1. Let's Play - Capítulo 14
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Capítulo 14: 12
Zacharias, explícame, ¿por qué siempre es tu culpa?
El problema de aceptar el juego equivocado es que siempre se paga más de lo que se ofrece
—Znat’ protokol —retumbó su voz.
«Saben el protocolo».
Demonios. No recordaba que la voz de Jonathan fuera tan jodidamente grave… ni que él fuera tan alto.
Fruncí los labios, reprobando en silencio, cuando Rush fue el primero en salir de la caja metálica y dejó que dos de los seis guardaespaldas de Cloud lo registraran.
—Chisty —informó uno de ellos en su idioma, permitiéndole el paso hacia la sala.
«Limpio».
—Ya vsegda —respondió Rush en ruso, lanzándole una sonrisa a Jonathan que me dejó boquiabierta. Luego se apoyó, con indiferencia, en el ventanal gigante del rubio.
«Siempre lo estoy».
Hablaba ruso. Maldición.
—Ya zabyl, chto vy ponimayete yazyk, a takzhe angliyskiy —comentó Cloud, sonriendo.
«Olvidaba que entiendes el idioma tan bien como el inglés».
—Rodnoy yazyk, ty znayesh’ —el espécimen le restó importancia.
«Lengua materna, ya lo sabes».
¿Lengua materna dijo? ¡Pero ni siquiera tenía un maldito rastro de acento ruso! ¿De quién carajos era hijo Rush Massey? Solo unos pocos mafiosos rusos habían extendido sus imperios hasta Estados Unidos. El padre de Rush debía ser uno de ellos. De eso estaba tan segura como del infierno.
Jonathan pasó la mirada de Rush a mí, con cierta curiosidad, justo cuando el segundo guardaespaldas se me acercó.
—Prikosnites’ tuda, gde ne dolzhny, i zavtra oni ne naydut vashe telo —amenazó Rush con frialdad, sin necesidad de girarse siquiera.
«Tócala donde no debes y no encontrarán tu cuerpo en la mañana». El hombre rodó los ojos, pero esperó a que yo decidiera salir del ascensor.
—Ona ne —«Ella no», escuché decir a Jonathan—. Es de Rush.
El guardaespaldas se alejó de inmediato, y avancé hacia donde estaba Rush. Él se despegó del ventanal y me tomó de la mano sin dudar, colocándome a su lado. Jonathan me observó con ese interés molesto que siempre había odiado.
—Nunca has traído a tus putas a nuestras reuniones, Massey —pasó al inglés, con los labios torcidos en una burla.
Sí. Seguía siendo el mismo imbécil de siempre.
Por el rabillo del ojo, vi cómo Rush apretaba la mandíbula.
—Cuida cómo hablas de ella, Cloud —siseó Drake.
Por mucho que me agradara el tono protector del rubio, me inquietaba más que lo hiciera frente a Jonathan. Ese bastardo no había cambiado un ápice. Su actitud arrogante y asquerosa seguía intacta. Y si había heredado siquiera una pizca de la frialdad de su padre, atacaría justo donde más le dolería a Drake.
Aunque, dudaba bastante que al rubio le importara una mierda si yo moría, pero, claro, no es como si les hubiera importado a los Cloud jugar con eso antes.
Mordí el interior de mi mejilla, dejando que los recuerdos con Jonathan me ahogaran por un segundo.
La familia Cloud era una plaga pequeña pero letal que se había extendido en Moscú durante una década. Incluso a Nóvikov le había costado exterminarlos, sobre todo cuando descubrió su alianza con los Nostravik, cabeza de la mafia alemana. Por cada golpe que daba Nikolay, ellos se multiplicaban como cucarachas, lo que encendía su furia y lo empujaba a quemar sin piedad todo rastro de ellos.
Cuando conocí a Jonathan, él tenía catorce años. Lo descubrí mientras estaba infiltrada en la compañía de su padre, investigando asuntos delicados para Harrison. Rara vez cruzábamos palabras; yo era tres años mayor y ni siquiera compartíamos el mismo espacio. La primera vez que lo vi me pareció educado, reservado, alguien que apenas hablaba… De manera estúpida, me tragué esa impresión.
La segunda vez que lo vi fue un mes después de que mi progenitor matara a su madre a sangre fría en un casino. Ese día marcó todo. Fue cuando Jhonaster me juró la muerte, cuando lo dejé sin movilidad en las piernas, y cuando vi con claridad que los genes psicópatas sí podían transmitirse de padre a hijo. Un día para quemar en la memoria.
—¿Tú también, Anderson? —preguntó Jonathan, divertido, cortando mis recuerdos.
Sacudí la cabeza con suavidad y desvié la mirada hacia los sofás. Había estado tan concentrada en Jonathan y su mirada inquisitiva que no me percaté de que Drake estaba sentado en el sofá de cuero, igual que ayer, pero esta vez sin rastro de diversión. No era el mismo rubio con el que había compartido todo este tiempo.
—Bueno, señorita, te has ganado el corazón de los dos mejores y más duros contrabandistas del estado. Eso es inusual, incluso para mí —admitió, retomando mi atención.
Reprimí las ganas de rodar los ojos. Mucho.
—¿Qué haces aquí? —inquirió Rush, cambiando el tema.
Cloud negó con la cabeza y suspiró.
—Quiero el envío en dos semanas y súmale doscientos kilos de la droga de Nóvikov —respondió, directo al grano.
—No —sentenció el rubio, rápido y firme.
—¿No? —repitió Jonathan, sorprendido. Al parecer, nunca le habían dicho que no al pequeño niño malcriado.
—Hay un trato, Jonathan. Está firmado —siguió Rush, inexpresivo—. El envío será dentro de un mes con tus ciento setenta kilos de crystal. Ni más, ni menos.
