleaba aunque no me había movido ni un centímetro.
Finalmente, suspiró. Giró el rostro y miró por encima de mi hombro.
—Larissa vendrá conmigo —dijo.
Tosí. Tosí como si me hubiera tragado una piedra.
¿Yo qué?
Mila alzó una ceja, conteniendo una sonrisa demasiado parecida a la de su hermano.
—Sabes cómo se pondrá papá —le recordó ella.
Rush se encogió de hombros.
—O ella va, o yo no voy. Sencillo.
Yo estaba entre “me desmayo” y “lo mato a patadas”.
Mila rió y asintió, complacida.
—De acuerdo. Le diré a papá —aceptó, triunfante.
—Un placer verte, hermanita —dijo Rush con toda la calma del mundo. Y entonces ocurrió lo impensable.
En algún momento entre un parpadeo y una inhalación, Rush me agarró y me lanzó sobre su hombro como si fuera un saco de papas con piernas.
—¡Rush! ¡¿Qué demonios haces?! —chillé, viendo el mundo al revés. Lo único que tenía frente a mí era una magnífica vista de su culo. Maravilloso. Fantástico. Qué imagen para morirme de vergüenza—. ¡Espera! ¡No me diste tiempo de despedirme! —grité, pateando el aire como idiota.
—¡Nos vemos en dos semanas, Issa! —se burló Mila desde atrás, divertida.
—Listo, se despidieron —dijo él, como si fuera la cosa más lógica del universo. Y, como si no fuera suficiente, me dio una nalgada.
Una. Nalgada. Sonora.
—¡Rush! —jadeé, indignada, mientras él reía.
—Eso es por hacerme aceptar algo que no quería —explicó, del todo encantado con su acto de venganza.
—¡Bájame ya! —protesté, entre risas, ira y algo que no quería nombrar.
Rush no contestó. El cabrón solo siguió caminando como si yo no estuviera en su hombro, hasta que llegamos al auto. Ahí sí, como si nada, me bajó con cuidado, pero antes de que pudiera recuperar mi dignidad, me acorraló contra la puerta del copiloto.
—Y esto es por darme algo por lo cual reírme las próximas dos semanas —susurró, y sin más, estampó sus labios sobre los míos.
Riendo, confundida —y bastante robada emocionalmente, si somos sinceros—, pasé mis brazos por su cuello y lo atraje con fuerza. Rush no opuso resistencia. Al contrario, su lengua trazó una línea lenta por mi labio inferior y me hizo gemir suave, quebradita, como si el cuerpo se me partiera en un hilo de electricidad.
Estaba a punto de abrir la boca para dejarlo entrar cuando su celular vibró.
Y sí. El maldito aparato tenía mejor timing que un asesino a sueldo.
Rush gruñó. Se apartó de mí con cara de querer cometer homicidio, dejándome con los labios hinchados, palpitantes y el alma en pausa.
—¿Qué? —gruñó al contestar—. Sí. No. Drake, deja de joder —espetó, sin una pizca de amabilidad.
Suspiré, exasperada. Por supuesto que tenía que ser Drake. ¿Quién más lo llamaría en medio de un beso de película? Alcé una ceja, preguntando sin palabras, y él me respondió levantando un dedo con gesto de “deja de joder un momento”.
Rodé los ojos.
—Dame diez minutos y estaremos ahí —dijo con fastidio—. Sí. Estaremos. —Y colgó sin más.
Antes de que pudiera lanzar algún comentario sarcástico, volvió a besarme. Corto, inesperado, como si necesitara un último sorbo antes de dejar la copa. Me dejó sin aire. Otra vez.
—¿A qué se debió eso? —pregunté, medio divertida, medio afectada.
Rush solo sonrió, esa maldita sonrisa suya que parecía tener propiedades químicas, y abrió la puerta del copiloto.
Como no me moví, suspiró.
—Drake nos quiere en su apartamento y no —levantó la mano para detener mi inminente pregunta—, no tengo idea de para qué. Ahora mete tu sexy culo en mi auto antes de que lo haga yo mismo y mande a la mierda todo lo que Anderson quiera.
Solté una carcajada y entré sin protestar. Su oferta era tentadora, lo admito, pero mi curiosidad por Drake acababa de ganar. Otra vez.
El espécimen cerró la puerta con firmeza y en un parpadeo ya lo tenía al lado, encendiendo el motor de su precioso Lamborghini.
El trayecto al edificio de Drake fue silencioso. Pero, de nuevo, no fue el tipo de silencio incómodo. No. Era un silencio denso, saturado de electricidad. Una atmósfera cargada, con la tensión sexual agazapada como un animal salvaje. El detalle era que yo pensaba que era un problema mío… hasta que noté cómo al espécimen se le marcaba la mandíbula y cómo cambiaba el ritmo de su respiración cada vez que me miraba de reojo.
Y aún así, fingí normalidad.