Jonathan miró a uno de sus guardaespaldas, quien cargaba un pequeño portafolio y se lo entregó a Cloud.
—Verán —anunció él, buscando algo en el maletín—, Zach y yo tuvimos una charla hace poco menos de dos horas en mi oficina, y esto fue lo que firmó —se acercó a Drake con unos papeles blancos y se los entregó.
La expresión de Drake se tornó escéptica, sorprendida y decepcionada al hojear los documentos.
«Maldita sea, Zacharias. ¿Qué diablos hiciste ahora?», gemí para mis adentros.
—Digamos que el trato anterior queda anulado y que, con la renovación de contratos, hay nuevas demandas. Espero el envío en dos semanas, muchachos. En dos semanas —sentenció, dándonos la espalda mientras caminaba hacia el ascensor que aún mantenía las puertas abiertas y sus guardaespaldas detrás—. Ni más ni menos —se despidió con su sonrisa ladina.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron y Cloud desapareció por completo de la residencia —el espécimen se aseguró de ello, permaneciendo en el ventanal, con la vista fija hacia abajo, como un halcón—, Rush me soltó la mano, yo exhalé el aire que ni sabía que estaba conteniendo, y Drake soltó una maldición.
—¿Por qué mierda no me dijiste que Cloud estaba aquí? —gruñó Rush, furioso, mirando al rubio.
Drake le devolvió un gruñido.
—¡Porque decidiste colgarme el celular antes de que pudiera decir una palabra, hijo de perra!
Rush maldijo de nuevo, pero luego se volvió hacia mí, intentando aparentar tranquilidad.
—¿Estás bien? —murmuró, tomando mi rostro entre sus manos, lanzándome todo el peso de sus ojos grises.
—Estoy bien —respondí, sin tener idea de cómo me sentía realmente. “Bien” no estaba en el menú de emociones.
Rush asintió, soltó mi cara y dirigió su mirada a Drake.
—Llámalo. Ahora.
No había opción. O Drake llamaba a su estúpido hermano, o estaba segura de que el espécimen iría a buscarlo él mismo. El rubio suspiró, sacó su celular y marcó. Puso la llamada en altavoz.
—¿Dónde estás? —exigió Drake, al tercer timbrazo, sin dejar que Zacharias hablara.
—Entrando a tu ascensor, Drake —respondió el suicida.
Drake cortó y me lanzó una mirada mortal.
—Es todo tuyo —dijo.
Que el rubio me diera permiso para golpear a su hermano hasta el cansancio me hizo sonreír un poco. La rabia que contenía burbujeaba a punto de explotar. El imbécil no se salvaría esta vez. Ni de lejos.
—¿Por qué? —preguntó el sexy espécimen.
—Ya verás —respondió Drake, seco y sin humor.
—Interesante —murmuró Rush, regalándome una sonrisa diminuta.
En ese instante, las puertas del ascensor se abrieron, dejando salir a un idiota con mi mejor amiga a su lado. Los ojos de Kendall se abrieron de par en par. No esperaba encontrarme aquí, se notaba.
Sí. En definitiva, Zacharias había firmado su sentencia de muerte.
—Lo que me faltaba —masculló Drake al verlos.
Kendall y el muy hijo de perra avanzaron a paso de tortuga. Ella evitó mi mirada por completo.
No era estúpida. Por lo menos el instinto de supervivencia aún le quedaba.
—Larissa —saludó Zacharias, tranquilo—. No pensé que estuvieras aquí —admitió—. ¿Quién te invitó?
—Zach, no creo que sea el mejor momento… —intentó intervenir mi amiga.
—Cállate —siseé, lo bastante molesta como para ahorcarla—. A estas alturas no vas a arreglar nada hablando, así que cierra el pico, Kendall.
—¿La conoces? —preguntó Rush, mirándome con curiosidad.
—Mierda, cierto. Que descortés soy —se disculpó el otro, contestando por mí—. Rush, ella es Kendall, mi cita. Cariño, este es el gran Rush Massey de quién te hablé antes, hijo de…
Dejé de procesar todo justo cuando salió la palabra “cita” de su estúpida boca.
—Córtalo, Zacharias —ordenó el rubio, tan molesto como yo.
Una cosa era acostarse con mi mejor amiga. Bien, a esas alturas, aunque me causara una puta ACV, estaba tratando de que no me importara tanto. Ella era consciente de a quién le abría las piernas. Pero otra cosa muy distinta era meterla de lleno en el infierno de donde le había costado un imperio salir.
Eso no se lo perdonaría nunca a Zacharias. Nunca.
—Vete a la mierda, Drake —respondió el idiota, tirándome de vuelta al desastre que había generado—. ¿No merece la nueva novia del gran Rush Massey saber la verdad? —señaló a Rush—. ¿O acaso es solo una de tus putas que no sabes cómo sacarte de encima?
No pude contener la rabia. La tapa de mi olla de presión saltó sin aviso y corrí directo al Anderson, estampando mi puño en su cara. El crujido fue tan satisfactorio que casi repetía, pero unos brazos me atraparon. No me importó quién, me zafé y volví al ataque con Zacharias. Esta vez sí se defendió.
Perfecto.
Intentó esquivar dos golpes, pero fue lento. Uno chocó contra su mejilla, el otro le partió la nariz perfilada que se cargaba. Cayó de culo y no me rebajé a seguir golpeándolo.
—¡Larissa! —chilló Kendall, histérica, corriendo hacia su cita.
—¡¡Hija de puta!! —rugió él, sujetándose la nariz y levantando la cabeza.
—¡Es suficiente, Zacharias! —tronó Drake, levantándose del sofá, plantándose frente a su hermano—. Sabes perfectamente que estamos en un jodido aprieto con Jonathan Cloud y vienes como si nada, insultando a Larissa en mi cara y en mi casa —lo señaló con furia—. ¿Qué demonios te pasa por la cabeza, imbécil?
Rush apareció a mi lado. Tomó mi mano con cuidado y la estudió. Al estar seguro que mis nudillos seguían intactos, levantó la mirada. Sus ojos grises destilaban ira y un dejo de orgullo.
—Tengo que tener cuidado contigo, fiera. Sí que sabes cómo dar un derechazo —bromeó, arrancándome un resoplido—. ¿Estás bien?
Asentí sin palabras. Ni una oración saldría sin un torrente de insultos para Zacharias. Rush soltó mi mano despacio y volvió a mirar a Zach, que ahora estaba sentado, con Kendall al lado sosteniendo un trapo blanco manchado de sangre.
—Aceptaste el trato de Cloud —dijo Rush, negando levemente—. ¿Cómo conseguiste los ciento sesenta kilos que faltaban de la droga de Nóvikov en sólo dos días, Anderson? —exigió saber—. Estoy seguro cómo el infierno que no viajaste a Moscú en ese tiempo, así que habla.
Drake palideció. Kendall se tensó. Y yo miré a Zacharias, atónita.
¿Qué?
—No puede ser que él… —empezó Drake, pasando la mirada entre su hermano y Rush.
El semblante de Rush estaba hierático. No admitía juegos. Así que lo mejor era que Zacharias empezara a despotricar todo lo que había hecho o las cosas iban a tomar otro rumbo no tan agradable para él.
—Es tu hermano, Drake —interrumpió—. Tú más que nadie sabes que Zach no haría nada sin tener un as bajo la manga. El maldito es impulsivo, bocón, sí, pero demasiado inteligente para arriesgarse a lo estúpido.
Drake miró a Zach, quien lo miraba divertido.
—¿Es cierto? —preguntó Drake.
—Fue fácil —admitió su hermano.
Cerré los ojos, tratando de calmar la rabia que subía. ¿Qué demonios había hecho, joder? Drake suspiró y maldijo en voz baja. Lo entendía.
—¿Por qué? —pregunté sin pensar.
Tres pares de ojos se clavaron en mí.
—¿Por qué qué? —preguntó el jodido suicida.
—Tienes que tener una maldita buena razón, Zacharias, de verdad. Sino, te juro que no entenderé por qué arruinar tu vida, la de tu hermano y la de toda tu familia, jugando en ligas que no están a tu nivel. ¿Por qué diablos no lo dejaste estar? ¿Por qué no solo tuviste dos dedos de frente y tan solo lo dejaste pasar? Por ti, por tu papá, por toda tu jodida familia.
Él me miró. De la manera más dramática posible, sus ojos azules se clavaron en mí, observándome como si fuera una pieza de arte inusual en su colección privada. Comprendí esa mirada, porque no se esforzó en disimular su escrutinio, buscando la respuesta que necesitaba: cómo sabía yo que el desastre en el que estaba sumido tenía que ver con su padre.
Drake cerró la incógnita cuando carraspeó con suavidad, logrando que el semblante de Zacharias diera un giro de noventa grados y sus ojos se bañaran con miras de odio, dirigido solo a mí.
—No tuve elección —musitó entre dientes.
—¿Me estás diciendo que entonces no tuviste opciones para evitar destruir vidas que confiaban en ti? ¿Acaso, en serio, estás diciendo que tu admiración enfermiza sobrepasó el que usaras tu sentido común y buscaras otra forma de ayudar? —le clavé la mirada y sacudí la cabeza—. La cagaste, Zacharias. Incluso mucho antes de que siquiera comenzaras el juego, la cagaste. Y no te importó, que es lo peor del caso, ¿sabes por qué? Porque de nuevo, esa admiración enfermiza que tienes te mantuvo ciego. Tan ciego que decidiste tomar el peor peón del tablero.
—¿Qué…?
—Nikolay no perdonará otro robo, Zacharias —lo corté de mala gana—. Y si se entera de que fuiste tú otra vez, irá tras de ti. Pero esta vez, no será solo tu cabeza la que caiga.
Quizás había hablado de más y con eso dejé saber qué tanto me había contado el rubio de todo el desastre, ese rubio que estaba más tenso que una tabla. Y tal vez me había expuesto a mí misma también, pero en ese momento me importaba un carajo. Conocía Nikolay demasiado bien; él no iría a buscar a alguien que ya le advirtió. No de nuevo.
La confusión en la cara de Zacharias era palpable. Eso me enojó. Porque, ¿cómo tenía los huevos bien puestos para robar, no una, sino dos veces, a una de las mafias más sanguinarias del mundo, y al mismo tiempo fuera lo suficientemente estúpido como para no pensar ni entender las repercusiones de sus acciones?
—Irá por tu familia, hijo de perra —le aclaré a regañadientes—. Por toda tu familia.
No tardó Drake en poner la mano en la cara de su hermano con una rapidez casi insultante. Kendall chilló de nuevo, pero esta vez caminé junto a ella, pasando entre los dos hermanos. No iba a interrumpir esa pelea. Zacharias merecía cada golpe que recibía y estaba encantada de que Drake se lo diera.
Kends clavó su mirada en mí, tensa como una tabla. Tomé su mano. Estaba fría.
—Lo siento —susurró, aferrándose a mi mano—. No sabía que todo esto estaba pasando, lo siento muchísimo, Bells.
Dejando todo lo que quería reprocharle a un lado, respiré hondo y la abracé. Kendall podía ser una idiota que se dejaba embaucar por chicos guapos, sí, pero era mi mejor amiga. Mi hermana. Y, a pesar de todo, siempre estaba ahí cuando la necesitaba. Tenía que hacer lo mismo por ella.
—Está bien —acepté—. Solo avísame con quién vas a salir la próxima vez.
—¿Por qué? —preguntó al salir del abrazo.