Me entretuve estudiándolo. Nunca me había detenido a observarlo de verdad, pero ahora lo hacía como si fuera una especie de arqueóloga emocional. Noté las pequeñas y escasas pecas dispersas en sus pómulos, casi imperceptibles. De nuevo, su falta de piercing en la ceja. Los hoyuelos que se le formaban cuando sonreía, aunque fingiera dureza. La forma absurda en que fruncía los labios cuando estaba concentrado. Incluso el modo prudente en el que conducía por las calles de la universidad. Mucha calma para alguien con un auto tan bestial.
—Sigue viéndome así y lo menos que haremos es llegar al apartamento de Drake, princesa —anunció, ronco, sin apartar la vista del camino. Me tomó por sorpresa.
—Me siento totalmente ofendida —resoplé en broma—. No te estaba mirando a ti.
Rush rió.
—Claro.
—No eres tan importante como para que yo te vea cada segundo —insistí.
La verdad era que, si seguir mintiendo así no me garantizaba el infierno, no sé qué lo haría.
—¿Piensas que a Drake le importaría si nos desviamos…? No lo sé, unas… ¿tres horas? —comentó, con falsa indiferencia.
—Ni se te ocurra.
—Solo digo —murmuró, apagando el auto con toda la calma de alguien que no pensaba obedecer de todos modos.
Giré la vista hacia la ventana y, por primera vez en varios minutos, respiré profundo. Estábamos en Jones. Perfecto. Final del trayecto… al menos del geográfico.
«¿Te asustaste? ¿En serio?».
Dios mío, basta ya.
Apreté los dientes, ignorando mi cerebro entrometido, y salí del coche sin dignarme a seguirle el juego a mi propio caos mental sólo para encontrarme con la mano tendida del sexy espécimen y su sonrisa de oreja a oreja.
Arqueé una ceja, sin poder evitar la diversión que se me escapaba por las comisuras.
—Eres mi novia —fue lo único que dijo, como si no acabara de cambiar todo el contexto de la situación.
—Bastante pronto, si nos ponemos a racionalizarlo, considerando que es la segunda vez que nos vemos y todavía no tenemos idea de qué diablos compartimos más allá de una atracción evidente —repliqué, mordiéndome el labio inferior al ver cómo su ceño se fruncía con suavidad.
Al final, se encogió de hombros.
—Te gusta mi verga, a mí me gustas tú. Siento que con eso nos basta.
Parpadeé.
Una.
Cuatro veces.
Y luego bufé, sacudiendo la cabeza, divertida en exceso.
—Tu estupidez acaba de alcanzar niveles insospechados —dije con una sonrisa torcida mientras comenzábamos a caminar hacia la residencia del rubio—. Si llegas a abrir la boca así delante de alguien más, que sepas que voy a negar conocerte.
Lo escuché reír por lo bajo, pero lo ignoré por mi salud mental, concentrándome en el edificio de Drake. No era la primera vez que venía, pero nunca me había detenido a mirar bien. Había un pequeño parque para niños, que imaginaba era para las visitas familiares. El estacionamiento era enorme, organizado, y parecía capaz de alojar una flota entera de autos. Pero lo que en realidad captó mi atención fue una pequeña fuente situada justo a pocos metros de la entrada y la calle vacía.
No, miento. No fue la fuente lo que me detuvo. Fue un hombre.
Un hombre que me resultaba potencialmente conocido.
Mi cerebro se apretó, tratando de descifrar de dónde lo conocía. Repasé mentalmente rostros, nombres, lugares… Nada encajaba. Era como si ese recuerdo estuviera enterrado, pero justo en el borde de mi consciencia, afilado y amenazante.
Entonces, lo más extraño: el sujeto me sonrió.
Una sonrisa lenta, segura, que me erizó la piel y aceleró el latido del corazón, sin saber por qué. Luego, comenzó a moverse hacia la calle intransitada del lugar. Traté de observarlo de la manera más disimulada posible, sin perderlo de vista, hasta que en última instancia desapareció.
—¿Estás bien? —preguntó Rush, justo cuando cruzábamos la puerta principal y el silencio total del vestíbulo nos envolvía.
Meneé la cabeza con lentitud, como intentando sacudirme la confusión.
—Sí —susurré, soltando un suspiro—. Entonces…
—¿Entonces? —siguió él, mientras tomábamos el ascensor. Pulsó el piso veinte e introdujo los seis dígitos en el panel digital.
—¿Por qué me suena tanto el nombre de Éclat Soirée? —pregunté, con genuina curiosidad.
No era tonta. Sabía que era un evento importante, pero no recordaba bien qué tanto. Kendall era la experta absoluta en esos temas, podía pasar horas hablando de modas, diseñadores y alfombras rojas. Yo, en cambio, me perdía en discusiones de armas, tácticas y estadísticas. Por horas.
Rush frunció los labios, haciendo que el hoyuelo en su mejilla izquierda se marcara con una precisión que me atrapó por un segundo.
—Gracias por recordarme ese evento —murmuró con una ironía apenas contenida.
—¿Pero de qué…? —intenté preguntar, pero mi voz se cortó.
Primero, porque las puertas del ascensor se abrieron con suavidad, y segundo, porque unos ojos café, cargados de curiosidad y con una sonrisa jodidamente psicópata, me recibieron desde la sala de estar justo frente a nosotros.
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