—Así puedo checar sus antecedentes penales y decidir si es bueno para ti o no —respondí con tranquilidad.
Kendall puso los ojos en blanco, pero se rió.
—Serías capaz —se burló.
—Lo sabes —reí junto a ella.
—Estás en una misión suicida, Arabella —me reprendió en un susurro cuando las risas se apagaron—. Me sorprende que Harrison aún te deje aquí, sabiendo que Jhonaster también está involucrado en todo esto.
Suspiré.
—Hace días que lo desafié —admití. Kendall no tardó nada en dejar caer la mandíbula, aturdida—. Él quería que me saliera, pero yo no puedo. Nunca he abandonado una misión, Kends. Por más peligrosa y suicida, nunca he abortado. Y te juro que no pienso hacerlo ahora. No sería yo si lo hiciera.
Hubo unos segundos de silencio hasta que ella acomodó sus gestos y me clavó sus bonitos ojos marrones.
—Sabes que ahí hay más de lo que quieres admitir, Bells.
—¿Disculpa?
—Sí. Nunca antes has abandonado un trabajo sin importar qué tan difícil se hubiese puesto. Sin embargo, en los años que llevo conociéndote, tampoco has desobedecido una orden directa de Harrison, Arabella. Nunca. Así que eso me lleva a…
Negué con la cabeza, dándome cuenta hacia donde quería ir con la conversación.
—No tiene nada que ver con…
—Sí, sí tiene —me interrumpió con suavidad—. Por mucho que tengas reglas en tu trabajo, no puedes apagar lo que sientes. Eres humana, Bells. Tienes sentimientos. Aunque trates de silenciarlos, no puedes mantenerlos apagados para siempre. Por eso, no puedes tan solo abandonar a todos e irte. ¿Antes? Sí, claro. ¿Ahora? Te involucraste, cariño. Con Drake, con la familia Anderson, e incluso, aunque no quieras admitirlo, hasta con Zacharias.
Me tuve que morder la lengua y tragarme el veneno cuando Kendall arqueó una ceja, esperando que le refutara su teoría. Estuvo así un buen tramo de diez segundos hasta que solo resoplé por lo bajo, dándole, para mi desgracia, la razón.
—Eres… ugh —mascullé, mirando a todos lados menos a ella.
—Y así me amas —rió—. Por cierto, ¿piensas separarlos en algún punto? —preguntó tras un momento, mirando la pelea. Seguí su mirada y vi cómo Drake descargaba puños tras puños en la cara de Zacharias. Suspiré y busqué a Rush en la habitación. Estaba apoyado en el ventanal, hablando por teléfono—. A propósito, debo decir que él es demasiado ardiente para pasearse entre nosotras las mortales.
Esbocé una pequeña sonrisa.
—Lo sé —respondí sin despegar la vista del espécimen. Su expresión seguía seria. Era obvio que no le gustaba lo que estaba escuchando al otro lado de la línea.
—De lejos se nota que le gustas —siguió Kends. Me encogí de hombros. Una vez que mi trabajo terminara, me odiaría, así que no tenía que preocuparme por nada—. Y a ti te gusta él.
Me atraganté con mi saliva. ¿Eh? Miré a mi amiga, que me sonreía de oreja a oreja
—Quita esa sonrisa idiota de tu cara. Rush me atrae. Sólo eso —dije firme.
—Eres una terrible mentirosa —replicó.
—Oh, amiga, soy una maravilla mintiendo. De lo contrario no estaríamos aquí —le señalé las paredes que nos rodeaban.
—Sabes que te gusta. Apuesto que ya te lo cogiste y todo —continuó, ignorándome por completo.
Fruncí los labios, gimiendo por dentro.
—¿De verdad vamos a hablar de esto ahora? —traté de esquivar.
—¿Hablar de qué? —interrumpió la voz sexy de Rush a mi lado.
Giré apenas, lo justo para clavarle la mirada.
—Nada en lo que tengas que estar metiendo tus narices, Massey —le solté con rapidez.
El espécimen sonrió de vuelta. Ahí estaban los hoyuelos. Dios. Provocaba besarlo. Demasiadas veces.
—Por más que me encantaría indagar en el tema, hay algo que tengo que hablar con Drake —su rostro se endureció— y no quiero que estés presente, Issa. Ya te has involucrado demasiado. Te llevaré a casa.
«Oh, cariño…».
—¿Qué te hace creer que me iré?
—No es una petición, Larissa —refutó él, como si pudiera darme órdenes y yo simplemente asentir—. No tienes por qué saberlo todo.
—¿Y tú sí tienes que saberlo todo de mí? —sentí cómo empezaba a hervirme la sangre una vez más.
—Esto es serio. No es tu lugar.
—No me voy a ir a ningún maldito lado, Rush —crucé los brazos, anclándome al sofá como una reina que no pensaba abdicar.
—Te irás —sentenció, con ese tono bajo que quería intimidar. ¿Bendito adelanto?: aquello no funcionaba conmigo.
—Perfecto, entonces si quieres que los rectores universitarios se enteren de todo lo que están escondiendo aquí, me iré feliz —le sonreí. Sucio, sí. Pero necesario.
Rush entrecerró los ojos con una sonrisa que destilaba venganza.
—¿Y qué te hace pensar que no lo saben ya?
Lo fulminé con la mirada mientras sacaba cuentas. ¿Tenía a los rectores en el bolsillo también? ¿Qué más le faltaba? ¿El Vaticano?
—Divertido y todo la escena —interrumpió Kendall con la sombra de una sonrisa burlona—, pero alguien debería separar a los Anderson antes de que terminen en la morgue.
Rush rompió nuestra guerra visual para dirigir su atención a los hermanos. Con el disgusto marcado en cada paso que daba, aún así caminó hacia ellos con calma, como si no midiera metro noventa y poco de pura autoridad, y los separó como si fueran dos adolescentes peleando por el último trozo de pizza.
Zacharias tenía la cara como si lo hubiera atropellado un tren. Drake no estaba mucho mejor, pero al menos seguía entero.
—¡Nóvikov llega a ponerle una mano encima a la familia, y te juro que te mato, Zach! —espetó Drake ya desde el sofá, con el labio reventado.
Kendall ya estaba a su lado, haciendo de enfermera improvisada.
—¿Tienes una compresa y un botiquín de primeros auxilios, por casualidad? —le preguntó con una dulzura que contrastaba con el caos.
Drake, furioso, asintió, sin dejar de mirar a su hermano.
—Issa, mi baño, segunda gaveta. La compresa está en la cocina.
—Claro —respondí, más por necesidad de alejarme que por amabilidad. Si me quedaba un segundo más, era probable que Rush me arrastraría por el ascensor de vuelta a casa.
Fui por lo que pidió y regresé enseguida. Para cuando volví, Zacharias también estaba hundido en el sofá con hielo en la cara, Kendall curaba al rubio y Rush… estaba en el ventanal otra vez. Como un maldito cuadro de deseo y misterio.
Dejé todo sobre la mesa frente a Kends. Nadie curaba como ella, y nadie sabía tanto como ella cuándo callar.
Me senté al lado de Drake.
—Habla ya, Rush —gruñó el rubio—. Me vas a volver loco ahí parado.
Rush no se volteó. No aún.
—Riden llamó hace rato —dijo al fin, su voz tensa como un cable al borde del chasquido—. A Foster le fascinó que cerráramos otro contrato de crystal.
Zacharias se movió. Quitó la bolsa de hielo de su cara y su expresión se volvió oscura, peligrosa.
—No teníamos otro trato con Foster, hasta donde recuerdo —escupió Drake, al filo de explotar.
Todos volteamos hacia su suicida hermano.
—¿Creían que no me iba a enterar de sus planes contra el club? —preguntó con la voz de alguien que ya no estaba jugando.
Rush y Drake intercambiaron una mirada. No una cualquiera. De esas que decían más que veinte páginas de diálogo.
—Zacharias, eres un completo idiota —dije, con el veneno justo.
—Vete a la mierda, Larissa.
—Puedes, realmente, besar mi trasero —espeté, sin filtro ni freno—. Tu hermano te está ayudando a salir de esto, Rush te está ayudando a salir de esto, todo el maldito mundo te está ayudando a salir de esto… ¡y a ti no te importa un carajo! ¿¡Qué demonios pasa contigo, amigo!?
Y ahí lo vi. Por fin. La máscara se resquebrajó.
Zacharias tenía el rostro torcido en una mueca que no supe si era de rabia, miedo o agotamiento.
—¡Pasa que no puedo cerrar el club! —rugió, de pie de golpe como un resorte quemado—. ¡Pasa que si hago un maldito movimiento en falso, todos mueren! ¡¡Eso pasa!!
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Ese silencio pesaba como concreto húmedo sobre el pecho. Fue Drake quien, al fin, se atrevió a romperlo.
—¿De qué mierda estás hablando? —preguntó, marcando cada palabra como si temiera masticarlas.
—‘Ndrangheta —siseó el otro, con una voz que parecía salirle desde el fondo de un pozo—. Me amenazó. Advirtió que si cerraba el club, Jess, tú, mamá, Kira… toda la familia moriría. ¿De verdad crees que no lo habría cerrado ya, si no fuera por eso? Ya conseguí toda la maldita droga, cerré el nuevo trato con Cloud. ¡Lo hubiese hecho, joder! Pero tener a un maldito narco italiano respirándote en la nuca porque quiere seguir usando tu club como su jodido canal… no es precisamente pan comido.
Inspiré hondo, tan hondo que sentí cómo el aire me raspaba el pecho. Llevé las piernas hasta la barbilla y hundí la cabeza entre ellas. No tenía un plan. No uno que funcionara. Alexey amenazando de frente, Jhonaster y Atlas Foster cerrando tratos como si fueran dulces, toneladas de droga corriendo, demasiada gente involucrada… y, sin duda alguna, demasiados cadáveres por venir.
Estaba seca de ideas. Vacía.
Y necesitaba, maldita sea, que Zacharias dejara de pensar por un jodido segundo.
Tendría que llamar a Harrison. Era mi carta segura. Mi única jugada. A menos que…
Levanté la cabeza de golpe y enfoqué a Kends.
Ella apenas vio mi cara, dejó de limpiar la herida de Drake como si el alcohol le hubiese quemado los dedos y negó con la cabeza.
No me rendí. Seguí observándola, mirándola hasta que ella soltó un “no” algo audible, logrando hacer que Drake, Rush y Zacharias me miraran como si me hubiese crecido una segunda cabeza.
—¿Qué se te ocurre, preciosa? —preguntó Drake, con ese tonito meloso que me sacaba una sonrisa a la fuerza. Rush resopló, lo que provocó una sonrisa socarrona en el rubio—. Tranquilo, hombre de las cavernas —agregó, sin despegar sus azules de mí.
—Pongan el club en manos de la Bratva —solté.
El silencio fue casi tan largo como el anterior.
—Estás loca —declaró Zacharias, sin dudarlo un segundo.
—Voy a pagarte el mejor maldito psiquiatra de todo Miami —añadió Rush, cruzado de brazos.
—Larissa… —terció Drake, inseguro. Se notaba que no quería ni imaginar lo que yo ya había procesado tres veces.
Suspiré. No porque dudara. Sino porque sabía lo que estaba a punto de decir.
—Nóvikov y Alexey llevan, según lo que me ha dicho Drake, toda la vida en contienda —nadie más que yo sabía eso—. Así que si ponemos el club en manos de Nóvikov, Alexey se verá forzado a retirarse… y la familia de Zacharias quedaría libre de cualquier amenaza de muerte.
Todos se quedaron callados, masticando la idea como si fuera carne cruda.
—¿Y si no lo acepta? —cuestionó Zacharias, reacio a aceptar mi idea.
—La imagen del club no eres tú. Son los Massey —intervino Drake, razonando más rápido de lo habitual—. No veo por qué lo rechazaría si encubrimos que estamos implicados.
—No hay por qué mentirle —rebatí—. Nóvikov no es idiota. Por supuesto sabrá que ustedes dos están involucrados… Pero lo que no sabe ni sabría sería en qué. Tienen oportunidad de meterse solo en lo superficial; cuentas, localizaciones… cosas básicas.
—¿Cómo estás tan segura de que lo aceptará? —preguntó Rush. Ladeé la cabeza para verlo—. Es decir, tu plan no es para nada sensato, pero tampoco es malo, ¿por qué estás tan segura de que Nóvikov lo aceptará?
Se notaba que me estaba midiendo. Probando. Pero también… había algo más. Algo que no supe reconocer en ese momento. Algo que el cabrón mantuvo oculto tanto para mí cómo para los demás hasta que le dio la gana de hacérnoslo saber. En el peor maldito escenario, si se me permitía añadir.
—El club no es básico, Rush —rodé los ojos con hastío—. Tanto Nóvikov como ‘Ndrangheta saben que por ese club pasan más drogas de las que pueden contar y contactos que capaz ni siquiera ellos manejan. Por eso Alexey te amenazó, Zacharias —lo miré directo—. Porque el club tiene poder. Potencial. Y él no es tan estúpido como para no verlo. Si lo ponemos en manos de Nóvikov…
—Alexey se retira, Nóvikov toma el control y todos contentos —terminó Zacharias por mí, con una expresión que ya no era tan desesperada—. Me gusta la idea.
—No. Iba a decir que habría sangre, intercambios de intereses, juegos de poder. Nada de lo que se le da al Boss es así de simple —corregí, levantando una ceja.
—¿Entonces por qué carajos propones entregarle el club a Nóvikov? —insistió, con ese tono de bulldog testarudo.
Conté hasta diez. Dos veces. Primero para no golpearlo. Segundo… para no matarlo.
—Zacharias —intervino Kends con una calma inquietante, alzando la mirada hacia él—, ¿quieres una solución o no? Tú elegiste esta vida de mierda, y ahora te están dando una salida. No todo en esta vida viene en blanco y negro. Métete eso en la cabeza y acepta la única bendita opción que te queda para salvar tu jodido culo y a tu familia, que ni siquiera pidió estar en esta pesadilla —lo cortó, como cuchillo limpio, dejándolo mudo por un buen rato.
Me dejó boquiabierta.
«¡Demonios! Esa es mi mejor amiga».
Drake silbó bajito, impresionado. Yo no pude evitar sonreír. El orgullo no me cabía en el pecho.
—Bueno, supongo que tenemos un plan —dijo el rubio.
—No tan rápido, rubio —me puse de pie. Necesitaba mover las piernas—. Esto tiene que hacerse con extremo cuidado. Si Alexey llega a enterarse que fueron ustedes quienes ofrecieron el club a Nikolay habrá mucha más sangre. Y no contamos con los recursos necesarios como para impedir tal ataque.
Drake asintió, por fin entendiendo el peso real de lo que acabábamos de poner sobre la mesa.
—Imagino que ayudarás —dijo, más como sentencia que pregunta.
De mí salió un sí. De Rush, un no. Automático. Zacharias rodó los ojos tanto con cansancio como con fastidio, Drake disimuló una sonrisa, y Kends intentó contener una risa. Me giré para encararlo. Seguía ahí, apoyado en el ventanal como una estatua con ira contenida.
—¿Dijiste no? —pregunté, sintiendo cómo la chispa en mi pecho se convertía en incendio.
—Seguro como el infierno que dije no —confirmó—. Estás metiéndote donde nadie te llamó, Larissa. Bien, diste una idea. No es mala. Drake, los demás y yo nos encargaremos de ejecutarla como dijiste. Pero hasta ahí. Tú no te metes. No tienes idea de lo que implica esto —me sostuvo la mirada sin vacilar.
—Rush, creo que ella sería la indicada para…
—Dije no, Anderson —lo cortó con los dientes apretados—. Ella no va a estar involucrada.
Arqueé una ceja.
—No decides por mí.
—Pero sí por el negocio.
—El negocio que están a punto de cerrar gracias a mí.
—Con un plan en el que no estarás incluida.
—¡Rush! —solté, harta.
Me estaba mareando toda esta discusión absurda. Iba a estar involucrada, lo supiera él o no. Y lo sabía. Por eso esa sonrisita suya apareció, esa que decía “me rindo, pero no realmente”.
—No estarás… a menos que pases una prueba.
Rodé los ojos, porque claro, pruebas.
—Llevas probándome desde que Jonathan salió del apartamento —señalé como si no fuese obvio.
—Mueve tu trasero a mi auto —ordenó, ignorándome por completo, caminando hacia el ascensor.
—¿A dónde la llevas, Rush? —preguntó Zacharias, curioso.
—Iremos a Chovert.
♦ ♦ ♦
—¿Qué hay en Chovert? —quise saber, entre curiosa y con el estómago un poco revuelto.
Rush me tenía en su auto, mientras que Zacharias y Kends iban con Drake. No me había dicho ni media palabra sobre la supuesta prueba. Antes, cuando me dejó con los Anderson y su sonrisa de idiotas cómplices, pregunté qué diablos era Chovert. Lo único que me dijeron fue: “espera y verás”, y “espero que puedas con esto”.
Idiotas.
—¿Es nervios lo que detecto en tu voz, princesa? —se burló el espécimen malditamente sexy al volante.
Llevábamos más de dos horas dentro de un muy cerrado auto y yo ya estaba volviéndome loca. Tanto por los repentinos nervios, como por las ganas de saltarle encima y repetir lo que habíamos hecho en su asiento hacía un par de horas atrás.
—Puedes responder mi pregunta anterior —espeté.
Rush chasqueó la lengua.
—Si no estás preparada, puedes decirlo. Todos lo entenderán. Y yo, personalmente, te dejaré en tu casa. No hay nada de malo, princesa. Es bueno saber cuándo rendirse.
—Ya quisieras —murmuré.
Pasaron unos minutos en completo silencio antes de que él volviera a hablar, tomándome por desprevenida.
—¿Hace cuánto que sabes de todo esto? —preguntó, ahora serio, cortando el aire con la frase—. Sé que Drake te lo contó. Es a lo único que le encuentro lógica por cómo le hablaste al maldito de Zacharias. A cómo sabías todo. Pero, ¿hace cuánto?
Lo miré con sospecha, pero suspiré. No tenía sentido mentir. Además, él ya lo había deducido. Por mi culpa, siendo sincera.
—Hace no mucho. Estaba desesperado. Y como todos decían que yo era diferente, no dudó en soltar todo —resumí.
En realidad, no había mentido casi. Solo edité la parte donde el rubio había soltado la sopa porque había descubierto mi identidad y la de Harrison. Lo demás era cierto. Y Drake, en efecto, estaba desesperado.
Rush soltó una risa seca, ronca, y eso fue todo. No dijo más. Solo condujo en silencio.
Eran pasadas las dos de la mañana cuando el auto se detuvo frente a un almacén que parecía tan abandonado como mi paciencia. Rush bajó primero y, por el retrovisor, lo vi hablando con Drake, que ya estaba fuera de su Range Rover.
Respirando hondo, me bajé del auto para reunirme con el grupo de idiotas.
—¿Estás lista? —preguntó Zacharias en cuanto me acerqué.
Tenía la respuesta en la punta de la lengua, pero bajé la vista porque algo había llamado mi atención.
—Kendall llega llorando por cualquier razón y tú vas a ser el primero en descubrir cómo la cabeza entra en la cavidad anal de una persona —dije en su lugar, sonriendo.
Rush, Kendall y Drake no intentaron ni disimular la risa.
—Estás loca —bufó él.
—Pruébame.
—Pasemos ya —intervino Rush, tomando mi mano y entrelazándola con la suya—. Justine ya debe estar adentro.
Fruncí el ceño.
—¿Es que siquiera hay alguien adentro? —pregunté.
Nadie se dignó a contestar. Resoplé, medio niña, mientras Rush me arrastraba hasta el umbral del almacén. Drake introdujo una serie de dígitos en un panel, igualito al de su residencia, y la puerta se abrió. Me congelé al ver lo que había adentro.
—Bienvenida al campo de tiro más grande de LP… en Monrrow —murmuró Rush en mi oído—. Aquí voy a ver de qué estás hecha, princesa.
«¡Demonios, sí!», chillé para mi fuero interno.
Mis ojos se devoraron el lugar con una rapidez alucinante. No tenía nada que ver con un campo de tiro convencional. Los cuatro polígonos de tiro estaban divididos en dos partes, separados por muros altos y ventanas antibalas translúcidas. Adentro, las paredes estaban llenas de blancos, todas las líneas ocupadas por hombres y mujeres disparando sin pausa, certeros, implacables.
El aire olía a pólvora, sudor y adrenalina.
Satisfactoriamente para mí, las sorpresas no acababan ahí. Con su división precisa, los polígonos dejaban entre ellos un camino; un espacio que se abría hacia unas escaleras que daban a lugares en el piso superior.
«Este sitio no solo es un campo de tiro», detallé asombrada.
Aunque desde afuera parecía un almacén olvidado, por dentro era una maldita fortaleza. Estaba tan bien estructurado, tan limpio y funcional, que me pasé varios segundos solo observando en silencio.
Nos detuvimos justo en el centro del lugar, frente a una mujer de unos treinta y tantos. Ella mantenía su melena castaña recogida en una coleta alta, una tablet en mano y un cuerpo que gritaba entrenamiento. Me dio una sonrisa cálida.
«¿Así que es aquí donde entrenan a los nuevos, eh?».
Mi regocijo se rompió de golpe al ver a Kendall. Ella no soportaba este tipo de sitios, pero ahí estaba, sonriéndome, aferrada a la mano de Zacharias. Articuló un “patéale el culo” al dios sexy que me tenía a su lado. Le sonreí. Mi guiño le confirmó que el mensaje había sido recibido.
—Demonios, Rush, sigues ardiendo como el fuego —saludó la mujer con picardía—. Drake, rubio precioso, extraño tus desayunos espectaculares.
—Cuando quieras, cariño —respondió Drake, riendo.
—¿Y para mí no hay saludo, Jus? —se quejó Zacharias, divertido.
La mujer lo miró, inexpresiva.
—Para ti hay una cubeta de agua y siete baños inmundos esperándote, Zacharias.
Rush rió, encantado.
—Justine —la saludó—. Ella es Larissa, mi novia. ¿Puedes darnos una sala privada de entrenamiento?
Ella me recorrió con la mirada, pero su sonrisa era genuina.
—Ya era hora de que Rebecca quedara en el olvido —dijo, haciéndome soltar una risa—. Un placer, Larissa. En términos generales, soy la que hace que este lugar no colapse. —Me ofreció la mano. Se la estreché.
—Con razón todo funciona —respondí.
—Me agrada —le dijo a… Cristo, ¿a mi qué, exactamente?
«Tu novio, Ross. Tu maldito novio. Acéptalo de una buena vez».
—Lo veía venir —dijo Rush, dándole una sonrisa corta.
—Bien, ¿la de siempre y con la misma configuración? —preguntó Justine, caminando al frente. Todos la seguimos.
—Mmm… ¿Drake? —llamó Rush. El rubio volteó—. Tú viste la pelea. Tú dime.
¿Cuál pelea? ¿La del mastodonte y yo?
Drake me sonrió.
—C8.
Justine se detuvo en seco y volvió a mirarnos.
—¿Dijiste C8? —preguntó, como si no hubiera escuchado bien.
¿Qué demonios era C8?
—Drake… —Rush lo miró, ya reacio a todo.
—C8, Rush. Confía en mí.
Justine silbó, impresionada. Sus ojos se posaron en mí.
—Mierda, cielo. Debes ser muy, muy buena para eso —dijo, dándonos la espalda mientras reanudaba la marcha.
—¿Alguien me explica? —yo estaba tan perdida como un gato en un acuario.
—Ya verás, princesa —soltó el dios del sexo.
Sacudí la cabeza y me concentré en seguir el paso. Rush seguía con mi mano en la suya, marcando el ritmo.
Aproveché para volver a distraerme un poco, observando todo. Alrededor de veinte personas se movían por el lugar, corriendo con su equipo reglamentario. Algunos charlaban en mesas dispersas por las esquinas. Otros conversaban en los umbrales de puertas que, supuse, llevaban a salas de entrenamiento. También vi varios subiendo a los pisos superiores con aparatos electrónicos, carpetas, café y cara de que no habían dormido en dos días.
Parpadeé, abrumada por el entorno… hasta que algo me hizo fruncir los labios.
Miré a los Anderson y al espécimen de reojo. Había algo en ellos que vibraba con fuerza, sí, y se notaba cada vez que pasábamos junto a alguien. Todos los miraban con respeto. Algunos con orgullo. Otros… ¿envidia?
Sí. Eso era.
De esos tres emanaba tal energía que todos se quedaban viéndolos, esperando quizás un saludo o un asentimiento con la cabeza. Era una necesidad de atención tan evidente que daba escalofríos. Como si bastara su presencia para que todos los demás se reacomodaran a su alrededor.
Rush me miró de inmediato y, tal como Justine lo había hecho, me escaneó con esos ojos grisáceos que parecían ver más de lo que deberían.
—¿Lo notaste? —murmuró, con un dejo de asco en la voz.
—Necesitan de ustedes. Quizá demasiado, Rush —respondí—. Eso no es natural. Ten cuidado.
Él asintió, con una mueca seca.
—Es la droga.
Una chispa de alarma se encendió en mi estómago.
—¿La de Foster?
—Sí. Crystal es un compuesto sintético —se propuso a explicarme rápido y en voz baja—. Se desarrolló para mejorar ciertos tipos de individuos. Aumenta la eficiencia cerebral. Sináptica. Estimula áreas dormidas. Mejora reflejos, foco, fuerza, resistencia. No es como esas porquerías de laboratorio. Esto te convierte en una máquina. Una máquina que piensa más rápido, reacciona mejor y no duda.
Abrí los ojos, helada.
—¿Y a cambio de qué?
—A cambio de eso mismo —respondió sin pestañear—. Dejas de dudar. Dejas de cuestionar. En especial a quien te guía. Te vuelves dependiente. Como si esa persona fuera… tu ancla. Si se va, te caes.
—Eso no es una droga. Eso es una mentira peligrosa con bata de laboratorio, Rush —mascullé, tratando de entender todo.
Él asintió con lentitud.
—Justo por eso es que se vende tan bien.
—¿Y estás de acuerdo con eso? ¿Mandas a tu gente al campo así? ¿Con el cerebro funcionando casi que al doscientos por ciento y el alma entregada a ti como si fueras algún ente celestial?
—Es eso, o perder por gusto. Prefiero tenerlos vivos, aunque estén enganchados a mí.
Lo miré incrédula y negué con la cabeza. Vale, desarrollar el cerebro más allá de su capacidad era… jodidamente impresionante. Pero si se volvía adictiva, destruía. Todas lo hacían.
—Eso no es vivir, Rush. Eso es esclavitud bioquímica. Esa droga puede mejorar el rendimiento, puede ser brillante para el negocio, sí, pero si el cuerpo humano no está preparado para mantener esa aceleración, el cerebro se quema. La corteza prefrontal se sobreestimula, las conexiones se calcifican, y el sujeto colapsa. Lo que tú llamas “mejorar el rendimiento” no es más que forzar un motor a girar más allá del rojo sin saber cuándo va a explotar —Rush entrecerró los ojos, como si intentara encontrar una grieta en mis palabras. Se veían más oscuros, casi metálicos—. Eres inteligente, se nota. Se ve que has pensado en los contras, entonces, mi pregunta es: ¿por qué no le has puesto un alto?
—¿Caminas, preciosa? —intervino Justine, ya de espaldas a una puerta desproporcionadamente grande, interrumpiendo lo que el espécimen iba a decir.
Soltando un breve asentimiento, me separé de él y caminé hacia Justine, que me esperaba con una sonrisa cargada de ironía.
—Solo di la palabra y te llevo a casa, princesa —bromeó el espécimen, sonando algo extraño.
Me giré hacia él. Su sonrisa había desaparecido. Y aunque intentaba disimular, sus ojos gritaban preocupación.
—Déjala ir, Rush —intervino Drake, con una sonrisa burlona pintada en el rostro.
Justine no esperó más. Me jaló del brazo y me metió al interior, justo antes de que el espécimen pudiera decir algo más. La puerta se cerró de forma automática detrás de mí.
Y ahí me quedé. Sola con Justine y esa sonrisa lobuna que no prometía nada tranquilo.
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